Un nuevo amanecer – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «amanecer». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 8 de enero!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

CARLOS TABOADA

BARTOLO, EL GATO.

El gato del vecino se tumbó a mi lado y me lamió el cabello. Antes lo sentí por detrás sin saberlo, creyendo que no escaparía del sueño donde un arconte se introduciría en mi alma eligiendo la nuca como entrada. Hasta que noté su lengua directamente en mi cara, una especie de órgano muscular rasposo y húmedo, caliente y preciso, incidiendo lo suficiente como si fuera a prender en mi piel el fósforo de su lengua. Bartolo, un tipo de gato negro con babero blanco en forma de pico y mirada crepuscular.

Horas antes, de noche, me quedé dormido (o más bien me retiré en combate) tras el muro de la piscina, lo suficientemente alto para que todo el mundo me perdiera de vista o echara de menos, aunque al cabo de segundos, cuando creí descargar con satisfacción el vino tinto por el saliente de mi boca, escuché unas cuantas de risas, o tal vez cientos de ellas. Risas capaces de agrietar un muro; risas oyéndose a kilómetros; risas que reventarían cualquier caja torácica, excepto las de los malditos compañeros de juerga.

Bartolo, de madrugada, me ofrecía un nuevo amanecer, y no tengo más que recordar qué sucedió cuando llegué a la casa. Sería un imbécil si dijera que me recibió con los brazos abiertos, pero lo cierto es que cuando huía de los demás evitando caricias, a mí me perseguía sin yo buscarlo, como si mi olor corporal o presencia le acabara de atraer. Sí, me perseguía. ¡Lo juro! Juro que me situé tras un arbusto para mear después de tres cervezas y allí lo encontré, sentándose frente a mi aparato y mirando con pasividad e incluso con indiferencia la descarga. Me sentí como un gilipollas preguntándole qué hacía mientras me la guardaba a toda leche (¡invadiendo mi intimidad!), y a punto estuve de trabármela con la cremallera.

Luego, desconcertado, salí del arbusto y alguien me tiró una cerveza al vuelo que agarré de milagro. Reparé en la mirada fija de una de las chicas, y creo que esperó a que la abriera de inmediato para que me sacudiera la espuma en la cara, pero la sonreí y a continuación me fijé en sus voluptuosas tetas, ofendiéndola del todo. Otro contaba un chiste, y al requerir la atención de la docena de gente, me increpó diciéndome qué coño hacía tan lejos. «¡Acércate, joder! ¡Esto te pasó a ti!», chilló, descojonándose. Abrí la lata fría y pegué un buen trago, acercándome a ese peligroso grupo. Y fue entonces cuando, en cierto modo, sentí una estúpida autocompasión, diciéndome que sería de mí y en qué situación estaría pasadas las dos o las tres de la noche.

EMILIA CREGO

ESPERANDO UN NUEVO AMANECER

Un nuevo amanecer en aquel 20 de abril de 1980. Las campanas de la iglesia tocaron con insistencia; el día se llenó de aire, de sol y de vida en aquel pueblo extremeño. Los vecinos se iban cantando por las veredas y con la dicha de pisar la hierba fresca. Venían con los huesos encorvados; las luces se iban escondiendo entre las ramas de los árboles y, en lo más alto de la sierra, las sombras se pintaron de colores morados. Estos se iban apagando, para ver a los luceros brillar, y así dormir entre sueños con nuevos amaneceres.

Amaneceres que se llenaron de gloria festejando la primavera. Pañuelos de cien colores vistieron las mozas y, con el júbilo de esta fiesta, bailaban al son de la música; los vecinos se acercaban a la Plaza Mayor. Los colores lucían al sol y en el rostro de las muchachas una temporada estival renació con brío. Se abonaban los campos de sol, la tierra ocultaba el fruto y con el riego del agua bendecida por los campesinos. Celebraron con los ojos ligeramente emocionados; con las prendas y el rostro empapado de lluvia, saltaban y bailaban al son de las ramas de los árboles cuando estas se mecían por la fuerza del viento.

Hubo amaneceres tristes, quemando las últimas brasas del invierno. Con el fuego quemando la niebla y la escarcha, y cocinando las viandas que llenaban el cuerpo al abrigo de un sueño reparador. Con el aroma de un hogar humilde y, en la mesa, el pan y el vino. La espera se llenó de cálidos encuentros entre vasos medio llenos y una migaja de chacina; el ánimo fue creciendo y en las calles aún reinaba la melancolía. En esta espera llegaron los nuevos amaneceres, para bañarse de sol y lluvia, para bailar entre las flores de la Jara y vestirse con el canto de un pájaro, llenarse de alimentos bajo la sombra de una encina y sestear sintiendo la frescura de la tierra.

Vendrán nuevas primaveras para salir del letargo y llenarnos de vida. En aquellos años que aún se recuerdan con nostalgia, florecieron los años vividos entre el cabello que se pintó de blanco bajo el sol del mediodía.

RAQUEL LÓPEZ

Si sientes que el mundo se desmorona

si la mueca de tu cara torna triste,

si tus lágrimas vítreas asoman

recuerda lo importante que fuiste.

Entonces no dudes de tí

asómate al espejo de tu alma

respira, porque el celaje gris,

desaparecerá y empezará un mañana.

El sueño sosegado que te aguarda

te enseñará a quererte y a creer,

escondiendo las penas bajo la almohada

y el brillo fúlgido anunciará un nuevo amanecer.

DAVID MERLÁN

UN NUEVO AMANECER

(Continuación de ESTAR A POR UVAS-Una sobra en el Andén. Cuarta y última parte)

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LA REINA QUE NO ERA DE PICAS

Esteban no volvió a dormir igual después de lo sucedido.

No era insomnio, de hecho los últimos días había dormido profundamente. El problema era lo que ocurría al despertar.

Esa mañana más que nunca, tenía la sensación de haber sido ajustado. No vigilado, sino ajustado, como si alguien hubiera girado un dial invisible durante la noche y ahora su percepción estuviera un grado más afinada… o más desviada, según se quisiera ver.

Se colocó las gafas frente al espejo. Los filtros especiales corregían los colores, pero no la duda. El rojo volvió a ser rojo. El verde, verde, y el mundo recuperaba una coherencia inquietantemente tranquilizadora.

«No te fíes» —se dijo—. Eso también puede ser parte del truco—, y decidió que las gafas descansaran en el bolsillo interior de la chaqueta. Sabía que debía decidir cuándo ponérselas… y cuándo no. Ese era el primer aprendizaje real.

Salió de casa antes de que amaneciera del todo. Tenia que hacer frente de una vez por todas a todos aquellos, y como no podía ser de otro modo, puso rumbo a donde todo había empezado, la estación. El cielo estaba en ese punto intermedio en el que no es noche ni día, cuando los colores aún no han decidido qué quieren ser. Caminó sin prisa, pero sin mirar atrás. Tal y como le habían ordenado. O tal vez tal y como le habían enseñado.

Entre sus idas y venidas mentales, acabó llegando a estación de Whirl, la cua apareció al fondo. Tranquila, ajena a su azarosa vida. Inconscientemente se acercó andén 3. Allí seguía el símbolo.

Se colocó justo de frente y sacó las gafas de su bolsillo.

Ahí estaba, como una revelación. Con las gafas, vio algo más. No estaba pintado en blanco. Nunca lo había estado. Era un gris especial. Un gris diseñado para desaparecer a plena vista y mimetizarse con el color del pilar sobre el que reposaba. Para ser ignorado por ojos normales, pero para ser activado solo a quien había aprendido a no mirar como siempre.

—Así que no era una advertencia —murmuró—. Era una instrucción.

—Lo sigue siendo —dijo una voz detrás de él.

Esteban no se giró.

—Si me giro y no eres ella, me decepcionaré—dijo para que se oyera.

—Y si te giras y soy ella, no podrás volver atrás—añadió una reconocible voz femenina.

Esteban sonrió resignado. Callejón sin salida. Aquel momento era una moneda tirada al aire.

—Entonces estamos de acuerdo—sentenció él.

—Girate o siempre te arrepentirás —dijo la voz.

Y Esteban se giró sin más dilación.

Clara estaba allí, y sin artificios, se colocó a su lado. No llevaba el abrigo vino tinto que había reconocido.. Era otro. Uno que no tenía en su memoria reciente.

—Espero que al fin seas Clara—dijo con ojos vidriosos a punto de lagrimear.

—No podía no venir —respondió—. Si este era el final, no quería llegar tarde.—asintió no sin cierta congoja—. pero quiero que sepas que no es un final. Es la última fase del programa.

Esteban respiró hondo.

—Me lo explicas de una vez….¿Clara? —insistió— Me voy a volver loco. Dime quiénes son Ellos. Si en realidad eres tú o eres solo fruto de una mala pasada de mi mente. Quiero entenderlo. Necesito entenderlo. Me merezco entenderlo.

Clara lo observó unos segundos antes de responder.

—Nunca dejaste de ser parte del programa, igual que yo.

Esteban cerró los ojos un instante.

—¿Fui… activado?

—Condicionado —corrigió ella—. Igual que yo. Solo que a ti te hicieron creer que eras el espectador. El viudo. El daño colateral.

—He estado a por uvas todo este tiempo. Qué estúpido he sido.—susurró.

—Exacto, y para tu desgracia… funcionó—. insistió Clara a pesar de urgar más aún si cabe en su maltrecho corazón.

—¿Qué programa?

—A ver, no son una organización secreta clásica. No tienen nombre, ni siglas que puedas buscar. Son un programa transversal. Gente que trabaja para gobiernos, empresas, laboratorios de comportamiento… y que comparten una misma obsesión: anticipar decisiones humanas antes de que se produzcan. Peor creo que eso ya lo sabes. Te lo explicó el hombre del abrigo gris, ¿verdad?

—¿Predecir el futuro?—preguntó él sin confirmar la duda formulada por Clara.

—No —corrigió ella—. Fabricarlo.

Esteban sintió un escalofrío.

—Nos eligieron porque éramos… compatibles —continuó—. Tú por tu perfil emocional: estable, empático, predecible en el dolor. Yo por mi capacidad para detectar patrones incluso cuando la información es incompleta o está dañada o incluso eliminada del recuerdo. De la propia psique.

—Por eso mi memoria —murmuró—. Por eso tus recuerdos no se borraban.

—Exacto. Querían saber si podían reprogramar la percepción sin que el sujeto fuera consciente. Si podían inducir una realidad alternativa solo alterando lo que se ve… o lo que cree ignorar.

—Conejillos de indias. ¡Seré idiota!

—Sí —dijo Clara sin suavizarlo—. El accidente fue el inicio del experimento. Tu duelo, fue la fase de inmersión. Mi “muerte”, el detonante emocional, y la discromatopsia… la herramienta para perpetrar sus crueles propósitos.

Esteban apretó los dientes.

—¿Y tú? ¿Qué papel juegas tú realmente en todo esto?

Clara bajó la mirada un instante. Un tanto arrepentida.

—Yo era la constante. La referencia emocional. La reina de picas.

Él levantó la vista.

—¿Reina de picas?, Explícate.

—¿No te acuerdas de aquello película clásica que veíamos en casa, de novios, El mensajero del miedo? (*) ¿No te acuerdas a caso que, en la película, el naipe con la reina de picas era la que activaba al sujeto para tenerlo dominado?—preguntó—.

—Si, algo recuerdo. Una en la que salía Frank Sinatra, ¿no?.

—Exacto. Esa. Lo que pasa es que aquí el problema era que no podían usar un objeto. Tenía que ser algo más profundo. Algo que tu mente nunca rechazara. Yo era el estímulo de activación. Cada vez que dudabas de la realidad, cada vez que creías verme, cada vez que el recuerdo de mí entraba en conflicto con lo que veías… el programa se ajustaba.

—Me activabas sin saberlo.

—Si. Y cuando reparé en ello, cuando caí en la cuenta de que no solo te estaban manipulando a ti , sino que también era a mi a la que me manejaban como una marioneta, vine a buscarte. No quería que siguieran engañándote y decidí pararlo todo.

—¿Por eso intervino el hombre del abrigo gris?

—Exacto.

—¿Por eso me adviertió de las consecuencias de buscarte?

—Si. Es lo que se denomina un controlador de daños. Ante mi negativa de seguir con el experimento, y ante la posibilidad de que se desviase sin remedio, decidieron que era necesario cerrarlo sin levantar sospechas.

—Por eso intentó persuadirme de que no te buscara.

—Si. Querían que siguiera a toda costa con el experimeneto. Que viera que tu me habías olvidado y forzarme a continuar con el proyecto a pesar de todo. En ese momento fue cuando decidí que estoy tenía que terminar. Por mi, pero sobre todo por ti.

—¡Hijos de puta!, ¡Y tu….!

Silencio.

—Cariño. Me aseguraron que todo estaba controlado. Que tu no sufrirías nigún daño durante el experimento. Que era una oportunidad de oro para finalizar mis estudios. Pero tenía que colaborar al cien por cien. Tenía que ser creíble para ti. Con todo tu duelo y dolor. Si tú sospechabas algo, todo se malograría y…, tonta de mi…, me pudo la codicia y el reconocimiento profesional que se presentaba ante mis ojos, y acepté a pesar de los consecuencias que ello pudiera acarrearte. Sabes que era el proyecto de mi vida, pero me equivoqué. ¿Sabrás perdorname?—añadío haciendoloe una caricia en la mejilla.

Esteban la miró directamente a los ojos mientras daba un paso atrás. Tenía sentimientos diametralmente encontrados. Por una parte de odio al confesarle que lo había manipulado descaradamente. Por otra parte, de agradecimiento por la segunda oportunidad que le había bridado al poder recuperarla después de un año y pensar que la había perdido para siempre. Respiró hodo

—¿Y ahora? —preguntó él—. ¿Qué soy ahora?

Clara lo miró fijamente.

—Ahora eres la prueba final.

—¿De qué?

—De que el condicionamiento funciona incluso cuando el sujeto cree haberlo descubierto.

El primer tren del día apareció al fondo. Esta vez sí redujo la velocidad.

—Todo lo que has hecho desde que “despertaste” —continuó— estaba previsto. Volver aquí. Hacer preguntas. Sentirte libre, y lo más importante de todo, poder elegir.

—¿Incluso esta conversación?

—Especialmente esta.

Esteban sonrió, cansado.

—Entonces dime algo que no esté en vuestro plan.

Clara se acercó un paso.

—No puedo.

El tren se detuvo. Las puertas se abrieron.

—¿Y tú? —preguntó él—. ¿Qué pasará contigo? He dicho vuestro plan y no has rectificado. A caso ¿Sigues dentro?.

Clara dió la callada por respuesta y él la miró con resignación al tiempo que definitivamente se daba cuenta de que la había perdido. Que en realidad nunca había regresado a su vida.

—No, no sigo dentro. Ya no les soy útil —se apresuró a contestar al ver su gesto de desaprobación—. Una reina de picas solo sirve mientras nadie sabe que lo es.

—¿Esto es el fin?

—Me temo que si—contestó ella bajando la cabeza.

—¿Te volveré a ver?

Clara negó despacio.

—Si me vuelves a ver… significará que algo ha fallado.

La luz del amanecer inundaba el andén cuando Esteban decidió subir al tren.

Antes de que las puertas se cerraran, Clara añadió:

—Solo recuerda esto: no te fíes de lo que creas ver claro. Las órdenes nunca llegan en voz alta. Llegan cuando todo parece normal.

El tren arrancó.

Desde la ventanilla, Esteban vio cómo Clara se desdibujaba entre la gente, no porque desapareciera… sino porque dejaba de serle necesaria en su vida.

Cuando volvió a mirar, Clara, o quien fuera en realidad aquella mujer, ya no estaba.

El símbolo de la columna tampoco.

Tuvo un palpito al recordar lo que le acababa de decir, no te fíes de lo que creas ver claro. Las órdenes nunca llegan en voz alta. Llegan cuando todo parece normal, y decidió ponerse las gafas para acto seguido, quitarselas.

En esa fracción de segundo, el mundo osciló ligeramente, como ajustándose.

