Pasar factura – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «factura». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 8 de octubre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

DAVID MERLÁN

DOS LINEAS

—Buenas noches, queridos radioyentes. Son las dos y cuatro minutos de la madrugada. Quizá algunos de ustedes estén trabajando. Quizá conduzcan por una carretera vacía y oscura. Quizá el sueño les haya abandonado hace horas y hayan encendido la radio para sentirse acompañados. Quién sabe, pero si es así, permanezcan unos minutos con nosotros. Esta noche quiero contarles una historia. No una gran historia que haya cambiado el curso de la historia ni nada de eso. Es la historia de una mujer corriente que, precisamente por ello, quizá merezca ser contada.

Se llamaba Celia. Tenía diecinueve años cuando pensó que la vida sería sencilla. Reconózcanme que a esa edad casi todos lo pensamos.

Pues bien, como le decía, había terminado sus estudios, tenía novio, un empleo de media jornada en una tienda de ropa y una madre que todavía le preparaba croquetas cuando volvía los domingos a casa. La felicidad, no suele anunciarse. Simplemente está ahí acompañándonos y uno no se da cuenta de ella hasta que, por un motivo y otro, desaparece de nuestra vida. El primer golpe llegó en forma de una escueta carta. La empresa cerraba, pero para Celia no fue el fin del mundo. Encontró otro trabajo con relativa facilidad. A continuación vino otro, y después otro. Una sucesión de contratos breves encadenados con salarios pequeños.

Todo aquello no le resultó nada extraordinario. Al fin y al cabo muchas de las personas que la rodeaban vivian exactamente así.

Pero la vida tiene una curiosa y siniestra costumbre. Cuando encuentra una grieta, suele querer entrar por ella a urgar, a husmear a ver qué hay dentro de cada uno de nosotros.

****

Dos años después, su madre cayó enferma. Las croquetas caseras desaparecieron dando paso a los caros tratamientos acompañados y sus facturas. Con ello, los.medicamentos y los desplazamientos continuos, también con facturas de muchas clases. La física y contable y la emocional que fue mellando la mente y el ánimo de Celia.

Todo parecía llevar una factura pegada. Comenzó a trabajar más horas. Después vinieron los turnos dobles y después fue distanciando las salidas con sus amigas. Al menos se consolaba pensando qie le quedaba su novio.

Con el tiempo, dejó de llamar a algunas personas, y en un abrir y cerrar de ojos, sin darse cuenta, empezó a quedarse sola. Cuando se quiso dar cuenta, estaba sola.

Incluso Luis se marchó. No podía más. No tenian vida y casi ni se veían y era mejor dejarlo.

No hubo gritos, reproches ni traiciones. Ni siquiera hubo un intento interminable por su parte en plan: «vamos a intentarlo» » no podemos dejarlos así», «no me puedes hacer esto ahora» etc, etc . Simplemente un día se cansó. Dijo que necesitaba vivir, y se fue.

****

A los veintisiete años ya no se parecía a la muchacha alegre que imaginaba un futuro sencillo. Su madre había muerto, pero las deudas seguían llegando. Los trabajos eran cada vez peores, y el banco seguía llamando, con una puntualidad admirablemente impersonal e insensible. Como si el sufrimiento tuviera horario de oficina.

«—Necesito un café» había pensado la noche que conoceria a una mujer que luego sabría que se hacía llamar La Sonia.

La conversación duró apenas veinte minutos. Suficiente. Algunas decisiones ocupan años. Otras sin embargo caben en la mesa de una cafetería.

Cuando se despidieron, llevaba en el bolso un número de teléfono. Nada más. Aquella pequeña tarjeta acabaría cambiando el resto de su vida. No voy a describirles, queridos oyentes, los meses siguientes. Y no porque sean difíciles de imaginar, sino precisamente porque lo son demasiado. Ustedes ya conocen la historia. La han visto en películas. La han leído en periódicos y novelas miles de veces. La han escuchado en conversaciones que terminan con un movimiento de cabeza y un comentario rápido.

«—Qué pena.»

Y después seguimos con nuestra vida. Lo mismo que hizo Celia que también siguió con lo que quedaba de la suya. Pagó deudas. Pagó alquileres y recibos llenos de intereses de demora.

Pasó tantos años pagando facturas que acabó convirtiéndose ella misma en una simple cifra. En un número al que llamar y saber que no te cuestionaría pidiendo explicaciones, tan solo un precio que dar por un servicio completo.

****

La última noche llovía. Si lo piensan por un momento, siempre parece llover en las historias tristes. Quizá porque la memoria añade lluvia donde no la hubo para envolverlo todo con un velo más dramático. Pero lo más paradójico del caso es que en este caso sí llovía.

Celia subió a un coche oscuro. Eso es lo que saben los investigadores. Lo demás tuvo que reconstruirse después. Palabra a palabra, testimonio a testimonio y mentira tras mentira.

Lo que sucede es que el hombre que conducía aquel vehículo tenía otros planes. No tardo en estallar una discusión, aparecer el miedo en el rostro de Celia y desatarse la violencia a continuación. Unos instantes despues,….silencio. Ese tipo de silencio espeso que llega cuando ya no queda nada más que lo sustituya.

Tres días más tarde un pescador descubria un cuerpo atrapado entre unas ramas en la orilla del río. Eran las seis y veintitrés de la mañana, el agua había borrado parte de las huellas y la corriente había arrastrado algunas pruebas. La lluvia, aquella lluvia que había caído con insistencia esa semana, había hecho el resto.

Todo hacia pensar que sería un caso más de esos destinados a quedarse abiertos para siempre, pero no fue así. La investigación recayó sobre el inspector Víctor Pedraza. Durante meses siguió pistas equivocadas. Escuchó testimonios contradictorios. Persiguió nombres falsos. Reconstruyó trayectos y revisó cámaras una y otra vez.

Finalmente encontró al responsable. Quien la había matado, el cómo y donde la mató.

Lo que nunca pudo averiguar fue cuándo empezó exactamente a romperse la vida de aquella chica. Porque ningún asesinato comienza el día del crimen. A veces empieza años antes. Con una insignificante carta de despido, una enfermedad, una deuda y una despedida. Con una puerta que se cierra y con una mano que deja de tenderse cuando más lo necesitas

***

Y ahora, queridos oyentes, permítanme hacerles una pregunta.

¿Recuerdan una pequeña noticia publicada hace años en la sección de sucesos?

Decía:

«HALLADA MUERTA EN EL RÍO UNA MUJER DE 27 AÑOS. LA POLICÍA INVESTIGA LAS CIRCUNSTANCIAS DE SU MUERTE.»

Dos líneas. Eso era todo. Tan solo dos líneas para contar una vida entera truncada.

Su nombre no aparecía, ni tampoco su vida. No decía que había trabajado en una tienda de ropa, ni que cuidó de su madre hasta el final. No hablaba de las deudas, ni de las noches en las que lloró sin que nadie la escuchara. Y por supuesto no decía que se llamaba Celia.

Solo decía que habían encontrado un cadáver y que la investigación policial seguía abierta.

Tal vez apareció tan fugazmente junto a los anuncios, resultados deportivos o la previsión meteorológica, que ustedes la leyeron mientras desayunaban o esperaban el autobús. Mientras pasaban las páginas del periódico buscando algo más interesante. Y después la olvidaron, como hacemos todos. Como hacemos casi siempre en la vorágine del día a día.

Pero detrás de aquellas pocas líneas había una niña que soñó con un futuro sencillo. Una hija cariñosa y una trabajadora. Una buena trabajadora. Una mujer en definitiva, que intentó mantenerse a flote cuando la vida empezó a pasarle factura. Pero al final, lamentablemente, perdió la partida.

Esta madrugada hemos querido devolverle algo que aquella noticia no pudo darle.

Tiempo. Memoria y…una historia……..

Buenas noches, y hasta el próximo programa.

FIN

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Siguen deshojando pétalos aquestos versos.

Sigue pasando factura aquesta llama que se llama vida -que florece en miradas-, ávidas de belleza.

Siguen dominando la herida que bien abonada siempre cicatriza. Siguen muriendo los sueños en el ocaso de la vida. Sigue la muerte, buscando el momento perfecto. Siguen cerrando los ojos, para sentir, la eternidad de un poema…

ÁNGEL MARTÍN GARCÍA

PASAR FACTURA

Le faltaba talento, pero tenía ideas.

Conocía la perorata de que las ideas no tenían dueño ni daban dinero, y era consciente de que, por muy fuerte que pensara en ellas, no se desarrollaban solas y se quedaban en eso, ideas.

Hasta que el progreso le dio la herramienta perfecta para transformar en éxito sus ideas: Inteligencia Artificial.

Era facilísimo. Como robarle un caramelo a un niño ciego, sordo y sin extremidades. Le contaba a la IA sus ideas y esta las desarrollaba. Novelas, ilustraciones, cortos, aplicaciones móviles… Todo se materializaba ante sus ojos sin esfuerzo.

Vale, quizá no sin esfuerzo. La IA era un poco estúpida y, a veces —casi siempre—, tenía que repetirle lo mismo una y otra vez durante horas hasta que conseguía algo parecido a lo que deseaba. Pero lo que contaba eran los resultados y los resultados eran… bueno, mediocres en el mejor de los casos, aunque él no fuera consciente. ¡Ventajas de ser un ignorante!

Ninguna de sus ideas era innovadora y las creaciones de la IA no tenían ni un ápice de calidad. No es que a él le importara. Ni a él ni a su público. El progreso tecnológico y la degeneración de la Inteligencia Natural eran directamente proporcionales.

Todo hijo de la endogamia le compraba esos libros repletos de errores con portadas sin alma. Los vídeos estúpidos que subía a sus redes sociales tenían millones de visualizaciones. Sus aplicaciones proliferaban como un brote salvaje de gastroenteritis, saltando de teléfono en teléfono aunque causaran fallos de seguridad y errores en el sistema.

Era feliz. De verdad que sí. Se burlaba de las personas talentosas de verdad, riéndose de lo poco que le costaba emular años de esfuerzo con un par de directrices simples a una cacharra cuyo funcionamiento desconocía. Parte de la población estaba en su contra, pero que les dieran a todos por el ombligo, él se había forrado con sus ideas no tan únicas y especiales.

Todo lo que sube, baja, y lo que subes a la nube, se lo puede bajar otro. Vale, no es lo mismo que darse una hostia de morros, pero el subibaja aplica. De algún modo.

Un día, le dio otra idea a la IA. Era otra puta mierda, una novela de detectives en la que la IA destripaba quién era el culpable en la tercera página, pero, aun así, pasó algo inaudito: cuando fue a subirla a la web de su multinacional podrida de dinero de confianza, la obra fue rechazada por plagio. Ya había otra en la plataforma con el mismo texto, palabra por palabra.

Al principio pensó que la IA se había equivocado. Tampoco revisaba los resultados antes de subirlos a la nube, ni leía libro alguno, así que desconocía si el problema era que la IA le había dado el texto de una novela antigua.

Probó de nuevo y le pasó lo mismo. Y una tercera vez. Frustrado como un incel cincuentón, le preguntó a la IA qué estaba pasando. Al parecer, los libros se publicaban el mismo día que la IA los creaba. Podría haberlo mirado él mismo, pero lo suyo era pensar, no actuar. ¿Le estaba dando las mismas creaciones a todo el mundo?

Creó un par de vídeos con la IA: un tiburón socorrista defendiendo a una rubia tetona de otros tiburones y una taza de váter deprimida hablando de su miserable existencia. Al ir a subirlo a su red social friecerebros de confianza, se llevó otro disgusto. A los cinco segundos de subirlos, recibió una denuncia por derechos de autor y se los echaron abajo.

El destalentado triunfador sufrió una lenta agonía día tras día, semana tras semana, al ver que todas y cada una de sus ideas acababan en manos de otras personas. No entendía qué pasaba. No entendía nada, en realidad. Los últimos años había dejado que la IA pensara, razonara y decidiera por él. No solo la había utilizado para ganar dinero, sino que había generado tal dependencia que no era capaz de decidir qué día de la semana se lavaba las pelotas sin pasar por la IA.

El tiempo pasaba. La cuenta bancaria menguaba. Lo que parece ser mucho dinero, a veces no lo es tanto cuando ya no tienes ingresos y has gastado como si no hubiera mañana.

