Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «aunque te cambies de nombre». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 18 de diciembre!
* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.
** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.
*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.
SERGIO SANTIAGO MONREAL
Aunque te cambies el nombre
te seguiré esperando
en el crepúsculo de tu mirada
donde habita tu alma.
Aunque se rompan los sueños
seguiremos viviendo
en el ocaso de las sonrisas
donde suena una alegre melodía.
ANTONICUS EFE
En un escenario vacío de un país que me inventé, mi sueño se dio por vencido, mi nombre no invocaba a la miel. Cantaba en Comic Sans y mi guitarra sonaba áspera, dura, a los demonios que no se quieren reconocer, mis canciones eran un espejo; nadie se quería mirar en él, por si acaso se veían reflejados. Mi voz era de lija, de dolor, de amargura y de todo y nada a la vez, “a la vejez viruelas”, me recalcaron también. Decidí cambiar de nombre, pero la mala uva no la cambié.
Tengo un canal para Delulus, Cringes y demás fauna que son incapaces de ver o escuchar algo más de 30 segundos sin que le estalle el cerebro y acabo de componer esta majestuosa realidad irreverente.
ESTOY TONTIKTOK
Ya no le hago caso
a ningún colega
Ahora estoy tontiktok.
tontiktok, tontiktok.
Ya no escucho música
ni leo los libros.
Ahora estoy tontiktok.
tontiktok, tontiktok.
Estoy lobotomizado
y no me lo explico
no se que me pasa pero
Ahora estoy
tontiktok, tontiktok.
tontiktok, tontiktok.
Tontiktoook
tontiktok, tontiktok.
Qué bien me lo paso
cuando veo los vídeos
Ahora estoy tontiktok.
tontiktok, tontiktok.
Vaya descubrimiento
a mis cuarenta y pico
Ahora estoy tontiktok.
tontiktok, tontiktok.
Estoy lobotomizado
y no me lo explico
no se que me pasa pero
Ahora estoy
tontiktok, tontiktok.
tontiktok, tontiktok.
Tontiktoook
tontiktok, tontiktok.
No tengo solución
estoy to tontiktok (fade out)
Lo dicho…, aunque la aplicación cambie de nombre…
EMILIA CREGO
UN ALMA FRÍA
Cuarenta años no es nada, debió pensar Marina. La chica del pelo encrespado, rizos dorados al sol y ojos como la miel. En su corta vida ya había sufrido el dolor, aquel dolor que se unió al malestar de verse rechazada y hundida. Se fue alejando del grupo de amigas y se refugió en su propio hogar. Una casa menuda y sin grandes lujos; su alma fue la única que deambuló de una estancia a otra.
Encerrada en vida; sin el ánimo de seguir cumpliendo años, pasaron los años por su cuerpo dejando ver la huella del destino que la dejó desvalida e indefensa. Se fue el brillo de sus ojos, el cabello lucía pintado de blanco y su cuerpo enjuto se llenó de tristeza. Frente al fuego lloraba lágrimas negras cuando en el tejado amanecía la escarcha, y en días de sol se dejaba ver a través del cristal de un ventanuco. Su cara surcada por los años, los harapos de telas colgaban de su cuerpo encorvado y frío.
Se iban los días colgados del péndulo de un reloj; este solo marcaba las horas cuando llegaba un nuevo día, despertando las almas que no vivieron con la dicha de ser amados. Ella fue una de esas almas que vivió con la miel en sus labios y tuvo la desdicha de ser rechazada. No hubo ángeles que la guardaran, no hubo estrellas en aquella noche a la espera de un ser que no volvió acariciar su cuerpo y, en ese estado de abandono, ya no volvió a florecer su cuerpo.
Y así, noche tras noche esperando, las noches se alargaron con los días y los días se acortaron para entrar en la frialdad de la noche.
ARMANDO BARCELONA
BUROCRACIA CELESTIAL
Querida Amelia.
Parece que fue ayer; cómo pasa el tiempo. Sí, ya sé que tienes motivos para quejarte, pero, hija, es que esto es un no parar, no me da la muerte, y mira que es para toda la eternidad, pero, lo reconozco, te tengo un poco desasistida. Perdóname, corazón, pero no veas qué follón.
Todo empezó por un problema surgido en la Seguridad Social Celestial con un desfase de fechas detectado en la vida laboral de mi amigo Jesús.
Viene a resultar que tiene dos nombres: el Yeshua primitivo y el Emmanuel profético, que es el que utiliza su madre cuando lo llama a capítulo, eso que hacen todas las del universo cuando pillan a sus hijos en un renuncio. «¡Ricardo María, ven aquí ahora mismo! ¿Sara Concepción, cuelga el teléfono, pero ya! ¡Agustín José, de esto se va a enterar tu padre!»; en fin, ya sabes a qué me refiero.
El caso es que entre el Yeshua y el Emmanuel, por aquello de la dualidad administrativa, se le han despistado un montón de siglos de cotización y eso, de cara a futuros subsidios, puede tener repercusiones económicas graves.
Magda, su churri, le estuvo comiendo la oreja para que presentase una demanda―para estas cosas, como para casi todo, las mujeres sois más listas que los tíos―, y tras el papeleo correspondiente, a Yeshua le han reconocido la antigüedad en el sistema, lo que,en cash, le supone un pico de pasta. Bueno, pues no te imaginas la que se ha montado.
Empezó con Pedro, el que se encarga de la seguridad aquí, en el Edén, diciendo que a él, de cuna, lo llamaban Simón y que o todos moros o todos cristianos, no fuera que por ser el hijo del jefe se quisieran hacer distingos. Pues oye, se miró en los archivos y, coño, tenía razón, de manera que con la tontería se fueron animando otros.
San Francisco de Asís adujo que él, de suyo, se llamaba Giovanni di Pietro Bernardone, que lo de «Francesco» fue una tontuna de su padre, que le hacía gracia tomarle el pelo con su afición a todo lo que venía de Francia.
Como el de Asís se dedicó en su día a predicar a los pájaros―que no es muy de estar sano, seamos sinceros―, y además domó al lobo de Gubbio, las ventanillas del ministerio se llenaron de antiguos domadores de circo diciendo que ellos también tenían dos nombres, el artístico y el de familia, y por si un aquel, también reclamaban posibles estropicios en el cómputo de sus vidas laborales. Un sindiós, Amelia, un sindiós.
Pero ahí no quedó la cosa, porque animada por la polémica y por un conocido suyo de Nueva Deli, que es abogado, Anjezë Gonxhe Bojaxhiu también se animó a reclamar, pues: «Lo de Santa Teresa de Calcuta también podía considerarse como un seudónimo», dijo.
En fin, para no agobiarte, que ya metidos en harina se nos vino encima una avalancha de solicitudes del copón, porque no puedes hacerte una idea, la de santos que se cambiaron de nombre por aquello de hacer méritos: Aurelius Augustinus, que se dio en llamar Agustín de Hipona; Íñigo López, más conocido como Ignacio de Loyola; Francesco Forgione, que todo el mundo conoce como Padre Pío. Y eso sin meter en el saco a todos los papas, que más de uno hay poco recomendable, ni a próceres bíblicosde la talla deJacob, sin ir más lejos, también conocido como Israel,o el mismísimo CEO de la cristiandad, Saulo de Tarso, esto es, San Pablo.
Así estamos en el ministerio, con un marrón del carajo, agobiados yhasta el culo depapeleo. Entiende que con semejante putain de merde, no hay quien saque tiempo para nada, mi vida, hazte cargo.
Que te quiero, Amelia, lo sabes, pero las cosas están así de chungas.A ver si me quito algo de curro y bajo a darte un achuchón, que ya va siendo tiempo de que tengamos un vis a vis.
Cuídate mucho.Te dejo, mi cielo, que me acaba de entrar otro expediente; este es de un tal San Andrés Kim Taegon y dice que en su Corea natal lo llamaban Kim Jeong-ho.
P’a no echar gota, cariño, p’a no echar gota.
PEDRO PARRINA
Cambian las caras;
pero no las túnicas.
Cambian las normas;
Cambian las guerras:
Aunque sean estúpidas.
Cambia la letra;
Pero no la música.
IMAGINE (John lennon)
Imagina que solo hay miedo
Es fácil si lo intentas
No hay suelo debajo de nosotros
Por encima, solo infiernos
Imagina a toda la gente
Viviendo solo hoy
Imagina que no hay países
No es difícil de hacer
Nada por lo que luchar o vivir
Y tampoco religión
Ni esperanza, ni fe
Imagina a toda la gente
Viviendo en guerra
Tú
Puedes decir que soy un estafador
Pero no eres el único
No soy el único
Espero que algún día te unas a nosotros
Y el mundo será como unos pocos maquinan
Imagina que no hay posesiones
Me pregunto si puedes
Solo hay necesidades, codicia y hambre
Una hermandad de unos pocos hombres
Compartiendo todo el mundo
Tú
No digas que soy un acosador
Porque no soy el único que lo piensa
Espero que algún día te unas a nosotros
Y el mundo vivirá como dios
Como yo.
Llámalo como quieras;
es fascismo.
Dólar Tramp.
DAVID MERLÁN
UNA SOMBRA EN EL ANDÉN
La estación de Whirl no era más que una nostálgica reliquia de épocas ferroviarias pasadas, un lugar donde los trenes llegaban siempre con unos segundos de retraso, como si dudaran antes de entrar. Como si las viejas y desgastadas vías lo provocaran deliberadamente con su fricción. La pintura del interior del edificio, descascarillada. Los paneles, con bombillas fundidas. Todo componía un ambiente que olía a antiguas despedidas. A viejas idas y venidas, a un trajín que hacía tiempo que había desaparecido.
Fue allí donde Esteban la vio por primera vez. En la única estación que le coincidía bien en su rutina diaria, aunque ese día, mejor dicho, creyó reconocerla, de nuevo.
Llevaba un abrigo color vino tinto, pañuelo claro atado al cuello y ese gesto casi distraído de quien parece estar escuchando sus propios pensamientos. Esteban, que había ido a recoger un paquete, sintió cómo el tiempo se le encogía dentro del pecho. Fue un instante. Cómo un latigazo, y una convicción absurda que se apoderó de su mente: era… ¿ella? ¿Clara?
Pero Clara no podía ser. Había muerto hacía más de once meses.
«Es una mala pasada de tu mente» pensó, pero no pudo remediar aferrarse a la esperanza y tras el shock inicial, dio dos pasos hacia la mujer. Ella estaba de espaldas, observando el tablero de horarios.
Justo al pegarse a su espalda, pero sin llegar al agobio, susurró:
—Clara… —y enseguida se arrepintió.
La mujer se giró. Y ahí vino la paradoja: era Clara, pero al mismo tiempo no lo era.
Los ojos eran iguales, pero como si fuese una versión más cansada. La boca sí, la reconoció por la forma en que se apretaba el labio inferior, pero había algo distinto. Su mirada, sin duda que le trasmitió una especie de distancia ensayada. Como si lo conociera, pero quisiera admitirlo y para ello disimulara.
—Perdón —se excusó torpemente Esteban—. La he confundido con alguien— añadió.
Ella lo observó en silencio. Luego, sin apartar los ojos, dijo:
—Pasa más a menudo de lo que crees.
En un instante, una cascada de recuerdos se agolpó en su mente. Recuerdos que creía olvidados, otros rescatados en ese instante, aunque le infringiesen daño. Esa frase, esa entonación… lo dejó clavado al suelo.
—¿Nos… conocemos? —preguntó él.
—Si lo supiera, ya te lo habría dicho —respondió ella tuteándole con un tono que pretendía ser neutro, pero que tenía la textura exacta de la voz que tenía grabada de Clara cuando intentaba ocultar algo.
El panel anunció un tren. Ella apartó abruptamente la mirada y comenzó a caminar hacia el andén 3.
—Si me disculpas—dijo ella señalándole su tren para indicarle que debía de irse.
Esteban dudó, y la siguió.
No era su tren, pero al fin y al cabo, no pudo remediar el instinto.
—
El vagón estaba medio vacío. La mujer se sentó en uno de los primeros asientos junto a la ventana. Esteban eligió el asiento de enfrente, fingiendo revisar su móvil mientras a ella parecía no importunarle el marcaje al que estaba siendo sometida por Esteban.
Mientras él la miraba de reojo, por su mente solo se repetía una cosa: Todo esto no tiene sentido. Es imposible que sea Clara.
—¿Te vas lejos? —se atrevió a preguntar lanzándose al vacío.
—Depende de cómo lo midas —contestó ella al tiempo que el tren comenzó a moverse con sus característicos traqueteos suaves.
Era una respuesta absurda, sí, pero también tremendamente clara. Como si sus palabras fueran un eco traído desde un recuerdo lejano en el tiempo.
—¿Te llamas…?
Esteban dejó la frase abierta, tendiéndole una pequeña trampa, pero ella no mordió el anzuelo.
—Eso no va a ayudarte —dijo.
—¿A qué?
—A averiguar quién soy.
Esteban tragó saliva.
—El parecido es… increíble, pero no es posible. La persona que yo conocí murió hace casi un año.
Ella asintió lentamente mientras lo miraba con dulzura contenida.
—Dicen que todos tenemos un doble por ahí. Algunos tienen la suerte —o la desgracia— de encontrárselo.
Esteban estaba ensimismado escuchándola y no reaccionó hasta pasados unos segundos.
—¿Te encuentras bien?
—Tu voz… tu forma de moverte… no me lo puedo creer.
—Las casualidades existen, Esteban.
Al escuchar su nombre, le dio un vuelco a su corazón. Se quedó helado al oírlo salir de los labios de aquella mujer que se parecía tanto a su querida Clara.
—No te he dicho mi nombre.
