Imprudencia – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «impruddencia». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 28 de marzo!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Sí,¡lo reconozco, soy imprudente! Me invade una insensatez tremenda de ir contracorriente, pero eso me da una ligera ventaja, pertenezco a un reducto que cree que lo de antaño sigue vivo y me gusta romper moldes, ser original y sobre todo me gusta la imprudencia en aras del aprendizaje.

Uno aprende a ser algo más prudente con los clichés de esta absurda sociedad, de una industria literaria que intenta de manera unilateral imponer al lector lo que tiene que leer.

Pues bien, ¡vamos a desmontar mentiras!

La primera y más dolorosa para aquellas personas que aman como yo la poesía es que la poesía no vende. No será, ¿que no saben o no quieren vender? La poesía y la música son la antítesis de actos belicosos, ¡y claro, con el contexto actual no son bienvenidas! Pues bien, ¡os invito a desarrollar una profunda reflexión!

Prefiero versos ,que balas,

musicalidad contra pólvora,

poemas contra tanques,

estrofas ante ataques químicos.

Que la poesía tenga alas,

voy a versar sin demora,

antes de que arranquen,

las guerreras son las letras.

Son soldados que luchan,

por la paz mundial,

¡impidiendo el juicio final,

serán el principio,

abrigo de almas impías,

condenadas a obedecer,

¡con lo fácil que sería querer!

El amor es el antídoto,

mi imprudencia por bandera,

abanderando una nueva era,

de paz y fraternidad en la tierra,

esperando mi exilio,

no será una quimera,

estas letras me destierran,

al abismo inhumano,

donde la poesía da la mano,

a las penas del ser humano,

en ella está permitido,

sentir dolor y estar herido.

Aquí os dejo mi imprudencia,

será estudiada por la ciencia,

he de tener más paciencia,

mi legado será versado,

por los siglo que aún nos quedan,

contra un poema no hay bomba que pueda, robar ilusiones al tocar los corazones, ¡viva la poesía, la poesía sí que vende! Es el despertador de los soles, con cada amanecer estalla, el antídoto contra la metralla, mi poema ganará la batalla.

¡Me encanta ser imprudente, la poesía sí se vende, soy resiliente!

MARI CRUZ ESTEVAN APARICIO

El día soleado, me invitaba a salir de casa con mi bicicleta de montaña, dirección»Salto del gitano»

La leyenda del mirador Salto del Gitano cuenta que huyendo el tal citado hombre de la guardia civil y llegando a la punta de una de las dos moles de piedra por las cuales en el medio de ellas las aguas del río Tajo pasan y, en donde las águilas surcan el cielo mostrando la belleza de sus grandísimas alas hasta que por fin inertes, se posan en sus picos.

Así pues sucedió que teniendo el gitano a los guardias pegados a sus tacones dio tal salto que llegó a la otra punta de la montaña ileso.

Ser prudente es importante poro mi yo aventurero me excitaba a igualar o incluso mejorar el salto del gitano por tanto subida en mi bici recorrí el campo a través, luego salté de piedra en piedra igual una cabra montesa

Por fin llegando a la cima de la gigantesca roca antes nombrada, di el salto…,

Pero fueron las aguas del río las que refrescaron mis huesos rotos. Mi conducta imprudente de aquel día puso en peligro mi vida y, me dejó sentada en silla de ruedas…

DAVID MERLÁN CASTRO

En un día tormentoso de primavera, Miguel, el audaz y experimentado conductor de autobús, decidió tomar un atajo a través de un camino estrecho cerca del río grande, río que, día tras día, atravesaba dos veces en su ruta diaria entre las dos localidades cercanas, pero irremediablemente lejanas por la separación natural que suponía el cauce de agua. Además, conocía perfectamente el antiguo puente, raramente utilizado ya para vehiculos pesados dado su maltrecho estado por el paso del tiempo y la falta de mantenimiento.

Pues bien, en un alarde de irresponsabilidad mezclado con una falsa sensación de seguridad y una buena dosis de exceso de confianza, decidió que era buena idea atravesarlo, toda vez que ahorraba más de veinte minutos de viaje. Confiando y desafiando las advertencias archiconocidas de que no utilizará aquella ruta, y en su astucia para superar cualquier obstáculo, decidió detenerse al llegar al las cercanías de río. Le vendría bien hacer una parada rápida para descansar mientras decidía los pasos que daría a continuación. A pesar del poco retraso que llevaba y, saltándose las reglas de la compañía, decidió tomar él la decisión. Abrió ambas puertas del vehículo, la delantera y la trasera, y ánimo a los viajeros a que bajasen y estirasen las piernas. El viaje era largo y sin duda, todos aceptarían de buen grado la sugerencia del conductor.

Cuando todos se encontraban fuera del autobús, Miguel decidió salir también y en el preciso instante en que puso el segundo de los pies en tierra, el autobus comenzó a moverse solo hacia adelante ayudado por la pendiente del terreno, y sin duda por la fuerza de la gravedad que actuó implacable sobre él, al olvidarse activar el freno de mano. El autobús comenzó a deslizarse lentamente hacia adelante, en dirección al pequeño y viejo puente. Para su horror, el autobús, con la inercia de unos cuantos metros descontrolados y ante la impotencia de Miguel que veía como se acercaba el desastre mientras salía disparado en su captura, vio como terminaba rompiendo el viejo puente por culpa de su peso y tras un estruendo, y el desplome de la maltrecha estructura, quedó apoyado en el borde del río. La parte delantera en la orilla contraria, y la parte trasera en la orilla por la que había venido.

Una vez detenido, Miguel, con miedo subió por la puerta trasera. Se acercó con cautela hasta su puesto atravesando el pasillo de asientos, y se sentó. Accionó el contacto y encendió el motor.

Todos los allí congregados le decían que desistiera, que no fuera un loco y tras diez minutos de vanos intentos, se rindió a la evidencia. Estaba atrapado.

Por si no fuera poco, el agua, derivado del deshielo primaveral, hacia un rato que estaba subiendo de nivel y bajaba con fuerza. Al chocar contra todo el lateral del autobús, empeorando la situación, y provocando que se balanceara peligrosamente. Se dio cuenta de su imprudencia y lamentó no haber seguido el camino seguro, pero ya era demasiado tarde. Se había metido en un buen lío.

Definitivamente, decidió bajar del autobús y ponerse a salvo. Milagrosamente, las aguas fueron amainando y consiguieron el efecto contrario, al horadar las orillas, provocó que el autobús se encajara aún más en el terreno hasta que que ya fue imposible que se moviese.

Unos días después, y analizada la situación, se determinó que era imposible liberar el vehículo de aquel sitio, toda vez que hubiese sido necesario utilizar un par de grandes grúas que, por sus dimensiones, no podían acceder hasta aquel lugar.

Miguel fue despedido ipso facto por su imprudencia, pero como se suele decir, no hay mal que por bien no venga, y los lugareños, una vez conocedores de que el vehículo era definitivamente abandonado a su suerte por la compañia y que se desentendia de él, transformaron el error de Miguel en una oportunidad única: una solución innovadora en forma de puente improvisado que uniría a las comunidades separadas por el río. Y así, el conductor de autobús, una vez considerado un imprudente, se convirtió en el héroe accidental que unió a las personas a ambos lados del río, demostrando que incluso los errores más graves pueden dar lugar a resultados sorprendentes cuando se abraza la creatividad.

Los días pasaron, y el autobús se convirtió en una atracción turística de toda los pueblos cercanos. Los lugareños lo bautizaron desde entonces como: “El Puente de Miguel”.

Los niños lo cruzaban saltando de una ventana a otra, riendo y desafiando al río. Los ancianos recordaban la historia del conductor temerario y advertían a los jóvenes sobre los peligros de la imprudencia, aprendiendo que incluso los conductores más experimentados también cometen errores fatales. Desde entonces, cada vez que alguien cruza aquel puente, se recuerdan la historia del conductor que pensó que podía atravesar un río y terminó atrapado entre dos orillas.

BENEDICTO PALACIOS

Al lado de la casa donde se criaron y vivían mis abuelos había un olivo y una gran piedra de granito. Eran tan antiguos que no se sabía cual de ellos había llegado allí primero. La piedra había perdido su natural aspereza de tanto como resbalábamos por ella. El resbaladero la llamábamos, y deslizarse a riesgo de perder parte de los pantalones era la máxima diversión para los chicos y el máximo disgusto para las madres. Las chicas, como entonces no vestían pantalón, no participaban o solo si tenían confianza o eran familiares. Celia era parienta mía y era también muy especial. Podía subir al resbaladero delante de los chicos, porque se las arreglaba para cubrirse las piernas con la falda y encaramarse luego en lo alto del olivo, que era su afición preferida. El olivo era par ella el árbol del pensar.

—¡Celia, a comer!

—Espera un poco que estoy pensando.

Era un misterio. Se sentaba a horcajadas en una rama, apoyaba la barbilla en una mano, con la otra se sujetaba, y así podía pasar un largo rato, hasta que los pies de tanto tiempo colgando se entumecían.

Doña Margarita, la maestra, había organizado para el primer domingo de septiembre un partido de voley entre las chicas. Querían competir con las de la otra escuela y aquel partido era de preparación. Sabiendo yo que Celia era la capitana, me acerqué a recogerla. Estaba subida en el olivo.

—Baja que va a empezar el partido.

Con las prisas, dejó media falta colgando de una rama. Llegó a su casa apuradísima y su madre la puso bonita. Imprudente fue la palabra más suave. Me entraron ganas de reír y tuve que contener la risa.

A la semana siguiente hubo partido oficial. Y cuando el equipo de Celia estaba a punto de ganar, Esther que era grandota y bruta, tuvo la feliz ocurrencia de entrar a rematar un balón estando fuera de la cancha, en reserva. Doña Margarita interrumpió la competición y descalificó al grupo por aquella falta. Al día siguiente puso entre los deberes el de escribir unas líneas sobre la imprudencia.

Subió Celia con cuaderno y lápiz al árbol del pensar y allí le dieron las ocho de la noche. Escribió lo siguiente:

Imprudencia es sinónimo de hacer una gatada. Imprudente es una persona atolondrada, que no razona ni mide las consecuencias de lo que hace, la que no reflexiona, es humana pero realiza cosas tontas. Le vendría bien pasar unos ratos en el árbol del pensar.

—¿Qué clase de árbol es ese? —Preguntó doña Margarita.

—Un olivo.

—¿Por qué un olivo? ¿No puede ser un árbol cualquiera?

—No, maestra, porque Esther que nos chafó la victoria se encuentra siempre en la higuera.

JOSÉ ARMANDO BARCELONA

En capítulos anteriores. La muerte en condiciones poco claras de don Baltasar de la Mora y Castrillo de la Gomera, marqués de Jarandilla, durante una cacería de patos en la Ínsula del Duque, obliga al sargento de la policía Inocencio Azagra y a su ayudante, el guardia Alfredo Quintanilla, a hacerse cargo de la investigación, que deberán llevar a cabo en la ínsula por culpa de una avería en la barca que hace los traslados a tierra firme.

DIEZ MORENITOS III

Al pino carrasco no le sientan bien los incendios forestales, ni aunque sean chiquitos, menos aún este de la Carbonería, al que ya le habían salido los dientes y estaba en puertas de la primera comunión, de manera que poca ayuda de los bomberos podían esperar los cautivos de la ínsula para una ocasional evacuación.

Con todo, poco antes de mediodía, un helicóptero de Protección Civil se posó en el praderío, frente a la casona, y de él descendieron tres agentes de la policía científica; el juez de guardia; un forense, con sus dos ayudantes, y el mecánico que se iba a encargar de la reparación del transbordador. El sargento Azagra ya había sido advertido por teléfono.

—Es el protocolo, Inocencio —se justificaba el comisario Montesinos—, te creo, sé que tienes buen ojo y si tú lo dices, los de la científica harán el viaje en balde, pero son las normas, tío. Te mando también a Cantarero, para eso es el forense; que le eche un vistazo al muerto y se haga cargo cuando el juez dé el visto bueno. Hasta que el mecánico no apañe la barca os quedáis todos allí, que el pájaro no puede llevar a más gente de vuelta. Tenme al corriente de todo, que están los de arriba soplándome en la nuca, y si necesitas refuerzos lo dices, aunque te va a dar lo mismo porque no hay más cera. Confío en ti, Azagra, no me falles. Hala, te dejo que ando con mucho lío, que te cunda. Hablamos, ya…, si eso. Ah, os llevan un par de bolsas de emergencia, con ropa de faena, mudas y esas cosas, por si se prolonga la estancia. Agur, sargento, cuidaros.

El mecánico desmontó el motor de la barca y a la vista del estropicio, quedó en volver a la ínsula, cuanto antes, con la pieza necesaria para reparar la avería. Cantarero, el forense, tras una primera inspección ocular, apuntó la posibilidad de que la muerte no hubiera tenido una causa natural.

—¿Ves la flacidez de la cara, Inocencio? —señalaba la mejilla izquierda del muerto, que había perdido la simetría con respecto a su hermana de la derecha—; apunta a una parálisis muscular repentina. Cierto es que pueden ser muchas las causas y sin la autopsia no hay nada definitivo, pero esas manchas violáceas del pecho me mueven a pensar en una intoxicación: fortuita o provocada, ya se verá.

La intuición del médico provocó en Azagra un gesto de fastidio; esperaba que la cosa fuera de puro trámite, sin demasiado papeleo, que el fulano hubiera tenido la decencia de morirse por su sitio, de algo corriente, como hace la mayoría, pero tenía que tocarle a él un jodido exhibicionista.

—¡La madre que te parió, Satrústegui! No me jodas —no pudo reprimir el exabrupto, viendo cómo esparcía el de la científica, un polvillo blanco por la mesita de noche—, ahí tiene que haber huellas hasta del Gato con Botas, coño. Qué manera de perder el tiempo.

El otro siguió a lo suyo, con la mansa tozudez del funcionario, sin inmutarse lo más mínimo.

—Protocolo, mi sargento, protocolo.

El juez ordenó levantar el cadáver; lo haría él, pero como viene de suplente porque la titular del juzgado está de baja maternal —se hizo así mismo una broma que nadie secundó—, pues eso, que pasa del tema. Son los ayudantes del forense quienes se encargaron. Satrústegui dio por terminada la batida sobre el terreno, para terminar sellando la habitación con dos bandas de plástico rayadas de amarillo y negro atravesando la puerta.

Se plegaron velas; subió la tropilla al helicóptero y con el muerto en el maletero, se fueron al cielo ante la mirada displicente de los patos, que contemplaban la escena entre los carrizos, dejándose mecer por la laguna.

—Así, a lo tonto, se nos ha echado encima la hora de comer —llama Antúnez la atención del sargento—. ¿Les apetece a ustedes picar algo antes, para abrir boca? Tenemos una gamba roja ideal para la plancha. La casa invita, sargento, permítanos ofrecerles nuestra hospitalidad; lástima que sea en esta circunstancia lamentable.

A los policías les pareció bien y siguieron la estela del gerente.

El comedor estaba ambientado al estilo rústico, con las paredes encaladas, poderosas vigas de madera en el techo y suelo de enlustrecida baldosa catalana. Las mesas eran largas, con bancos corridos, para compartir en cuadrilla, con el evidente propósito de fomentar la camaradería entre los comensales. La presidía Antúnez, que se encargó de hacer las presentaciones.

—Ustedes ya conocen al sargento Inocencio Azagra y a su ayudante, el guardia Alfredo Quintanilla —comenzó, protocolario, mientras Sagrario, una de las camareras, iba sirviendo los primeros platos—. No hace falta que les diga el motivo de su presencia y creo que hablo en nombre de todos al desear que pronto se esclarezcan los hechos, para que podamos olvidar, cuanto antes, este suceso tan amargo. Pero mientras tanto, quiero darles nuestra más calurosa bienvenida. Esta casa es la suya —mantuvo firme la mirada en la del sargento—, y estamos abiertos a prestarles la colaboración que necesiten. En fin, dicho esto y dado que nuestra querida Mercedes lleva toda la mañana trasteando pucheros en la cocina para que no pasemos hambre, hagámosle los honores compartiendo mesa y mantel como buenos cofrades. ¡Carpe diem!

Todos alzaron las copas en un brindis colectivo y entre risas, comentarios y ruido de cubertería, comenzó el festín.

—Si este menú es de cenobio cartujano, Quintanilla, yo pido la baja en el cuerpo cagando hostias —susurró Azagra al oído del guardia, mientras venteaba el tufillo a risotto de oricios y rape, de la generosa ración que la muchacha estaba emplatando para él.

Dos piezas de lechazo más tarde —regadas con un Emilio Moro a tono con el gaudeamus, natillas, café y espirituosos a demanda—, en el jardín de la casona, repantingado en una hamaca playera y con un fragante Partagás humeando entre los dedos, regurgitaba el sargento la mascletá de sabores recientes. A su izquierda, Quintanilla, con los ojos semicerrados y una copa de Courvoisier en la mano, seguía con el pensamiento ocupado por «las fantasmas» de la señora Merche, y más o menos formando un círculo, el resto de la hermandad compartía la sensual experiencia de una placentera digestión.

O sea, que es usted de Almendralejo, ¿no? —la que habla es Concepción Lamarca, Conchi para los amigos, y la pregunta es para el guardia—. Yo nací en Mérida, ya ve, y mi exmarido es de Don Benito, fíjese, menudo triángulo; aunque Ramón es bajito, regordete y calvo, nada que ver con lo suyo, tan espigado, buen mozo y con esa pelirroja mata de pelo —sella sus palabras taladrando con ojos de fuego los de Quintanilla, mientras se cincela los labios con una uña esmaltada en rojo pasión.

Ronaldo, el camarero venezolano que la acompaña, esboza una sonrisa socarrona y le guiña un ojo a Rosi, Rosario Galindo, según su DNI, que está sentada a la derecha del sargento. Esta le devuelve la complicidad poniendo los ojos en blanco, en un gesto que bien podría significar: «no se puede contener, pobrecita mía; es el putón que lleva dentro, la tiene poseída».

