A por uvas – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «a por uvas». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 1 de enero!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMILIA CREGO

ENTRE LA TIERRA Y EL SOL

En aquellos años en los que el tiempo compartido estaba lleno de juegos y aventuras. Sobre el pórtico de una casa ubicada en un terreno donde el arado corta la tierra, un parral adornaba la entrada. Las uvas caían en racimos y sobre una guía de hojas se iba dibujando el fruto.

Sentí la necesidad de plasmar sobre un lienzo tan bella estampa. Unas nubes grises llegaban desde el norte; el sol fue apagándose como una vela con un hilo de luz incandescente. Sobre aquella parra y entre los maderos, el color verde resaltaba con intensidad y, entre la tierra arada y el cielo gris, los brazos permanecen robustos.

Entre la tierra y el sol nació la dulzura de este fruto, que llenaba mis labios. El deseo de caer en la tentación fue en varios intentos donde degusté el sabor dulce y ligeramente ácido. Coronada por aquellas uvas, me acomodé varios días; mis brazos subían como ramas delgadas y, con las manos llenas de aire, extraía aquel fruto.

A por uvas iba y venía; en aquella porción de tierra me sentí bendecida. Entre bastidores se bordan los recuerdos; las hojas con tonos brillantes en lentejuelas de colores, las uvas caen de una guirnalda de colores con una textura ligera en un trozo de raso blanco. Sobre este lienzo borde mis recuerdos: Una guía adornada de bellas hojas y uvas; el colorido y la sencillez armonizan tiempos pasados. En espera de llenar los días con los sueños de los que fuimos niños y seguir añorando con el aroma de esta tierra.

ANTONICUS EFE

—Venga, va, ponte a escribir ya—

—Hoy no voy a escribir, no tengo ganas—

—¿Y por qué no tienes ganas?

—Por que no quiero—

—¿Y por qué no quieres?—

—Por que no me da la gana—

—Pues vaya escritor estás hecho, dejar colgado a tus lectores…—

—Sobrevivirán, no te preocupes—

—¿Y tus lectoras?—

—Que jueguen a la comba que relaja mucho—

—No seas grosero—

—Ni tú un pesao

—Por si no lo sabes hoy es sábado, y tú los sábados escribes y yo te leo—

—Por si tu no lo sabes, hoy estoy a otra cosa y tú eres un brasa, un turra, un pelma—

—Luego te quejas de que no te votan—

—A estas “elecciones” no me presento—

—No es tu decisión, ale, ponte a escribir y deja el careto ese de Grinch un rato—

…,

—¡Ustedes dos, déjense de cháchara y llenen las espuertas, que esto es la vendimia y no el bar de Paco, a cortar uvas se ha dicho!—

DAVID MERLÁN

DISCROMATOPSIA

Durante varios días, Esteban hizo exactamente lo que le había pedido el hombre del abrigo gris.

Exactamente eso. Nada.

No volvió a la estación de Whirl. A la estación «vértigo» a tenor del torbellino de acontecimientos acaecidos esas últimas semanas. No llamó a nadie. No indagó en la busqueda de Clara, ni de nombres, ni archivos, ni coincidencias absurdas en internet. El shock era persistente y bastante tuvo con limitarse a existir, que era justo lo que esperaban de él. Una retirada limpia, silenciosa. Sin crear problemas.

Pero en realidad sí había un problema y Esteban no estaba tranquilo. Casi una semana después de su última visita al andén, comenzó a notar cambios raros en la vista, más concretamente en los colores. Al principio loa cambios eran pequeños, pero eran lo suficientemente molestos como para alterar su rutina.

Una mañana, al prepararse café, notó que el rojo del interruptor parecía apagado, como sucio. Pensó que era la luz. Al día siguiente fue el azul del cielo, excesivamente pálido, casi gris. Luego el verde de un semáforo que tardó un segundo de más en identificar.

«Será cansancio o estrés» pensó.

Pero no lo era.

Un par de días después, en la consulta del oftalmólogo, la verdad le golpeó con toda la cruda realidad con la que se puede golpear. Tras mostrarle unas láminas llenas de puntos de colores aplicando el Test de Ishihara, el doctor le instó:

—Dígame qué número ve.

Esteban frunció el ceño.

—No veo ningún número, doctor.

El doctor alzó ligeramente las cejas.

—Bien. Hemos terminado. Por favor siéntese ahí —le pidió señalando la silla confidente frente a su mesa de trabajo.

El doctor procedió a teclear en el ordenador su informe mientras Esteban esperaba en silencio, atento y nervioso.

—Me temo que tengo malas noticias. Estamos ante claro caso de discromatopsia adquirida—dijo—. No es frecuente, pero ocurre. El cerebro deja de interpretar correctamente ciertos colores. No es que no estén ahí… es que usted no los reconoce.

—Pero, cómo… cómo es posible. Hasta hace un par de semanas veía perfectamente.

—S, si, por eso le digo que es un claro caso de discromatopsia adquirida. Veo en su historial clínico que no nació con ella.

Esteban sonrió sin humor y tras mirar nervioso unos segundos al doctor preguntó sin mucho convencimiento.

—¿Y tiene cura?

El doctor dudó.

—Depende de la causa. La congénita no, pero la adquirida puede ser causada por infinidad de cosas; una enfermedad, una lesión ocular, ciertos medicamentos o sustancias tóxicas. Veo que tuvo un accidente hace aproximadamente un año. Es posible que le quedará alguna secuela imperceptible y que no se le haya manifestado hasta ahora. No se decirle más. Tendríamos que hacer más pruebas.

****

Esa noche escaneó la fotografía y tras abrirla en el PC, la miró, la escudriñó con una atención nueva, casi obsesiva. Y entonces lo vio.

Está vez no se fijó en Clara, sino en lo que le rodeaba y en fondo.

Detrás del banco, casi invisible, había una franja de color mal definida. Un tono que no cuadraba con el entorno. Algo que antes había pasado por alto porque su cerebro lo había descartado como irrelevante.

Como si estuviera despistado, como estar a por uvas.

Amplió la imagen. Ajustó el contraste y forzó los colores.

Allí estaba. El mismo símbolo. El mismo que en el andén. Las dos líneas oblicuas y la horizontal que las cruzaba.

Siguió agudizando la vista, pero esta vez, debajo, alguien había añadido algo más. Apenas perceptible. Era una variación cromática mínima. Un código.

—No me lo enseñasteis todo —susurró.

Entonces, de ipsofacto, comprendió la trampa. Se recostó sobre el respaldo del sillón y meditó sobre todo aquello. Tenía que poner en orden sus pensamientos:

No habían querido cegarlo del todo. En cierto modo, en el fondo lo consideraban útil, y solo reeducararon su mirada. Le hicieron creer que veía con claridad cuando, en realidad, estaba ignorando lo importante. Hacerle enloquecer hasta conseguir que perdiera la noción de lo que era realidad y ficción. Hasta que su mente le hicies dudar de todo, de si la mujer del andén era o no Clara en realidad, de quién eran «ellos» y lo más inquietante, de quién había sido él durante este último año.

Una cosa era evidente a la vista de aquello. Clara no había muerto, pero pareciese como que tampoco hubiera sobrevivido del todo. Es como si la hubiesen reeducado. La habían desplazado para tenerla bajo su control. Eso encajaba con lo que le había contado el hombre del abrigo gris.

Personas como Clara no desaparecen: se vuelven invisibles para quienes ya no saben mirar y más si una mano negra maneja los hilos por detras.

En este caso, los hilos tenían forma de conspiración, de control, de sumisión a las órdenes de alguien que la quería bajo su control por lo valioso que era su cerebro. Por sus habilidades, y mientras, al pobre Esteban, le disfrazaron la realidad bajo una falsa limitación visual, inducida sin duda. Sometido a buen seguro bajo programas de observación donde los datos no están en lo que se dice, sino en lo que no se percibe. Donde el color es información y la ausencia, una advertencia.

Sin duda había sido útil porque estuvo distraído. Porque se había centrado en el duelo, el dolor y el recuerdo de su esposa.

Mientras seguía recostado mirando al techo, el teléfono sonó estridente.

Número oculto. Decidió contestar pero quedarse mudo. Sin decir ni «holas» ni «digas».

—Sabía que tardarías —dijo una voz femenina, distinta, pero peligrosamente cercana—. La discromatopsia siempre llega antes que las respuestas.

Esteban cerró los ojos.

—¿Dónde estás, Clara?

Silencio.

—Digamos que ya lo sabes… donde tú ya no miras, Esteban.

<<Clik>>

La llamada se cortó. Esteban entendió, por fin, el verdadero error:

Creyó que había sido echarla de menos desde su cegara ignorante, e incluso creer en fantasmas, cuando en realidad su error había sido sin duda, mirar al sitio equivocado con los ojos equivocados.

****

Dos semanas más tarde, con las ideas claras y liberado de su hechizo, salía de la óptica con sus gafas especiales. Miro a su alrededor y comprobó que con aquellos nuevos filtros, la realidad ya no se volvería a esconder ante sus ojos.

Tocaba dar el próximo paso. Encontrar a la verdadera Clara, y creía saber por donde comenzar a buscarla

Continuará…

ARMANDO BARCELONA

EL AGUJERITO

«Dí que sí, Mari Puri, que este conjunto de lencería te queda como un guante», piensa ella, Mari Puri, mientras menea el culo ante el espejo y se presiona las tetas hacia arriba para darles un punto más de protagonismo.

«Es ideal, todo transparencias, insinuaciones, promesas, y esta negligé tan vaporosa, que no deja nada a la imaginación… Estás que crujes, Mari Puri, un escándalo sexual. ¡Ay, José Luis, lo que te estás perdiendo! Si es que está lelo, míralo, ahí, en su mundo, como si no existieras, enganchado a los documentales del National Geographic».

―José Luis, cariño, anda, dime cómo me sientan estos trapitos. ¿Tú me ves gorda? A mí el espejo me engaña, no sé, serán cosas mías, pero he ganado algo de cintura, ¿no crees? ¡José Luis, mírame, coño!

«¡Jesús, qué hombre, antes no era así! Cuando empezamos, era como esos dioses hindúes: colorido, sugerente, todo manos, ¡por dios, qué tiempos! Qué quieres, hasta agobiaba un poco, pero lo de ahora».

―Fíjate, escucha, Mari, estos documentales son la hostia, de verdad. Resulta que la mojama se conoce desde el primer milenio antes de Cristo, ¿te lo puedes creer? Los fenicios, dice que dieron con la tecla: atún, sal, y aire puro. Lo que se aprende con estas cosas.

«¡Hay que joderse, mojama, teniendo lo que tiene aquí a la mano!, porque una está ya en la cuarentena adelantada, que el tiempo pasa para todos; sin embargo, todavía tengo para un arreo. Que yo lo diga no es muy propio, lo sé, pero, hija, es la verdad, que me fijo cómo más de uno se da la vuelta cuando paso y ni te cuento las cositas picantes que me insinúan, aunque no te lo creas; sin ir más lejos, Benito, el vecino de enfrente, madurito él, pero macizorro y que tiene su punto; viudo sin compromiso, que yo sepa».

