Lo que nadie leyó – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «si tú me dices ven». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 12 de febrero!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

YOLANDA PINA REY

Lo que nadie leyó

Era un libro extenso, impregnado de una profunda filosofía y un toque de misterio. Sus páginas, cargadas de palabras que invitaban a la reflexión, te sumergían en una telaraña llena de encrucijadas. En él se entrelazaban historias que no deseabas que terminaran, pero que, inevitablemente, llegaban a su fin. Era uno de esos relatos que emocionan y que, sin permiso, te enamoran.

Pero lo que nadie leía era lo que se escondía realmente tras aquellas palabras; quién las escribía con tanto tino y acierto, y quién se camuflaba entre ellas. Firmaba con iniciales, y nadie conseguía descifrar el interrogante de su identidad.

Lo que nadie leyó fue que, en cada palabra, la autora ponía su alma y dejaba plasmado su corazón. El ávido lector solo alcanzaba a percibir cómo su pluma lo cautivaba, sin sospechar el secreto mejor guardado: que aquel libro, aquel cuento, aquel relato…

Era su propia vida hecha canción.

EMILIA CREGO

EN BUSCA DEL TESORO

En busca de aventuras, se adentró por terrenos pantanosos, por bosques sin árboles, a nado por ríos sin barcas y por ciudades desiertas. No tuvo nombre; le llamaron: El niño viajero, el del pelo encrespado, el que silbaba a los pájaros y el que caminaba con las mariposas revoloteando entre las flores. Estas lucían al sol sobre un manto verde y el niño viajero se deleitaba y caminaba con aires renovados. Bajo su calzado brotaban tallos verdes y unas minúsculas florecillas, que lo acompañaban por tierras extremeñas.

“Lo que nadie leyó” era un libro de experiencias vividas y que llevaba por título: “En busca del tesoro perdido”; un vecino de la alquería de El Cerezal le quiso hacer un obsequio como muestra de gratitud. Este caminaba con el libro amarrado a un atillo de cuerdas de esparto y así lo llevaba terciado a sus espaldas. En ocasiones lo dejaba caer bajo la sombra de un castaño; allí, en un lugar inhóspito y rodeado de naturaleza, se dejaba llevar por el tacto de unas hojas deterioradas por el paso del tiempo.

El niño caminaba por la comarca de Las Hurdes, de pueblo en pueblo. Este se dejó llevar por el buen criterio y consejos de los hombres de avanzada edad. En una pequeña fiambrera guardaba las viandas que le regalaron por servir como mozo en algunos establos; en estos, las tareas eran las de limpiar y adecentar el refugio de los animales. Una decena de años pasó buscando una familia, una aldea sin nombre y con las casas llenas de ricos manjares.

Aquel tesoro que buscaba entre las hojas amarillentas lo llevó a descubrir montañas remotas y llenas de naturaleza, donde el hombre no había aún descubierto tanta belleza natural. En aquellos lugares mágicos se recreó para llenarse de paz y seguir en busca de un tesoro que prometía vivir el resto de su vida en un paraíso terrenal. El niño creció como una espiga en busca del sol del mediodía, con ojos verdes y el pelo dorado bajo los rayos del sol. Este a menudo y según amanecía rebelde y encrespado; entre sus rizos se mostrba la caña de trigo y cebada. En los camastros descansaba su cuerpo esbelto y allí amanecía con el rebuzno de los borricos.

Una mañana al despuntar el alba, el camino se llenó de piedras, de maleza y el agua calando los sembrados, la tierra y al chiquillo que iba buscando el tesoro. Se adentró caminando hacia los claros en un cielo azul pintado con algunas nubes y, así, llegó a un paraíso nunca soñado.

¿En aquel lugar encontraría su tesoro?

Un exquisito almuerzo estaba al alcance de todos, una mesa grande llena de ricos manjares y cofres de oro y brillantes. Este permaneció en un estado de shock que bloqueó su estado de ánimo. De un pequeño palacete coronado con una cúpula dorada, vio salir a una muchacha que llevaba unas florecillas en el pelo y un vestido largo y vaporoso en color verde. El muchacho mostró una leve sonrisa y, acercándose ante su presencia le mostró sus respetos.

Su mejor tesoro apareció frente a sus ojos y así quiso conquistar el corazón de una joven ligada a una dinastía de nobles.

Seguirá…

ANTONICUS EFE

Para el tema de la semana. Lo que nadie leyó

Fin.

ARMANDO BARCELONA

LETRA PEQUEÑA

Querida Amelia.

¿Tú estás bien? Espero que sí. Yo ando flojo, me pesa el alma,y fíjate que aquí, en el Más Allá, lo único que nos hemos traído de la otra vida es lo espiritual; de manera que puedes hacerte una idea de cómo me siento:fatal. No sé, quizás sea una especie de gripe metafísica;con este tiempo todo es posible.

Anoche estuve con Yeshua y los chicos en «El 69»; en esta época del año están todos de bajona, como yo, en un valle que transita entre las vísperas recientes de la Navidad y las témporas cercanas de la Cuaresma. Un muermo colectivo.

En mi caso puede que tenga algo que ver la literatura de Han Kang ―hasta aquí también llega el largo brazo marketiniano del Nobel―; después de leer «La vegetariana», los entresijos viscerales han proyectado su esencia de rizoma por mi andamiaje filosófico tripas arriba y, Amelia, cariño, ya sabes lo plúmbeo que se vuelve mi existencialismo cuando me pongo intenso.

Un decir, para que me entiendas. ¿Sabemos si la eternidad es para siempre o, quizás, hay un punto en que se desvanece muellemente para integrarse en la nada? ¿Somos conscientes del contrato de vida que tenemos suscrito? ¿De verdad nos hemos leído todo el tocho?

Porque aquí, por mucho que nos lo vendan de colores y en cinemascope, extramuros del Edén, sigue habiendo barrios marginales, con sumideros atascados, basura en las calles y ratas que se cuelan por las alcantarillas; mientras que en la zona residencial, la parte noble, disfrutan la muerte como príncipes los que en vida fueron villanos con posibles, chorizos documentados, gente de orden con unas reglas propias, que inclinan el terreno de juego en su propio beneficio.

El «Paraíso Resort» está hasta las trancas de pecadores con pedigrí; Epstein, sin ir más lejos, tiene una planta en el ático para él solo, donde un ir y venir de ángeles, serafines, virtudes y dominaciones, axesuados o no,hacen del laissez-faire una consigna. Como lo oyes. Pero no te espantes, que esto viene de antiguo: «Así en la tierra como en el cielo», teología concentrada.

¿Dónde quedaron el rico, el camello y, sobre todo, el ojo de una aguja como fielato de las cargas culposas?, puede que te preguntes con una media sonrisa borde, tú, que eres más atea que un altar en un trastero. Respuesta: En el juego añejo de los comodines. La letra pequeña. Eso que nadie lee. Ahí van unos pocos ejemplos, para que te hagas una idea.

El arrepentimiento exprés, para empezar por algo.

No importa que hayas sido un canalla cum laude, un malo protagonista, hijoputa de manual, porque si en el último suspiro te arrepientes «de corazón», el contador vuelve a cero. Dimas, el buen ladrón en la cruz. Un delincuente con suerte, que llega tarde, no cotiza y entra a la gloria por la puerta grande. Mejor pecar con reiteración que morir sin disculparse.

La intención vale más que el acto, otro clásico.

No es relevante lo que hiciste, sino por qué lo hiciste. Si la intención fue «buena», el daño se vuelve colateral, casi metafísico; siempre pueden alegarse causas superiores: bien común, estabilidad, orden, Dios mismo… La explotación de los débiles, las guerras, cualquiera de ellas, los genocidios, están cargados de «buenas intenciones».

Los intermediarios con poderes, gestores de la teocracia.

Curas, confesores, sacramentos. Tú no negocias directamente con Dios, usas habilitados humanos, con agenda, jerarquía y tendencia a proteger a los suyos. El pecado individual se puede diluir si pertenece a una estructura respetable.

Y la última, para no aburrirte: Santa ignorancia.

No sabías que estaba mal, ergo la cagada no cuenta. Si no te explicaron bien la norma, el alma queda en stand by. Dios es justo, pero muy comprensivo con las intermitencias de wifi moral.

Ay, Amelia, corazón, qué melancólico y porculero es febrero. ¡Coño, hasta rima! Menos mal que dura poco.