Y por primera vez, Esteban entendió la verdad completa:

Todo hacía pensar que no había escapado del todo del programa, ¿O si?. ¿Habría sido actualizado o su mente de nuevo, solo le estaba jugando una mala pasada?.

Sonrió con calma nueva e inquietante y se acurrucó en el respaldo de su asiento justo cuando el sol terminaba por abandonar el horizonte y con él, un nuevo amanecer.

A fin de cuentas, querido lector, todo gran experimento necesita sujetos que crean haber despertado justo cuando empieza el siguiente ciclo, ¿No creen?.

FIN

©David Merlán Castro

ROBERTO LÓPEZ DEL CASTILLO

Era una cálida madrugada de verano. El amanecer estaba ya próximo y la claridad del día empezaba a ganar terreno a la noche, resaltando las siluetas escarpadas de las montañas que se perdían hacia el Este geográfico. Yang Wei-te se levantó de la cama, como acostumbraba a hacer con las primeras luces del alba. Se acercó a su balcón y se embriagó afinando todos sus sentidos. El sonido de los estorninos que graznaban subiendo y bajando para beber agua sobre las cristalinas aguas del río Huang He. El tacto de la brisa ligeramente húmeda que resbalaba por su piel. El olor de las lámparas de aceite que se iban encendiendo en los hogares para empezar un nuevo día en Kaifeng, la capital del reino. La visión de...(el astrólogo cerró los ojos por un momento) Después de unos minutos de reconfortante paz espiritual, volvió a entrar y rodeó la mesa de estudio, repleta de papeles enrollados, que se dispuso a guardar en la estantería contigua a la silla. Se acomodó lentamente en su asiento y dispuso la tinta para anotar sus últimas observaciones. Al rato Su Song llamó a la puerta. Era consejero del reino y un gran inventor, además de buen amigo de Wei-te. —El Emperador nos llama a consulta. —Salgo ahora mismo, amigo Song —respondió Yang Wei-te cogiendo varios rollos de papel que previamente había estado examinando. Sortearon las calles de la capital, bordeando la torre del reloj, que dio la hora con su habitual puntualidad. Una torre con un sistema hidráulico inventado por el propio Su Song. Esta vez no se detuvo a contemplar su propia obra, pues supuso que la urgencia no estaba relacionada con él sino con las capacidades astrológicas de su sabio compañero, así que movido por su propia curiosidad apretó el paso. Cuando llegaron al embarcadero, la actividad era ya frenética entre los muchos pescadores y comerciantes que empezaban su actividad diaria, dando vida a la bulliciosa ciudad. Cogieron uno de los muchos transbordadores que iban y venían de un lado a otro del río, y al llegar a la orilla un sirviente les esperaba con un carro de ruedas para subir la calle que desembocaba en el Palacio Imperial. El Emperador Renzong, de la reinante dinastía Song, no había entrado todavía a la sala del trono, pero sí sus soldados, sus consejeros cercanos y los astrólogos colaboradores de Yang Wei-te. Cuando finalmente el Emperador llegó con su séquito de sirvientes, todos se postraron en señal de sumisión. Con un gesto de la mano todos se levantaron y alzaron la cabeza, aunque sin mirarle directamente. —Yang Wei-te, como mi astrólogo de confianza, te pido una explicación de lo que todos hemos visto en el cielo próximo al amanecer. —Mi señor —respondió Wei-te con una profunda reverencia— Es difícil de explicar. Como su majestad sabe, el firmamento es inmutable. Hoy ha aparecido en el cielo una “estrella invitada” nueva, aunque es mucho más brillante que otras que aparecen con una cola de luz difuminada. Su brillo rivaliza con la propia Luna, puesto que ya es de día y todavía se puede ver, lo cual es extraordinario. El astrólogo desenrolló los pergaminos que previamente había cogido de su biblioteca y, encontrando lo que buscaba, señaló uno de ellos. —Examinando escritos de antiguos y venerables sabios, he llegado a la conclusión que esta nueva señal traerá abundantes cosechas y prosperidad al reino, mi Señor. Es, desde luego, un buen augurio. —Sea —respondió el Emperador, complacido. En ese momento se levantó del trono y avanzó hacia el patio ajardinado, seguido a cierta distancia por un rastro de cabezas humildemente agachadas. Paró, haciendo detenerse a todo su séquito. Alzó los ojos y observó pacientemente el intenso punto de luz que parecía colgar del cielo como si el brillo de una joya se tratara, sin apenas imaginar que estaba siendo testigo de un evento cósmico que, sin duda, sobrepasaba el conocimiento de la época.

*P.D: Los personajes, localizaciones y el contexto histórico son reales. Este relato es una recreación de cómo pudo ser aquella mañana de julio del año 1.054, en el que una supernova apareció en el cielo del amanecer en la constelación de Tauro y fue registrada por astrónomos chinos.

Su fulgor era tan intenso que fue visible a la luz del día durante 23 jornadas seguidas, y por la noche 653 días más, hasta que su luz se extinguió lentamente. Aquella explosión estelar esparció a su alrededor el material y los restos de esa estrella. Posteriormente derivó en un remanente de supernova que se desvanece poco a poco según pasan los siglos.

Años más tarde Charles Messier la incluyó con el número 1 (M1) de su catálogo estelar, y en la actualidad la conocemos comúnmente como la Nebulosa del Cangrejo.

JUAN MANUEL SAMANIEGO

UN NUEVO AMANECER

Despuntaba el alba y Juan mantenía sus temblorosas manos debajo del chorro del agua caliente. De ese modo, creo que trataba de contener dentro de sí mismo esa turbulenta mezcolanza de rabia y aguardiente anisado que circulaba por sus venas. Él había dejado entornada la puerta del baño y yo le vigilaba preocupada desde el cuarto de enfermería, aspirando a ser la autora protectora que socorre de males y preserva de angustia al protagonista de su relato.

Las primeras lluvias otoñales se habían asociado en el calendario con el cierre del mes de septiembre y los días ya habían empezado a oscurecerse prematuramente, lo que sumaba un halo extra de tristeza a su prolongada estancia en la planta cuarta del Hospital Clínico.

Al inicio del turno, una vez repartidas las primeras tareas, me acerqué de soslayo a visitarle. A continuación, le proporcioné infringiendo las normas un tubo de crema que se prometía milagrosa para aliviar su agarrotamiento, porque después de varias noches mal acomodado y pernoctando en el desvencijado sillón de la habitación, sus maltrechas articulaciones habían dejado de ser herramientas funcionales.

Para colmo de males, sus pantorrillas se encontraban en la misma situación o peor. Ahora más bien, se asemejaban a un gigante y perezoso oso pardo que continuaba dormitando pese a la insistencia del característico trisado (ese gorjeo alegre y musical) de las tempraneras golondrinas a las que Juan, irguiendo un poco el cuerpo, lograba sorprender surcando el cielo al cálido abrigo de los primeros rayos de luz.

— María: Otra mañana se ha iniciado e innegablemente comienza la que puede ser una insólita jornada — me solía decir mientras esbozaba una leve, pero cordial sonrisa.

Hablamos de la alborada… Un espectáculo natural que daba paso, con la apertura de las ventanas, a la intromisión de un bendito soplo de aire fresco que se iba a recibir como agua de mayo para mitigar el cargado ambiente generado por la poderosa calefacción del edificio, que secaría las sábanas empapadas por el sudor de los pacientes y renovaría una viciada atmósfera, que a cada minuto que pasaba se enrarecía más gracias a los efluvios matutinos de los acompañantes.

Mientras Juan inspeccionaba minuciosamente su rostro en el espejo, continuaba achicharrando sus manos bajo el grifo, procurando robar toda la serenidad que le fuera posible al agua cristalina que corría mansa y pura por su cauce gravitatorio hacia el desagüe. Era evidente que buscaba una respuesta amena en el reflejo, la devolución de la añorada mirada de su niñez, compuesta por expresivos ojos verdes de curiosas pupilas adimensionales y un singular lunar alojado en el iris derecho.

Mas yo creía ser conocedora de la causa de esta mundana obsesión. A fin de cuentas, como profesional diligente y fiel observadora intuía que Juan ocultaba un sentimiento desolador que a la postre trascendería a la duración de su organismo biológico. Sin embargo, dejadme que manifieste que él también fue una persona afortunada, pues disfrutó el tiempo suficiente para experimentar cómo un hijo quiere a un padre, y a querer a un padre como si de un hijo se tratase.

Incluso, en mi opinión, Juanito (como así le llamaban sus amigos más cercanos) llegó a ser un individuo sabio. Cuando su fe se tambaleaba, se repitió una y otra vez que la vida no era un acontecimiento sin sentido y que, por el contrario, era condición sine qua non que tuviese una continuidad.

Efectivamente, estaba en lo cierto. Cuando perdía los nervios y me planteaba este controvertido asunto a grito pelado, yo apaciguaba su ansiedad susurrándole al oído que no había errado en sus cavilaciones. La Ley Universal dictaba que la distancia aparente no importaba en absoluto y que, en la separación, uno podía sentirse unido con sus seres queridos, más fuerte que nunca. El Cosmos, la Naturaleza, la Madre Tierra y Dios, siempre lo habían permitido así.

Para cuando Juan perdió definitivamente a su padre, dejó repentinamente de lado la pesada carga de sus temores. Supo aparcar in situ un duelo que ya había experimentado anticipadamente con profunda vergüenza en la intimidad, casi de forma obscena. Y una vez desahuciada la visión perturbadora de la muerte, su aliento fue capaz de soltar a los cuatros vientos el producto asfixiante que le había privado de esa imperturbabilidad libertaria que todos los mortales anhelaban.

De esta manera, ya no tuvo que volver a hervir sus manos en el lavabo. Alcanzó la ansiada presencia de ánimo absoluta que siempre había perseguido y que posteriormente, hubo de mantener frugalmente en los venideros pasos de la vejez.

Más tarde involucionó de hombre a ave, después a felino, y luego terminó su metamorfosis transformándose en un elemento vivo más sencillo y menos destructivo de la naturaleza: un diminuto trébol de cuatro hojas que asistió como invitado especial a la excelsa ceremonia que acompaña a un nuevo amanecer.

ARMANDO BARCELONA

LA LETRA PEQUEÑA.

El funcionario presionaba nervioso el mecanismo retráctil del bolígrafo. Solo el «clic, clic» continuado rompía el silencio denso que reinaba en la habitación, asfixiante, duro, casi palpable, como un muro de concreto. Conchi se aferraba con fuerza al brazo de Hilario, que, incapaz de disimular su ansiedad, seguía con la mirada el hipnótico movimiento del dedo sobre el botón.

―En fin, Concepción, Hilario, esto no suele ocurrir ―al chupatintas también se le notaba azogado―, siento comunicaros que vuestros amaneceres no coinciden y, creedlo que me cuesta, pero no puedo dejaros que despertéis juntos a la nueva vida.

Conchi se llevó una mano a la boca reprimiendo un gemido, mientras que Hilario gruñó, removiéndose en la silla, inquieto.

―¿No se puede hacer nada? ―aventuró ella con un destello de esperanza temblándole en la voz.

El oficinista, con la mirada perdida en otra parte, volvió a marear los expedientes en un intento de enmascarar su incapacidad para resolver el problema.

―Creedme, lo haría con gusto, pero las pólizas de vuestros seguros de decesos no coinciden y, sí, ya sé que es un desacople inesperado, algo que parece sencillo de superar; pero el consorcio es muy estricto al respecto, miran todos los casos con lupa, estoy atado de pies y manos.

Hilario, todavía con los resabios de la vida perdida, se tentó el cuerpo buscando la cartera: «Poderoso caballero es don dinero», pensaba con la certeza de quien ha tenido que lidiar ocasiones parecidas, pero no encontró lo que buscaba; aquellas raras vestimentas que les habían puesto carecían de bolsillos.

Decepcionado e impaciente, se encaró con el administrativo.

―Alguna solución habrá, digo yo, no vamos a liarla por un simple desliz burocrático; si hemos muerto juntos, de justicia es que entremos igualmente juntos en el más allá.

El funcionario se encogió de hombros y, juntando las manos en actitud reflexiva, guardó silencio unos segundos como si estuviera buscando una solución al problema.

―A ver, se puede contemplar una revisión a la baja ―dijo saliendo del mutismo―, de manera que los dos quedéis más o menos equidistantes, pero en eso debes ceder, Hilario, porque tu amanecer es mucho más apañado que el de Conchi.

La pareja se miró con cara de asombro, para luego, al unísono y sin mediar palabra, clavar los ojos en los del funcionario.

»Os explico ―dijo este con una media sonrisa―. Tu deceso, Hilario, está amparado por una póliza «All-inclusive», esto es, eternidad a todo trapo, sin hacer cola, asientos en primera fila, acceso sin restricciones al backstage y un amanecer de aurora boreal.

Hilario no pudo reprimir un bufido de satisfacción, a la vez que, en un acto reflejo, apretaba la mano de Conchi.

»Sin embargo, en tu caso, Concepción, la póliza es «Low-cost funeral insurance», el paquete básico, eternidad de andar por casa, para entendernos: estar atenta a las ofertas del supermercado, desplazarte en autobús, buscarte algún subsidio para llegar a fin de mes y amanecer poligonero, neblinoso, con legañas. Cutre, sí, lo siento, no parece justo, pero es lo que hay.

«Tacaño, minga corta, hijoputa ―pensó Conchi con el recuerdo de su marido ganándole espacio en la corteza cerebral―; hasta después de muerta me tiene que amargar la eternidad».

―Eso es cosa de mi Venancio ―intentó justificar la merde―, él se encargaba de la logística, qué iba a saber yo de esos líos. Si por mí hubiera sido, Arturo.

Leyó el nombre en la tarjeta de identificación del funcionario para propiciar el acercamiento, intuyendo que las cosas estaban en su contra y necesitaba aliados.

―Ya, ya me imagino ―la cara de circunstancias del domador de formularios invitaba a la credibilidad―, pero no tengo capacidad de maniobra; la única salida posible es que Hilario se avenga a rebajar sus expectativas de amanecer y se conforme con las low-cost.

Cuatro ojos convergieron en el aludido, que sorteó las miradas, con evidentes signos de incomodidad, mientras se revolvía en el asiento.

―A ver, que yo lo haría, Conchi, cariño ―se encerró en sí mismo como un puercoespín―, pero es que me da coraje que por culpa de tu marido tengamos que pasar privaciones in aeternum; no le satisfizo cosernos a tiros, al muy borde. ¿De verdad que no se puede solucionar de otra forma?

Arturo negó con la cabeza a la vez que comenzaba a ordenar los papeles. Para cualquier ojo avisado estaba empezando a dar por concluida la audiencia y los dos tortolitos debían tomar una decisión.

―Hilario, mi cielo, no te ciegues con mi marido. Ya sé que te da rabia, pero, hijo, si te paras a pensar: Nos pilló como nos pilló, no hace falta que entremos en detalles, y tú pegando brincos en la cama como si fueras Tarzán; corazón, reconócelo, tienes un puntito exhibicionista y a veces te pasas.

Dijo todo esto con la ansiedad reflejada en el rostro, tratando de establecer puentes a la conciliación y mientras acariciaba con mimo la mejilla del hombre.

»No es que lo justifique, Dios me libre, pero nadie está libre de un calentón, a mi Venancio se le cruzó la vena y como venía de cazar… Además, según tú, yo era tu diosa, juraste que me amabas con delirio y que nunca en la vida te apartarías de mi lado, Hilario, que no se te olvide.

―Ya, Conchi, ya; en la vida, dije, pero nada se habló de la muerte, reina, y el panorama cambia radicalmente; haber estado más viva con lo del seguro, que la letra pequeña es la que cuenta. Mira, lo siento un montón, pero mi amanecer es intocable, que mis dineros me costó.

El funcionario dio unas palmaditas suaves sobre la mesa llamando la atención de ambos.

―A ver, por favor, ni todo es blanco ni todo negro, que luego la cosa puede cambiar; tendrán ustedes amaneceres distintos, pero quién les dice que no vuelven a encontrarse en el más allá y se enamoran de nuevo.