―José Luis, corazón, deja la tele un rato y dime cómo me queda este conjunto de lencería, bobo, que me lo he puesto para ti.

«Tengo que ponerlo en marcha como sea; hace casi un mes que no tenemos un ratico de refocile y una, qué quieres, lo echa de menos. ¡Coño, el timbre, también es mala leche, quién será!»

»José Luis, que llaman, abre tú, que yo no estoy presentable.

―No me jodas, Mari, que estoy en lo más interesante. ¿Sabías que la cecina se conoce desde el neolítico? La de cultura que coge uno con esto-

«Que abra yo, dice el mastuerzo, con estas pintas, que voy como si fuera un taxi, con la banderita de libre, pidiendo alguien que me monte. ¡Leñe, que sí, que ya voy, menuda insistencia, ni que hubiera un incendio! Oye tampoco se ve tanto, ¿no? Y, además, en mi casa estoy, al que no le guste…».

―¡Hombre, Benito! No te lo creerás, pero hace nada estábamos hablando de ti.

«Bueno, la verdad, mi inconsciente te invocaba, porque de un tiempo a esta parte estoy muy introspectiva».

»Tú dirás qué se te ofrece, vecino.

―Pues, mujer, viéndote así, se me ocurren un par de cosas, y si hubiera sabido que recibes a las visitas de esta guisa, me habría pasado antes con cualquier pretexto; pero es que tengo un cuadro para colgar en el salón y venía a ver si José Luis tiene algo con que hacer los agujeros.

―Algo tendrá, pasa y le preguntamos.

«Hubo un tiempo en que sí, pero últimamente… ya me gustaría. A ver si espabila y se desengancha de la tele, porque estoy al borde de hacer una barbaridad y, oye, este Benito, visto así, desde atrás, se gasta un culito prieto que ya quisieran muchos. ¡Ay Mari Puri, pendón, sosiega, que se te están soliviantando los adentros y eso no está bien en una señora comme il faut. Menos mal que no se me lee el pensamiento. ¡Jesús, qué calores!».

―Cariño, ha venido el vecino a que le prestes el coso ese de hacer agujeros, anda, atiéndelo tú, que no es plan que lo haga yo, así, en paños menores y pidiendo guerra; además, voy a terminar cogiendo frío. ¿Me estás oyendo, José Luis?

―¿Eh, cómo? ¡Ah, sí! ¿Sabías que los fenicios inventaron la mojama, Benito? Un pueblo interesante, los fenicios.

«No, si ya te digo yo que mi marido es gilipollas. Mira que me lo advirtió mi madre: No te cases con el pánfilo este, que es más corto que la minga de un virus».

―José Luis, mi amor, que está Benito esperando y se le nota ansioso.

«Serán cosas mías, pero no me quita los ojos del culo, menudo repaso me está dando el jodido. Y me gusta, la verdad, que será cincuentón, pero tiene lo suyo. ¡Ay, Mari Puri, que te pierdes!».

―Que ya, mujer, que ya. Menudas prisas. En el trastero, está en el trastero, o por ahí, coño. ¡Joder con los fenicios, qué máquinas! Buscadla vosotros, que yo estoy enganchado con esto de los fenicios.

«Pero este tío es tonto o se lo hace. ¿Cómo voy a bajar con Benito al trastero, vestida como para un revolcón y con estos ardores que me están entrando?, porque así, de cerca, lo digo como lo siento, el vecino está para mojar pan».

―Mi amor, escucha, deja la tele un rato y baja tú al trastero con Benito, mira cómo voy vestida, no son maneras y el vecino parece que anda urgido con la broca y el agujero; hazme caso, José Luis, por favor te lo pido.

―Pues anda que lo del silicio. ¿Qué me dices del silicio? Este documental es la leche, Mari. Un derivado del silicio es lo que llaman el polvo inteligente y hace maravillas en materia de electrónica y esas cosas. Loco me quedo. Anda, deja de sermonear y dale al vecino lo que quiere, mujer, ¿qué te cuesta?

―¿Estás seguro, José Luis? Mira que en el trastero, no sé yo si será inteligente, pero polvo va a haber seguro.

―Deja de incordiar, cansina.

«No, si ya veo cómo va a terminar esto, pero hija, yo he hecho todo lo que he podido. Mira a Benito, echando chispas por los ojos está. Y tiene pinta de no conformarse con solo un agujero, seguro, ¡¿Ay, señor, qué hago?! Oye, que sea lo que dios quiera».

―Anda, Benito, majo, tira para el trastero, que mi José Luis está a por uvas y tenemos faena. ¿Para cuántos agujeros tienes la broca?

―Los que tú quieras, Mari Puri, los que tú quieras.

En Zaragoza, a 25 de diciembre de 2025

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

REINA DE LO COTIDIANO

Se acabó.

Hoy me he despertado decidida, convencida y empoderada hasta las cejas. Con los ojos bien abiertos y la venda caída sobre el suelo. ¿Pero cómo he podido estar tan ciega?

He recogido los pedazos de mi vida, con paciencia, uno a uno, no sin antes dejar un reguero de lágrimas en mi largo y azaroso camino. Pero juro por Dios que estas serán las últimas. Mis ojos ya no volverán a estar más húmedos si no es de alegría. Con todos los cristales rotos que han quedado desde que mi vida saltó por los aires y un poco de pegamento, de ese que segrega el amor propio y lo repara todo, me he fabricado una corona. Y me he liado la manta. No solo a la cabeza, sino al cuerpo entero. Cálida y acogedora, justo lo que ahora necesito. Blanca y pura, del color del armiño, de la piel de la que se hacen los trajes de las grandes reinas. Porque ahora soy eso, una reina. La reina absoluta de mi vida. Ceremoniosa, he ascendido a mi trono y por fin he podido contemplar cómo se ve el mundo desde aquí arriba, saboreando la libertad, poniéndome en la piel de quienes son libres de yugos y ataduras.

Temblad aquellos que oséis acercaros a mí, con la insana intención de hacerme daño. Malditos los que en otro tiempo habéis arrasado los ahora fértiles campos de mi vida. Porque no tendré compasión. Juanita primera “la impía”, así me conocerán cuando las calles y quienes las recorren se postren ante mí y mi fuerza arrolle todo cuanto se encuentre a mi paso. Porque esa soy yo: el ímpetu, el torbellino, la que domina los elementos desatados, la tierra bajo mis pies, y el fuego que fulguran mis ojos. El agua de los mares desbordados y el aire que ahora levanto en forma de huracanes.

—Pero mamá, ¿ya estás otra vez con tus tonterías? Deja ya el Instagram y tus sueños de influencer, que por mucho que te hagas fotos del culo y los morros, por más que te quieras empoderar, lo más parecido a una reina que vas a ver es la de bastos, cuando juegas a la brisca. Reina ya eres, cuando te lo dice papá, que también te lo dice mucho. Mira que te quiere, ¿eh?

—¿Lo ves, reina? Si hasta los niños se dan cuenta. Anda, anda, pon ya la tortilla y el tinto con gaseosa que me tienes muerto de hambre, reina de mi corazón. Hay que ver cómo cansa la obra. Porque me pillas rendío vivo, si no esta noche te ibas tú a enterar… ¡reina moraaaaa!

—Ay señor… ¡qué cruz más grande! Manolito, no me pises los cristales, haz el favor, que te vas a cortar. Espera que termine la tortilla de patatas y los recoja. Y tú, Mariquilla, dobla la manta de invierno, antes de que alguien se líe con ella. O lo que es peor, se la líe a la cabeza. Nada os extrañe que sea yo, Manolo, nada os extrañe. El día menos pensado. Ya verás tú.

Pedro Antonio López Cruz

SILVIA RAFI GRACIA

CUANDO EL GATO LE MIRÓ

Estábamos mirando por la tele una película, mi pareja y yo. Y como que él, nuestro hijo, aquel día jugaba a distribuir unos minúsculos cochecillos por los diversos recodos del pequeño parquing que, entre cojines, había acomodado sobre el sofá, iba, también, a ratos, inclinando su cabeza y ojos hacia la pantalla, así como quien mira sin querer mirar….

Apareció un gato ocupando un primer plano que pertenecía, si no recuerdo mal, a la protagonista del film (que interpretaba Jamie Lee Curtis) .

Tras verlo dejó descansar los objetos de su juego y dirigió su mirada a la pantalla,, esta vez queriendo mirar, siguiendo los movimientos de aquel gato. Y seguido abandonó ya definitivamente su juego, dejando libres sus manos para centrar totalmente su atención en la pantalla.

Nosotros le íbamos observando al tiempo que nos ïbamos mirando denotando nuestra extrañeza ante tal atención hacia una película que, aunque quizás sus escenas trepidantes pudiesen haber provocado su curiosidad (pensábamos) era de un argumento demasiado complicado para mantener durante tanto rato seguido tal grado de interés que incluso hubiese optado por abandonar su juego.

El film seguía discurriendo ( era concretamente

«Un pez.llamado Wanda )

y él también seguía, incomprensiblemente para nosotros, atento a la pantalla. Y así fué transcurriendo, ante nuestra perplejidad, hasta que llegó el momento en que aparecieron los créditos.

Nos miró muy asombrado preguntándonos «¿Ya no hay más?» «No. Ya se ha acabado» le respondimos con cierta expectación disimulada hacia su reacción..

Y con una mezcla de incredulidad, de enfado y de decepción, exclamó

«¡¡ ¿¿Y el gatito ?? !!»..

Fué entonces cuando comprendimos cuál había sido su motivación por escudriñar la pantalla.

Apretamos ambos los labios reprimiendo una carcajada, sintiendo al mismo tiempo una intensa ternura.

Se había evidenciado que, mientras iba transcurriendo el hilo conductor de la película,

él «estaba a por uvas», concentrado únicamente en la búsqueda de aquel hermoso gatito, esperando paciente su nueva aparición, puesto que, desde su ingenua mirada de niño, parecía haberse perdido y a él, por lo visto, le había robado el corazón.

EFRAÍN DÍAZ

Esta historia se aparta, con cierta desobediencia, de mi formato habitual por dos razones. La primera, porque no encontré manera decorosa de incrustar a mi amado barrio Dos Bocas de Trujillo Alto en el tema de la semana sin forzar la prosa ni traicionar la anécdota. La segunda, porque lo que sigue no es ficción ni invención literaria, sino una anécdota de la vida real, de esas que llegan tan bien armadas que cualquier adorno sobra.

Ya ejercía como abogado cuando el Tribunal Supremo de Puerto Rico tuvo la ocurrencia, que algunos llamaron pedagógica y otros, con menos ingenuidad, llamaron otra cosa, de imponer el Programa de Educación Jurídica Continua. El gremio protestó, como protestan los gremios cuando se les añade una carga envuelta en celofán académico. El Tribunal, muy serio, aseguró que se trataba de una medida estrictamente didáctica, orientada a elevar la calidad de la profesión. Los abogados, por su parte, sostenían que aquello era un favor con nombre y apellido. El argumento era simple: solo una empresa había sido autorizada para impartir los cursos, y dicha empresa pertenecía a un exsocio de uno de los jueces asociados, con quien, antes de ponerse la toga, había compartido oficina. Coincidencias, dirían algunos. Amistades estratégicas, dirían otros.