Todo el material que había publicado en años anteriores de repente dejó de pertenecerle. La IA le contó con amabilidad que todo lo que se había creado con ella ahora pertenecía a FasterThanAIu, empresa desarrolladora de la IA con la que estaba hablando.

Sus ideas volvieron a ser solo ideas. No es que a nadie salvo a él le importara. Que un ladrón de ideas le robara ideas a un ladrón de ideas ni siquiera podía considerarse un robo de ideas. No hacia él, al menos. Quienes estaban en contra del uso indebido de la IA libraban su propia lucha por la protección de la propiedad intelectual.

Ya no había nada. Ni siquiera autonomía.

Se quedó en su sofá, triste, solo, asustado.

Se apagó poco a poco hasta que no fue nadie, ni siquiera un pozo de refritos de ideas.

ANGY DEL TORO

Y la muerte lo sabe

Lucifer se

ha vestido de largo,

ha cambiado

su imagen.

Lucifer

anda herido y la muerte lo sabe.

Dicen que

es por una mujer

que no es

su madre, ni su novia,

quizás sea, alguna

otra cosa.

Pero él

anda de negro,

marcando el

asfalto,

cargando

una rosa.

Ese hombre

va solo,

hacia la oscuridad.

Ese tipo va

herido de muerte.

Sostiene el tallo,

Sí, pero

¿y las espinas?

Las habrá olvidado…

y es por él

que todo ha cambiado.

Ese hombre

va herido de muerte

y, como

sombra en silencio,

asalta el

espacio.

Y ahora,

todos saben que…

Lucifer ya

ni piensa,

ni sabe qué

es,

lo que

espera por él.

Solo entiende que,

debe llegar.

Camina

despacio,

como si en sus

pasos

no hubiera final.

Anamé, la voz de mi alma

EFRAÍN DÍAZ

Dámaso tenía la necesidad imperiosa de construir más establos para sus caballos.

El negocio de alojar y cuidar caballos ajenos había prosperado considerablemente. Sus clientes eran, en su mayoría, gente de la ciudad con dinero suficiente para comprar un buen caballo, pero sin un palmo de tierra donde meterlo. Dámaso ponía la finca, el establo, el alimento y los cuidados y los dueños aparecían los fines de semana a montarlos. Era un arreglo perfecto.

Pero necesitaba expandirse. El negocio había crecido y necesitaba más establos.

La madera la sacaría de la orilla del río. No era madera fina, de esa que sirve para fabricar muebles o hacer artesanías, pero tampoco era mala. Era lo suficientemente buena para almacenes, cuartos y, sobre todo, establos.

Junto con varios de sus empleados bajó hasta el río con hachas, serruchos y sogas.

Necesitarían unos veinte árboles y árboles había de sobra.

Escogieron los mejores, los marcaron con tiza y comenzaron la tala.

A media mañana apareció Jacinto con una recua de mulas. Acostumbraba llevarlas hasta el río para que bebieran. Siempre había considerado más sensato llevar las mulas hasta el agua que cargar el agua hasta las mulas, razonamiento que, sin necesidad de estudios superiores, había demostrado funcionar durante siglos.

Cuando vio los árboles marcados y a los hombres trabajando, se detuvo.

—¿Pero qué hacen? ¿Están locos?

Dámaso dejó el serrucho.

—Voy a tumbar unos veinte árboles. Necesito madera para los establos nuevos.

—Pues vete al monte. Árboles hay de más.

—Sí, pero bajarlos desde la montaña hasta la finca es un infierno. Aquí los tengo al lado.

Jacinto miró hacia el río.

—Esos árboles están ahí por algo.

—Están ahí porque nacieron ahí.

—Cuando venga una crecida, son esos árboles los que aguantan la tierra y frenan el agua.

Dámaso soltó una carcajada.

—Ay, mijo. La última crecida grande fue hace más de treinta años. Pasarán otros treinta antes de que vuelva una igual. Aquí ni cuando vienen los huracanes llueve como antes.

Jacinto no quiso discutir.

Después de todo, Dámaso tenía un argumento difícil de combatir: durante treinta años el río se había comportado.

Siguió con sus mulas y lo dejó trabajando.

En el bar de Lolo, mientras tanto, los jíbaros celebraban la prosperidad de Dámaso.

Cada vez que alguien pedía otra ronda de ron le decía a Lolo:

—Apúntasela a Dámaso.

—¿Y por qué a Dámaso?

—Porque al paso que va, va a terminar siendo el próximo don Ricardo.

—Que en paz descanse.

—Amén. Y sirve otra ronda.

Dos meses después, la tala había terminado y también los establos.

Dámaso había construido veinticinco y no tardó en llenarlos.

Veinticinco caballos nuevos, propiedad de gente adinerada de la ciudad, aficionados a los caballos con la facilidad de quien puede pagarle a otro para que se encargue de todo lo desagradable que implica tener uno.

Los fines de semana llegaban a Dos Bocas con botas relucientes, sombreros panamá impecables y una seguridad ecuestre inversamente proporcional a sus habilidades.

Montaban como si supieran. Dámaso adulaba las habilidades que no tenían para continuar cobrando y todos contentos.

Pero la felicidad completa es una extravagancia que pocas veces dura demasiado. Y llegó la temporada de lluvia.

Aquel año llovió más de la cuenta.

Primero fueron aguaceros aislados. Después comenzó a llover todos los días. Luego llegó una de esas lluvias obstinadas, cuyo contrato de arrendamiento no había llegado a término y no tienen intención alguna de marcharse.

Entonces rl río comenzó a subir.

Dámaso lo vigilaba desde la finca.

Una tarde dejó de confiar en los treinta años de estadísticas y mandó llamar a sus empleados.

—Saquen los caballos.

Trabajaron hasta entrada la noche. Llevaron los veinticinco animales hasta los establos de Rudito, situados en terreno más alto y bastante más lejos del río.

A la madrugada, el río se desbordó.

No fue la gran inundación bíblica que Jacinto había temido. No hubo necesidad de construir un arca ni de seleccionar parejas de animales. El río simplemente creció lo suficiente.

El agua entró por donde antes estaban los árboles, arrancó tierra, tomó velocidad y alcanzó los establos nuevos.

Dámaso contempló desde terreno alto cómo la corriente arrancaba primero una pared, después un techo y finalmente varios establos completos.

Pedazos de madera pasaban frente a él río abajo. Reconoció algunas de las tablas.

Meses antes habían sido árboles.

—Por lo menos pudimos sacar los caballos a tiempo —dijo uno de sus empleados—. Pudo haber sido peor.

Dámaso lo miró con unas ganas bastante cristianas de romperle el hocico y se marchó sin contestar.

Aquella noche, en el bar de Lolo, el desastre fue sometido al análisis de los expertos en ingeniería campesina de fin de semana y metereología rústica de mirar cielo, sol y estrellas.

Entre ronda y ronda de ron llegaron a varias conclusiones.

La primera era que Dámaso había tenido suerte de salvar los caballos. De haberse ahogado alguno, habría tenido que responder ante sus dueños por una cantidad de dinero capaz de mandarlo a vivir debajo de un puente.

La segunda era que el río, en realidad, no había crecido tantísimo. Había crecido, pero no tanto.

La tercera conclusión tardó un poco más en llegar.

—Los árboles —dijo alguien.

Hubo silencio.

—¿Qué árboles?

—Los que tumbó Dámaso.

Recordaron entonces lo que había dicho Jacinto. Los árboles sujetaban la tierra, frenaban el agua y protegían la orilla.

Alguien pidió otro ron.

—Pues de ahora en adelante, la madera se busca en el monte.

—Pero bajarla de allá es un trabajo del carajo.

—Pues se hace.

Lolo sirvió otra ronda.

—¿Y esta a quién se la apunto?

Nadie contestó.

Afuera seguía lloviendo.

Y río abajo, algunas tablas de los establos de Dámaso continuaban flotando hacia el pueblo de Trujillo Alto.

El río había pasado factura.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

¿QUÉ HE HECHO YO PARA MERECER ESTO?

Pueden llamarme Pedro.

No… Ismael, no. Pedro. Perdonen si les decepciono, pero yo no entiendo de ballenas.

Como otros Pedros, por mis venas corre algo manchego, por mis orígenes y quizá por esa cierta tendencia a enfrentarme a gigantes que probablemente solo existan en mi cabeza. Y hasta ahí llegan los parecidos. No soy director de cine —más quisiera—, pero vengo a contarles una película. Una historia a medio camino entre el surrealismo y el absurdo que, por increíble que parezca, me acaba de suceder.

Ayer, sin ir más lejos, tras envolverme en sábanas y entregarme al dulce vaivén de Morfeo, de pronto voy y me muero. Así, sin más. Sin trompetas celestiales. Sin túnel de luz. Sin un vejete con llaves y larga barba examinándome de mis pecados. Nada. Una muerte discreta, casi administrativa. Y de resultas de todo esto, hoy he despertado siendo un ficus. Un triste ficus. De esos de interior, con su maceta beige, decorativo y fotosintético.

En fin, cosas que pasan. Mi misión en la vida ahora se reduce a existir en silencio e intentar no morir por exceso de riego.

Mi primer pensamiento, curiosamente, ha sido casi un consuelo: «Bueno, al menos no tengo que madrugar». El segundo ya ha rozado lo inquietante: «¿Cuánto tarda una planta en volverse loca?». Porque seré un vegetal, sí, pero lo recuerdo absolutamente todo: hipotecas, amores, resacas y dolores de cabeza, mis discusiones absurdas en internet… Todo para acabar en una esquina del salón, mirando una pared durante horas. ¿Saben ustedes lo larga que se puede hacer una hora cuando no se tienen párpados?

Por puro aburrimiento he desarrollado la inesperada afición de criticar a mis dueños. Ella me riega demasiado. Cada vez que aparece con la regadera mi savia se estremece como si asistiera a un preludio bíblico. Ahora entiendo lo que debió sentir Noé. “Señora, que soy un ficus, no un arrozal” le diría si pudiera hablar. Él, por su parte, se considera un as de la botánica. Solo por haber visto dos vídeos en un canal de Youtube y leído un artículo titulado «Diez trucos para que tus plantas sean felices». Me gira hacia la ventana una y otra vez, como pollo en asador: “Para que le dé la luz por todos lados”, dice. Gracias, campeón, ahora estoy mareado, pero sigo siendo un ficus; eso no me lo quita nadie.

He intentado comunicarme. Un leve movimiento de hoja, una inclinación sutil del tallo, un temblor de ramas… pero nada.

—Mira, creo que está más verde —indica ella.
—Sí, sí, se le nota feliz —corrobora él.

Derrotado, he asumido mi destino. Algo muy grave debí hacer en mi anterior vida de humano para que la providencia me pase factura de esta manera. Sin embargo, en esta rendición callada he descubierto placeres simples como el sol de la mañana, el silencio cuando todos se marchan y el no tener que quedar con nadie. Aunque también, he de admitirlo, ha germinado dentro de mí un odio profundo y visceral hacia el gato, esa criatura infernal que, con regularidad cronométrica, viene a mordisquearme las hojas como si yo fuera una ensalada.

Y claro, con el tiempo ha ocurrido lo inevitable: han empezado a olvidarse de regarme. He pasado de inundación bíblica a sequía etíope. Noto cómo me apago, cómo mis hojas pierden energía y he pensado: “Hasta aquí hemos llegado. Moriré igual que viví, quieto y silencioso”. Pero justo cuando todo parecía perdido, ella ha reaparecido:

—¡Ay, el ficus! ¡Que se nos estaba muriendo!

Y aquí me tenéis de nuevo, bebiendo agua con urgencia, absorbiendo el líquido elemento como una esponja mientras una idea se abre paso entre mis fibras vegetales: «Si tiene que haber otra reencarnación, por favor, que sea en una piedra. De exterior. Con vistas. Y sin una regadera cerca ni ninguna loca que la sostenga.»

PRESEN RODRÍGUEZ

(Carmen y Mateo)

Después de cincuenta años de matrimonio, Carmen y Mateo decidieron que ya era hora de celebrar sus bodas de oro como se merecían.

Cincuenta años juntos,

cincuenta.