Y digo yo, que si están ustedes tan seguros de que don Baltasar murió envenenado —se acomoda el paquete, a la vez que habla, sin disimulo alguno, campechano y con naturalidad castrense, mosén Atanasio Rovira, capellán del Ejército de Tierra, jubilado con el grado de coronel—, bien podría tratarse de algo hecho sin intención, un desgraciado accidente, una imprudencia, quizás, en fin, sin mala fe. Imprudens est qui festinat iudicium suum. Y tampoco hay que buscarle los tres pies al gato, ¡copón!

Todos los ojos se volvieron hacia el sargento Azagra, que tras dejar macerando en su boca, durante un buen rato, el humo del cigarro, lo expulsó satisfecho y respondió.

Imprudentia facit hominem perfectum, páter, todos aquí hemos sido imprudentes en algún momento de nuestras vidas. Tanto para ganar, como para perder, hay que arriesgarse.

Una bandada de patos cruzó el cielo en perfecta formación. Graznaban seguramente satisfechos por haber culminado con éxito una parte de su viaje migratorio. Desde los carrizos, como un reclamo, los ánades laguneros les daban la bienvenida.

Eso es cierto, mi sargento —Quintanilla le pegó un tiento al Courvoiseir y, tras chascar la lengua, complacido, siguió contando—. Yo de chico, en mi pueblo, me subí a una higuera; tenía antojo y trepé para hacerme con un puñado de higos. Fue una imprudencia; las ramas de la higuera son frágiles. Así que terminé por los suelos, sin frutos y con un rasguño en el culo, que me dejó una marca tal que aquí —concluyó señalándose la nalga izquierda.

¡Ay, qué casualidad!, yo la tengo en la derecha —saltó Conchi como un resorte—. Va a resultar que los dos hemos sido niños malos.

Pues yo no tengo taras, monina —se jactó Rosi con toda la mala leche de la que era capaz—, pero meter la pata sí, mira tú, la he metido un montón de veces. Si es que a mí, eso de meter… ¡Ay, qué borracha estoy! —dijo riendo a carcajadas mientras le palmoteaba un muslo a Ronaldo, divertida.

Azagra estaba cómodo, relajado, a gusto. Alguien le había puesto una copa de Machaquito en la mano y el trago le estaba soltando la lengua.

Todo eso no son más que tonterías —dijo agitando la copa vacía en el aire, que Teresa, la otra camarera, se apresuró a rellenar de inmediato—, imprudencias de novicia premenstrual. Si quieren ustedes escuchar la historia de un disparate serio, yo puedo contársela, tengo la exclusiva y es real, como que me llamo Inocencio Azagra Pelegrín.

Por toda respuesta, el grupo se achicó, acercando todos sus tumbonas al calor del sargento, como si de un fuego de campamento juvenil se tratara. Hubo nueva ronda de bebidas. Se acomodaron las parejas: Conchi al arrimo de Quintanilla, Rosi pegadita a Ronaldo y Atanasio, el páter, en medio de las dos mujeres, marcando territorio con sendas señales de la cruz, que dibujó con sus propios dedos, a derecha e izquierda, en las rodillas de ellas.

Es la historia de mi vida —comenzó el cuento Azagra, tras aclararse la garganta con el anís—. Fue a principios del milenio. Con veinte y pocos años era yo el guardia con mejor futuro de mi promoción. Me acababan de ascender a inspector, me entusiasmaba mi trabajo, ganaba un buen sueldo y hasta había podido ahorrar un pequeño capital. La vida se me presentaba como una viña preñada de frutos y solo tenía que ir desgranando los racimos.

Aplastó el ya menguado Partagás en el cenicero y acercando la nariz al borde de la copa, aspiró el aroma del Machaquito para disfrutarlo en toda su plenitud sensorial.

»Pero entonces se cruzó en mi vida Patricia. En mala hora. Nos conocimos en el verano de 2001, una sudorosa noche de soledad y alcohol, en un garito de la plaza de Santa Ana, de esos en los que pasan actuaciones en directo de gente con algún talento artístico. La chica quería ser cantante. No lo hacía mal, de voz iba justita, sí, pero las había escuchado peores. En lo físico tenía un pasar: buena talla; en la media de pecho; piernas largas. Lo malo era cuando empezaba a moverse. Carecía de gracia; era muy torpe y meneaba el culo como si fuera una batidora industrial. Aunque eso en la cama era una virtud.

Apuró de un trago lo que le quedaba de anís. Dejó la copa vacía en el suelo y pasándose las manos por el cabello, como si de esa forma quisiera ordenar sus ideas, reanudó el relato.

»Entonces no tenía las tetas plastificadas, ni el culo provocativo y respingón o los morros cincelados al ácido hialurónico, perfectos para portada de Vanity Fair. Todo se lo puso luego, con lo que me sacó del divorcio, y reconozco que el conjunto le queda bien, sugerente, tiene ese morbo sensual de metacrilato que desprenden las muñecas guarras de calidad, esas que imitan,casi a la perfección, la realidad humana, un espejismo erótico que engaña hasta en el tacto. Tengo que reconocerlo: mal que me pese, está follable. No es para menos; con lo que ha costado la restauración podría haberme hecho con seis o siete sex dolls japonesas de alta gama. Un consejo, no se os ocurra buscar en Google lo que cuestan; tengo el móvil petado de correos ofreciéndome Viagra andorrano.

Las coreanas salen mejor de precio y tienen un acabado inigualable —terció el cura—. No me miren ustedes así, coño, que lo sé de oídas. Siga usted, sargento, con lo suyo.

Azagra le dirigió una mirada a medio camino entre la picardía y la complicidad. Sin que nadie lo hubiera pedido, Teresa llevó una nueva ronda de bebidas, que fue recibida con aplausos.

La imprudencia mía fue proponerle matrimonio, porque hasta ese momento las cosas estaban saliendo bien. Pero qué quieren ustedes: la juventud, falta de experiencia, poco rodaje, en suma. Así que me tiré a la piscina, ella dijo que sí, saqué una hipoteca para comprar un piso en Moratalaz y en julio de 2002 nos casamos por lo civil.

Mosén Atanasio mostró su desacuerdo con un admonitorio meneo de cabeza.

»El sueldo, que antes era sustancioso para uno, se quedaba corto para los dos y además estaba la hipoteca. De manera que tuve que hacer horas extras por un tubo para mantener el barco a flote y pasadas las primeras mieles del matrimonio, los reproches de Patricia, porque estaba más tiempo en el trabajo que en casa, se fueron haciendo más notorios. Ella, por su parte, no había dejado de lado sus aspiraciones artísticas y seguía con las actuaciones nocturnas en circuitos de tercera categoría, de manera que la comunicación entre los dos se hizo cada vez más complicada y las pocas veces que cambiábamos alguna palabra era para discutir.

Estaba empezando a caer la tarde y llegó Antúnez, provisto de unas antorchas que clavó en el suelo, rodeando al grupo.

Son para ahuyentar a los mosquitos —aclaró mientras iba encendiéndolas una por una.

Todo saltó por los aires una noche de diciembre de 2005—volvió a coger Azagra el hilo del relato—. La Estación era un club de jazz en Malasaña, que los de estupefacientes tenían en el punto de mira. Llevaban año y medio detrás de Evaristo Mendieta, «Calasparra», el dueño, porque había evidencias de que estaba al frente de una importante red de distribución y venta de nieve en Madrid. Se iba a proceder a un registro por sorpresa y me designaron al frente del operativo. Llegamos al club a eso de las once de la noche; estaba a petar. Los agentes sellaron todas las salidas y tomaron posiciones. El subinspector Azofra y yo nos fuimos directos a la parte de atrás, donde sabíamos que estaba el despacho de Calasparra. De una patada, Azofra reventó la puerta y los dos nos precipitamos dentro como un huracán.

Se hizo el silencio mientras Azagra se aclaraba la garganta con un buche de anís. Todos se mantenían expectantes: Conchi, con la excusa de la tensión del momento, se apretujaba contra Quintanilla sin ningún miramiento; Ronaldo tenía a Rosi enlazada por el talle, esta reclinaba su cabeza en el hombro del camarero y el páter se liaba un cigarrillo de picadura, según él holandesa, sospechosamente verde.

»Encontramos a Calasparra, arrellanado en su poltrona, con los pantalones por los tobillos y abierto de piernas; en medio de ellas, de rodillas, estaba Patricia, mi esposa, que me miraba con los ojos como platos sin saber qué decir, entre otras cosas porque tenía la boca llena. Me cegué.

Al cura, de la impresión, se le cayó de las manos el cigarrillo que estaba liando; Conchi saltó al regazo de Quintanilla y Ronaldo, en un arrebato, le comió el boquerón a Rosi. Sin saber por qué, las antorchas comenzaron a arder con mucha más virulencia.

En el juicio, Patricia alegó que era artista y aquello solo formaba parte de un casting. El abogado de Calasparra puso especial hincapié en el uso desmesurado de la fuerza, por lo de la mandíbula hecha trizas de su cliente. El juez les dio la razón a ambos. Me condenaron por violencia policial; tuve que indemnizar a Patricia con un pastón: se quedó con el piso de Moratalaz y yo con la hipoteca. Los de asuntos internos me abrieron expediente, que terminó con mi degradación a sargento y mi carrera policial. Hasta aquí la historia. Todo se fue al garete por la maldita imprudencia de creer en el amor. Como dice el tango: «Fui un gil, porque creí que allí inventé el honor. Un gil que alzó un tomate y lo creyó una flor».

Solamente el croar de las ranas violentaba el silencio sepulcral que siguió a la revelación del sargento Inocencio Azagra. Se encendieron las farolas que iluminaban el jardín y el sol, con un guiño somnoliento, dijo adiós por un horizonte ruboroso. Los teléfonos móviles de los policías emitieron, al unísono, un sonido de notificación.

Mi sargento —se adelantó Quintanilla más rápido—, parece que ya hay resultado de la autopsia.

El grupo se revolvió inquieto. El guardia fue en busca de Antúnez, para poder imprimir el documento. La primera incógnita estaba a punto de ser descifrada y en los rostros de todos podía leerse la ansiedad.

To be continued. (Ono)

RAQUEL LÓPEZ

Muchas veces me he cuestionado si merece la pena vivir…. Ahora que me veo tumbado en una cama del hospital, rodeado de sondas y máquinas, lo pienso más que nunca.

He experimentado la sensación de salir de mi propio cuerpo y puedo ver a mis padres y a mi hermana observándome a través del cristal de la habitación. Siento muchísima tristeza por ellos, lo mal que lo están pasando por mi culpa.

El miedo me invade,¡ Como pude ser tan inconsciente. Mi ansiedad, rebeldía y adicciones, fueron el fruto de la fatídica imprudencia que cometí en la carretera conduciendo como un loco sin control.

Voy levitando por todas las salas de urgencias del hospital, por suerte creo haber escuchado que no hay nadie más que este ahí por un accidente. Yo solo recuerdo que choqué contra un muro.

Regreso de nuevo a mi habitación y veo mi cuerpo que yace casi inerte y regreso a él, quizás el ser supremo que dicen que existe, pues yo no soy creyente, me dé otra segunda oportunidad.

Seguiré cuestionando si merece la pena vivir, pero no depende de qué yo quiera cambiar, depende de que mi cuerpo reaccione…..

-¡ Mamá….he visto como Javier movía una mano……!

Raquel L.

PEDRO PARRINA

POESÍA ERES TÚ

Locura

Utopía

Sueño

Emoción

Sentimiento

Actitud

Hermosura

Paz

Sufrimiento

Pena

Gratitud

Filosofía

Vida

Conocimiento

Cultura

Extremadura,

toda tú.

PAQUITA ESCOBERO

Título: Basura espacial humana

̶̶̶ सुप्रभात। मम सेनापतिः। (Buenos días Mi comandante – dijo efusivamente la teniente Onry).

̶ पश्यतु, अहं भवन्तं उक्तवान् यत् यदा वयं एकाकी स्म तदा संस्कृतं न वक्तव्यम् इति। (Mira que te tengo dicho que no hables en Sánscrito que no me gusta y lo has aprendido tu y dos o tres más , respondió Mornoz)

̶ क्षमा करोतु सेनापतिः। (Perdón mi comandante, o sea,..)

̶ ¡Perdón mi comandante! ¿ha pensado ya como vamos a tratar el conflicto que ha surgido entre nosotros y la Tierra? Preguntó la teniente algo preocupada por la respuesta.

̶ La verdad es que llevo con este asunto dando vueltas en mi cabeza desde el día que comenzaron a llegar y ahora tenemos tantos, que no sé cómo ni cuándo empezar a mandarlos de vuelta al sitio donde creo que tampoco los quieren. Me planteo que, si enviamos a esta panda de engreídos, ególatras, tozudos y algún que otro energúmeno de nuevo a su planeta, no estaremos en paz con nosotros mismos nunca y menos con nuestra conciencia. No creo que ningún planeta se merezca el recibirlos y menos el que se queden.

̶ ¡Pues algo tenemos que hacer, dijo Onry!. Aquí no hacen más que dar problemas, están en constante pelea unos con los otros, no conseguimos que estén nunca callados, han dimitido del cargo de vigilante de seres nómadas ya 8 de los nuestros y cada vez nos cuesta más que alguien se ofrezca. Les han intentado sobornar, los han amenazado de todas las posibles maneras que se les ocurrían, se unían incluso algunos de ellos para decir que juntos ejercerían más fuerza y podrían con los vigilantes. Y eso que el filtro de luz que usamos para que no reconozcan nuestra verdadera forma natural nos hace no solo translúcidos sino invisibles, pues aun así, no hay manera de que se callen. Dicen que saben que estamos allí y que si no cumplimos sus demandas harán que el universo entero implosione. Lo dicho, menuda panda.

̶ Lo sé Onry, tienes razón. Voy a reunir al cónclave de mayores para tomar una decisión definitiva y en cuanto tengamos algo concretado te aviso para organizar la respuesta.

Tras la conversación Onry se fue a realizar su ronda interestelar. Demasiados planetas que vigilar últimamente por la llegada de algunos seres provenientes del planeta Tierra. Primero había llegado un orondo hombre de rasgos asiáticos, extraño en general, nos avisaron los vigilantes de las lunas nodrizas cuando su nave se posó en la cara oculta de la luna, el único satélite de la tierra del que los Lunaris echaron hace muchas décadas a los primeros invasores y que ahora están constantemente intentando invadir diferentes seres de la tierra con diferentes propósitos. Cuando alunizó, los vigilantes lo cercaron y consiguieron pedir ayuda a la Interestelar V, que recogió al que sería el primero de muchos otros.

Después un hombre casi calvo que decía ser el más fuerte y poderoso líder de la tierra y general absoluto del país más extenso de su mundo hacía ejercicio constantemente y no dejaba de amenazar con su potencial nuclear. Llegaron dos más de un continente decían estaba lleno de unas barras y estrellas, no sabíamos muy bien a qué se referían, los dos bien entrados en años terrestres y ambos igual de desajustados.

El siguiente en llegar decía ser un mediador entre las comunidades de su país, que solo repetía y tú más, cada vez que intentábamos aclarar quién era y qué hacía en la luna. Posteriormente, el que decía que venía persiguiendo al calvo, que se había ido solo para provocar que le persiguieran. Uno tras otro hasta ayer, que llegó el que hace el número 17 de estos nómadas terrarios descolocados por completo y creemos que faltos de juicio absoluto, que habla de que no podía permitir que ninguno de ellos que había llegado antes sobreviviera, que eran traidores a su pueblo.

Perdida en esos pensamientos llegó la llamada que estaba esperando desde que se separó del Comandante Mornoz.

̶ ¿Teniente Onry?, dijo Monroz

̶ Al habla Comandante, respondió la joven Teniente.

«Todavía no sé por qué hemos asumido estos absurdos nombres delante de los nuestros para diferenciarnos, porqué hablamos como ellos si somos tan diferentes, pensaba el Comandante».

̶ Teniente, prepare un equipo suficientemente amplio como para contener a los 17 invasores, que les proporcionen el equipo de aislamiento sonoro total para que no tengan que escucharlos mientras viajan. Usted y yo iremos con ellos y un mensaje a la tierra. El cónclave de mayores ha decidido que no podemos seguir tolerando que nos llegue la basura humana que ya tenemos demasiado con la invasión de satélites perdidos que impactan cada día en nuestros planetas, lunas y estrellas.

̶ Sí mi comandante, dijo Onry muy seria.

̶ Y por favor, vuelve a llamarme solo Mornoz, que ni soy más que tú ni tenemos esas chapas que se ponen en lo que llaman camisa, nosotros no usamos ropa, somos translúcidos. Dejemos ya de llamarnos Comandante y Teniente.

̶ Sí mi Coman.., es decir Mornoz. Aviso a los componentes del viaje, organizamos todo y te informo cuando esté preparado.

̶ Mejor, mucho mejor, ya les diré a los del cónclave que olviden todas las tonterías que nos han querido transmitir esos 17 ejemplares humanos. Mientras voy a preparar el comunicado oficial de devolución de seres perdidos a la tierra.

Una vez organizado el viaje de vuelta y escrito el comunicado, Mornoz se planteaba dónde dejarían a todos estos seres, aunque no le importaba la verdad, lo que sucediera con ellos. Tan solo quería que se marcharan para no volver.

La entrada en la atmosfera de la tierra fue algo turbulenta, no por la nave en sí, sino por que no eran capaces de hacerles callar y aunque iban aislados del ruido, los veían gesticular y amenazarse los unos a los otros, por tanto Mornoz se planteó que si era prudente o imprudente devolver a esos seres de nuevo a la tierra. Cuando al parecer, según las últimas noticias, desde que habían salido unos en persecución de los otros, la tierra vivía mucho más tranquila. Así que avisó a Onry para que diera media vuelta y pusiera rumbo al planeta Frixse, un lugar bastante alejado de las galaxias próximas a la tierra, con la atmosfera adecuada para que vivieran humanos y que aún se encontraba sin habitar al haberse descubierto hace poco tiempo. Pensó que era mejor dejarles allí, donde había alimento para que seres como ellos sobrevivieran que devolverlos a la tierra.