Ella se inclinó levemente hacia adelante, como si acabara de cometer una torpeza.
—Lo he adivinado—. y le sonrió abiertamente mientras se volvía a recostar contra el respaldo.
Esteban comenzó a analizarla sin tapujos, sin disimulos. Quería respuestas. Necesitaba respuestas.
—No llevas ni anillo, creo que tampoco móvil. Tu bolso parece nuevo, como recién estrenado. Viajes sin equipaje, aunque tan solo sea una mochila. No vienes de ningún tren previo. Hace horas que no pasa uno y tú ya te encontrabas aquí cuando he llegado —
Esteban hablaba rápido, casi sin pensar—. Pareces alguien, no sé, como desplazado, como si….
Ella enarcó una ceja para intentar que parara de hablar.
—¿Desplazado?
—Si, de otro lugar —añadió él, consciente de lo absurdo que sonaba todo aquello.
Ella sonrió con tristeza.
—Puede ser.
En ese preciso instante y dejando a Esteban con la palabra en la boca, el tren entró en un túnel. La oscuridad cubrió los ventanales. Él vio su reflejo junto al de ella: dos figuras suspendidas sobre nada, en la oscuridad.
—Clara murió —dijo él, sin saber por qué lo confesaba a una desconocida—. Fue un accidente. Nadie tuvo la culpa. Solo… pasó. Y desde entonces he querido creer que la volvería a ver.
—La mente hace cosas extrañas con el duelo—. añadió ella—. Ahora escúchame…
—Y tú —insistió Esteban aguándosele los ojos sin oír lo que acababa de decirle ella— eres idéntica.
El túnel se iluminó de pronto con luces intermitentes. A cada destello, ella parecía cambiar ligeramente: un gesto más suave, una sombra distinta en los ojos. Los cambios eran sutiles, casi imperceptibles, pero no pudo evitar sentir un escalofrío: como si la mujer estuviera ajustándose para encajar más adecuadamente en sus recuerdos. Como si con cada cambio quisiera proporcionarle a Esteban un regalo, un detalle agradable.
—Esteban —dijo—, necesito que escuches algo sin interrumpirme. ¿Entendido?
Él se recompuso y cerró la boca. Obediente, la miró serio y fijamente.
Ella hizo lo mismo, y un rictus de seriedad invadió su rostro.
—No soy quien piensas —comenzó—. Pero tampoco soy una simple desconocida. Hay personas que… estudiaron a Clara. Mucho más de lo que deberías saber. Su muerte no fue accidental. Yo… aprendí de sus gestos. De su voz. De su manera de estar quieta y de cómo miraba cuando tenía miedo para cuando llegara este momento de contactarte.
—¿Estudiaron? ¿Por qué? ¿Cómo que no fue accidental? —añadió revolviéndose en su asiento.
—Porque algunas memorias son valiosas. Y algunas personas… más valiosas todavía. Es vuestro caso.
Esteban sintió un puñetazo en el estómago.
—Estás diciendo que te parecías a ella… deliberadamente.
—No del todo —respondió ella—. Yo solo sigo instrucciones. Y tú… tú eres parte de ellas.
—¿Instrucciones de quién? —gritó él, levantándose.
Ella levantó una mano para calmarlo.
—No es así como esperaban que reaccionaras.
—¿Esperaban? ¿Quién?
En ese instante, el tren salió del túnel. Ella lo miraba con una intensidad nueva y justo cuando él iba a retomar sus palabras ella se adelantó sin dejar de estar atenta a su entorno.
—Es difícil de explicar, y yo… yo no estoy aquí para eso. Solo tenía que establecer el contacto. Iniciar el proceso, ser la chispa. —dijo ella. —No tenemos tiempo. Nos observan.
—Pero necesito la verdad.
Ella sonrió con una dulzura afilada.
—La verdad no es lo que buscas. Buscas recuperar algo. Y yo no soy ese algo y acto seguido bajó la mirada y dejó de interaccionar con él. El tren redujo la velocidad: se aproximaban a una estación intermedia.
El altavoz anunció un nombre que Esteban no reconoció.
El tren se detuvo. Ella se levantó y comenzó a avanzar por el pasillo entre la fila de asientos del vagón.
—Adiós, Esteban.
Él intentó sujetarla del brazo, pero ella esquivó el contacto con una precisión quirúrgica, idéntica a un gesto que Clara hacía cuando bromeaban en casa.
—Dime tu nombre —pidió él, desesperado mientras observaba como se alejaba.
Ella dudó. Detuvo el paso, retrocedió y apoyando su mano en el respaldo de su asiento. Se inclinó levemente para susurrarle mientras, atenta, no quitaba ojo al resto de ocupantes del vagón.
—Ya lo sabes —susurró—, aunque cambies el recuerdo.
—No lo sé —mintió.
—Mi nombre… cambia según quién me mire. Pero contigo… supongo que puedo usar el que ella habría elegido.
Esteban contuvo la respiración.
—¿Cuál?
—Llámame como la recuerdas. El resto… no importa.
Ella se incorporó y sin más avanzó hacia la salida hasta apoyar una mano sobre la puerta automática que estaba a punto de abrirse. Mientras esperaba a que en tren se detuviera por completo y se abriera la puerta, se giró y lo miró con ternura.
La puerta se abrió con un silbido. Ella dio un paso fuera del vagón.
Antes de que él pudiera reaccionar, la puerta se cerró y el tren volvió a arrancar. Esteban corrió hacia la ventana, pero ella ya se mezclaba con la gente en el andén, como si nunca hubiera estado allí.
El tren se alejó. La figura de “Clara” desapareció.
Y Esteban se quedó con una certeza imposible:
La de que si la buscaba de nuevo… ella sería distinta, pero siempre reconocible. Como una sombra fiel, o como un recuerdo que no quisiera morir.
“He de volver a verla. Necesito verla. Mañana regresaré”
FIN
EL IDIOTA
Vaya, este tema me viene como anillo al dedo. Es un poco más de la media noche y aun estoy despierto. La culpa es de la taza de café que me tomé por vicio, solo por placer.
Tengo tantas razones para llamarme idiota que ya perdí la cuenta. La más importante es que lo fui, lo soy y —si el destino no decide sorprenderme— lo seguiré siendo. Qué le vamos a hacer: perro huevero aunque le quemen el hocico, y el que nace para martillo, ya sabe, el cielo le regala los clavos. Yo nací para idiota ¡Qué orgullo! Hay destinos que vienen tatuados en la piel, aptitudes semejantes a cicatrices que no sirven para nada, pero imposible de borrar. Idiota nací, idiota moriré. No soy el único, ni el primero ni el último. Fiodor Dostoievski me presentó a uno llamado Nikolaievich Mishkin, el príncipe Lev, tan peculiar que fue protagonista de una de sus novelas. Ojalá corra la misma suerte y alguien se inspire en mí.
Me apena ver a quienes sienten verguenza en llamarme así, como si fuera una ofensa grave, una pedrada en mi autoestima. No, señores: mi idiotez es mi blasón, mi medalla torpe y luminosa, la marca que me distingue.
Mi mote me lo gané a base de sacrificios.
La primera vez que me llamaron idiota yo era tan joven que no había sucumbido a ningún dogma, que no sabía, ni me interesaba, distinguir una consigna de un estribillo de una cancion, que por cierto, hay algunos que dicen más que muchas consignas. Lo único que tenía claro era que no quería pertenecer a nada. No era de izquierda ni de derecha; apenas era de mí mismo. Pero los reclutadores de la juventud comunista, a la caza de los mejores talentos académicos, no entendieron el chiste.
—No seas idiota —me dijo un amigo militante—, a los de la juventud les dan los mejores trabajos.
Pero yo, en mi rebeldía sin panfleto, prefería los pantalones corte campana, el pelo largo, las camisitas apretadas y música en inglés, para rematar la herejía. Parecía un hippie en una tierra donde odiaban a los hippies con la misma pasión con la que censuraban a John Lennon y a los Beatles. Así comenzó formalmente mi vida de idiota.
Me negué a ceder. No claudiqué. Hablaba sin miedo. Eso molestaba tanto a los que me querían —porque sabían el peligro al que me exponía — como a los que me odiaban, porque las amenazas no me intimidaban. Fue entonces cuando ascendí de rango: dejé de ser idiota para convertirme en loco. Los amigos difundían el rumor para protegerse; los enemigos lo aceptaban encantados, porque sólo un loco desafiaba al poder con tanta naturalidad.
No me expulsaron de la escuela: tuvieron la macabra elegancia de dejarme graduar para vengarse con más gusto. En una de esas oficinas clandestinas, tan cubanas como el café fuerte, me informaron que jamás trabajaría “en lo mío”. Que para gente como yo —escoria, gusano— estaban la construcción, la agricultura, la basura.
Y allí fui, con una pala tan digna como pesada, a batir cemento bajo un sol que me castigaba menos que el sistema. A cada golpe me volvía más opositor, más testarudo, más Quijote sin armadura, lanzándome contra molinos de viento que claramente me llevaban ventaja.
—No seas idiota —insistían mis amigos—, con lo que sabes podrías vivir mejor. Aprende a hacerte el bobo… pero sin serlo. Vive.
Pero yo, fiel a mi idiotez fundacional, seguía intentando derribar muros con la frente. Mientras muchos abrazaban la doble moral como quien abraza una almohada cómoda, yo me empeñaba en la sinceridad, ese lujo peligroso que nada da y todo quita cuando se vive en sociedad opresora.
Juré morir de pie, con las botas puestas, pero llegó el cansancio. Y con él, la rendición. No del todo forzada, pero tampoco libre: el exilio me llevó casi de la mano. Digo “casi” porque pude haberme negado, pude haber muerto allí mismo por mi causa, pero no. Cedí. Hice mutis por el foro. Me convertí en un idiota cobarde, uno que se retiró del ruedo para mirar desde las gradas.
Ahora, además de idiota y loco, soy cobarde. Triste combinación, pesada cruz la mía.
Para tranquilidad de todos, estoy pensando cambiarme el nombre. Aunque ya saben: por mucho que uno se cambie el nombre, la esencia se queda. Aun así, confieso que ser idiota tiene ventajas: nadie espera nada de uno, así que cualquier cosa que diga o escriba les parecerá mejor de lo que un idiota debería producir.
El pasado pesa, pero también caduca, se derrumba por su propio peso. Se tiene que dejar morir al que fue para que nazca el que podría ser. Por eso pensé en una pequeña variación poética, un giro afrancesado: Lidiot —del francés L’idiot, que al menos suena más elegante.
Y si todavía les da vergüenza decirlo, no se preocupen: busco otro, me invento uno, o me pongo el que ustedes elijan. Total, un nombre es eso: un disfraz que solo sirve hasta que la idiotez verdadera se vuelva a asomar.
PEDRO A LÓPEZ CRUZ
AZUL
(Una historia alternativa)
El aire apenas consigue inflar mis pulmones. Entre estertores y convulsiones, noto cómo la vida se me va y mi alma trata de alzar el vuelo. Mi piel es ahora de ese color que tienen los príncipes en los cuentos, del mismo tono azulado de la sangre que corre desbocada por sus venas.
Cuando todo empezó, hace tan solo tres años, yo era una simple estudiante de enfermería. Lo conocí en una fiesta. Típico. Recuerdo sobre todo las prisas. Traspasar la línea de las doce llevaba aparejado el indeseable castigo de mi madrastra. Mi existencia hasta este momento había quedado reducida a una cotidiana sucesión de malos tratos en un entorno familiar rígido y falto de oxígeno. Entenderán que salir y divertirme, aunque fuera un par de horas, para mí era una ventana abierta de par en par, una vía de paso facilitando el que en mi vida soplase ese aire tan necesario.
Faltaban quince minutos. Mi amiga me esperaba nerviosa dentro del vehículo, un Twingo de tercera mano, condenado ya casi al desahucio y de un horrible color calabaza. Conducía Almudena, la “Almu”, mi mejor amiga. Esa hermana que siempre habría deseado, mi confidente, mi compañera de vida, la que me cuidaba y me protegía. Una verdadera hada madrina.
Por cierto, soy Lorena. Avispada y con estudios, pero, al fin y al cabo, una chica de barrio. Para muchos, la “Lore”, la princesa de Carabanchel. Y este que no deja de moverse en círculos aparentando estar preocupado es Helmutt, el alemán que, para desgracia de mis desgracias, conocí aquella noche. Rubio, alto… encantador. Y, por si fuera poco, príncipe de no sé qué parte de Sajonia, según contaban las revistas. Algo que, por entonces, yo ignoraba por completo. Imagínense, la “Lore” y el príncipe de Sajonia. Menuda historia, aunque sería más preciso decir vaya cuento.
Mi tiempo se agotaba y Helmutt se había encerrado en los servicios, buscando a no sé quién o haciendo no sé qué, me dijeron. Yo, sin embargo, tenía fundadas sospechas de sus actividades nocturnas y nasales, por lo que mi reacción primera fue escapar de allí llorando. Fuera me esperaba ella, una vez más, con los brazos abiertos en posición de abrazo, acto que se materializó nada más percatarse de mis lágrimas, y que prolongó durante treinta eternos y reconfortantes segundos. Así era “Almu”. Mi santuario, mi refugio humano, mi persona más cálida. Acto seguido, entramos al coche. El Twingo de “Almu”, cosa nada extraña, tenía rota la calefacción. Mientras yo juraba que los hombres, sean del color que sean, al final son todos iguales, me frotaba ambos brazos con insistencia, tratando de hacer renacer en mí el calor perdido. Créanme, el escote, aparte de para conquistar príncipes y otras especies del género masculino, resulta poco práctico cuando el frío te deja el cuerpo cortado y corres el riesgo de fallecer por congelación.