Sin alternativas reales y con el espectro del desaforo flotando sobre nuestras cabezas, no quedó más remedio que matricularse. Revisé la oferta de cursos con el entusiasmo resignado del que hojea un menú impuesto. Hasta que apareció uno que, de inmediato, me sacó del sopor burocrático. Venía a Puerto Rico el reconocido abogado y catedrático de Derecho Probatorio de la Escuela de Derecho de Tulane, Thomas Mauet. Tres días de seminario, talleres prácticos incluidos. No era barato, pero tratándose de Mauet, la palabra gasto quedaba excluida del vocabulario. Aquello era una inversión intelectual, casi un lujo.

Me matriculé sin pensarlo dos veces. Un seminario con Mauet no era algo que uno se permitiera dudar.

El día señalado, el auditorio estaba lleno a capacidad. Tomé asiento. A la hora exacta, Mauet apareció en escena. Vestía pantalón khaki, camisa blanca, chaqueta azul. Vestimenta sobria, sin afectación, como quien confía más en el contenido que en el envoltorio. Tras el saludo protocolar, comenzó a explicar la estructura del seminario, los temas a discutir y las expectativas. Fue entonces cuando, desde el lado derecho del escenario, apareció una señora que, a paso lento, casi fúnebre, cruzó la tarima hacia el otro extremo. Mauet la miró de reojo y siguió hablando, imperturbable.

Cuarenta y cinco segundos después, interrumpió su exposición y preguntó si habíamos visto pasar a la mujer. Todos asentimos con la seguridad de quien cree haber estado atento. Entonces vino la emboscada pedagógica. A uno le preguntó de qué color era la cartera. A otro, el color de la blusa. A un tercero, si llevaba falda o pantalón, y de qué color. El resultado fue un pequeño naufragio colectivo. Nadie acertó. Todos habíamos visto a la misma mujer, pero nadie había visto realmente nada. El desconcierto general provocó la carcajada franca de Mauet.

¿Andábamos distraídos? ¿Estábamos a por uvas?

Ahí estaba la primera lección del seminario, servida sin diapositivas ni “power point. En derecho probatorio hay que tratar a los testigos con cautela. Con mucho tiento. Con frecuencia no declaran sobre la realidad, sino sobre su percepción, siempre incompleta, siempre traicionera. Y en un juicio, esa diferencia mínima, casi invisible, puede ser la línea que separa la victoria del fracaso.

Al tercer día de seminario fue como la Resurrección. Salimos de allí un poco más humildes y más sabios. Y, con suerte, algo menos distraídos.

L’IDIOT

Parece que alguien ha captado mi esencia y elige temas que me vienen como anillo al dedo. ¿Estar a por uvas? Jamás lo había escuchado, pero, gracias a Dios, existe el internet y GPT para llenar los huecos culturales.

Me resulta extraño, incluso, esa construcción de “estar a por”, nosotros no nos expresamos así. En vez de decir “Voy a por agua”, decimos simplemente voy por agua. ¿Será que somos ahorradores, haraganes o incultos?

Y viene a mi memoria mi amiga Meida, cubana residente en Italia hace muchos años, que cada vez que viene a Cuba, busca una buena pizza para decir con gusto mientras se la come: “Esto si es pizza, no lo que hacen los italianos” De nada vale aclarar que es un plato italiano, que fueron ellos los inventores. Si tratas de explicarle, ella te corta y exclama con orgullo: “ Es que los italianos no saben hacer pizza” y hasta el pizzero se rie.

Menos mal que ella no tiene mucho contacto con el español de España, porque si no, la oiremos decir: “Es que los españoles no saben hablar español” y asunto zanjado.

ANGY DEL TORO

A LAS UVAS.

REFLEJOS DE LUZ

No figuraba en ningún mapa.
No era un país ni una ciudad siquiera, tampoco un planeta con nombre propio.
Era un punto del Universo al que se llegaba solo cuando la prisa había dejado de mandar. Algunos lo llamaban la Aurora; otros, Estación de Tránsito. Para nosotros, simplemente, había sido una pausa.

Éramos un pequeño grupo internacional de escritura creativa. Nadie sabía muy bien quién había enviado la invitación. Llegábamos desde distintos lugares del mundo, desde paralelos lejanos del huso horario, con lenguajes que se cruzaban torpemente y cuadernos personales, únicos, marcados de tachaduras.
Nos unía una certeza vaga: la amistad. Escribir ya no nos bastaba; queríamos aprender a escuchar el silencio.

Ella llegó la última.

Procedía de una isla marcada por el tiempo.
No la mencionaba al presentarse, pero se le notaba en su andar salamero, en la cadencia de la voz y en esa templanza invisible que parecía acompañarla incluso bajo inviernos ajenos.
Había dejado atrás el océano, la frontera del agua, esa que no siempre se puede cruzar, aunque se desee.

Mientras algunos hablaban de técnica, de estilos, de premios que nunca lograban cubrir el vacío, ella pensaba en la palabra construida. No como huida, sino como voz necesaria. Una nueva forma de encontrarse a sí misma.

No había decoraciones navideñas.
Ninguna canción era reconocible.
Solo una fecha que todos llevábamos dentro, sin nombrarla.

Era la llegada del Año Nuevo, sí, pero no de calendario, sino de uvas suspendidas como racimos que nos representaban. Cada cual traía en su memoria semanas de retos cumplidos, otro año vencido.

Éramos escritores de penínsulas, ciudades y regiones del norte y del sur del ecuador planetario. Acostumbrados a tutearnos sin conocernos, al frío y al trópico.
Levantamos la vista hacia la luna de invierno y detuvimos los pasos.

No dijimos nada.
No comentamos nada.
Solo contemplamos.

Entonces ocurrió.

El cielo comenzó a moverse, como si respirara en silencio. Cortinas de luz amarilla y verde, violácea y blanca, se deslizaban despacio, sin ruido. La aurora boreal apareció sin anuncio, como un gesto íntimo del Universo para quienes supieron esperar.

Nadie sacó el teléfono.
Nadie habló.

Solo sentimos que algo se acomodaba por dentro. Pensamos en nuestros océanos, mares y playas que seguirían siendo los mismos; en las edificaciones que resistían cambios y tempestades. Allí comprendimos que la distancia no era una pérdida, sino la presencia de nuestras propias letras.

Entendimos entonces que la aurora no era lo contrario del océano, sino su espejo:
el agua que nos separa
es también la luz que nos une.

La luz nos enseñó a eternizar el instante. A saber que, al llegar el Año Nuevo, volveríamos a sentarnos a escribir.
Las palabras llegarían despacio, como si también ellas necesitaran permiso para posarse en el papel.

Al amanecer, nadie comentó los textos. Nos abrazamos con una delicadeza nueva, como quien entiende que lo compartido no necesita explicación. El lugar volvió a ser invisible.

Emprendimos el regreso sabiendo algo que antes solo intuíamos:
Escritura Creativa Cuatro-Hojas es el grupo al que siempre volveríamos,
semana tras semana,
año tras año.

JUAN C VALTIERRA

Por tunas

Por Juan C Valtierra

En San Jerónimo de las Pencas nunca hubo uvas. Ni viñedos ni parras ni nada que se les pareciera. Nomás nopales. Nopales hasta donde la vista se cansaba de mirar el mismo verde gris, el mismo polvo, la misma sed pegada al paladar como promesa rota.

Pero tunas sí. Tunas había. Y por eso cuando alguien se iba del pueblo jurando que volvería rico, las viejas decían: “Va por tunas.” Como quien dice: va por nada. Va a volver con las manos vacías o peor. Va a volver siendo otro, si es que vuelve.

—–

Eufemio Rentería se fue un martes de febrero. Los martes son días para morirse o para irse, que viene siendo lo mismo. Él no creía en esas cosas. O sí creía pero se hacía el que no, que es peor todavía porque uno termina creyendo sus propias mentiras.

Se iba a Guadalajara. A buscar trabajo, decía. A juntar un poco, decía. Pero lo que de verdad buscaba era salirse de sí mismo, salirse de esa vida de nopales y polvo donde cada día era igual al anterior y al que vendría después.

Su mujer, Refugio Abundes de Rentería, le había empacado las tres tortillas en el morral. Todavía estaban tibias. También le puso una camisa limpia envuelta en papel de estraza y una estampa de la Virgen de San Juan que había sido de su madre. No le puso esperanza porque la esperanza no cabe en los morrales. Ni en ningún otro lado.

—Vas por tunas —le dijo mientras él se amarraba los huaraches en la oscuridad del cuarto que olía a humo de ocote y a años.

—No digas eso, mujer.

—No lo digo yo. Lo dice el pueblo. Lo dice la tierra. Lo dicen los que se fueron antes que vos y no volvieron, o volvieron valiendo pura madre.

Eufemio no contestó. ¿Qué iba a contestar? Ella tenía razón pero él tenía necesidad, y cuando la necesidad y la razón pelean, siempre gana la necesidad.

—Regreso en dos meses —mintió—. Nomás junto un poco y regreso. Te traigo un vestido. Y unos zapatos. De los buenos.

Refugio lo miró con esos ojos que tienen las mujeres cuando saben que uno está mintiendo pero no dicen nada porque decirlo no cambia nada. Ojos de agua estancada. Ojos de pozo que ya no da.

—Ándale pues —fue todo lo que dijo—. Y acuérdate que aquí te estoy esperando. Aunque te tardes. Aunque no vuelvas. Aquí voy a estar.

Y esa fue la despedida. No hubo abrazos ni lágrimas. En San Jerónimo las despedidas no se hacen. La gente simplemente deja de estar.

Él se fue cuando todavía estaba oscuro, cuando el pueblo era nomás una mancha negra contra un cielo menos negro. Caminó por las calles vacías sin voltear atrás porque voltear atrás es de cobardes o de los que dudan, y él no quería ser ninguna de las dos cosas.

No se despidió de nadie más. Su padre había muerto hacía tres años. Su madre se había ido a vivir con una hermana a Tepatitlán. No tenía hermanos. No tenía amigos, porque en los pueblos que se están muriendo no hay amigos, solo hay gente que se va quedando.

Llegó a la carretera cuando ya estaba clareando. Se sentó en una piedra a esperar el camión. Comió una de las tortillas. Estaba fría ya pero todavía sabía a las manos de Refugio.

El camión pasó como a las siete. Subió. Pagó su pasaje. Se sentó junto a la ventana. Y cuando el camión arrancó y San Jerónimo empezó a hacerse chiquito atrás, sintió algo en el pecho que podía ser alivio o podía ser miedo. Tal vez las dos cosas. Tal vez lo mismo.

—–

En San Jerónimo el tiempo no pasa igual que en otros lados. Se arrastra. Se detiene. Se pudre como fruta que nadie recoge. Las semanas se miden en ausencias: la ausencia de lluvia, la ausencia de cosecha, la ausencia de los que se fueron. La ausencia de Eufemio se fue haciendo grande como esas sombras que en agosto se alargan hasta tragarse el pueblo entero.