Pese a esta decisión, mandó a Onry leer un comunicado a la tierra, que, de manera automática, empezó a sonar por todos los dispositivos que permitían la transmisión de voz sin que los habitantes de la tierra supieran como. El comunicado decía lo que decía lo siguiente:

टेरेरियन्-जनाः, वयं न जानीमः किमर्थं 17 जनाः सन्ति ये तान् तेषां वैश्विकशासकाः इति वदन्ति, ये एकेन अनन्तरम् चन्द्रम् आगच्छन्, अथवा तस्य प्रयोजनानि वा न सन्ति, केचन आपदातः स्वान् सुरक्षितं स्थापयितुं कथयन्ति स्म, अन्ये ये आपदाम् जनयितुं इच्छन्ति स्म तस्य अनुसरणं कुर्वन्ति स्म, अन्ते, वयं केवलं तान् एव ज्ञातुम् इच्छामः यत् वयं तान् भूमिं प्रति प्रत्यागन्तुं अविवेकी इति मन्यन्ते स्म, यदा वयं तान् 45 भूदिवसेभ्यः अधिकं सहितुं न शक्तवन्तः।

̶ ¡Onry, hay que fastidiarse con el puñetero Sánscrito ese que has aprendido! ¿Quieres leer el comunicado en los otros idiomas que dicen que hablan estos terrarios, por favor? Que al parecer ese no lo entiende casi nadie. Dijo Mornoz.

̶ Perdón, es que me encanta. Suspiro Onry.

Siguiendo el dominio de las lenguas en el planeta tierra, Onry primero lo dijo en Chino Mandarín, luego en Español y así hasta terminar con los idiomas que creían más hablaban en ese planeta. Todo para decirles:

«Terrarios, no sabemos por qué hay 17 personas que dicen ser sus gobernantes a nivel mundial que han estado llegando a la Luna uno tras otro, ni los fines que tenía, algunos hablaban de ponerse a salvo de una catástrofe, otros que perseguían al que quería generar la catástrofe, en fin, solo queremos que sepan que consideramos imprudente por nuestra parte devolverlos a la tierra cuando no hemos sido capaces de soportarlos más de 45 días terrestres. A sabiendas de que nuestra imprudencia podría generar males mayores a los habitantes de ese planeta y viendo que en estos 45 días parece que han comenzado los terrarios a ser más felices hemos decidido no devolverlos y ponerlos en un lugar lejano de ustedes y de nosotros.

Eso sí, les pedimos que, por favor, dejen de enviar basura al espacio, ya sea con forma humana o con forma de caja metálica con alas, se están quedando sin espacio.

Esto no es una amenaza, nuestra especie es pacífica y por eso mismo nunca contactamos con su planeta, pero al ver que pueden mejorar, les recomendamos que usen criterios mejores para decidir si alguien va a estar al mando de los habitantes, nosotros no tenemos esas escalas de poder y llevamos bien la convivencia.

Sería imprudente por su parte volver a mandarnos su basura humana. Son realmente insoportables. Esta vez, como excepción hemos decidido ayudar y quitar de la tierra la basura que les sobra, la próxima les dejaremos que asuman las imprudencias de sus decisiones.»

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

ARACNE

— ¿Y cómo llega uno a convertirse en asesino en serie? ¿Se nace con eso? ¿Es una habilidad que se entrena? ¿Lo consideras una especie de arte? —soltó Amanda a bocajarro, mientras se daba media vuelta sobre la cama, dejando a la vista su generosa desnudez.

— Supongo que es algo genético. Cuando naces, la semilla ya está dentro. Luego, con el tiempo, cada cual lo va perfeccionando, a su manera. Depurando la técnica, recreándose en los detalles. Solo es cuestión de interés y dedicación —reflexionó con la mirada fría y ausente, en apariencia ajeno al apetecible manjar que yacía a tan solo escasos centímetros de su cuerpo.

— Siempre he sentido curiosidad por conocer los entresijos de una mente como la tuya. Qué es lo que lleva a un ser humano a rebajarse hasta lo más instintivo de su esencia animal —afirmó, simulando una falsa inocencia y un interés que, aunque real, se movía en una dirección totalmente opuesta.

— Siempre quieres llegar al fondo, ¿verdad? ¿Eres así de insaciable para todo? —contestó él, visiblemente incómodo, pese a la frialdad que había mantenido hasta el momento.

— Dime una cosa, cielo. Seguro que ha habido muchas antes que yo ¿Qué lugar ocupo? ¿Soy la décima, la número quince? — preguntó rápidamente la pelirroja, dando un giro brusco y haciendo gala de ese insaciable interés que tienen las mujeres cuando buscan un objetivo a toda costa.

— ¿Quince? Me subestimas. No, querida, no. Han sido más de las que imaginas. Pero tú eres distinta. Tienes algo que jamás he logrado encontrar en todas las demás.

— ¡Vaya hombre! Precisamente yo soy la especial ¿no? ¿Así las conquistas? Menudo don Juan estás tú hecho. Me refería a aquellas con las que has llegado hasta el final, con las que has completado el ciclo. Intentos supongo que habrá habido muchos, claro. Pero gracias por el halago. Sé que no soy la última. Intuyo que vendrán más. Si no lo impido antes, claro. Créeme que puedo llegar a ser muy persuasiva.

— ¿Qué te hace pensar que me tienes atrapado en tu invisible tela de araña? —continuó preguntándole el hombre de las cicatrices y la voz atractiva.

— Lo siento, cielo. No te lo voy a decir. Pronto lo comprobarás tú mismo, pero te ayudaré un poco. Ya conoces bien el tatuaje que hay entre mis pechos ¿verdad? Este que tanto te vuelve loco. Te preguntarás qué simboliza. Pues bien, en la mitología grecorromana, existió una tejedora que alardeó de ser más habilidosa que la diosa Atenea ¿Sabes cómo se llamaba? Exactamente igual que mi alter ego: ¡¡¡Aracne!!! — tras hacer una breve pausa que sonó dramática, la subinspectora Amanda Nelson había gritado esa última palabra con todas sus fuerzas, asegurándose de que se escuchara con absoluta claridad.

ARACNE. Esa era la palabra clave. El micrófono y el localizador ocultos en su ropa, desperdigada desde hacía rato por el suelo de la habitación, eran su línea de vida, lo único que la mantenía unida al comando de élite de la policía que, alertado por la señal, acababa de irrumpir en la habitación. Temblorosa, Amanda trató de taparse con la sábana y recuperar el aliento. Había sido una verdadera imprudencia, y lo sabía. Se había atrevido a asomarse al abismo, había estado a un paso de la muerte. Ahora, temblando y a punto de vomitar, la adrenalina mantenía bombeando su corazón como antes jamás lo había hecho.

ANTONICUS EFE

MI HISTORIA MUSICAL: 03- APARECE EL TEATRO DE LOS SUEÑOS. SEGUNDA SESIÓN DE GRABACIÓN.
Aparece, aparece…, de momento no aparece, lo que aparecen son una serie de canciones que conformarán “El teatro de los sueños”, pero sin saberlo.
Después de la reflexión necesaria sobre mi inexperiencia en el estudio de grabación, urge empezar a componer otras canciones, aunque de esas 33 compuestas anteriormente para Sonidos de soledad puedo aprovechar algunas, prefiero que me salgan nuevas canciones y me pongo a ello conscientemente, craso error, pues yo no funciono así, lo único que hago forzando la situación es estresarme, así que de la 34 a la 47…, que quieren que les diga, solo hay una aprovechable y no me convence del todo. Estoy ya casi decidido a tirar la toalla y empezar a elegir algunas de las 33, total todas no las iba a grabar en el Sonidos, cuando me viene de pronto a la mente una letra que por fin es aprovechable; canción número 48- Robándole al viento. Al mismo tiempo y por una de esas cosas del espionaje de internet, digan lo que digan, me llega un anuncio de un concurso de vídeos musicales llamado Vodafone Yu, de una marca de telefonía “que no voy a nombrar, por eso de la publicidad subliminal”, si algo se presenta así, es una señal del destino. Tengo dos vídeos, Conversación con el diablo y Canta sirena, canta, pero ya que ha salido una nueva, hay que grabarla y hacer el vídeo, es mi billete para la fama. Una solo, por razones logísticas (hay que montar la batería sobre todo), te sale muy cara, mejor dos y más si “ya tienes algo de experiencia y aprovechas los consejos recibidos”. Tengo que elegir otra, y debido al asquito que me da “el subnormal de pelo naranja”, que ha salido presidente de “Yuesei”, elijo La Conjura de los necios, que aunque es del Sonidos de soledad, es ahora cuando puede llamar la atención. ¡Quién dijo miedo! ¿Metrónomo? Por supuesto y lo que haga falta. Quedo con David Capellán en el precio y eso y para allá que me voy, jurando y rejurando que las canciones esta vez van como dios manda, a mí con una vez que me digan las cosas sobra.
No me acuerdo si es febrero o marzo, estamos ya en el estudio, Dani Cardiel a la batería calentando y dándole las muestras de sonido a David, mientras tanto yo le entrego el pendrive donde están las guías de las canciónes. Me mira algo desconfiado.
-¿Seguro que están bien?- pregunta.
-Of course, como si las hubiesen hecho los Iron Maiden por lo menos- le contesto intentando ser simpático.
Una vez ajustados los parámetros empieza el “show”.
-Esta canción está muy lenta, sería conveniente acelerarla un poco- comenta Dani desde la batería.
-Vale, ¿a que velocidad está y a qué tiempo?- me pregunta David.
-Ejem… yo es que no soy mucho de tempos y el metrónomo no me marca bien los números, ¿no lo puedes averiguar tu ahí con todas las cosas que trae la mesa de sonido?-le digo disimulando.
-Se puede intentar-dice con una sonrisa imaginándose ya el percal.
-Parece que está a 100 y a 4×4- contesta David.
-Yo creo que está bien, ¿para que vamos a tocarle nada?- le comento yo intentando salir del paso.
-¡Dale Dani, que dice que le gusta así- comunica David por el micro.
Empieza la canción y empiezo a oír resoplidos de Dani por el micro.
-¡Pero si aquí entra a contra, a esta estrofa le falta un compás, a esta otra le sobra uno!, joder esto esta un poco desequilibrado, no mucho pero algo sí, es mejor hacer la guía de nuevo- dice.
-¿Pues no venía bien?- pregunta David.
-Puede ser por el metrónomo que es de los antiguos y ahora con todos estos aparatos digitales… al igual se atrasa o se adelanta-encuentro rápidamente una excusa.
-Venga coge la guitarra acústica y le hacemos otra vez la guía en un momento y la vamos a acelerar un poco- dice David
-Vale, vale, como digáis total más deprisa o más despacio no cambia nada de la canción- digo yo intentando quitar hierro al asunto.
Después de hacer la guía con un metrónomo como dios manda, Dani se la ventila en un par de tomas, es un máquina, sin conocer la canción y le da el punto que yo tenía en mente.
-Bueno a por la segunda- dice David.
-Esta está perfecta, seguro, es que la otra tenía más miga- me atrevo a decir.
¿Perfecta? ¡Y un güevo de pato!, Dani empieza a echar rayos y centellas por la boca, después de 10 minutos no hay quien le meta mano a la canción y viene hacia la mesa de mezclas con todas las de Caín, y David esperándolo con una sonrisita.
-¡Esto no hay por donde cogerlo, la intro está a 4×4 y las estrofas un compás a 3×4 y el siguiente a 5×8, en una estrofa va lento y en la otra siguiente se acelera!- sale bramando Dani
-Parece esto un concesionario de Nissan, en vez de un estudio- se me ocurre decir intentando distender el ambiente.
-¡Joderrr tienen que venir a 4X4, 4×4, todo a 4×4, la música son matemáticas, tú traes la canción a 4×4 arregladita y en diez minutos está, llevamos casi una hora con la canción!- espeta cada vez más excitado – lo progresivo no se puede grabar así en un estudio sin ensayarlo, hay que hacer otra guía, esta no sirve.
David apoyándolo con monosílabos todo el rato mientras me lanza sonrisas de estar disfrutando de lo lindo viendo mi agobio y el cabreo del batería – los baterías son puro rock and roll, no se puede jugar con ellos-, mientras empieza a preparar otra vez la guitarra.
Me pongo a hacer la guía y se ve el caos de la canción y hay que reestructurarla primero y hacer la guía por partes; Intro, estrofas y estribillo, menos mal que con el metrónomo me adapto bien y la hago relativamente rápido.
Una vez hecha la guía, lo mismo de antes, en diez minutos la tiene perfecta y con un par de tomas, al natural, tocada del tirón. Es un crack.
-¿Ves qué rápido y que bien salen las cosas cuando se planifican? Yo que tú me buscaba alguien que te enseñase algo de teoría-comenta ya más calmado.
Les confieso que no estoy muy puesto en eso de los metrónomos (pero no se me ocurre confesarles bajo ningún concepto, que las llevaba metronomadas con el pie, lo que es un riesgo, pues el pie se acelera si se acelera el ritmo de la guitarra y no al revés, y tampoco eres consciente de los descansos de la voz, si hay más texto descansas más y si hay menos texto descansas menos, por eso iban como iban) y que me voy a buscar un profesor de guitarra que me explique eso de los 4×4 y todas esas cosas necesarias para no volver a sufrir la ira de ningún batería.
Una vez grabadas las baterías, lo demás fue más fácil, a priori.
Robándole al viento la hago a la primera, la guitarra acústica y la intro que llevaba preparada también. La guitarra solista se la dejo a David que le hace unos arreglos preciosos. Cuando llega el momento de poner la voz, salen mis deficiencias como cantante o mi grandes cualidades como oyente. Para no aburrir diré que los arreglos de la canción son muy bluseros, sin ser un blues la canción, lo que significa que la guitarra va contestando a la voz al final de las estrofas y eso es un riesgo para el cantante vocacional. Yo a pesar de mi voz limitada, no desafino las notas, pero no se distinguirlas, y en una de las estrofas cojo el tono una de las notas de la escala pero que no es la del acorde, y allá que me voy, con la consiguiente desarmonización de la voz con la música y así hasta cinco veces por lo menos en el verso, “Pero mi reloj es de arena mojada” y David decide bajar el volumen del arreglo para que no nos den las uvas, pero como es un perfeccionista en vez de repetir esa frase, me hace cantar otra vez toda la canción a partir del primer estribillo.
La conjura de los necios sale perfecta, tanto por David que hace la guitarra solista como por mí, voz y guitarra rítmica. La única pega es que intento meter coros y pongo la misma voz en los coros que en el estribillo y al final desiste David de grabarlos.
En el vídeo colabora una chica que estaba por allí tomando café y que me miraba como si fuese algo de cámara oculta, imaginaros la escena, un tío madurito con perilla con una fregona amarilla en la cabeza y un helicóptero de juguete (prestado por mi compañero de la ITV Andrés, al que mi música no le gustaba una mierda encima, al menos oficialmente, porque lo cazamos un par de veces el Supervisor y yo, tarareando Canta sirena, canta) persiguiendo a una jovencita de 20 años escasos par escenificar lo «asaltacunas» que es Trump, hasta que no le mandé el enlace no se lo creyó, lástima que no me seleccionaron para el Oscar.
Bueno, por fin después de casi siete horas de curro, al fin, están terminadas y me doy un homenaje de puntillitas fritas con un buen tercio de Sagres, que en Badajoz sabe muy bien.
Lo dicho, es un auténtica imprudencia presentarse en un estudio de grabación y cabrear a un batería.
¿Cómo creen que me fue con Robándole al viento en el concurso de Vodafone Yu? Se lo imaginan ehhh. Eso lo dejamos para el próximo capítulo.
https://divagacionesdecoronadoinmemorian.blogspot.com/…
Aquí concentrado, por la cuenta que me traía, grabando Robándole al viento.

ALBERTO MACADAR

Los ojos del cánido eran dos espejos perlados iluminando los barrotes del calabozo. Bajo el cuero lustroso se adivinaban los abullonados músculos de las extremidades, terminadas en gruesas garras retráctiles con uñas capaces de desmenuzar la piedra.

El rostro era un triángulo con el vértice afilado y dos colmillos relucientes como marfil.

La bayoneta reposaba de pie y apretada en mi mano derecha.

—Un zorro de ojos plateados. Es un espectáculo impresionante —dijo la voz del centurión por detrás del yelmo.

Los ojos del hermoso animal me buscaron entre las cortinas del balcón y yo bajé mi arma en señal de reverencia. Me alcanzaron como saetas obstinadas, mientras el rugido crecía afuera en las gargantas y puños de la multitud hostil.

Sabíamos que podía haber tumultos, tentativas de revoltosos. Pero la lluvia era tan fuerte que nos mantenía encallados aquí.

El magistrado de la túnica roja confiaba en que la horda en el atrio se calmaría al abrirse la reja.

Ajusté la tonsura de espinos en mi cabeza. Precisaba tenerla bien pareada, tal como sería vista en la ceremonia. Estiré el pelo perfumado con sustancias aromáticas.

En un rincón de la celda esperaba el demacrado joven envuelto en harapos. Le habían permitido bajar por poco tiempo. Lo miré. Se aproximó para acariciar al animal con ojos de luna.

Se sentía culpable por su compañero. Por eso la impresión que causaba su cuerpo menguado era aún más triste. La voz le venía en espasmos.

—Me perdí en el desierto y él me guió hasta aquí. Fue capturado por mi culpa.

—Pareces enfermo.

—Hace más de una semana que no pruebo alimento. Me dijeron que debo mantener ayuno hasta que me avisen.

Mira mis agujeros. Duelen y no se cierran. Juntaré muchas rosas blancas y las pondré en un cuenco con aceite de almendras verdes. Aliviará mi espalda.

Una toalla vieja le protegía el torso. El rostro se crispó en una mueca cuando presioné suavemente la cintura para ayudarlo a incorporarse.

La tela se agarraba a la piel quemada; no podíamos separar el tejido de la piel. Había que arrancarlos juntos.

Vimos su pecho atravesado por cicatrices todavía húmedas.

Los guantes de piel gruesa de los centuriones llamaron mi atención. Era de esa forma que evitaban tocar el cuerpo. Me prohibieron llegar a la espalda, su espalda que dolía.

—Ahora debo subir. Mi tiempo acabó —dijo con la voz ahogada.

Dejó escapar dos o tres lágrimas y mostró las trenzas oscuras salpicadas de sudor. Tenían un olor rancio y estaban impregnadas del polvo de los caminos.

Apenas era capaz de levantar la cruz y resistir los latigazos.

No sé qué era más aterrador; si la vaharada de las heridas o los aullidos del animal cuando subieron la cruz con el moribundo en la punta.

Una gran tormenta arreció en el momento de encender las hogueras. Los soldados lo bajaron. La función había terminado.