En fin, que ya ves cómo ando de moral, hecho unos zorros, y cuando estoy así no soy yo, puro gruñido, nada me parece bien. Se me pasará, seguro, no es la primera vez, qué te voy a contar.

Así que no te doy más la chapa; bastante tienes.

Cuídate, mi vida, y disfruta. Peca lo justo―tampoco te me vengas arriba, que te conozco y eres de braga floja―, pero si se te va la mano, tira de la letra pequeña, eso que nadie lee, pero saca de apuros, y a quien Dios se la dé…

Este que te quiere.

En Zaragoza, a 8 de febrero de 2026

RAQUEL LÓPEZ

Allí están guardados

en la intimidad del olvido

los poemas que nadie leyó

y que guardo solo para ti.

En la belleza de las palabras guardadas y en la intimidad del silencio, mi secreto.

Sin buscar aplausos ni aprobaciones, un refugio por las palabras olvidadas con tinta invisible.

No fueron recitados, ni reconocidos,

tan solo guardados bajo llave.

Palabras sin voces que quedaron mudas y huérfanas…

Lo que nadie leyó, lo guardo solo para tí

versos que murieron sin tener luz

y que el olvido enterró

y que tan solo resurgirán,

cuando los leas tú……

DAVID MERLÁN

CAPÍTULO 4. EL TERRITORIO DEL CENTRÍFUGO (HILVAN. EL VIAJE DE TALO)

El primer paso después de traspasar la línea roja hizo que Talo sintiera una pequeña decepción.

Esperaba sentir fuego en las fibras, chamuscarse, oler a quemado, o algo por el estilo, pero no. Lo único que notó fue como se iba apagando el agradable olor a suavizante y cómo era sustituido por otro ya conocido y todavía peor. Otro que era más áspero; a detergente rancio, humedad vieja… y toque metálico.

Después del primero paso vinieron muchos más. A cada metro, el suelo cambiaba. El fieltro que se encontraba bajo sus pies se volvía más duro, y los bordes de las telas se deshilachaban, como si alguien hubiera tirado de ellas con rabia. Pronto las calles de Hilván quedaron atrás. Ya no había plazas bordadas ni risas de clanes. En cierta forma se puede decir que incluso echó de menos al gran emparejador.

A su alrededor, solo silencio, y, al fondo, el rumor.

Un tum… tum… tum… grave, lejano, constante. Como un corazón enorme que giraba.

—No mires atrás —susurró una voz.

Talo se detuvo.

De entre un montón de pelusas ennegrecidas apareció una figura pequeña, casi plana, como si hubiese sido aplastada mil veces.

Era… un calcetín. O algo que una vez lo lo había sido. Su elástico estaba destrozado, y tenía una marca negra chamiza que le cruzaba el pecho como una firma.

—¿Quién eres? —preguntó Talo.

La figura no respondió de inmediato. Por el contrario, se le acercó arrastrándose con torpeza.

—Eso no importa. Si has llegado hasta aquí, a estas alturas deberías saber ya, que los nombres son lo primero en caerse. Después… se caen otras cosas, incluso las promesas.

Talo tragó saliva y agudizó el oído.

El rumor del Centrífugo se hacía más fuerte. Más intenso.

—Quiero encontrar a mi hermano. Eso es todo—. Contestó sin prestarle mucho más atención a aquel destrozado calcetín. Estaba harto de que siempre intentaran robarle la esperaza de encontrar a su hermano.

—Todos dicen eso —respondió éste—. Y todos creen que el Centrífugo es una bestia.

Talo giró la cabeza hacia el horizonte.

El paisaje se abría como una herida: montículos de tela chamuscada, botones derretidos, cremalleras dobladas grotescamente. Y al final, una especie de muralla curva, metálica, que respiraba vapor.

Allí estaba. No se veía del todo, pero se sentía con fuerza. Sin duda tenía que ser el centrífugo.

—¿Aquello es lo que todo el mundo llama el Centrifugo? —preguntó Talo sin miramientos.

—Si. Pero es mas que eso. Es una frontera —dijo el aplastado—. Y un juez. Y un espejo.

Talo apretó el tejido de sus fibras. Por primera vez, sintió un miedo distinto: no el miedo a morir… sino el miedo a equivocarse.

Y sin embargo, la voz seguía resonando en su interior.

—Ven…

Sonaba más lejos, pero curiosamente, la escuchaba más nítida.

—Debo irme—.añadío para cerrar la conversación y dió un paso que hizo crujir el suelo reseco..

En ese instante, el calcetín aplastado lo agarró.

—Si vas a entrar… debes saber algo.

Talo lo miró con respeto.

—¿Qué?

—Que hay cosas que solo se encuentran aquí. Cosas que no están en Hilván. Cosas que nadie quiso ver.

—No entiendo.

—Mejor. Así duele menos.

Y tal y como lo había agarrado, el calcetín aplastado lo soltó, se giró y señaló un montículo cercano.

—Allí es a donde debes de ir.

Talo no dijo nada. Se limitó a asentir en agradecimiento y tras despedirse, dió unos cuantos pasos y se acercó al lugar indicado.

Al llegar, pudo comprobar que se trataba de una amalgama de cosas; un montón de restos: etiquetas arrancadas, cordones, hilos sueltos, una tapa de bolígrafo, imperdibles infantiles, viejas etiquetas ya olvidadas que una vez fueron arrancadas sin piedad de su antiguas prendas, … y algo más.

Algo que no pertenecía a este mundo de ropa.

Una hoja. Una hoja de papel arrugada, amarillenta, pegada con humedad y pelusa. Estaba doblada en cuatro y totalmente manchada.

Talo se quedó quieto.

—¿Qué es eso?

—Lo que nadie leyó —susurró el aplastado que, mientras Talo había estado conteplando ensimismado aquel lugar, había dedicado acercársele.

Talo ni se inmutó por su llegada y se inclinó con cuidado para tocar la hoja.

No sabía leer. Los calcetines no leían. No lo necesitaban. Pero en Hilván, las cosas tenían memoria. Y el papel… estaba lleno de ella.

Al tocarlo, un latigazo le recorrió las fibras.

Imágenes. Una mano humana escribiendo deprisa. Una cocina. Una discusión:

«—Te lo dije, ¿no? —decía una voz de mujer.

—¿El qué? —respondía el hombre, molesto.

—Que anudaras los calcetines del niño. Siempre se pierde uno.

—¿Cuales, los azules?

—¡Pues claro!, ¿Cuáles sino?

—No dramatices. Eso es un mito.

—Pues mira. Lo escribí. Para que luego no digas que no te lo advertí.»

La hoja vibró, y las letras, que para Talo eran solo trazos grisáceos por el efecto del agua, se convirtieron en sensaciones.

Era una nota. Una nota humana. Una nota que hablaba de él y de Lino.

Y entonces Talo lo entendió.

La hoja contenía algo que, en el mundo humano, había sido olvidado. Tirado. Perdido en el tambor. Arrastrado por el agua. Tragado por el filtro. Y finalmente… escupido aquí. Una conversación que nunca se había producido. Un mensaje que nadie leyó.

Talo apartó la mano como si quemara.

—¿Qué decía? —preguntó el calcetín aplastado.

Talo tardó en responder.

—Decía… que esta vez… el humano no nos anudó.

—Eso ya lo sabías. Es lo que suele pasar.

—No. Decía… que lo hizo a propósito.

El aplastado se quedó inmóvil.

—¿A propósito?

—Sí —susurró Talo—.Porque estaba enfadado con la humana. Porque habían discutído. Porque la lavadora fue “todo incluido” para él.

Y en ese preciso instante de revelación, se le encogió el corazón y Talo sintió que algo se le rompía por dentro, como una fibra invisible que no se puede estirar más y se rompe indefectiblemente. Hasta ese momento, había pensado que lo que les había pasado era un accidente. Una mala suerte. Un descuido, pero aquella nota…, aquella nota le decía que alguien, arriba, en el mundo humano, había decidido no cuidarles y eso, no era más que otra forma de abandono.

—Bienvenido al Centrífugo —dijo el aplastado—. Aquí las cicatrices no siempre son de fuego. Desde este punto tendrás un seguir tu solo, ¿Entendido?. Ha sido un placer, y sin más, se dió media vuelta y se fue por donde había venido.