Refugio salía cada mañana a cortar tunas del nopal grande que crecía junto al pozo seco. Era un nopal viejo, con el tronco grueso como pierna de hombre y lleno de cicatrices donde antes habían crecido pencas que ya no estaban. Su padre decía que ese nopal ya estaba ahí cuando los cristeros andaban por esos rumbos. Que había visto cosas. Que sabía.

Las pelaba con el cuchillo de su abuela. Un cuchillo chiquito, con mango de hueso amarillento, que había pelado tunas para tres generaciones de mujeres solas. Y se comía la pulpa mirando el camino por donde se había ido Eufemio, aunque ya sabía que mirar no servía de nada.

Las tunas eran lo único que no se iba del pueblo. Lo único fiel. Lo único que regresaba cada año sin falta.

Dos meses se volvieron cuatro. Llegó una carta escrita con letra chueca, de hombre que apenas firmó la primaria: “Refugio: Aquí está duro pero ya junte algo. Es que la vida está cara. En cuanto pueda regreso. Tu esposo que te quiere, Eufemio.” No traía fecha. No traía dirección de regreso. Nomás traía palabras que no decían nada.

Cuatro meses se volvieron seis. Llegó otra carta, más corta: “No creas que me he olvidado. Pronto junto y regreso.” Pero “pronto” es una palabra que en las cartas de los ausentes pierde todo significado. Pronto puede ser mañana o puede ser nunca.

A los ocho meses dejaron de llegar cartas.

Don Crescencio Barragán, que trabajaba su molino aunque en San Jerónimo ya nadie sembraba nada, le decía:

—Déjalo ir, Cuca. Ya se te perdió ese hombre. Los hombres que se van a la ciudad se los traga la ciudad. Como la ballena a Jonás, pero al revés. Se los traga y ya no los escupe. O los escupe pero vienen descompuestos.

—Eufemio va a volver —decía ella, pero cada vez lo decía con menos fuerza, como rezo que uno repite sin creer.

—Sí va a volver. Pero no va a ser Eufemio. Va a ser otro que se parece. Yo tuve tres hijos y los tres se me fueron. Uno a Guadalajara, otro a México, otro pal norte. Del primero supe que se casó con otra. Del segundo que se murió en un accidente. Del tercero nunca supe nada. Tal vez siga vivo, tal vez no. Da lo mismo. Para mí los tres están muertos. Porque el que se va ya no vuelve nunca. Vuelve otro.

Refugio no quiso escucharlo más. Pero las palabras de don Crescencio se le quedaron metidas adentro como espina.

Siguió pelando tunas cada mañana. Siguió mirando el camino. Siguió esperando.

—–

Lo que la gente de San Jerónimo no sabía —porque los pueblos son como pozos ciegos, solo conocen lo que cae adentro de ellos— es que Eufemio sí había llegado a Guadalajara.

Llegó una tarde de marzo, con el morral al hombro y los huaraches rotos de tanto caminar desde la central. La ciudad lo recibió con un ruido que no había escuchado nunca: camiones, gritos, vendedores, claxons, un río de sonidos que no paraba nunca. El aire olía distinto. A diesel. A comida frita. A demasiada gente junta.

Consiguió trabajo en una ladrillera en Tlaquepaque, en el rumbo de San Martín de las Flores. Lo llevó un paisano que había conocido en el camión, un tal Hermenegildo que también era de los Altos y que trabajaba ahí desde hacía dos años.

—Aquí está duro —le advirtió Hermenegildo—. Pero se gana. No mucho, pero más que allá. Y hay que aguantarse. Hay que hacerse duro. Porque si no, la ciudad te mastica.

El trabajo era meter y sacar ladrillos del horno. Doce horas diarias. El calor era un calor sucio, con olor a arcilla quemada, a humo, a sudor. Las manos se le llenaron de ampollas. La espalda le dolía tanto que por las noches no podía dormir.

Dormía en un cuarto que compartía con otros cinco trabajadores. Un cuarto sin ventanas, con las paredes negras de humedad. Por las noches escuchaba las respiraciones de los otros, respiraciones de animales cansados, y pensaba en Refugio durmiendo sola en el petate grande, envuelta en su rebozo azul.

Cada semana separaba unos pesos. Los guardaba en una caja de galletas Marías que escondía bajo el catre. “Para el regreso”, se decía. Pero cada semana el regreso se veía más lejos. Porque las ciudades son como agujeros negros: uno cae adentro y el tiempo deja de funcionar como debe.

Los sábados se iba con los otros trabajadores a las cantinas de por ahí. A gastarse lo que habían ganado en la semana. Porque ¿qué sentido tiene guardar dinero para un regreso que cada vez parece más imposible?

En una de esas cantinas, La Polar, conoció a una mujer.

—–

Se llamaba Rosa. O Rosalía. Eufemio nunca estuvo del todo seguro porque la primera vez que hablaron ya llevaba tres cervezas encima y las palabras se le resbalaban como aceite.

Ella vendía gelatinas en la esquina de la fábrica durante el día. Por las noches trabajaba sirviendo mesas en La Polar. Tenía las manos ásperas de tanto lavar platos y la voz ronca de tanto gritar sobre el ruido del tráfico. No era bonita ni era fea. Era una mujer de ciudad. Una mujer que no sabía nada de silencios.

Era lo opuesto a Refugio en todo.

Y tal vez por eso Eufemio empezó a buscarla. Porque uno siempre busca lo que no tiene. Lo que le falta. El complemento de la ausencia.

—¿De dónde eres? —le preguntó ella una noche mientras le servía otra cerveza.

—De San Jerónimo de las Pencas.

—¿Y eso dónde queda?

Eufemio tardó en contestar. No porque no supiera sino porque en ese momento se dio cuenta de algo terrible: San Jerónimo no quedaba en ningún lado. No estaba en los mapas de la ciudad. No existía para la gente de aquí. Era un pueblo fantasma. Un lugar que solo existía en su memoria.

—Queda por los Altos de Jalisco —dijo—. Rumbo a Tepatitlán. Pero no lo vas a encontrar en el mapa. Es un pueblo chico. Casi no hay gente ya.

—¿Y qué hay allá?

—Nada. Nopales. Tunas. Polvo. Gente esperando a los que nos fuimos.

—¿Tienes mujer?

Ahí estaba la pregunta. La pregunta que Eufemio sabía que iba a llegar tarde o temprano. Debió decir que sí. Debió sacar el papel del registro civil que traía guardado en el bolsillo interior de la camisa, doblado en cuatro, húmedo de sudor. Debió levantarse e irse de ahí y no volver nunca.

Pero los hombres solos en las ciudades hacen cosas que nunca harían en sus pueblos. Porque en las ciudades uno no es nadie. Y cuando uno no es nadie puede ser cualquiera.

—Tuve —mintió—. Pero se murió.

Y con esa mentira firmó la sentencia. Refugio se murió esa noche en la cantina La Polar, entre el humo de cigarros y el olor a cerveza derramada. Dejó de existir para él. Se volvió un fantasma. Una más de las cosas que había dejado atrás.

Rosa no preguntó más. No era de las que preguntan. Era de las que aceptan lo que uno dice y siguen adelante.

Empezaron a verse seguido. Ella iba al cuarto de Eufemio los domingos. Hacían el amor sin amor, con esa urgencia triste de los cuerpos que se buscan nomás para llenar un vacío. Después ella se vestía y se iba, y Eufemio se quedaba mirando el techo, contando las manchas de humedad como si fueran las tunas que Refugio pelaba cada mañana en San Jerónimo.

Dejó de escribir cartas. La última que mandó fue a los seis meses. Después ya no. Porque ¿qué iba a decir? ¿Que se había perdido? ¿Que la ciudad se lo había tragado? ¿Que ya no era el mismo?

La caja de galletas Marías seguía bajo el catre. Pero los pesos que guardaba ya no eran para regresar. Eran para no pensar en el regreso.

—–

Pasó un año. Eufemio dejó la ladrillera y consiguió trabajo en una mueblería del centro. Ganaba un poco más. Se mudó a un cuarto propio. Chico pero propio. Con una ventana que daba a un patio donde una vecina tendía ropa que nunca se secaba del todo.

Rosa seguía yendo los domingos. Ya no hablaban mucho. Nomás se buscaban en silencio y después cada quien seguía con su vida.

Un domingo ella le dijo:

—Deberías regresar.

—¿A dónde?

—A tu pueblo. A donde dejaste lo que dejaste.

—No dejé nada —mintió él.

—Todos los que vienen del rancho dejan algo. Se les nota en los ojos. Andan como si cargaran un muerto.

—No sé de qué hablas.

Rosa lo miró. Una mirada larga. De esas que dicen todo sin decir nada.

—Sí sabes. Pero eres cabrón y no quieres admitirlo. Porque admitirlo sería tener que hacer algo. Y es más fácil quedarse aquí, tomando cerveza, cogiendo los domingos, fingiendo que no pasa nada.

Se vistió. Agarró su bolsa. En la puerta se volteó:

—No vuelvo, Eufemio. Búscate a otra para llenar tus domingos.

Y se fue.

Esa fue la última vez que Eufemio la vio. Y lo extraño fue que no sintió nada. Ni tristeza ni alivio. Nomás un vacío. Un vacío que siempre había estado ahí.

—–

En San Jerónimo, mientras tanto, la vida seguía su curso lento de pueblo que agoniza.

Don Crescencio murió en diciembre. De viejo, decían. Pero en realidad murió de esperar. Lo encontraron en su molino, tieso, con las manos sobre la piedra como si todavía estuviera trabajando. Lo velaron en su casa. Fueron pocos. Ya no quedaba casi nadie en el pueblo.

Cuando fueron a cerrarle los ojos no pudieron. Los tenía duros, mirando algo que nadie más veía.

—Murió esperando a sus hijos —dijo la Petra, que era la que lavaba los muertos—. Los ojos se le quedaron abiertos de tanto mirar el camino.

El pozo seco se hizo más seco. Los muchachos seguían yéndose. El hijo de los Ramírez. El nieto de la difunta Escolástica. El menor de los Abundes. Todos se iban diciendo lo mismo: “Regreso pronto. Nomás junto un poco.”

Y las madres los miraban irse sabiendo que era mentira. Pero sin decir nada. Porque ¿qué se puede decir?

Refugio dejó de contar los meses. No fue una decisión. Fue algo que pasó. Como cuando una vela se apaga y uno no sabe en qué momento exacto se hizo la oscuridad.

Siguió cortando tunas cada mañana. Pero ya no miraba el camino. Miraba las manos. Manos que sabían hacer y deshacer. Manos que habían esperado tanto que se habían olvidado para qué esperaban.

El cura nuevo le preguntó un día:

—¿Y tu marido, hija?

—Se fue por tunas, padre.

—¿Por tunas? ¿Cómo es eso?

Refugio no supo explicarle. Nomás le dijo:

—Se fue. Y cuando uno se va por tunas, ya no vuelve. O vuelve pero ya no es.