—Esto ya acabó. Colóquenlo en la tumba y cierren la cueva —ordenó Herodes.

El domingo la gruta amaneció abierta. El cuerpo no estaba. Las piedras habían sido removidas. El profundo surco en el barro indicaba que el cadáver había sido arrastrado.

Vieron huellas de garras. Eran de un animal muy fuerte.

El hombre del manto escarlata necesitaba inventar una explicación.

—Diremos que un lobo hambriento buscaba comida para alimentar la cría. Si no fuese un lobo podríamos culpar al zorro.

Rápidamente desistió. Esa explicación no podría erigir una iglesia. Los acólitos estaban nerviosos.

—¿Y ahora, Herodes? Los escribas ya tienen escrito el final. Él debía subir al cielo.

—Pues, entonces que así sea. No vamos a defraudar a toda esa gente. Ni mucho menos a Roma. Mi cabeza está a premio. Hagan aparecer un gran fuego en el cielo. Y la multitud llorando. Todo el resto ustedes ya lo conocen.

—¿Y ellos qué van a pensar? Quiero decir, los fieles.

—Quédate tranquilo. Verán la hoguera y una luz subiendo. Verán hasta los demonios y los ángeles con sus liras. Todo como ya ha sido descrito en el libro. A propósito, ¿Qué día es hoy?

—Domingo, mi Señor.

—Entonces, no se olviden de mencionar que todas estas cosas milagrosas ocurrieron el Domingo de Resurrección.

EFRAÍN DÍAZ

Hastío. Esa era la palabra. Germinó en su cerebro como germina una semilla en tierra fértil.

Del cerebro pasó al cuerpo. De idea se transformó en sentimiento como se transforma una crisálida en mariposa.

Cansado de la autoridad del padre y de los infantiles mimos de su madre, Juan aprovechó el estallido de la guerra para enlistarse en el ejército. Cualquier lugar era mejor que estar en casa.

Dos meses de entrenamiento fueron suficientes para enviarlo al frente de batalla. Faltaba carne de cañón y no había tiempo para entrenamientos completos y sofisticados.

En el frente de guerra, la comida era servida en pequeñas bandejas de alumino. Pan y queso. Jamón, cuando había y a veces una fruta rancia. Nada caliente. Nada que despidiera olores que alertaran la ubicación al enemigo. Entonces recordó los sabrosos guisos de su madre. Aquella a la que detestó porque lo mimaba. Porque lo cargó por nueve largos y pesados meses y lo amaba.

El Capitán era un hombre tosco y bruto en el trato. Ladraba órdenes las veiticuatro horas del día y carecía de tacto. No tenía la menor consideración por sus tropas. Solo le preocupaba la misión y el reconocimiento. Las medallas y la gloria. Entonces recordó a su padre. Ese hombre autoritario y mandón, que se preocupaba porque hubiese comida en la mesa. Que en las noches de enfermedad le velaba el sueño. Que preparaba el desayuno antes de ir a la escuela y lo único que pedía a cambio era que vistiera su cama y ordenara su ropero. Que mantuviera su baño limpio y fregara los trastes que usaba. Nada comparado con los rigores de la guerra. Nada comparado con el Capitán Mala Cara.

Entonces comprendió su error. Añoró regresar al calor del hogar, a la autoridad del padre y a los mimos de su madre. Quiso volver y disculparse. Pedir perdón por su imprudencia.

Sus días transcurrían entre estallidos y explosiones. Entre lodo y hambre. Entre misiones y peligro. Entre pólvora y muerte.

Se impuso tareas físicas. Lagartijas, abdominales y sentadillas. De alguna forma tenía que matar el tiempo. Creó una rutina que repetía diariamente, no para salvar al mundo, sino para salvarse de sí mismo. Para preservar la cordura. Contaba los días para regresar a casa.

Poco a poco fue quitándose la ropa de niño para vestir la de hombre. Que difícil es ser hombre en aquel ambiente hostil, lleno de sangre, sudor y plomo.

En el fragor de la batalla, Juan fue asignado a una compañía que saldría a una misión. Verificó su equipo, se puso su casco, agarró su rifle, sus municiones y partió.

Estaban dentro de una trinchera y una lluvia de balas caía sobre ellos. El campo de combate estaba lleno de humo. Muchos de sus compañeros estaban muertos o gravemente heridos. El enemigo no cejaba en su ataque. Los habían madrugado. Juan sentía miedo. Estaba aterrado. No quería morir allí. En tierras lejanas. En un acto desesperado, Juan salió de la trinchera. Dos compañeros intentaron detenerlo, pero estaba cegado. Iracundo. Cuando intentó avanzar, sintió que un frío metal entraba en su vientre. La bayoneta enemiga le rajaba las entrañas. Agarró por el cañón el rifle que le desgarraba las tripas. Intentó sacarlo, pero lo empuñaron más adentro. Sus ojos se abrieron grandes y sus pupilas se dilataron. Cayó de rodillas mientras el soldado enemigo sacaba la bayoneta. Lo apuñaló dos veces más y dejó a Juan moribundo. Fue en busca de otra víctima.

Mientras agonizaba y su sangre teñía de escarlata el lodo, Juan vio a su madre, radiante y sonriente. Estiró los brazos para abrazarla, pero no le alcanzaban las fuerzas. Vio a su padre dándole el beso de buenas noches. El último beso que de él recibiría. Como pudo, les pidió perdón por su imprudencia. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas y expiró. Tenía dieciocho años. Todo por un arrebato juvenil.

FRAN KMIL

Como el profeta.

Pasaba frente a la jaula cuando lo vio sentado en una de las piedras, fumándose serenamente un cigarrillo, rodeado de leones que meneaban tranquilamente sus colas. Se acercó a la cerca de protección para cerciorarse de que no era una visión. Aunque a veces había sentido la llamada, no podía creer que alguien, en su sano juicio, cometiera semejante imprudencia.

—¡Amigo!¿Qué haces? — fue lo único que se le ocurrió preguntar.

Las situaciones tensas le hacían hablar sin pensar.

—Disfrutando de la naturaleza.

Daniel, como cuidador de leones y trabajador del zoológico de la ciudad, había recibido entrenamiento para situaciones extremas, pero nunca una que medianamente se pareciera a esa.

—¿Cómo te llamas?

Los nervios no le dejaban pensar con claridad y le hacía preguntar cosas triviales, absurdas.

—Daniel

El hombre miró lo que quedaba de su cigarro, lo arrojó al suelo y lo aprisionó con la punta de su zapato.

—Debemos evitar un incendio —dijo mientras se ponía de pie. Con calma, se cerró el primer botón de la camisa y se encaminó hacia la puerta de entrada por donde accedían los trabajadores de limpieza.

—Como yo. También me llamo Daniel —continuó con la absurda conversación el cuidador de leones.

—Como el profeta —le corrigió el hombre y abrió la puerta, invitándole a pasar.

El encargado de la limpieza de la jaula de los leones, aceptó. Era una inspiración guardada en su corazón. Por algo se llamaba Daniel y cuidaba leones.

GRISELDA SIERRA

ATORMENTADA

La anciana vestía elegantemente y se comportaba con modales finos y delicados. Estaba sentada frente a una mesa, situada en uno de los rincones del restaurante, y un mesero le servía una copa de champaña. Aún faltaba para la cena y ella parecía dispuesta a esperar.

Por mera casualidad yo me había sentado frente a la mesa contigua y no había podido quitarle los ojos de encima a la anciana desde que ella entrara en el salón. Calculé que tendría unos setenta años; sus ojos eran de un azul pálido y su cabellera plateada estaba peinada con gusto exquisito. Llevaba un collar de perlas y su vestido era de casimir azul oscuro. Su garbo me atraía como un imán, como si nunca en mi vida hubiera estado en contacto con el buen gusto y la elegancia.

En realidad no era así. La curiosidad que se fraguaba dentro de mí era por la distinción que emanaba de aquella figura. Como soy proclive a formular historias de la gente, decidí que se trataba de una riquísima empresaria o quizás de la esposa de algún magnate de la industria del acero o del petróleo. Claro está que mi observación era discreta, y además me valía de un periódico que fingía leer, para no romper la paz de la anciana que parecía no darse cuenta del maniático interés que su persona despertaba en mí.

Me sentía fascinado y al mismo tiempo atrapado como un pez en una red. Ensimismado, como estaba, olvidé que en ocasiones nos engañamos y vemos lo que no es, inventamos locuras y divagamos por oscuros subterráneos o azoteas luminosas.

Súbitamente aquel magnífico cuadro cambió.

Primero fue un susurro que mis oídos no alcanzaron a percibir bien a bien, luego la voz de la anciana se elevó y pude oír lo que decía.

-¡Cálmate, por favor!, ¡no te muevas!; ¡te digo que te calmes!, ¡cállate!; ¡no grites!; ¡no me estás escuchando!, ¡no me alces la voz!, ¡estoy cansada de ti!

Y así, la voz de la anciana se fue elevando cada vez más, lo mismo que su vehemencia, y yo hice a un lado el periódico y me puse a verla, aturdido y asombrado. Cada grito que ella daba era acompañado por manotazos o movimientos enérgicos, como si de verdad alguien estuviera importunándola, mientras yo no sabía qué hacer para aquietar aquello que la perturbaba al grado de perder la cordura. A lo lejos los meseros observaban indecisos y divertidos, y yo sentí una gran rabia dentro de mí.

-¡Te mataré!; ¡te juro que te mataré! –gritó más fuerte la mujer, tomando uno de los cuchillos de plata que se encontraban sobre la mesa.

En este punto no pude contenerme más y, aunque me parecía una imprudencia de mi parte, me levanté de mi asiento para ayudarla.

-Señora –le dije-; ¿se siente usted bien?

Ella se quedó callada y su cara enrojeció.

-Disculpe ¿puedo ayudarla? –insistí.

-Perdone usted –me contestó con cierta acritud-; ella no me obedece, es perversa y no puedo controlarla; por el contrario, ella me controla a mí. Usted no sabe, pero es como una estampida de búfalos salvajes.

Confundido miré alrededor, como para comprobar que la anciana desvariaba.

-Aquí no hay nadie…. sólo estamos usted y yo -balbuceé.

La anciana rio con una risa apagada y amarga. Luego me lanzó una mirada azul, inquisitiva, y soltó:

-¿Y a usted… si lo obedece su mente?

GAIA ORBE

Mi alma es una loba de pelaje crespo, que cambia del dorado ocre al rojo escarlata según la pasión. Quiere a la manada pero es fiel a sí misma, a su libertad. Tiene resistencia en las largas carreras y le importa un bledo quien gana o quien pierde. Ella es victoriosa peleando batallas. Cuando la imprudencia me acerca al abismo, ella se desangra. Me tumba en la cama y me pone a dormir. Su panza es mi almohada. Con luna o sin luna solitaria aúlla, abre los caminos, respira coraje. Y me deja elegir.

YOMALCKRY OSORIO

Se precipitó por su parte contar ese secreto que guardo por tanto tiempo.

Ella lo quería mantener en total y absoluto hermetismo posible, que esa experiencia solo quedara ella, y si era posible llevárselo a la tumba.

Para que las cosas fueran iguales y nada absolutamente nada cambiara.

Ella no dudo ni siquiera un instante, en tener el sumo cuidado y un poco de sensatez y contar.

Fue imprudente con las palabras al no saber que elegir que decir y como decirlo para que ninguno resultase herido, ante la vorágine de sentimientos que expreso en tan solo un minuto de rabia que la puso en un estado como un corcel desbocado todo lo que expresó.

No puso ningún tipo de freno.

Ese secreto no podía ser guardado por más tiempo.

¡La mujer gritaba desesperadamente Él no es tu hijo! Develar aquella verdad, y así lo había cambiado toda esa confesión los terminaría de separar para siempre, ya no hubo un instante de felicidad. El hogar se transformó en ruinas a punto de caer, lo que ella creía seguro, se convirtió en un mar de dudas, la confianza había sido destruida, todo fue una situación tras otra.

Fue una montaña rusa de acontecimientos que trastocaron la seguridad que creía tener. Todo fue un laberinto de sinsabores jamás experimentados por persona alguna, hasta que llega el día definitivo de la separación.

Todo lo que se suponía perfecto, se esfuma jamás existió.

Las sombras de la duda y la desconfianza terminaron por destruir los cimientos de aquel hogar, algo que no hubo siquiera, fue un espejismo construido a base mentiras, ocultando la verdad.

Quizás no existe la imprudencia y el imprudente, tal vez es que no sabe decir las cosas, como se deben decir.

Por la imprudencia se supo la verdad, aunque haya dolido profundamente.

JUAN PEÑA

De navelgo a navelgo te lo digo, porfiar de esa manera es una imprudencia. Carraspeto es hombre de paciencia finita y cuando se le colma el vaso, no hay dios capaz de estancar la riada. Te tronchará el badajo, por menos se lo he visto hacer, y no habrá costurera que pueda zurcir el desaguisado.

Que tus quejas sean justas y cargadas de buenas intenciones, no lo pongo en duda, pero tiento, pues boca de navelgo no menta lo que uno piensa, sino lo que Carraspeto escucha. Donde tú ves un fundamento, él entenderá una patraña, una excusa o, peor, una verdad, que es como decir, una amenaza. Y un navelgo bravucón no hace puta falta, más bien, estorba, es un engorro, una mosca cojonera que hay que aplastar.

Pero oye, tú a lo tuyo. Haz y di lo que te venga en gana, que yo solo te advierto e igual me equivoco. Ni soy mejor que tú ni pretendo ir de sabelotodo. Navelgo nací y moriré navelgo, igual que tú, a pesar de que te entestes en cambiarlo. Así es la vida que nos tocó en suerte y por algo será, digo yo, pues todo tiene un porqué, aunque no lo entendamos, y más que imprudencia es herejía probar a trocarlo.

EDUARDO VALENZUELA

La selva se extiende en derredor por todos lados de la embarcación. Pareciera no haber escapatoria salvo lo que depara el rio en su fluir.

Ayer Gorostiaga fue devorado entero por una anaconda de seis varas. Hoy la mitad de los hombres yacen en el piso húmedo, enjutos, sin fuerza e hirviendo en fiebres. Han hecho de cuerpo tantas veces que algunos deben recoger sus tripas con las manos porque se les salen del vientre. El miedo es un pasajero más en la expedición, los caballos lo huelen y se inquietan en las endebles balsas que los transportan; en ocasiones se arrojan a las aguas para escapar y perecen horriblemente, comidos por los caimanes o desgarrados por los jaguares que los aguardan en la orilla.

Venir a conquistar américa parece más una empresa de necia imprudencia que una de aventurera ambición. Ni toda la interpidez del mundo sirve para hacer frente a las pestes y pesares que se encuentran en el camino. Aquí solo pueden sobrevivir las bestias nativas.

El oro que ha prometido Lope de Aguirre huye de los hombres por entre la verde vorágine del Amazonas y sólo encuentran muerte en formas que nunca imaginaron.

En proa, el padre Gaspar de Carvajal―misionero domínico español― registra la pesadilla en su cuaderno. Se encuentra sentado en el rollo de un codera ―junto a la jaula con gallinas infestada de mosquitos―. El bullicio de miles de pájaros e insectos ya le es habitual al igual que el cansino batir de las aguas por la embarcación. Con su pluma anota que sólo una docena de hombres parece tener oportunidad de vivir, el resto ya se deja ver indudablemente condenado a la parca.

De pronto el bullicio de las aves se transforma en silencio. Gaspar lo percibe y deja su pluma para observar esa ensoñación viviente que es la selva circundante. A su espalda oye un quejido. Luego escucha el retumbar de un cuerpo que se desploma sobre cubierta. Es Sánchez, a quien Gaspar consideraba saludable y con buenas esperanzas de vida; yace con los ojos abiertos, su mano derecha sujeta el cabo de un dardo que le ha clavado el cuello. Segundos después se desploma Guevara.

Gaspar ve que, uno a uno, los tripulantes en cubierta caen dormidos por el beso de la muerte. Entonces logra escuchar el silbido de los dardos que llueven desde la rivera izquierda. Son los nativos que les dan la bienvenida.

La punta primitiva de una lanza de tres varas se clava con fuerza en la madera de cubierta. Gaspar apenas logra comprender que ha quedado engarzado a la embarcación. Se toca el vientre, por donde entró la lanza, y palpa la sangre ―que se escapa a borbotones―. Piensa en lo imprudente que ha sido por permanecer en cubierta y en lo imprudente de venir a las américas.

La muerte se lo lleva despacio, lo envuelve en un mareo donde la selva se extiende en derredor y por todos lados de la embarcación.

IRENE ADLER

UN DÍA EN LAS CARRERAS

Elegía los caballos y los bares por el nombre. No tenía mucha suerte, pero siempre apostaba en las carreras. No tenía muchos amigos, pero nunca bebía sólo.

En el último derby de la temporada, apostó cuanto tenía a Imprudencia Temeraria: un mal caballo con un buen nombre.

Porque la Fortuna es caprichosa y Dios sí que juega a los dados.

JOSÉ LUIS USÓN

POR UN SEGUNDO

El cabo Solana miraba la escena con detenimiento, con la visión profesional, madura y reflexiva que dan tantos años de servicio. El cadáver se encontraba a unos pocos metros, en el arcén. En una postura grotesca, imposible incluso para un contorsionista bien avezado. Por un momento, el cabo, a pesar de su dilatada carrera profesional y las muchas veces que se había visto en semejantes circunstancias, tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para contener la náusea. A una llamada suya, el Sargento Grimaldi se acercó por su espalda.

— ¿Qué ve, cabo? — A pesar de los años de servicio juntos y la relación personal que los unía, no se tuteaban mientras estaban de servicio, los dos eran personas rectas y escrupulosas a la hora de acatar las normas y la jerarquía—.

— No se ven huellas de frenada, y el cadáver se encuentra muy lejos del lugar en el que se ha producido el impacto, a juzgar por lo que nos indican los cristales rotos que hay unos metros más atrás. El atropello tuvo que producirse a una gran velocidad.

— Sí, es raro, y por otra parte, la bicicleta en la que parece iba el infortunado se encuentra un poco apartada e intacta, está en el suelo como si la hubiera dejado con mucha delicadeza. Si unimos todo, a la huida del conductor, está claro que estamos ante un caso intencionado. Por cierto, ¿sabemos algo del propietario del vehículo?