Habían sobrevivido a las discusiones por quién tenía que bajar la basura, a las vacaciones familiares, a las reformas de la casa, a las cenas con amigos que acababan a las tantas y sobre todo, a los cincuenta años escuchando la misma frase:

¿Dónde has puesto las llaves?

¡Donde siempre!

Y ninguno sabía dónde era «siempre».

Así que Carmen tomó una decisión.

Mateo, nos vamos a París.

Mateo dejó la cuchara dentro del café.

¿A París? ¿A París.

¿Los dos? Los dos

¿Sin los niños?

Sin los niños.

Mateo sonrió.

Entonces sí que son nuestras bodas de oro.

Cuando se lo comunicaron a sus hijos, se hizo un silencio sepulcral.

¿Vosotros solos? —preguntó su hija.

Sí.

¿A París?

Sí.

¿Y quién os va a ayudar con las maletas?

Nosotros.

¿Y si os perdéis? Preguntamos.

¿No entendéis francés?

Mateo levantó la mano orgulloso.

Yo sé decir bonjour,

papá, con eso no vas a mantener una conversación.

Depende de lo que me contesten

los hijos intentaron convencerlos de que no era buena idea.

Pero Carmen y Mateo estaban decididos

después de cincuenta años de matrimonio, habían llegado a una conclusión:

si esperaban a que sus hijos les dieran permiso para hacer algo, acabarían celebrando las bodas de diamante en el salón de casa.

Reservaron el viaje,

y empezó la preparación.

Carmen hizo una lista, Mateo hizo otra.

Carmen llevaba ropa.

Mateo llevaba por si acaso.

¿Por qué llevas tres chaquetas? preguntó Carmen.

Por si hace frío,

tenemos previsto ir en junio.

Por si refresca.

¿Y dos paraguas?

Por si llueve.

¿Y cinco pares de zapatos?

Por si…

¡No termines la frase!

Carmen cerró la maleta.

Mateo abrió otra.

Esta es para los recuerdos.

¿Qué recuerdos?

Los que compremos.

¿Para qué necesitas una maleta vacía?

Para no mezclar los recuerdos con los calzoncillos.

Carmen lo miró fijamente.

A veces me pregunto cómo hemos llegado a los cincuenta años.

Con paciencia.

Habla por ti.

Llegó el gran día.

Los hijos los llevaron al aeropuerto,

antes de despedirse, su hija les dio las últimas instrucciones:

No perdáis los documentos

tranquilos no los perderemos

ni perdáis las maletas.

No os equivoquéis de puerta.

Y, por favor, llamad cuando lleguéis.

Carmen le dio un beso

hija, tenemos experiencia.

Mateo asintió.

Hemos criado tres hijos,

su hijo pequeño murmuró:

Precisamente por eso estamos preocupados.

Entraron en el aeropuerto,

todo parecía ir perfectamente,

hasta que vieron una cola enorme.

Aquí es dijo Carmen

esperaron diez minutos, quince,veinte.

Mateo miró el cartel.

Carmen… ¿Qué?

Creo que estamos haciendo cola para Londres.

¿Londres?

Sí.

Carmen miró el cartel y después a Mateo,

bueno, tampoco estamos tan lejos.

¡Nuestro avión va a París!

¡Ya lo sé!

Entonces, ¿por qué dices que no estamos tan lejos?

Porque estoy intentando no ponerme nerviosa.

Finalmente encontraron el mostrador correcto

facturaron las maletas,

Carmen respiró aliviada,

una cosa menos.

Mateo sonrió

ya ves como tus hijos exageraban

claro que exageraban.

Cogieron sus billetes y se dirigieron hacia la puerta de embarque.

Caminaron, caminaron más,

siguieron caminando.

Mateo, ¿seguro que es por aquí?

Segurísimo.

¿Cómo lo sabes?

Porque lo pone en el cartel.

¿Y qué pone?

Mateo miró el cartel

pues… ahora mismo no lo sé.

Llegaron a la puerta.

Carmen comprobó el número, es esta,

se sentaron por fin sin problemas

sin carreras, sin pérdidas.

Carmen sacó un bocadillo del bolso

¿ves? Todo controlado.

En ese momento sonó su teléfono era su hija

mamá, ¿todo bien? Perfecto.

¿Habéis facturado? Sí,

¿Tenéis los documentos?

¿Estáis en la puerta?

¿Seguro?

Carmen miró a Mateo, Mateo miró a Carmen segurísimo.

Bueno, pues disfrutad mucho, colgaron

Carmen sonrió.

¿Ves? Ni un problema, Mateo se levantó

voy al baño, no tardes.

Cinco minutos diez, quince,

Veinte,

Carmen empezó a ponerse nerviosa.

Por fin apareció Mateo, venía corriendo,

¡Carmen!

¿Qué pasa?

¡Nos hemos equivocado de puerta!

¿Cómo que nos hemos equivocado?

¡Esta es la puerta 82!

¿Y cuál es la nuestra?

Mateo miró el billete

se quedó blanco

la 28.

Carmen abrió los ojos como platos

salieron corriendo,

arrastrando las maletas.

Bueno… las maletas no

porque las habían facturado.

Y mientras corrían por el aeropuerto, Carmen se detuvo de golpe.

¡Mateo!

¿Qué?

¡Las maletas!

¿Qué pasa con las maletas?

¡No sabemos dónde están!

Mateo se quedó quieto se miraron.

Y entonces Carmen pronunció la frase que marcaría el comienzo de aquel viaje:

Nuestros hijos nos van a pasar factura

Mateo suspiró sí, Carmen lo miró.

Y todavía no hemos llegado a París,

porque una cosa es pagar la factura de un viaje…

y otra muy distinta es que el viaje te pase factura a ti.

Y a Carmen y Mateo París estaba a punto de pasarles la factura completa… con recargo por despiste.

Simplemente Presen.

PURIFICACIÓN FERRACES

Abro la puerta y cierro los ojos esperando, al volver a abrirlos, encontrarte como antaño, sentado frente a tu mesa de trabajo, con tu mente sumergida en cotejar pruebas y tus manos entregadas con soltura al baile de documentos…

Tras el umbral, tú en la mecedora con aquellas mismas manos, ociosas, y los ojos ausentes que, sin querer, un día cayeron irremediablemente en la fosa del olvido.

Sonríen tus labios cuando atuso tus sienes plateadas, y en un susurro me repites tu diaria confidencia: «Adoro tu aroma».

Hoy olvidaste mi nombre y tampoco lo recordarás mañana. Seguro que lo encontraré en la fosa del olvido.

Con una mirada perdida en la lluvia de la mañana, evoco el día en que ya eras consciente de los síntomas: las llaves, las gafas, nuestro aniversario… todo en la fosa del olvido, que llegó pasándonos factura.

Antes de que la medicina dictara su sentencia, tú, mi buen juez, decidiste la tuya, y en silencio te condenaste a la fosa del olvido.

HEIDI SÁNCHEZ

A veces me olvido del sistema que me impera,

tengo la nevera llena

y el pecho en huelga,

que se repite sin centavo,

y las metas lejanas

como luces que no llaman.

No me acostumbro.

Los días pasan con uniforme limpio,

pero por dentro

todo desobedece.

Hago listas, cumplo, respondo,

pero algo en mí

se queda sin firmar.

Como si vivir

fuera este trámite absurdo

de parecer entero.

H.S.

MARA SERBIA

Lo que dejé pasar

Conocí la felicidad,

y cuando pasó

no la reconocí.

Triunfos pequeños,

acumulados en silencio,

que no supe celebrar,

porque pensaba en lo próximo,

en lo que vendría después.

Ahora, en pausa,

la extraño.

Sé que habitó en mí,

pero apenas me detuve a sentirla.

La dejé pasar,

convencida de que habría tiempo,

pero ese mañana nunca llegó:

mientras yo esperaba,

se la llevó.

Ya no está.

Ahora su ausencia cobra

todo lo que no viví.

EMANUEL COLOMBO

Quien no lo quisiera pasar factura léase estar del lado de quienes mandan y cobran y no de quienes obedecen y pagan las facturas inventadas por quienes piden y quienes prestan para estafar á quienes pagan. En un Estado justo é inteligente aunque el ciudadano obedezca y pague está mandando y cobrando porqué obtiene grandes beneficios espirituales y materiales á cambio y ¿cómo sentar al ciudadano común en una silla de mando? Sentandolo primero en la silla de la escuela, escuelas dónde se enseña á mandar y aquí desde niños todos conocen al futuro presidente, senador, etc, porqué estás aulas funcionan cuál si fueran un estudio de televisión y las clases un programa y aquellos alumnos que lo desean pueden presentarse para ocupar puestos públicos y quienes desean votan y quienes lo desean estudian en las escuelas gratuitas y públicas y cómo fácil vienen también fácil se van porqué su trabajo público dentro del Estado también puede verse cómo un programa de televisión y las personas todos los días pueden votar una vez á favor ó en contra y es un censo de la opinión pública qué se actualiza de continuó y si la opinión pública no acompaña á tal ó cuál de forma automática es expulsado de su cargo aunque la corrupción política, etc, ya estaría disminuida casi al mínimo porqué aún lado el soporte tecnológico que nos permite tener bajo nuestra visión las 24 horas al día los alumnos futuros representantes del pueblo y ya trabajando para el pueblo con la creación de una escuela pública qué enseñe á mandar apoyada en un protocolo sabio, justo y útil para todos prácticamente todos salen buenos alumnos porqué siempre el alumno es la imagen de la escuela.

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

Avelino estaba sentado en la butaca del porche de su casa, contando las aves que cruzaban el cielo despejado. El tiempo transcurría sin detenerse y los recuerdos jugaban con su razón; a su longeva edad, los años ya le pasaban factura a un cuerpo resentido.

Caminaba con el traqueteo de sus huesos por el jardín de la pequeña casa donde había decidido pasar su jubilación, rodeado de sus plantas, dos perros y un gato. Todos convivían en armonía. Avelino era un hombre que decidió no casarse para abrazar una libertad serena y plena. Una simple puesta de sol lo incentivaba a celebrar la vida. Y no por ser soltero dejaba de cultivar buenas amistades a quienes, al igual que a él, el paso del tiempo también les cobraba su cuota.

Para muchos, la suya podía parecer una rutina aburrida, pero para Avelino no lo era en absoluto.

Una tarde se reunió con sus amigos en la terraza, acompañados por unas cervezas frías. Hablaban de la crisis en que se encontraba la humanidad, un tema álgido pero real. Coincidían en que gran parte de la población mundial padecía un profundo vacío existencial, una falta de anclaje espiritual provocada por la tiranía de un superego que manipula al ser humano contemporáneo.

Carlota y Rogelio opinaban con amargura que ya no había salvación para una sociedad corrupta, entregada al materialismo ciego. Francisco, en cambio, sostenía que aún existía la esperanza de un renacer, un cambio de paradigma que sobrevendría con el colapso de los viejos sistemas políticos y económicos. Avelino intervino entonces con la voz pausada de quien sabe escuchar, buscando equilibrar la balanza y recordarles la riqueza de estar vivos.

Las discusiones, acaloradas pero fraternas, se prolongaron bajo la noche estrellada y concluyeron entre abrazos y risas.

El sol matutino apenas comenzaba a filtrar sus primeros rayos dorados entre las hojas del limonero cuando Avelino, con lentitud de bisagra vieja, se acomodó en la butaca de mimbre del porche.

El cuerpo, en efecto, le pasaba factura. Una pesadez sorda le acunaba las sienes y la artrosis le recordaba en cada articulación la osadía de las cervezas y las risas de la noche anterior. Sin embargo, al apoyar la taza humeante de café entre las manos, la calidez del barro le devolvió una sonrisa serena.

A sus pies, el gato dormitaba al sol mientras los dos perros estiraban las patas perezosamente sobre las baldosas frías. Todo a su alrededor respiraba un orden limpio y sin prisa.

Avelino miró el horizonte y rememoró la tertulia. Las palabras de Carlota y Rogelio aún resonaban con un eco amargo: «La humanidad está perdida, no hay salvación». Recordó los gestos vehementes de Francisco prometiendo un colapso necesario para el renacer del mundo. ¿Por qué sus amigos vivían atenazados por la angustia del futuro?

«El superego de la época —pensó Avelino, dando un sorbo lento al café—. Nos han convencido de que somos solo el personaje, el estatus, la cuenta bancaria o el miedo al mañana».