—–

Tres años y medio después del martes de febrero en que se había ido, Eufemio regresó.

Llegó en el camión de redilas que pasaba los jueves. Traía botas de piel que le lastimaban, camisa de cuadros del Baratillo, un poco de dinero en la bolsa. Y algo más pesado que no se veía: la culpa.

Bajó del camión en la placita. Se quedó parado ahí, mirando. Todo igual. Los mismos nopales. El mismo polvo. Pero algo había cambiado. Y ese algo era él.

Caminó por las calles vacías. Sus botas sonaban distinto en la tierra. Sonaban a forastero.

Cuando llegó a su casa vio a Refugio en el solar, cortando tunas. La reconoció por la espalda. Por el rebozo azul. Solo que ahora el rebozo estaba más raído y la espalda más encorvada.

Se quedó parado sin atreverse a llamarla. Pensó en darse vuelta. En irse. Pero los pies no le obedecieron.

Refugio se volteó. Lo miró. Sin sorpresa. Sin alegría. Sin coraje. Nomás lo miró.

Siguió pelando la tuna. Cuando terminó, se la extendió.

—¿Tenés hambre?

Eufemio tomó la tuna. La mordió. Dulce. Fresca. Llena de semillas. Y en ese momento supo que había olvidado el sabor de su propia tierra.

—Perdóname, Cuca.

Ella dejó el cuchillo en el suelo. Lo miró de verdad ahora.

—Ya sé por qué te fuiste. Te fuiste por tunas. Creías que ibas por uvas. Por algo mejor. Pero hallaste puro nopal. O te hallaste a vos mismo y no te gustó lo que viste.

—No hubo otra mujer.

—Sí hubo. Aunque no tuviera nombre. Hubo ciudad. Hubo olvido. Hubo otra vida. Y eso es peor. Porque de otra mujer se regresa. De otra vida no se regresa igual.

—¿Me vas a correr?

—¿Pa dónde te voy a correr? Esta es tu casa. Yo nomás soy la que se quedó. La que esperó. La pendeja.

—No digas eso.

—¿Por qué no? ¿No es cierto? Me quedé como pendeja esperándote. Pelando tunas. Mirando el camino. Mientras vos andabas quién sabe dónde haciendo quién sabe qué.

Eufemio no dijo nada. No había nada que decir.

Esa noche durmieron en el mismo petate pero en mundos distintos. Él estiró la mano. Tocó el hombro de ella.

—Cuca.

—Duérmete.

No fue perdón. Pero tampoco fue rechazo. Fue algo intermedio. Algo que no tiene nombre.

—–

Los días siguientes fueron iguales. Eufemio consiguió trabajo con el hijo de don Crescencio. Trabajo de sol a sol. De manos en la tierra. Pero trabajo limpio.

Él y Refugio vivían juntos pero separados. Hablaban lo necesario. “¿Ya comiste?” “Sí.” “¿Vas al pueblo?” “No.”

Por las noches, Eufemio se quedaba despierto. Pensaba en Rosa. Ya ni recordaba su cara. Tal vez nunca había existido. Tal vez todo había sido un sueño.

Los años pasaron. El tiempo en San Jerónimo pasaba lento pero definitivo. Como si cada día fuera una piedra que se apilara construyendo lentamente una tumba.

—–

Eufemio murió en agosto. De un infarto mientras trabajaba. Cayó entre los surcos con las manos llenas de tierra. Pensó en Refugio. Pensó en las tunas. Pensó que había pasado la vida buscando algo que siempre estuvo donde mismo.

Refugio no lloró en el entierro. Se quedó junto a la fosa con su rebozo azul. Cuando todos se fueron, sacó una tuna y la puso sobre la tierra.

—Todos nos vamos por tunas —le dijo al muerto—. Todos. Los que se van y los que se quedan. Nomás que unos se pierden lejos y otros aquí mismo. Pero todos perdidos.

Caminando de regreso se encontró al hijo de los Abundes. Llevaba un morral. Cara de decisión.

—¿Pa dónde, muchacho?

—A Guadalajara, doña Cuca. Regreso en dos meses.

—Vas por tunas, hijo.

—¿Qué son tunas?

—Ya lo vas a saber.

Lo vio irse. Por el mismo camino.

—–

San Jerónimo de las Pencas sigue ahí. O tal vez ya no. Tal vez ya se lo tragó el polvo. Es un pueblo que está en los mapas pero no está en ningún lado.

Los hombres se siguen yendo. Las mujeres se siguen quedando. Y todos siguen buscando uvas donde nunca ha habido más que tunas.

Tunas amargas y dulces. Llenas de espinas y de semillas. Que son lo único que no se va.

Como las mujeres.

Como la espera.

Como el olvido que no olvida nada.

SERGIO TELLEZ

¿RECUERDA?

La expresión indescifrable se reflejaba en su rostro mientras contemplaba el jardín, sumido en un silencio que parecía absorber el tiempo mismo. El olor a cuero y humo de cigarrillo impregnaba el aire, creando una atmósfera densa y pesada. Se acercó, su presencia silenciosa llenaba el espacio con una energía casi palpable.

—¿Cómo estás? —preguntó, con un tono que era un susurro.

Se volvió hacia ella, y por un momento pareció no reconocerla. Luego, una sonrisa se dibujó en su rostro.

—Estoy bien —dijo, con voz baja.

Su mano rozó la de él al sentarse. Un contacto que lo hizo estremecer. Sus ojos se desviaron hacia el jardín, evitando cruzar la mirada.

—¿Qué buscas? —preguntó ella, con curiosidad.

—¿Buscar? —repitió él, como si la palabra fuera desconocida.

Sonrió, intentando ayudarlo.

—Sí, parece que estás buscando algo.

Se encogió de hombros, con sonrisa débil.

—No sé —dijo, con incertidumbre—. Me siento… perdido.

Ella se levantó y se dirigió a la cocina con pasos suaves. Mientras preparaba el café, miró una vieja fotografía en la pared. Era la imagen de una familia feliz, con él sonriendo y una niña en sus brazos. Al lado de la fotografía, había un diploma enmarcado que decía «Dra. Aladis Rodríguez, Neurología»

Al regresar con el café, se sentó a su lado y comenzó a hablar, con voz dulce.

—¿Recuerdas cuando eras pequeño?

La confusión se reflejó en su rostro al mirarla.

—¿Pequeño? —repitió.

Su sonrisa se suavizó—Sí, cuando eras un niño. ¿Qué te gustaba hacer?

Se encogió de hombros.

—No sé…

Se inclinó hacia él, con voz compasiva.

—No te preocupes —dijo, mirándolo—. Estoy aquí para ti. Siempre estaré aquí.

Mientras hablaba, tomó la mano del hombre, con un toque que lo hizo sentir seguro. Él la miró, y la expresión se suavizó. Por un momento, pareció que iba a decir algo, pero luego se detuvo, como si hubiera olvidado lo que quería decir.

El silencio se apoderó de la habitación, solo interrumpido por el tic-tac del reloj en la pared. Él miró hacia la ventana, perdido en el jardín. Momentos incómodos venían a su mente, fragmentos de recuerdos que se desvanecían como humo en el aire, dejando una sensación de vacío.

Ella siguió su mirada, y por un instante, la expresión se endureció, antes de volver a sonreír. Un ligero temblor en su mano, apenas perceptible, fue lo único que delató la tensión que se había apoderado de la escena. Pero él no pareció notarlo. Estaba perdido en sus propios pensamientos, mientras su mirada se diluía en la niebla del pasado.

Se inclinó hacia él

—¿Recuerdas… cuando me hacías dormir en el sofá? —preguntó con voz apenas audible. Su mirada estaba fija en la de él, buscando algo, cualquier cosa.

La confusión se reflejó en su rostro al mirarla.

—¿El sofá? —repitió.

Sonrió, con tristeza

—Sí, el sofá. Me decías que era mi castigo, ¿recuerdas? —su voz era suave, pero había un dejo de algo más, algo que él no podía identificar.

Se encogió de hombros, con expresión vacía.

—No sé, no recuerdo.

Se inclinó hacia atrás. Su mirada nunca abandonó la de él.

—No importa —dijo—No importa repitió.

Ella se levantó y se dirigió a la ventana. La luz de la luna se reflejaba en su rostro, dándole un aspecto pálido.

—¿Qué estás pensando? —preguntó él, con curiosidad.

Ella se volteó mirándolo fijamente. —Estoy pensando en el pasado —dijo, con voz triste y profunda—. En las cosas que se han perdido, en las oportunidades que se han desperdiciado.

El hombre sintió un nudo en la garganta. ¿Qué estaba tratando de decir ella? ¿Qué había hecho él?

La mujer se volvió hacia la ventana. Su mirada estaba perdida en la oscuridad de la noche.

—Hay cosas que no se pueden cambiar —dijo— Cosas que se quedan con uno para siempre.

La mujer se levantó y se dirigió a un armario en la esquina de la habitación. Lo abrió, y sacó una pequeña caja con pastillas.

—Es hora de tomar tu medicina —dijo, con un tono suave.

El hombre la miró, confundido.

—¿Qué es? —preguntó.

Ella sonrió, con compasión.

—Es la misma de ayer, de anteayer, de hace un mes, de hace seis meses… Te está funcionando, ¿no es así?

El hombre asintió, teniendo una sensación de incomodidad. Sí, estaba recordando cosas. Cosas que no había recordado en años.

La mujer le ofreció una pastilla.

—Toma —dijo—. Es hora de la siguiente dosis.

El dudó un momento, pero luego tomó la pastilla y se la llevó a la boca. Tenía un sabor amargo, y él hizo una mueca.

—¿Qué es? —preguntó de nuevo, con curiosidad.

Ella se inclinó hacia él, con una intensidad que lo hizo sentir incómodo.

—Es algo que te ayudará a recordar —dijo.

El hombre la miró, con sensación de miedo. ¿Qué estaba pasando? ¿Qué había hecho él?

La mujer se sentó a su lado, y le tomó la mano.

—Todo va a estar bien —dijo—. Solo tienes que recordar.

El cambio que se venía dando de forma lenta durante meses, llegó a un momento de una especie de lucidez. La medicación experimental, conocida como «Cerebrox», tenía resultados positivos. Su mente era cada vez más clara, como si la niebla que había nublado su memoria durante años comenzara a disiparse.

Recordaba a pedazos vivencias pasadas, fragmentos de su infancia, de su juventud, de su vida como padre. Y dentro de todas ellas, había una figura que se repetía, una imagen que no entendía o no quería entender del todo. Era la imagen de una niña, una niña con ojos grandes y tristes, con un rostro que le resultaba familiar, pero que no podía ubicar.

La niña estaba en sus brazos, y él la abrazaba con una mezcla entre amor y… ¿miedo? No, no era miedo. Era algo más, algo que no podía definir. La niña lo miraba con ojos tristes, como si supiera algo que él no sabía.

La imagen se desvaneció, dejando a su padre con una sensación de desconcierto. ¿Quién era esa niña? ¿Por qué se sentía tan culpable? ¿Qué había hecho?