— Los compañeros están mirando la base de datos a toda prisa, no tardarán.

— Está bien, lo antes posible por favor. En cuanto lo tengan, monte el operativo de búsqueda. ¿Respecto a la víctima?

— Iba documentada, la cabo Flores se va a encargar de localizar a la familia y comunicarles la noticia. Ya sabe mi sargento, que es la que mejor maneja este tipo de situaciones.

*

Otra vez el buzón lleno de avisos de la oficina de correos anunciando la llegada de certificados, que sin duda contenían multas y requerimientos de los juzgados. Ionel los cogió antes de salir de casa y sin abrir ninguno, con desprecio, los tiró encima de la consola de la entrada, donde ya había amontonados unos cuantos más.

Hacía ya tiempo que no los abría, ¿para qué?, ya no le podían quitar más puntos del carnet, pues ninguno tenía, y por otra parte, sus cuentas bancarias lucían unos números rojos de unas cuantas cifras. Las órdenes de embargo de las mismas, hace ya tiempo que no tenían ninguna opción de llevarse a término.

Atravesó el jardín y se dirigió al Garaje, entró por la puerta peatonal y encendió la luz, con orgullo miró su Audi A6 allroad Quattro de 204 Caballos, color azul firmamento metalizado. Se subió, accionó la apertura de la puerta y lo puso en marcha. Le encantaba acelerar en vacío para sentir toda la potencia del automóvil vibrando bajo el asiento. Había trabajado muchas horas en la construcción desde que llegó a España, eran incontables los metros de pladur que había colocado a base de sacrificio, para poder llegar a comprar el coche. No estaba dispuesto ahora, a que ninguna autoridad le impidiese conducirlo, no entendía para que vendían coches que alcanzaban unas velocidades de vértigo, si luego los límites en carreteras y autopistas eran ridículos. Conectó Spotify, y seleccionó el mix diario, “ Sultans Of Swing” de Dire Straits empezó a sonar a gran volumen. Salió del garaje y acelerando a fondo, condujo a toda prisa hacia su lugar de trabajo.

*

El niño le rogaba, que, por esta vez, llegase a casa a una hora temprana para poder ir juntos a tomar un helado y luego al parque. Daniel como tantas otras veces, le prometió que así sería. Ya tendría tiempo luego de sentirse el peor padre del mundo, el más miserable. Sentía un hondo desprecio hacia sí mismo, cuando incumplía las promesas que le hacía a su hijo. Teresa, su mujer, le dirigió una mirada cargada de una mezcla de sentimientos, desprecio, pues también ella sabía que esa promesa difícilmente se cumpliría, pero también una abismal tristeza, compasión por él, pues sabía que Daniel lo hacía todo por ellos, por su familia.

Cuando le ofrecieron el ascenso en la empresa, los dos mantuvieron una extensa charla, valoraron las ventajas y desventajas, sabían lo que implicaba, pero como sucede casi siempre, el aspecto monetario lo arrasa todo y acaba imponiéndose a cualquier otra valoración, por muy racional que esta sea.

Hacía tres años que se habían casado y dos que había nacido su primogénito, ese ascenso, convinieron, les iba a facilitar una vida con más comodidades, llena de oportunidades para su hijo, una vivienda más digna, mejor educación y un sinfín de ellas, entre las que no estaba la de ir juntos al parque o a tomar helados, claro.

Daniel cogió su bicicleta plegable y bajó las escaleras desde su cuarto piso sin ascensor hasta la calle. Allí la desplegó y empezó a pedalear rumbo a la oficina. De camino iba pensando en cómo plantearle a su jefe la petición de salir hoy a la hora.

Trataba de engañarse a sí mismo, pues sabía que les quedaban pocos días para entregar el proyecto en el que llevaban tanto tiempo trabajando, y no se podían permitir el lujo de no entregarlo en la fecha convenida. Para eso tenían que dedicar todas las horas restantes de esta semana. Se lo podía imaginar diciendo — ¡Danielito, que vamos con retraso y no me puedes fallar! — . Odiaba a su jefe, odiaba su trabajo y odiaba a todo el mundo, cualquier día se plantaba y mandaba todo al demonio. Pero eso sería cualquier día, hoy tenía que esmerarse en acabar el proyecto.

Cuando se dio cuenta, estaba ya a tres calles de la oficina, iba tan abstraído que no había sido consciente de cómo había llegado hasta allí.

*

Cuando Teresa abrió la puerta y los dos agentes uniformados le explicaron el motivo de su visita. Su mundo, hasta ahora cálido y confortable, saltó en mil pequeñas astillas, que lo desgarraban todo. Alguien con una fuerza sobrenatural había cortado el fino hilo que sustenta nuestro precario universo en un complejo equilibrio. La sangre, hasta ahora bien canalizada en sus venas, se empeñaba en huir en tropel, y un helador soplido, fue surgiendo desde lo más hondo de su ser, hasta dejar todo su cuerpo envuelto de una fría escarcha.

*

El sargento Grimaldi estaba sentado frente al interrogado, con la mirada clavada en sus ojos, a escasos centímetros. Buscaba con ello un efecto intimidatorio.

No con todos los detenidos usaba la misma técnica, a veces se dirigía a ellos con un aire más paternal, buscando cierta complicidad que les provocase la seguridad suficiente para confesar los hechos, con la creencia de que lo que hacían era lo único que podían y debían hacer. Fuese como fuese, el sargento, solía lograr su objetivo la mayoría de las veces.

— Entonces, vamos a ver si me queda claro. Usted huyó a pie del lugar de los hechos, abandonando el vehículo, porque se asustó.

— Así es.

— Y se fue directamente a su trabajo.

— Si señor.

— Si lo he entendido bien, todo empezó con una discusión por que usted se saltó un Semáforo, fue entonces cuando la víctima, tras recriminarle, empezó a insultarle a voz en grito y después vinieron los zarandeos y los empujones. Y en un ataque de ira, usted aprovechó para subirse al coche que se encontraba en marcha, y sin pensarlo, atropelló a la víctima, dejándolo tirado y sin prestarle auxilio. Hay una cosa que no entiendo ¿cómo pudo coger tanta velocidad?

— Bueno, la verdad es que mi primer pensamiento fue irme de allí con su coche y dejarle allí plantado, vociferando en mitad de la calle, para que aprendiera. Pero de pronto, sin pensar, en un segundo, como un autómata, algo estalló en mí, una fuerza incontrolable un odio irracional y voraz. Ya me había alejado unos metros y di la vuelta, aceleré a fondo, el coche era potent y a partir de ahí la verdad es que apenas recuerdo nada. Son imágenes sueltas, flases. Me daba la sensación de estar viendo una escena que les estuviese ocurriendo a otros, que nada tenía que ver conmigo.

— Nos costó bastante encontrarle, si no llega a dejar su bicicleta allí, posiblemente no lo hubiéramos hecho nunca.

— Ya imagino.

*

Cuando en la base de datos comprobaron que la víctima, era a su vez el propietario del coche, el caso, que en principio parecía un mero trámite, adquirió una rabiosa complejidad. Les costó unos días llegar a esclarecerlo. No había huellas dactilares, ya que Daniel usaba siempre unos guantes para montar en bicicleta. Pudieron hacerlo a través del número de bastidor que esa marca de bicicletas grababa en el cuadro y gracias a la minuciosidad de Daniel, que pasaba todas las revisiones de la misma, en el taller donde había efectuado la compra.

*

Daniel, que hasta ahora había mantenido una entereza fuera de lo común, se llevó las manos a la cara y empezó a sollozar, primero tímidamente, hasta acabar en un completo espasmo, un llanto desbordado que inundó la estancia.

En ese llanto se deshilachaban como volutas de humo en el viento suave, todos los proyectos de una vida, los planes de futuro junto a su hijo y su mujer, y todo por un segundo. Un segundo que por sí solo, es capaz de convertir la dulzura en amargura, la sensatez en locura y al fin, la libertad en condena.

EVA AVIA TORIBIO

Grace, al mirarlas, con cuchillo en mano, salir despavoridas, sintió una gran satisfacción, por fin alguien había sido capaz de darles su merecido.

Segundos después, algo comenzó a cambiar en ella, un calor abrasador le emanaba desde las entrañas, a las que se agarró fuertemente. Asustada, cerró la puerta de la casa sin hacer caso al grupo de muchachos que quedaron perplejos al ver lo que Grace, estaba a punto de descubrir.

Igual te preguntas quien es Grace, para saberlo tendrás que leer Fiesta de pijamas, Hécate ven a mí.

Las luces, como si de magia se tratara, se encendieron iluminando el salón. En ese instante el libro que reposaba sobre la mesa cayó al suelo. Grace, desconcertada, miró a su alrededor, allí no había nadie, ni tan siquiera Ares. —¡Ares!, gritó, pero su fiel amigo no contestó. —¡Ares!, gritó, de nuevo, pero siguió sin contestar. No hubo ningún ladrido, ningún lametazo, ningún empujón que le indicara que quería jugar con ella, simplemente desapareció todo rastro de el.

—¡Grace!

—¿Quién anda ahí? —asustada, se giró hacia el espejo.

—¡Grace! —se escuchó de nuevo.

—¡Joder, chicos, como broma está bien! —atemorizada, aún no se ha percatado de su reflejo.

—¡Grace!

—¡Esto ya pasa de castaño a oscuro! ¡Dejadlo, ya! —mirándose las manos temblorosas, cae rendida al suelo. El reflejo del espejo al mirarse no es el mismo de hace unas horas.

—¡Grace! ¡Ja, ja, ja!

—¡Mi rostro, mi cabello! —tocándose, perpleja por no reconocerse. Su cabello laceo a pasado a ser unos tirabuzones rojos como el fuego. El acné de su rostro a desaparecido y en su lugar, sus mejillas sonrojadas acompañadas de unas pequitas le dan color a su blanca piel.

—¿Te gusta lo que ves?

Grace se mira de nuevo en el espejo y en el, ve a una mujer morena con el cabello largo y un camisón como el que ella lleva puesto.

—¿Quién eres? ¿Qué me ha pasado?

—Ahora soy tú y anteriormente, un antepasado tuyo. Solo ha pasado lo que tú has pedido.

—¡Yo no he pedido esto! ¡Ares! —grita, de nuevo.

—¡Ayyy, niña imprudente! ¡Ja, ja, ja! Hécate, necesita un sacrificio, uno más dos son tres.

—¡Todo esto es una broma! ¡Esas pijas me van a escuchar mañana! ¡Ares! —grita mientras mira por toda la casa. Ares, no está.

—No lo busques —le dice, sosegada, su antepasado.

Grace, con ambas manos, aprisiona su cabeza. Dándose golpecitos le pide a esa voz que dice ser su antepasado, que salga de aquí, de que le regrese a Ares.

—Hécate necesita un sacrificio.

—¡Cállate! ¡Esto no es real! —golpeándose la cabeza.

Grace, que está en medio del salón, no se ha dado cuenta que su madre a regresado.

—Hija, ¿qué es todo esto? —tocándola. ¿Qué hace esto aquí? —cogiendo el libro, el que suelta de sopetón al alzar su rostro y ver como su hija ya no es su hija. ¡Tú! ¡Sal de ella!

—Ella ya no está. ¡Ja, ja, ja! —riéndose, da vueltas alrededor de ella.

—¡Devuélvemela! —cogiendo el libro y pasando las páginas en busca de algo que pueda ayudar. ¡No tienes derecho a hacer esto! ¡Tu tiempo terminó!

—El de ella también. Si la quieres de regreso, ya sabes lo que tienes que hacer —mirando el libro. Sus hojas pasan con rapidez hasta que se detienen en un hechizo de sacrificio.

—¡Estás loca! ¡Pídeme lo que quieras menos eso! —lanzando el libro al suelo.

—La luna está a punto de cubrirse por las nubes, si la quieres de vuelta, ya sabes lo que tienes que hacer —dando círculos a su alrededor.

—¿Por qué? ¿No ha sido castigo suficiente, que generación por generación las mujeres han perecido jóvenes?

—¡No hay castigo suficiente! Ahora es mi tiempo, voy a vivir lo que ella me arrebató —rozando su cabello.

—¡Tu hermana no tuvo la culpa! ¡Devuélvemela!

—Dame lo que se me ha ofrecido y te la devuelvo, a ella y a ese chucho.

—¡Ares, Ares! ¿Qué le has hecho? ¡Loca, que estás loca!

—El está bien, al otro lado del espejo. Pero, la luna…

—Tómame a mí —colocándose frente al espejo.

—Perfecto —cogiendo el libro y colocándolo en la mesa, con el hechizo de posesión.

Alejandra, que así se llama la mamá de Grace, comienza a preparar el ritual. Enciende las velas del salón, apaga las luces y de rodillas frente al libro comienza a recitar el hechizo. Esta vez no es a Hécate a la que llama, sino a su antepasado Elisa, una mujer quemada en la hoguera por brujería.

—Elisa, antepasado de mis ancestros. Me ofrezco como sacrificio para reparar el daño que mi ancestro, Tamara, te produjo —cortándose la palma de la mano. La cierra y deja caer unas gotas de sangre sobre el hechizo.

Elisa deja el cuerpo de Grace, que vuelve a ser la misma niña insulsa y entra en el Alejandra.

En la mayoría de las ocasiones, nuestra edad hace que cometamos imprudencias. En este caso, la juventud de Grace y el factor de sus antepasados son la combinación perfecta para que ocurra algo que Grace jamás pensó y que ahora tendrá que descubrir.

Besos, la Incondicional.

MARÍA JOSÉ AMOR

LA IMPRUDENCIA DE ADÁN

De todos es conocida la historia de Adán y la manzana, mejor dicho de que Eva, mujer claro, hizo comer la manzana a Adán y Dios los expulsó del Paraíso.

Pero recientemente llegaron a mis manos unos documentos que, con gran dificultad debido a su deterioro, he podido traducirlos a pesar de estar escritos en antiguo hebreo, que desmienten en parte lo sucedido. Os paso el resumen.

Cuando Dios le dio vida a aquel muñeco de barro que había hecho otorgándole una inteligencia superior al resto de animales, le pareció correcto hacer varias muestras en barro y que él eligiera la que le pareciese mejor para ser su compañera.

Cuando Adán vio las propuestas negó con la cabeza diciendo:

-Mira Dios, no me gusta ninguna.

Dios entonces, volvió a hacer otras nuevas muestras ante las que Adán respondió de la misma manera.

Y ¡vuelta a hacer figuras de barro, y más y más, y muchas más,!Harto ya, Dioss le trajo un gran barreño de barro proponiéndole diseñarla él.

A lo que Adán respondió:

-Mira Dios, si se hace de barro, no será como yo, y mi deseo es que sea hecha con mi propia carne y mis propios huesos.

El próximo pasaje, ya coincide con lo que siempre hemos leído: Dios lo indujo en un sueño muy profundo, le sacó una costilla y, al despertarse vio a una mujer esplendorosa y, encantado la contempló diciendo:

-Ahora sí, ahora es carne de mi carne y huesos de los míos.

Y Dios, tras proponerles llenar el planeta Tierra con su descendencia se retiró a descansar: era ya el séptimo día.

Ellos, obedientes al mandato divino rápidamente se dispusieron a cumplirlo por lo que Eva, nombre puesto por Dios, no tardó en quedarse embarazada.

Y fue pasando el tiempo y llegó el verano. Un verano caluroso, ya que, al no haber contaminación, los rayos de sol caían perpendiculares en la corteza terrestre. Eva, por lo que se deduce, estaría más o menos en el séptimo mes de embarazo y sucedió que, una mañana, paseando a la sombra de los árboles, vio un manzano con unas manzanas rojas que estaban diciendo “cómeme”. Iba a coger una cuando cayó en la cuenta que ese, justamente de ese árbol, Dios les había dicho que no comieran sus frutos, así que siguió su paseo a la espera de encontrar otro.

Pero tras dar un par de pasos, escuchó detrás suyo un silbido; se volvió y vio una serpiente enrollada en el manzano que le dijo:

-Eva, ¿quieres esta manzana? Y le señaló una enorme.

-No, serpiente, Dios me lo ha prohibido.

-No le hagas caso, siempre dice cosas, pero nadie le hacemos caso, Ya lo conocemos, lo dice en broma– y le dio un mordisco añadiendo -¿ves como no pasa nada?

Y le tiró otra manzana que Eva se limitó a cogerla y sentarse apoyándose en el tronco del manzano, entrando en un duermevela dejando la manzana a su lado.

En esas llegó Adán que al verla le dijo:

-¿Has cogido la manzana del árbol?

Eva, medio dormida respondió

-Me la ha dado la serpiente, pero no la voy a comer, claro.

En estas, la serpiente le tiró otra a Adán incitándole a comerla juntos, haciendo carreras a ver quien acababa antes, no sin antes asegurarle que esa manzana era normal y corriente y que Dios, que era muy bromista a todos los recién creados les gastaba bromas parecidas.

Y Adán mordió la manzana. Y entonces surgieron deprisa una serie de acontecimientos:

El cielo se puso oscuro apareciendo enormes nubes, la serpiente despareció y Adán se dio cuenta de una cosa ¡tenía el culo al aire! Rápido despertó a Eva que seguía dormitando y, tras un enorme trueno que hizo temblar la tierra, apareció Dios que le dijo:

-¿No te había dicho que no comieses ese fruto?

-Es que Eva tenía una manzana que se ve que le había dado la serpiente que le dijo que era una broma tuya y…

-Y tú, imprudente, más que imprudente, ¡¡¡te creíste todo lo que te contaron en vez de preguntármelo a mí!!! Y todo lo que tenías aquí, lo pierdes. Fuera ya del Paraíso y a partir de ahora, ¡ganarás el pan con el sudor de tu frente!

Dios se fue decepcionado del comportamiento de Adán mientras él, hacia levantar a Eva diciéndole:

-Tenemos que marcharno, Dios nos ha expulsado.

Eva iba a protestar de que ella no había hecho nada pero Adán le respondió con voz dominante:

-Te recuerdo que tú eres carne de mi carne y huesos de los míos, por tanto, como te dije, eres mía y tienes que venir conmigo (se supone que ese fue el inicio del machismo, pero en documento n lo especifica).