―¡Yo con este! ―bramó Conchi hecha una furia―. Ni loca, antes viva. Mucho te quiero, cosita linda, luz de mi vida, y pavadas de esas, pero a la hora de la verdad, si te he visto, no me acuerdo, mamón, que eres como todos los tíos. Prometer hasta meter y una vez que ya has metido, olvidar lo prometido. ¡Vete a freír churros con tu amanecer y te lo enjaretas en el culo!

Arturo, el funcionario, consultó su reloj; se había hecho tarde y ya no llegaba a clase de sevillanas. «Así en la tierra como en el cielo ―pensó mientras terminaba el papeleo y ponía los últimos sellos―; nunca llueve a gusto de todos».

―En fin, lamento la situación, pero bienvenidos al más allá.

Y se fueron, Hilario y Conchi, sin mirarse a la cara, como dos desconocidos, encabronados el uno con la otra y viceversa, en busca de su nuevo amanecer, porque en esto del amor, como en casi todo, lo que cuenta es la letra pequeña.

MARI CARMEN MERFER

A por uvas

Se colocó la chaqueta y se anudó la bufanda al cuello. Al salir, el frío le mordió la cara. Aquel año las temperaturas eran más bajas que en los anteriores: la escarcha cubría la fuente frente a su casa, las lunas de los coches y los tejados, todos teñidos de un blanco apagado.

Se dispuso a realizar su recado y fue a comprar uvas. El gesto significaba más que ir a comprar fruta: era el ritual con el que la familia inaguraba el nuevo año.

Eligió el racimo con cuidado, uvas firmes, brillantes, contadas casi una a una, pensando en las campanadas que vendrían.

Por la tarde, preparó la mesa como mandaba la costumbre: tres cubiertos alineados, vajilla para tres, las copas limpias y, en centro, un bonito bol con las doce uvas esperando a que el reloj marcase las 12. Todo estaba dispuesto como si todos fueran a sentarse, como si nada se hubiera roto, como si el tiempo no hubiera decidido desviarse.

La casa guardaba un silencio educado, de esos que no incomodan al principio. Encendió la luz del comedor y comprobó que las sillas estuvieran bien colocadas. Tres sillas. Tres. Recordó las risas, las pequeñas discusiones por quién se adelantaba a una campanada, las miradas cómplices cuando alguien se atragantaba. Aquella mesa había sido testigo de finales de año iguales y distintos, pero siempre completos. Esta vez, sin embargo, el aire pesaba más. Desde aquel fatídico domingo, nada volvió a encajar del todo.

Cuando el reloj empezó a anunciar la medianoche, comprendió la verdad que llevaba esquivando toda la tarde. Las sillas no esperaban a nadie. Estaban vacías. Las uvas, intactas, parecían contar una historia que ya no tendría voz. Se sentó solo, frente a la mesa preparada para tres, y por un instante fingió que todo seguía igual. Pero no lo estaba. Aquel año fue a por uvas para mantener viva la tradición, para honrar lo que fue. Y en el silencio entre campanada y campanada, entendió que también era una forma de despedirse.

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

Son las cinco de la mañana y el sol empieza a sonreírle al cielo, disipando las nubes entrelazadas que forman copos de algodón y que, renuentes, se niegan a dar paso a los rayos del astro rey.

Me restriego los ojos para intentar salir de la cama mullida que me arrulló toda la noche entre sus brazos. Despierto con la sensación de querer un desayuno rico y sustancioso. Es uno de esos amaneceres que invitan a ganarse el día con esperanza, sueños y felicidad; un día que me provoca quedarme escribiendo la vieja novela que aún no he terminado. Mi mente ya tiene concebido el final inesperado de esa historia cruel y, a la vez, alegre, donde los personajes se vuelven seres fantásticos capaces de salvar un mundo en decadencia.

Es un mundo extraño para quien tiene un corazón cargado de amor para repartir con los semejantes que anhelan una caricia; un mundo donde las estructuras sólidas de la familia, el trabajo, la comunidad y la religión se han debilitado. Poco a poco están perdiendo su sentido de pertenencia, estabilidad e incluso identidad, volviéndose efímeras e inestables.

A medida que pasa el tiempo, vemos cómo desaparece la comunidad vecinal; esa convivencia que lograba, muchas veces, un apoyo mutuo.

De pronto, un grito lejano quiebra el silencio del amanecer. No es la voz de la realidad, sino el eco de mi novela. En las calles grises del Distrito del Olvido, donde los rostros de los vecinos se han borrado de la memoria colectiva, un niño se tambalea, rodeado por las sombras de la apatía. Es entonces cuando se materializan. No son héroes con capas, sino destellos de luz que emanan de la multitud: la Tolerancia, con un aura serena que apacigua el miedo; la Empatía, que extiende una mano invisible y reconfortante; la Aceptación, que borra las marcas del juicio en el asfalto. La Bondad y la Generosidad se inclinan para levantar al niño, mientras la Esperanza ilumina su mirada perdida y la Felicidad, con un leve suspiro, le devuelve la sonrisa. La Humanidad, un ser de luz tenue y constante, los une a todos, recordándoles la fuerza de su lazo. Un nuevo amanecer no solo en el cielo, sino en las grietas de ese mundo fragmentado, comienza a gestarse, listo para que los personajes combatan la indiferencia y construyan una nueva realidad

Alexandra Fernandez B.

ALFREDO LOZANO

AMANECE

El frío despierta antes que la luz. Se mete por las rendijas del cartón, por las costuras del abrigo que alguien tiró hace años, por los huesos que ya no recuerdan cómo era dormir en una casa. Manolo abre los ojos cuando el cielo toma ese gris sucio, ese color que no es noche ni día, solo espera. A su lado, Mateo no se mueve.

—Eh —dice Manolo, en voz baja, como si aún hubiese normas—. Ya es hora.

Nada. Le da un codazo leve, el mismo de siempre, el gesto para levantarse antes de que lleguen los corredores, los perros, o la policía. El cuerpo de Mateo está rígido, pero no de una forma exagerada, solo quieto, demasiado quieto para alguien que siempre se quejaba del frío.

Manolo se incorpora despacio. La espalda le cruje como una puerta vieja. Mira alrededor, el parque sigue siendo el parque, bancos húmedos, columpios oxidados, botellas vacías junto a la papelera. La ciudad aún no ha empezado a fingir que todo va bien.

Mateo tiene la boca entreabierta. Los labios azulados. Manolo ya ha visto muertos antes, pero siempre de pasada, como se ve un perro atropellado en medio de la autovía. Esto es distinto. Esto es alguien con nombre. O con apodo, que viene a ser lo mismo.

—Joder… —susurra.

Le pone la mano en el pecho. Frío. No siente nada. Ni aire ni latido. Solo ese frío definitivo que no se discute.

El cielo empieza a aclararse por detrás de los edificios. Un nuevo amanecer, piensa Manolo, y le dan ganas de reírse, pero no le sale el sonido. Mateo odiaba esa expresión. Un nuevo amanecer es lo mismo que el de ayer, pero con más resaca, decía. Manolo se levanta y da dos pasos. Luego vuelve a sentarse. No sabe qué se supone que debe hacer. Llamar a alguien. Avisar. Buscar ayuda. Palabras cortas para cosas que nunca pasan rápido.

—No te vayas ahora —dice, aunque ya se ha ido.

Recuerda cuando Mateo llegó al parque. Un tipo grande, con manos de obrero y una cicatriz en la ceja. Traía una mochila roja y una botella casi llena. Hasta que encuentre algo, dijo. Nadie se queda hasta que se queda.

El sol asoma un poco más. La luz le da en la cara a Mateo y lo vuelve casi normal, como si estuviera durmiendo una siesta mala. Manolo se quita el gorro y se lo coloca sobre la cabeza, por pudor, o por costumbre, o porque no soporta que lo miren así.

Pasan diez minutos. Quizá veinte. El tiempo aquí no se mide bien. Una mujer cruza el parque con auriculares. Mira de reojo y acelera el paso. Un hombre pasea a su perro. El perro se acerca, olfatea. El hombre tira de la correa.

—Vamos —dice—. Vamos.

Manolo piensa en irse. Nadie le ha dicho que tenga que quedarse. Pero algo lo ancla al banco, como si levantarse fuese una traición. Mateo siempre decía que lo peor no era dormir en la calle, sino que nadie te esperase en ningún sitio. Manolo se queda porque alguien debería esperar a Mateo, aunque ya no importe.

El sol termina de salir. El parque cambia de olor. Café, colonia barata, pan caliente de una panadería cercana. El día empieza a funcionar. La vida hace ruido. Manolo saca un cigarro arrugado del bolsillo. Lo enciende con manos torpes. Da una calada y tose. Mira a Mateo.

—Mira qué bonito —le dice—. Te lo estás perdiendo.

Se pregunta si alguien llamará a la policía. Si vendrá una ambulancia. Si harán preguntas. Si le pedirán el nombre completo, o un documento que no existe. Piensa en marcharse antes de que todo eso ocurra, antes de que le recuerden que él también sobra. Pero no se mueve. El cigarro se consume. Manolo aplasta la colilla en el suelo y se levanta. Se inclina hacia Mateo, le toca el hombro una última vez.

—Hasta luego —dice, sin saber a dónde.

Camina hacia la salida del parque. No mira atrás. No porque sea valiente, sino porque ya ha aprendido que mirar no cambia nada. El nuevo amanecer lo recibe igual que todos, sin promesas, sin milagros. Solo con la seguridad de estar vivo. Y eso, hoy, le parece más una carga que un regalo.

CÉSAR TORO

“Esta es la canción que canto cada mañana al despertar, para agradecer al Señor la gentileza de un nuevo día. Es decir de una nueva oportunidad”

Facundo Cabral”.

Al contar 365 días más, es hora de hacer un alto y agradecer, reflexionar y evaluar el año que se va. ¿Cumplimos con nuestros propósitos, o pasamos sin pena ni gloria?

Creo personalmente que debemos poner toda la fuerza de voluntad, aprovechando al máximo el tiempo y los talentos qué Dios nos ha dado a fin de cristalizar los proyectos y metas.

Cada día es una nueva oportunidad que Dios nos regala, no la desaprovechemos, compartamos con los nuestros, un verso una canción, un café, un abrazo. Esos detalles hermosos que no cuestan dinero, tan solo un poco de tiempo y voluntad.

Por mi parte seguiré:

Creyendo por los que no creen.

Orando por los que no Oran.

Pidiendo por los que no piden

Escribiendo por los que no escriben.

Y cantando por los que no cantan.

Pues estoy convencido de una Fuerza Superior que domina el universo. Algunos la llamamos Dios, otros Ala, Good, y así sucesivamente.

Tengo la plena convicción y la fe de que: por muy larga que sea la noche. El sol volverá a brillar.

Un nuevo amanecer vendrá.

Desde ya, les deseo a todos los integrantes de este maravilloso grupo, un Feliz Año Nuevo.

Gracias por estar ahí por escribir cada semana a pesar de…

EFRAÍN DÍAZ

Advertencia: los aparentes errores ortográficos, no lo son. Así hablamos en el barrio Dos Bocas de Trujillo Alto y así quise plasmarlo.

Gumersindo despertó con el canto del primer gallo. Nunca llevó reloj en la muñeca. Era un lujo innecesario y, en todo caso, no se lo podía permitir. El tiempo lo medía como lo habían medido desde siempre en el barrio Dos Bocas de Trujillo Alto: al despertarse con el gallo y, durante el día, por la posición del sol. Debían ser cerca de las cinco de la mañana.

Fue a la cocina, buscó la greca y coló café. El café se toma negro, como mi conciencia, y sin azúcar, como mi actitud, solía decirles a los niños del barrio, que se reían sin entender del todo.

Con la taza en la mano salió al balcón a ver amanecer. Apenas cruzó el umbral, la humedad le dio un azote seco y la camisa, raída por el uso y por los años, se le pegó al cuerpo como una segunda piel resignada.

—Y eso, que no ha salío el sol —murmuró.

Se sentó en su viejo sillón de madera y vio cómo los primeros rayos comenzaban a asomarse detrás de las montañas, pintando el cielo de tonos indecisos entre rosado, amarillo y naranja. El gallo volvió a cantar a todo pulmón y Gumersindo lamentó no tener una piedra a mano.

Mientras observaba el amanecer, pasó revista mental a las labores del día, siempre las mismas. Primero ordeñar las dos vacas que pastaban en la finca; luego recoger los huevos y llevarlos a la casa. Alimentar las gallinas, los cabros, los conejos y los cerdos. Después, enyugar los bueyes y bajar a la tierra para labrarla.

A sus casi sesenta años, Gumersindo nunca había salido del barrio. Toda su vida, desde el primer llanto hasta ese amanecer, había transcurrido en Dos Bocas. El mismo barrio y la misma finca. A veces lamentaba no haber conocido la ciudad, aunque la idea se le iba rápido, como se va lo que nunca fue del todo deseo. Su mundo había sido la crianza de animales y la siembra de frutos menores. Sus dos hijos, ya hombres hechos, se marcharon hace tiempo en busca de mejores oportunidades. La ciudad se los tragó con su voraz rutina y ahora apenas visitaban a los viejos. Una vez se van ya no vuelven. Malagradecidos, pensó.

Mientras tomaba el café recordó a unos religiosos que, al no tener aparentemente nada mejor que hacer, iban casa por casa, a veces en bicicleta, a veces a pie, con una Biblia bajo el sobaco y un discurso bien ensayado, reclutando almas para los domingos y donaciones para el resto de la semana.

Le vendieron la idea de que convertirse a su religión sería un nuevo amanecer: una vida distinta, de oportunidades renovadas, un destino mejorado por la fe.

—Aquí tó los amaneceres son iguales —les dijo—. Los mismos viejos y gastados amaneceres. Los mismos animales, la misma finca y el mismo trabajo. Aquí ni el amanecer ni el anochecer renuevan ná. Váyansen antes de que los corra con el machete.

Al recordar la escena, una sonrisa leve, casi involuntaria, se le dibujó en el rostro. Terminó el café, dejó la taza y fue a buscar su inseparable machete para comenzar el día.

En el barrio Dos Bocas de Trujillo Alto, los amaneceres son nuevos para las montañas, no para los jíbaros. Los amaneceres no cambian nada, solo iluminan lo pendiente. La metáfora del nuevo amanecer como promesa de cambio o de nuevas oportunidades funciona solo en la ciudad; en el barrio es apenas un consuelo ajeno que se pierde entre los montes.

Gumersindo se ciñó el machete a la cintura, agarró la cubeta y se fue a ordeñar las vacas. Ya había amanecido y el amanecer, como siempre, no trajo nada nuevo.

MAITE BILBAO

PULSO

El negro de obsidiana aplasta los dedos contra la sábana. Son diez raíces ciegas; nudos de piel que se hunden en el vacío buscando un calor que no existe. Las uñas se clavan en el lino, marcando el ritmo de una espera de grafito. El frío se instala en las articulaciones y se adueña del puño.

El añil lame los nudillos. La mano derecha se desprende del pecho y rema en el aire denso. Las yemas descienden hasta encontrar la veta de la madera de la mesilla: un mapa de cicatrices que la piel reconoce en el silencio. El cobalto tiñe los poros. Los dedos se separan, estiran sus tendones y empujan el cuerpo hacia la verticalidad, tanteando la transparencia de una sombra que empieza a gotear.

Un tajo naranja restalla contra el dorso. El vello se eriza. La mano se eleva, suspendida en el incendio de las motas de polvo. Los dedos atrapan el ámbar, lo aprietan, lo dejan resbalar entre las comisuras de la palma. La sangre late bajo las uñas; un tambor que acompaña la escalada de la luz por las muñecas. El movimiento es ya un baile de siluetas que devoran la pared mientras los pies reconocen el suelo.

La claridad inunda el regazo. El blanco borra las arrugas, los límites y el rastro del esfuerzo. Las manos descansan, extendidas, dejando que el oro atraviese los huecos que antes estaban cerrados. El índice se alza, firme, hacia el metal del pomo de la puerta. El frío del acero y el calor del rayo convergen en la punta del dedo.

La presión aumenta.

El metal cede.