La mujer lo miraba con compasión, como si supiera algo que él no sabía. Él la miró a su vez, tratando de entender, de recordar.

—¿Qué es esto? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Qué está pasando?

La mujer sonrió con mirada triste.

—Es la medicación, papá —dijo—. Está funcionando. Estás recordando.

Él la miró, confundido, asustado.

—¿Recordando qué? —preguntó con miedo.

La mujer se acercó, colocando su mano en la suya.

—Todo, papá —dijo—. Estás recordando todo.

La oscuridad de la habitación parecía cerrarse sobre él, como si las sombras mismas estuvieran susurrando secretos en su oído. La medicación seguía haciendo su efecto, y los recuerdos comenzaban a aflorar, como burbujas en un estanque de agua estagnada.

Imágenes fragmentadas, como fotogramas de una película maldita, se sucedían en su mente. Una niña pequeña, con ojos grandes y asustados, sentada en su regazo. Una mano grande y callosa, que parecía no ser la suya, acariciando el cabello suave de la niña. Un susurro en el oído, palabras que no quería recordar.

La niña se retorcía, intentando escapar, pero él la sujetaba con fuerza. La habitación estaba llena de un silencio opresivo, solo roto por el sonido de su propia respiración, pesada y agitada.

Él intentaba hablar, pero las palabras se le atragantaban. La niña lo miraba con ojos acusadores, como si supiera que él era el monstruo que la había hecho sufrir.

La imagen se desvaneció, dejando a su padre con un sabor amargo en la boca. ¿Qué había hecho? ¿Qué había hecho a esa niña?

La mujer lo miraba, su expresión era ilegible. Él no podía soportar su mirada, no podía soportar la idea de que ella supiera.

—¿Papá? —dijo ella, su voz era suave, como un susurro.

Él se volteó hacia ella.

—¿Qué te hice? —preguntó, con voz rota—. ¿Qué te hice, hija mía?

La mujer se sentó en la silla. Él la miraba con ojos llenos de lágrimas, su rostro demacrado y pálido. La medicación había hecho su efecto, y él recordaba todo.

La mujer sonrió, una sonrisa fría y calculadora. Había pasado años trabajando en la cura del Alzheimer, no para ayudar a los enfermos, sino para hacer sufrir a su padre. Quería que él recordara todo lo que había hecho, que sintiera el peso de su culpa.

Pero ahora, mientras lo miraba, no sentía la satisfacción que había esperado. En lugar de eso, se sentía vacía, hueca. La venganza no había traído la paz que ella había buscado.

Ellos se quedaron atrapados en las nubes. Ella perdida en un laberinto de ira y venganza, mientras su padre se desvanecía en las nubes del Alzheimer, prisionero de su propia mente. Ambos estaban atrapados en su propia oscuridad, incapaces de encontrar la salida.

Su padre la miraba con dolor y arrepentimiento. La mujer se levantó lenta y deliveradamente. Se acercó a él, su rostro a centímetros del suyo.

—¿Recuerdas? —preguntó, con voz baja y ronca.

Él inclinó su cabeza.

—Sí —dijo, con voz apenas audible— Recuerdo.

La mujer sonrió de nuevo, esta vez con un dejo de tristeza.

—Es demasiado tarde —dijo—. Demasiado tarde para el perdón, demasiado tarde para la redención.

Se fue, dejando a su padre solo con sus recuerdos. La oscuridad se cerró sobre él, un abismo de dolor y culpa que lo consumiría para siempre.

Ella se quedó en la puerta, mirando hacia atrás, hacia la casa que había sido su prisión y su refugio. La venganza no había traído la paz, solo más dolor y más sombras. Se alejó, dejando atrás el pasado, pero la oscuridad la siguió, una sombra que se había fusionado con su alma.

YOLANDA PINA REY

¿Estás a por uvas o estás en tu presente? 

«Hola a todos. Esta semana el tema es ‘estar a por uvas’. Ya sabéis, ese estado en el que estamos despistados, con la cabeza en otro sitio o perdiendo el tiempo en cosas que no nos nutren mientras la vida pasa por delante.

​Yo misma confieso que he pasado días ‘a por uvas’, dándole vueltas a lo que otros piensan o a miedos del pasado. Pero he despertado.

​Estar a por uvas nos quita la energía para lo que de verdad importa. He aprendido que:

​El foco es poder: Si mi mente está dispersa, no puedo crear lo que creo. Tengo que centrarme, seguir trabajando y dejar de mirar las ramas para recoger su fruto.

​Límites al despiste: A veces, estar a por uvas es una forma de huir de nosotros mismos. Poner límites sanos también significa decirle ‘no’ a las distracciones que nos alejan de nuestras metas.

​De la uva al vino: El proceso duele y a veces parece que estamos ‘empanados’, pero es ahí donde se fermenta la transformación. De un «error» nace una posibilidad nueva.

​Hoy elijo dejar de estar ‘a por uvas’ para estar a por mi vida. Con humildad y verdad, enfocada en mis sueños y en sanar.

YOMALCKRY OSORIO

La verdad verdadera no me he inspirado mucho con esta palabra .

pero si les quiero compartir a todos los habitantes de esta maravillosa casa , algo tradicional de mi hermosa patria Venezuela.

« Las uvas del tiempo« Es un poema escrito por uno de los más insignes poeta de mi tierra. Don Andrés Eloy Blanco.

En el expresa el constraste entre la felicidad que hay en las calles por la entrada de un nuevo comienzo , fiestas, algarabias y por otro lado la tristeza por el recuerdo que se puede experimentar por la partida de la madre. en cada estrofa nos va sumergiendo en sensaciones diferentes todas asociadas al finalizar el ano.

Es toda una tradición escuchar justamente minutos antes este poema que se transmite por la radio , todos en absoluto silencio rodeados de los familiares, y muy cerca la abuela, el pilar de la casa, es casi un ritual. pero con el tiempo se va degastando esta costumbre y mucho más al no estar ellas ya presentes.

A continuación el poema que con mucho gusto les comparto :

Madre: esta noche se nos muere un año.

En esta ciudad grande, todos están de fiesta;

zambombas, serenatas, gritos, ¡ah, cómo gritan!;

claro, como todos tienen su madre cerca…

¡Yo estoy tan solo, madre,

tan solo!; pero miento, que ojalá lo estuviera;

estoy con tu recuerdo, y el recuerdo es un año

pasado que se queda.

Si vieras, si escucharas esta alboroto: hay hombres

vestidos de locura, con cacerolas viejas,

tambores de sartenes,

cencerros y cornetas;

el hálito canalla

de las mujeres ebrias;

el diablo, con diez latas prendidas en el rabo,

anda por esas calles inventando piruetas,

y por esta balumba en que da brincos

la gran ciudad histérica,

mi soledad y tu recuerdo, madre,

marchan como dos penas.

Esta es la noche en que todos se ponen

en los ojos la venda,

para olvidar que hay alguien cerrando un libro,

para no ver la periódica liquidación de cuentas,

donde van las partidas al Haber de la Muerte,

por lo que viene y por lo que se queda,

porque no lo sufrimos se ha perdido

y lo gozado ayer es una perdida.

Aquí es de la tradición que en esta noche,

cuando el reloj anuncia que el Año Nuevo llega,

todos los hombres coman, al compás de las horas,

las doce uvas de la Noche Vieja.

Pero aquí no se abrazan ni gritan: ¡FELIZ AÑO!,

como en los pueblos de mi tierra;

en este gozo hay menos caridad; la alegría

de cada cual va sola, y la tristeza

del que está al margen del tumulto acusa

lo inevitable de la casa ajena.

¡Oh nuestras plazas, donde van las gentes,

sin conocerse, con la buena nueva!

Las manos que se buscan con la efusión unánime

de ser hormigas de la misma cueva;

y al hombre que está solo, bajo un árbol,

le dicen cosas de honda fortaleza:

«¡Venid compadre, que las horas pasan;

pero aprendamos a pasar con ellas!»

Y el cañonazo en la Planicie,

y el himno nacional desde la iglesia,

y el amigo que viene a saludarnos:

«feliz año, señores», y los criados que llegan

a recibir en nuestros brazos

el amor de la casa buena.

Y el beso familiar a medianoche:

«La bendición, mi madre»

«Que el Señor la proteja…»

Y después, en el claro comedor, la familia

congregada para la cena,

con dos amigos íntimos, y tú, madre, a mi lado,

y mi padre, algo triste, presidiendo la mesa.

¡Madre, cómo son ácidas

las uvas de la ausencia!

¡Mi casona oriental! Aquella casa

con claustros coloniales, portón y enredaderas,

el molino de viento y los granados,

los grandes libros de la biblioteca

-mis libros preferidos: tres tomos con imágenes

que hablaban de los reinos de la Naturaleza-.

Al lado, el gran corral, donde parece

que hay dinero enterrado desde la Independencia;

el corral con guayabos y almendros,

el corral con peonías y cerezas

y el gran parral que daba todo el año

uvas más dulces que la miel de las abejas.

Bajo el parral hay un estanque;

un baño en ese estanque sabe a Grecia;

del verde artesonado, las uvas en racimos,

tan bajas, que del agua se podría cogerlas,

y mientras en los labios se desangra la uva,

los pies hacen saltar el agua fresca.

Cuando llegaba la sazón tenía

cada racimo un capuchón de tela,

para salvarlo de la gula

de las avispas negras,

y tenían entonces

una gracia invernal las uvas nuestras,

arrebujadas en sus talas blancas,

sordas a la canción de las abejas…

Y ahora, madre, que tan sólo tengo

las doce uvas de la Noche Vieja,

hoy que exprimo las uvas de los meses

sobre el recuerdo de la viña seca,

siento que toda la acidez del mundo

se está metiendo en ella,

porque tienen el ácido de lo que fue dulzura

las uvas de la ausencia.

Y ahora me pregunto:

Por qué razón estoy yo aquí? Que fuerza pudo

más que tu amor, que me llevaba

a la dulce aninomia de tu puerta?

¡Oh miserable vara que nos mides!

¡El Renombre, la Gloria…, pobre cosa pequeña!

¡Cuando dejé mi casa para buscar la Gloria,

cómo olvidé la Gloria que me dejaba en ella!

Y esta es la lucha ante los hombres malos

y ante las almas buenas;

yo soy un hombre a solas en busca de un camino.

Dónde hallaré camino mejor que la vereda

que a ti me lleva, madre; la verdad que corta

por los campos frutales, pintada de hojas secas,

siempre recién llovida,

con pájaros del trópico, con muchachas de la aldea,

hombres que dicen: «Buenos días, niño»,

y el queso que me guardas siempre para merienda?

Esa es la Gloria, madre, para un hombre

que se llamó Fray Luis y era poeta.

¡Oh mi casa sin cítricos, mi casa donde puede

mi poesía andar como una reina!

Qué sabes tú de formas y doctrinas,

de metros y de escuela?

Tú eres mi madre, que me dices siempre

que son hermosos todos mis poemas;

para ti, soy grande; cuando dices mis versos,

yo no sé si los dices o los rezas…

¡Y mientras exprimimos en las uvas del Tiempo

toda una vida absurda, la promesa

de vernos otra vez se va alargando,

y el momento de irnos está cerca,

y no pensamos que se pierde todo!