Talo apretó los dientes y la voz volvió a sonar, todavía más cerca..

—Ven..

Talo guardó la hoja como pudo, enrollándola contra el dobladillo de su tejido. No sabía por qué lo hacía, pero sintió que era importante. Que aquella nota era una prueba. Un trozo de verdad y se echó a andar de nuevo.

A medida que se acercaba, el aire cambió. Se volvió pesado. Húmedo. Ardiente, como si el metal respirase.

Y entonces lo vio girando solo.

No era una criatura con garras, sino como un monstruo mecánico, vivo, enorme, con una boca circular, oscura, con dientes de acero y vapor saliendo por rendijas.

Talo inspiró un vez y dio otro paso, instante en el que sintió un tirón brutal en el talón.

El hilo. El hilo que lo unía a Lino. No era imaginación. Era un hilo real, invisible, tensándose hacia el interior del monstruo.

—¡Lino! —gritó Talo.

Y el Centrífugo respondio como solo él sabe. Haciendo temblar el suelo, seguido de una ráfaga de vapor que lo golpeó con todo su poder. Talo salió despedido hacia atrás y rodó por la tela chamuscada.

Cuando logró incorporarse, vio algo que lo heló.

En el borde de la boca metálica, enganchado como una bandera rota, había un calcetín azul como él, pero ennegrecido, y con una cicatriz en el talón.

A Talo se le aceleró el pulso a mil y gritó de nuevo con todas sus fuerzas:

—¡Lino!

El calcetín azul se movió muy despacio, y con una voz, apenas audible, lo llamó.

—Si tú me dices… ven…

Talo se levantó. Se le acercó de prisa a pesar de que

el vapor ya le quemaba por fuera, pero él no se detuvo.

—Estoy aquí, Lino —dijo Talo—. Te lo prometí.

El calcetín azul alzó un poco la punta.

Y entonces Talo comprendió el horror.

Eso no era Lino. Era… algo que se parecía. Una prenda deshechada hacía mucho tiempo que había sido usada por el Centrífugo para atraerlo convertido en forma de su hermano Lino.

Un anzuelo, un cruel anzuelo utilizado por el Centrífugo para maniñlar la mente de inocente Talo.

Talo retrocedió, horrorizado y el Centrífugo rugió de nuevo. Como si se riera de su diabólica fechoría. Como si dijera divirtiéndose:

“Ven. Ven. Ven.”

El calcetín aplastado apareció de nuevo a su lado.

—Ahora lo entiendes, ¿verdad?

—¿Qué? ¿Pero qué pasa aquí? ¿Quién eres?—balbuceó Talo.

—No entiendes nada, pequeñó. No ves que el

Centrífugo no devora calcetines. Devora… decisiones.

Talo miró el monstruo. Miró al aplastado con rabia y miró la hoja doblada contra su tejido.

Aquello que nadie leyó. La prueba de que, a veces, el peligro no era un accidente. Era una negligencia. Una elección humana.

Talo tembló. Y sin embargo… algo dentro de él se endureció.

—No eres Lino —susurró al anzuelo azul—. Pero mi hermano existe.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó el aplastado.

—Porque el hilo no se ha roto—. Contestó mirándole directamente a los ojos mientras apretaba el papel contra su tejido azul.

Y entonces, por primera vez, el Centrífugo dejó de rugir un instante. Como si escuchara. Como si algo, dentro de su metal se hubiera dado cuenta de que aquel pequeño calcetín infantil nunca se rendiría.

Talo dio un paso más hacia la boca.

—Si tú me dices ven… —susurró por primer vez sin sentir miedo— …yo voy.

Y entró.

Continuará…

PEDRO PARRINA

NADIE LEYÓ EN LA ARENA SUS PRÓXIMAS PRIMAVERAS

Sobre la fría mesa de madera de pino del escritorio yacía un folio en blanco amarrado a un pisapapeles en forma de ancla, sobre el folio solo ausencias; ni una sola letra fue capaz de anclar, ni tan siquiera la fecha: 10 de febrero de 2026, sólo la sal de sus lágrimas; dolor; agradecimiento; perdón; amor; alegrías, tristezas… escritas con esa simbología y eternidad de quienes escriben sobre la arena.

Y un helador viento de invierno que parecía jugar con las cortinas de seda, hondeando paz y libertad sobre aquella ventana abierta orientada hacia cualquiera mar.

CARLOS TABOADA

KAMPRUS

A unos pasos de llegar a casa, alguien se plantó frente a mí con las manos en los bolsillos. Era el repetidor de la clase, y todos sabíamos que ya no seguiría en el instituto el próximo año.

—Hola idiota —me saludó—. Tú y yo tenemos algo pendiente —dijo.

Por encima de su hombro vi a dos colegas suyos apoyados en la pared del edificio, vislumbrando en ellos una sonrisa de regocijo.

Por un instante me pregunté qué le debía, pero me acordé de que una semana antes fastidiaba en el recreo a la chica que me gustaba, aunque yo a ella no.

—Ya no te defenderá el profesor, payaso —me dijo, golpeando su puño derecho en la palma de la mano abierta.

El repetidor tenía dos años más que yo, y con creces me superaba en todo. Me sacaba una cabeza, y la tenía lo suficientemente grande y cuadrada como para romper la de otro si la utilizaba de mazo. De seguro acentuaba el porrazo con su ancha uniceja, observándote con esos ojos de topo, nariz rechoncha, boca ancha con labios carnosos y mandíbula prominente. Parecía tener un tonel por pecho y manos prematuras de artesano de oficio duro con nudillos como guijarros.

—Vas a pagar por defender a tu amiguita —me dijo.

No quise huir. Al fin y al cabo, el descarriado ese daría conmigo tarde o temprano, así que pensé que cuanto antes sucediera mejor…

A un palmo de mí levantó el brazo con tranquilidad —mostrando así su seguridad y al tiempo mi destino—, y creí que hundiría su puño de acero en mi piel de mantequilla, hasta que dije:

—No puedes hacerlo. No puedes pegarme. Si me pegas echarás tu vida a perder —dije sin más, soportando la furia de sus ojos y su aliento de mofeta. De repente comenzó a carcajear, y en ese ataque descontrolado me impregnó con dos bolas salivadas—. Oye, te lo digo en serio —creo que asentí—. Si me pegas, también pegarás a Kamprus —dije.

Dejó de carcajear y me miró con ira acumulada, tanta como para haber dado con el chico que le había arruinado la vida desde su nacimiento.

—¿Qué? ¿Quién coño es…? ¿A quién te refieres? —quiso saber, porque acababa de referirme a un mayor o a alguien con autoridad que después le buscaría.

—Es un amigo. Me ayuda con los deberes y me cuenta muchas cosas. Es un amigo —repetí— que me visita de noche… Kamprus se llama. No se lo digas a nadie, pero es un fantasma, y… Y hará un par de días me dijo que si alguna vez me pegaban, se vengaría.

—¡Pero qué gilipolladas estás diciendo, chaval!

—En serio de lo digo. Como me pegues, esta noche Kamprus te visitará —afirmé, y de repente lo visualicé a ras de su colchón, aunque más bien se pareció al mío—. ¡Y créeme si te digo que a mí me ha tratado siempre bien! —dije, como si yo fuera un chico especial—. Tiene cuernos de cabra, pelo oscuro, pezuñas y largos colmillos. Lleva una vara para azotar, y la semana pasada me enseñó un saco donde mete a los niños malos y…

—¡Cállate! —gritó.

—Una vez le llevé la contraria porque quería comprobar cómo se enfadaba, pero al ver sus ojos oscuros y coléricos me disculpé y…

—¡Que te calles!

—Y puede cambiar el tono de su voz, imita a personas y a animales y a veces habla como si estuviera ronco para enfatizar una palabra y…

—¡Que te voy a dar de una vez! —dijo, y levantó un brazo.

Y entonces argumenté:

—Si me pegas jamás te dejará dormir. Ni a tus padres tampoco, ni a tu familia completa ni a tus amigos —aseguré, y desvié un instante la mirada hacia sus amigos, cuando se preguntaban qué narices sucedía para que no me diera de una vez—. Espera, el fantasma Kamprus acaba de decirme algo —dije, y fruncí el ceño y torcí los labios para captar el mensaje.

—¡Deja de hacer el idiota, imbécil!