MARIANA DI PASCUA

Las horas de mis tiempos de alegría cuelgan mi sol que aprovecha mi energía

Mi tiempo se ilumina de sonrisas, sueña mi luz con fotones besándote sin control

Llenando iluciones mi alma se vistió de vacaciones.

Mi tiempo sin pincel te barniza la nariz y toditas mis canciones.

Ya mande a destruir a toditos los relojes para no vivir contando los minutos de mi traje y de mis soles

Si la noche me amenaza yo le aviento todo el tiempo que le robe despierto a la oscuridad que mata mis canciones y le advierto que a la noche estrellada se la canto en un concierto.

A veces me miento

, cuando gana el sufrimiento

, pierde el resentimiento

PERO EL TIEMPO SIN HORARIO SE REENCUENTRA CON TUS LABIOS

Y AMANECE Y AMANECE Y AMANECES CON TUS LABIOS

JAVIER GARCÍA HOYOS

INSOMNE.

No podía dormir, estaba cansado de girar sobre si mismo en una cama que, a cada instante, parecía hacerse más pequeña.

Se acercó a la ventana del salón y observó la ciudad. Las calles vacías, por las que solo corría el frío aire del invierno, estaban alumbradas por las farolas. Un par de borrachos discutían en una esquina con una patrulla de municipales. Sus gritos, junto con los maullidos de algún gato, se extendían por el aire como solo puede ocurrir a altas horas de la noche. Esa parecía ser toda la acción que habitaba ahora en el exterior.

Frente a su edificio, una ventana de un quinto piso irradiaba luz. Quizá se trataba de otro insomne, o de algún espectador nocturno que, sin darse cuenta, se había dormido viendo algo por la televisión.

Sentía cierta culpabilidad. La razón que le quitaba el sueño era la celebración de su cumpleaños, o más bien, el imparable y cada vez más acelerado discurrir de lo días en el calendario.

Una preocupación que le parecía nimia comparada con la de su amigo Alfonso, a quien iban a embargarle la casa, o la de Adela, que se acababa de quedar en el paro. Julián, siempre rehuía de cualquier reunión para no tener gastos extras, ya que apenas podía pagar las compras para alimentar a su familia, y luego estaba Desiré, su apreciada Desiré, maquillada más que de costumbre y con una mirada cada vez más perdida y acobardada, víctima de una intimidad imposible de esconder.

Todos habían decidido prepararle una pequeña fiesta de cumpleaños en la hamburguesería a la que siempre acudían de adolescentes. Uno de los camareros que les sirvió era un chico joven que procedía de Bolivia. Vivía en su mismo edificio, justo debajo de él. Solía oírle, a través de la ventana del patio, discutir con su familia del otro lado del océano; ellos le pedían ayuda, y él se justificaba alegando que el sueldo que recibía apenas le daba para poder vivir.

Y allí estaba él, asomado en aquella ventana, preocupado por el paso de las hojas del calendario. Un calendario al que se le caían esas mismas hojas como a los árboles las suyas en otoño. Un calendario que dejaba patente que los sueños y las ilusiones de Alfonso, los esfuerzos de progreso de Adela, los proyectos de Julián, la mortal trampa del amor de Desiré y las esperanzas de aquel camarero del que ni siquiera sabía su nombre, desaparecían cada vez que él tiraba de una de esas páginas del calendario.

Sin darse cuenta, el Sol salía y un nuevo amanecer daba por terminada la noche.

Se acercó al calendario y arrancó el papel que indicaba la fecha del día anterior.

FRAN KMIL

Un nuevo amanecer.

La muchedumbre furiosa avanzaba sin orden hacia el centro del parque, donde el cadáver de la maga del vestido rojo yacía sobre los adoquines húmedos. Los rostros deformados por la ira se mezclaban con el miedo. La naturaleza, como si comprendiera la magnitud de la tragedia, comenzó con fuertes lamentos: un viento violento sacudió los árboles, quebró ramas y arrancó hojas que giraban en el aire.

El cielo se oscureció de manera antinatural. En cuestión de minutos, la luz desapareció por completo. Todo se volvió negro, muy negro. La noche cayó de golpe como queriendo ocultar los sucesos.

El pánico se apoderó de los policías. Con las manos temblorosas, dispararon a ciegas. Se oyeron gritos de dolor, voces de gente herida que pedían ayuda, que maldecían, que rogaban. Cuando el caos se disipó un poco, el balance fue terrible: dos cuerpos inmóviles yacían en el suelo, y varias personas sangraban entre los adoquines.

Así como había llegado la oscuridad, un resplandor descendió del cielo e iluminó únicamente el lugar de la escena del crimen. Fue entonces cuando alguien notó que el cadáver de la maga de rojo ya no estaba. En su lugar había un montón de hojas secas, pétalos de rosas rojas, y pelo de mazorcas de maíz.

Una figura de mujer comenzó a descender lentamente desde lo alto, envuelta en suave claridad.

Era ella, la maga.

Bajaba del cielo con los brazos abiertos, sosteniendo dos soles, uno en cada mano. Su luz no quemaba; sanaba. Donde tocaba el resplandor, el miedo retrocedía y el dolor se hacía silencio. El viento se calmó, las ramas dejaron de crujir y el cielo comenzó a aclararse.

Un nuevo amanecer nacía en ese instante. No solo para el parque, ni para los testigos aterrados, sino para toda la humanidad, que, sin comprender del todo lo que veía, acababa de presenciar el regreso de lo que creyó destruido.

Se escuchó el canto de una voz femenina, seguida de un coro que cantaba: no se puede matar al viento.

PEDRO A LÓPEZ CRUZ

POLVO ERES, EN OLVIDO TE CONVERTIRÁS

Allí, refugiada en el viejo desván, decidió dejar transcurrir las horas una vez más, como si el tiempo aún pudiera obedecer sus deseos, mientras esperaba el final del parto que estaba por dar a luz a un nuevo día.

El mundo exterior apenas existía en aquel lugar suspendido entre el polvo y la memoria. Tan solo el leve crujido de la madera, el murmullo del viento colándose por las rendijas y el roce de las páginas que Alba ya no pasaba, daban testigo de la realidad. Dormitaba con el libro apoyado sobre el pecho, aferrada a él como a un talismán, cuando las primeras luces del amanecer atravesaron sin piedad las cortinas raídas, comenzando a dibujar sombras alargadas en el interior. Fuera la lluvia caía copiosamente, golpeando el tejado con una insistencia que casi rozaba la violencia. Hacía frío. Mucho frío. Una frialdad invernal y asesina que se colaba impunemente dentro del desván a través de la vieja ventana hasta depositarse sobre Alba, cubriéndola por completo, arropando cada uno de sus huesos y cada rincón olvidado de su alma.

Ella, sin embargo, era incapaz de sentirlo.
Hacía tiempo que había dejado de sentir nada.

Recordaba vagamente una época en la que el frío le hacía temblar y la lluvia le provocaba ese angustioso nudo en el estómago. Pero también recordaba el dulce calor del sol sobre su piel, el peso real de un libro entre las manos y el olor de las páginas amarillentas mezclado con el del café recién hecho. Aquellos recuerdos eran ahora imágenes borrosas, fragmentos de una vida que parecía formar parte de otra persona.

Decidió esperar a que amaneciera por completo. Bastaron unos minutos para que la luz inundara el viejo desván y revelara la densa capa de polvo que lo cubría todo. Absolutamente todo, incluyendo su cuerpo, recostado sobre el duro suelo de madera.

Un amasijo informe de huesos blanquecinos, frágiles y olvidados.

Eso era todo cuanto quedaba de Alba, la chica desaparecida, después de que, tiempo atrás se abandonara su búsqueda. Al principio hubo cientos de pasos apresurados, linternas recorriendo los bosques, gritos pronunciando su nombre que más tarde se irían apagando. Lentamente, uno a uno. Nadie fue capaz de dar con la ubicación exacta de la vieja cabaña de madera, oculta entre un laberinto de árboles retorcidos y senderos que, a cada paso, parecían cambiar de lugar. Mucho menos con la trampilla de entrada a la planta superior, donde Alba permaneció retenida hasta que, finalmente, el mundo entero se olvidó de su existencia.

Desde entonces, vaga sin rumbo entre esas cuatro paredes, atrapada en un espacio que no termina de ser hogar ni tumba. Se asoma a la ventana cada amanecer, observando cómo el mundo continúa su curso, ajeno a ella: los cielos que aclaran, las lluvias que cesan, las estaciones que se suceden con indiferencia. Errante y confusa, aún sigue encontrando refugio en los libros, mientras trata de entender qué fue lo que ocurrió, buscando respuestas en historias ajenas, en palabras que aún parecen tener peso y sentido.

Lee para recordar quién fue.
Lee para no desaparecer del todo.

El desván de las letras, así lo llamaba ella. Un lugar sagrado donde la lectura fue y siempre será su refugio y su consuelo. Entre estanterías repletas de antiguos volúmenes, novelas gastadas y libros sin nombre, Alba encuentra una paz extraña, una calma que no asocia al descanso sino a la resignación.

Cada amanecer es igual y, al mismo tiempo, distinto. A veces la luz es dorada; otras, mortecina y triste. Pero siempre ocurre, siempre llega. Siempre sale el sol. Y mientras eso ocurra, ella seguirá allí, pasando páginas que nadie más leerá, esperando quizá que algún día alguien suba las escaleras, abra la puerta del desván y pronuncie su nombre.

Hasta entonces, seguirá observando los amaneceres. Aferrada a las letras. Unida a lo único que, de alguna manera, aún la mantiene viva.

INOCENCIO (PSEUDÓNIMO)

SE BUSCA AMANECER…

Alguien con quien soñar

-Volar-

Alguien con quien fluir

-Brotar-

Alguien con quien temblar

-Vibrar-

Alguien con quien avenir

-Dialogar-

Alguien con quien susurrar

-Intimar-

Alguien con quien convenir

-Acordar-

Alguien con quien anhelar

-Olvidar-

Alguien con quien guarecer

-Perdonar-

Alguien con quien titilar

-Palpitar-

Alguien con quien renacer

-Resurgir-

Y despertar

en un amanecer inédito,

en un atardecer infinito,

en un anochecer eterno,

único, explícito…

28/12/2025

Inocencio (seudónimo)

SERGIO TELLEZ

MENTIRAS

–Son simples papeles– pensó en voz alta Fulgencio, cogiendo el primero de los 53 fajos de billetes que empacó en la tula de cuero. Los miró con desdén como si fueran hojas secas de un árbol muerto.¿Realmente la gente se mataba por esto? ¿Por estos rectángulos de papel con números y firmas impresas?

Su vida había transcurrido en un arrabal, entre la delincuencia y la filosofía que su padre le había inculcado en la miseria absoluta. Fulgencio había crecido en un mundo donde la supervivencia era un lujo, y la moralidad un concepto tan abstracto como el dinero que robaba. Pero su padre, un hombre amargo y sabio, le había enseñado a cuestionar todo, a buscar la verdad detrás de las mentiras.

Fulgencio recordaba las noches en que su padre le hablaba de Platón y de la caverna, de cómo la realidad era solo una sombra de la verdadera realidad. Y él, un niño flaco y hambriento, se sentaba a escuchar, con la boca abierta, mientras su estómago rugía de hambre.

Pero la vida en el arrabal no era propicia para la filosofía. La supervivencia era la única ley, y Fulgencio se había convertido en un experto en el arte de sobrevivir. Había robado, había mentido, había engañado. Y había descubierto que el mundo era un lugar cruel y despiadado, donde solo los más fuertes sobrevivían.

A pesar de todo, Fulgencio no había perdido su curiosidad. Seguía leyendo, seguía pensando, seguía cuestionando. Y eso era lo que lo hacía peligroso. Porque sabía que la verdad era un arma de doble filo, y que una vez que la veías, no podías volver a la ignorancia.

Fulgencio se detuvo un momento, mirando a su alrededor. El banco estaba en silencio, solo se oía el sonido de los billetes siendo metidos en la tula. Se rio para sí mismo. ¿Qué era el dinero, realmente? Un acuerdo social, una ilusión colectiva. ¿Y qué era la vida, sino un juego de supervivencia?

–Vamos –dijo Fulgencio, metiendo el último fajo de billetes en la tula. –Tenemos que salir de aquí antes de que la policía se dé cuenta de que hemos robado un montón de papel higiénico de alta calidad. Bruto sonrió, y los dos ladrones se dirigieron hacia la puerta, listos para hacer su escape.

Se movieron con rapidez, dejando atrás el banco y la ciudad. Fulgencio se sentó en el asiento del copiloto, mirando por la ventana mientras el paisaje cambiaba de edificios a campos y luego a montañas.

–¿Cuánto falta para llegar a la frontera? –preguntó Bruto, que conducía el coche.

–Un par de horas –respondió Fulgencio, sin dejar de mirar por la ventana.

La frontera. Una línea imaginaria que separaba dos países, dos mundos. ¿Qué era una frontera, realmente? Un acuerdo entre gobiernos, una ilusión colectiva. Pero ¿qué significaba para las personas que vivían allí? ¿Era solo un papel que les decía a quién pertenecían y a quién no?

El auto se detuvo en un puesto de control, y un guardia se acercó a la ventana.

–¿A dónde se dirigen? –preguntó el guardia, mirando a los ocupantes del coche con desconfianza.

Fulgencio sonrió. –Vamos de vacaciones –dijo, mostrando un par de pasaportes falsos.

El guardia asintió y les permitió pasar. Cruzaron la frontera, y Fulgencio sintió un suspiro de alivio. Estaban en otro país, bajo otra jurisdicción. La justicia ya no podía tocarlos.

–Bienvenido a nuestro nuevo hogar –dijo Fulgencio, sonriendo a su compañero.

El auto se perdió en la distancia, dejando atrás la frontera y la justicia.

Mientras el auto se alejaba, Bruto se persignó y murmuró una oración.

–Ave María, llena eres de gracia… –comenzó a rezar con voz baja y ferviente.

Fulgencio lo miró con escepticismo.

–¿Qué pasa, Bruto?

Bruto se santiguó de nuevo. –Me estoy encomendando a la Virgen de Chiquinquira, para que nos proteja y nos guíe en nuestro camino.

Fulgencio sonrió –¿De verdad crees que una imagen puede protegernos, Bruto?

Bruto se volvió hacia él con rostro serio. –No es una imagen, Fulgencio. Es la Madre de Dios, la Virgen María. Ella nos protege y nos ama.

Fulgencio se rio –¿Y por qué crees que nos ama, Bruto? ¿Porque somos buenos? ¿Porque somos justos? No, Bruto. Nos ama porque le rezamos, porque le pedimos cosas. Es un negocio, Bruto. Un intercambio de favores.

Bruto se enfadó, su rostro rojo de indignación. –No es un negocio, Fulgencio. Es fe. Es creer en algo más grande que nosotros mismos.

Fulgencio se encogió de hombros. –La fe es una debilidad, Bruto. Una forma de evitar la realidad. La realidad es que estamos solos en este mundo, y que nadie nos va a salvar.

Bruto se volvió hacia la ventana. Fulgencio lo miró, un destello de tristeza apareció en sus ojos. Sabía que había herido a su amigo, pero no podía evitarlo. La verdad era la verdad, y no se podía cambiar.

Fulgencio miró por la ventana, observando el paisaje que pasaba rápidamente. –Sabes, Bruto, a veces pienso que la humanidad es como un rebaño de ovejas. Nos llevan a donde quieren, nos dan de comer, nos dan un refugio… y nosotros creemos que es el paraíso.

Bruto lo miró con curiosidad. –¿Qué quieres decir, Fulgencio?

Fulgencio sonrió. –Quiero decir que nos han engañado, Bruto. Nos han dicho que el dinero es real, que la religión es la verdad, que las naciones tienen límites… y nosotros creemos. Somos como niños, Bruto, niños tontos que se creen todo lo que les dicen. –¿Y qué hay de la Virgen, Fulgencio? Ella me protege.

–La Virgen, Bruto… es un cuento de hadas. Un cuento que nos han contado para que nos portemos bien, para que no nos salgamos del redil. Pero la verdad es que estamos solos, Bruto. Solos en este mundo cruel. Y las fronteras, Bruto… son solo líneas en un mapa. Líneas que nos dividen, que nos hacen creer que somos diferentes.