Nunca supe cómo Helmutt logró encontrarme al día siguiente, pero lo hizo. Antes de que pudiera darme cuenta, allí estaba, pidiéndome perdón por lo de la noche anterior. En su mano derecha sostenía un zapato de tacón. Con las prisas y teniendo en cuenta mi estado de agitación, no recordaba haberlo perdido. De inmediato supe que era mío. Se arrodilló y me lo colocó con delicadeza mientras me recorría de la cabeza a los pies con la inmensidad azul de sus ojos, haciendo ciertas paradas que, he de confesar, me hicieron estremecer. En especial la última, la que enfrentó esa línea imaginaria que unía nuestras miradas. Sí, todo muy de cuento. Pero no se engañen.
Más tarde vendría lo demás. Cafés, risas, cines, paseos en barca por el Retiro… la confianza, las palabras cada vez más intensas y finalmente los bofetones a destiempo y los insultos, como coronación del macabro círculo en el que para entonces ya se había convertido mi vida. Ahora vivo en Dresde, al este de Alemania. En un palacio impresionante, perdido entre tupidos bosques, en mitad de ninguna parte. Aquí no se oyen los gritos, tampoco los golpes, y dudo de que lleguen las ambulancias. Todo lo que ocurre en palacio se queda dentro, hermético, oculto tras estas enormes paredes de piedra acostumbradas, indolentes, a ser testigos mudos del paso el tiempo y de cuanto aquí sucede. Silenciosos y cómplices, ajenos a juicios ni valoraciones, incapaces de derramar ni una sola lágrima. Cualidades inherentes a la piedra, así como a los corazones de algunas personas.
Hace ya unos segundos que creo haber dejado de respirar. Mi piel ha pasado del azul asfixiante a un tono ceniciento y mortecino. Colorín, colorado… mi vida ha terminado. Menudo final. Podría haber despertado con un dulce beso mientras mi príncipe me dice que todo está bien, que solo ha sido un mal sueño y me maravillo del revoloteo de pajarillos y el sonido de violines. O, si necesariamente estoy condenada al eterno final, podría haber sido con una simple manzana, como la chica de los siete hombrecillos. Pero no. El escabeche enmascara mejor el sabor del pentobarbital sódico. Limpio y rápido. Nunca llegué a explicarme la incomprensible afición que tienen los príncipes por la caza, y esa dichosa costumbre de acabar comiendo perdiz en la conclusión de todos los cuentos. Ahora ya lo entiendo. Y también su pertinaz insistencia en que me gustase la carne de caza. Simplemente era cuestión de tiempo.
MAITE BILBAO
«Podrás cambiar de nombre, e incluso de sexo. Pero, siempre te reconoceré por tu forma de escribir».
COLIBRÍ
La única luz en el estudio la aportaba la lámpara de latón, proyectando un círculo amarillo sobre la superficie de la mesa. Afuera, la ciudad se había disuelto en el habitual gris de diciembre. El silencio era total, salvo por el crujido ocasional del añejo atril. Sabía que este «informe final» era un ritual: el juicio ineludible de que la ambición, tarde o temprano, alguien me hacía llegar.
Me senté ante el atril de roble, la madera rugosa y oscura bajo mis manos. El ejemplar de «El Muelle de las Cenizas» reposaba abierto, pesado, casi pretencioso. Lo recibí por correo, sin remitente, con una nota mecanografiada: «Para su informe final, Maestro».
Comencé la lectura. La sintaxis era sofisticada, y una excelente prosa. Había oficio.
Entonces, en la página 78…
La línea que me hizo detener la respiración fue:
«La lluvia caía sobre la bahía, y de verdad creo que el protagonista, al ver el agua, sintió la nostalgia de su madre».
No. Absolutamente no.
Se me tensaron los músculos de la mandíbula. Una rigidez familiar. El pulso me golpeó en la sien. El fantasma del ‘yo creo’. El patrón era el vicio más tenaz que había combatido en mi carrera: el narrador siempre un paso por delante del personaje, dictando el efecto.
Me quité las gafas, cerré los ojos, presioné el índice y el pulgar sobre el puente de mi nariz. El nombre se materializó como ceniza sobre mi lengua.
¡Alaia!
Los viejos errores estructurales persistían. La muletilla emocional. El pecado capital de la abstracción acechaba justo después:
«Después de la ruptura, la casa se convirtió en una tumba de silencio. El aire era denso, pesado, y la atmósfera opresiva era testimonio de la soledad que lo consumía».
No lo había erradicado. Solo lo ocultaba. Ella. V. Solano.
Al llegar al epílogo, el proceso terminó. Alaia siempre temió el vacío.
«Y así, comprendió el hombre, la vida no es más que el eterno retorno a la simple verdad de que el amor perdido es la única riqueza que nos queda».
El impulso de etiquetar el significado fue su firma final. Quince años. Sigue temiendo que el lector respire solo. El oficio había cambiado la piel de su prosa, pero el estilo resultaba inmutable.
Tomé el bolígrafo rojo y, justo al pie del epílogo, escribí una sola palabra en mayúsculas: COLIBRÍ.
Dejé el bolígrafo sobre la mesa y me recosté en el respaldo, tras el vacío que siempre dejaba el ritual. Sabía que no terminaría así. Ella no dejaba cabos sueltos, y menos aún cuando el objeto de su ambición era la validación. Podía imaginarla vigilando la entrada del correo, calculando tiempos, incapaz de esperar la opinión que había provocado.
El teléfono vibró sobre el roble. Número desconocido. Al verlo, tuve una certeza fría, casi premonitoria: si alguien podía saber el momento exacto en que yo cerraba su libro, era ella. Era el cierre necesario, la conclusión que solo podía venir de ella.
Descolgué y no esperé el saludo.
—Alaia —dije. Mi voz se mantuvo plana, pero se deslizó con la fricción de un metal frío.
Hubo una pausa al otro lado, una contención deliberada, lejos del vacío que tanto temía.
—El informe final, Profesor —Su voz, controlada, apenas tenía una nota de soberbia, si no una impaciencia mordaz.
—Tu técnica es casi impecable, Alaia. El oficio hizo un trabajo encomiable. Eso es lo frustrante.
—¿El «casi» es lo que importa, por supuesto? —El resentimiento era ahora audible.
—Lo que importa es que no has cambiado la piel. Te sobra la certeza. Es tu viejo miedo, Alaia. El miedo a ser honesta.
—Las personas pagan por la comprensión, Maestro. Quieren saber. Y yo pago mi hipoteca.
—Pagan por la experiencia. No por la sentencia. La cosa habla; no tu glosa sobre ella. Siempre te dije que no podías explicar la belleza sin asesinarla.
El silencio se extendió. Pude escuchar el suave golpe rítmico de un objeto sólido, quizás el capuchón de su vieja estilográfica, contra el borde de una mesa, un sonido rítmico que transmitía una paciencia ensayada. Conocía el sonido; era la forma en que ella marcaba el tiempo cuando esperaba una respuesta, el clic que había escuchado miles de veces en mis clases.
—¿Te hubiera gustado más si no fuera un best-seller? ¿Para qué te lo envié, si no para que juzgaras si el éxito podía validar el vicio? Esperaba que entendieras que la gente no quiere tu arte, quiere tu sentencia. —No era una pregunta, era un golpe de guante, seco y directo.
—Me habría gustado más si hubieras confiado en el lector. No me enviaste el libro para validarme, Alaia. Me lo enviaste buscando mi bendición. Y sabes que no te la daré.
—Quizás el retorno es el valor que el mundo elige, Maestro.
—Quizás. Y por eso tú serás famosa y yo seguiré aquí, Colibrí. Volando tan rápido que nunca puedes posarte. —Colgué.
El peso del atril seguía allí, inamovible, sosteniendo el libro. Solo quedó el recuerdo persistente de su nombre, y el apodo que solo yo usaba: Colibrí.
SERGIO TÉLLEZ
P–438
…»La multitud, un río de rostros
sin rostro, sin nombre, sin alma
fluye por las calles, sin rumbo
sin destino, sin meta.
Todos iguales, todos uniformes
sin pensamiento, sin corazón
solo un número, un engranaje
en la máquina de la sociedad»…
El juez alzó la mirada de la pantalla holográfica que flotaba ante él, sus ojos se estrecharon y su rostro se endureció. –Un poema subversivo, señor fiscal. ¿Y qué hace que crea que este… «poema» es una amenaza para la sociedad?
El fiscal sonrió, mostrando sus dientes afilados. –Su señoría, el lenguaje es claro. Es un llamado a la rebelión, un ataque directo a la Autoridad. No podemos permitir que este tipo de… «arte» se propague por nuestras calles.
La sala de audiencia se quedó en silencio, solo interrumpido por el zumbido suave de los sistemas de vigilancia. El fiscal se acercó al juez, con voz baja y cargada de convicción.
–Su señoría, el poema en cuestión es una obra maestra. Su estructura, su ritmo, su lenguaje… todo es perfecto. Pero es precisamente esa perfección lo que lo hace tan peligroso.
El juez asintió con la cabeza, su rostro era imperturbable. –¿Y qué dice el acusado sobre la autoría del poema?
El fiscal sonrió. –El acusado afirma que lo escribió él mismo, su señoría. Pero nosotros creemos que es imposible. El poema es demasiado perfecto, demasiado… inspirado. Creemos que ha plagiado a un autor desconocido, alguien que ha logrado crear una obra que está a la altura de los grandes logros de nuestra gloriosa sociedad.
La sala de quedó en silencio, sus ojos fijos en Kael, mirándolo con fascinación, pero también con desdén. Kael se sintió como si estuviera atrapado en una trampa, con la perfección del poema como su mayor enemigo.
La voz del fiscal se elevó ligeramente. –¿Cómo puede alguien crear algo tan perfecto cuando la mayoría de la gente se conforma con la mediocridad?
El juez se inclinó hacia adelante, su mirada era intensa. –Eso es lo que queremos saber, señor fiscal.
La audiencia se inclino expectante, esperando la respuesta.
–Su señoría, creo que es hora de que la sala escuche el poema en su totalidad.
El juez asintió. El fiscal comenzó a recitar el poema, y su voz llenó la sala como un bálsamo para los oídos de todos.
Sus rostros se suavizaron, sus ojos se cerraron y sus cuerpos se relajaron. La voz del fiscal era cada vez más suave. Todos estaban bajo su hechizo.
Kael también cerró los ojos y se sintió pleno.
La audiencia se mecía al ritmo de la voz del fiscal, sus cuerpos moviéndose en una danza hipnotizadora. El juez tenía la boca ligeramente abierta, como si estuviera repitiendo las palabras del poema en silencio, sus ojos cerrados y su cuerpo inmóvil, excepto por un ligero temblor en sus labios.
El fiscal terminó de recitar el poema, y la sala se sumió en un silencio absoluto. El juez se enderezó lentamente, su rostro todavía contraído en una expresión de éxtasis, y una sonrisa serena en su rostro.
Pero el momento se rompió. La audiencia comenzó a abrir los ojos, parpadeando como si salieran de un sueño. El juez se aclaró la garganta, y su rostro volvió a adoptar una expresión seria y profesional.
–Señor fiscal– dijo, su voz un poco ronca, –creo que ha sido suficiente. Continuemos con el juicio.
La audiencia se movió incómoda en sus asientos, como si no quisieran dejar atrás la sensación de plenitud que habían experimentado. Pero sabían que tenían un trabajo que hacer. Debían juzgar a un presunto plagiador, y no podían dejar que sus emociones se interpusieran en el camino.
El fiscal asintió, y comenzó a hablar de nuevo, con voz firme y profesional.
El respetable se inclinó hacia adelante, atento, y el juicio continuó como si nada hubiera pasado. Pero en el fondo, todos sabían que algo había cambiado. Algo que no podían explicar, pero que había dejado una marca indeleble en sus almas.
Finalmente, el juez se levantó y se dirigió a la audiencia. Su voz era firme, pero había un destello de miedo en sus ojos.
—Después de considerar las pruebas presentadas, este tribunal encuentra a Kael… culpable de plagio.
La sala se sumió en un silencio opresivo. Kael se quedó paralizado, su rostro pálido.
El fiscal se puso de pie, una sonrisa de triunfo en su rostro.
—La sentencia será… reeducación.
Kael se estremeció. La reeducación era un proceso brutal, diseñado para borrar la individualidad y la creatividad de los disidentes.
El juez se inclinó hacia adelante, su voz baja y amenazante.
—Kael, has cometido un crimen imperdonable. Has creado algo que no podemos explicar. Algo que no podemos controlar.
Kael se levantó, su voz temblaba.
—¿Qué significa esto?
El juez se levantó, su rostro era una máscara de piedra.
—Significa que se te cambiará el nombre, serás reeducado. Que tu mente será limpiada de todas las impurezas. Que olvidarás el poema, y todo lo que has sido.
Kael trato de gritar, pero no pudo emitir sonido alguno. La audiencia se levantó, y comenzó a salir de la sala, sin mirar atrás.
La última cosa que Kael vio fue el poema, proyectado en la pantalla holográfica detrás del juez. Las palabras parecían burlarse de él, recordándole su fracaso.
La oscuridad se cerró sobre Kael y todo se volvió negro.
Kael, ahora llamado P–438, Escribió un poema tan perfecto que lo acusaron de plagio. Nadie, sin embargo, sabía de quién.
EFRAÍN DÍAZ
Cuando un desconocido llega a una ciudad, la ciudad, ese gran animal sin memoria ni afectos, ni parpadea. Sigue su tráfago, su prisa, su ruido, sin concederle al recién llegado más atención que a una hoja seca arrastrada por el viento. Pero si ese mismo desconocido llega a un pequeño barrio de la montaña, entonces la historia es otra. Allí cada alma es un escribano en potencia y cada esquina, un confesionario. Los rumores tienen la velocidad del rayo y la certeza de una tesis doctoral: todos saben todo, incluso lo que no saben.