Comprendió entonces que la gran crisis de la que tanto discutían no era una catástrofe externa, sino una desconexión interna. La gente no sufría por falta de cosas, sino por exceso de ruido; por haber olvidado el observador silencioso que habita detrás de los pensamientos. Carlota y Rogelio buscaban la paz en la corrección del mundo; él la encontraba sencillamente en la luz que empezaba a dorar el patio.

Un gorrión descendió sobre la rama más baja del limonero, sacudiendo el rocío de las hojas.

Avelino respiró hondo, dejando que el aire fresco le limpiara la cabeza pesada. El cuerpo podía doler y la humanidad podía estar convulsa, pero allí, en la quietud de su porche, entre el aroma a tierra húmeda y la compañía fiel de sus animales, no había vacío existencial que valiera. Había, sencillamente, vida en su estado más puro y presente.

—Que cada quien pague su factura —murmuró para sí con una leve mueca de satisfacción—. La mía de hoy la pago con gusto.

ANDRÉS JAMES CÁCERES

Pasándole factura a Marcelo.

Desde siempre había sido uno de los más diminutos de la clase en el colegio. Eso unido a las buenas notas me convertían en el centro de las bromas, cargadas, choteadas, etc. (lo que en estos tiempos le llaman bullyng).

Me re calentaba cuando me apodaron» pata de perro», por los nervios que me acompañaban y me acompañan aún.

Los peores, los más insoportables, eran los pupilos, nenitos de buena familia, principalmente hijos de estancieros, que se creían los dueños del colegio, el terror de los recreos.

Uno de ellos, más grande en edad y físico, que se llamaba Marcelo era un buscapleitos, al cual yo nunca respondía por miedo..

Sin duda, y para mí desgracia, me había agarrado de punto, en la clase, en el fútbol, en el basket y hasta en las horas libres.

Desbordaba arrogancia desde su encumbrada oligarquía, hacia mi timidez de clase media, con la complicidad de maestros y curas.

Un día lluvioso de primavera, con la excusa de una discusión en medio de un picado, me comenzó a insultar como siempre. Sería la última vez para el, la primera vez para mí. Lo desafie a pelear atrás del gimnasio alejando por fin los fantasmas del miedo, pero temblando.

La pelea fue mano a mano y pareja. Quedamos los dos enlazados en un baile frenético de trompadas, mordidas y arañazos. Dicen los muchos espectadores que fue empate.

Todavía recuerdo cuando el cura Ángel lo llevaba hacia los dormitorios, escaleras arriba, con los ojos rojos de sangre, todavía insultandome desaforadamente.

Yo me tuve que aguantar los retos de mis padres pues aparecí en casa todo sangrante y arañando, pero con un cierto sabor a haber ganado, al menos, un poco de seguridad en mi mismo. Fui en penitencia pero con mi autoestima en alza y mí cara marcada e hinchada.

Años después me enteré que seguía pendenciero en su ciudad, pero sin haber crecido mucho.

Cierto día en unos juegos deportivos estudiantiles Marcelo venía en una delegación de su ciudad a jugar un partido de basket contra la mía. Yo, con mis quince años había crecido mucho y ya le llevaba dos cabezas de altura, teniendo varias batallas encima.

Ese día, entre dobles, sobradas, codazos y manotazos, le dejé un ojo negro, factura que le cobré porque aquel antiguo empate no me alcanzó . Le di su merecido y se lo daría de nuevo, quizá ahora yo era un patán mucho peor que el, simplemente porque podía.

MAITE BILBAO

​RECIBO DE BARRO

​La botella de plástico choca contra el techo del coche oficial. El agua sucia resbala por la luna delantera. Detengo el paso en la acera, con la mano en la puerta. Un hombre se interpone entre el coche y mi cuerpo.

​Huele a lluvia, humo y asfalto. Muestra sus dedos manchados de grasa y despliega una hoja doblada sobre el capó. Es un listado de partidas presupuestarias con una cifra tachada en rojo.

​—Treinta familias —dice—. Hoy vencen los dos meses de demora.

​Intento dar un paso atrás. Me acorrala contra la chapa. Arranca el folio del discurso que asoma de mi bolsillo, lo dobla en dos y lo mete por la boca de la botella que sostiene en la mano. La pulpa traga el lodo del fondo. Saca el papel chorreando y me lo aplasta contra el pecho.

​El frío del agua sucia traspasa la tela de mi camisa blanca. La tinta azul se deshace sobre la piel.

​—En diez minutos subes al atril. Lees la lista de los treinta nombres.

​Se da la vuelta. Camina a paso firme entre el tráfico bajo la lluvia hasta desaparecer.

​Me quedo solo. El teléfono del bolsillo suena con un tono seco. La pantalla indica: Gabinete de prensa. Me limpio el lodo con la mano, abro la puerta y entro en el coche. Hoy no leo sus mentiras.

OMAR ALBOR

Sin negociar

mis ideas

surfeo la vida

corriendo entre la gente

Tomo las mejores

fotos y les pongo

el mejor título de todos

Las guardo en carpetas ocultas

Seré un director

o un empleado

No dirijo tú mirada

solo gesticulo

para llamar tú atención

Y ser un ser libre, que vive

Más allá de todo tránsito

el día a día

pidiendo pausa una sonrisa

y un vaso de té

para tragar, el momento

Amargo y sonreír mirando al sol

El cajero tiene mi ticket

Una vez aprendí que la luz

enciende la idea

de ser eterno

sin pausa.

L’IDIOT

Para el tema de la semana.

Pasar factura.

La abuela murió infectada por su propia rabia, devorada por un odio y un rencor que le gangrenaron el hígado, le reventaron el corazón y le perforaron las tripas. Los médicos jamás pudieron curarla: buscaban bacterias en la sangre, cuando el mal verdadero era la amargura que le roía las entrañas. Ella calló. Se tragó el veneno gota a gota, en silencio, porque no quería que la salvaran. Quería que su dolor se volviera un arma.

Para alimentar aquel fuego negro, mandó clavar el retrato de bodas de mi madre, Enriqueta, en la pared frente a su cama. Era un monumento al desprecio. Cada amanecer, la fotografía era lo primero que hería sus pupilas, y entonces empezaba su liturgia: un rosario de maldiciones sibilantes contra el monstruo que le había quitado a su única hija.

Yo la oía desde un rincón, por inercia, dejando que sus gritos me resbalaran como una estática molesta. Nunca hice mío su veneno. Asentía en silencio para no avivar un fuego que no era mío.

—Que te pudras en el infierno—escupía hacia el cristal, y la saliva espesa se deslizaba por el rostro de la fotografía.

Después hincaba sus dedos esqueléticos en mi brazo y me clavaba una mirada inyectada en sangre.

—De la cárcel se sale; de la tumba, no. Ese maldito va a volver a pisar la calle. Tú sabes lo que tienes que hacer: cóbrale la deuda. Pásale la factura. La sangre se limpia con sangre.

Yo la miraba sin sentir nada, esperando a que me soltara.

Pero el destino le negó el placer de la venganza. A mi abuela la liquidaron la bilis y el rencor que tanto había cultivado; a mi padre, el remordimiento y el espanto.

La agonía de la vieja fue lenta y tortuosa: la amargura cobrándole, poco a poco, la última factura. La muerte de mi padre, en cambio, tuvo la rapidez de una soga. Se ahorcó en la penumbra de su celda.

Aun así, la abuela se llevó el engaño a la tumba. Le dijeron que él se había ahorcado y ella se negó a creerlo: no merecía esa muerte, ni tan fácil ni tan rápida. Prefirió morir aferrada a su fantasía de sangre, en la que él salía libre y yo, cumpliendo un juramento que jamás me importó, lo esperaba en una esquina oscura para rebanarle el cuello, despacio, con el mismo corte exacto con que él había degollado a mi madre.

MARIO NÚÑEZ

Un raro rato libre, el sábado por la tarde. Terminadas las tareas de la casa, las correcciones pendientes de la semana que pasó y lista la planificación de la siguiente, puede tomar un descanso en su silla plegable, que llevará a la costa del río para verlo pasar.

Aunque parezca que solo es agua, ella sabe que cada ola es distinta. Pequeñas, brillantes, pero cada una diferente a la otra. Algunas juegan entre sí, otras corren carreras, algunas se alían con otras parecidas y forman una más grande o más ancha.

Las hay que participan del juego colectivo, otras que llegan como cansadas o pensativas y se tumban en la orilla, donde parecen desaparecer hasta que vienen otras y se la llevan a la corriente nuevamente.

El rio le recuerda el patio de recreos de la escuela, con multitud de pequeñas criaturas diferentes que parecen ser una por momentos; en alegría, en velocidad, en voces, cantos, gritos. Muchos disfrutando la vida que enseña a bocanadas, bien protegidos desde una distancia prudente por su querida maestra.

Las olas seguirán avanzando hasta donde ya no perciba la vista.

En la maestra, amor y vocación y docencia tendrán un giro esperado y algo inquietante: la próxima será su última semana de trabajo.

Luego se acogerá a los beneficios de su retiro jubilatorio.

Mucho, mucho y hermoso trabajo a veces de mañana, otras de tarde, o en doble turno, en todos los niveles, en el comedor escolar, en excursiones didácticas, actos patrios, alzando y arriando pabellones, recortando y pegando banderines de colores para guirnaldas, armando barriletes, inflando globos de colores, y detectora de piojos, hambre, sueño, dientes flojos, vacunas vencidas y hasta como rescatista de emergencia por raspaduras sangrantes, separando combatientes, confortando pequeños accidentados con ropas manchadas por imprevistos intestinales, pidiendo ayuda en emergencias más importantes…

Muchos, muchos recuerdos. Algunos escritos en una caja de cartón que originalmente traía unas botas de cuero de caña alta y tacón, y fue remodelada, forrada con papel de regalo de colores brillantes, prolija y caratulado como solo una maestra sabe hacerlo (aunque en su discurso eterno siempre se queja de su mala motricidad).

Cartas para cuando sean grandes. No abrir hasta octubre de 2026.

Contiene una colección de esquelas con explicaciones de las llegadas tarde a clase, inasistencias o tareas domiciliarias sin realizar y otros planteos en confianza.

Los años en la misma zona habían hecho compartir su propia formación magisterial con abuelas y abuelos de los que luego fueron sus alumnos, y luego los hijos de ellos, y hasta algunos nietos de chicos y chicas de hormonas aceleradas.

Sin saber cómo, la semana transcurrió en un pestañear, y allí está frente al micrófono de dirigir los actos patrios, dirigiéndose a los presentes entre lágrimas contenidas.

La humedad nubla un poco la visión, pero su intuición docente le dice quienes, y donde están algunas y algunos de los protagonistas de sus 38 años de ejercicio docente, 20 de los cuales en el mismo establecimiento.

Es el momento de abrir la caja.

Es viernes 2 de octubre, último día de clase como docente activa, última reunión con padres y autoridades, y tendrán nuevo sentido aquellos escritos de puño y letra infantiles, breves y desprolijos.

La maestra propone a algunas y algunos de sus exalumnos ahora adultos, que se reconozcan en estas letras y comenten, si lo desean, sus propias notas.

Viendo a los presentes, escoge y recita varias escritas por presentes, y matiza con algunas risueñas o sarcásticas.

“No vine a clases, porque mi tía me dijo que ayer no había clases y yo confío mucho en mi tía”.

“Llegué tarde porque me demoré ayudando a un elefantito atrapado en un alambre. En serio, un elefante chiquitito así”.

“Llegué tarde por culpa de mi papá, porque puso la alarma en modo gallo, y como estaba oscuro porque llovía, el gallo no cantó”

“Maestra, yo hice los deberes en mi cabeza y quedaron perfectos, pero cada vez que los escribía me quedaban mal. Los traje en el cerebro”

“No vine porque estaba soñando que era sábado, y cuando me desperté, mamá me dijo que era lunes y me dio tristeza. Me puse a llorar y no quise salir de la cama”.

“Querida maestra: llegué tarde porque mi hermanito chico camina como tortuga y tengo que sentarme en la vereda a esperarlo a cada rato”.

«Mi papá me grita mucho cuando toma y me escondo bajo la cama hasta que se duerma»

«Yo cuido a mis hermanitos y los ayudo a hacer los deberes. No me da tiempo para hacer los míos».

