Amor sin Pedagogía, de Benedicto Palacios Sánchez

15.00

 LIBRO RECOMENDADO 

La vida es una fábrica de momentos, de bocetos, en su mayoría inacabados. Ricardo rayó y dibujó varios, pero no hallaba en ellos correspondencia con la mujer amada. No estaba entre los brazos deseados. El amor más buscado y requerido no se dejaba dibujar…

Benedicto Palacios Sánchez ha sido catedrático de Filosofía, director de la Universidad Laboral de Cáceres, director de la Escuela de Administración Pública de Extremadura y director de la Academia de Seguridad Pública de Extremadura.
Amor sin Pedagogía es su primera novela, una historia de amor y enredo en la que los personajes exhiben su picardía sobre el telón de fondo de la España de los años 60.

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Descripción

AMOR SIN PEDAGOGÍA, de Benedicto Palacios Sánchez, es una novela intemporal, porque el amor no tiene edad ni fechas, pero sí sus personajes, hijos de una época, de los años 60. Ricardo, el protagonista, una persona siempre con la maleta de la mano, viajero donde las circunstancias le llevan, se va encontrando con gentes que desean ser amadas. Las mujeres se enamoran de su atractivo,  su carácter innovador y  su magnetismo. Nunca las rechaza, pero exige un tiempo de espera. El amor no se puede improvisar. El suyo carece además de complejos, porque el verdadero, el que de veras se busca y desea, tampoco los requiere.

 

Ficha técnica

Peso: 0.300 kg.
Dimensiones: 15 x 21 x 1,5 cm.
Encuadernación: rústica, tapa blanda
Autor: Benedicto Palacios Sánchez
Género : Novela romántica, pícara, costumbrista
ISBN: 978-84-946940-5-9
Páginas: 230 páginas

Información adicional

Peso 0.300 kg
Dimensiones 15 × 21 × 1.5 cm

1 valoración en Amor sin Pedagogía, de Benedicto Palacios Sánchez

  1. 5 out of 5

    Antonio Sánchez Buenadicha

    En esta novela, Benedicto ha creado un ambiente, la España de los años 60, y un personaje, Ricardo, que es algo de lo que somos cada uno de nosotros, algo de lo que quisimos ser y de lo que deseamos ser todos los hombres. Nos lo narra con la claridad de un pedagogo, la profundidad de un filósofo y la bonhomía de un amigo. Y lo hace a través de un lenguaje sencillo, cálido, desenfadado, que nos permite estar cercanos a los personajes, a sus peripecias, y zambullirse en un ambiente en le que se desarrolla la trama. Una trama, unos personajes y un ambiente inventados, sí, pero fabricados con retazos de la realidad que hace que la novela sea creíble y hasta ejemplar a través del mensaje que pretende enviarnos.
    El lector se verá trasladado a los albores de los 60, aquellos años en los que muchos suspirábamos con la revolución, cualquier revolución, porque entonces teníamos ideales y creíamos que el mundo lo podríamos cambiar pues, como dijo el filósofo, todo era cuestión de voluntad.

    La España de Ricardo aún permanecía dormida y sumida en las miserias materiales y espirituales, pero comenzaban a atisbarse señales de cambio. Un país en el que se juntaban las herencias más oscuras del pasado y las luces del futuro por hacer, en la que el pueblo natal de Ricardo encarna la perseverancia de las costumbres ancestrales, como el luto que incluso ennegrecía el alma e impedía las relaciones matrimoniales, y las ansias de desprenderse de ellas aunque fuera necesario huir del lugar para buscar en la emigración el acomodo, porque allí no había más futuro que el del labrador, el cabrero, el pastor, el estudiante.

    Había que salir incluso haciéndose pañero y recorriendo los pueblos de los alrededores, y en el pueblo, el bar como centro de la vida social, con su barra atestada en los días de fiesta, sus vasos de cristal reservados al género masculino, la botella de agua caliente en la cama, la separación de hombres y mujeres hasta en la misa, la señora con ínfulas que no desea casar a sus hijas con un labriego y hace todo lo posible por casar a un funcionaro, una chica tres años enlutada por la muerte del padre que abandona la escuela a los 14 y da clases a los más pequeños en verano, las famosas escuelas de cagones. Y allí Ricardo dispuesto a revolucionar el pueblo con sus clases particulares, un Ricardo que, a lo largo de la novela, se nos muestra como un hombre caval, honrado, inconformista, instruído, es maestro y lee a Camus en francés y a Unamuno, que por atreverse a pensar es un revolucionario incruento. Moderado como en todos sus actos, que se enfrenta a la rigurosidad de las autoridades educativas, para quienes el padre manjón era el gurú. Un maestro capaz de empatizar con alumnos, padres y compañeros, que abre itinerarios, que no profesa el proselitismo, y sigue la trayectoria de los chicos después de abandonar la escuela.

    La pedagogía que no está en los libros.

    Y las mujeres: su madre, para quien sigue siendo Ricardín, que le hace la maleta mientras le llena de consejos, para intentar librarle de las mujeres que no le convienen, y que sobrevuela por todas las páginas como nuestra madre. Al fin y al cabo, han sido las mujeres quienes se han encargado de la educación de la prole.

    Las maestras compañeras, a quienes despierta sentimientos maternales y eróticos, la dueña de una pensión, para quien es su hijo adoptivo, y Amalia, siempre Amalia, alumna brillante, el amor.

    Ricardo enamora a las mujeres, más no llega a consumar porque «no es el momento». No es un beato, pero nunca accede pese al atractivo de quien se le ofrece. Quizás está esperando algo, quizás a Amalia. Porque esta es una novela de amor: a una profesión, entre hombres y mujeres y de un autor a sus personajes.

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