Así ocurrió con Andújar, cuya llegada al Barrio Dos Bocas produjo el tipo de revuelo que solo inquieta a los sitios donde todos se conocen por nombre, apodo, genealogía y alguna que otra indiscreción que es mejor no mencionar en voz alta. Un barrio tan pequeño que hasta el más venial de los pecados tenía domicilio conocido.
Apenas puso pie en el colmado de Lolo para comprar provisiones, el dueño, hombre curioso y de lengua fácil, lo abordó sin rodeos:
—¿Y usté, cómo se llama? —preguntó Lolo, con el mismo tono inquisitorial de quien pide pasaporte en una frontera internacional.
—Santiago —dijo él—. Pero me dicen Chago.
—¿Y qué lo trae por estos lares?
—Busco tranquilidad. Aire fresco.
Hasta ahí, todo normal. Pero en el barrio Dos Bocas la normalidad le duró poco.
Porque en el bar de la esquina, el mismo personaje, Andújar, se presentó como Mauricio. En la barbería, necesitadísimo de recorte, fue Antonio. En la ferretería se volvió Andrés y en la tienda de repuestos, Jorge. Y así, con una prodigalidad en alias que ni un espía de tercera, Andújar fue poblando el barrio de diferentes versiones de sí mismo. Todas inconsistentes, todas sospechosas y todas desconcertantes.
Quien único sabía la verdad, si es que la verdad existía, era el cura, que en secreto de confesión escuchó su pecado, su miedo al infierno y hasta su verdadero nombre, esa fruta prohibida que nadie más había probado.
Los vecinos, entretanto, rumiaban su desconcierto. Ya habían pasado dos años desde su llegada y el hombre parecía más bueno que el pan: ayudaba, saludaba, no se metía con nadie. Pero lo del nombre, lo de los nombres les descuadraba las cuentas. ¿Qué escondía? ¿Qué perseguía? Y sobre todo ¿Quién era?
Y como en todo buen barrio puertorriqueño, donde los rumores se convierten en teorías, comenzaron las especulaciones: que si huía de un crimen espantoso, que si debía dinero al fisco, que si había timado a la mafia y ahora vivía en fuga perpetua. Nadie sabía nada, pero todos sabían mucho.
Hasta que un día el misterio o la solución llegó en automóvil.
Un vehículo negro, de vidrios oscuros y actitud sospechosa, recorrió la ruralía dando vueltas como quien tantea un tablero antes de mover la pieza decisiva. Finalmente se detuvo frente al colmado. De él bajó una joven elegantemente vestida, con un portfolio negro que parecía más serio que un juez de apelaciones.
Entró. Abrió el portfolio y sacó una fotografía.
—¿Ha visto usted a este hombre? —preguntó.
Lolo, que de tonto no tenía un pelo:
—Sí. Se llama Santiago, pero le dicen Chago.
—¿Sabe dónde puedo encontrarlo?
Y Lolo, que para entonces ya quería a “Santiago” como a un primo adoptivo y no estaba dispuesto a entregarlo a una desconocida de tacones altos, dijo:
—No, mija, ese vive errante. Nadie sabe dónde duerme.
La mujer agradeció con una sonrisa helada y siguió su ruta. En el bar lo identificaron como Mauricio; en la barbería, como Antonio; en la ferretería, como Andrés; y en la tienda de repuestos, como Jorge. Ningún domicilio. Ninguna pista. Ninguna certeza.
La joven, frustrada, fingió marcharse. Pero se quedó en vela, paciente como un francotirador en la espera del tiro perfecto.
Pasaron los días. Y cuando Andújar no volvió a verla rondar, se sintió seguro para salir de su escondite y bajar al colmado. Mientras escogía víveres, Lolo le comentaba, con la naturalidad de quien comenta sandeces, que una mujer misteriosa lo había estado buscando.
De pronto, Lolo se quedó mudo. Había entrado la mujer. Le hizo al colmadero un gesto imperioso de silencio. Andújar siguió hablando, ignorante de la escena que se montaba detrás de él.
La joven se acercó. Se plantó justo detrás. Y con una voz capaz de partir en dos la memoria dijo:
—Papá.
Andújar se petrificó. El aire se espesó. El barrio contuvo la respiración.
Y ella, con la sentencia que resume todo el cuento, le dijo:
—Ni aunque te cambies el nombre.
FRAN KMIL
Aunque te cambies el nombre.
Maldices la hora en que te enrolaste en el ejército por aquella promesa absurda de estudios superiores.”Imagínate, yo, abogado. Un Diaz, abogado. El orgullo de la familia, la envidia de los enemigos” le dijiste a Edelmira sin notar la sombra de tristeza que cruzó por su rostro. Siempre fuiste un lerdo con las mujeres. Ella, incómoda, marcó el cemento de la acera con un fuerte zapatazo, como solo saben hacerlo las mujeres cuando se molestan. Si, mujeres, porque ya no era una niña, se les notaba los senos que tu no querías ver pero que ahí estaban esperándote “ Haz lo que te dé la gana, pero sigo insistiendo en que es mucho peligro” y puso el amor en pausa para esperarte. Si no había hablado hasta entonces ¿para qué hacerlo ahora si te empeñabas en irte, en abandonar al barrio y a los amigos?
Guardó silencio porque así le habían enseñado, que no está bien que sea una muchacha bien criada, de familia honrada, la que dé el primer paso: no era una cualquiera. Esperaría a que te dieras cuenta de su amor.
Pero se cansó y tú le ayudaste a olvidar cuando regresaste con un nombre cambiado, fingiendo no conocer a nadie, ni siquiera a ella.
Primero se resignó a no tenerte, luego, fue dejando morir lentamente al amor. Hay amantes que nacen para nunca estar juntos; hay amores cobardes, amores que no son correspondidos.
Tu mamá explicó que la guerra te había hecho daño, que ni de tu nombre te acordabas, que te daba por decir que te llamabas Andrés.
—Síganle la corriente, pobre, ni dormir bien puede.
Son pesadillas sobre pesadillas y no para de gritar.
Los amigos te miran con lástima cuando te ofrecen un plato de comida y, como si quisieran devolverte a la vida, te recuerdan los días cuando andabas descalzo por la falta de zapatos, no como insulto, sino como recordatorio de que fuiste feliz a pesar de la escasez. Te hablan de tus sueños de ir a la universidad, de aquellos tiempos en que te llamabas Efrain y aun no había aparecido el reclutador prometiendo villas y castillas a los pobres que mal vivian.
Manolo ríe y evoca los días de lluvia cuando se metían en el zanjón crecido a pescar lo que las corrientes arrastraba. Te da unas palmadas en la espalda y dice que eras el mejor nadador, el mejor segunda base, el más inteligente del grupo y que presumían de ser tu amigo cuando hablabas de literatura, de cine, cuando mencionabas autores, personajes, directores, actores y te ponías a contar sobre las estrellas, los planetas y los ovnis.
Matilde confiesa, mientras te brinda una tacita de café recién hecho, que cuando ninguno sabía la respuesta, decían “ vamos con Efrain, seguro que él sí sabe”
Pero tú no sabes de que te hablan. Tus recuerdos giran siempre en espiral para llegar al mismo lugar: un claro de la selva africana, un anciano corriendo hacia ti con los brazos abiertos. Tuvo la mala idea de buscar algo bajo la camisa y el miedo, disfrazado de precaución, apretó el gatillo del fusil M4.
Desde entonces comenzaste a decir un nombre distinto cada vez que te preguntaban. Creías que los recuerdos se disolverían entre las edificaciones de las ciudades o entre los árboles del bosque o se ahogarían en las aguas del zanjón que ya no es zanjón, porque lo entubaron y lo escondieron bajo tierra.
Volviste huyendo de ellos, de los recuerdos de Efrain. Tiemblas si te llaman así y reclamas que te digan Andrés o cualquier otro nombre, menos el tuyo, que fue antes de tu padre y anteriormente de tu abuelo.
Pero aunque te cambies de lugar y te cambies el nombre, los recuerdos siempre saben cómo encontrarte y te martirizan.
ANGY DEL TORO
LA DUALIDAD DEL SER
No sé cuándo empecé a hablar contigo, Jekyll.
Quizá fue cuando comprendí que no eras solo un personaje del siglo XIX, sino alguien que aún respira en las letras de los escritores, y en quienes, como yo, te vamos leyendo.
Unas veces te me acercas desde las páginas de Stevenson; otras, desde los hipertextos, libros donde, en ocasiones, aparece tu sombra, pero no tu nombre.
Porque, aunque cambies de nombre, continúas siendo tú.
Y yo, la lectora que intenta entenderte… aunque no siempre lo logre.
Hoy me acompaña otra sombra: El testamento de Mr. Hyde, de González-Barba.
Y pensé en ti, Jekyll. En cómo Hyde te siguió siempre, incluso antes de nacer.
Luego abrí El ojo de Goliat, de Muzzio, donde todo parece observado desde algún lugar invisible. Y pensé que tu historia no termina contigo, Jekyll.
Otras letras siguieron tus pasos, otros científicos cruzaron la misma línea que tú cruzaste.
Tu sombra se estira a través de los siglos, cambiando de nombre y de isla, pero conservando el mismo temblor: la necesidad de ser otro… y el miedo de perderse en el intento.
Mientras leo todo esto, me doy cuenta de algo extraño: cuando dialogo contigo, no sé si hablo con un médico del pasado, con un monstruo literario… o con la parte de mí que también teme lo que no logra expresar.
Calma ese carácter, hombre; ya no te temo. Ahora sé dónde te escondes: en las sombras de un laboratorio.
—Me escondo en los libros. Y en ellos descubro que no soy el único monstruo. Todos hablan de mí, cada uno desde su tiempo y desde su herida.
—Confieso que me siento como polilla en una biblioteca, atraída por las páginas que otros escribieron.
Soy una lectora que se asoma a tu oscuridad sin miedo, porque en ella —en ti— encuentra algo parecido a una verdad.
Sea lo que sea, aquí estoy. Dispuesta a escucharte.
Y a seguir este desdoblamiento que no es solo tuyo: también es mío.
Porque, aunque cambies de nombre, aunque intentes esconder tus frascos o tu culpa, sigues siendo tú…
y yo sigo siendo esa lectora que pretende entenderte sin advertir que, al hacerlo, me acerco demasiado a tu personaje, a tu creador.
—Jekyll, dices que Hyde no es más que tu sombra.
Pero cuando lo escucho, cuando leo sus pisadas violentas, su sed de venganza, siento que no hablo con un monstruo… sino con una parte de ti que quiere ser revelada.
Y entonces me pregunto si acaso no soy yo la que te convoca, la que te presta mi oído en un siglo donde no todos escuchan, donde lo oscuro se entierra, se pierde o maquilla.
Continúo buscando bibliografía como quien busca respuesta en una probeta de laboratorio.
Abro Las nuevas mil y una noches, vuelvo a las cartas de Stevenson, rastreo anotaciones, versiones, manuscritos que quizá nunca existieron.
Me pregunto si alguien en el siglo XXI ha querido conocer tu versión, Jekyll.
No la que escribió tu creador para los demás… sino la que guardaste para ti mismo, en esos minutos donde Hyde golpeaba en tu nuca.
Y en medio de esta búsqueda descubro que, cuando hablo contigo, no sé si converso con un médico atormentado… o con la parte de mí que ansía aprender de aquellos que saben.
Tú te escondías en los suburbios de Londres. Pero aprendiste a amar, aunque ella fuese una prostituta.
Ahora inmersa en la lectura de tu testamento, cual, si estuviera en el extraño caso del doctor Jekyll y Mr. Hyde, de Robert Louis Stevenson.
Sea como sea, aquí estoy. Dispuesta a escucharte. A encontrar en ti —en tu dualidad— la llave para comprender las zonas oscuras que todavía no me atrevo a nombrar.
MARÍA JESÚS GARNICA
Aunque te cambies el nombre te encontraré.
Porque eres más que un nombre.
Eres un olor, un timbré de voz.
Por eso nunca desistí cuando desapareciste.
La policía no me daba señales.
Te busque.
Y te encuentro.
Tenías otro nombre, otra vida.
Me dijiste qué no me conocías, qué no te acordabas.
Yo sabía que mentías.
Pero me fui.
No merece la pena.
CARMEN BERJANO
Polvo de estrellas
Miro el horóscopo para ver nuestra compatibilidad. Tú me dices que si no hay afinidad cambias de signo.
Yo ya sé que estás. Y que aunque te cambies de signo, incluso de nombre, estarás.
YOLANDA PINA REY
Aunque cambies de nombre: La esencia es eterna.
MARIO NÚÑEZ
Es la madrugada del 8 de diciembre.
El hombre mayor enciende un velón de veinticuatro horas frente a la foto de una bebé.
Es una vieja foto, de casi cuarenta años, de las de papel brillante, de las de revelado en laboratorio, de las que salen de un rollo encerrado en un plástico de dentro de una vieja cámara automática.
La foto está recortada, de modo que solo se ve en ella el rostro de la recién nacida, dos horas después de comenzar a alumbrar este mundo.
La vela emite sus primeros intentos de responder con fuego a la chispa del encendedor descartable.
Descartable.
También el encendedor.
Hace relativamente poco tiempo, menos de una década, contactó a la hoy cumpleañera, devenida ya en profesional, casada y con sus propios hijos.
Dos o tres comunicaciones distorsionadas por el tiempo y la intensidad de la historia, larga para el progenitor, y reciente como una deflagración para la joven mujer.