«No juego en el recreo porque tengo mucho miedo. Mi mamá se fue».

Entre el público muchos se quiebran.

Risas nerviosas, lágrimas contenidas, sonrisas que amenazan con hacer “trompitas” infantiles …

No por vergüenza, por alivio.

Porque alguien los había escuchado.

Uno de aquellos autores es albañil, otra es enfermera, otro estuvo en la cárcel, y una más es ingeniera ambiental.

La enfermera, que había escrito que cuidaba a sus hermanos, ahora organiza apoyo escolar en la policlínica del barrio para niños que cuidan a otros niños.

El albañil, Marcos, que escribió que su papá tomaba, construyó con sus propias manos una pieza nueva y reparó las humedades en la casa de la maestra hace un tiempo ya. «Si usted me cuidó a mí, yo la cuido ahora», había dicho entonces y repitió ahora.

Y el que estuvo en la cárcel le lleva una pequeña acuarela enmarcada con la leyenda «Gracias por guardar mi infancia. Yo ya no tengo miedo».

La ingeniera propuso a la escuela construirle una huerta, y sistema de calefacción y refrigeración de salones en base hacer compostaje y un parque de paneles solares y pequeños molinos de viento para producir electricidad.

Para la maestra, las esquelas son facturas viejas, y desde hace mucho sabe que en esto de pasar factura, no todas son onerosas: algunas son felices, otras muestran crecimiento, alivio o conciencia de desafíos a enfrentar.

En su saludo final, la maestra expresa «Ustedes no me deben nada. Yo les debo a ustedes; perdón por no haber hecho más. Pero ahora que son grandes, ¿qué quieren hacer con eso que les dolía?»

Un final feliz es siempre reencuentro.

Con uno mismo o con otros.

Con lo que fue, con lo que es, puenteados con perdón o aceptación, para que pueda ser reparación, presente y futuro más saludables.

RAÚL LEIVA

Ambos lados

“Entra dentro de mis cálculos que usted se sorprenda al recibir esta carta.

Cuando entró al local por primera vez, permítame recordarle la situación, no paró de mirarme. Al principio me sentí halagada y su trato me sedujo. No paró de dedicarme sonrisas ni de festejar al filo de la exageración cada pequeño acto o palabra que salía de mí. Me sentí incómoda, pero algo en usted se me hizo familiar, como de otro tiempo. No sé de dónde, pero algo me decía que usted iba a volver, y no me equivoqué. Obviamente volvió para realizar una serie de compras y un sinnúmero de consultas de las cuales usted sabía más que yo las respuestas, pero no se preocupe, no alcanzó a incomodarme, solo lo dejó a usted al borde del ridículo. Para la tercera visita se tomó un tiempo, y confieso que esperaba que sea así, eso habla de la paciencia que es una virtud en los hombres sabios. Ahí usted comenzó a desatar el nudo que todo lo une. Me preguntó por mi nombre y si el nombre del local, Electrónica Ziesky tenía algo que ver con Diego, Diego Ziesky. Habrá notado que no respondí rápidamente y cuando le confirmé que Diego era el dueño del local, empezó a hablarme mucho de él. Me contó acerca de cómo lo engañaba con sus novias de aquel entonces y sobre todo como le gustaba mofarse de su timidez. Recuerdo cuando le dije que Diego y yo estábamos juntos, fue como encender una mecha de una bomba. Usted comenzó a desplegar su artillería de gestos, sonrisas y grandes temas. Sus visitas fueron más frecuentes y se animó a citarme en un bar para el viernes próximo, cita a la cual accedí y antes de partir del local se despidió besándome apasionadamente en la boca no menos de tres veces.

Ahí me cerró quién era usted.

No fue difícil encontrar su dirección en la guía telefónica.

Veo que nunca se mudó de casa, que sigue viviendo con su madre.

Le dije que mi nombre es Estefanía, y eso también es verdad.

También le dije que Diego y yo estábamos juntos, y eso también es verdad.

Hace unos años nos separamos, es decir Diego murió, al menos en el plano conceptual.

No podíamos habitar más el mismo cuerpo.

Estefanía, estuvo siempre.

Diego fue una aberración de la naturaleza que un cirujano extirpó.

Si usted sigue interesado en verme y recordar el pasado, sabe dónde encontrarme.

Por otro lado, yo también sé dónde encontrarlo.

Con mucho afecto…

Estefanía.”

—Diego… ¿todavía estás despierto?

—Sí… Estoy terminando de escribir un cuento.

—Dale vení a dormir que mañana tenemos que recibir a los proveedores.

—Ya termino y voy… che Estefi… ¿Quién es el tipo que vi saliendo hoy del local?

—Nadie…Bah, un pesado que dice que te conoce de la iglesia, de cuando eran chicos o algo… ¿por?

—No, por nada. Tratá de no darle mucha bola… es medio raro.

—A mí me pareció buen tipo… ¡Ahhh! El viernes me encuentro con las chicas, vuelvo tarde.

—No hay problema… andá nomás.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

En mi casa tenemos un problema con las fiambreras.

Bueno, no. El problema no son las fiambreras. El problema es que aquí nadie sabe devolverlas.

Yo las llamo fiambreras. Mi marido y mis hijos dicen «tuppers» y, según el día, hasta yo. Pero para mí siempre serán fiambreras, que es como me enseñaron mi madre y mi abuela.

Mi marido es camionero: se va los lunes por la mañana y vuelve los viernes por la tarde. Como el camión tiene nevera, cada domingo le preparo la comida de toda la semana y se la reparto en fiambreras. Es como despedir a un soldado, pero con tortilla.

El lunes se va cargado de comida. El viernes vuelve cargado de anécdotas y sin fiambreras.

La primera vez se lo pregunté con toda la inocencia del mundo:

—¿Has traído las fiambreras?

—Uy.

Ese “uy” lo explicaba todo.

—¿Dónde están?

—En el camión.

—¿Y por qué no las has bajado?

—Porque se me han olvidado.

Así nació una tradición familiar que dura hasta hoy. Cada viernes:

—¿Y las fiambreras?

—La semana que viene.

Y cada lunes:

—Acuérdate de las fiambreras.

—Sí, sí.

Mentira.

Con los años ha montado en el camión una colección como para llenar tres estantes de los chinos. Hay fiambreras debajo del asiento, en la guantera, en la litera, detrás de los papeles y “en algún sitio que ahora mismo no recuerdo”. Esa frase me suena muchísimo: es la misma que usa con las llaves, con las gafas y con la fecha de mi cumpleaños.

Un día apareció una que llevaba tanto tiempo allí que nadie sabía qué contenía.

—¿Qué es eso?

—Comida.

—Ya veo que es comida. ¿Qué comida?

—Ni idea.

La abrió él. Yo mantuve una distancia prudencial, la de seguridad que se guarda con los explosivos.

No voy a decir qué había dentro, porque todavía no tenemos pruebas de que fuera de origen vegetal, animal o extraterrestre. Mi marido lo miró, me miró y dictó sentencia.

—Esto se tira.

—La comida, sí.

—Todo.

—¿Hasta la fiambrera?

—Es que huele muy mal.

Y así murió una fiambrera en perfecto estado, víctima de unas lentejas que probablemente habían recorrido todas las provincias de España.

Desde entonces tiene su propio sistema de gestión: si la fiambrera huele raro, la tira. No se lava, no se recupera, no se investiga. Se tira.

Yo, mientras tanto, comprando fiambreras como una descosida.

Porque luego están mis hijos.

Mi hija está independizada. Pero en cuanto hago arroz al horno, es como si nunca se hubiera mudado.

—Mamá, ¿ha sobrado?

—Sí.

—¿Me pones un poquito para mañana?

Sus “poquitos” necesitan siempre dos fiambreras. Se las lleva y tardan semanas en volver, si es que vuelven.

Casi todos los días me llama:

—Mamá, ¿qué vas a hacer de comer?

—¿Por qué?

—Por saber.

Ese “por saber” me lo conozco. A los cinco minutos:

—Vale, voy para allá.

—Tráete las fiambreras que te llevaste.

—Ay, es que no estoy en casa. Las llevo otro día.

Mi hijo pequeño es distinto: él sí las devuelve. Todas las noches. Lo que pasa es que las devuelve como si las hubiera usado para transportar escombros.

—Mamá, toma.

—¿Y la tapa?

—No lo sé.

—¿Y esta grieta?

—Se me cayó.

—¿Dónde?

—En el trabajo, mamá.

Tenemos un cajón lleno de tapas huérfanas. Las guardo por esperanza: algún día, pienso, aparecerá la fiambrera que les corresponde. Como los calcetines que se pierden en la lavadora, que también los esperamos a todos.

Así que el otro domingo, con la comida de la semana ya repartida, el presupuesto en tuppers hecho trizas y muy decidida, decidí hacer cuentas.

Saqué todas las fiambreras de los armarios: con tapa, sin tapa, grandes, pequeñas, redondas, cuadradas y una que llevaba tanto tiempo en el fondo que ya contaba como un tornillo más del armario. Cuarenta y ocho tapas y treinta y cuatro fiambreras. Faltaban catorce.

Catorce fiambreras desaparecidas. No perdidas: desaparecidas.

Me senté a la mesa con una libreta, el ordenador y una calculadora que aún conservaba de cuando ayudaba a los peques con los deberes. Y redacté una factura. Con su membrete y todo.

Esa noche, después de cenar, reuní a la familia en el salón. Mi marido con el mando de la tele en la mano, mi hija con una bolsa de ganchitos y mi hijo pequeño con cara de “yo no he sido”. Me puse de pie, carraspeé y leí:

—Factura número uno, por servicios de restauración a domicilio y a distancia.

—¿Qué es esto? —preguntó mi marido.

—Una factura.

—¿De quién?

—Vuestra.

Seguí leyendo:

—Concepto uno: fiambreras no devueltas por el camión, diecisiete unidades a 3,50€. Total: 59,50€.

—Eso es una barbaridad —dijo mi marido.

—Concepto dos: lentejas de origen incierto, en concepto de peligrosidad y tratamiento de residuos, 40€.

—Yo eso no lo firmo.

—Concepto tres: fiambreras retenidas en domicilio de hija independizada, ocho unidades, más intereses de demora. Total, 30€.

Mi hija dejó de masticar.

—¿Intereses? ¿A tu propia hija?

—Los intereses de una madre son los más altos del mercado.

—Concepto cuatro: fiambreras destruidas o mutiladas por hijo pequeño, seis unidades. Más doce tapas huérfanas en concepto de manutención, a razón de una por cada esperanza que he perdido.

Mi hijo levantó la mano como en el colegio.

—Perdona, ¿eso también me lo cobras a mí?

—Te lo cobro a ti.

—Pues yo tengo una pregunta. ¿Tú sabes lo que cuesta transportar los macarrones en el metro sin que se caiga nada?

—No.

—Porque yo sí. Ahí van mis gastos.

Y sacó el móvil.

Aquello fue el principio del fin. Mi hija, que se había puesto de pie con los ganchitos en la mano, dijo muy interesada:

—Yo también tengo una factura.

—¿Tú?

—Servicio de recogida de paquetes cuando no estás en casa, servicio de escucha de problemas de tu hija adulta a las once de la noche y servicio de portes de arroz. El arroz pesa mucho, mamá.

—El arroz lo llevas tú a tú casa.

—Eso lo dices ahora.

Mi marido se levantó, tosió y se puso muy serio:

—Yo también tengo mi contrafactura. Kilómetros recorridos con la nevera vacía, comidas de carretera por olvido de fiambrera, y aguantar el olor a lentejas durante tres semanas. Me debes a mí, por lo menos, una cena.

—No te debo nada.

—Y una cena con postre.

—Toni.

—Con postre y café.

Estuvimos casi una hora. Al final, entre facturas, contrafacturas, descuentos por pronto pago, recargos por demora y un intento de mi hijo de pagar con “un favor a devolver, que ya lo veréis”, el saldo resultante era el siguiente: yo debía a mi marido una cena, a mi hija un servicio de escucha a domicilio, y a mi hijo, por lo visto, unos gastos de metro que aún no he entendido.

Ellos, a mí, nada.

Los cuatro nos quedamos mirando la hoja, que ya tenía manchas de aceite, tachones y un dibujo de mi hijo en una esquina.