Y así, los dos salieron del Paraíso, tuvieron hijos, nietos, bisnietos y….y curiosamente, el mandato “ganaras el pan con el sudor de tu frente” muchos descendientes lo han deformado en “ganarás el pan con el sudor…DEL DE ENFRENTE!

SANTIAGO V IBÁÑEZ

Vagaba por la nada creando maravillosos universos, donde su imaginación creaba formas de vida. Era energía creada y destinada para llevar la luz a esos rincones donde el caos y la oscuridad todavía reinaban, el tiempo y el espacio eran moldeados con su sola presencia.

El también fué imaginado y creado por una energía muy superior, a la que debía obedecer… ¡Pero una vez no pudo!

Le ordenaron destruir cierta maravilla por el creada, repleta de vida, pero cometió la imprudencia fatal de desobedecer a su creador.

Esa imprudencia fue su su propia perdición, acepto el castigo…. ¡El nunca destruyó!

Lobolibre69

MARÍA JESÚS GARNICA

Desde la fortaleza roja, asomada a una de las almenas, Moraima miraba el atardecer.

Siglos después la gente seguiría admirando, pero eso no lo sabía, ni le importaba en ese momento.

Pues quizás es su último atardecer en la fortaleza roja.

El frió viento la estremece, la sierra luce blanca.

Su marido llega y la abraza.

– No podía hacer nada, le dice su marido.

– Tiempos de incertidumbre nos esperan, le contesta Moraima.

-Imprudentes decisiones hacen perder un reino, diría mi madre. Dijo el marido.

Moraima lo abrazó.

Tiempos difíciles les aguardan.

ANGY DEL TORO

Visiones del Mañana: Un Encuentro con el Futuro

Me encontraba en la terraza del Burj Khalifa, a una altura superior a los 500 metros, el edificio más alto del mundo. Toda una gran ciudad bajo mis pies. De repente, el móvil vibró e hizo que mi mente volviese a la realidad. Respondo, es mi jefe, el que una vez más, interrumpe mis “vacaciones”. La semana laboral estuvo sobrecargada. Mi matrimonio se deshizo como sal en el agua, por lo que decidí poner distancia entre nosotros. Con la intención de relajar, viajé a Dubái.

— Sí, diga usted, ¿El Museo del Futuro? ¿Qué debo visitarlo? Entendido, gracias. Enviaré el reportaje cuanto antes.

Mientras las luces de neón del futuro danzaban en el horizonte de Dubái, yo, perdida en mis pensamientos, no podía dejar de reflexionar sobre la ironía de mi situación. Aquí, en la cima del mundo, sintiéndome más abajo que nunca. Mi vida personal se desmoronaba, y mi carrera, aunque exitosa, me había llevado a un punto de quiebre.

Fue entonces cuando lo vi, un joven con una mirada tan penetrante como la tecnología que portaba. Su atril no era común, era una obra maestra de ingeniería, con hologramas que proyectaban sus obras de arte, cual si fuesen sueños materializados.

— Señorita, disculpe mi frescura. Me alegra encontrar, en este rincón del mundo, alguien con quien pueda hablar español.

— No sienta pena, y tampoco crea que es impertinencia suya. Igual, pienso que me ha caído del cielo. ¿Sabe cómo puedo acceder al Museo del Futuro?

— Sí, claro. En una hora debo estar allí. Es un edificio muy representativo. Si lo deseas, te invito a que me hagas el honor de acompañarme. Es increíblemente majestuoso. Todo un andamiaje de siete pisos y sin columnas. Casualmente hoy exhibo una exposición sobre su proceso constructivo. Te diré que, al ser el expositor puedo llevar invitados. Si aceptas mi invitación, tendrás acceso hoy mismo. Las reservaciones están cubiertas hasta el trimestre próximo.

Nos encontrábamos en la puerta principal del museo, impresionante fachada. — Increíble, que suerte la mía. El haberte encontrado facilitará mi propósito.

— Encantado de serte útil, y de que, además, tu bella sonrisa haya iluminado mi atardecer. Aquí podrías imaginar el futuro, solo, déjate llevar por esta maravilla de la ingeniería. Un sueño inimaginable se edifica sobre sus cimientos.

—¿Cuál es el mensaje que aparece inscrito en su fachada?

— Inscripciones árabes que desde el exterior se vislumbran como mensajes del profeta. Un verdadero placer sensorial que, además de acentuar su belleza, se destaca en estructura y diseño. En su interior, actúan como ventanas para que la luz del sol penetre. Te puedo mencionar la que más me han impresionado. «El futuro no es un lugar al que vamos, es uno que estamos creando».

Mientras él sonreía, sus palabras resonaban en mi mente. «Las sendas hacia él no se encuentran, se hacen, y el acto de hacerlas cambia tanto al creador como al destino».

Al final del día, mientras el sol se ponía tras las dunas, comprendí que el futuro es un lienzo en blanco, y nosotros somos los artistas. Con cada pincelada de nuestras decisiones, damos forma a lo que está por venir. Y al darme cuenta de que mi futuro comenzaba en ese instante, decidí escribir el reportaje que el jefe de redacción me había solicitado.

“En el corazón de Dubái, donde el pulso de la innovación late con fuerza, se erige el Museo del Futuro, una estructura que desafía la gravedad y redefine el horizonte. No es solo un edificio; es un manifiesto de la visión de una ciudad que se proyecta hacia lo inimaginable. Con su fachada de acero inoxidable, adornada de caligrafía árabe que parece susurrar los secretos de la sabiduría ancestral, el museo se convierte en un portal para lo que está por venir.

Al adentrarnos en su interior, uno puede sentir como se transporta a un mundo donde la ciencia y el arte convergen y nos invita a crear un diálogo entre el pasado y las posibilidades infinitas del mañana. Este museo no solo alberga exposiciones; es en sí mismo una muestra de la audacia humana y la promesa de un futuro construido sobre los pilares de la creatividad, la sostenibilidad y la esperanza.

Firmado. Madame Géminis. Tu reportera favorita.

Imágenes tomadas de las redes. Mi admiración y respeto al autor.

GUILLERMO ARQUILLOS

TEMERIDAD

Era julio y los chicos no tenían cole.

Si Samuel no se hubiera colado a robar allozas de los almendros de Manuela, no habría visto nada.

Si Manuela no se hubiera asomado a ver a quién ladraban los perros, no sabría que llegaba Vicente.

Si Vicente hubiera logrado que su vecina compartiera el agua, no se habría arruinado. Aquella sequía se prolongó y a Vicente no le prestaron dinero para poner riego a sus frutales.

Si no manara agua en la finca de Manuela, sus almendros tampoco tendrían fruto.

Pero Vicente llegó, Vicente rogó de nuevo y Vicente gritó a Manuela, la viuda. Cuando el primer puñetazo, ella se acordó de la escopeta.

Samuel, el chiquillo imprudente, vio lo que ocurrió. Hacía calor, se puso a temblar y se meó encima. Los perros no dejaron de ladrar a los almendros.

Con la escopeta en la mano, pisoteando la sangre de Vicente, Manuela se acercó a ver qué señalaban los perros.

Samuel se fijó en la mirada oscura de Manuela y empezó a sudar, incapaz de salir corriendo.

Lloró.

Era julio y los chicos no tenían cole.

ASAPH FERNÁNDEZ

Ojo de dragón

La noche era fría, cuando ellas aparecieron. Habían bajado del cielo razo haciendo creer, a los más ingenuos, que eran ángeles o seres celestiales. Algunos se postraron a sus pies y comenzaron a adorarles.

Era la fiesta patronal y mucha gente pudo ver su llegada; criaturas con cuerpo de mujer y alas doradas en lugar de brazos, los pies eran garras filosas cómo las de un águila en pleno vuelo. Su cabello era liso y blanco, muy blanco como el de las salinas a las orillas del pueblo.

–Hemos venido por el ojo de dragón– dijo una de las criaturas antropomórficas.

–No sabemos de qué hablas– dijo uno de los que se postraron ante ellas –no tenemos tal artefacto en nuestras manos.

–Entonces nosotras lo buscaremos…

Inmediatamente alzaron el vuelo, la luna iluminó sus cuerpos blanquecinos, y las plumas de sus alas se convirtieron en cuchillas que dejaron caer sobre los aldeanos.

La gente corría despavorida, entre los cuerpos desmembrados y la sangre derramando por el suelo. Un grupo de hombres se armó con ballestas y arcabuces arcaicos, lanzando tiros al aire, derribando, a costa de muchos de ellos, solo a tres de las cuatro criaturas que surcaban el cielo. La última de ellas escapó hacia las montañas con una flecha clavada en el muslo izquierdo, dejándole una herida abierta.

–Hay que acabar con ella –dijeron algunos mientras los demás permanecían cegados por el miedo. Tomaron antorchas, rastrillos y palos, marchando en busca de la mujer arpía sin saber que se dirigían a lo que sería su último destino.

Llegando al pie de la montaña escucharon el sonido bestial de una criatura que se creía inexistente, igual que las anteriores.

El cielo se iluminó con una antorcha gigante que parecía salir de aquel paraje yermo.

El terror los inundo al ver a aquella criatura levantar el vuelo, era enorme y de un color negro como el cielo, sus alas de murciélago barrian las nubes del firmamento.

De su boca salieron llamas como de un volcán dejando a su paso solo cenizas, era un infierno. Los cuerpos, lamidos por las llamas, corrían hasta que la vida se iba de sus cuerpos. Otros quedaron calcinados de manera tal que no sintieron el dolor de morir ardiendo.

El dragón se dirigía hacia el pueblo cuando se encontró con Ascazer, el hechicero, quién detuvo su camino.

–Aquí tengo el ojo de dragón, deja en paz a ese pueblo– dijo mostrando una bola de cristal del tamaño de la cabeza de un hombre.

–¡Qué hombre tan imprudente! –dijo la bestia con voz gutural –¿Acaso piensas que un simple mortal puede detenerme?.

Entonces lanzó una bocanada de fuego con tal intensidad y tal cólera que la arena pisada por Ascazer se volvió vidrio; las rocas ardían al rojo vivo y el humo subía como el de un horno.

El hechicero permanecía en pie, impávido, inmutable. Ni siquiera el calor que emanaban las rocas alcanzaba a desprender una gota de sudor en su rostro.

–Todo lo he visto antes –dijo sin vacilaciones –¡todo! No hay nada que se esconda de mis ojos.

Las alas de la bestia se batían en un cielo límpido y desierto, el humo fue llevado lejos por el viento que generaban sus movimientos. Era cómo si la vida hubiese sido borrada en el cielo como en la tierra, barrida por las alas de una muerte convertida en gutural bestia.

–He visto tu fin, y he visto el mío. –dijo Ascazer sereno como al inicio –Conozco tú tiempo y he visto en tus ojos el mio. Sé que esta noche no he de encontrar la muerte, ni en tus garras ni en las de tus sirvientes.

–Veo que has usado el ojo de dragón hechicero. No sé si llamar osadía o imprudencia a ese acto tan ambicioso y tan estupido. Ningún hombre jamás ha soportado las visiones que este arroja, simplemente te volverás loco. Aún así es embriagante, adictivo, el saber… no, el conocer los tiempos y el fin de cada uno de ellos. No lo niego, pero detrás de ellos hay un alto precio. Ni siquiera mis concubinas se atrevieron a usarlo por el miedo que les provoca conocer un destino incierto. Lo que verás se fundirá con tu realidad y las diversas realidades se fundirán en tu mente. Todo es veráz y falso al mismo tiempo.

En ese momento el cielo se abrió como un libro comenzó a escupir imágenes. Las nubes se apilaron como lana de ovejas para convertirse en olas. El cielo se convirtió en mar y el suelo se convirtió en cielo, y de pronto el mar se convirtió en hierba que se mesia con el viento, y él caía interminablemente. Mientras lo hacía, veía pasar una a una las páginas del mundo y de los tiempos. La tierra era un desorden y los peces surcaban el cielo. Los árboles enraizaban en las nubes y las flores adornaban el firmamento, no había estrellas pero sí luz y también oscuridad. El abismo se abrió y devoraba todo cuanto caía en él. Pronto aparecieron los hombres los cuales fueron consumidos como una llama que se consume a sí misma. Las bestias se erguian y caminaban en dos piernas. Los lagartos tomaban champagne y los sueños creaban formas nuevas. Nuevos mundos, universos, eran formados frente a sus ojos al tiempo que se desvanecian en un segundo. Los cristales que sostenían el firmamento se resquebrajaban como una basija de alfarero.

Mientras él hombre permanecía ensimismado, el dragón se había ido lejos. El fuego de su boca no lo había quemado ya que el hechicero solo había sido una proyección de lo que fue y de lo que ya no era ni volvería a ser. Éste viajaba a la velocidad de la luz recorriendo mundos inciertos.

–¡Incensato! Por tu imprudencia no has podido recibir peor castigo que este, convertirte en un trotamundos eterno.

FIN

CARLOS RODRÍGUEZ

Y con esta ya serán once las entregas de «Juego de damas»…

Vallejo acompañó a las chicas a casa y siguieron charlando sobre el tema, pues Valeria estaba dubitativa ante la posibilidad de contar aquello a su madre. Por otro lado, confesó a Vallejo que le daba muchísima vergüenza como se había enterado él, pero que preferiría que hubiera sido así, pues de lo contrario no se habría atrevido a contárselo por miedo a que pensase que era una viciosa.

Él rió y, como forma de demostrarle lo equivocada que estaba, la rodeó con sus brazos y beso su frente mientras le decía que siempre sería su niña y que la querría igual fuese como fuese.

Unas cuantas lágrimas de alegría rodaban todavía por las mejillas de Valeria cuando llegaron al domicilio, lo que alertó a su madre.

– ¿Qué ha pasado? ¿Estas bien?

– Tranquila, las niñas están bien, entremos y lo hablamos con calma.

– Mamá ¿por qué hay una patrulla en la puerta?

– Ahora lo hablamos todo. – respondió Vallejo mientras trataba de que todas entrasen en casa – Sentémonos, no sea que con tanta emoción alguien se caiga. – volvió a reír rompiendo la tensión de los sustos iniciales.

Fue Vallejo quien tomó las riendas de la conversación, explicando los motivos de la situación de protección que tendrían durante el tiempo que tardasen en resolver aquel caso, al mismo tiempo que trataba de convencer a Valeria que nada malo sucedería.

– Paula, llama a tus padres y avísales de que esta noche os quedáis aquí, no sea que se asusten al ver que tardáis en llegar. Valeria, sube con ella, estaréis más tranquilas arriba.

– Pero…

– Mañana será otro día, hoy ya hemos tenido todos muchas emociones, después del desayuno habrá tiempo de sobra para todo.

– Vale, si tú me dices que espere, esperaré – respondió Valeria mientras volvía a abrazarse a Vallejo.

Las chicas subieron al dormitorio dejándoles solos.

– ¿Qué pasa Vallejo? Y que ni se te pase por la imaginación decirme que nada. La niña ha entrado llorando, y tú has venido directamente de correr, si no hubiese nada importante no vendrías en ropa de deporte y sudado… bueno eres tú para esas cosas.

– No ha pasado nada, simplemente me he encontrado a las chiquillas y las he acompañado, el resto… mañana lo entenderás todo, pero puedes quedarte tranquila, no es nada malo.

– Bien, confío en ti. Voy a preparar algo para cenar ¿te quedas?

– Lo haría de buena gana, pero ya ves como he venido…

– ¡Anda bobo, pasa a la ducha! Seguro que algo encontramos que te puedas poner al salir.

– Pues sí que voy a estar mono con alguno de tus vestidos… mejor uno largo, que con la diferencia de estatura me quedará como minifalda – bromeaba mientras caminaba en dirección al aseo.

– ¿Pero a dónde vas, calamidad? Ni que fuese la primera vez que vienes a casa, en ese caso no hay ducha. Utiliza el de mi dormitorio, mientras yo voy al garaje, creo que todavía hay una maleta con cosas que Fernando no se llevó, y malo será que algo no te sirva ¿usas una 46 no?

– ¡Vaya ojo tienes!

Aquella maleta llevaba muchos años esperando que alguien pasase a retirarla, pero Amalia no quería tirarla para evitar conflictos en el caso de que aquel impresentable volviese a buscar sus cosas.

Aunque Fernando era algo más alto que Vallejo, ambos utilizaban la misma talla, de modo que no fue difícil encontrar algo que les sacase del apuro de ese momento.

Amalia sabía que a Vallejo no le haría mucha gracia vestir ropa de Fernando, era consciente de que nunca le había gustado, pero era eso o tendría que pasarse la cena con un albornoz de ella que seguro no le cubriría mucho, ella media poco más de metro sesenta y él casi uno ochenta.

Con la ropa interior había habido suerte, en la maleta había varios boxers sin estrenar.

La cena fue un tiempo donde Vallejo tuvo que tirar de ingenio para intentar que Valiera y Paula relajasen un poco sus nervios, al fin y al cabo él era el único que conocía los sentimientos que se profesaban ambas. Pero Valeria no terminaba de relajarse del todo, cada vez que cruzaba miradas con él temblaba cual vara verde.

No obstante no fueron ellos quienes dejaron escapar la primera sorpresa sobre aquella mesa, fue Amalia quien dio un giro radical a la conversación.

– Bueno, aprovechando que estamos aquí todos los implicados…

Se hizo el silencio en el comedor y todos la miraron con una mezcla entre intriga y sorpresa, aquel tono implicaba que se trataba de algo serio ¿acaso ya sabía de aquel romance? Todos la escucharon con atención.

– A ver Vallejo, te lo he preguntado anoche durante nuestro paseo, pero has escurrido el bulto sin contestar a mi pregunta, pero yo también tengo mis fuentes y he dado con la respuesta.

– ¿Qué pasa mamá? No me iras a decir que estáis juntos

Vallejo se reía mientras buscaba la estrategia para eludir de nuevo la pregunta.

– No cariño, tu madre y yo solamente somos buenos amigos desde hace ya muchos años.

– Bueno, bueno, no me quieras hacer tonta, hace años que mamá me contó que fuisteis novios en la universidad.

– No hija, no van por ahí los tiros. Resulta que este hombretón parece que nos tenga miedo.

– ¿Por qué dices eso, mamá?

– Tan listo para unas cosas y tan bobo para otras. Pues resulta que esta alojado en un hotel, según le dice a los compañeros, mientras no encuentra algo que le guste y le permita evitar viajar varias veces en la semana a Vigo.