—Me acaba de decir que antes de que me pegues pasará algo. ¡Sí!, eso es… —dije, llevando la punta de los índices a las sienes—. Si pasa algo antes de que me pegues, te librarás de él y…

Y entonces un gato apareció por el callejón perseguido por otro. El primero negro y el segundo gris. Pasaron por nuestro lado sin temor alguno, como si fuéramos farolas, pendiente el uno del otro. Giré el cuello para seguirlos, hasta que el primero pegó un salto y se encaramó al alfeizar de la casa abandonada. El segundo, más cerca y más erizado que antes, lo siguió. Me di la vuelta expectante, y encontré al repetidor a un par de metros de mí con la cara desencajada. Dije:

—Kamprus puede hacer cosas peores y…

—¡Que te calles! —me chilló fastidiado—. Espero no volver a verte nunca más, hijoputa —se despidió, alejándose unos metros hacia atrás y sosteniendo mi mirada, por si volvía a decir otra gilipollada para cagarla del todo…

Recuerdo que durante un minuto no me moví con el corazón acelerado. Luego me acordé del personaje que aludí una y otra vez, el que conocí al leer un libro que al parecer nadie leyó —y menos aun el repetidor, me dije, porque si no la vida me habría dado un corte de manga.

Al día siguiente no sé por qué lo robé de la biblioteca, y por la noche pensé que Kamprus debía estar conmigo.

CARMEN BERJANO

Leer

Necesito compartirte lo que nadie leyó en mi

No me basta con que leas lo que escribo

Tengo la certeza de que tú sabes leer en Braille cada centímetro de mi piel

Hacerme un escaneo completo

Que incluya mi esencia

Qué incluya mis más recónditos deseos

Sé que tú vas a llegar ahí

A eso que me diferencia

A mi realidad más compleja

Y yo trataré de seguir el mismo ritual

Hasta que sean las almas las que dialoguen

Desde la calma

Desde la infinita ternura

Desde la paz

Necesito leer en ti lo que nadie leyó

No me asusta casi nada

Y ese casi

Te lo digo mañana

Mientras te leo

Mientras me lees

Cuando ya no importe nada.

Carmen Berjano

EFRAÍN DÍAZ

Tomás ardía en fiebre.

Micaela había hecho todo lo humanamente posible por bajársela, y nada. Compresas de alcoholado, paños de agua fresca; hasta Gervasio, su padre, lo había metido en el río para ver si el agua templada hacía el milagro. Pero la fiebre seguía allí, terca como mula vieja.

Las ampollas de la piel tampoco mejoraban.

Para eso habían ido días antes al único médico que había en Trujillo Alto, allá en el pueblo. A los del barrio Dos Bocas el viaje se les hacía largo, cuesta arriba y siempre urgente. El doctor había recetado calamina, tres veces al día.

—pues ni modo, mujel. Ensillo la yegua y me llevo a Tomás al dotol de nuevo —dijo Gervasio.

Fue al establo, preparó el animal, cargó al muchacho y emprendieron las dos horas de camino entre polvo, sudor y preocupación.

Al llegar, hicieron su turno como cualquier hijo de vecino. La enfermera tomó los vitales y al ver la temperatura del niño, abrió los ojos como si hubiese visto al mismo diablo. Corrió a buscar al médico. Los hicieron pasar de inmediato.

El doctor examinó al muchacho y luego miró a Gervasio.

—¿Qué le han hecho para la fiebre?

Sombrero en mano, el hombre respondió

con humildad:

—Le pusimos compresas de alcoholado, de agua fresca… hasta lo metí al río, pero na’.

El médico lo regañó.

A una persona con fiebre no se le pone alcoholado; el cuerpo caliente lo absorbe, va al hígado y hace daño.

Pero eso se sabe ahora.

En Dos Bocas el alcoholado servía para todo: cortaduras, dolores de barriga, fiebres, cáncer y hasta para los extravíos del alma. Era farmacia, hospital y esperanza embotellada.

Después el doctor miró las ampollas. Le pareció extraño que no hubiesen mejorado con la calamina.

—¿Se la han aplicado?

Gervasio frunció el ceño.

—¿Cómo que aplicada, dotol? Micaela le da una cucharada de esa cosa tres veces al día… y na’ de na’.

El médico cerró los ojos un segundo, buscando paciencia.

—¡Pero hombre! La calamina no se toma. Es para la piel. Se aplica ¿Nadie leyó las instrucciones?

Gervasio bajó la cabeza, derrotado.

—Nosotros no sabemos leel, dotol. No juimos a la escuela.

Al médico se le cayó el regaño de las manos. Entendió que no estaba frente a la ignorancia, sino frente al abandono.

Comenzó de inmediato tratamiento por envenenamiento. Luego, con cuidado, untó la calamina sobre las ampollas, como quien pide perdón en silencio.

Cuando terminaron, Gervasio buscó el dinero, que por supuesto, no alcanzaba.

El doctor negó con la cabeza.

—No me debe nada. Vaya con Dios.

Padre e hijo montaron la yegua y emprendieron el regreso. El aire parecía menos pesado; la fiebre empezaba a ceder.

Ya Gervasio le enviaría al doctor dos gallinas y un racimo de plátanos con el próximo que bajara al pueblo.

Los jíbaros podrán ser pobres, pero jamás quedan debiendo gratitud.

JAVIER GARCÍA HOYOS

LA BIOGRAFÍA OCULTA

Las frías tardes de invierno, cuando los días oscurecen con más rapidez y la lluvia acompaña los paseos por las calles de Bilbao, siempre me apetece entrar en las librerías para encontrar ese libro perfecto que todos buscamos y que no siempre aparece.

Sin embargo, la búsqueda del preciado tesoro es ya el premio ansiado. Rodeado de frases impresas en hojas aun desconocidas, y de la gente que comenta con agrado las novedades de las estanterías, se percibe el olor a papel nuevo. Un olor que me traslada a los lejanos primeros días de curso en el colegio, cuando abría, por primera vez, los libros de estudio.

Entre aquella vorágine de creatividad, entre tantos ejemplares, se hallaba uno que llamó mi atención, se trataba de la biografía del cantante de rock Yuki N. Schulz, a quien tuve la suerte de conocer en persona en los noventa, cuando, con mi antiguo grupo, fui telonero suyo en tres conciertos de su gira por España.

Decidí comprarlo para recrearme en casa con una cerveza en la mano y la música de su tercer disco “Man around the Sun” resonando en la sala. Se trataba de un álbum conceptual; giraba alrededor de un hombre que siempre estaba al borde de caer en las peores tentaciones autodestructivas que, el gran Yuki, tuvo a bien crear para sus canciones.

Era un libro fácil de leer, me sorprendió ver lo familiares que se me hacían algunos de sus capítulos. Yuki no solía tener filtros a la hora de tratar con la gente, de hecho, no dudaba en contar anécdotas de su vida a quienes le rodeábamos, o de dar consejos a quienes empezábamos en la industria. Su mirada siempre parecía cansada cuando hablaba con nosotros, a veces ni si quiera miraba a los ojos de su interlocutor, parecía observar algo que no estaba allí. Pero esa sensación desaparecía cuando, al subir al escenario, el público rugía.

En un par de días lo acabé. Busqué en internet reseñas sobre aquel texto, la mayoría eran positivas, todos hablaban de lo bien que describía sus conciertos, la creación de sus canciones, y los detalles escabrosos que, en los noventa, solían llevar consigo algunas fiestas con compañías poco recomendables, y productos aun menos aconsejables. Todo el mundo coincidía con los mismos comentarios, pero creo que quienes le conocimos, aunque fuera unos días, nos dimos cuenta de que había algo de lo que nadie se percataba, algo que nadie leyó, porque no estaba escrito.

En toda su biografía de éxitos y fracasos, no hubo una sola palabra en la que remitiera a un abrazo, o un beso de sus padres o al, tan manido en la música, tema del amor, a pesar de tener buenas baladas que hacían las delicias de las parejas enamoradas. Quizá esa era su verdadera biografía, la que no estaba escrita, y el resto, lo que podía leerse, no era más que uno adorno para contarla.