—Bueno —dijo mi marido, y me pasó un brazo por los hombros—, tampoco ha estado tan mal.

—Es la peor factura que he pasado en mi vida.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Ahora nada.

Y así fue. El lunes se fue con cinco fiambreras nuevas, que las había comprado yo, el sábado, en los chinos. El viernes entró por la puerta, me dio un beso y dejó las llaves en la mesa. Yo lo miré. Él me miró.

—No me digas que se me han olvidado.

—No iba a decir nada.

—Porque las he traído.

Sonrió orgulloso y me dio la bolsa. Dentro había dos fiambreras.

—¿Y las otras tres?

Se quedó mirando la bolsa como si fueran a salir por arte de magia.

—Uy.

Aun así, esa noche pagué yo la cena, con postre y café.

Y el domingo, como cada semana, volví a preparar cinco fiambreras.

CÉSAR TORO

Pasar factura.

Por alguna razón los temas que generalmente escribo son temas de reflexión.

En esta oportunidad compartiré una historia que no es mía le leí en algún texto.

Me pareció interesante.

Es la historia de un hombre temeroso de Dios que deseaba encontrar su propósito en la vida. Para lo cual acudía al templo y oraba constantemente al principio no obtenía ninguna respuesta; con el tiempo y la perseverancia el Señor le escuchó y le reveló el propósito.

Le dijo que cargue con su cruz y lo siga.

El hombre obedeció y se puso en marcha poco a poco la Cruz se le hizo pesada y se le dificultaba cargarla así que: un día acudió nuevamente ante el Señor y le dijo que el peso de la Cruz era demasiado y le pidió si le podía recortar un pedazo a fin de aliviar un poco el peso el El Señor aceptó el hombre siguió cargando su cruz pero al paso del tiempo le recortó otro tanto y así varias veces.

Llegó el día qué el Señor lo llamó a su presencia y entonces se encontró con que tenía que cruzar un surco hacia la salvación. El Señor le dijo ya has llegado hasta aquí. Ahora toma tu cruz y tiéndela para que puedas pasar.

Pero el hombre miró con mucha tristeza que la Cruz no le alcanzaba, la había recortado demasiado.

FRAN KMIL

Pasar factura

No me sentía inspirado por el tema. Pensé en no escribir nada y dedicarme solo a valorar los escritos de los demás. Pero el hombre propone y Dios dispone. Y dispuso que fuera citado para ser jurado en la corte del condado de Hays, en Texas, hoy 29 de septiembre. Yo me sentía apto, capaz y dispuesto.

Acudí como un guerrero a la batalla, como si en ello se me fuera la vida. Tenía los músculos tensos y, en el pecho, el peso aplastante de un sentimiento de culpabilidad; como si hubiera hecho algo malo y debiera rendir cuentas. La mente la tenía revuelta, arremolinada de desagradables recuerdos, de viejas vejaciones y torturas que salían a flote.

Era el tiempo y el estrés pasándome la factura. Pretexté la barrera del idioma —en buen cubano, me hice el sueco— para evadir la responsabilidad. Hasta los guerreros envejecen.

Mi corazón se aceleró, me faltó el aire, sentía la boca seca y un vuelco en el estómago. Puro nerviosismo. Puro miedo de quien está acostumbrado a saber cómo se entra a un juzgado, pero nunca cómo ni cuándo se sale. Puro miedo, pura cobardía.

Ya no puedo pagar esa factura. Me faltan fondos. Estoy en saldo rojo. Se me fue el valor y ya ni ánimos tengo para correr detrás de él y obligarlo a quedarse conmigo.

Siento vergüenza.

NILA J BOHÓRQUEZ

«Cuando la vida te pasa factura».

El hermano mayor de Karlyn es un empedernido bohemio.

Su costumbre es perturbar el sueño de la familia cuando regresa de sus desenfrenadas parrandas. Las reprimendas del abuelo las ignora

cada vez más.

Karlyn, en cambio, es una joven inteligente y curiosa. En las noches finge estar dormida para asomarse sigilosamente por las barandas de la escalera y escuchar la verborrea de su hermano Juan Eladio, quien llega tambaleándose y cantando las canciones que ha escuchado durante la noche en el bar

«La Rochela».

El abuelo, don Eusebio, al sentir sus pasos dibujando una Z en el pasillo, le abre la puerta de la casa demostrando disgusto con el ceño fruncido y lo increpa por su estado de embriaguez…

_¿De dónde viene usted?

_¡Ay, abuelo! Usted sabe de dónde

vengo.

_¿Y usted cree que estas son horas

de llegar a una casa decente

formando berrinches con sus

borracheras?

Juan Eladio no le respondió.

Don Eusebio siguió saboreando el café en su pocillo de peltre y entre sorbo y sorbo y con su voz ronca, le platicaba…

_¡Ay, hijo!…estás arruinando tu juventud por la vida bohemia que llevas. Con los años que ya me pesan, he visto muchas «corridas» en el ruedo del gran coloso de la vida… muchas veces fui protagonista en esas fiestas taurinas e innumerables puntillas recibió mi espalda dejando huellas profundas…todo por mi falta de experiencia y de los consejos de un padre que me dejó en la orfandad siendo yo un niño.

Escucha, Juan Eladio…no quiero que te suceda lo mismo, porque todo se paga aquí mijo…aquí mismito. No hay necesidad de irse para otro mundo a pagar las deudas morales.

La vida te pasará factura en cualquier momento si continúas así, como sucedió conmigo… cuando comencé a recibir las «Cuentas por pagar»:

* Desvelos junto a las botellas de ron

* Madrugadas de insomnio.

* Un cuerpo que ya no podía

mantener buen equilibrio.

* Dejé pasar a un buen amor por uno

pasajero y terminé en soledad y en

una casa grande y vacía, donde ni

el eco me respondía.

Karlyn estuvo atenta a la conversación del abuelo y su nieto,

y bajó las escaleras para apoyar al abuelo con sus consejos y hacerle ver a su hermano que la vida no envía a un cobrador vestido de flux, corbata y maletín en mano, sino que envía facturas en silencio, sin alborotos. A veces cobra en salud, en amores, en nostalgias que no te dejan dormir. El abuelo Eusebio tiene mucha razón: Todo lo que aquí se hace, se paga: por las cosas impropias que hacemos y por las buenas obras que dejamos de hacer, por desidia o falta de amor.

Tarde o temprano las facturas llegarán (¡y no por el correo!).

SERGIO TÉLLEZ

LA MEMORIA DE LAS MANOS

Tres días llevaba el viejo en el cementerio y hoy el trapiche amaneció solo. Negro. Quieto. Con la viga torcida y las pailas frías.

Benito se quedó en el andén mirándolo, con la taza de café en la mano, sin saber qué hacer. Adentro estaba Doña Mercedes; pelaba yuca sin afán mientras la radio sonaba bajito. Benito se detuvo en la puerta.

—Amaneció solo —dijo.

—Lo vi —contestó ella.

El abuelo se levantaba a las cuatro. Prendía el fogón, amarraba las mulas y cantaba bajito mientras molía. Decía que la panela sabía mejor cuando uno le metía el cuerpo. El abuelo llevaba años enfermo. El trapiche y el cuerpo, tarde o temprano, pasan factura.

Ese sábado bajó la niebla temprano. Benito salió con una taza de café y se sentó frente al trapiche. La madera tenía marcas de manos, de cabuyas, de años. En una esquina había una cuchara de palo partida: la del abuelo. Doña Mercedes salió con un trapo y empezó a quitarle el polvo a la viga sin decir nada. Benito se le unió. Le pasaron aceite a los ejes y apretaron un tornillo. Cuando terminaron, el patio olía diferente: a limpio, a trabajo.

Esa noche llovió. El techo del trapiche goteaba y Benito se levantó a taparlo con un plástico. Antes de entrar, le puso la mano encima; estaba fría, pero firme.

Al otro día desamarró a la Negra y al Pardo y los llevó hasta el trapiche. Las mulas olieron la madera y resoplaron. Benito agarró la viga. Pesaba. Dio la primera vuelta: crack. La segunda: crack. Al tercer giro el trapiche empezó a sonar, igualito que antes.

El martes llegó la camioneta blanca. No hizo bulla, solo parqueó y levantó polvo. Se bajó un señor joven con camisa de botones y botas sin barro; traía una carpeta negra y un celular en la mano.

—Buenas tardes —dijo—. ¿Con la familia de don Benito el mayor?

Doña Mercedes salió con las manos mojadas y Benito dejó el azadón tirado.

—Vengo de la cooperativa del valle —siguió el señor—. Estamos haciendo un proyecto. Compramos trapiches antiguos y les instalamos uno nuevo, eléctrico, de acero inoxidable.

Abrió la carpeta. Había fotos de trapiches brillantes, sin leña, sin mulas, con botones y mangueras.

—Produce el triple en la mitad del tiempo —dijo—. Y se acaba eso de madrugar y de estar con el humo.

Se quedó callado un rato y miró el trapiche viejo: la madera gastada, la viga amarrada, las pailas negras.

—La verdad —dijo bajando la voz— esto ya no se usa. Esto es más de adorno. Les damos una buena plata por el lote y el equipo.

Doña Mercedes no dijo nada; solo se secó las manos en el delantal. Benito miró a la Negra y al Pardo amarrados, luego la cuchara partida sobre la piedra.

—Déjenos pensar —dijo por fin.

El señor sonrió y dejó una tarjeta encima del andén.

—Me avisan. La oferta es hasta fin de mes.

La camioneta se fue y el patio se quedó oliendo a gasolina.

En la noche nadie habló, pero los dos miraron el trapiche antes de acostarse. No prendieron la radio. Doña Mercedes remendaba un bulto y Benito le daba vueltas a una piedra en la mano. Afuera el trapiche estaba negro bajo la luz de la luna.

—Dijo que daba buena plata —habló Doña Mercedes, sin mirar.

—Dijo —contestó Benito.

Silencio. Solo se oía la aguja en la lona.

—Su papá nunca quiso vender —siguió ella—. Ni cuando se enfermó. Dijo que vender eso era como vender las manos.

Benito apretó la piedra.

—Y las manos pa’ qué, si ya no hay quien las use.

Doña Mercedes levantó la cara. Tenía los ojos secos.

—Las manos se usan, mijo. Aunque duelan.

Benito se paró y salió al patio. Se sentó en el andén, al lado de la tarjeta del señor. La cogió, la leyó, la dobló y la metió debajo de una piedra. No dijo que no, tampoco dijo que sí; pero esa noche durmió con la puerta abierta pa’ oír si el trapiche hacía ruido.

Al otro día Benito se levantó antes de que cantara el gallo. No porque tuviera que hacerlo, sino porque no pudo dormir. Salió en pantaloneta. El patio estaba frío y olía a tierra mojada. Fue derecho al trapiche y le pasó la mano a la madera: estaba dura, partida en unas partes, lisa del uso en otras. Se acordó de las madrugadas cargando matas gruesas, del calor pegajoso de la miel en el aire y de la espalda del viejo sudando frente al fogón. Revisó las correas, apretó un tornillo flojo y recogió hojas que se habían metido entre los engranajes. La Negra relinchó desde el corral, pero Benito no le contestó.

Cuando salió el sol, Doña Mercedes lo encontró ahí, sentado en una piedra, con la cuchara partida en las manos. Le faltaba un pedazo y tenía la cabuya negra de tanto uso. Ella no preguntó nada; solo puso agua a hervir para el café. El señor de la camioneta no volvió, pero la tarjeta seguía debajo de la piedra mientras los días pasaban.

Tres días después bajó don Evelio del pueblo. Vino a pie, con un costal al hombro.

—Oí que vinieron a ofrecerles —dijo, dejando el costal.

—Oyeron —contestó Benito.

Don Evelio era compadre del abuelo; tenía setenta años y las manos igual de tostadas. Se sentó en el andén, sacó un cigarrillo y miró el trapiche largo rato.

—Yo vendí el mío hace dos años —dijo, botando humo—. Me dieron plata buena. Compré nevera, televisor. Ahora compro la panela en la tienda, viene empaquetada. —Hizo una pausa—. Es más fácil, Benito. Pero los domingos el patio me queda solo.

Doña Mercedes sirvió tinto en dos pocillos desportillados. Nadie habló más. Don Evelio se fue a media tarde y dejó el costal cargado de plátanos: «Pa’ que no digan que vine con las manos vacías».