– A ver chicas, al principio venía y volvía a Vigo a diario, tampoco está tan lejos, los problemas surgían cuando estaba de guardia o las investigaciones me obligaban a quedarme en Santiago, por eso he alquilado una habitación en el hotel, únicamente por comodidad.

La cara de Valeria era un reflejo de todas las dudas que pasaban por su cabeza, no encontraba conexión entre la situación de Vallejo y aquel comentario de su madre, aunque estaba segura que ella lo aclararía rápidamente, y así fue.

– Todo eso lo podemos entender ¿no es cierto Valeria?

– Pues claro que sí, mamá, lo que yo no terminó de entender es a dónde quieres ir a parar.

– Llevo todo el día pensando en ello, y ahora que nos ha puesto protección, más todavía ¿a ti qué te parecería que Vallejo se viniese a compartir casa con nosotras?

– ¿Estas de broma? Menuda pregunta, llevo media vida deseando tenerle aquí cada día.

– Supongo que yo tendré algo que decir en el asunto -replico Vallejo- no tengo miedo de vosotras, al contrario, pero no quiero molestar, y ya sabéis lo complicados que son mis horarios.

Amalia expuso una buena colección de argumentos, económicos y logísticos, que complicarían a cualquiera el aceptar la propuesta, pero por si todos ellos no fuesen suficientes agregó el de la tranquilidad que le daría tenerle a él en casa en vez de la patrulla en la puerta.

Valeria estuvo de acuerdo con las argumentaciones de su madre y, cual niña pequeña, comenzó a repetir como un loro la misma frase – ¡vamos, di que sí! ¡di que sí!

– ¡Venga hombre! No te hagas de rogar. La casa es grande y hay habitaciones libres. Además, así todos nos ahorramos un poquito, tú el hotel y nosotras al compartir gastos.

Vallejo estaba a punto de aceptar la propuesta, habían sido muchas las veces que se le había pasado por la cabeza, pero le había faltado el coraje de abrir la boca y lanzar la pregunta, cuando surgió temblorosa la voz de Valeria. Los nervios atenazaban sus cuerdas vocales impidiendo fluir el sonido con claridad.

– Bu… bueno, ya que estamos… y que la cosa es aprovechar que estamos todos los implicados… yo quería decir… bueno, que Paula y yo hace seis meses que somos pareja.

Amelia miró a Vallejo y rompió a reír.

– Te has fijado Vallejo, tu niña tiene novia… ¿no te decía yo hace semanas que la veía más contenta de lo habitual? Venid aquí las dos que os dé un abrazo ¡anda que no os ha costado decidirlo!

– ¿No te parece mal? Teníamos miedo de como te lo pudieras tomar.

– Ya te lo había dicho yo cariño, tu madre sólo quiere tu felicidad.

– ¡ah, que a ti ya te lo habían dicho!

Las carcajadas inundaron la estancia mientras todos ellos se abrazaban celebrando, más que la noticia, el que las chicas se hubieran sincerado y hablado de su relación.

La confesión de Valeria había eclipsado por completo la propuesta que Amalia había hecho, cosa que él había aprovechado para no dar ninguna respuesta y quedarse, una vez más, en el cuarto de la salud sin asumir el riesgo de intentar recuperar al amor de su vida. Pero no iba a ser tan fácil escurrir el bulto en esta ocasión.

– Perdonadme si os parece imprudente el momento, o incluso insolente la pregunta en si, pero … ¿y vosotros?

– ¿Nosotros, nosotros qué? – respondió Amalia.

– Pues eso… ¿qué pasa con vosotros?

– Con nosotros no pasa nada – se apresuró a responder Vallejo- si estabas pensando en que también fuésemos pareja, hace muchos años que nos movemos en el terreno de la amistad… “sin derecho a roce»… que no somos tan modernos.

– Parece mentira Valeria, si hubiese algo entre nosotros ya te lo habría dicho, y más sabiendo que le adoras como a un santo en su pedestal.

– Bueno mamá, pero … cuando estáis juntos parecéis un matrimonio feliz, y cuando estáis lejos os echáis de menos como si os faltase el aire.

– También los amigos se extrañan cuando no se ven.

Amalia se estaba viendo entre la espada y la pared. Queriendo evitar la deriva que su hija estaba tratando de imponer a la conversación, pero consciente de que también podría salirle al revés la jugada, se levantó de la mesa con la escusa de preparar la habitación para que Vallejo se quedase ya esa noche, habría tiempo al día siguiente de pasar por el hotel a recoger todas sus cosas.

Como era de esperar, Valeria no dejó pasar la oportunidad, su madre acababa de dejárselo en bandeja para volver a la carga, mientras Vallejo ya no sabía como evitar el tema.

– ¿Pero qué habitación vas a preparar? Con que le hagas un hueco en tu armario será suficiente – insistió Valeria en tono de broma y con una picarona sonrisa en su cara.

– Bueno, ya veo que no voy a tener más remedio que confesar – dijo Amalia mientras les había una señal invitándoles a tomar asiento en el amplio sofá que presidía la sala de estar.

Ahora eran las caras de Valeria y Vallejo las que dibujan una expresión de sorpresa, aunque la de Vallejo dejaba entrever un tono de preocupación por si aquello que su amada se disponía a confesar era la existencia de alguien con el que estuviera manteniendo alguna relación, dejándole a él fuera de la ecuación que, desde hacía un buen rato, había estado formulando en su cabeza, y cuyo resultado esperaba fuese el de formar una familia entre los tres.

LETICIA R MENA

Nuestra imprudencia

He recibido la carta que te escribí de vuelta, junto con la nota de tu puño y letra donde me dices que es una imprudencia.

Una imprudencia me repito, con tu voz resonando en mi cabeza.

Una imprudencia decirte en esa carta lo que años he callado y tu sabías que callaba.

Una imprudencia fue dejar mudas todas las veces que en mi boca se formaba un te quiero.

Una imprudencia sentir en tu pulso cercano el latido de un corazón que decía mi nombre.

Una imprudencia dejar que otra mano llevará esa mano de la suya, por el resto de la vida, o ese fue el juramento.

Una imprudencia no haber besado los labios que buscaban los míos, que otros imprudentes besan ahora.

Una imprudencia dejar de rozar esa piel, que otra piel imprudente acaricia ahora.

Aún así me dices que es una imprudencia, que ahora es una imprudencia decirte todas esas cosas.

Y yo siento que que mayor imprudencia cometimos que cruzar las vías de un tren que estaba destinado a arrollarnos, quedando tú a un lado y yo al otro, sin volver a tener el valor de cometer la imprudencia de cruzar de nuevo aún a riesgo de dejarnos la vida en ello.

ANA DEL ÁLAMO

Una intensa humareda empaña la tarde invernal de fuerte viento. Humo negro y espeso que proviene de la tragedia y la incredulidad. Las noticias surgen rápidamente en todas las cadenas de televisión. Comienzan las especulaciones y la caza por la mejor imagen.

Se teme por los residentes de un edificio de catorce plantas en llamas. En 30 minutos toda su estructura prende como un polvorín, dejando un esqueleto tan negro como el corazón de unos indeseables ávidos de poder y riqueza. Ojalá la justicia obre para descubrir a los imprudentes.

Dos bomberos se despiden por radio de sus compañeros: _No hay nada que hacer. _No entréis por nosotros. Les dicen. Pero, entran y los sacan del horror, malheridos, inconscientes y medio asfixiados, aunque vivos.

Sólo queda rezar para que haya las menos muertes posibles y que la catástrofe se minimice con la ayuda de las instituciones y la solidaridad de unos vecinos que se vuelcan sin precedentes.

La bonhomía de un conserje, la heroicidad de los bomberos y el azar, consiguen que la cifra no se eleve demasiado. Muchas familias se quedan en la calle con lo puesto. El fuego se ha llevado su hogar y sus recuerdos dejando tristeza y desconcierto por un futuro próximo. Conscientes de que podían haber perdido la vida, lo sienten como un regalo. Con el alma inquieta y el cuerpo encogido consiguen conciliar el sueño.

Y en la calma de una noche inacabable, la luna se refleja sobre el agua marcando un camino de luz y esperanza y acude a visitarnos ofreciéndonos un pedacito de su inalterable belleza.

ARCADIO MALLO

Mal destino

En el silencio del amanecer de un día de primavera, se fue. Para siempre. La encontraron días después, dormida en el sillón de la sala, rodeada de la soledad que la había acompañado durante los últimos años de su vida. Por la ventana se colaba un rayo de sol primaveral, que iluminaba aquella chimenea llena de fotos y recuerdos.

En el centro estaban ella y su difunto marido, debajo de los arcos de la playa de las catedrales, aquel fin de semana que se habían escapado sin decir nada a nadie cuando aún eran novios y muy jóvenes. Justo a continuación, hacia la derecha, estaba la foto de Ana y Begoña, cogidas de la mano, mirándose con la absoluta devoción que se tenían cuando eran niñas. Una devoción que se había diluido con el paso de los años. Hermanas e hijas ejemplares que aquella imprudencia que se había cobrado la vida de su padre había distanciado.

A la izquierda, la foto de los cuatro, con aquel Renault 12 recién estrenado que acabaría siendo un mal recuerdo.

Justo encima, colgado de la pared, aquel enorme cuadro con la foto de la boda. Siempre había recordado aquel día como un punto de inflexión en su vida, como un fin y un comienzo de algo nuevo que le había llenado de ilusión y de provenir. Era el sello de un amor prohibido que, sin duda alguna, había conseguido abrirse camino entre todos los obstáculos habidos y por haber. Resistencia de las familias, problemas económicos, la emigración de Jesús para ganar un dinero con el que comenzar su vida en común… No había sido fácil, pero allí estaba al fin la compensación de toda aquella agonía.

Al lado de la chimenea, todavía estaba el hueco que había dejado aquel enorme baúl que había servido para guardar los juguetes de las gemelas. Unas niñas muy dulces y muy tranquilas que habían destruido su relación, su familia y el alma de su madre aquel maldito día en el que, llevadas por la revolución hormonal de la adolescencia, cogieron las llaves del Renault 12, ya entrado en edad, y se pusieron al volante. Tan cruel fue el destino, que justo saliendo del garaje marcha atrás, atropellaron a su padre que se estaba subido a la escalera limpiando la bajante de las aguas del tejado. La caída fue catastrófica y, luego de días de agonía en el hospital y silencios entre las tres mujeres, las dejaba para siempre, hechas pedazos. Las jóvenes, enfrentadas entre sí y a la justicia. Y a la madre, debatiéndose entre el amor a las hijas y el dolor de haber perdido a quién más había querido en su vida.

El destino fue cruel con ella. Y como el agua de los ríos discurre buscando el camino hacia el mar, así siguió ella, luchando contra las inclemencias de la vida, que la habían dejado en la más absoluta tristeza, sola y sin lágrimas que llorar.

En el silencio del amanecer de un día de primavera, se fue. Para siempre. La encontraron días después, dormida en el sillón de la sala. Sentada de cara la ventana, como hacía todos los amaneceres, para observar a la banda de gorriones que, nada más rayar el sol, empezaban su ir y venir, buscándose la vida en el zarzal, lleno de pequeños árboles, en el que se había convertido el jardín de la parte trasera de su casa. Una metáfora inequívoca de su propia vida. Un jardín lleno de esplendor, verde hierba y bonitas flores, que acabó abandonado a su suerte, cubierto de malas hierbas que dejaron paso a aquel zarzal que, curiosamente, era el paraíso para aquellos pájaros incansables.

RAÚL LEIVA

Ruta 8

Los caminos del destino son infinitos como los recorridos de los laberintos de una mente enferma e imprudente.

Una noche iba conduciendo por la ruta más solitaria que hubiera imaginado jamás aturdiéndose con una emisora de radio intentando no pensar en los caminos. Los vio de casualidad, estaba la familia a la vera del camino mirando el auto como esperando una respuesta que nunca llegaría.

Se le llenó la mente de dudas y temores. Nunca había levantado a nadie en el camino, siempre vendría alguien más que correría esos riesgos, pero esta vez no había ningún “alguien más” a kilómetros y los peligros eran tangibles como el áspero volante al que se aferraba como un náufrago a su tabla. La culpa, un mandato de otra vida o quién sabe qué lo hizo girar en la desolada carretera para regresar por la familia. Se iba reprochando tal imprudencia y justificando la buena acción en partes iguales. Se estacionó a una distancia prudente e hizo señas de luces para dar a entender que estaba allí para ayudarlos. El padre de familia se acercó enceguecido por el destello y al llegar a la ventanilla del conductor, se encontró con un hombre armado con una capucha puesta en la cabeza. Antes que pudiera articular palabra, el conductor habló.

—Mirá flaco, te voy a ser franco. Paré porque me da cosa que les pase algo en esta ruta de mierda, hay mucha gente peligrosa. No me juzgues por la capucha y el arma, pero entendé que yo también tengo motivos para desconfiar de vos. Yo no sé si armaste esto para que alguno se detenga a socorrerte y lo terminás asaltando o algo peor, y la capucha es por si acaso sos un tipo confiable, pero por alguna cosa se te ocurre denunciarme porque te apunté con un revólver y me cagás la vida. No puedo darme el lujo que me identifiques. ¿Entendés ahora mi posición? Yo podría haber seguido y me ahorraba todo esto, pero acá estoy, paré a darte una mano. Voy a bajar el arma porque parecés un tipo tranquilo y no quiero que se me escape un tiro y tu familia sufra por todo esto. ¿Estamos?

El hombre asintió en silencio mientras transpiraba a pesar del frío.

—Primero te pido disculpas por el modo en el que te recibí. Ahora vamos a hacer esto de la siguiente manera, decile a tu familia que vengan y llévense mi auto, Tiene combustible como para llegar al siguiente pueblo, ahí vas a encontrar una estación de servicio, la única del pueblo. Ellos conocen el auto, siempre paro y descanso allá. Dejale las llaves del auto a ellos y deciles que te sirvan una comida para vos y tu familia que después voy yo y arreglo, todo esto es por el mal rato que te hice pasar. Ahí podés llamar una grúa para que lleve tu auto hasta el pueblo y si necesitás un mecánico, los muchachos de la estación de servicio te van a orientar.

El sorprendido individuo se quedó esperando más instrucciones.

—¡Andá! Dale, que vas a preocupar a tu familia al pedo. Yo me quedo en tu auto, no se preocupen por mí, tengo un arma y voy a llamar a un amigo que me venga a buscar, A lo sumo en una hora me estaría yendo también. ¡Andá!

Sin más que agregar, le hizo señas a su familia y salieron del auto, les dio a entender que todo estaba bien y se acercaron despacio. El conductor encapuchado guardó su arma y se bajó del vehículo, sacó una maleta del baúl y se fue por lo oscuro hacia el automóvil descompuesto. Mientras la familia se subía al auto y desaparecían en la oscura ruta, el hombre se quitó la capucha para luego encender un cigarrillo y hacer llamados por teléfono.

Un tiempo después se supo de un tiroteo en la entrada de un pueblo. El automóvil de un conocido narcotraficante fue emboscado en una estación de servicio y quedó hecho un colador. Nadie reclamó los cuatro cadáveres encontrados. La policía encontró un prófugo de la mafia gracias a un llamado anónimo acerca de un loco armado con una capucha en la Ruta 8. Lo abatieron fácilmente al intentar resistirse. De la valija con el dinero proveniente del narcotráfico que portaba el encapuchado, nunca se supo nada.

Los destinos son infinitos, tanto como la estupidez, el miedo y la impaciencia. La mente de una persona es un océano de posibilidades oscuras. La realidad en vano intenta a bofetadas despertarnos de este sopor inmundo que nos hunde más y más en nuestras miserias.

SHELO SHELO

Rogelia, un hombre que había vivido toda su vida en un país latinoamericano con una economía estable, se encontró repentinamente enfrentando tiempos difíciles cuando su trabajo como gerente de hotel comenzó a desmoronarse. Antes, su hotel estaba lleno de turistas extranjeros y las propinas eran abundantes, pero despues del nuevo gobierno, las cosas empezaron a cambiar, la situación parecía empeorar con el tiempo. Los empleados comenzaron a abandonar el país en busca de mejores oportunidades mientras la economía seguía en declive.

Entonces llegó el turno de Rogelia, un veterano de 50 años con la esperanza en sus manos y la determinación en su corazón. A pesar de su edad, estaba decidido a encontrar trabajo y comenzar de nuevo. Emprendió un largo viaje hacia la tan temida selva del Darién con la esperanza de establecerse en Panamá.

Al iniciar el viaje, llevaba consigo a su fiel perro, Jefaso, y una gran maleta llena de pertenencias. Sin embargo, a medida que avanzaba, la maleta se volvía cada vez más pesada y el calor insoportable dificultaba su progreso. Afortunadamente, encontró ayuda en el camino cuando algunos coyotes le ofrecieron llevar la maleta por un tramo a cambio de unos dólares.

Durante la travesía, enfrentaron numerosos desafíos, desde el hambre y el frío hasta el peligro de las profundas aguas de los ríos. A pesar de las adversidades, Rogelia encontró consuelo en la compañía de Jefaso, quien siempre estaba a su lado, animándolo con su lealtad y amor incondicional.

En medio de la desesperación y el agotamiento, Rogelia decidió recitar un poema que había escrito años atrás, como un recordatorio de la fuerza y la resistencia que yacían dentro de él:

«Animal de compañía, parte de mi vida,

quien ha estado a mi lado con alegría,

en tiempos tan oscuros y difíciles,

donde tu presencia me da consuelo y brillo.

Aunque el camino sea largo y tortuoso,

juntos enfrentaremos cualquier desafío,

tu lealtad y amor son mi refugio,

en este mundo salvaje y frío.»