Bruto se encogió de hombros. –Bueno, Fulgencio… yo creo que ella me cuida. Y las fronteras son para pasar a otro país.

Fulgencio sonrió de nuevo, un gesto que no llegaba a sus ojos. –Claro, Bruto. Y yo creo que el dinero es real. Pero la verdad es que todo es un juego, Bruto. Un juego en el que algunos ganan y otros pierden. Y nosotros… nosotros somos los que ganamos. Y las reglas, Bruto… las hacen los que mandan. Para que nosotros las sigamos.

El auto siguió adelante, el silencio entre ellos solo roto por el sonido del motor y el murmullo de la oración de Bruto.

El auto, un Chevrolet Impala del 68, rugía por la carretera a 120 kilómetros por hora, el motor V8 retumbando bajo el capó. Fulgencio y Bruto en el asiento delantero, el botín de dinero amontonado en el asiento trasero.

Un ruido en la parte delantera izquierda del auto. La llanta explotó, y el auto se descontroló, volando por los aires. Fulgencio y Bruto gritaron, sus cuerpos golpeando contra los asientos mientras el auto daba tres vueltas de campana.

El abismo se abrió ante ellos, un vacío negro y profundo que parecía tragarse todo a su paso. Fulgencio sintió un terror helado en el estómago mientras el auto se precipitaba hacia el vacío.

Pero justo cuando parecía que todo estaba perdido, el auto se detuvo en seco, la parte trasera tocando contra una pequeña piedra que había detenido su caída.

Fulgencio quedó semi-inconsciente, su cabeza golpeando contra el asiento. Pero cuando abrió los ojos, vio algo que le hizo sentir un escalofrío en la espalda.

La estampa de la Virgen de Chiquinquirá, pegada en el frente del carro, estaba a solo 5 centímetros de su cara. La imagen de la Virgen parecía sonreírle, sus ojos brillando con una luz extraña.

«¿Ahora sí crees en mí?» parecía decir su mirada.

Fulgencio parpadeó, su visión borrosa. La sonrisa de la Virgen parecía real. Se volvió hacia el asiento trasero. Los fajos de billetes estaban esparcidos por todos lados.

Los agentes de la policía llegaron al lugar del accidente, sus luces azules y rojas iluminaban la oscuridad. Uno de ellos, un hombre alto y delgado, se acercó al auto destrozado y comenzó a sacar a Fulgencio y Bruto, que estaban heridos y desorientados.

El otro agente, un hombre más joven y con gafas, se acercó al asiento trasero y comenzó a revisar el dinero esparcido. Su rostro se puso serio mientras examinaba los billetes.

–Jefe, esto es raro– dijo con voz baja.

El agente mayor se acercó a él, Fulgencio y Bruto ya estaban siendo atendidos por los paramédicos. –¿Qué pasa?– preguntó.

El agente joven sostuvo un billete de 100 dólares. –Están falsos– dijo. –Todos–

El agente mayor frunció el ceño, tomando el billete. Lo examinó con cuidado, luego miró a su alrededor, al dinero esparcido por el suelo. –¿Todos?– repitió.

El agente joven asintió. –Sí, jefe. He revisado varios, y todos son falsos–

Fulgencio estaba sentado en la parte trasera de la ambulancia, una venda en la cabeza y un ojo morado. Los agentes lo miraban con curiosidad y desconfianza.

–¿Por qué llevaban un botín de dinero falso?– preguntó el agente mayor con voz firme.

Fulgencio se encogió de hombros, su mirada perdida. –No sé– dijo. –Supongo que alguien nos engañó–

–¿Alguien les engañó? ¿Y ustedes no se dieron cuenta de que el dinero era falso?

Fulgencio se quedó flotando en un limbo, su mente dando vueltas. ¿La religión es falsa? ¿La Virgen de Chiquinquirá no los había protegido? ¿O sí?

–¿Y qué hay de la Virgen?– preguntó Fulgencio. –¿Ella también es falsa?

Los agentes se miraron entre sí, confundidos. –¿Qué Virgen?– preguntó el agente joven.

Fulgencio se rió, un sonido amargo. –La Virgen de Chiquinquirá. La que estaba en el frente del carro.

El agente mayor se encogió de hombros. –No sabemos nada de eso, señor. Pero lo que sí sabemos es que el dinero es falso.

Fulgencio se desvaneció en un laberinto de pensamientos, su mente en un torbellino. ¿Qué es real? ¿Qué es falso? ¿Los billetes sin duda son falsos, pero antes de descubrirnos también eran falsos?

–¿Y si todo es falso? preguntó Fulgencio –¿Y si la realidad es solo una ilusión?

Los agentes se miraron entre sí, incómodos. –Señor, creo que está un poco confundido– dijo el agente mayor.

Fulgencio se rió de nuevo, un sonido que era casi un sollozo. –¿Confundido? ¿Quién está confundido? ¿Ustedes o yo?

La oscuridad se cerró sobre él, y Fulgencio se perdió en un mar de dudas, donde las verdades y las mentiras se entrelazaban como serpientes en un pozo sin fondo.

Y entonces vino la oscuridad total. Fulgencio se durmió.

Dos meses de coma profundo.

Despertó en una habitación blanca. Una ventana mostraba una ciudad próspera. La gente se movía con rapidez, sonriendo.

Se sentó en la cama, confundido. Miró a su alrededor. Una pantalla en la pared se encendió.

» Buenos días, Fulgencio. Su cuenta ha sido activada. Por favor revisé su balance y comience a disfrutar de su vida».

Fulgencio sonrió. Un nuevo amanecer se alzaba para él, un mundo nuevo que parecía perfecto. La ciudad brillaba con una luz nueva, llena de posibilidades. Se acercó a la ventana, sintiendo el calor del sol en su rostro.

La pantalla se encendió de nuevo. «Por favor, sigue las instrucciones para comenzar tu nueva vida.»

Fulgencio tomó un billete de 100 dólares de la mesa. Lo miró. Era real. Lo dobló y se lo guardó en el bolsillo.

La ciudad parecía esperar.

Fulgencio salió de la habitación, el billete de 100 dólares en el bolsillo. La ciudad lo envolvió con su ruido y su calor. Caminó por las calles, observando a la gente, el dinero, los edificios. Todo parecía… real.

Entró en una cafetería, se sentó en una mesa y pidió un café. La camarera sonrió, eficiente. Fulgencio le dio el billete de 100 dólares. Ella lo tomó, lo miró, y sonrió de nuevo.

–¿Cambio?– preguntó.

Fulgencio asintió. La camarera le devolvió el cambio, y una tarjeta con un número.

–Su número de cuenta– dijo. –Puede acceder a sus fondos en cualquier momento.

Fulgencio tomó el plastico, lo miró, y se lo guardó en el bolsillo. El café llegó, caliente y perfecto.

Bebió un sorbo, y se miró las manos. Eran suyas, sin duda. Se palpó el cuerpo. Era él, sin duda.

Pero ¿qué era real? ¿Qué era falso?

La ciudad parecía extenderse infinitamente, llena de gente, edificios y dinero. Fulgencio se levantó, y se perdió en la multitud.

La noche cayó, y las luces de la ciudad se encendieron. Fulgencio caminó, sin rumbo, sin destino. La ciudad parecía cambiar a su alrededor, como un caleidoscopio.

Y entonces, en una calle oscura, la vio. La estampa de la Virgen, pegada en un muro. Fulgencio se acercó, la tocó y sonrió.

La Virgen tambien parecida sonreír, sus ojos brillaban en la oscuridad.

–¿Qué es real?– susurró Fulgencio.

La Virgen no respondió. La ciudad siguió brillando, indiferente.

Fulgencio se perdió en la multitud, 97 dólares todavía en el bolsillo. La ciudad lo esperaba, con sus secretos y sus mentiras.

CARMEN BERJANO

Un nuevo amanecer

Darte la vuelta y despertarme con un beso. Mimos, carantoñas y bromas. Compartir ducha y vestirnos aún con sueño. Desayunar en la misma cafetería de siempre tú solo con hielo y dos sacarinas. Yo descafeinado. Compartir churros y ver desde la vidriera como el sol avanza. Despedirnos sin saber que estaremos varios días sin vernos.

Varios amaneceres sin despertarnos juntos.

Tampoco lo sabía el conductor que me atropelló en aquel paso de cebra.

Carmen Berjano

NILA J BOHORQUEZ

«Canto matutino»

En este nuevo despertar me extasío

observando a través de mi ventanal,

a la aurora con sus destellos mil colores pintados en el horizonte,

deleitándome con el raudo vuelo

de las aves y su lírico trinar

mañanero que alegra

mi espíritu con melodías sinigual.

Mientras tanto,

el sol demora en brillar,

porque los reflejos de la aurora

insisten en lucir sus matices vibrantes esparcidos en el firmamento recreando

mi vista y corazón.

¡Oh!…¡Cómo he disfrutado este

espectacular amanecer,

al contemplar y escuchar

desde mi atalaya, el coro de

pajarillos aliabiertas entonando

con sus gorjeos un canto matutino!

¡Do – Fa – Sol!

ANDRÉS JAMES CÁCERES

Sale de noche a empeñar el corazon

Por los tablados de los sueños en camion

Vuelve cansada y embarrada de color

Le ladra un perro es correteada por el sol.

¿Quien no se ha timbeado el corazón?

Ese no tendrá perdón.

¿Quien no ha reventado de pasión?

Nunca llegará al amor.

Nada es peor que tu tristeza

Si la bomba no te deja ni siquiera estornudar!

Abre tus manos para que pueda caer el vino sangre que emborrachara tu sed.

Uñas y dientes a la vida prende te ya no te mates

Viene otro amanecer.

Tendo

MARTU MONFORTE

El hogar

¿Abandonada? ¿Me ven abandonada? ¿Cómo es posible? ¿No ven cómo despierto en cada amanecer? Me renuevo, una brisa me sacude y me sonroja. Las ventanas se abren, el sol se despliega en todos los rincones. A veces, la lluvia canta en los tejados y es hermoso.

¿No escuchan las risas y las charlas en la cocina mientras la abuela hace el dulce de leche?

¿ No escuchan cómo el abuelo poda en el jardín una parra traviesa que se empeña en entrar al comedor?

¿No se escuchan las rondas en la galería de mis niños, el tren de lata que resiste y va y va sobre los rieles sin tiempo?

¿ Y el cuchicheo de las niñas en las siestas largas de verano mientras esperan el permiso para chapotear en el estanque…?

¿ No huelen el aroma de la canela y miel que se deslizan como un terciopelo suave, suave y acarician la memoria?

¿ Tampoco el acordeón del abuelo mientras crujen en el asador unas presas de pollo. Y las anécdotas de su Sicilia natal, esas que contaba en dialecto con su mirada llena de nostalgia? Pero llena de luz cuando me miraba: su casa, su hogar. Levantado con orgullo y a fuerza de pulmón en esta tierra generosa: América.

¿No ven las rayuelas dibujadas en el patio recién regado? Escuchen..1, 2, 5…y cielo! ¿No ven un cielo y una tierra sembrada de azul por la lluvia del jacarandá? Es el anuncio de un nuevo diciembre.

Escuchen. Aquel primer desamor de mi niña y su sollozo ahogado se esconde en los cuartos del fondo. Después llegó la alegría y una nueva esperanza. Ese fue su gran amanecer: abrió el alma a una nueva etapa. Después creció…y se fue.

¿ Y el chin chin de las copas, los cantos de Navidad?

¿ Tampoco el brillo del sol sobre el comedor mientras jugamos con las cartas? Silencio…llegan risas, alguna pena, el gorjeo de los pájaros en la pérgola. .. Vida, vida al fin.

Un momento… llama mi niña; se ha raspado las rodillas. Ya vuelvo.

Esperen. Tocan a la puerta. Alguien ha regresado…¡Ah, es el viento travieso que juega conmigo y mi memoria! Amanece, siempre amanece…

MARIO NÚÑEZ

Es de noche todavía. Tuve pesadillas de nuevo. No tengo almohada y la sábana de arriba no está. Se deben haber caído de nuevo.

Antes que se despierten me voy. Ayer escuché a la mujer que me controla, leerme algo del Facebook y explicar que en la pantalla dice “Un nuevo amanecer”, antes de quitarme el celular de un tirón.

No sé leer muy bien, así que cada vez que intento entender algo, demoro tanto que me descubren, y otra vez gritos y castigos.

Es una vieja mala. Toda arrugada, con voz chillona, se enoja por todo. Cada cosa que hago le parece mal. Me quiere tener preso en un sillón sin molestarla. No sé cómo. Le molesta hasta cuando respiro.

A veces aprovecho que está distraída o durmiendo y me muevo un poco, pero está la mujer más chica, que parece otra guardia. Esa es rara, a veces me grita, pero menos, a veces me tironea del brazo o de la ropa, y otras parece que va a llorar y me habla medio con ternura.

La vieja vive acá. La más joven vive cerca parece, pero no sé dónde; viene todos los días desde la mañana, y no sé cuando se va, pero aparece a la mañana de nuevo.

Ahora no me volverán a ver. Ni la vieja gritona mi la joven llorosa.

No me voy a vestir, solo calzo las chanclas, si las encuentro en la oscuridad.

Salgo a la sala, toco suave el hierro que abre la puerta. ¡Calladito, shhh!

Lo estoy haciendo bien, ya llego a la puerta. Abro y afuera es de noche todavía; no sé qué hora es, pero estoy esperando ese nuevo amanecer. Veré el sol salir cuando esté lejos. Tengo que llegar a la casa de mamá antes de que me atrapen de nuevo.

Ya lo intenté, pero era de día y me descubrieron. Igual había llegado bastante lejos. Lástima que me entretuve viendo a unos niños jugar en una escuela, y me quedé mirando afuera de la cerca.

Entonces aparecieron la vieja, la joven y otro tipo gritando, me agarraron de los brazos, y no importa cuanto traté de escaparme, son más fuertes, y son tres. Me trajeron de nuevo igual.

Otra vez a sacarme la ropa a prepo, los gritos de la vieja llamándome cochino porque dice que manché y mojé el pantalón y hasta la playera. La ducha rápida medio forzada, y el jabón que me entra por todos lados, la toalla que raspa, y la ropa limpia calzada como viene, entre gritos de la vieja, y la joven tratando de tranquilizarla.

Dice la vieja que está harta, que ya no me soporta; dice la joven que no es mi culpa.

Pero igual me tironean de arriba para abajo, y me sientan frente a la tele. A veces yo también grito que me tienen secuestrado, me encuentro moretones en los brazos y las piernas. Sé que me pegan, pero las mujeres dicen que me caigo o me golpeo con cosas. No les creo nada.

Este lugar es horrible. No sé cuando me sacaron de al lado de mi mamá, no sé por que ella no me vino a buscar. La extraño tanto…

Pero esto se terminó, no me ven más. Hoy no sé si llego a almorzar con mamá, pero a cenar sí que llego. No debo estar tan lejos, y puedo preguntar también. Me acuerdo del frente de la casa pintado de amarillo clarito, de mi hamaca colgada de la rama del paraíso de adelante, y de la casilla de Catalina, mi perrita lanuda gris y blanca.

Camino medio confundido. Sé de memoria el camino, pero de noche todo es más confuso.

Ya hace unas cuadras que salí caminando rápido, no me di cuenta de traer agua o algo de comer. La vieja cocina rico, pero no voy a extrañar su comida porque me hace tragar a los gritos, me saca el plato antes de terminar, y me hace lavar los dientes, me hace ir al baño a cada rato, me huele como el cachorro de los vecinos. Es muy exagerada, dice que demoro más de una hora comiendo y que no juegue con la comida ni con el agua del vaso.

Estoy lejos, medio cansado, pasé por un parquecito, o un jardín grande; no vi bien con el apuro.

Tengo un poco de sed, y descubro entre los árboles una línea blanca, que se va haciendo más fuerte.

Debe ser el nuevo amanecer. Sí, ¡está amaneciendo!