En la noche Benito no prendió la luz. Se quedó en el andén viendo las estrellas y el trapiche negro al lado. La oscuridad en el monte se sentía más honda sin el crujido acostumbrado de la madera trabajando al amanecer.

Fue un jueves por la tarde. No había viento ni nadie en el patio. Benito estaba desyerbando en la huerta, a la vuelta de la casa, y Doña Mercedes lavaba en la alberca bajo el sol cayendo. De pronto se oyó: crack. Luego otro: crack, crack.

Doña Mercedes levantó la cara y el agua se le escurrió de las manos. Salieron los dos corriendo. El patio estaba solo, pero el trapiche se estaba moviendo despacio a plena luz del día, la viga dando vueltas como si unas manos invisibles la empujaran. Las mulas no estaban, no había nadie; solo el ruido de la madera vieja trabajando. Se quedaron parados en el andén, sin hablar, con el corazón pegándoles duro. Al minuto paró, solo. Quedó el trapiche quieto otra vez, y en el suelo un poco de bagazo fresco.

Doña Mercedes se persignó. Benito agarró la viga: estaba tibia. En la noche ninguno mencionó la tarjeta, pero tampoco la sacaron de debajo de la piedra.

Al otro día nadie barrió ni preguntó nada. Benito se levantó y fue derecho al trapiche: le echó agua, le pasó un trapo y le puso aceite a los engranajes aunque no hiciera falta. Doña Mercedes cortó tres matas de caña y las dejó arrimadas a la pared.

A media mañana llegó el nieto de don Evelio, un pelao de diez años con la camisa sucia.

—Mi abuelo dijo que si vendían el trapiche —dijo el niño— me dejara llevarme una pieza. Pa’ ponerla en la pieza mía.

Benito lo miró.

—Eso no se vende por partes, mijo.

El niño se quedó viendo el trapiche y tocó la viga con un dedo.

—Está bonito —dijo—. Huele a dulce.

Se fue corriendo.

En la tarde llovió duro. El agua le cayó encima al trapiche, pero Benito salió con un plástico viejo, lo tapó y lo amarró con cabuya como hacía el abuelo. Cuando entró, Doña Mercedes estaba sirviendo la comida. Sobre la mesa, al lado del salero, estaba la tarjeta del señor: limpia, seca, como si alguien la hubiera sacado y vuelto a meter. Ninguno dijo de quién era.

El domingo no hubo misa porque el padre se enfermó. Benito aprovechó y bajó leña mientras Doña Mercedes cocinaba frijoles desde temprano. A las diez llegó el carro otra vez, la misma camioneta blanca, pero esta vez el señor venía acompañado por otro hombre con casco y libreta.

—Buenos días —dijo el primero—. Vine a ver si ya pensaron. —Miró el patio, el trapiche tapado y amarrado—. Porque fin de mes es el miércoles y después de eso no podemos garantizar el precio.

El del casco caminó alrededor del trapiche, le dio golpecitos a la madera y anotó algo.

—Está bueno pa’ repuestos —dijo.

Benito tenía las manos en los bolsillos y Doña Mercedes se quedó en la puerta con el cucharón en la mano.

—No hemos decidido —dijo Benito.

El señor sonrió con ganas de acabar rápido y sacó la tarjeta de nuevo. La puso encima de la piedra, donde ya había una.

—Esta es la última visita —dijo—. El miércoles paso a recoger respuesta. Temprano.

Se fueron y el polvo del carro duró rato en el aire. En la tarde Benito destapó el trapiche, le echó agua y lo barrió con una escoba vieja. Cuando terminó, el sol ya se estaba metiendo y la madera se veía más oscura, mojada. Doña Mercedes salió con dos pocillos y se sentaron en el andén sin hablar. En la mesa de la cocina, debajo del salero, había dos tarjetas iguales.

El lunes llegó el padre sin avisar, con la sotana mojada y una estampa en la mano.

—Soñé con don Benito —dijo—. Me dijo que no dejara morir el patio.

Bendijo el trapiche, le echó agua bendita y rezó bajito. Benito y Doña Mercedes no hablaron, pero a los dos se les hizo un nudo en la garganta.

Esa noche Benito soñó con el abuelo en el trapiche, moliendo en silencio. Cuando terminó, le extendió la mano con la cuchara partida. Benito despertó a las dos con la mano cerrada, empapado en un sudor frío; en la palma sentía astillas de madera y olor a panela.

No alcanzó a acostarse otra vez porque a las tres y diez sonó: crack, crack, crack. Rítmico, duro, como si estuvieran moliendo de verdad. Doña Mercedes se sentó en la cama con la voz ronca:

—Benito.

Salieron con la cobija encima y la linterna mientras la lluvia les pegaba en la cara. El trapiche estaba girando solo, rápido, botando bagazo por todos lados en plena madrugada. En la luz de la linterna vieron algo más: había candela prendida debajo del caldero y una sombra ancha de espaldas que echaba caña y tarareaba igualito al viejo.

A Benito se le heló la nuca y se le secó la boca. Intentó alzar la linterna con la mano temblorosa. La sombra se borró; no había nadie, solo el guarapo hirviendo y la cuchara del abuelo dando vueltas sola. Se quedaron en el andén observando, sin acercarse. A las cinco de la mañana se detuvo solo y quedó en silencio. En el piso había panela fresca y la viga partida en dos.

Doña Mercedes se persignó tres veces. Benito agarró la viga rota: le quemaba las manos. Ninguno dijo nada, pero ninguno volvió a mirar la tarjeta del señor.

El miércoles amaneció tarde y la niebla estaba pegada al piso. Benito salió primero y Doña Mercedes venía atrás con un pocillo en la mano. El patio estaba distinto. En todo el andén había fardos arrumados: panela cuadrada, de libra, envuelta en hoja de plátano seco y amarrada con cabuya. Olía a dulce, a quemado, a trapiche. Había como diez bultos, cada uno con veinticuatro panelas bien hechas, parejas. Benito se agachó y tocó una: estaba dura y fría, pero por debajo la hoja todavía conservaba el calor. A Doña Mercedes se le salió el aire y se llevó la mano al pecho.

A las siete en punto se oyó la camioneta blanca. El señor se bajó con la carpeta, miró el patio, los fardos y el trapiche con la viga partida. Abrió la boca y no le salió nada. Benito estaba sentado en el andén y al lado tenía las dos tarjetas del señor hechas un bollo. Doña Mercedes se paró a su lado.

El señor carraspeó.

—Vine por la respuesta —dijo.

Benito lo miró, luego miró el trapiche y después los fardos.

—No se vende —dijo.

Silencio. Solo se oían los grillos y el agua del caldero apagado. El señor recogió la carpeta, se montó al carro y se fue sin mirar atrás.

Cuando el polvo se bajó, Doña Mercedes desamarró un fardo, sacó una panela cuadrada, la partió con las manos y le dio la mitad a Benito. Mordieron. Sabía a leña, a sudor, a casa.

Al otro día no madrugaron; se quedaron viendo los fardos.

—Toca venderla —dijo Doña Mercedes— antes de que se azucare.

Benito asintió. Cargaron cinco bultos en el camión de don Evelio y los otros cinco los dejaron en el cuarto del trapiche. En la plaza vendieron todo antes del mediodía. La gente preguntaba de cuál trapiche era y Doña Mercedes contestaba: «Del de don Benito».

Con esa plata no compraron nevera; compraron madera, guadua, clavos, cabuya nueva y un tarro de aceite pa’ los ejes. Llegaron y dejaron todo tirado al lado de la viga partida. Benito se sentó en el andén y le dio vueltas a la cuchara rota en la mano.

—Toca hacerla nueva —dijo—. No igual, pero que sirva.

Doña Mercedes trajo el café.

—No sabemos —dijo ella.

—Aprendemos —contestó Benito.

Esa noche no soñaron; durmieron de un solo tiro.

El domingo amaneció sin niebla. Desde las cuatro había gente en el patio: llegó don Evelio con dos hijos, el nieto con una caja de herramientas y el padre con agua bendita. Traían martillos, cepillos de carpintero y un par de lazos gruesos de fique pa’ templar la estructura. No hicieron fiesta, hicieron molienda. Benito y Doña Mercedes cortaron caña mientras los demás amarraban la viga nueva. No quedó derecha del todo, le hicieron una cuña; quedó remendada, como las manos de todos.

A las nueve le dieron la primera vuelta: crack. Sonó distinto, más duro, pero sonó. El guarapo empezó a hervir y el humo se subió por el techo mientras alguien ponía música bajita en un radio viejo. A mediodía mataron un marrano y comieron en hojas de plátano. Nadie brindó, solo se pasaban la panela caliente.

En la tarde el trapiche paró y quedó oliendo a dulce y a sudor. Benito se quedó solo un rato y le pasó la mano a la viga nueva: todavía estaba tibia. Doña Mercedes salió con un trapo y empezó a limpiar sin decir nada.

El trapiche no era del abuelo ni del señor de la camioneta; era de ellos. Negro. Quieto. Pesado. Como todo lo que vale, pasando factura. Y ahí se quedó, esperando el otro lunes.

ALEXANDER QUINTERO

Intereses bienaventurados

Regar las matas. Hablarles. Susurrarles. Preparar el café y limpiar el mesón por costumbre. Dar de comer a los peces, meterse a la pecera y esconderse en el castillo. Contabilizar el tiempo y, a las 7:00 a. m., empezar los estiramientos. Luego, veinte vueltas al parque de rocío somnoliento, o el equivalente a 9 km.

Tenía nueve años cuando empezó a ser bueno. Pero ser bueno podría ser muchas cosas. Entonces hacía cosas como ayudar a los demás, compartir las onces o quedarse en la banca para que otro menos ágil jugara. Hacía los mandados rápido y nunca se cogía las vueltas.

Le dijeron que debía hacerlo —el ser bueno— porque era lo que esperaban de él. Que era normal que no lo disfrutara. Que, a la larga, los agradecimientos actuaban como un bálsamo para su benevolencia. Pero se quedó esperando. Y un día tuvo un placer inusitado al no ceder una banca.

Ese pequeño acto le bastó para intuir que, más adelante, debía pagar factura. En esos momentos era cuando más se metía en la pecera. Pero el ansia le obligaba a practicar canibalismo con sus peces bailarines de seda. Luego, iba al parque. No para realizar un par de estiramiento; iba a buscar benevolencia en otros.

Minutos despues la cuenta estaba en ceros.

BLANCA CERRUTI

MI ABUELO

Daniel regresa del funeral de su querido abuelo que siempre estuvo en su vida. ¡Le enseñó tantos juegos, le contó tantas historias…! Pero, lo que más le llamaba la atención era lo que le repetía con frecuencia: «hijo, no hagas daño a nadie, te pasará factura». Él no lo entendía porque nunca daba problemas.

A pesar de que ya no pasaban tanto tiempo juntos al irse a estudiar a la universidad lo va a echar mucho de menos, pero se ha ido en paz y ese pensamiento le consuela.

De pronto, le viene a la memoria algo que le dijo un momento antes del último suspiro y que tantas veces le repitió en vida.

«Daniel, hijo, no hagas daño a nadie porque te pasará factura. Busca la caja, busca la cajjj».

Su abuelo nunca hablaba por hablar. Tendrá que buscar la caja que mencionó.

Hace ya un mes que enterraron al abuelo. Daniel no ha olvidado el ruego que le hizo antes de morir, no obstante, hasta que no acabe el curso y vuelva a casa no podrá cumplir el último deseo de su abuelo.

Cuando llegan las vacaciones y descansa de tanto examen, Daniel decide dedicar una tarde a buscar la caja.

Cuando entra en el cuarto del abuelo no sabe por dónde empezar, ya que no tiene idea de qué tipo de caja es. Seguro que a la vista no estará, aun así, mira en el cajón de la mesilla, solo encuentra el reloj y un libro. Entre la ropa de los cajones de la cómoda, nada. Sobre el armario y debajo de las ropas colgadas, tampoco la encuentra.

Abre el cajón de las corbatas y pañuelos, ordenados en una caja grande. Va a cerrarlo cuando cae en la cuenta de que el cajón es mayor que esa caja. La saca y, efectivamente, detrás de ella hay otra. Es la de sus galletas preferidas. La coge emocionado y se va a su cuarto.