Javier García Hoyos

PEDRO A LÓPEZ CRUZ

BIBLIOTERAPIA

Por aquel entonces, la Edad Media se antojaba muy lejana. Sin embargo, muchos siglos después, el nuevo patógeno se había extendido igual que la peste negra, como una suerte de ignorancia bubónica incapaz de ser detenida. Una vez se consiguió aislar la cepa, la denominaron TiktaGram-26. Sin embargo, para cuando las autoridades fueron conscientes, la crisis ya afectaba a la mayor parte de la población mundial, con clara predominancia de la franja más joven. Los síntomas más visibles se presentaban en forma de un claro descenso en los niveles de lectura en sangre, en algunos casos casi rozando la ausencia, algo que a la larga provocaban la consiguiente falta de riego cerebral y, en los diagnósticos más extremos, un ictus cultural severo.

Los pacientes más leves podían ser tratados en casa, con medicación genérica. Los más graves y críticos, sin embargo, requerían de su traslado urgente a una biblioteca especializada. Pronto, las unidades de lectura intensiva terminaron abarrotadas y la falta de plazas se hizo patente. Ante tal afluencia de afectados, los insistentes requerimientos de guardar silencio de las bibliotecarias resultaban claramente inútiles. El día a día era un ir y venir de libros, en un denodado esfuerzo por salvar tal situación sobrevenida.

En el box número cuatro, los libreros de guardia lidiaban con uno de los casos más críticos:

—Señor, la paciente presenta un cuadro grave de deficiencia poética en sangre. Tenemos que actuar pronto o la perdemos. El electroversograma muestra una arritmia evidente en las líneas impares y la estrofa aorta se está volviendo claramente asonante. Tendremos que suministrarle 500 miligramos de Lorcazepam cada ocho horas, y hacerle una transfusión de Bodas de Sangre a la mayor brevedad.

—De acuerdo, no paréis hasta que la piel del paciente recupere el tono verde, que lo quiero verde.

Por su parte, en el box nueve una chica de apenas quince años se retorcía entre espasmos mientras de su boca brotaba un hilo burbujeante de espuma blanca. Se hallaba al límite después de años de ingestión masiva de likes, corazoncitos, pulgares hacia arriba y ansiedad provocada por la búsqueda compulsiva de seguidores, resultando en un colapso de dopamina que su cerebro ya era incapaz de asimilar. El tratamiento que se recomendaba en estos casos era la inyección inmediata de Cervantyum hasta recuperar las constantes culturales, seguido de una lectura en pequeñas dosis del Quijote de manera progresiva, en función de la evolución observada. Una vez dada de alta, se prescribía un tratamiento consistente en unos cien años de soledad reposada que se podía hacer en casa, combinado con dosis diarias de Gabrielina.

Fueron tiempos revueltos. Pacientes desahuciados, noticieros informando de las constantes pérdidas en la venta de libros y el colapso cultural sobrevolando el horizonte. Sin embargo, con el tiempo, el virus acabó remitiendo. Las redes sociales perdieron interés de forma progresiva y la situación anterior a la hecatombe se fue recuperando. Pronto el olor a papel recién impreso y a tinta de la mejor calidad acabó abandonando las bibliotecas y las librerías y se extendió por calles, parques y avenidas. Las imprentas funcionaban a pleno rendimiento, las letras no paraban de fluir como cataratas en las mentes de los escritores y la cultura floreció de nuevo, igual que lo hacen los campos de amapolas, a lo largo y ancho del planeta. En poco tiempo, la población se volvió adicta a los libros. Eran ahora esos dispositivos de papel que no necesitaban carga diaria los que habían ido sustituyendo, poco a poco, a tabletas y móviles. Frente a cualquier previsión, la literatura se acababa de convertir en la siguiente pandemia. El nuevo virus, el de la lectura, nos había invadido. Sin embargo, esta vez, nadie hizo nada por detenerlo.

SERGIO TELLEZ

LO QUE NADIE LEE(La letra pequeña)

Permítanme presentarme. Soy Evaristo Nausa, fabricante de los Quesos «Esencia». Mi trabajo es un arte, una pasión que requiere dedicación y atención al detalle. Vivo en el pueblo de El Valle, un lugar tranquilo donde todos se conocen y saludan. Mi fábrica está en el centro del pueblo, y desde allí puedo ver la plaza principal y las casas de mis vecinos.

Mi vida es sencilla, pero no exenta de desafíos. Los vecinos, por ejemplo, pueden ser un problema. Algunos de ellos parecen tener un don para encontrar formas de molestarme. El ruido, el olor, la basura y otros males que se los explicaré posteriormente. Siempre hay algo que les parece mal. Pero he aprendido a manejarlos. Después de todo, un buen queso requiere paciencia y perseverancia.

Mi fábrica es mi santuario, mi refugio. Allí, puedo perderme en el proceso de creación, dejar que mis manos se muevan con ritmo y mi mente se aclare. El olor a leche fermentada y a queso en maduración es un bálsamo para mi alma. Tengo un ayudante, un muchacho de 15 años llamado Tomás, que se encarga de recoger la leche de los ganaderos locales en un burro. Es trabajador y responsable, y es el único que no me ha dado problemas… todavía.

Hace quince días vino la esposa de don Aquilino, protestando por el olor que le llegaba a su casa. Me dijo que era insoportable, que no podía atender a sus invitados, luego del funeral de doña Briseida. Me responsabilizó a mí, por supuesto. Siempre es así. Dice que el olor proviene de la fábrica, pero yo le expliqué que es imposible, que solo hacemos queso. No sé por qué no entiende. A propósito, su vecina, doña Briseida, también era una molestia constante. Siempre quejándose por algo. Me alegra que ya no esté aquí para molestarme.

La fábrica ha estado creciendo mucho últimamente. La gente viene de todos lados a comprar nuestros quesos. Dicen que es el sabor único que les damos. Tenemos el «Sueño de la Tierra», que es un queso suave y cremoso, perfecto para acompañar un buen pan. También está el «Fuego del Sol», este es un queso picante y fuerte, ideal para los que les gusta el sabor intenso. El «Río de la Luna» es un queso azul, muy popular entre los que buscan algo diferente. Y por supuesto, está el «Corazón de la Montaña», es un queso curado que se deshace en la boca.

La gente de paso por el pueblo siempre se detiene a comprar. Vienen de pueblos cercanos, como El Roble y La Vega, y hasta de lugares más lejanos, como la capital. Siempre preguntan por el secreto de nuestros quesos, pero yo solo sonrío y les digo que es la receta familiar. Tomás, mi ayudante, siempre se ríe cuando le digo eso. Él sabe que hay algo más, pero no dice nada.

La etiqueta que exige el Instituto nacional de vigilancia de alimentos debe tener los ingredientes. Yo lo hago según la norma, muy claro dice ingredientes: leche fresca, fermentos lácteos, cuajo natural, aceite de hígado de procedencia especial y sal. Yo no tengo la culpa de que nadie lea la letra pequeña.

Doña Briseida… pobre mujer. Apareció muerta hace dieciocho días, en su casa. La encontraron los vecinos, con la panza abierta… Fue un espectáculo desagradable, según dicen. Dicen que le faltaba algo, algo que…que no se encontró. Algunos murmuran que fue un animal, un perro o un gato grande, pero yo no lo creo. Los animales no son tan… precisos.

La verdad es que fue un problema para mí. El inspector de policia se puso a investigar, a hacer preguntas. Quería saber quién había sido, como si yo tuviera alguna respuesta. Le dije que no sabía nada, que yo estaba en la fábrica ese día, haciendo queso. Tomás puede corroborarlo, él estaba conmigo.

Pero la verdad es que…yo no recuerdo haber visto nada extraño ese día. Aunque, ahora que lo pienso, sí recuerdo haber estado trabajando hasta tarde, haciendo un lote especial de «Corazón de la Montaña». Sí, eso fue. Estuve en la fábrica toda la noche, solo. Tomás se había ido a casa temprano.

La fórmula me la enseñó pa, antes de morir en aquel terrible accidente. Él sacaba el hígado de las vacas cuando las sacrificaban en el matadero y lo llevaba a su casa, donde lo cocinaba a fuego lento con un poco de agua y ácido para que se descompusiera la grasa. Después, sacaba la grasa que flotaba arriba y la ponía a destilar para que quedara bien clara. Y así, salía el Aceite. Lo usaba para darle un sabor especial a los quesos que fabricaba con la leche de sus vacas. Era un secreto que solo él sabía, y decía que era lo que hacía que sus quesos fueran los mejores del pueblo. Me enseñó a mí, y ahora yo sigo con la tradición, usando ese aceite para darle un sabor único a mis Quesos «Esencia».