Tengo que apurarme. Cuanto más lejos llegue antes de que la vieja se levante y llegue la joven, mejor.

Ya está claro, y estoy medio cansado. Tengo un poco de hambre también.

Enfrente hay una panadería, se huele la factura tibia y dulce. Pero todavía no abrieron. Voy a esperar que alguien abra las cortinas de metal, les pido algo para comer y de paso pregunto si me pueden ayudar a llegar con mi mamá, o si la conocen y la pueden llamar.

En la panadería, una señora gordita con delantal blanco y verde, y un gorrito chistoso, se asoma, levanta las persianas y mientras da vuelta un cartelito en la puerta, me observa sentado en el cordón de la vereda frente a ella.

Debe darse cuenta de mi cara de hambre y cansancio, me llama.

Me ofrece pasar, me muestra unas bandejas de panes, otras de bizcochos calentitos, y me ofrece lo que quiera probar. Elijo solo una medialuna, le digo que estoy apurado porque no quiero llegar muy tarde la casa de mi mamá.

La señora gordita con gorro chistoso me mira como con cariño, me dice que no me preocupe, que me va a ayudar a llegar.

Me ofrece una caja de leche chocolatada fresquita, y pide que me siente a comer, que coma despacio. Atiende a algunos clientes que me miran comer. Algunos preguntan quien soy con la mirada, la señora del delantal blanco y verde les explica que voy a casa de mi mamá, que ya llamó para ver si le avisan, y me pueden ayudar a llegar a mi casa.

Los clientes saludan y se van, y un coche de colores con luces en el techo para frente a la panadería. Es un patrullero de esos de la tele, y bajan dos policías con uniformes y todo. Un señor pelado y una señora con el pelo recogido en una colita.

La señora policía me invita a pasear en el auto de patrulla, y dice que me ayudarán a llegar a casa. Que puedo terminar de comer en el auto. Agradecen a la señora de la panadería y le piden unas bolsas de plástico.

Vamos al patrullero, la señora policía extiende las bolsas en el asiento de atrás, me pide que me siente encima de ellas. Me explica que el asiento es muy frío y duro y no lo han reparado. No le creo nada, pero es tan amable, que no me dan ganas de discutir.

Me invita a sentarme allí, y me acompaña sentada en la parte de atrás. El policía pelado conduce solo adelante, y llegamos a la comisaría. Me dicen que esperaremos allí hasta que vengan a buscarme. Pregunto si avisaron a mi mamá, me dicen que sí, me piden que espere sentadito, me prestan una tableta con un juego de Super Mario que me gusta mucho.

Hace un rato que estoy ahí, empiezo a aburrirme del juego que siempre me hace perder, y llega la señora policía, me saluda. Me dice: “Betito, ya lo vienen a buscar”.

Atrás de ella, la vieja gritona y la joven aparecen ocupando toda la puerta, la única salida. La policía les pregunta si yo soy yo, la vieja dice que si, que gracias, y la joven también agradece.

“Vamos, papá” dice la joven, mientras la vieja firma algo y agradece. Creo que les pide disculpas por algo también, vaya uno a saber por qué. La vieja es muy loca y hace cosas que nadie entiende.

Me suben a una camioneta que a veces veo estacionada afuera de la casa donde me tienen secuestrado.

Al final no fue un nuevo amanecer. Fue solo amanecer, de nuevo.

Pero esta noche, de nuevo voy a hacer como que estoy dormido, y mañana sí será un nuevo amanecer, cuando me vaya a la casa de mi mamá.

Texto para convocatoria sitio de Grupo de escritura creativa Cuatro Hojas

Saga de cuento “Roberto se pierde”, de mi libro “Cosas de Solos. Relatos breves de ahora, de antes y de después” (2024)

LUCINDA QUART

SONATA DE INVIERNO

Practicaba el manejo de la luz.

Era tarde y el taller estaba silencioso, agradablemente vacío. Mezclé con cuidado azurita y negro marfil para insinuar un conato de tormenta sobre las montañas, pero el efecto seguía siendo tosco, burdo, extrañamente artificial: de un azul insatisfactorio.

Entonces yo era joven y estúpido. Me dije que era culpa de la arcilla que se secaba demasiado rápido; del pincel de zorro por ser inadecuado; de la mezcla a la que alguien debió añadir demasiado aceite de linaza o demasiado poco.

—La luz es escurridiza.— dijo una voz suave a mis espaldas—. Si tus ojos no la ven, tus dedos jamás podrán pintarla.

No le había oído entrar. El Maestro estaba sentado al borde de una mesa, sosteniendo cerca de la boca una damajuana. Dió un largo trago y con dificultad se puso en pie sin soltar la jarra. Olí el vino de Lombardía en su aliento, tan intenso como si fuera colofonia. En los últimos tiempos bebía mucho, pero todos en el taller fingíamos no saberlo porque su pulso seguía siendo firme, y su mirada, certera.

Me tendió la damajuana y yo le ofrecí la paleta. Mezcló bermellón con blanco de plomo. Deslizó el pincel sobre aquel cielo infantil que había pintado yo y la luz cambió, adquiriendo realismo, crudeza, inmediatez. Sentí una corriente de aire atravesar la estancia diáfana; el gélido contacto de las primeras gotas de aquella repentina turbonada; el restallido lejano de un trueno. Y mi corazón quiso buscar refugio en las montañas.

Me devolvió la paleta y yo le devolví la jarra. Sonrió, mirando al lienzo. Y cuando empezó a hablar, lo hizo como acostumbra a hacerlo un hombre solo frente a un espejo: temeroso de que alguien más que su sombra lo escuche o lo atienda o llegue a descubrir en él, la flaqueza que a menudo se confunde con la cobardía.

—La primera vez que fui al sur, lo hice a unas montañas muy parecidas a estas, bajo una tormenta igual, en una noche extraña y turbia. Tendría tu edad, más o menos, y mi Maestro me permitió acompañarlo a cumplir un encargo en los Abruzzos. Entonces yo tampoco sabía pintar cielos, porque mirar, sólo es cuestión de paciencia. Una mala mezcla, un pigmento pobre o una arcilla demasiado seca, bien pueden desbaratar un trazo. Pero una mirada impetuosa y arrogante, joven Aldo, pueden desbaratar una reputación. A pintar puedo enseñarte yo; a mirar debes aprender tú solo.

—¿Cómo aprendiste tú Maestro?¿Fue en aquel viaje? ¿Cuál era el encargo?¿De quién?

Ante lo sombrío de su expresión, temí haberlo ofendido con mi curiosidad, pero solo había despertado en él un recuerdo triste. El mismo, como supe más tarde, que intentaba ahogar en el vino. Los ojos de la eternidad lo miraban desde algún muro callado, en un recinto umbrío, allá en el sur. Los mismos ojos desde los que él había aprendido a mirar lo que pintaba.

—Pintábamos un fresco en la pared de un atrio. A diferencia del lienzo, Aldo, que es agradecido y sosegado, pintar al fresco es exigente y presuroso. El yeso tiende a secarse muy deprisa y has de ser más rápido que el tiempo que parece rodearte, envenenando con su premura lo que pintas. Sólo tienes una oportunidad y es más fácil fracasar, que terminarlo.

Y yo pensé: «igual que en el amor o en la vida». Pero me equivocaba. El amor y la vida son como la luz: escurridizos.

Él hablaba de obsesión. De los fantasmas que habitan el panzudo corazón de los relojes de arena. De las sombras que dibuja el agua en las clepsidras. Del errante y triste recorrido inútil de los péndulos.

Aquello de lo que no puedes desprenderte pero que tampoco te acompaña.

Señaló el lienzo con un gesto abstraído del mentón. Lo miraba sin verlo, o quizá veía otra cosa. Estaba borracho.

—En algún lugar de esas montañas hay una abadía. En la abadía hay un atrio. Y en el atrio hay un fresco.

—¿Y qué hay en el fresco, Maestro?

Me miró también sin verme. Tenía la voz, el corazón, la memoria y el vino en otra parte, lejos. Una distancia que no se medía en leguas, sino en años. Y en vez de ofrecerme una respuesta, me contó una historia.

“Nos recibió la majestuosa copa de un ciprés, tan parecido en su quietud al filo invertido de una cinquedea. Sus hojas lustrosas, casi negras, soportaban sin inmutarse el aguacero y la tormenta que traíamos cosidos a las botas y a las herraduras de los caballos. El bosque tenía una cualidad esponjosa y trémula bajo la lluvia, de arcilla suave y blanda. Los caminos se volvían peligrosos como torrenteras, y agradecimos alcanzar los muros de la abadía porque estábamos exhaustos, hambrientos, casi dormidos.

La madre abadesa nos recibió sin efusividad para instalarnos después y sin apenas pronunciar palabra, en la diminuta hospedería. Era un alojamiento modesto y sin embargo, encantador. Un puchero con sopa borboteaba al fuego y habían dispuesto con pulcritud una mesa con queso, higos, dos escudillas y una jarra de agua. De las vigas del techo colgaba un ramillete de salvia seca que atenuaba el olor a humedad y los jergones estaban limpios, frescos, inmaculadamente blancos. No había vino. Eso, joven Aldo, llegó después. Con la culpa”.

Hacía rato que yo había ido a rellenarle la damajuana. Ahora hablaba con parsimonia sentado en una silla baja, jugueteando con el asa de cobre de la palmatoria que alumbraba la mesa. A veces, pasaba la mano abierta sobre la llama y la dejaba allí, desafiando al fuego y a su propia resistencia. Yo ocupaba una banqueta incómoda y escuchaba, olvidando cambiar de posición para que no se me durmieran las piernas. Me costaba imaginarlo joven, inexperto, quizá incauto. Me costaba imaginarlo bebiendo agua o comiendo higos o sin aquella frondosa barba blanca. Pero si antes de esa noche yo lo admiraba, a partir de esa noche, le tomé afecto. Un hombre está hecho de la luz que lo hace brillar, pero aún en mayor medida, de las sombras tenebrosas que esa luz revela. Somos los secretos que guardamos: por honor, por amor o por vergüenza, a sabiendas de que la auténtica sabiduría le pertenece al hombre que no tiene secreto alguno que guardar.

“Era imprescindible trabajar aprovechando al máximo la luz del día. Nos levantábamos con el tañido de bronce de la campana tocando a maitines. Con cada nuevo amanecer, la misma bandada de palomas torcaces surcaba el exiguo patio que eran los dominios callados del ciprés, alborotando sobresaltadas por el clamor que descendía desde el campanario. Recuerdo el frío que los mitones de lana no aliviaban, la textura irregular de la piedra y de los muros. El silencio que seguía a la campana, tan perfecto. La sombra del ciprés que parecía señalarnos y cuyo movimiento nos marcaba los tempos, como un reloj de sol o la hoja amenazante de una espada. Preparar el intonaco requería vigor y constancia. Remover la cal y la arena en un barreño hasta lograr un yeso fino, uniforme, suave y dócil de extender como la miel o la manteca. Cubrir con cuidado la pared desnuda, usando los riñones y la espátula para que el grosor fuera idéntico, cuidando de que en el proceso, el intonaco no endureciera, cosa que a menudo, pasaba. Entonces añadías agua y volvías a empezar, con las rodillas contra el suelo y el frío de la piedra metido hasta el tuétano.

En aquella época usábamos clara de huevo en vez de aceites para mezclar los pigmentos. En el yeso se adhería mejor y evitaba que los colores se diluyeran. La madre abadesa era la única mujer del convento con la que teníamos contacto. Se deslizaba entre los soportales con sigilo y con prudencia, y se detenía severa ante nuestros progresos, con un mohín de disgusto que consistía en fruncir a la vez el ceño y los labios. No parecía complacida ante los contornos de carboncillo que representaban la aureola y el manto de Santa Cecilia. Me había llevado una jornada entera preparar el negro marfil, y su mirada despectiva la hacía antipática a mis ojos. Pero supongo que también ella, como nosotros, estaba a merced de los caprichos de algún mecenas, y se veía obligada a soportar nuestra presencia y aquel fresco, por más que la incomodaran. A mediodía, solía traernos leche caliente y panecillos. Alimentarnos parecía una caridad ejercida con esfuerzo o un compromiso tan tedioso como una penitencia. La cesta de mimbre, sin embargo, empezó a aparecer sobre el muro sin que supiéramos quién la dejaba.

La misma cesta. En el mismo sitio. Con la misma cantidad de huevos cada nuevo amanecer de cada nuevo día. Como por ensalmo o brujería, al levantarnos, allí estaba. Antes de que alzaran el vuelo las palomas inquietas; o anunciara la campana los maitines; o se dibujara en el atrio la sombra móvil y alargada del ciprés, ya estaba la cesta colocada con cuidado sobre la misma losa del muro, frente a la pared de nuestro fresco. Más nunca vi a la madre abadesa mirarla, tocarla, referirse a ella o intentar llevársela. Y no fue hasta el tercer día, cuando mezclaba la clara del último huevo con el polvo de lapislázuli, que reparé en lo que había debajo del puñado de paja seca sobre el que colocaban los huevos”.

Se quedó callado.

Yo me removí en la banqueta. Pensé que quizá se había acabado la historia o se había acabado el vino. La vela tembló, agitada por un largo suspiro. Temí que la noche no fuera lo bastante joven ni las sombras lo bastante densas como para permitirle continuar. Que el vino hubiera ahuyentado a los fantasmas o que se hubiera quedado dormido.

—¿Maestro?

Entonces continuó. Despacio y con un ligero palpitar en las manos. Como un hombre que regresa de un abismo.

“Una cesta de huevos era el último lugar del mundo dónde alguien habría esperado encontrar un pañuelo de batista. Y un pañuelo de batista, era el último lugar del mundo dónde yo habría esperado encontrar un dibujo.

Una mano anónima había recreado con asombrosa habilidad y perspectiva el atrio, los soportales, el ciprés y el campanario. Una figura furtiva parecía asomarse desde lo alto y contemplaba algo que yacía abajo, sobre las baldosas: el cuerpo diminuto de una mujer muerta, como si la sombra del ciprés la hubiera atravesado.

La misma mano, en los mismos tonos ocres de la arcilla de Siena, había escrito algo sobre la copa del árbol:

¿Quién mató a la novicia?

Sólo que no lo habían escrito con arcilla de Siena, sino con auténtico óxido ferroso: lo habían escrito con sangre”.

Mi estupor se mezcló con su silencio como colores sólidos en una paleta. Las primeras luces del amanecer se deslizaron insidiosas entre las sombras brunas del taller, rompiendo el hechizo y asustando a las palabras, que se refugiaron otra vez en su garganta y en su cansado corazón.

Mi Maestro me dio la espalda y caminó hacia la puerta del taller tambaleándose ligeramente, cabizbajo y taciturno, como un hombre que vagara sin rumbo ni propósito hacia ninguna parte. Quedó sobre la mesa la damajuana vacía y sobre el caballete, el cuadro inacabado que insinuaba una tormenta. Entendí que hoy ya era mañana y que la noche ya no nos protegía. Entendí que mirar es sólo cuestión de paciencia…

Y que para conocer el final de la historia, debía aprender a esperar

L’IDIOT

Un nuevo amanecer.

(El collar de perlas negras) Continuación

—Muy bien, Verónica. Entonces explícame qué demonios quiere de mí esta cosa.

La mujer sonrió, esta vez sin amabilidad.

—Eso —susurró ella— es lo que todos los mundos están intentando averiguar.

Y antes de que pudiera replicar, la perla volvió a latir… más fuerte, más viva. Como si acabara de despertar.

Contemplé mi mano con horror y rabia. Allí reposaba ella, tibia, palpitante, latiendo con la cadencia exacta de un corazón vivo. Cada pulsación me atravesaba los nervios, como si conociera mi miedo y se alimentara de él. El sudor corría por mi frente y mis dientes castañeaban, no de frío, sino de ira desesperada.

Dominado por el pánico y la cólera, lancé la perla tan lejos como pude, para arrancar el terror de mi pecho.

—¡No! —gritó Verónica.

No fue un grito cualquiera. Fue un “no” tan vasto y tan feroz que estremeció las entrañas del universo. El tiempo se resquebrajó, el aire vibró como herida abierta, y todo se precipitó en una oscuridad absoluta.