¡Por eso en esta noche, mientras pasa la fiesta

y en la última uva libo la última gota

del año que se aleja,

pienso en que tienes todavía, madre,

retazos de carbón en la cabeza,

y ojos tan bellos que por mí regaron

su clara pleamar en tus ojeras,

y manos pulcras, y esbeltez de talle,

donde hay la gracia de la espiga nueva;

que eres hermosa, madre, todavía,

y yo estoy loco por estar de vuelta,

porque tú eres la Gloria de mis años

y no quiero volver cuando estés vieja!…

Uvas del Tiempo que mi ser escancia

en el recuerdo de la viña seca,

¡Cómo me pierdo, madre, en los caminos

hacia la devoción de tu vereda!

Y en esta algarabía de la ciudad borracha,

donde va mi emoción sin compañera,

mientras los hombres comen las uvas de los meses,

yo me acojo al recuerdo como un niño a una puerta.

Mi labio está bebiendo de tu seno,

que es el racimo de la parra buena,

el buen racimo que exprimí en el día

sin hora y sin reloj de mi inconsciencia.

Madre, esta noche se nos muere un año;

todos estos señores tienen su madre cerca,

y al lado mío mi tristeza muda

tiene el dolor de una muchacha muerta…

Y vino toda la acidez del mundo

a destilar sus doce gotas trémulas,

cuando cayeron sobre mi silencio

las doce uvas de la Noche Vieja.

Mis mejores deseos para todos Ustedes!..

Les deseo una Feliz Navidad.

REBEA FS

Solo quedaban unas horas para echar la solicitud. Había apuntado en su agenda el periodo de echar la solicitud para ofrecerle clases de natación, pero se perdió su mochila en el vagón del cercanías. Ese día ya no tuvo fuerzas de intentar buscar la mochila en objetos perdidos.

Se acordó entonces que estaba aún a tiempo para la plaza en natación pero al recordar todo el trajín de empezar un nuevo hábito, se le vino el mundo encima.

—El mundo encima, por ir a la piscina.

Se preparó entonces para intentar recuperar su agenda.

A veces decidir qué afrontar cada día, puede ser un chapuzón de realidad.

MAITE BILBAO

DESENCADENANTE

El diagnóstico empieza por los pies. El chapoteo de las botas sobre la tarima suena a pulmón encharcado. Bajo la madera, el agua destruye con la paciencia de un ácido. Mueves el pie derecho y un listón se desprende con un crujido seco, una fractura ósea que reverbera en tu propia tibia.

Evitas mirar a la vecina. Si cruzas tu mirada con la suya, el muro de cifras que te protege colapsará. Ella frota una mancha de lodo en el marco de la puerta con un ritmo demente; un intento desesperado por conjurar al río a base de bayeta y nudillos.

—Si no hay factura de los enseres, computa como menaje estándar —dices, y el iPad pesa más que de costumbre—. El baremo carece de casillas para el valor sentimental.

Sacas el higrómetro. Apoyas los electrodos contra el tabique: 38%. El muro está muerto. El punto rojo del láser vuela por la estancia hasta detenerse en una repisa alta, junto a una fila de botes de especias. Orégano, comino, pimentón. Etiquetas con una caligrafía meticulosa, idéntica a la que usaba tu madre antes de que el olvido le vaciara los ojos. Anotas: Sustitución total de tabiquería por capilaridad. Es un exceso. Un regalo que la compañía no perdonará.

En la central, el aire acondicionado sabe a metal. Garrido no levanta la vista del monitor. En su pantalla, la foto del bote de orégano que has subido por error parece una confesión de debilidad.

—¿Qué es esto, Mateo? —señala el bote con el cursor—. ¿Naturaleza muerta?

—La humedad ha subido más de lo que parece. Si no saneamos los cimientos, habrá hongos en Navidad. Es prevención.

Garrido suelta el ratón. El zumbido de los ordenadores te duele en las sienes. Sientes una opresión en el esternón, como si el techo de la oficina bajara un centímetro cada segundo.

—El baremo no paga por lo que podría pasar —dice sin mirarte—. Paga solo por lo que hay. Y lo que veo es suelo laminado de saldo. No eres un salvador, Mateo. Deja de estar a por uvas con nostalgias de cocina y céntrate en los activos. Vete a casa, apestas a cieno.

El dedo de tu jefe pulsa la tecla de borrar sobre tu párrafo del saneamiento. El clic suena como el cierre de una celda.

Sales a la calle. Ignoras el coche; el espacio cerrado te aterra. Caminas hacia la parada del autobús mientras tu ojo escanea el entorno como un software defectuoso: detectas la eflorescencia de salitre en un zócalo, la grieta de tracción en el asfalto, el óxido galvánico devorando las farolas. La ciudad es una suma de fallos estructurales a la espera de un detonante.

Subes al bus y te sientas al fondo. Observas a los pasajeros y los despiezas por sus vicios ocultos: la inclinación compensatoria en el cuello de una mujer, el moho grisáceo bajo las uñas de un joven, el desgaste asimétrico de unos zapatos. El autobús es una balsa de náufragos que desconocen sus propias vías de agua. El presentimiento te sube por la garganta como un reflujo amargo: el desastre es inevitable y nadie está frenando la marea.

Llegas a casa. Te desvistes en la entrada y sellas la ropa en una bolsa de basura con un doble nudo ciego. Bajo la ducha, te frotas la piel hasta quedar en carne viva, intentando arrancar el juicio de Garrido de tus poros. Al salir, todavía húmedo, buscas el instrumental. Tu casa es un activo expuesto. Apoyas el higrómetro en el pasillo: 42%. Aceptable. Por ahora.

Te mueves con precisión quirúrgica. Aplicas un cordón de silicona industrial entre los marcos de las ventanas y la pared. El olor es ácido, vinagre puro. En la puerta de entrada, bloqueas la rendija inferior con toallas, apilándolas con presión uniforme. Luego, cruzas tiras de cinta de carrocero sobre la cerradura. El sonido del adhesivo al desenrollarse —un desgarro seco— llena el pasillo.

Te sientas en el suelo, apoyado en tu puerta estanca. Apagas la luz. El aire se vuelve pesado, cargado con el aroma químico del sellador. La estanqueidad es perfecta. El mundo se ha quedado fuera.

En la oscuridad absoluta, solo queda esperar. Escuchas el silencio estanco de tu propia caja torácica, consciente de que, en esta habitación sellada, el único vicio oculto que queda por peritar eres tú. Mientras aguardas el momento exacto en que la primera gota encuentre, por fin, el camino hacia tus huesos.

MARIANA DI PASCUA

Donde fue la pasión de la poeta

donde están las palabras que golpean

dónde está la ira, el descaro, la rabia

donde se esconde el amor que rechaza esa palabra

donde está «el alma» que no se aprende

La poesía se le puso rancia y quieta

Los paraísos mediocres no muestran sus infiernos

La rima duerme sin tormentas las sonrisas se volvieron falsas.

No puedo más que decir la verdad:

Ya no hay poeta

solo la duda

qué si el tiempo

devolverá sus palabras

a por uvas quizá

a por uvas

FRAN KMIL

Estar a por uvas.

Fue a la cocina sigilosamente. No quería despertar a los niños antes de tiempo y se rompiera la sorpresa.

De la bolsa de nylon colgada de un clavo del horcón, sacó tres trozos de pan viejo y lo cortó en rodajas para con un poco de aceite y una pizca de sal, tostarlo en la sartén.

Extrajo del refrigerador el litro de leche que habia conseguido en el mercado negro a precio de oro. En escasez todo sube de valor, excepto el de luchar por la dignidad, que, al contrario, va decayendo hasta el egoísmo y la apatía. Lo vertió en la vieja cacerola y lo puso a hervir.

De niña le enseñaron que a la leche había que estar velándola para evitar que en un pequeño descuido, bum, se derrame.

Estaba contenta: los niños tendrían un buen desayuno, uno como Dios manda, bueno, como manda a los pobres de los países pobres porque de faltar, faltaban muchas cosas, pero es de agradecidos fijarse en lo que se tiene y no en lo que falta.

Al estar parada frente al fogón mirando constantemente al líquido blanco para que en cualquier intento de subida apagar la candela, con la mente concentrada en el azul con trozos de amarillo y una que otra tira de rojo y el chisporeteo del fuego comenzó a sentir tranquilidad, la misma que experimentaba cuando encerrada en la oscuridad de su cuarto, encendía una vela frente al pequeño espejo, concentraba sus ojos en la llama y su mente se perdía en pensamientos bonitos, en futuros mejores. La esperanza nunca se pierde y siempre llega, tarde, lenta, pero llega. La de ella estaba en camino.

La simple escena del desayuno la contentaba. Imaginaba las caras de felicidad de los niños cuando vieran la mesa servida: Cuatro platillos con sendas rodajas de pan tostado con aceite y sal, y un vaso de café con leche, porque el café no podía faltar. Un desayuno de ricos, bueno, al menos en un país desgastado, quebrado, donde reinaba la miseria y la condena y tomarse una taza de café se convirtió en lujos.

Sumida en sus pensamientos, la leche subió y se derramó.

—¡Pinga! —Exclamó— por estar comiendo mierda.

Apagó el fogón.

Un vaso menos.

En silencio, comenzó a limpiar el zinc manchado del fogón con unos pedazos de hojas de papel periodico clavados a la pared, cuyo destino era servir de servilleta.

Ella se sacrificaría. Qué mayor recompensa que ver los rostros amados sonriendo de alegría. Total, no era muy amante a la leche.

EVA AVIA

¡Otra vez las uvas!

¡Y ya ha pasado otro año! ¿Y cuántos van? Sorry, las damas no dicen su edad. ¡Ja, ja, ja! ¡¿Yo una dama?! ¡Ja, ja, ja! Me da la risa. ¡Cincuenta, cincuenta años! Casi cincuenta años viendo las uvas en la primera y siempre con las mismas consecuencias, terminar todos con la boca tan llena que no puedes articular palabra. ¡Con lo que me gusta a mí hablar! que parezco mi amiga Maite Bilbao Perez, que se marca unos monólogos que ni el Rey felicitándonos las Fiestas.

Pero este año va a ser diferente, sé que voy a ser capaz de comerme hasta la última de la dichosita frutita, porque este año me encargo yo de comprarlas y van a ser como a mi me gustan, gorditas, con todas sus pepitas, ¡cojones como tocan! No como esos injertos raros que no saben a nada.

¡Y ya estamos todos alrededor de la mesa! Como siempre alguno ya va a cuatro patas, ¡que malo es el alcohol! Otros intentando ligarse a la amiga soltera, ¡que pena me da! Se va a ir a casa con los huevos calentitos y yo, yo, deseando que terminen las dichosas fiestas porque estoy de los clientes hasta la pechina.

¡Que empieza! Grita una. Otra me suelta que no le caben en la boca. ¡Guapa, que cosas más grandes te metes! Les miro y me entra la risa, he decidido que voy a relatar en alto lo que me pasa por la cabeza cada vez que suene una de las campanas. A ver quién es el guapo que se las termina este año y esa, voy a ser yo.