La abre y encuentra un cuadernillo. En la primera página reconoce la letra de su abuelo. Lee: Cualquier daño que se hace pasa factura.

Vuelve la página y sigue leyendo:

Me he arrepentido cada día del daño que te hice, compañero Alfonso, pero he sido cobarde y no he tenido valor para buscarte y pedirte perdón.

No fuiste tú quien manipuló el ordenador para impedir que la empresa se hiciera con aquel importante cliente. Yo sabía quién había sido, y cuando te culparon, callé. Y el honesto empleado, Alfonso María Landó Carvejo que eras, fue despedido.

No soportaste el escándalo y tuvisteis que iros de la ciudad. Ibas a subir de categoría y yo deseaba ese puesto, con tu despido, al fin pude ocuparlo.

Poco me duró el contento. La culpa me arañaba día y noche el alma. A veces pensaba en buscarte para pedirte perdón, sin embargo, por mi cobardía, nunca llegué a hacerlo.

Jamás recuperé la paz, aunque nunca dejé que nadie supiera de mi tormento.

Confío en que esta confesión llegue a manos de mi nieto Daniel y te busque para contarte la verdad y, si a mi muerte, tú también hubieses fallecido, contársela a tu familia, devolverle el honor y pedirle perdón en mi nombre. ¡Lo he sentido tanto cada día de mi vida, Alfonso!

Daniel queda impactado por la confesión de su abuelo. «Le robaste el honor a tu compañero y pagaste la más dolorosa factura: tu paz». Los buscaré, abuelo, los buscaré…

Blanca Cerruti.

CONCHA CARIAS

«No quiero que me vuelvan a hacer daño». No sé cuántas veces me repetí esa frase después de otra relación fallida. Tenía la cabeza hecha un ovillo de desastres. Un día estaba triste, otro cabreada y otro me daba igual todo.

Cada desamor me iba pasando factura.

Siempre creí que esas cosas solo les pasaban a los demás, cuando escuchaba las historias de mis amigas o de otras personas a las que les habían roto el corazón. Pensaba que exageraban, hasta que empecé a vivir lo mismo.

Conocía a un chico y todo eran promesas, ilusiones, mensajes a todas horas… hasta que empezaban a jugar conmigo o me hacían sentir que no era suficiente.

Y después llegaban los silencios, el famoso ghosting. Y yo me quedaba ahí, mirando el móvil como una gilipollas, preguntándome qué había hecho mal.

Empecé a creer que el problema lo tenía yo. «Será mi cara, mi forma de hablar, no soy guapa, debería vestir más atrevida…».

Sin darme cuenta, aquello me estaba pasando factura.

Dejé de disfrutar de las cosas, todo me daba pereza, procrastinaba mis obligaciones y las salidas con mis amigos solían tener alguna excusa poco creíble. Al final, muchos de ellos dejaron de llamarme.

Entonces apareció él, mi novio, Abel. Alto, fuerte, ojos azules, cabello negro y ondulado… Nunca pensé que acabaría saliendo con un bombero de mi pueblo, y tampoco estaba segura de que a semejante hombre yo le gustara de verdad.

Pero Abel no era un hombre de palabras, era más de hechos, y me hacía sentir que me quería. Porque cuando alguien te quiere, se nota. O eso creí desde el primer momento.

Abel me miraba de una forma que me dejaba tonta. A veces, en el cine, mientras veíamos una película, lo descubría quieto, observándome:

—¿Qué miras, Abel? —preguntaba yo, risueña.

Nada. No contestaba. Solo sonreía.

—Eres rarísimo.

Y los dos nos reíamos, y es que era tan bonito. No sabía qué estaba pensando él.

«Le gusta que la mire. Se pone nerviosa. Qué fácil. Quiere sentirse guapa. Quiere que alguien la elija. Pues la voy a elegir yo».

Cada vez que estaba cansada, me animaba. Si tenía problemas, me escuchaba. Si me ponía borde, me decía que estaba equivocándome.

Yo lo veía como algo bueno. Pensaba que quería ayudarme y, poco a poco, dejando totalmente de lado a mis mejores amigas, empecé a contarle todo: mis inseguridades, mis miedos, aquello que me había hecho daño y el trato que había recibido de los hombres anteriores.

Abel escuchaba, siempre, con media sonrisa y aquella mirada tranquila, complaciente.

«Sigue.Cuéntamelo todo.Qué te duele. Qué te da miedo. Quién te hizo daño. Todo me sirve».

Yo no veía nada raro.

Al contrario. Por primera vez sentía que alguien me conocía de verdad.

Una tarde me quedé mirándolo y le pregunté:

—¿En qué piensas, amor?

—En nada.

—Mentira —dije mientras me sentaba en su regazo para sujetarle la cara entre mis manos.

Sonrió y contestó:

—En ti.

Me reí. Ignoraba que, mientras yo sonreía, él ya estaba pensando en otra cosa.

«Algún día vas a pagarme todo esto. Pero todavía no. Ahora te toca creer que me necesitas».

Con el tiempo empecé a depender demasiado de él. Si tardaba en contestarme, me ponía nerviosa. Si estaba distante, pensaba que había hecho algo mal. Si discutíamos, era yo la que terminaba pidiendo perdón.

Él nunca alzaba la voz. No lo necesitaba. Sabía exactamente cuándo acercarse y cuándo alejarse, y yo vivía confundida por aquella forma de tratarme con cariño.

Hasta que una noche me dijo:

—Después de todo lo que hago por ti, podrías confiar un poco más en mí.

Me quedé callada. Tenía razón, o eso creí, porque esa frase empezó a repetirse de distintas maneras: después de todo el cariño que te he dado; después de todo lo que he aguantado; después de todo lo que he hecho por ti…

Como si cada abrazo tuviera un precio, cada palabra bonita fuera solo un préstamo, como si hubiera acumulado una deuda que tarde o temprano tendría que pagar. Y entonces entendí algo.

Quizá eso era pasar factura.

No que alguien te hiciera daño una vez, sino que alguien recogiera todos tus miedos, tus inseguridades y tus heridas y esperara el momento adecuado para cobrártelos.

Qué tonta fui cuando pensé que él estaba curando las heridas que me habían dejado los demás, cuando quizá solo estaba aprendiendo dónde apretar. Y lo peor era que todavía me miraba igual, con aquellos ojos que desde el principio me habían hecho sentir especial.

Ahora empezaba a preguntarme qué había detrás de aquello.

—¿Qué miras? —le pregunté, malhumorada, una noche.

No respondió. Solo sonrió.

Y, por primera vez, aquella actitud me dio miedo, porque sospeché que quizá nunca había estado intentando conocerme… Me estaba aprendiendo. Y mientras yo pensaba que, por fin, había encontrado a alguien que no iba a hacerme daño, él estaba pasando lista: de mis errores, de mis miedos, de mis debilidades, de todo eso que algún día podría utilizar contra mí.

Su factura todavía no había llegado, aunque ya la tenía preparada.

Y yo no sabía cuánto pensaba cobrarme.

EVA AVIA

Pasar factura

Este cuerpo marchito está a punto de ofrecer lo que queda de él a la madre Tierra. Año 2354 d.C., tengo 33 años y es la hora de ponerte en contexto.

Agenda 2030 d.C., fracaso total, consecuencia, la madre Tierra, que nos gritaba desde mucho antes, suplicaba, como sabía, que nos detuviéramos. Año 2123 d.C., la madre Tierra nos castigó tanto que la población global fue reducida un ochenta y tres por ciento. Solo el uno por ciento de la población femenina podía gestar y de ellos solo llegaba a buen término un cero coma veinticinco por ciento. En poco tiempo la población envejecería tan rápido que millones de poblaciones quedarían sin eco.

Durante todos esos años la tecnología fue sustituyendo al ser humano y al resto de especies mamíferas más rápido de lo que nadie imaginaba. En las calles los humanoides se daban los buenos días y las buenas noches, sacaban a sus mascotas robóticas a pasear…, y los pocos humanos que quedaban vivían conectados a realidades virtuales que les hacían añorar viejos tiempos que jamás conocieron.

La Tierra ya no tenía con que retroalimentarse y en el año 2164 un consejo reducido de científicos e historiadores, a los que se les conoce por World of Tomorrow, crearon una nueva Agenda, con unas sencillas reglas.

Primera regla; la desconexión total de toda tecnología no científica. Esta consumió casi en su totalidad el agua del planeta.

Segunda regla; polinizar manualmente. Se crearon pequeños Oasis en zonas donde comenzar de nuevo.

Tercera regla; la fecundación se realizará solo con aquellos mamíferos, incluida la especie humana, que la carga genética sea lo suficientemente fuerte para sobrevivir sin enfermedades.

Cuarta regla, todos tenemos la obligación de preservar las especies. Cada ser vivo es importante. Llegada la hora del fallecimiento de cada ser vivo, este servirá de abono para la madre Tierra.

Quinta regla, todos tenemos la obligación de tener nociones básicas de lectoescritura y operaciones sencillas de cálculo. Los demás conocimientos se reservan a aquellos que demuestren mayor capacidad intelectual.

Sexta regla; todos tenemos la obligación de asistir a aquellas parejas que tienen como misión continuar con la especie humana. Estas parejas se unirán por compatibilidad genética y el acto sexual se realizará en la época más fértil.

Séptima regla; cada uno de los Oasis tendrá un guardián, este será la persona más anciana del lugar, siempre y cuando su capacidad intelectual y física le permitan desempeñar sus obligaciones.

Octava regla; la Agenda se irá revisando cada año, para debatir y decidir nuevas actuaciones. Cada miembro del consejo tiene la obligación de preparar a la persona, que, a su criterio, deberá sustituirlo llegado el momento de su fallecimiento.

Novena y última regla; llegada la edad en la que Nuestro Señor falleció, debemos entregar nuestro cuerpo a la madre Tierra. Esta regla no tiene excepción ninguna.

Han transcurrido ciento noventa años desde que el consejo dictaminó las reglas a seguir y véame aquí, que ha llegado la hora de cumplir con mí última obligación, ser el abono para una especie similar a la que llamaban naranja y a la que nombrarán Salvadora. Por cierto, no me he presentado, mi nombre es Salvadora.

—¡Madre, regresa! ¿Dónde te has ido esta vez? —Sacudiéndola.

—Al futuro hija, al futuro. ¡Y tú trae lo que tienes entre las manos que esto es un arma de destrucción masiva! —Arrancándole el teléfono móvil—. Esto es lo que tus manos tienen que sostener. Sujétala con fuerza y lucha, que el futuro es el fruto de lo que hagas hoy.

Besos, la Incondicional.

AXY LINDA

Pasar factura

—¿Tú crees que se dé cuenta? Va a necesitar sacar una buena cantidad.

—No te preocupes. Yo trataré de distraerlo; a su edad todo se le olvida.

—Bueno, tú te encargas.

Afatse y Eduarf disfrutaban del dinero de su confiado tío, casi agotando sus ahorros y disponiendo también de su pensión.

Hablaban en voz baja cuando Egnif entró a la sala.

—¿De qué hablan, jovencitos?

—De que te vemos muy bien, tío. Nos da gusto que sigas tan activo con tus amigos del club de lectura.

—Precisamente he pensado acondicionar la cochera para reunirnos allí.

—Pero está muy descuidada. Sería mucho trabajo y dinero.

—El trabajo lo harán otros. Y dinero… tengo, no hay problema.

Afatse se apresuró:

—Yo puedo ayudarte, tío. Conozco a un contratista que puede hacerte un presupuesto.

—Te lo encargo. Muchas gracias.

Cuando Egnif se retiró, Eduarf preguntó:

—¿Qué piensas hacer? No alcanzaría con lo que le queda.

—Le daré largas y haré que desista.

El tío sonrió al escucharlos. Ellos ignoraban que su hermana menor conocía sus manejos. Le había comprado audífonos para que escuchara mejor, recuperado el dinero que le habían sustraído y puesto a salvo sus bienes.

También ignoraban que Egnif ya los había excluido de su testamento y dejado todo a nombre de ella, sin que la sobrina lo supiera.

La única que nunca quiso aprovecharse de él.

La vida, finalmente, les pasó factura.

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4 comentarios en «Pasar factura – miniconcurso de relatos»

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