Luego llegaron los sonidos.

Gritos de lamento surgían de ninguna parte y de todas a la vez. Se oía el crujir de huesos rotos, el estallido seco de lo que se quiebra sin remedio. Entre aquel coro de sufrimiento, una risa lenta, profunda, malévola, rebosante de satisfacción, emergió celebrando su triunfo.

En medio de la negrura, Verónica alzó los brazos con determinación serena. De su pecho brotó una luz intensa, viva, que se expandió envolviéndonos a ambos. La oscuridad retrocedió, herida por el resplandor.

Con un solo gesto de su mano, la perla negra obedeció. Regresó atravesando el vacío, describiendo un arco, hasta posarse nuevamente en la palma de mi mano. La recibí temblando, pero ahora sin odio.

La risa se apagó. Los lamentos se disolvieron como ecos cansados.

Entonces comenzó un nuevo amanecer.

La luz fue revelando el entorno poco a poco: un lugar que no era tierra ni cielo, donde no existía horizonte ni suelo firme, sino una vastedad suspendida, bañada por un resplandor suave y cambiante. Allí, entre lo que había sido destruido y lo que aún no nacía, ambos permanecimos en silencio, comprendiendo que en la oscuridad más absoluta puede gestarse un principio.

SILVIA GALLARDO

Anhelo vivir

Menguar la oscuridad

de largas horas

Abrazo la nada

sin esperanza

Nunca despierto

duerme el corazón

El alba llega

Alumbra mi alma

un rayo de sol

Canto de vida

el trinar de las aves

viva la vida!

Encontrar la paz

en un rincónque abraza

Respirar la luz

que acaricia el día

volver a sentir .

SERVANDO CLEMENS

Una buena noche

Despierto en una cama, con ropa limpia. Dejo caer las sandalias y estiro los pies, seguro de que ninguna rata se comerá otro dedo. Anoche cené bien. Antes de dormir, un doctor me dio el medicamento que no podía pagar. Estoy feliz y me arrodillo.

—¿Qué haces? —pregunta mi compañero.

—Rezar por las bendiciones.

—Los vagabundos están locos.

El carcelero golpea los barrotes con la cachiporra y grita que es hora de desayunar.

—Te lo dije —le digo a mi compañero de celda—: somos bendecidos.

YOMALCKRY OSORIO

Parece mentira pero este es el último domingo del 2025, pronto nos acercamos a un nuevo comienzo.

páginas nuevas por escribir, retos por cumplir , deseos por realizar proseguimos en blanco

Hoy llueve como despidiendo los dias que quedan por cerrar una etapa , el dia se cubre de brisas, flores, aves volando de un lado a otro , el cielo emcapotado.

Para muchos fue un tiempo con bastantes acontecimientos unos tristes otros alegres , unos tuvieron que atravesar por dificultades, por enfermedades, partidas inesperadas, nacimientos que alegran la vida y nos roban una gran sonrisa.

Fue sumamente retador , nos enfrentó a circunstancias que no esperaban que estuvieran ahi, se nos apoderó la oscuridad con su incertidumbre , con dudas , con miedos, desesperanzas , hay cosas que jamás serán iguales todo cambia en cuestión de segundos, no existe la certeza , todo es un constante cambio nada permanece igual y las cosas no suceden de la misma manera dos veces, estamos sometidos y obligados a la transformación .

Los recuerdos por todo lo sucedido se vuelven cada más intensos es como si quisieramos a vivir todo lo bueno y que lo malo jamás hubiese sucedido . Quisieramos devolver el tiempo.

Recordamos a los que se fueron , y pensamos por un instante que ojála pudieran estar de vuelta, se nos escapa una lágrima de pensar que es algo sumamente imposible , pero aún asi nuestro corazón lo anhela,

Fueron Dias de grandes aprendizajes, renovar la fé, reconstruir una nueva vida, aprovechando al máximo el silencio y la soledad para reflexionar, florecer, resurgir, avanzar , mostrar toda nuestra Iridiscencia, nuestra Àurea, Fortaleza, valentia y coraje.

Por más que azoten mil tormentas, el sol se oculte , y las estrellas dejen de brillar. Levantarse y observar el sol asomarse por la ventana es de las mejores experiencias de la vida, agradecer por el dia.

Y pase lo que pase.

Siempre habrá Un Nuevo Amanecer « de eso estoy segura.

Feliz 2026 para todos los que integran esta gran comunidad , mis mejores deseos de bienestar y sobre todo mucha salud, es lo realmente más importante en la vida.

BLANCA CERRUTI

UN NUEVO AMANECER

La ruptura fue difícil, pero la certeza de que quedarme habría sido una forma de perderme a mí mismo me decidió a partir lejos, aunque sabía que era como un salto al vacío.

No fue solo dejar mi país. Fue quedarme sin el lugar donde mi vida tenía sentido. Todo lo demás vino después, como un eco más débil: una casa sin memoria que no me decía nada. Unas calles que no reconocía. Unas palabras desconocidas sin sentido para mí.

Aprendí a moverme sin llamar la atención. A no decir quién había sido. Había días en los que todo iba bien y, aun así, me sentía como un espectador de mi propia vida.

Levantarme cada mañana era lo más dificil. La luz que entraba por la ventana iluminaba un cuarto sin recuerdos, sin embargo, no quería aprender otra forma de estar en el mundo.

Durante mucho tiempo me conformé con aceptar mi nueva existencia, porque vida, lo que se dice vida, no era, sin caer en la cuenta de que eso era rendirme. Era admitir que un amor roto no dejaba sitio a un nuevo amor.

Pero una mañana, la luz que entraba por mi ventana me pareció distinta, me hizo sentir que seguía siendo yo y la acogí como el anuncio de un nuevo amanecer, que no eliminaba mi dolorosa experiencia, pero la relegaba a un pasado que me permitiría seguir adelante.

y volví a sentir que valía la pena vivir.

Blanca Cerruti

JUAN C VALTIERRA

Un nuevo amanecer **

El maíz que no se rinde*

Mañana es viernes, después viernes otra vez.

Por Juan C Valtierra

Don Ausencio dice que el maíz de colores ya no existe.

Tiene razón. Casi toda la razón.

Pero yo lo vi ayer, creciendo solo en la milpa de la viuda Remedios, agarrado a la tierra seca con raíces que parecían manos de ahogado.

—Ya no resiste —dice don Ausencio—. Se cae con cualquier aire.

Y se cae.

Pero el sabor no se cae.

—–

El maíz criollo de San Isidro del Olvido tiene todos los colores: rojo como sangre caliente, morado como cielo antes de tormenta que no llega, amarillo como sol en ojos de muerto.

Mi abuela decía que cada color guardaba el nombre de alguien que ya no estaba.

Ahora casi todos se fueron.

La primera vez que lo probé tenía seis años y el abuelo acababa de morirse. Mi tía Elodia hizo tamales con su último costal. No me dijo nada. Solo me miró con esos ojos que ya sabían.

Ese tamal sabía a despedida. A la voz del abuelo que pronto no voy a poder recordar cómo sonaba.

Los tamales del mercado están mudos.

—–

Con ese maíz se hacían:

Tamales de boda. Pero ya no hay bodas.

Atole de difuntos que te dejaba verlos con claridad. Pero ahora hay tantos muertos que si los viéramos a todos nos volveríamos locos.

Gorditas de domingo. Pero los domingos ya no son distintos.

Pozole cuyo olor llegaba hasta Estados Unidos. Dicen que los que se fueron ya no lo sueñan.

—–

La viuda Remedios tiene ochenta y tantos años. Cada marzo siembra el maíz como quien entierra a alguien.

—¿Y si ya no sale?

—Ya salió. Lleva saliendo desde antes de que yo naciera.

Sale torcido, quemado. Tres o cuatro mazorcas. A veces cinco si Dios se acuerda.

Hace esquites en un cazo que heredó de su abuela. Ese cazo ha visto más muertes que el camposanto. Cuando le pone el maíz, el cazo canta. Como el sonido que hace el corazón cuando ya sabe que se va a acabar.

Ya nadie viene a comprarle. El sabor duele. Te recuerda todo. Y la gente no quiere recordar.

Pero ella los sigue haciendo.

—–

Don Ausencio murió en octubre y siguió apareciendo en su milpa. La gente lo veía de lejos. Cuando te acercabas no había nadie. Solo olor a tierra seca.

Nadie fue a su entierro. Ya no quedaba casi nadie.

Su hijo vino de Guadalajara con traje oscuro.

—Este pueblo se está muriendo.

Y tenía razón.

La viuda Remedios no contestó. Al día siguiente estaba en la parcela de don Ausencio, limpiando. Don Ausencio estaba ahí también. Los muertos siempre están cuando haces algo que importa.

—Esto no se acaba —le dijo al aire.

El aire levantó polvo. Ella siguió limpiando.

—–

Pasaron tres años sin lluvia. Las milpas se volvieron polvo. El hijo puso un letrero: “Se vende”.

Nadie compra terrenos en pueblos que se están muriendo.

Entonces una madrugada la viuda Remedios tocó mi puerta.

No dijo nada. Solo me miró.

Fuimos a la milpa.

Abrió un costal que olía a tiempo guardado. El maíz brillaba en la oscuridad como si fuera lo único vivo.

—Esto es lo que sembró mi esposo el último año. Lo guardé para cuando ya no quedara nada más.

—¿Por qué hoy?

—Porque ya no queda nada más.

Empezó a sembrar en la tierra de don Ausencio. Hizo surcos profundos como tumbas. Metió los granos uno por uno. Lloraba.

Cuando el sol salió, los surcos ya estaban llenos.

—Ahora riéguelos.

—¿Con qué? No hay agua.

—Con lo que tenga.

Regué con lágrimas. Con saliva seca. Con sudor de viejo. Con lo que uno riega cuando sabe que tal vez no va a servir pero lo hace igual.

—–

El hijo volvió dos semanas después. Ya no estaba furioso. Estaba cansado.

—No va a salir nada.

—Probablemente no.

—¿Entonces para qué?

—Porque si no lo siembro yo, no lo siembra nadie.

El hijo se quitó el saco. Se arrodilló en la tierra.

—Enséñeme.

Y ella le enseñó.

El sobrino de don Ausencio volvió de Tijuana. Lo habían deportado. Cuando vio los surcos, lloró.

La comadre Eulalia vendió su televisor. Sembró un surco frente a su casa vacía.

El maestro cerró la escuela. Ya no había niños. Sembró donde antes jugaban.

Y llovió.

No mucho. Apenas. Pero llovió.

—–

Cuando llegó la cosecha había veinte mazorcas entre todos.

Veinte.

La viuda Remedios hizo tamales con toda la cosecha. Toda la noche, sola en su cocina oscura.

Éramos seis los que quedábamos. Los seis comimos.

Nadie habló.

El sabor era el sabor. Ese que tal vez se acabe cuando nos acabemos nosotros. Pero ese día todavía existía.

Y eso.

—–

El hijo de don Ausencio vive ahora en la casa de su padre. Siembra lo que su padre sembró. Dice que a veces siente que alguien lo acompaña. Dice que ya no tiene miedo a los muertos porque los vivos dan más miedo.

La comadre Eulalia abrió un puesto de esquites pero nadie viene. Ella los hace igual.

El maestro siembra. Eso es todo.

Y la viuda Remedios sigue sembrando cada marzo.

—¿Cuándo vas a descansar?

—Cuando ya no pueda levantarme.

—¿Y si ya no sale?

—Entonces ya no sale. Pero yo lo siembro igual.

—–

Esta mañana salí antes del amanecer.

El pueblo estaba vacío. Casas con puertas abiertas y nadie adentro. La iglesia cayéndose.

Llegué a la milpa que fue de don Ausencio.

El maíz estaba ahí. Torcido, quemado, flaco. Pero vivo.

Se mecía con el viento. Se caía. Se levantaba.

El sol empezó a salir. Rojo, morado, amarillo. Los mismos colores del maíz. Los mismos colores de todo lo que se está acabando pero que todavía no se acaba del todo.

Vi a la viuda Remedios en su puerta.

—Qué bonito amanecer, doña Remedios.

—Todos los amaneceres son bonitos. Aunque ya casi no quede nadie que los vea.

Pero ese amanecer me estaba viendo a mí. Me estaba diciendo que todavía no, que mientras quedara uno solo que sembrara, todavía no se acababa todo.

—–

Ayer la viuda Remedios no salió de su casa.

Toqué su puerta. No contestó.

La encontré en su cocina, sentada frente al metate. Tenía un grano de maíz en la mano. Rojo. Lo miraba como quien mira una fotografía vieja.

—Doña Remedios.

Me miró. Sonrió.

—Ya es hora —dijo.

—¿Hora de qué?

—De descansar.

Me dio el grano.

—Este es el último. Siémbrelo en marzo. Aunque yo ya no esté.

—No diga eso.

—Es cierto. Pero no importa. Usted lo siembra. Y le enseña a otro. Y ese otro a otro. Hasta que ya no quede nadie o hasta que el mundo se acuerde de que esto importa.

Cerró los ojos.

—¿Sabe a qué sabe ese maíz?

—A todo —le dije.

—No. Sabe a que todavía hay quien se acuerda. Eso es lo que sabe.

Se quedó dormida ahí, con el sol entrando por la ventana, iluminándole la cara como si fuera una niña.

Nunca despertó.

—–

*En San Isidro del Olvido, que está desapareciendo del mapa, cada mañana todavía es un amanecer.*

*Somos cinco ahora.*

*Pronto seremos cuatro.*

*Pero mientras quede uno, uno solo que siembre ese maíz que se cae con el viento pero que sabe como nada en este mundo, habrá nuevo amanecer.*

*Ayer sembré el grano que me dio la viuda Remedios.*

*Lo sembré en su parcela, junto a su casa vacía.*

*No sé si va a salir.*

*Pero lo sembré.*

*Porque el sabor es todo.*

*Y lo que sabe a verdad no se olvida.*

*No se cae del todo.*

*No se rinde hasta el final.*

*Aunque el final esté cerca.*

*Seguimos sembrando.*

YOLANDA PINA REY

Un Nuevo Amanecer

En este mes, el último del año, nos paramos por un momento para reflexionar y hacer balance de lo vivido. Retenemos aquellos recuerdos que se han convertido en nuestras reliquias, son nuestro tesoro particular.

Recordamos cada punto y cada coma como si hubieran ocurrido en este mismo momento. A veces, incluso, sentimos ese último abrazo que nos erizó la piel. Retenemos esas lágrimas de emoción que nos encogen el corazón.

​En este Diciembre hermoso, pero cargado de cierta melancolía, dejamos el agua correr, que limpie, que cure, que sane, para que lo que no sirve se vaya y no vuelva más. Ha llegado el momento de repasar las lecciones aprendidas y de cerrar la puerta de las dudas, de las inseguridades y los miedos que nos impiden avanzar.

​Es tiempo de ser valientes, de atravesar el miedo, de impulsar nuestros sueños y culminar los nuevos proyectos.

Llegó la hora de apagar la luz a este año que se acaba con la seguridad de que mañana volverá a salir el sol con más brillo que antes.

​Ya tenemos aquí ese nuevo amanecer que nos mira de frente y nos hace reír, sentimos su fuerza y comprendemos que el nuevo día que llega comienza con el motor más grande que nos puede impulsar: se llama Esperanza.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Hoy empieza otro año en mi vida, el fin de año ya no quize pensar que haré ahora, porque muchas veces reflexioné sobre lo que haría en el año siguiente, y no recuerdo haber cambiado muchas cosas de las que quería. Entonces, ahora quiero pensar que este será «un nuevo amanecer» y viviré de la mejor forma posible, me centraré en las posibilidades que tengo para hacer.

Reconozco que mi andar ya no es el mismo, el cabello se ha escarchado cuál si nieve cayera en él, mis pensamientos y actuares son algo más dispersos, pero aún respiro, aún siento, y debo agradecer que tengo a una bella familia a mi lado y grandes amigos.