Le recordé a Tomás el día que marco nuestras vidas. Fue cuando pa me castigó con el mismo lazo con que encerraba a los terneros para que no se mamaran en el potrero de enseguida. Me había olvidado de ir a encerrarlos esa tarde, y cuando llegué a casa, pa estaba furioso. Me agarró por el brazo y me llevó al corral, donde me dio unos cuantos latigazos con el lazo. Me dolió, pero más me dolió la vergüenza de saber que había fallado. Pa me dijo que un hombre no se olvida de sus responsabilidades, y que si no era capaz de cuidar de los animales, no era capaz de cuidar de nada. Me hizo sentarme en un tronco, con el lazo todavía en la mano, y me dijo que no me levantara hasta que no hubiera pensado en lo que había hecho. Me quedé allí sentado, con el sol pegándome en la cabeza, hasta que anocheció. Fue una lección que no olvidé nunca.

Miré a Tomás, que estaba allí parado, observandome con ojos grandes. «¿Entiende, Tomás?», le dije. «Un hombre hace lo que tiene que hacer. Y si no, paga las consecuencias.» Tomás asintió y tragó saliva. Sabía que yo no estaba hablando solo de los terneros.

Me acerqué a él: «Y hay cosas que es mejor no saber, Tomás. Cosas que se quedan en la oscuridad. Como el primer queso que hice, con el hígado de… alguien que se fue.» Tomás me miró, yo sabía que había entendido. Luego asintió de nuevo, y se fue a hacer su trabajo.

El resultado había sido un éxito, sin duda. El aceite había dado a los quesos un sabor a… a tierra húmeda, a hojas secas, a algo profundo y primitivo. Los clientes habían quedado encantados con el «Corazón de la Montaña», y las ventas habían aumentado considerablemente.

Luego vino el funeral de él, con la iglesia llena de gente que apenas lo conocía. Recibí los pésames y las condolencias con una cara de tristeza que no sentía. Los policías hicieron preguntas, pero yo estaba preparado. Les conté que pa había salido a caminar por el bosque y debió haber sido atacado por un gato grande. La autopsia no encontró nada que contradijera mi historia, y todos parecieron creerla.

Después del funeral, todo se normalizó. La fábrica de quesos siguió funcionando, y yo seguí haciendo lo que mejor sabía hacer: crear quesos con un toque especial.

Luego vino la joven Ortencia, la misma que se burló de mí cuando le llevé una rosa. No sé qué me pasó, pero una noche la vi caminando sola por el río y… simplemente la seguí. El aceite de ella cambió el sabor del queso, le dio un toque diferente, un aroma a flores silvestres y a algo más, algo que no podía definir. El «Sueño de la Tierra» se convirtió en un éxito, y la gente empezó a hablar de él como uno de los mejores quesos del pueblo. Me gustó el sabor, me gustó cómo la gente lo disfrutaba. No pensé mucho en Ortencia, solo en el queso. En cómo había quedado.

El siguiente fue el viejo Abelardo, a ese anciano nadie lo extrañó, ni siquiera su perro, que se había muerto antes que él. Me fastidiaba un poco que siempre estuviera pidiendo limosna en la puerta de la fábrica, siempre con la misma cantaleta sobre la guerra y sus penurias. Ahora ya no molestaba más. El aceite de él le dio un sabor agridulce al «Fuego del Sol», algo que gustó mucho a los clientes. Me pareció justo, de alguna manera, que su vida hubiera servido para algo.

Ya no queda casi nadie en el pueblo que me caiga mal, es como si todos hubieran entendido que es mejor no molestarme. Los pedidos de queso siguen aumentando y me doy cuenta de que necesito expandirme. El Roble es el lugar perfecto, un pueblo grande con mucha gente… que seguro me va a dar dolores de cabeza. He decidido abrir una sucursal allá, y Tomás se quedará a cargo de la fábrica aquí. Es un buen muchacho, y sabe cómo hacer los quesos. Le mandaré la esencia periódicamente, y él sabrá qué hacer con ella.

Me pregunto si estoy haciendo un favor al pueblo, quitando de en medio a aquellos que no sabían apreciar la tranquilidad. Ahora, con menos distracciones, todo parece más… armonioso. Y en El Roble, estoy seguro de que encontraré a alguien que me haga sentir vivo de nuevo.

MAITE BILBAO

SALDO

Miras su boca y observas cómo los labios articulan ritmos, mientras tú solo buscas el silencio que se esconde entre ellos. En su comisura izquierda la piel se tensa porque ella miente; el músculo bajo su oreja late como un animal atrapado. Es el primer signo; quizá no sea más que la técnica que tú mismo le enseñaste para que hoy pudieras creerte el cazador.

Bajas la vista. El índice recorre el mantel y sientes cómo la madera raspa bajo la yema. Ese Braille de su piel es un código indescifrable sin el tacto. Quieres un escaneo de su esencia, esa realidad donde las almas dialogan desde la calma, pero el aire pesa demasiado y el tendón de su antebrazo parece una cuerda de piano a punto de romperse.

Tu memoria rescata el incendio de su espalda en verano. Buscas la brasa con la creencia de que el encuentro es libre y que dejará de camuflarse entre palabras. Su historia, esa vida hecha canción que firma con iniciales, dejará de ser un interrogante descifrado; sin embargo, esas siglas son una frontera, el muro exacto que levanta frente a ti.

Gira su mano para mostrarte la palma y el temblor se apaga de golpe. Sus dedos se vuelven firmes, poseedores de una quietud que asusta. Te mira, y su sonrisa muere mucho antes de alcanzar las mejillas. Reconoce el truco porque lee tu hambre; ella también sabe ver lo que nadie vio en ti: la urgencia de ser salvado por alguien que no se pertenece.

Apoya el índice sobre el tuyo con una presión de hielo que te clava contra la mesa. El calor de agosto se ha apagado y ya solo queda el frío de una moneda, el peso de un contrato cumplido.

Se levanta y ajusta el abrigo con calma y deja un billete sobre la marca de humedad de tu dedo. El precio exacto por haberte permitido dudar. Cerca de la puerta, se detiene un instante. Su mano busca el pomo, pero se queda a un milímetro del metal mientras los dedos vibran. Es un segundo; ese casi que te dirá mañana, cuando ya no importe nada porque el precio está pagado. Ella aprendió a tocar las brasas sin quemarse y transformó vuestro encuentro en uno de esos relatos que no deseas que terminen jamás.

La puerta de cristal se cierra.

7 de febrero de 2026

ARCADIO MALLO

Rutina

En el silencio de la mañana cantó el gallo. Lo tenía sentenciado, pero por cosas del destino le había concedido una semana más de vida. O quizás dos, ya se vería. Se levantó cansado, como todos los días últimamente. Temía haber perdido la ilusión por lo que hacía y, una vez más, como muchas antes en su vida, sentía la necesidad de cambiar de rutina. Todas las mañanas comentaba con su compañero de trabajo que le parecía estar protagonizando el Show de Truman. “Aunque todavía no he visto caer ningún foco del supuesto plató en el que estamos”, bromeaba.

Pero una cosa era cierta. La responsabilidad y las obligaciones podían mucho más que aquella desgana que lo invadía. Por eso, día tras día, se sumergía en aquella rutina diaria que lo ahogaba y lo anulaba como persona.

A veces pensaba cómo sería si alguien escribiera un libro sobre él. No sería una novela muy apasionada, ni aventurera. Ni siquiera sería misteriosa. La verdad, es que sería una lectura carente de interés, una historia muy correcta y muy ajustada a las normas establecidas. Eso sí, tenía claro que si eso pasaba, podría decir que lo que nadie leyó sería que se había rendido. Aguantaría el chaparrón una y otra vez, como cualquier héroe de batalla legendaria.

ANGY DEL TORO

Lo que nadie leyó.

Yo, y mis lecturas

Hondas, profundas y universales: así son mis lecturas. Hoy reconozco cuántas vidas han pasado junto a mí, sin que las haya visto.

Leo libros que señalan y/o acusan, que van contra el ego. Contra la facilidad con la que pensamos que los otros son estaciones de paso.

Hoy mi lectura es unilateral, lo sé. Pero no me importa. Son renglones que habitan en los recovecos de mi memoria.