Comprobaciones con versiones contradictorias entre los padres que conoció toda su vida, alguna familiar, algún pariente surgido de la nada, un pactado estudio de ADN que jamás se concretó, y luego, silencio absoluto, progenitor degradado a extraño e hija feliz con una historia inventada a conveniencia … como todas las historias.
Un silencio que confirma que aquel nombre cambiado, más bien apellido sepultado, desapareció de la vida de la joven, y permanece enclavado en el hombre ya grande que sabe la verdad que ya no declamará nuevamente. Eres mi hija, aunque te cambies el nombre. Solo pude darte la vida, y tus éxitos y desarrollo no perdonan ni justifican las acciones de tus mayores, pero son tuyos desde hace tiempo, y así será para tus generaciones siguientes.
Es consciente de la importancia del legado biológico, especialmente por razones de salud, pero lo que a su edad es obvio e importante, no lo es para una generación tres décadas menor.
También es consciente que no conoce nada de la vida de la hija que la vida se llevó, o dejó llevar.
No sabe de sus amores ni dolores, desconoce todo sobre su infancia fuera de algunas pocas noticias esporádicas y muy parciales. No tiene idea de cómo surgió su hogar, ni quien es el hombre con quienes se escogieron para caminar juntos, o de la historia de sus dos nietos anónimos, de la vocación de su hija, de su trabajo diario, de su vida familiar, de sus amigas y amigos…
Nada.
Son jóvenes aún, no muy lejos de treinta y con los veinte aún en ebullición.
Se relacionaron sin casualidad alguna.
Él expuesto al público por su trabajo.
Ella, ilusionada por su imagen pública de su galán, aunque sin conocerse realmente nunca.
Él sin comprometerse nunca antes en relaciones afectivas.
Ella, mostrando capacidades diferentes que atribuía a lesiones causadas en prisión por cuestiones políticas.
Ambos creyeron estar frente al amor de sus vidas.
Ambos vieron lo quisieron ver.
Les parecía que el destino, el universo, los astros o vaya uno a saber qué, los había diseñado el uno para el otro, y había tendido rutas y puentes para su encuentro.
Coincidencias mágicas y a veces algo forzadas, de esas que sin el enamoramiento parecen frívolas y hasta incomprensibles, comenzaron a soldar los tejidos de la red que parecía ser para siempre, cueste lo que cueste.
Atardeceres frente al mar, en las murallas de un parque de la ciudad, la música íntima del gorrión de París, aquellos sonidos gangosos que a ella le hacían sentir ser la versión local de la legendaria Edith parisina, nacida de la pobreza, devenida en grandiosa gracias al milagro de sus dotes, mientras a él le despertaba desde siempre, reminiscencias de la lejana tierra de la Bastilla, perdida en los albores de sus intentos de ser adulto.
Lentas caminatas condicionadas por los bastones canadienses de ella, encuentros escasos por las porfiadas agendas, y casi permanentes comunicaciones día y noche por todos los medios a su alcance.
Cenas, regalos significativos al calor del lazo que crean momento a momento.
Una relación de meses, intensa, transgresora, desafiante al mundo. Única, como todos los amores únicos.
Las familias de ambos los conocieron, observando aquello con preocupación y callada desaprobación cada quien por sus propias razones, pero sin emitir palabra al respecto.
No podré ser madre nunca, dijo ella desde el comienzo, dando muestra de frustración y aparentes libertades para la intimidad.
Vivo solo, dijo él, en un departamento desvencijado y revuelto como nido de soltero joven.
Vivo con mi primo, había contado ella, habilitando el otro de los dos nidos de pasión con que contaba aquel par de rotos, que apenas reconocían sus roturas.
¿Vamos hoy a tu casa o a la mía? preguntó él.
Vamos a casa, mi primo es médico y está de guardia casi todo el día y de noche. Estaremos solos.
Noche de pasión, una de muchas, sin precauciones como siempre, ante la exclusividad y la imposibilidad de un embarazo, sin darle demasiadas vueltas a nada más.
La noche trascurre a la velocidad otoñal de marzo, ni corta ni demasiado larga, y junto a las primeras claridades filtradas por el cortinado del dormitorio, el sonido de la cerradura de la puerta de calle.
Los amantes despiertan en la cama del dormitorio principal aún juntos, algo sobresaltados por el ruido tenue de la puerta, la claridad del amanecer que no respeta intimidades, y el primo médico que abre la puerta de la recámara, observa la escena inesperada, se disculpa, y sale al comedor.
Los aún adormilados ocupantes del lecho se levantan para ducharse, el primo se disculpa nuevamente, y ofrece a la pareja el desayuno recién preparado.
Lo hasta entonces imposible ocurre, y una hermosa niña se está gestando, hasta llegar rozagante al mundo, justo al término de un embarazo intenso y desconcertante, en que el primo se va transformando también en el esposo de la madre, y emerge un hombre infértil que anhela ser padre, y se propone serlo, aunque su biología pretenda impedirlo.
Aún no define completamente el nombre de su rol pero, en ese conjunto extraño y desprolijo de seres y circunstancias, pero sí muta lo suficiente para devenir en el hombre de la casa, que nunca más acoge a los amantes.
La relación de la pareja se deteriora gravemente, al son de reproches y excusas sobre la verdadera intención del embarazo, las paternidades confusas y la maternidad que hasta hace poco era imposible.
En uno de los últimos paseos caminando luego del parto, ella guía la caminata por una lujosa avenida cercana, y se detiene frente a una lavandería.
Mira, le dijo señalando el palco exterior de un departamento con amplia balconada, en el primer piso de un moderno edificio muy elegante.
No tendrás que rentar más. Dice mi padre que es tuyo, siempre que te olvides de la niña.
Un huracán devasta la cabeza de aquel hombre mezcla de irresponsable, ingenuo y compasivo.
De ninguna manera, responde. Soy el padre y lo seré siempre, atina a decir, escondiendo detrás de su postura desafiante el torbellino de sensaciones.
Eso nunca pasará, refuta días después, un abuelo aparecido de la nada en el trabajo del progenitor.
Acepta el departamento a cambio de olvidarte de mi nieta para siempre.
Mi pequeña es hija de mi hija y de su esposo el doctor. No tienes nada que ofrecerles. Te agradecemos lo que hiciste por ellas; hasta ahora hemos sido más que pacientes con las locuras de ustedes.
Pero se acabó desde ahora. Ya no vuelvas.
Sin esperar respuesta, que de todos modos difícilmente escucharía, aquel hombre sale del lugar.
El progenitor de la pequeña apenas puede reaccionar; sale de su trabajo sin rumbo, solo respondiendo al llamado del agua.
Un amigo y compañero de trabajo había escuchado aquella conversación entre el desconocido y el desconcertado que ahora camina sin pensar ni mirar, ni oír nada, rumbo a los murallones de la rambla que frenan el mar. El amigo le alcanza, lo aferra por el hombro, lo lleva a su propio hogar, y con su esposa también amiga del padre biológico recién destituido, lo acogen esa noche en un dormitorio, cuidando que el progenitor frustrado no fuera a salir en aquel estado.
Pasan los meses, entre disputas acerca de apellidos, roles y sobre quien entraría a la sala de partos junto a la madre; ya en la pequeña habitación con una sola butaca vacía de acompañante, permanecen de pie el padre que la engendró, el padre que firmará, la madre que la parió, y una bella bebé. Todos compartiendo la habitación por un rato muy tenso, aliviado por el éxtasis de ver a aquella pequeña criatura que apenas mueve sus piernas, brazos y manos entre sueños y en búsqueda de alimento con sus hermosos labios muy finos.
La madre, ofrece al padre biológico el primer abrazo de otra persona a la criatura casi dormida.
La propuesta de mi papá sigue en pie, insiste, y podrás estar cerca de la niña todo lo que quieras.
Puedes ser su padrino, o como un tío para ella.
El padre que firmaría la paternidad mira el piso y asiente entre dientes, manteniéndose junto a la cama, y sin atreverse a pedir sostener a la bebé, que ya tiene nombre decidido por la familia; un nombre y apellido franceses, acorde al linaje que la capta y la cobijará.
Un nuevo rechazo a todos los ofrecimientos en agradecimiento por sus servicios y por su silencio, la incertidumbre entre una despedida para siempre o una muy prudente distancia de la niña, en un rol inventado y adecuado a la madre y tolerable para su clan.
Después los mandatos que suelen llover sobre las espaldas de los derrotados y caídos. Silencio, gritan todos.
Silencio, dicen los familiares del padre biológico; es lo mejor.
Silencio, dicen también los amigos. No busques complicaciones.
Silencio, exigirá también su familia política, cuando el progenitor arme su propio hogar un par de años después.
Silencio, que nos avergüenzas a todos, le dicen a coro año tras año desde todas las cercanías.
En la cabeza de aquel progenitor, que terminó comprendiendo que no había sido sino padrillo o donante, resuenan los versos en la voz rasposa de Edith Piaf, en uno de sus característicos himnos.
“No, rien de rien.
No, je ne regrete rien
Ni le bien qu’on m’a fait, ni le mal
Tout ça m’est bien égal”
Aunque por primera vez y para siempre, consigo mismo nunca será “nada de nada, no me arrepiento de nada, ni el bien que me han hecho ni el mal”.
En su silencio forzado y autoinfligido, para el padre destituido y renunciante, sin embargo, nunca aquello le dará igual.
XABIER TORRES
HALLAZGO DE UN NUEVO LIBRO APÓCRIFO
– !Dejadme en paz! Yo no soy el que decís.
Cogió un guijarro e hizo ademán de lanzarlo a la turba que lo seguía.
-¿Lo veis, lo veis? – proclamó alborozado uno de los fanáticos – Quien esté libre de pecado que tire la primera piedra. !El Mesías nos dijo que vendrías!
El bandido se detuvo, enfrentó de nuevo al gentío congregado a sus espaldas y les repitió por enésima vez
– !Ya basta! Os agradezco que me hayáis elegido a mí, en vez de a ese pobre diablo que van a crucificar mañana. !Pero que os equivocáis, que yo no camino sobre las aguas! !Y ojalá pudiera multiplicar los panes y los peces, no tendría que robarlos!
– !Pero vimos como resucitaste a Lázaro!
– !Otra más! Que mi compadre Lázaro se había pillado una cogorza de aúpa en la cripta y yo lo espabile con tres bofetadas, y bien dadas, antes de que la tontaina de su hermana enviase a aquel vagabundo.
El populacho no se resignaba a quedarse huérfano de su Salvador.
– !Le curaste la oreja partida a Pedro! – le recordó alguien.
– !Ya estamos! !Porque soy zapatero remendón y vino lloriqueando a mí del brazo de ese Judas, que mira que bien os la ha pegado con queso chivandose a los romanos!
– Pero… pero… ¿Y los leprosos? – balbució uno.
– !Qué lepra ni qué monsergas, alma de cántaro! Era un eccema por restregarse contra las zarzas en plena jodienda; una refriega de áloe, receta de mi abuela, y piel bendita en un santiamén.
– !El paralítico! – gritó desesperada una madre.
– !Qué paralítico ni qué niño muerto! Ese granuja no tenía ganas de levantarse ni dar palo al agua, y le mandé un compinche con la orden de sacudirle estacazos si no se venía al tajo ya. Luego apareció el nazareno apuntándose el tanto.
Los parroquianos congregados en torno suyo perdieron su entusiasmo inicial, las cabezas gachas, las miradas apagadas, ¿acaso se habían confundido al escoger al preso que debían amnistiar? ¿Es que Pilatos les había vuelto a tomar el pelo con eso de lavarse las manos?
Una jovenzuela se atrevió a plantar cara al rufián liberado y le espetó:
– ¿Y tú de qué vas, Barrabás?
El aludido sonrió socarronamente, echó mano a la cantimplora que le había pasado un colega, bebió un trago y exhaló el aliento a la muchacha.
– !Yo hago mis propios milagros, corderita, y puedo convertir el agua en vino!
ANA DEL ÁLAMO
Bajo un manto cristalino observo a un niño guarecerse de la lluvia agazapado entre su mochila y su anorac .
El tendero de la esquina presuroso introduce toda su mercancía expuesta para preservarla del temporal.
Veo amores de invierno que arrastra el vendaval ocultándolos tras las esquinas. Un beso se lleva la última palabra que quedó prendida entre los labios del amante, negándose a marchar.
Tal vez una incógnita, una pregunta sin respuesta o una verdad a medias quedaron suspendidas en el limbo de lo ignoto .
Quién sabe si es el único encuentro o el primero de muchos por venir.
Quién sabe si es el primer beso bajo la lluvia o el último del amante incierto.
Ha dejado de llover y el día me permite pasear entre las nubes que aún se dejan ver. El sol pide paso entre sus rendijas y un elegante arcoiris nos enseña sus colores. El cielo olvida la lluvia por un instante , el mismo que necesita un beso para deslizarse entre tus labios.
BLANCA CERRUTI
OFELIA
Ofelia, a sus treinta años, no sabe nada sobre su nombre. Hasta que, por ferias, llega al pueblo una pequeña compañía de teatro que representa «Hamlet».
Ella asiste a la función y se queda impresionada con la muerte de la protagonista.
Aunque en la representación no lo escenifican, una voz en off, relata cómo Ofelia se ha vuelto loca tras el asesinato de su padre, y un día, se cae, accidentalmente, al río, y se deja arrastrar por las aguas muriendo ahogada.
Ofelia se queda tan impresionada, que no permite que vuelvan a llamarla por ese nombre. Recuerda que su madre le decía Neni, por nenita, y advierte a todos que la llamen así o no responderá.
A partir de entonces así la llaman, Neni, y llegan a olvidar su verdadero nombre.