Y aunque mi vista también ha enflaquecido, aún veo y puedo distinguir aunque con lentes, grandes formas del vivir, veo flores, niños jugando, atardeceres, personas que van y vienen en este devenir sin fin. Escucho aún al despertar el trinar de los pájaros, el susurro del viento, algunas tardes veo y escucho la lluvia al caer por las ventanas.

Respiro sí, y hoy sólo me queda decir por esto y más, gracias por un nuevo amanecer más.

SILVIA R.G.

SIN BUSCARLO

Estimado amigo:

Te diré…Así fué aquel extraño amanecer. Todo comenzó así.

Yo estaba en mi habitación. La persiana estaba bajada

Todo apagado; y yo dormía.

Sentí un sonido rítmico de golpes, como una percusión metálica casi musical, que me hizo

despertar (o éso creí) de un profundo sueño, como si hubiese viajado hasta muy lejos.

Mientras me esforzaba por abrir los ojos me pareció recordar un lugar donde todo era negro, de absoluta oscuridad. Y yo sentía la sensación de flotar, sin peso alguno en mi cuerpo, aunque sí sintiendo cierta gravedad; como si esa inmensa masa negra me sostuviese envolviéndome agradablemente por entero; como si fuese un inmenso saco de dormir

Y allí estaba yo de nuevo, sin decidirme a despertar. Recordé también, o quizás fué que volví a introducirme en mi mismo sueño, estar inmerso de golpe en el interior de una cocina, de pie y rodeado de mucha comida .Mucha. Y yo debía hacer algo con ella, pero no sabía si se trataba de comerla o de cocinarla; porque, sí, yo sabía que era comida, pero no lograba discriminar de qué se trataba, ya que, cuando la miraba, una neblina blanca la cubría. Y comencé a inquietarme.

¿Qué debo hacer yo con todo ésto?, me preguntaba ¿De quién y para quién es tanta comida?¿Nadie va a ayudarme?, exclamé.

Y fué entonces cuando oí otra vez aquel rítmico tintineo que, creí, me había despertado.

Pero comprendí justo en ese momento preciso que todavía estaba, de pleno, dentro de mi sueño; que no era un simple recuerdo.

Y volví a sentirme protegido entre aquella gaseosa y envolvente masa negra

Alguien estaba removiendo un gran cucharón de madera en

un recipiente metálico.

Y era ése el ruido por el que creí haberme despertado.

«Yo. Yo voy a ayudarte»

me dijo esa persona que removía algo con un cucharón. Su voz me resultaba extrañamente familiar y muy cálida, balsámica; pero no sabía ubicar a quien pertenecía

y yo no podía ver su rostro, solamente veía sus manos y el recipiente. Todo lo demás era oscuro. Y comencé de nuevo a flotar, yendo hacia arriba y más arriba aún, en aquella especie de saco de dormir gaseoso y densamente confortable.

Entonces vi una mesa muy larga llena de platos de comida y frente a cada plato un comensal. Poco

a poco fui divisando sus caras; pero cuando creía reconocer alguna, de repente se transformaba en otra. Y entre tantas, una de ellas era Paula, mi más reciente ex-novia. Me miraba muy sonriente diciéndome «ven, Ernest, siéntate a mi lado», como si yo acaso me llamase Ernest. ¿Por qué me tratas así, Paula? ¿ Por quién me confundes? , quería yo decirle. Pero de repente ya no era ella, ya no era Paula, sinó que era Elena, la vecina del primero segunda con quien había mantenido un encuentro algo tenso el día anterior al respecto de un ruido insistente, a ratos, que le resultaba, me comunicó, molesto (Tila, mi perra, a veces juega a tirar un hueso, una y otra vez, desde el sofá); y se dirigía insistentemente a mí, Elena, para que me sentase a su lado, en la única silla vacia que rodeaba aquella larguísima mesa. «Ven, siéntate aquí a mi lado, Ernest, te estaba esperando» repetía y volvía a repetir. Y no sé cómo ni porqué sí que acabé sentado allí, al lado de mi vecina Elena, quien, en un par de segundos, dejó de serlo para pasar a ser un hombre muy barbudo, calvo y de voluminosa constitución; quien, con su robusto brazo, sujetando mi hombro me apretujó hacia él mientras soltaba una carcajada. «¿Te querías escapar de comer las uvas con tus amigos?», me dijo, aunque no se trataba de ningún amigo, sinó de alguien a quien yo nunca había visto. Entonces ví que en cada uno de todos aquellos platos había doce granos de uva. Y frente a mí, colgado en la pared un gigantesco reloj de cuco, de cuya puerta, que justo entonces se abrió, un pajarraco ( era de gran tamaño y de extrañísimo aspecto) abrió el pico como si fuese a cantar el tradicional «cu-cú», pero en lugar de ese característico piar soltó como una especie de ladrido. Y los comensales se ponían en sus bocas un grano de uva cada vez que el pajarraco emitía ese extraño sonido.Y los granos de uva cada vez eran más grandes, apenas cabían ya

en la boca. Me sentía muy extraño, no deseaba estar allí.

Yo había decidido no celebrar de ninguna manera festiva el fin de año, dejando pasar aquella noche como si fuese cualquier otra. Quise quedarme en mi casa, solo, en pijama, disfrutando de mi ritmo natural, mi silencio y mi paz. Únicamente con la compañía de Tila.

Mis padres, que desde hace unos cuantos años tampoco celebran ya esa noche de ninguna manera especial, justo este año recibían en su casa a

unos amigos que les propusieron comer o cenar algún día juntos, y, aunque sin por ello sembrar ningún precedente, pensaron que ¿por qué no la noche de fin de año?. Me invitaron a ir si me apetecía. Pero aunque yo conocía y apreciaba a aquellos tres amigos, no deseaba ninguna otra compañía para aquella noche que no fuese.mi plácida soledad. Entre

mis padres y yo, afortunadamente, nunca hemos sido partidarios de protocolos para «quedar bien»; así que les expliqué los motivos de mi preferencia por quedarme en mi casa y lo entendieron perfectamente. Además, ya íbamos a comer juntos el día de Reyes.

Parece que sea una rareza desear estar solo esa noche; pero ya he aprendido, por fín, a actuar escuchando mi propio sentir y sobreponiendo mis preferencias a las que otros piensen que debería preferir. Un par de amigos me habían invitado a formar parte de sus planes, pero amablemente lo denegué No quería sentirme presionado a mostrarme feliz por iniciar un nuevo año que pudiese colmar mis sueños y propósitos. Cada día amanece y cada día, en cualquier momento todo puede cambiar; y es cada día, y en cualquier momento, cuando hay que agradecer, o llorar de tristeza o de rabia. Y es cada día, o cualquier esporádico día, cuando podemos planificar aspectos de nuestro futuro, o levantarnos si nos hemos caído o pedir ayudas a quienes puedan ayudarnos si para hacerlo solos no nos sentimos con suficientes fuerzas. Y cualquier día o momento puede ser bueno para compartir proyectos que partan de deseos comunes. Y viendo cómo funciona el mundo…,

no va a cambiar así «mágicamente», sólo porqué añadamos un número a la manera de denominar el año y comamos doce uvas o pongamos dinero bajo un un plato de lentejas o…

No. No me apetecía nada celebrar aquella noche, aunque respeto esa ilusión y énfasis que otros le ponen. También, quizás, otro año podría cambiar mi disposición; nunca se sabe.

Y volviendo a mi sueño…, las personas que estaban sentadas alrededor de la mesa se difuminaron y, envuelto de nuevo entre aquella profunda oscuridad, sentí que alguien lamía mi mano, al mismo tiempo que, otra vez, escuché aquel rítmico tintineo que antes casi me había despertado. Pero esta vez sí conseguí abrir mis ojos. ¡Era Tila! Se había acercado a un costado de mi cama. Y lamía mi mano mientras, agitando su cola de un lado a otro, golpeaba el radiador de la calefacción central. Quizás también intentó despertarme ladrando cuando soñaba con el pajarraco de madera que surgía de aquel viejo reloj de cuco.

Aayy…preciosa Tila ? Cuánto rato debes llevar aquí intentando despertarme?

Me levanté, me duché, me vestí, desayuné ..y salí con Tila a la calle. A caminar, ella y yo, por las calles desiertas que parecían también dormidas en un profundo sueño, reordenando los restos de tantos eufóricos deseos que habían quedado suspendidos en el aire, unos, y escondidos en las esquinas de los adoquines, otros.

Me introduje en la zona verde y por mi lado pasó el vehículo de la policía local.

Miré, como de soslayo, al conductor y al ver su cara recordé al hombre que, en mi sueño, estaba sentado a mi lado en aquella larga mesa donde….Tenía su rostro. Seguro que le habré visto muchas veces sin reparar en él, pensé; y por éso apareció en mi sueño; fuera de contexto como en los sueños suele suceder. Atravesé la plaza, entre árboles; y entonces apareciste tú, que no estabas en mi sueño ni, que yo recordase, tampoco en ningún lugar donde hubiese podido verte; pero, en cambio, así que te ví sentí una gran corriente de mútua simpatía, instantáneamente. Tú también ibas con tu perro, también hembra, como mi Tila. Tanto Tila como Nuska ( así me dijiste que se llamaba), se morían de ganas de jugar. Acordamos quitarles la correa y se deleitaron en un inacabable juego común, mientras tú y yo nos deleitábamos mirándolas. Y también, así de claro, ambos haciendo coincidir nuestras miradas. Me sentía como si te conociese de toda la vida, como si también siendo niños hubiésemos compartido juntos nuestros juegos, y lo hubiésemos disfrutado tan intensamente como Nuska y Tila en esos momentos..

Parecía como si pudiésemos adivinar nuestros pensamientos y emociones y todo encajase en algún lugar común, antiguo y. entrañable. Tu mirada me parecía tan profunda y vivaz…aunque al mismo tiempo muy serena. Recibía tu voz como un bálsamo, por su calidez.

El olor que al acercarte desprendías penetraba en mi piel como si siempre hubiese estado presente en mi vida… Y sentía que tú percibías en tí mismo, de mi persona, lo mismo que yo de la tuya.

Hablamos y hablamos y hablamos… Y no se nos ocurrió preguntarnos ni a tí ni a mí por nuestros nombres. no hubo tiempo; porque de repente recibiste una llamada y me comunicaste que debías ir a buscar a tus padres a la estación. Llamaste a Nuska (y yo a Tila) y le.colocaste la correa ( y yo a Tila).. Y la manera en que entonces moviste tus manos…

Mientras comenzabas a alejarte, caminando, me preguntaste, ¿recuerdas?, «¿Vienes por este parque a menudo?», y yo te respondí que sí, que muy a menudo; y te pregunté si tu….» Hace muy poco tiempo que vivo aquí, soy prácticamente un recién llegado», me dijiste,

«pero seguro que traeré por aquí a Neska tan a menudo como pueda».

«Entonces volveremos a vernos pronto», te respondí; y en tu mirada surgían chispas luminosas, lo ví, como, supongo, debían surgir también de la mía.

No sé si algún día llegaré

a enseñarte esta especie de carta. Según cómo evolucione nuestra relación. Lo que sí puedo asegurarte es que tu encuentro ha significado para mí un inesperado nuevo amanecer.

LUISA VALERO

RECUERDOS

Nunca pensé en que recordar no dolería. Me parecía como si el amanecer nunca pudiera llegar y yo había quedado secuestrado en una oscura pesadumbre… Una vez leí de nuestro escritor peruano Julio Ramón Ribeyro lo siguiente:

«Podemos memorizar muchas cosas, imágenes, melodías, nociones, argumentaciones o poemas, pero hay dos cosas que no podemos memorizar: el dolor y el placer. Podemos a lo más tener el recuerdo de esas sensaciones pero no las sensaciones del recuerdo.

Si nos fuera posible revivir el placer que nos procuró una mujer o el dolor que nos causó una enfermedad, nuestra vida se volvería imposible. En el primer caso se convertiría en una repetición, en el segundo en una tortura.

Como somos imperfectos nuestra memoria es imperfecta y sólo nos restituye aquello que no puede destruirnos».

Miro, a través de la ventana, unos sorprendentes y bienvenidos rayos de sol de media mañana de domingo y me trasladan a un periodo de hace veinte años atrás; mi boca se tuerce hacia arriba, suspiro, y unas lágrimas de gratitud me asaltan por lo vivido en el pasado.

Recuerdo que aunque era invierno, a Claudia se le antojó sacarse sus zapatillas y meter los pies en el mar, ya que estaba muy ilusionada por no haberlo disfrutado en más de trece años. La acompañé, sin pensarlo, y le di la mano para que no se fuera a resbalar o desestabilizarse con las piedras grandes, pero yo confiado no me saqué las mías. De repente vino una intempestiva y traicionera ola y nos mojó a los dos; Claudia reía sin parar como si tuviera cosquillas y los dos atesoramos ese recuerdo para toda la vida. Yo estuve constipado dos días y ahí sí entendí a mi abuelita cuando me decía: “por los pies entran los resfriados”…

Pasaron cuatro lunas llenas (así contaba ella el tiempo) disfrutando de un amor real y apasionado, pero un día en el que ella no había podido dormir y empezó a adelantarse al futuro, me dijo que teníamos que terminar nuestra relación por nuestra diferencia de edad y que ella ya no me podía dar hijos y yo me merecía formar una familia. Lo sentí como si me hubieran echado un jarro de agua fría y empecé a rebatirle, como político de la oposición, porque no me parecía su proceder ni lo que ella me contestaba sin parar de llorar. Me decía que “cuando se ama de verdad hay que hacer sacrificios…”.

Desde ese día desapareció completamente, como si el mar se la hubiera tragado. Una amiga en común me contó que viajó a otro país y que con el tiempo rehizo su vida con un hombre de mediana edad como ella.

De repente, las palabras de mi hijo Gonzalo me hicieron aterrizar en el presente:

—Papi, papi, ¿en qué estabas pensando? —Se me echó encima para que lo cargara en brazos.

—En la playa y el bonito amanecer de hoy —le dije mientras nos mirábamos con complicidad.

—¡Quiero ir a la playa! —refunfuñó—, es domingo y paramos aburridos desde que nació la bebé, ya apenas salimos.

—Hijo, es que es invierno y tu hermanita solo tiene 2 meses. Bueno, iremos tú y yo solos, si me prometes que no te acercarás mucho a la orilla. Y podemos tirar piedras al mar y volar una cometa.

— ¡Genial, se lo diré a mami! —Se bajó dispuesto a ir a la habitación de al lado.

—Comprueba primero que Laurita no está dormida, ¿ok? Y mami te va a decir que te abrigues y que por nada del mundo dejemos que se te mojen los pies…

Sonreí contagiado por la alegría de mi hijo, y sentí que la fractura de corazón, que tuve una vez, había cicatrizado del todo; en este amanecer y gracias al paso del tiempo pude comprenderlo todo…

REBECA FS

Un nuevo amanecer

Esto no se trata de una nueva película de Crepúsculo. Ni de quitar o poner la alarma antes o después de vacaciones. Ni siquiera es dar la vuelta al atardecer, para que creas en tu imaginación que está inversamente amaneciendo.

Esta vez se trata de ti.

Ahora que ha comenzado un nuevo día, quisiera que tomemos caminos conjuntos y separados, que se entrelazan como un laberinto donde la meta es la unión de formar un equipo.

Es muy sencillo, mira, mira…respira, y suelta. Pero no más de tres veces si no quieres pillarte un colocón de oxígeno.

¿Ya lo estás viendo?

Es la belleza de la luz que sientes dentro. Ahora mismo comienza un nuevo amanecer.

ANGY DEL TORO

TU REGALO

Llegó como si supiera que no era necesario anunciarse.

Apenas nos cruzamos, fue solo un roce, cada cual a su ritmo.

Ocurría porque había movimiento.

Deslumbrante, sin promesas ni saltos.

Lo antes vivido ya no pesaba:

era sedimento,

algo que sostenía la luz del momento.

La memoria se abría al espacio,

cual si Aladino, lámpara en mano, la aurora iluminara.

Y el viento, al alba susurrara

como si de un jardín de ensueño despertara.

Era Año Nuevo.

El 2026 que al abrazarme me cantaba: estoy aquí contigo, soy tu regalo.

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