Inmediatamente después de recitar el poema, Rogelia sintió cómo Jefaso se levantaba con renovada energía, moviendo la cola y animándolo a continuar, los mismos compañeros estaban contentos y también se animaban a seguir, el podía oír a su mascota que le decía – «tú puedes, vamos amigo, juntos llegaremos al destino». Cuando por fin llegaron a Panamá, Rogelia buscó a Jefaso, pero un compañero de grupo le informó que venía solo. Rogelia,confundido, no podía entenderlo ya que lo veía batiendo su cola, con la lengua afuera indicando una sonrisa. Otro compañero le confirmó que Jefaso venía solo, cantando su canción. Rogelia se derrumbó a llorar amargamente al verse solo y desamparado, sintiendo que la vida no tenía sentido. A pesar de todo, su mente le decía que debía seguir adelante. Después de 6 meses, recorre las calles de Panamá en busca de un nuevo amigo para darle sentido a su existencia, trabajando por días recogiendo oro y exponiéndose al calor, al frío y al peligro del mercurio. Al pasar los años ya en su lecho, enferma por los efectos del mercurio, este habia hecho estragos en su cuerpo, reflexiono, penso que su ida a Panama habia sido una medida imprudente e impulsiva.

MANUELA CÁMARA

CAÍDA LIBRE

Con el sonido estridente de los coches de bomberos y policía resonando en mis oídos, un olor a óxido impregnando el aire, y un poco atontada, solo podía repetirme una y otra vez: ¿Cómo demonios he terminado aquí?

Todo comenzó haciendo realidad nuestra lista de ideas descabelladas. Cris y yo, amigas forever, cenando una noche con nuestros repectivos en un chiringuito playero. Ante una ola de amenazante aburrimiento, contemplamos la posibilidad de hacer cosas que nos daban miedo o que implicaban una superación personal. Cuando llegamos a los postres y acabada la tercera botella de vino, Carlos, el respectivo de Cris, con ganas de picarnos, dijo que a Cris le daba miedo bucear, aprender a esquiar y que no comería jamás grillos mexicanos. A Juan, mi respectivo, le faltó tiempo para responder, pues Marga siempre dice que hay tres cosas que no hará en la vida: acostarse con una mujer, comer caracoles y tirarse en paracaídas.

A los dos meses, Cris entraba en un traje de neopreno y yo con un instructor recibía clases de entrenamiento, aprendiendo a usar el equipo de paracaidismo de manera segura y efectiva. Después llegaron las prácticas con simuladores de caída libre, aprender a abrir el paracaídas y controlar la dirección y velocidad de descenso.

Llegó el día y Juan me dijo: Oye que no tienes que hacerlo si no quieres.

Ni loca me echaba atrás. Allí estaba yo, colgada a varios miles de pies del suelo, aferrándome a un pedazo de tela que pasaba por ser mi salvavidas. El viento me golpeaba la cara mientras me precipitaba hacia el suelo a una velocidad vertiginosa. Tiré de la anilla, un momento de miedo, y se abrió la tela, ralentizando mi descenso. El paisaje era espectacular, y la sensación de libertad no tenía precio. Para aterrizar bajo mis pies, había una pradera tan verde y extensa como en mis fantasías. En el centro del prado, una diana roja. ¡Pero qué bien iba mi aventura!

Entonces vi el todoterreno, lejos de la diana, y pensé que, si aterrizaba cerca del coche, sería un éxito total. Tiré de la anilla izquierda, pero la realidad me golpeó más rápido de lo que hubiera imaginado. Me estrellé de cabeza contra el techo de una fábrica abandonada. El paracaídas quedó enganchado en la chimenea, y allí estaba yo, balanceándome como chorizo de Cantimpalos puesto a secar al aire. La culpa era mía; debí haber elegido un deporte menos peligroso, como el ajedrez.

Con los bomberos acercándose despacio y un dolor que rivalizaba con la peor resaca de mis recuerdos, tuve una epifanía: la imprudencia no solo es un riesgo para la vida, también es receta segura para el ridículo más espantoso.

Y mientras aquellos fornidos agentes del ilustre cuerpo de bomberos cortaban las cuerdas y me bajaban del tejado llenos de incredulidad y exasperación, una vez tocada tierra firme, no pude evitar reírme de mí misma. Después de todo, de milagro no me rompí nada, y si no puedes reírte de tus propios errores, ¿entonces qué te queda? En ese momento, decidí que había que reformular la lista de ideas descabelladas. Porque lo de acostarme con otra mujer… ni loca, pero lo de comer caracoles… por ahí sí que no paso. Pero puestos a elegir, ¡quién sabe, tal vez los caracoles también tengan su encanto!

IVONNE CORONADO

Imprudencia y negligencia

Todo comenzó cuando a alguien se le olvidó comunicar que una licencia de manejo había sido suspendida a vida. La persona inepta obtuvo un nuevo permiso de manejo y se vio al frente del timón de un vehículo considerado como un arma fatal: un camión remolque.

El conductor, un hombre, haría la una en los periódicos.

Fatalidad

Un quince de marzo del 2024 se produjo lo inevitable. Había llovido la noche anterior, y en la madrugada la temperatura bajó dejando una fina capa de hielo en las calles y autopistas.

Julián manejaba a velocidades a más de 100 kilómetros por hora, y no reaccionó ante la vista de un grupo de vehículos, que evidentemente estaban inmovilizados. Su vehículo arremetió como una bestia furiosa la caravana. En un momento se volvió el caos. Gritos de dolor, sirenas, ambulancias desplazándose. Y él, como alelado, sin mayor reacción. El acompañante de otro automovilista que estaba atrás de él, pero a una distancia conveniente, al darse cuenta de que nada podía hacer para evitar la catástrofe, tomó rápido un video del vehículo, y llamó el número de urgencias.

Atrapados entre los escombros metálicos, la gente penaba por salir, y los paramédicos y bomberos que acudieron al llamado, se vieron pronto ante un espectáculo grotesco. Cuarenta y siete personas murieron en esa fecha fatal.

El juicio

Durante el juicio salió a relucir su expediente médico, presentado por las oficinas de la Seguridad Automovilística. No pudo establecerse la razón por la cual no hubo comunicación entre un departamento y otro. Su problema médico y la suspensión a vida de su licencia no aparecía en los registros donde se obtenían. No pudo establecerse tampoco quien había sido el culpable de tal negligencia.

Julián se mostró furioso, decía que no tenían autoridad para presentar su expediente médico como prueba, pero su abogado no pudo hacer nada al respecto

Un accidente que había tenido en los Estados Unidos fue la causa de su suspensión. El reporte del médico que lo examinó decía que se le debía prohibir manejar toda clase de vehículos, pues además de su depresión, padecía serios problemas psicológicos. Tendría que tomar medicinas y sus efectos no se lo permitirían.

-Señor Juez, mi cliente fue imprudente, pero también hubo negligencia en las Oficinas de Tránsito. Alguien no hizo bien su trabajo. Espero lo tomen en consideración.

El abogado penalista dijo:

-El acusado, Julián Monterroso, se mostró de una imprudencia sin límites. Sabía su estado de salud, obtuvo su licencia sabiendo que no podía conducir, y provocó la muerte de varias personas.

Y presentó el video: Los expertos que lo examinaron, al igual que la escena del siniestro, estuvieron de acuerdo: No frenó ni antes ni después.

La asistencia se secaba las lágrimas.

En el salón de deliberaciones, los miembros del jurado permanecieron dos días discutiendo. Se preguntaban por qué si hubo negligencia de un lado e imprudencia del otro debían o no darle la sentencia máxima, que eran diez años de cárcel, aparte estaba la pena por la infracción de haber omitido la revocación a vida de su licencia.

Después de dos días, avisaron al juez que ya estaban de acuerdo.

En el tribunal, el Juez pidió la sentencia. Julián fue declarado culpable.

Antes que se cerrara del todo la sesión Julián levantó su puño furibundo, y dijo: Soy inocente. Me iré al Tribunal de Apelación.

-¡Pena máxima! ¡Culpable! – gritaron los asistentes.

Su sentencia final sería pronunciada en dos semanas más.

Mientras tanto, Julián parecía no mostrar ni pena ni consciencia de su imprudencia.

El juez en sus adentros estaba pensando en enviarlo a otro examen psiquiátrico.

Autora: Ivonne Coronado Lardé

Montreal, 18 de marzo 2024.

Nota: Los medicamentos para la depresión y problemas mentales pueden producir: Somnolencia, disminución de la atención y de la capacidad de reacción. Últimamente, ha habido mucha negligencia al evaluar los casos psiquiátricos.

GRACIELA PELLAZA

El imprudente deseo malogrando el día.

Si yo estaba de parabienes; me levanté contenta sin dolor de huesos, hasta la temperatura me ofreció el vestido de las flores, el que compré en la feria antes de las lloviznas.La noche anterior anoté los puntos y los micros del itinerario, siempre propongo y no termino con las determinaciones. Tengo esa flojedad de los compromisos.

Una vida eternamente domingo.

Desayuné sin prisa, y chequee cuanto quedaba en la despensa para equilibrar la semana.

Le puse agua fresca a mis compañeros de cuatro patas, y no te pensé.

No te pensé.

Y hoy es marzo y es otoño, y pasaron todas las estaciones que le faltaban al año.

¡Tenias que cruzarte a mi vereda!

Para soplar sobre mí cara el sonido bello de tu buen día.Tembló la bolsa de las compras y dudo que no hayas notado el hambre de mi sonrisa.

El atrevido deseo que tuve atado, que creí tan muerto; así de necio y atolondrado, se enlazó de nuevo al lento andar de tu zapatilla.

ABBY MARSIE ROGOM

Pues vale. Dicen que cuando estás en peligro inmediato de muerte ves pasar imágenes de tu vida a una velocidad… No sé, ¿A la velocidad de la luz?

Pues no me lo creo.

Pensaba esto camino al patio trasero. Escribo pequeños artículos semanales para una publicación. La semana pasada fue sobre la vida rural, sembrar tus propios alimentos y eso.

Vivo en el campo, así que fue un artículo cómodo de escribir para mí.

Ésta semana querían que escribiera sobre el más allá.

Venga ya, ni que yo fuera cura.

Vale, vamos a ceñirnos a lo que dicen que pasa a este lado, antes del túnel.

En esa tierra fronteriza, el tiempo es raro; primero se ralentiza todo. Lo vives como bajo el agua, a cámara lenta, casi en tercera persona, y con todos sus detalles, y después ves cosas, da igual lo rápido que pasen, lo ves todo.

Lo vi en una película. Estuvo buena.

Yo digo que somos una estructura física, funcional y adaptada al medio a través de la evolución.

Eso es así y no hay duda. Lo demás son teorías. Somos densos y en realidad algo sucios. Sudamos, meamos, excretamos en general.

Y la vida es una expresión caótica que discurre por los caminos de la casualidad.

Uno pasó un segundo antes que tú. Estabas primero, pero te empujó y cruzó la carretera. Lo atropella un coche.

Otra carretera, un deslave, y por segundos te salvas de quedar sepultado.

Y allí está ese loco, presidiendo o tiranizado un país, comienza una guerra, mueren miles. Pues no era el mandatario su asesor, una persona comedida y con criterio, sino el loco.

Me llamo Tony, y yo digo que el alma es un invento. Y Dios, y la vida después de la muerte.

Yo he tenido suerte en el teatro de la vida, he estado a un pelo más de una vez de morir. Porque soy un imprudente. De una de esas me mato.

No me importa. No hay nada más. Fin.

Pero quiero que me incineren, ya digo que somos un saco de mierda, incluso muertos. Ofensivos a la vista y el olfato. Pestilentes, putrefactos.

A las dos he quedado, tendré que darme prisa, tiendo la ropa, me ducho y me voy.Tengo una pequeña valla que separa el patio del resto, porque mi perra Luna se come la ropa, también se ha comido el asa de la cesta en la que llevo la colada, incomodísima de llevar, tendré que comprar otra.

Luna es igual que el otro cuando era cachorro, se llamaba Neto.

Bien, no abro la valla, la salto. Siempre corriendo y a lo loco. Menos mal que tengo reflejos; se me enganchó el pié y caí, con las manos agarradas a la cesta. Maldita sea, si hubiera tenido el asa hubiera tenido una mano libre.

En pleno vuelo sopesé la mejor forma de caer, tenía un banco enfrente. Pero ya digo que tengo reflejos, así que me giré y por lo menos no me partí nada.

Me levanté y miré a Neto, que estaba a mi lado. Y en el suelo estaba yo, con la cabeza abierta.

Parece que estoy muerto, menos mal que no escribí el artículo; hubiera sido otra imprudencia.

RAFAEL MENCÍA

Dulce amor de María

En la guardería tomó la decisión. Al verla por primera vez sintió el deseo de no pasar un solo momento alejado de Maria. Siempre sentado a su lado, esperando que se fijara en él, soñando que algún día le hablara, que le invitara a jugar, que su maldita invisibilidad fuera reversible.

Una vez María miró fijamente a Carlitos y su corazón se paró por un instante, cuando la sangre empezó a recorrer su frente supo que lo había descalabrado. Aún conserva la piedra angulosa que una vez estuvo en la mano de María.

Ella era quien decidía los jugadores en el recreo, quién se sentaba a su lado a comer y quién era digno de su atención. Carlitos seguía siendo invisible pero siempre estaba cerca de su amada.

Cuando terminaron el colegio se celebró una gran fiesta de despedida, el siguiente curso, en el instituto, impidió que Carlitos compartiera clase con Maria. Todas las tardes de aquel año, recorrió los dos kilómetros que separaban sus respectivos centros de estudio exclusivamente para acompañar a María a su casa. En la distancia, sin perderla de vista; esperaba unos minutos después de que entrara en el portal para asegurarse que había llegado bien.

Carlitos estudió Económicas porque se enteró que María también estudiaría esa carrera. A él le gustaba más la filosofía, total para un hombre invisible que sólo hacía…pensar, pero se graduó el segundo de su promoción. Podía haber sido el primero mas ese honor se lo cedió a María argumentando al decano el valor especial que tenía el trabajo de fin de carrera de su compañera. Y el decano, que de joven también había poseído el don de la invisibilidad, comprendió enseguida el propósito de Carlitos.

María ya sabía de la existencia de aquel individuo con el que se encontraba en todas partes desde que tenía memoria. Cada vez que intentaba hablar con él algo sucedía de forma imprevista que impedía la comunicación. La mayor parte de la veces, a María, le daba miedo Carlitos. Siempre solitario, siempre a distancia pero siempre presente. Como le conocía desde la guardería su presencia le resultaba del todo familiar e incluso con ese puntito de miedo, se le hacía extraño si un día no sentía a Carlitos observándola..

El día de la boda de María a Carlitos se le descompuso el ánimo y se dijo a sí mismo que tenía que impedir ese matrimonio y, cuando el oficiante preguntó a los presentes por los impedimentos que pudieran cancelar la celebración, Carlitos cometió la imprudencia de levantarse y, con la voz avergonzada pero potente:<<¡No es justo, yo siempre te he querido, María!>>

Ella se volvió, le miró fijamente, como cuando lo descalabró aquella vez. Avanzó por el pasillo entre los invitados y cuando estuvo lo suficientemente cerca, lo besó ante la mirada expectante de toda la concurrencia.

El corazón de Carlitos no pudo resistir aquel golpe de ariete de su propia sangre y cayó fulminado, muriendo en el acto.

María se volvió y sonrió con la dulzura de una niña que ha roto su juguete preferido.

CARMEN ÚBEDA FERRER

Don Prudencio

Digamos como preámbulo, amables lectores, que la imprudencia y la ignorancia invencible, van cogidas de la mano.

…………..

Habían pasado dos años desde que don Prudencio, personaje de alta alcurnia, había mandado cerrar su palacete del condado de Manchatordo, donde nació, creció y, heredó el condado y tan aristocrática mansión. Por último compartió años de felicidad con su amada esposa doña Marieta.

No tuvieron hijos, pero tampoco los anhelaron, ya que su vida conyugal la llenaron con sus amistades, fiestas y viajes.

Don Prudencio , después de la muerte de Marieta no pudo soportar seguir viviendo en aquella mansión de incontables habitaciones y salones, en donde el enorme hall, coronado por la interminable y majestuosa escalinata de mármol le parecía al conde sumamente desangelado y frío, como si de una tumba se tratase.

Más de pronto, en aquel segundo año de su viudedad, cuando llegó la primavera, don Prudencio, sintió la irrefrenable necesidad de abrir las puertas y las ventanas de su palacio, de manera que mandó limpiarlo y prepararlo para dar una fiesta en honor de sus amigos, muy pocos por cierto, porque debido a su mucha edad más de la mitad ya habían partido para el otro mundo, no obstante aún le quedaban algunos con los que rememorar tiempos pasados de su juventud, con una espléndida cena, buenos vinos y brindando con un exquisito champagne.

Se sentaron los comensales en torno a la mesa y fueron achispándose con tantas copas de vino como recuerdos les venían a la cabeza y por último las botellas de champagne se descorcharon y llenaron los cálices de fino cristal desbordándose como cascadas de chispeante oro líquido, sin sentido alguno puesto que ya no había ninguna conversación coherente. Era un barullo de risas y frases disparatadas.

A don Prudencio se le trababa la lengua, pero se puso en pie, muy tieso y entre risita y risita y algún hipido que otro, suplicó silencio.

Poco a poco todos los presentes a duras penas fueron reprimiendo su alborotadora borrachera.

-Amigos míos me llamo Prudencio- Todos lo afirmaron con risas ebrias y aplausos.

-¡Silencio! Voy a continuar. Me bautizaron con el nombre de Prudencio porque en mi familia, desde los tiempos ha, la prudencia iba mucho más allá de ser una virtud. Fue un sacramento. A causa de la prudencia mi infancia estuvo frustrada. La prudencia era una espada que me amenazaba noche y día. Deslizarme por la barandilla de la gran escalinata que serpentea hasta el vestíbulo fue siempre el gran deseo de mi niñez y adolescencia. Hoy ya nadie me puede prohibir que lo haga. ¡Muera la prudencia!- ¡Muera, muera! Corearon sus invitados mientras chocaban las copas con estrepitoso ruido de cristales rotos.

-¡Brindemos por la muerte de la prudencia y vivamos con absoluta libertad la imprudencia!-

Y dicho esto, don Prudencio se aproximo a la baranda de la escalera y estampó su copa contra la pared. Con mucho esfuerzo se subió al reluciente barandal de mármol y comenzó a deslizarse dando gritos. No se supo si de victoria, de alegría o de terror.

Un golpe seco contra las losas del piso dejó en un mutis de horror a los juerguistas y a don Prudencio, conde de Manchatordos, hecho un guiñapo en el suelo.

Fin

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13 comentarios en «Imprudencia – miniconcurso de relatos»

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