Un año, por fiestas, entre los feriantes que llegan al pueblo, hay una pitonisa y, muchos vecinos, medio en broma medio en serio, van a que les eche las cartas. Neni, ni se acerca. No cree en esos vaticinios, pero…
Sin embargo, la pitonisa se hace la encontradiza con ella, se le acerca y, en un susurro le dice: «Aunque te cambies de nombre no podrás eludir tu destino» y sin más palabras se aleja. Ofelia se queda temblando.
Esas palabras se le han entrañado tanto que no vuelve a acercarse al río.
Llega la primavera y, ese año, llueve durante días de una forma que parece que va a durar eternamente. El domingo escampa y, por la tarde, los vecinos y veraneantes, por fin, pueden pasear por la Calle Mayor ajenos a lo que se avecina.
La presa que les suministra el agua para el riego de las fincas, no ha podido con el caudal que le ha ido llegando con las lluvias, ha reventado y, sus aguas, se precipitan hacia el pueblo.
Llegan tan rápidamente y tan embravecidas, que nadie tiene tiempo de refugiarse siendo arrastrados a una muerte segura.
Entre ellos…Ofelia.
Por encima del fragor de las aguas, parece escucharse:
«¡Aunque te cambies de nombre…!».
ALMUT KREUSCH
Aunque cambies el nombre
Ya era de noche cuando por fin pisé la calle otra vez. El frío olía a nieve.
Otro día de horas extras en la oficina. Tantas caras desfilando, gritos, llantos, la redacción de informes y el timbre del teléfono clavado como un tornillo en mi cabeza. Un sándwich a medio terminar. Y ya había perdido la cuenta de los cafés que extraje de la máquina expendedora.
Suelo ir a trabajar y volver a casa andando para mantener mi forma física, que gracias a mis visitas regulares al gimnasio, es excelente. E incluso, cuando era más joven, llegué a obtener el cinturón negro de judo.
Habitualmente, rodeo un gran parque para llegar a mi apartamento, que se encuentra en la parte opuesta. A paso ligero, tardo media hora en llegar a mi refugio.
Nada más pasar la puerta de entrada, pongo el móvil en silencio. En invierno, lleno la bañera con agua muy caliente, la perfumo con esencias que huelen a mil y una noches, apago la luz, enciendo velas y pongo música chill out. Me deslizo dentro para dejar que el agua reemplace las tensiones por placer, como si estuviera en un útero materno que me protege. Me da seguridad. Otras veces me transporta, como tumbada encima de una nube de algodón, a tierras de colores suaves que solo existen en los sueños.
En todo esto pensé cuando pisé la acera. El aire frío hacía daño al entrar en mis pulmones. Exhalé vapor blanco congelado.
Normalmente, mi sensatez gana a la pereza. Soy consciente del peligro que corría atravesando el parque de noche; ganar solo un cuarto de hora no merecía el riesgo. Además, siempre insistía en estos detalles durante las charlas sobre seguridad ciudadana que, con cierta frecuencia, tenía que impartir a mujeres.
Pero aquella noche, y como aún no era muy tarde, el impetuoso deseo de llegar a mi casa borró por primera vez todas mis precauciones.
En la calle, iluminada por la luz amarillenta de las antiguas farolas de hierro, todavía había transeúntes.
El parque estaba vacío ya de niños correteando, sus chillidos se habían desvanecido, y los bancos, que guardaban tantos secretos compartidos por sus ocupantes durante el día, estaban abandonados. Los perros descansaban ya junto a sus dueños al lado de la chimenea, y ya no deambulaba nadie para pedir limosnas.
Confiada, pero con el corazón acelerado, me adentré en aquella oscuridad acompañada solo por el ruido de mis pasos sobre la gravilla.
Estaba aliviada de haber recorrido ya casi medio camino cuando oí que alguien me seguía.
No llegué a darme la vuelta cuando una mano me tapó la boca con fuerza, ahogando mi grito. Era alto, parecía fuerte y me arrastraba hacia una zona de arbustos. En la otra mano llevaba un cuchillo cuya gran hoja de acero brillaba amenazante. Intentó tirarme al suelo.
—Si gritas, te mato —dijo, jadeando entre dientes.
Llevaba ropa negra, la capucha de la sudadera le tapaba la cabeza y una bufanda negra, la cara. Soltó el cuchillo para reducirme con más fuerza. Con una valentía alentada por la rabia y el miedo, en esa décima de segundo, le bajé la bufanda y su cara quedó al descubierto. Su aliento apestaba a alcohol y tabaco.
Empecé a gritar, y mis gritos, al no ser atendidos se convirtieron en lagrimas, a causa de las fuertes bofetadas que me propinó. Empecé a sangrar por la nariz y, por el crujido, imaginé que me la había roto.
Y el llanto se convirtió en furia. Me retorcía como un pez y, cuando su cara se acercó a la mía, seguramente para decirme otras obscenidades, con la fuerza que se da solamente en situaciones extremas le clavé los índices en los ojos, uno en cada uno. El dolor y la sorpresa le hicieron perder el control y aproveché el momento para deslizarme rápidamente a un lado y ponerme de pie. Solo quería correr y desaparecer. Pero ya me agarró otra vez por un brazo.
—No te vas a escapar, furcia de mierda —espetó.
Esta vez fui más rápida y apliqué todas las defensas aprendidas. Creo que no había contado con esta clase de resistencia. Cuando llegó la oportunidad, le di una patada en el sitio más vulnerable: en su entrepierna. Cayó de rodillas y se retorcía de dolor. Levantó su cara de bestia:
—Te va a salir caro, puta —, e intentó coger el cuchillo. Pero yo fui más rápida y lo aparté de una patada.
En ese momento, su rostro quedó iluminado por la fugaz luz de los faros de un coche y lo imprimí en mi mente antes de echar a correr.
Intentó seguirme, pero mi forma física jugaba con ventaja.
Le grité:
—Aunque cambies el nombre, ¡te voy a encontrar!
Lo detuvieron al día siguiente.
Soy agente de policía.
CARINA JUDITH
El Negro Ruso
Gente escorpión, de esa que siempre está buscando a la rana que le ayude a cruzar el río; así era el Negro Ruso. Siempre ventajero, siempre inventando un bolazo que todos le festejaban pero nadie creía.
Morocho y argentino era el mamotreto, con pinta de corajudo, pero era más bien de tirar la piedra y esconder la mano. Hijo de inmigrantes rusos, eso sí, pero tan argento como el dulce de leche. Agrandado como si fuera porteño, aunque su cabeza no estaba muy iluminada; más bien era un pueblito de pocas luces.
Tenía diferentes perfiles en las redes sociales y en todos se cambiaba el nombre. La foto siempre era en el baño —se le veían los azulejos celestes de fondo— o en el auto, los dos únicos lugares donde podía esconderse de su mujer. «La Rusa», que de rusa no tenía nada; más bien era rubia a la fuerza. El apodo lo había logrado a base de enroscarse con el Negro Ruso, y era más mala que una araña.
Sus amigos lo descansaban diciéndole que era bagallero y que la única vez que lo habían seguido las mujeres era cuando robaba carteras. El Negro no decía nada; tenía pánico de que alguien se creyera esos chistes.
El tema del Negro Ruso era el cumbión. Él se podía cambiar la foto, se podía engominar el pelo o se podía cerrar más la camisa para que no se le vieran las cadenitas; pero aunque se cambiara el nombre, lo que no podía evitar era ir al cumbión. El ritmo lo podía, el ambiente lo absorbía y se apoderaba de la pista. Y por eso fue ahí, cuando la orquesta empezó a sonar, que todo se vino abajo.
Él estaba con la conquista de turno, con mucho escote y poca tela, pero en la pista, en el centro de la pista, estaba la Rusa. Su Rusa, con cara de perrito al que se lo están montando, pegada al cuerpo de otro y diciéndole con la mirada que había aprendido a jugar su juego.
Más mala que una araña era la Rusa, pero a mí me encantan los finales de justicia poética. Ahora lo ves al Negro Ruso y parece un pollo mojado, con la camisa prendida hasta el cogote. Dicen que encontró a Dios; yo creo que conoció al diablo.
ART MI
ADAGIO (para el tema de la semana: aunque te cambies el nombre).
He escuchado a las arañas caminar por los hilos que tensan en las vigas de la galería. No sé si suben o bajan, porque en medio de esto es imposible ver claramente cualquier cosa.
De algo estoy seguro: son voraces. A menudo se escucha el zumbido apresurado de los moscos cuando quedan atrapados, o el aleteo urgente de mi alma cuando se deslizan para engullirla. Casi siempre logró mantener lo suficiente.
Pero entonces viene el frío y ni siquiera llama a la puerta. Entra por el resquicio y se siente a la mesa, sonríe mostrando sus dientes de tempano filoso mientras me mira fijamente; luego inclina su espalda inmensa y suelta un “¿Ya te vino hoy a la mente?”.
Y yo le miento que aún no, y me responde: “¡Bah! Regresaré mañana para recordártelo”. Y ambos sabemos que se refiere a ti.
En todas las oportunidades y visitas, siempre estás tú en el fondo, como un ámpula, y el frío es la astilla que la inflama.
Algunas veces asomo al estanque para remover los cadáveres de peces arcoíris, y mientras el agua se agita y suelta su hedor putrefacto tengo la esperanza de verte otra vez bajo el arco del patio, con tu sonrisa
imposible y la mirada inquieta que te reconocí desde la tarde de julio en que descendiste de los cielos.
Vendrá la guerra pronto, anuncian por la radio, y le di gracias al dios que así sea, porque todos los tratados de la paz fueron inútiles, porque eso facilitará que pase aquello que no hago yo mismo por carecer de arresto.
Cuando llegue estaré listo, y se rajarán las losas en los techos vecinos, y el estruendo de las bombas en la lejanía me recordará que estoy pronto a encontrarte, y eso amainará el último miedo que me queda, porque casi todo se había ido cuando ya no estuviste.
Voy a llegar ahí, donde prometió el hombre de la cruz, y las arañas morirán de inanición y el frío se quedará parado en la loma, impotente por no encontrarme. Y seguirá vagando, prisionero eterno del ansia, buscándome incesante para clavar sus garras. .
Y tarde o temprano veré a los peces arcoíris volando alrededor tuyo, estoy seguro.
Sabré reconocerte, aunque tu rostro sea el de un ángel, así la voz te suene más grave y aún te hayas cambiado el nombre.
BELBEL L
TU NOMBRE
Nombran tu nombre
evocan tu nombre
…
Me lo dicen los árboles
entre la niebla fina del camino
y el caer intermitente de la lluvia.
…
Recojo el sonido tenue
saliendo del tronco erguido
comiendo tiempo
recorriendo olvido.
Y…,
sin trayecto
sin norte
sin destino
seguirá sonando
entre los gemidos de siempre,
dando sombra y marcando huella
al caer del verde y gris
crepúsculo del día.
* Y…,
aunque te cambiaras mil veces el
«nombre»…,
esos árboles y ese bosque
seguirán gritando y llorando
tu nombre.
ARCADIO MALLO
AUNQUE TE CAMBIES EL NOMBRE
Ya no me acordaré ni siquiera de mi nombre. No recordaré dónde se ponen los zapatos ni tampoco como se ataban los cordones. Ya no seré capaz de abrochar la chaqueta y no sabré dónde vivo. No me acordaré de nada. Solo de ti. Aunque te cambies el nombre, te reconoceré. Serás lo último que olvide, porque eres mi alma, mi corazón y mi aliento. Si te olvido, me muero.
TERESA SÁNCHEZ FREGOSO
Aunque te has cambiado el nombre, para borrar tu recuerdo en mi memoria.
Mi corazón seguirá latiendo, al recordar tus palabras y los besos tan llenos de ternura proferidos.
Podrías quizá disfrazar tu imágen y perderte en el viento de la noche, pero mi amor jamás se extinguirá, pues seguirá ardiendo al recordar tu voz en mis silencios.
Cuando te fuiste, rompiste una parte de mi alma, pero entre mi nostalgia y tu recuerdo, reparé mi vida hecha pedazos.
Y si quisieras huir de ti mismo, y jamás regresaras a mi vida, sé también, que recordarás mi fuerte latido al abrazarte. Y siempre… tendrás en tu piel mi olor a miel y especias y algún día te invadiran mis sueños y deseos.
Aunque te cambies mil veces de nombre, siempre serás el hombre de mis sueños.
NILA J BOHORQUEZ
Aunque te cambies el nombre,
tu esencia perdurará…
Cambiarán actitudes, pensamientos y costumbres, pero tu identidad
será inmutable…
¡Aun cuando ocultes tu rostro
detrás de sofisticadas máscaras,
de tules mil colores o velos de seda,
evitando ojeadas indiscretas,
tu mirada estará intacta
porque en ella siempre
se reflejará tu nombre!
CESAR TORO
<<Aunque te cambies el nombre>>
Nosotros los que nos consideramos seres inteligentes y estamos seguros de tener la sartén por el mango, pensamos que cubriéndonos la cara con la máscara de la mentira o colocándonos la armadura de la indiferencia, estaremos a salvo.
Hoy en día nuestro mundo ha caído en una especie de limbo, nos creemos hábiles, dueños de la verdad y vamos cada día retrocediendo en vez de avanzar.
A pesar de los avances científicos y tecnológicos, lo que vemos a nuestro alrededor, es: violencia, corrupción, leyes aprobadas que van en detrimento de las personas y la sociedad; muchas veces, con la excusa de “igualdad”, es evidente que en este siglo, donde la gente se esconde, cambia de nombre, usa una máscara de color político partidista. O de cualquier organización ya sea esta gubernamental, o de otra índole, para lograr su cometido, el resultado salta a la vista: división, conflictos, injusticias y abusos de poder, etcétera.