Amores y desamores vividos como destino. Que no exigieron reciprocidad; que, como yo, existieron por sí mismos.

Les leo lo que he escrito, lo que vieron mis ojos, lo que mi alma un día sintió.

Haya sido yo la protagonista o no, quién sabe. Solo sé que me visualizo impresa entre los márgenes de mis lecturas.

Para ellos apenas soy una figura pasajera; para mí, cuando leo o escribo, lo siento cual si yo fuese el núcleo, el centro de gravedad de la Tierra.

Conservo cada uno de los detalles, aunque nadie recuerde lo que les haya leído.

No crean que por ser o no leída deba renunciar a mi propio nombre, a los lugares que hay en el mundo.

Si lo que quieren es convertirme literalmente en alguien que no existió, advierto:

soy identidad, soy de este mundo.

NOVAE LITTERAE

Hola a todos, para el tema de la semana

Evitación y alcohol de fuerza previa

—¡Hermano, ya lo dije! Esto va a ser conmoción… Se encuentra en estado de teoría. Refutable. Sin posibilidad de comprobación latente. Pero le titulo «teoría de fuerza previa». Parto de la idea de que la existencia física es improbable a partir del caos o de la nada. Más bien, existe una condición energética desprovista de toda voluntad y juicio. ¡Esto es física seria, loco! Esto es el motor todas las condiciones físicas conocidas.

—La ecuación primera y de la que parte todo es:

FP = E = E

Donde:

FP = fuerza previa

E = energía explosionada

E = energía implosionada

La energía parte de un cero que no es ausencia, sino que es potencial absoluto. ¿Qué te parece?

Me limité a asentir y seguir escuchando. Se me notaba el escepticismo. Estábamos ebrios y nos habíamos mandado un par de goces.

Héctor se rascaba la cabeza con fruición y continuaba:

— La igualdad de energías es una matriz vectorial. Ahora… tenemos un sistema binario donde +1 y -1 se expanden y contraen, contraeen, issh…, explosionando e implosionando, dando luz a la causalidad y todo estado físico de nuestro mundo. !La locura de análisis, loco juaaa, isshh! ¡Otras dos cervezas, niña. Y súbamele a ese tema. Me encanta la salsa romántica! ¡Son cinco nooochees!— Te lo digo. Tendremos aplicaciones en sistemas complejos como redes y robótica. ¿Qué piensas?— Mi amigo hizo una pausa. El espasmo en su hombro continuaba. Le vi los ojos como dos huevos crudos y solo le faltó sacar la lengua para parecerse a Einstein. Ya tenía el pelo alborotado de un físico incomprendido. Solo un poco más acelerado.

Está como rara esa ecuación, hermano… ¿Aparte de la filosofía, también le das a la física? Tengo mi frustración con la física, entre otras cosas… Pero recuerdo que en las ecuaciones se representaban los fenómenos por medio de lenguaje matemático; habían variables, constantes, funciones y, lo más importante… ¡se despejaba un número! ¿Qué dices tú?

Quise arreglarlo todo, para no parecer descortés ni desanimar a aquel físico teórico del palustre:

—Es una inteligente representación del principio de todas las cosas. Muy determinista y tal vez monista. ¡Cosa que me parece muy interesante! Recuerdo que en otro momento de mi vida vi una electiva de astronomía. El profesor hizo toda la operación matemática detrás de la relatividad. Era difícil, pero no imposible. Yo solía tener una incipiente intuición con los números y más o menos entendía. Creo que me faltó valor. Pero hoy sé que lo mío son otros lenguajes. No el matemático.

A Héctor le cambió el semblante. Ya no me dijo más «loco», ni «hermano», y el efecto de las cervezas desapareció, como si mis opiniones hubiesen sido una línea blanca que desapareciera todo arbusto de sabiduría e intuición. Y borrachera.

—Ya entiendo, Leonardo. Crees que somos dos los frustrados y ves mi teoría como un disparate—

Ahora lucía apesadumbrado y sobrio, aún con un ligero gatilleo en el hombro. Traté de animarle:

—Sé que sabes del tema, hermano. ¡Te lo digo, loco! Además, sabrás: toda acción tiene su reacción. Si pedimos otra ronda llegaremos tarde y las jefas nos echarán de casa… Jejeje.

—Tienes razón, Leo. Tengo que reformular un par de cosas. Además, mañana madrugamos a la obra. Tenemos que terminar todo el revoque del segundo piso.

—Vámonos ya, colega. Mañana será otro día para la ciencia— Le sugerí.

—Sigue tú. Yo me quedo otro rato—respondió.

—Solo una más— vacilé.

LILIANA GIANNINI

Utilidad marginal

El papel amarillento estuvo olvidado aguantando el paso del tiempo. Todavía se notaban las palabras escritas en tinta negra

Ella lo encontró, lo dobló en cuatro y lo usó como cuña de la mesa que bailaba.

La mesa dejó de moverse. Susana fumó mientras firmaba contratos. Una ceniza encendida cayó sobre el viejo papel. Lo no leído murió bajo el peso de una madera.

EMILIANO HEREDIA

EL ZAPATERO DE MI BARRIO

Me acuerdo, en fotogramas dispersos, de la imagen de un zapatero que tenía su comercio en mi barrio, de cuando vivía con mis padres.

Aún recuerdo, el olor de la cola que se quedaba impregnado en las pituitarias de mi nariz de diez años, del ruido de la amoladora y el sonsoneque de la radio que emitía el programa de “protagonistas” de Luis del Olmo, o de Radio Intercontinental, que a las en punto decía aquello de: “….aquí Radio Intercontinental, son las doce….” Y a continuación, una voz femenina, de mujer madura, decía: “…Ave María….” Y se rezaba el Ave María. Siempre tengo en mi discoteca mental, el comienzo de una canción de Jonny Holliday, un rocquero francés venido a menos, al comienzo de las noticias, o de “pulsar” de Vangelis.

Tenía éste zapatero, digo, un mar de zapatos envueltos en bolsas de la compra, con el nombre de cada cliente garabateado con boli bic y, cuyo sistema “sostificado” de clasificación e identificado no estaba exento de ciertos extravíos; zapatos que se perdían, bolsos (como le ocurrió a mi madre).

También hacía copias de llaves, que aumentaban de número en las familias como número de hijos necesitaban una llave de la casa para entrar o salir a su antojo, a medida que cumplían los años reglamentarios para poseer tan preciado objeto, y pobre de ellos si lo perdían.

De natural, casi ninguna de las copias funcionaba a la primera, y el zapatero, con resignación y mascullando entre dientes, volvía a poner la susodicha llave en la mordaza y la repasaba.

Antonio, ahora me acuerdo, su nombre era Antonio.

En este momento, en el que me viene su imagen, no recuerdo momento alguno en que Antonio, el zapatero del barrio, se le llegara a ver en cualquier de los numerosos bares que entonces había, tomando un vino con los parroquianos del barrio, comprando el pan en el colmado de la Damiana, o yendo simplemente a misa.

Simplemente, abría, estaba y cerraba el taller. Casi nadie del barrio sabía dónde vivía Antonio.

Por entonces, le recuerdo orondo, con la tez y las manos curtidas por los vapores de los químicos de los tintes, de las colas.

Con un cigarrillo de tabaco negro, Ducados, creo, saliendo como un apéndice de los labios, desafiando las leyes de la gravedad, dado que Antonio, no se lo quitaba de la boca, siquiera para hablar con las clientas, ya que era muy raro que un hombre se acercara al taller para que les pusiera a sus zapatos unos Philips, que alargaran la maltrecha vida que el andante les daba.

Los continuos cigarros que Antonio fumaba, formaba en el diminuto taller, una neblina de timba, amenizada en muy contadas ocasiones, por algún espontáneo canturreo.

Al cerrar el taller, se le veía ir calle abajo, arrastrando su orondez, con su sempiterno cigarro, con aspecto desaseado, siempre con barba de algunos días, el pelo grasiento, y el jersey adornado con medallas de grasa. Con su pantalón de tergal color gris, arrastrando los pies, con desanimo, como si le diera lo mismo llegar o no a donde tuviera que llegar.

Nunca se le conoció a Antonio (o tal vez sí, pero a mí nunca me lo dijeron), relación con mujer alguna. O amigos.