¡Uno, dos, tres! ¿Preparados?

Gom.

—Como yo no hay ninguna.

Gom.

—Acompañada mejor.

Gom.

—Ya quisieras otra vez.

Gom.

—A cuatro patas va bien.

Gom.

—¡Ni de coña!

Gom.

—Ahora del revés.

Gom.

Me atraganté otra vez.

Gom.

Me lo toco a la una.

Gom.

Hasta el agua del florero se bebe.

Gom.

—Te los enseño después.

Gom.

—Mañana me toca.

Gom.

—En la Puerta del Sol como el año que fue…

¡Feliz Año Nuevo! ¡Y yo me iba a perder todos esto! Deseando que llegue el próximo año a ver que se le ocurre a mi cabeza, pero prometo ser buena y no contárselo a nadie, porque van a pensar que tengo la mente muy sucia.

Besos, la Incondicional.

AXY LINDA

Uvas

—Uno, dos, tres…

—¿Qué tanto cuentas? Vas a chocar con el árbol que está frente a ti, por ir mirando al suelo.

—Debo contar los adoquines para calmarme; he andado muy nervioso, muy distraído.

—Lo sé, Gaélan… más que de costumbre. Me exasperas: siempre estás en todo, menos en lo que debes.

Esaú, con la mirada sombría, interrumpe sus pensamientos para hablar en voz baja, dirigiéndose al oído de alguien amado.

—No hay absolutos. A veces hacemos cosas que no se entienden, pero que a largo plazo provocan el cambio. Hay que regresar a uno mismo para encontrar el camino y la fuerza. No hay destino sin los pasos hacia él; cada sendero recorrido es una aproximación a un momento mejor. Hay que vencer la inercia, la indolencia. Nada llega solo: la suerte es moverse en la dirección correcta.

Todo se construye sobre escombros de derrotas y se fortalece con los cimientos de las equivocaciones.

Hace una pausa. El silencio pesa.

—He venido a decirte que ayer, en tu funeral, me di cuenta de que no eras tú quien estaba “a por las uvas,” ni “papando moscas”, como decías. Lo siento tanto… qué tarde me “cayó el veinte”. Ahora que ya no hay remedio. Ahora que no puedo abrazarte y decirte que te entiendo, que sé por lo que pasaste para atreverte a llegar a mí.

Ni sentido tiene pedirte perdón. Mi penitencia será no verte más. Me haces tanta falta.

—Adiós, Gaélan.

Adiós.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Tema semanal

Arturo desde chico era muy distraído, pensaban todos que no le interesaba nada, le decían que siempre estaba a por uvas.

El no les hacía caso, tenía su mundo propio, el cual le envolvía con los sueños inventados, tenía aparte de todo, su mundo propio. En casa por más que hacían cosas para qué se concentrara y pusiera atención, no lo lograban, sin saber que ellos eran la causa de su actuar.

Lo habían llevado a diferentes médicos, psicólogos, y les decían que no había nada malo en él, que sólo era distraído, y que hicieran ejercicios para tratar de que pusiera atención y lograra comunicarse mejor.

Pero nada funcionaba, en la escuela no sabían como pasaba de año, y con buenas calificaciones.

Así, llegó hasta la universidad, algunos lo seguían tachando de autista, otros de elitista o que tenía TDA.

Pero tenía tres que cuatro amigos fieles, que lo aceptaban tal cual. Fuera de su distracción, cuando platicaba con la familia y esos amigos entrañables decía cosas coherentes y sabias, les gustaba escucharlo.

Era un joven generoso, amable, y con esas cualidades no debería ser rechazado, aunque muchos lo hacían.

Las jóvenes que le gustaban, se desesperaban, pues sentían, que no les interesaba su platica, y que estaba en la luna.

A Arturo le encantaba estar con Abril, no sólo era guapa, era alegre inteligente, perspicaz y buena persona, le decían que tenía corazón de pollo, pero era feliz, y trataba bien a Arturo, era quien más paciencia le tenía, y estaba buen tiempo con él, le tenía mucha consideración.

Arturo ante la insistencia de abuelos, amigos y maestros, empezó a analizar su conducta, se preguntaba que porqué no ponía suficiente atención a las cosas y a la gente, ¿que le había marcado de tal manera que se abstrajo mucho del mundo, de todo?

Se dijo, creen que estar a por uvas es intencional, pero, como era su actuar así desde chico no sabian el porqué, sin saber que este caso era diferente.

Analizando su vida, concluyó que seguro que la vida de niño que había tenido le había hecho ser así, tenía que huir de los pleitos y blasfemias que se proferían sus padres y ahí empezó a aislarse.

Y aunque a los doce años fué a vivir con los abuelos, pero el daño estaba hecho.

y así, se sumió en sus pensamientos, huyendo lo más que podía de los demás.

Al fin, ante la insistencia de familia y amigos, empezó a recordar el porqué de su actuar, trataría con todos sus sentidos de cambiar. Su fortaleza de querer integrarse a la vida le ayudaría a dejar de tener errores y justificar todo lo que hacía, empezó a cambiar con gran éxito, los que lo rodeaban se encontraban sorprendidos de tal cambio que fué tan rápido, era otro ahora.

Las personas que de alguna manera se habían alejado de él lo felicitaban, lo invitaban a reuniones, los compañeros de la universidad se acercaban cada día más a él, su vida era algo mágico ahora. Sintió que se rompieron las cadenas que el mismo se había impuesto.

Ahora sí era realmente feliz, sintió renacer y abrir caminos para recorrer, se acercaría a Abril, con gran confianza, y le pediría que fuera su novia, deseando que dijera que sí, y les rogaría los conocidos, a todos los que pudiera que no juzgarán a otros sin saber la historia de sus vidas.

CESAR TORO

Estar por uvas.

Mañana tengo que buscar las uvas para la mesa de Navidad, es lo único que me falta; sin embargo, cuando desperté.

¡no lo podía creer!

Todo estaba en silencio, la gente todavía duerme, es domingo y solo unas pocas personas van caminando hasta el templo, aún quedan seres temerosos de Dios, por lo menos los días domingos asisten a la iglesia, y participan de la eucaristía dominical.

Con mucho respeto y en silencio, los fieles escuchan atentamente la ceremonia.

Luego vuelven a sus quehaceres diarios; algunos alegres, otros con tristeza y caras largas.

Salgo de la iglesia, las calles estan solitarias; es temprano, hay una calma aparente, los negocios aún permanecen cerrados, solo en el mercado se escucha un gran alboroto, la gente haciendo sus compras y otros aprovechan y sacian su apetito.

Es un domingo de diciembre, hay un ambiente navideño, las personas se preparan para las fiestas y reuniones familiares, otras para viajar y encontrarse con sus seres queridos.

Aunque, no estoy seguro si a estas alturas habrán entendido, el verdadero significado de la Navidad.

El nacimiento de Jesús en cada uno de vuestros corazones, trayéndonos un sentimiento de paz, amor, alegría y esperanza, que nos invita a compartir con nuestros hermanos, en especial con los más necesitados.

¡Parece que no..!

ALFREDO LOZANO

EL REPARTIDOR

La lluvia le entra por el cuello del chubasquero. Siempre igual, fina y constante. No moja de golpe, pero cala hasta dentro. Como todo últimamente. El móvil vibra en el bolsillo interior pero no lo saca. Sabe lo que es. Una notificación del banco, puede que del juzgado, o tal vez sea ella. Siempre es algo que no arregla nada.

La moto vibraba bajo él como un animal cansado. El casco le apretaba la cabeza. No era dolor, era insistencia. Conduce con una mano, la otra se la frota contra el muslo para volver a sentirla. La ciudad estaba húmeda y sucia, con esa luz que no perdona nada. Semáforos, pasos de peatones, gente, mucha gente. Todo seguía funcionando igual. Lleva unas ocho horas repartiendo comida caliente a gente que ni se molesta en mirar a la cara. Subir, bajar, timbre y un gracias sin gracia. Está a por uvas. Lo sabe. No es nada nuevo, es algo que arrastra desde hace meses.

El semáforo en ámbar parpadea al fondo de la avenida. Lo ve, pero no lo mira. El casco huele a sudor viejo y a encierro. Se acuerda de la multa que tiene pendiente de trescientos euros y de la noche en que dijo, mañana lo vemos, y al día siguiente ya no había nadie con quien verlo. El semáforo sigue ahí, ahora cambia a rojo. Aprieta el acelerador un poco más. No mucho, lo justo para no pensar. Al pasar junto a un escaparate ve su reflejo, es un bulto oscuro, encorvado, con prisa. Parece otro. No se reconoce. Un coche pita, largo y agresivo. No frena. No porque quiera morir, tampoco porque quiera vivir. Simplemente porque no está.

El accidente vino después. Una esquina mal tomada. Un coche mal colocado. Da igual. No fue ahí donde se rompió algo. Sale despedido. El asfalto le muerde el hombro, la cadera y la cara. El casco rebota y suena un golpe seco. La moto gira sola y cae de lado, todavía viva unos segundos.
En el suelo, con la gente alrededor, todo se ralentiza. El dolor llega después. Primero es calor. Luego punzadas. Luego un peso aplastándole el pecho. Intenta respirar y el cuerpo no obedece. Boca arriba, mira el cielo gris y piensa que no llueve tanto como parecía. Alguien grita. Alguien corre. Un móvil grabando, seguro. Quiere moverse y no puede. Quiere hablar y no sabe qué decir. El coche está parado a unos metros. El conductor baja. Hombre de mediana edad, camisa clara y manos temblando. Dice algo, pero no lo oye bien.

Le duele la pierna derecha. La otra no la siente y eso es peor. La lluvia le entra por la visera rota y le moja los ojos. Parpadea. Ve borroso. Piensa en la última vez que fue feliz, pero o encuentra nada, tan solo algunos momentos en los que no dolía tanto.
Una mujer se arrodilla a su lado. Le toca el hombro. Le dice que no se mueva y que ya viene la ambulancia. Lo llama por el nombre que lee en la mochila. Oír su nombre le resulta extraño, como si fuera de otro. El dolor sube de golpe. Se le escapa un gemido corto y profundo. Se avergüenza, pero no puede evitarlo. Se da cuenta, por primera vez en mucho tiempo, de su cuerpo. De cada hueso. De cada límite.

He estado a por uvas, piensa. No como una frase hecha sino como un diagnóstico. No fue el semáforo, ni fue la lluvia, ni el coche. Fue no estar nunca del todo. Cierra los ojos un segundo, no se desmaya. Ojalá. Cuando los abre, la mujer sigue allí. El conductor también. Todos esperando algo de él. Quiere pedir perdón sin saber muy bien a quién. La sirena suena a lo lejos. Demasiado tarde para muchas cosas. Justo a tiempo para otras que no sabe si quiere. La lluvia sigue cayendo, la nota. por primera vez en mucho tiempo, está presente. Demasiado tarde.

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5 comentarios en «A por uvas – miniconcurso de relatos»

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