No obstante tengo la certeza, y la historia así lo demuestra que: como dice el refrán popular. “El que la hace la paga“ y «el que no la debe no la teme” a los que no hemos actuado acorde con las leyes y principios de humanidad.
Un día quedaremos al descubierto, nos quitarán la máscara y tendremos que dar la cara.
Aunque nos cambiemos el nombre.
“ La vida es como un restaurante, nadie se va de aquí, sin pagar la cuenta”
Mafalda.
“Esperen que venga el Señor.
Él sacará a la luz lo que ocultaban las tinieblas y pondrá en evidencia las intenciones secretas. Entonces cada uno recibirá de Dios la alabanza que se merece.
1era. Corintios 4,5
AXY LINDA
Aunque te cambies el nombre
—Aunque lo hagas, no creo que marque una diferencia. Si vas a morir, tengas el nombre que tengas, eso sucederá.
—¡Nooo! Debe haber alguna forma de evitarlo. No quiero que sea tan pronto. No me da oportunidad de vivir cosas importantes, de hacer algo trascendente.
—¿Para qué sufrir por lo inevitable?
—Lo dices tan tranquila porque: te casarás, tendrás una gran familia… sí, con muchos conflictos, pero vivirás una larga vida. ¡Ayúdame!
—Llevamos tres días con lo mismo. No puedo ayudarte.
—No voy a ser su títere. Quiero tener voluntad propia. Él pretende que se refleje la realidad, donde muchos viven dominando y lastimando a los demás solo porque no encuentran la felicidad. Tal vez pueda sugerirle que trate otro tema. No quiero ser el malo de la historia.
—Yo también seré víctima de sus caprichos. Además, no depende de lo que tú o yo decidamos. Puede que cambie la historia que tiene en mente o, peor aún, que nunca la inicie. Y, por tu rebeldía con el nombre, pierda la motivación y nos olvide.
—Tienes razón… está por cerrar esto sin haber desarrollado nada. Hoy tampoco se inspiró.
MARIANA DI PASCUA
El metabolismo de papá
(aunque me cambien de nombre)
«Arriba los pobres del mundo «, con el puño en alto y su voz de tanguero natural que cumplió un mes de clases suficientes para cantar la internacional antes de ser echado por Bacilio, porque aún con sesenta era un mal alumno. No hacía caso a la batuta en casi nada, creció lleno de pasión e instinto, corriendo en pata por el barrio laureles y dominando la pelota con los dos pies y unas manos de ambidiestro se forjaron a base de reglazos.
De niño solo conoció la pobreza pero no esa donde existe siempre el guiso y los hijos se cambian de zapatos aunque sean heredados. Nació en el 1922,tres hermanas mayores, él y un primo fueron criados por años solo por su madre. El padre, fue un gran músico se fue a Argentina a dirijir orquestas asi que diría era mi abuela una matriarca.
Papá contaba con orgullo y dolor como en invierno ella lavaba ropa para adinerados en la playa metida hasta las rodillas. El y las hermanas repartian la ropa. Al ser liberado se iba con los pibes del barrio laureles a su segunda pasión :»el futbol».
En los cincuenta y pico lo llamaron para jugar al Napoles de Italia así que se apronto y con otro compañero estaban en un hotel para partir al otro día.
Pero así como escapaba de la escuela por la ventana también tiró por ahí su valija porque no se animó a decir a los representantes qué surgió algo mas importante para él. Salió como fantasma por la puerta del hotel y ya en Fray Bentos eligió sin preguntar a los italianos a otro exelente jugador llamado «Cerrilla», lo mandó al hotel supongo explicando y este viajó a Italia y supo brillar también para el pueblo uruguayo.
Antes las cosas no tenían tanta burocracia y se confiaba en la palabra de la gente.
El Tito se quedó por militancia a luchar por los pobres del mundo y dirigió el partido cinco años en Paysandú, ahí y en nacional fueron los únicos cuadros donde cobró para mantenerse. En Río Negro, su lugar, era de hombres sin honor cobrar a su pueblo o al cuadro local en el que jugaba como un lobo feroz :laureles.
Director técnico, masajista, obrero del Anglo y del puerto, cantó, hizo murga y dirigía los partidos de los presos políticos en dictadura. Le decían el viejo porque cayó ahí a los cincuenta y tres años, pero ese viejo repartía espíritu para que los jóvenes no enloquecieran por el encierro.
Sé que siempre hablo de mi padre, pero su historia es tan grande que aparece como colada en mi mundo aún después de partir a otro cielo.
Ya he dicho que comió bibliotecas siete veces repuestas. La historia, la geografía, todo lo vinculado a los vínculos humanos, sociales políticos más la literatura clásica, de eso estaba repleto.
Pero un día me asombro, yo estudiaba para nutricionista y profesora de química, andaba en la mesa con muchos papeles la cartulina gigante que decía :mapa metabólico.
Yo estaba en la cocina y me acercó aquel coloso de fórmulas y nombres raros y me preguntó:Mariana que es esto del metabolismo?
Yo le explique lo mas simplificado que pude y me dejó plantada para entrar a la cocina. Yo me enojé un poco porque dio trabajo explicarle a alguien con quinto de escuela que apenas sabía que existiamos llenos de células.
Lo miré mientras el riéndose unto en miel un puedaso de galleta que masticó de boca abierta explicándome : _»mirá acá te arrancó el primer paso y voy a hacer ese tal metabolismo. Me voy a llenar de energía para correr mis treinta vueltas en la pista.
Yo lo aplsudi diciendo que por fin era un buen alumno, que seguro era un alguien con un nombre nuevo.
_No me dijo yo no cambio quien soy de nuevo, me llamo Edison y al nombre ya me lo cambio no se quien por Tito y soy idéntico a mi con cualquier nombre en mi existencia.
Edison y tito
somos el mismo y corremos juntos aún con sesenta y cinco años. Se fue a la pista de atletismo que quedaba a una cuadra de casa, yo lo quedé mirando porque el siempre me asombrada.
A los cinco minutos vuelve rojo y empapado, se mete al baño y me grita.
_Vos no me avisaste que las cinco peras que me comí antes se agitaban con el trote.
_Esas también hacen el metabolismo , pero de la forma que no me explicaste.
Así fue que por temas de metabolismo y algunos misterios más nunca me recibí de nutricionista y papá estuvo de acuerdo con ello.
Papá y las peras calientes me salvaron de lo que yo no quería ser.
Yo cambié de carrera pero nunca cambiaría de nombre porque solo sé ser una «Mariana» aunque me cambien de nombre.
LETICIA R MENA
AUNQUE TE CAMBIES EL NOMBRE
Te reconoceré aunque te cambies el nombre
Aunque mil nombres tengas,
y de mil formas te nombre.
Porque una vez te llamé viento,
y soplaste arrasando mi vida.
Te llamé fuego,
y calentaste mi cuerpo frío de mil inviernos,
para luego devorarme hasta las cenizas.
Te llamé agua,
y calmaste mi sed
y refrescaste mi cuerpo seco.
Te llamé sol,
y crecí bajo tus rayos,
pero volé cerca hasta quemarme las alas cual polilla.
Luego te llamé luna,
y alumbraste plena mi camino en la noche oscura,
para ocultarte después al cambiar el ciclo.
Te llamé día,
y me amanecías con cantos de pájaros madrugadores,
plena yo de energía y vida.
Te llamé noche,
y en ti la oscuridad era calma.
Luego fui a llamarte luz,
y de tanto brillo se cegaron mis ojos.
Te llamé oscuridad,
y en contigo los monstruos no daban miedo,
y los dejaba vivir bajo la cama contándoles cuentos.
Te llamé árbol,
y raíz,
y hoja,
y en otoño te desnudaste
para mostrarte solo huesos en invierno,
reverdecer en primavera y darme sombra en verano.
Te llamé casa,
y me refugié allí del mundo exterior,
haciendo hogar en tus brazos.
Acabé llamándote amor,
y este corazón que te llama y te nombra,
acabó perdiendo latidos por el camino.
Ahora te llamo adiós,
soledad,
frío,
y aunque te vuelvas a cambiar de nombre
todos con los que yo te nombré un día
seguirán en algún lugar de mi memoria.
Aunque te cambies de nombre,
y sean otros labios y otra voz la que te llame,
no podrás no ser tú,
cien,
mil,
siempre tú,
con diferentes letras significando tu ser.
EMILIANO HEREDIA
LAS COSAS COMO SON.
-Ahora, después de los anuncios, podrán ver el interesante programa de debate, de la noche de los viernes, “cara a cara”.
Finalizan los informativos, y tras unos cinco minutos de anuncios absurdos de colonia y de turrones, comienza el programa de debate, “cara a cara”, presentado por la veterana presentadora de la cadena pública, Mercedes Lilá.
-Buenas noches, y gracias por acompañarnos una noche más, en este espacio donde todos los viernes, dos protagonistas, tienen la oportunidad de tener un “cara a cara”, donde podrán exponer su punto de vista de diversas situaciones, opiniones diversas y enfrentadas-la presentadora, aparece en la pantalla, sentada en un confortable sillón de tela verde militar, con dos sillones del mismo estilo enfrentados cara a cara- Hoy-prosigue la presentadora, tenemos el honor de presentarles al ministro de gobernación, Don Constantino Quijada, más conocido como Tino, en los ambientes sociales. Como sabrán ustedes, nuestro invitado, hasta que no se sienta aquí, en este sillón que está a mi izquierda, no sabe quién se sentará en este otro sillón de mi derecha, para tener un cara a cara, directo, sin cortapisas, y lo que no permitiré, serán faltas de respeto, insultos, éste es un debate, con límites de tiempo, donde éste reloj, marca un máximo de dos minutos, para que ninguno de nuestros debatientes, acapare todo el tiempo de debate. Vamos entonces, a dar entrada a nuestro primer invitado de hoy, a Tino Quijada, démosle un fuerte aplauso
Un tibio aplauso general, recibe a Tino, un tipo cincuentón, engominado, con un traje estándar del partido, azul marino con corbata verde botella, barriga ociosa.
-Bienvenido, Constantino, o…¿Tino, mejor?-le pregunta Mercedes Lilá al invitado-
-Tino, por favor, Tino, y tutéame, una mujer como tú no debe andar con usted-responde Constantino, dando dos besos a la presentadora, uno en cada mejilla, saludando al público como si de un mitin político se tratase, con la mano abierta y el brazo extendido, con una sonrisa puro márketing-
-Tino, ¿tienes alguna sospecha de quien puede ser tu oponente de esta noche? -inquiere la presentadora, con las piernas cruzadas y la mano apoyada en la cara, con el dedo índice extendido, en actitud interrogatoria-
-Pues no, la verdad que no, pero, tratándose de un programa de debate como éste, la única persona que se me viene a la mente, es Roberto Feijoo, el líder del partido de la oposición en el congreso, y nada me gustaría más que tener un afectuoso pero intenso debate con él, para acercar nuestras posturas en la tarea de gobernar España-
-Pues entonces, no alarguemos más la espera, y demos paso, a don Norberto, padre de Tino
Aplausos generalizados por parte del público, y se escuchan algunos que otros silbidos de júbilo.
-¿Pa…pa…dre?-la tez de Constantino, se vuelve pálida, al ver aparecer a su padre, un paisano de un pueblo mesetario, con boina calada, traje de pana, negro, camisa blanca impoluta, y botas de media caña del cuarenta y cinco. Se sienta con una mirada taurina hacia su hijo-
-Muchas gracias, Don Norberto, por aceptar nuestra invitación-Dice Mercedes Lilá-
-Gracias a usted-le pone la mano en la rodilla a la presentadora, con una sonrisa socarrona-el gusto es mío, guapetona, je, je, je, ¡uy perdón!, que le estoy tocando la rodilla, ¿esto se va ver en mi pueblo? -pregunta, quitándose la boina, que se la guarda en el bolsillo de la chaqueta de pana-
-Si, claro, es un programa donde se ve en toda España, y en el canal veinte y cuatro horas.
-¡Ay, permítame saludar a mis parroquianos!-se levanta, y pone la cara enfrente de la cámara y vocea-¡Salustianoooo, Benitoooo, que ya he llegao a la tele!, saludos al señor cura, al señor alcalde, y la guardia civil, un abrazo pa tos.
El público estalla en carcajadas. Mercedes Lilá, se levanta, riéndose, y coge del brazo a Don Norberto, sentándole en el sillón. Constantino, se pone la mano en la cara, suspirando, como no queriendo creer lo que está viendo.
-Bueno, ya conocen ustedes a Don Norberto-dice riéndose Mercedes Lilá- usted empieza, Don Norberto.
-Berto, llámame Berto, guapa-le guiña un ojo-pos pa empezar, decirle al público en general, que este descastao que tengo enfrente, que dice ser mi hijo, no se llama Constantino, ni Tino, ni ná, se Llama Armando Guerra Segura. Sí, Armando, lo de Tino-hace un ademán finolis, burlándose de su hijo-lo ha sacao de un tío suyo, que era un tarambana como él, que se dedicaba a las “varietés”-
-Padre, por favor, no me ponga usted en ridículo con cosas que no le interesan al público-dice Constantino con cara de fastidio-
-Serás mi hijo, porque lo dice la partida de bautismo, y porque yo mismo estuve en el parto, en la habitación de matrimonio, donde tu pobre madre que en paz descanse, sufrió para sacarte a este mundo. Si levantase la cabeza, te metía pa dentro de un sopapo, si viera en lo que te has convertio, un chorizo, putero, drogota, que me he enterao de de to, por los periódicos, mírale al señorito-hace un gesto de burla- con traje de quinientos duros, oliendo a colonia de la cara-
-Se terminaron los dos minutos, Don Norberto-corta la presentadora-
-Norber, para ti, Norber, que estás tú, más guapa en persona que en la tele, chica-sonríe pícaramente.
-Padre, por favor, no venga con historias que no le interesan a nadie, me está dejando en ridículo-hace un gesto de fastidio, recostado en el sillón, alzando a medias los brazos-
-¿Que no le interesa a toa España lo que eres?. –Se levanta del Sillón, y se dirige al público-Este que dice ser mi hijo, que ya no lo es, es piel del diablo, se sacó el graduao de chiripa, y va el señorito presumiendo de ser bachiller, abogao, y no es ná, mas burro que cuando se acaba la linde y el burro sigue, mejor dejarlo. Éste, en el pueblo, pensaban que me había salío tonto, tonto del tó, pero mu listo ha salío, el pájaro, que ha sabío juntarse con lo mas sinvergüenza del país, con el Pepe Sánchez, el presidente del país, un ladrón de siete suelas, y las golfas del partío del PTOE, y los fornicaores de sus amigos.
-Se han terminado los dos minutos, Don Norberto, perdón, Norber-se levanta la presentadora, cogiéndole del brazo y llevándolo al sillón-
-No, si al final, tu y yo nos vamos a llevar bien, maja-sonríe socarronamente-en cuanto acabe el programa, te doy el numérico de mi teléfono, guapa.
-Padre, todo eso son habladurías, chismes que inventan los de la oposición, para descreditar al partido, no tiene que creer en todo lo que dicen-
-¿Qué noooo?-se vuelve a levantar, si los otros, los del PePe, los de Tox, Todos podemos y el sum sum corda, sois tos el mismo galgo con distinto collar, que sois tos unos viciosos, que habéis dejao España esquilma como una pobre oveja, no tenemos ni pa la pensión, ni pa las clínicas, ni na de na. Si bien te vienen los apellíos , ya, Guerra Segura, Guerra por mi parte, y Segura por parte de tu madre, que en paz descanse-saca un moquero del bolsillo de la parte de atrás del pantalón y se suena los mocos-¡prffff!, descastao, mal hijo, que si llego no a venir al programa de la muchacha esta tan maja, hubiera podío verte.
Podrás haberte cambiao el nombre “Tino”-dice burlándose-pero a mí ni a naide le pues engañar, eres un ladron, putero, golfo, sicalíptico, que no sé lo que es, pero también te lo digo, drogota, y me callo, porque si me dejasen, te metía un soplamocos que te iba a dejar mas idiota de lo que ya estás-se dirige a la cámara-y con esto ya está to dicho, ¡hala!, me voy pal pueblo. ¡Venancioooo!, que voy a coger el coche de línea de mañana a las nueve en punto y vuelvo. Adiós guapetona-le da dos besos a Mercedes Lilá, muerta de la risa-
-Bueno, Don Tino, ¿algo que decir?-se dirige a él, sin poder controlar la risa-
Don Tino, hace gestos con la mano, de que no va a decir nada.
Las doce en punto. Una comitiva de recibimiento, encabezada por las fuerzas vivas del pueblo de Cascajales del Caudillo, y por todo el pueblo, reciben la llegada de Don Norberto al cantico de:
¡Norberto, Norberto, Norberto es cojonudo, como Norberto, no hay ninguno!
JUAN C VALTIERRA
Por Juan C Valtierra
El polvo de San Celedonio sabe a cal y a hueso molido. Cae con un siseo fino que los viejos confunden con el viento, pero don Emigdio conoce la diferencia: el viento pasa, el polvo se queda.
Esa mañana barre el zaguán con la escoba de su padre cuando ve que alguien pintó en la pared de la presidencia: “San Celedonio de las Cenizas”. La pintura roja todavía chorrea.
—Fue el hijo de la Chonita —dice ella desde su puerta—. Volvió anoche con otro nombre y las mismas mañas.
—¿Cómo se hace llamar ahora?
—Johnny. Dice que allá así le dicen.
Don Emigdio escupe. La saliva sale gris.
El hijo de la Chonita se llamaba Juan cuando se fue hace cinco años. Antes era Juanito. De niño, Juancho. Ahora es Johnny y trae una cadena de oro falso y una cicatriz que le cruza la ceja. Está sentado en la cantina a las nueve de la mañana, bebiendo lo que queda de la noche anterior.
—¿Te acuerdas de mí? —le pregunta don Emigdio al entrar.
—Usted es don Emigdio.
—Emilio. Me hice llamar Emilio doce años en el norte.
—¿Y funcionó?
Don Emigdio no responde. Se sienta en la barra donde Rulo limpia vasos que nunca quedan limpios del todo. El polvo flota en las columnas de luz que entran por las rendijas.
—Mi madre dice que usted volvió por voluntad propia —dice Johnny.
—Volví porque mi padre murió. Alguien tenía que barrer.
—¿Y por qué no se quedó siendo Emilio?
—Porque Emigdio ya me estaba esperando aquí.
Johnny ríe, pero es una risa seca, sin humedad. Huele a cerveza rancia y a miedo. Don Emigdio lo reconoce: es el mismo olor que él traía cuando volvió.
—Yo no voy a quedarme —dice Johnny—. Sólo vine a ver a mi madre.
—Todos dicen eso.
Afuera, el padre Anselmo toca las campanas para la misa de diez. Nadie irá excepto doña Crescencia y las hermanas Villegas. Dentro de la iglesia el polvo se acumula sobre los santos como si también ellos estuvieran enterrándose poco a poco.
El padre tiene un cuaderno donde anota los nombres. Emigdio Saldaña (Emilio). Socorro Andrade viuda de Santibáñez (Chonita). Juan Andrade (Juanito, Johnny). Rutilio Campos (Rulo). Tranquilino Esparza (Trino). Él mismo: Francisco Anselmo Cordero (Anselmo).
Cada nombre tachado es una capitulación. Cada nombre nuevo, una esperanza muerta.
A mediodía, don Emigdio ve a Johnny caminar hacia la carretera con una mochila al hombro. La Chonita está en su puerta, sin llorar, sólo mirando. El polvo levantado por las botas del muchacho forma una estela que tarda en bajar.
—¿A dónde va? —pregunta don Emigdio.
—Dice que a Monterrey. Que allá se hará llamar John.
—John —repite don Emigdio, saboreando la palabra extranjera—. Como si cuatro letras fueran suficientes.
—¿Usted cree que vuelva?
Don Emigdio mira su escoba recargada en la pared. Mira las iniciales que su padre grabó en el mango hace treinta años: E.S. Emigdio Saldaña. Las mismas letras que él. El mismo destino circular.
—Va a volver —dice—. Pero no como John. Va a volver cuando entienda que uno no escoge cómo lo llamen. Uno es el nombre que el polvo reconoce.
La Chonita asiente. Entiende porque también ella esperó durante años que Severiano volviera siendo Steve, y lo que volvió fue un ataúd con un cuerpo que olía a diésel y a distancia.
Esa tarde, don Emigdio no barre. Se sienta en el quicio de su puerta y mira cómo el polvo se asienta sobre las cosas. Cae sobre el letrero recién pintado hasta que las letras se vuelven borrosas. Cae sobre las huellas de Johnny hasta que el camino vuelve a ser liso, virgen, como si nadie hubiera pasado nunca.
El padre Anselmo camina hacia su casa. Se detiene frente a don Emigdio.
—¿Cree que el muchacho vuelva?
—Volverá. Todos vuelven.
—¿Y usted? ¿Se arrepiente de haber vuelto?
Don Emigdio escucha el siseo del polvo cayendo. Es un sonido que lleva treinta años escuchando, antes y después de llamarse Emilio, antes y después de creer que un nombre podía salvarlo.
—No me arrepiento —dice—. Pero tampoco estoy contento.
El padre asiente y sigue su camino. Sus pasos levantan pequeñas nubes que brillan rojizas con el sol de la tarde.
Cuando oscurece, don Emigdio entra a su casa. Del ropero saca el acta de nacimiento y la identificación del norte. Las pone lado a lado sobre la mesa: Emigdio Saldaña, nacido en San Celedonio. Emilio Saldana, residente de Phoenix, Arizona.
Con un cerillo quema la identificación. El plástico se retuerce, humea, se vuelve negro. Las letras de “Emilio” se derriten primero, como si el fuego supiera cuál era el nombre falso.
Mañana volverá a barrer. La Chonita volverá a mirar el camino esperando a un hijo que no volverá pronto. El padre Anselmo tachará otro nombre en su cuaderno. Los hombres beberán en La Última Sed. Y el polvo seguirá cayendo con su siseo de cosa inevitable, cubriéndolo todo con su manto de ceniza y olvido.
Pero algo habrá cambiado, aunque sea mínimo: don Emigdio ya no guardará dos nombres. Sólo uno. El que siempre fue. El que el polvo nunca dejó de pronunciar.
SILVIA R.G.
NUBES DE DESASOSIEGO
«Hoy te propongo acabar la sesión con un juego de dramatización. Si esa…vamos a llamarle «ente», adoptase la forma de un ser humano con poderes y te pudiese hablar ¿Qué crees que te diría? Así un poco como dramatizando, como teatralizando» , le dijo a Luis la psicoterapeuta.
Y tras unos diez segundos pensando, Luis le respondió así:
«Haré que, cuando menos lo esperes, sientas un parpadeo incontrolable con tintineos luminosos, y que te asustes; otras dolor de cabeza y de cuello acompañado de una sensación de mareo y debilidad, y también te pesará la cabeza,
y te asustarás, sintiéndote
tan inestable como para evitar tus habituales movimientos; otras, sentirás zumbidos en tus oídos y te molestará, entonces, incluso hablar; otras, que no puede entrar el aire en tus pulmones, y percibirás entonces
que el funcionamiento de tu cuerpo va a ser excesivamente frágil; y en consecuencia tu vida; otras sentirás un helado cosquilleo en algunos de tus miembros, y quizás también en tu cara, que parecerá querer invadirte de pleno, y consecuentemente te invadirá el miedo; otras todas estas sensaciones juntas, alternándose,
se irán manifestando en tí,
y será más que miedo, serà pánico, lo que dominará tu mente creyéndote en un estado de peligro inminente»
Y luego permaneció en silencio, como asombrado de todo lo que, así, «de carrerilla» había dejado ir sin apenas ninguna pausa.
Se sentía por una parte como liberado y por otra sorprendido de la gran magnitud del poder de ese temible «ente», que se había evidenciado así que había ido dramatizando su agresión.
Durante un breve rato se mantuvo con una mirada difícil de interpretar, introspectiva, que dirigía alternadamente entre sus zapatos y la pared situada tras Irene (la psicoterapeuta).
Luego suspiró y, riendo, soltó un «Igualito que un maleficio»; mirando ya directamente a Irene; quien, cruzadas ya sus miradas con atisbos de complicidad, le felicitó por su grado de consciencia respecto a su situación; así como por la capacidad de verbalizarla con tanta claridad y sentido del humor que acababa de demostrar.
Y seguido, le sugirió responder a otra pregunta mientras, sonriendo, le iba mirando, no sin ciertas chispas de ironía, dado que entre Irene, una mujer ya entrada en años experta en su profesión y en diferentes enfoques terapèuticos, y Luís, un adulto joven, sensible y emotivo que cargaba con un peso excesivo de vivencias que le habían afectado negativamente y con una situación de su presente, además, difícil de asumir…, aún con las pocas sesiones que llevaban, ya se había ido creando una dinámica fluída y, en determinados momentos, divertida.
«A ver. Siguiendo ese mismo tono de teatralizar: una vez ese «ente» te hubiese echado este maleficio, tú ¿qué le responderías? «
Y tras unos cuantos segundos, que acompañó con respiraciones lentas y suaves aunque profundas, exclamó «Aunque te vistas de muchas maneras, aunque te camufles en diferentes formas, aunque, una y otra vez, cambies de nombre…Yo aprenderé a reconocerte y a vencerte, anulándote de cualquier rincón de mi cuerpo donde, escondiéndote, tú, maléficamente, desees permanecer; y comenzaré por mencionarte con tu nombre autèntico : Ansiedad».
Dicha su respuesta, volvió a dirigirse a Irene con su mirada. Ambos rieron mientras uno y otro se aplaudían efusivamente y manteniendo aquel tono de humor..
» Luis, que dejes ir…que te expreses tanto…que además le pongas humor…es muy positivo.
En las pocas sesiones que llevamos no dejas de avanzar… «, le fué diciendo Irene a Luis mientras le acompañaba a la puerta.
» ¿Tú sientes que vas avanzando?»
» Sí, le respondió Luis, sonriente y animado, mientras ya a punto de atravesar la puerta se daban un apretón de manos como despedida. hasta su próxima sesión
Aquella tarde hacía sol y por primera vez percibió a sus fantasmas como si se hubiesen transformado en nubes, alejados de su interior, que iban pasando lentamente de un lado al otro del cielo, permitiéndole observarlas con atención.
Y Luis, aún sabiendo que durante un tiempo podrían ir regresando, a intervalos, aquellas temibles sensaciones que parecían apariciones fantasmales, nubes de desasosiego muy en su interior…, sintió deseos de vivir. Y se hacía presente una especie de agradable leve cosquilleo en su piel que surgía, vibrante, de sus adentros, y que identificó plenamente como el inicio de un devenir.
Para el relato semanal, mi voto es para:
L`idiot
Para el relato semanal mi voto es para almud
Mi voto para:
Leticia R Mena
David Merlàn
Mi voto es para:
Almut Kreusch
David Merlán
Armando Barcelona
Elijo el relato:
Colibrí, de Maite Bilbao.
Voto por Teresa Sánchez Fregoso
Voto por Axy Linda
Maite Bilbao
Mi voto para…
Silvia Rafi Gracia
Armando Barcelona
Antonicus Efe
Voto.:
Maite Bilbao
Voto por Maite Bilbao y Axi Linda.