Los años, fueron pasando, y los de mi generación, nos hicimos más mayores y nuestros padres más ancianos.

Los zapatos a reparar, emigraron a nuevos y sofisticados talleres franquiciados. Y los zapatos envueltos en bolsas de plástico de la compra, ya no se amontonaban en las cada vez más vacías baldas de la estantería metálica color gris del pequeño taller de Antonio.

Aparecían a veces, zapatos envueltos en bolsas de tiendas que ya no existían en el barrio, de zapatos que nunca fueron reparados y que, en su dia, obligaron a Antonio a perjurar en Arameo al cliente de turno, que éste no había traído a reparar los zapatos que él decía haber traído.

Los chavales de mi generación, nos fuimos desperdigando como una bandada de gorriones ante el ruido de un perdigonazo.

Las veces que iba al barrio, pasé casi sin querer, por delante de la puerta del taller de Antonio. Era un recuerdo anclado en el pasado. Una foto expuesta en la vitrina que era el pequeño local, donde Antonio, más delgado, demacrado, con su sempiterno cigarro, mascullaba palabras en un dialogo ininteligible con un viejo que, según me contaron, se hizo amigo de Antonio, en una relación más de simbiótica que amistad propia.

Ese anciano, había perdido según me contaron, a su mujer hacía no muchos años. Y una vez jubilado, llevó unos zapatos a reparar, y ya se quedó compartiendo su soledad con Antonio.

Una vez, en conversación con mi madre, surgió no sé cómo, una conversación de la gente que había en el barrio cuando yo y mis hermanos éramos pequeños, y salió como una foto extra papelada, el nombre de Antonio.

En una sociedad cada vez más convulsa, más acelerada, nadie supo leer las palabras que Antonio escribía sobre las aceras con sus zapatos cansados.

Era una historia de soledad, de rendición ante una vida que tal vez, se le antojaba más extraña y más ajena a él.

Antonio, en cada calada, sobre el lienzo grisáceo del humo de los cigarros que se fumaba, escribía sus propias historias, con la tinta de su memoria.

Nadie supo leer, que ese hombre era un náufrago rodeado de un mar de zapatos por arreglar, una parada en boxes para seguir en la carrera de la vida de sus dueños.

Antonio, sentado en su taburete, como una isla desierta.

Me contó mi madre, que había fallecido hacía tiempo, al igual que su amigo simbionte.

Gracias, Antonio, por arreglarnos los zapatos rotos.

FIN

L’IDIOT Y FRAN KMIL

Para el tema de la semana.

Lo que nadie leyó.

El miedo se le fue metiendo dentro, como la raíz de un gran árbol, horadando el cuerpo hasta encontrar los nutrientes necesarios para crecer.

Ocupó el lugar del alma.

De la mente.

Del corazón.

Había oído hablar de los mensajes fijados con un clavo en las puertas:

sin remitente,

sin firma,

sin destinatario.

Una cosa es oír hablar del diablo

y otra muy distinta es verlo aparecer.

Lo arrancó con rabia.

Sin leer.

No hacía falta.

El pueblo ya lo había leído por él.

Ya sabía. O creía saber.

“Si están leyendo esto, es porque yo también recibí este mensaje. No sé quién lo escribió primero, pero sentí que no podía quedármelo. Hagan con estas palabras lo que yo no supe hacer”.

—Es la muerte —auguró Joaquina, saboreando las palabras.

Entornó los ojos como los entornan los ciegos:

mirando hacia arriba,

como si pudieran ver lo que está encima

y no lo que tienen enfrente. Como si las desgracias vinieran del cielo y no de los hombres.

Pero Joaquina es vieja.

Los viejos hablan mucho de la muerte.

Los pastores de la iglesia, del diablo.

Las mujeres de sus maridos.

Y los maridos de otras mujeres.

Lo puso sobre la mesa del comedor: un trozo de papel entre los platos sucios del almuerzo, un pedazo de miedo tangible, palpable, entre grasa y huesos, la sucia huella del paso de vida solitaria.

A Luis lo encontraron colgado en la mata de mango del patio.

Eunice se cortó las venas. Claro, era mujer y eligió una muerte de hembra.

Los hombres no se cortan las venas. Se pegan un tiro, como Eutaquio.

Lidia tomó veneno. Otra muerte femenina.

Abrió las ventanas.

Necesitaba aire fresco.

Aire nocturno.

Aire mezclado con la humedad del rocío, que aún no lo era porque no había amanecido.

Una suave brisa penetró furtiva.

Tenía una misión.

La cumplió.

Levantó el trozo de papel y lo dejó caer al suelo.

Del reverso.

Y entonces vio lo que nadie leyó,

lo que el miedo y la superstición no dejaron ver:

“Si estás leyendo esto, nada pasará. Bota el mensaje.”

MARÍA MONTERO

LETRAS HEREDADAS

El cuaderno apareció al fondo del armario, detrás de las mantas bordadas y de una caja con botones sueltos que habían pasado por varias blusas antes de quedarse sin cuerpo. Tenía las tapas blandas, manchadas de polvo y óxido, como si hubiera aprendido a esconderse solo. Nadie lo había nombrado en el reparto. Nadie preguntó por él.

Supe entonces que era de mi abuela, aunque bien podía ser de todas las mujeres de la familia que escribieron para no borrarse. La letra era firme, inclinada hacia la derecha, escrita en ratos robados: después de fregar, antes de que alguien llamara a la puerta, cuando la casa por fin se quedaba en silencio.

Lo abrí sentada en el suelo, con la sensación de estar cruzando una frontera íntima. No escribía para ser leída. No explicaba. No pedía nada. Anotaba lo imprescindible para no desaparecer del todo: fechas sin acontecimiento, frases cortadas, pensamientos que se detenían justo antes de volverse peligrosos.

Hablaba de cansancio, de amor sostenido a fuerza de costumbre, de días que pesaban más que otros. De una vida vivida hacia dentro. No había grandes confesiones. Solo verdad. De esa que no se pronuncia en voz alta porque nadie ha enseñado cómo hacerlo.

Pensé en todo lo que se escribe hoy buscando respuesta inmediata, en la urgencia de ser visto. Y entendí que aquel cuaderno no había sido olvidado por error. Había sobrevivido porque nadie lo leyó. Porque nadie lo interrumpió.

Lo cerré despacio y lo dejé sobre la mesa.

Después me senté y saqué papel en blanco. No para imitarla, sino para seguir escribiendo donde ella se detuvo.

HAROLD PADILLA

Tres de la mañana otra vez. El ruido fantasma. Salgo, repaso las habitaciones, pero no hay nada: solo mis pisadas descalzas rompiendo el silencio. La hora del conticinio, me digo. Aprendí esa palabra en una película de las que le gustaban a mi madre; solo la uso en mi cabeza y, en teoría, nadie debería oírla ni leerla de mí. Significa que la noche ha alcanzado su calma absoluta.

Pero yo oigo.

Desde la pandemia, el sonido del oxígeno conectado a mis padres aún se reproduce en mis oídos. Para no pensar, me abrigo, tomo unas monedas, la identificación y salgo. Esa resolución imprudente me conduce a deambular, con algún propósito, por las calles. Me distraigo mirando las luces amarillas de las farolas de la avenida y acaricio a algún perro con el que me cruzo en la vereda.

Miro alrededor. Nada. Nadie. Me acomodo en la banca de un parque. Después de un respiro hondo y sin urgencia, imagino fantasmas: gente apresurada pasando frente a mí; los ojos de una pareja de enamorados en la banca de enfrente; los pasos tambaleantes de un niño sobre el césped. Por un momento, la ciudad cobra ritmo y el fantasma soy yo.

TOÑI MOGOLLÓN

Ella murió una mañana de abril, sola, sentada en su sillón orejero.

Últimamente lo había colocado junto a la ventana, para poder ver cómodamente, cómo pasaba la vida detrás de los cristales.

Sus ojos estaban perdiendo vista con tanta rapidez, que no se había acostumbrado a no reconocer a sus vecinos hasta que estaban a un par de metros de ella.

No se sentía sola.

Tenía un diario desde pequeña donde escribía sus recuerdos, sus secretos, sus sentimientos, sus miedos, sus viejos amores, sus promesas rotas, sus sueños sin cumplir.

Toda su vida resumida en media docena de libretas ajadas, descoloridas, con mala letra, con tachones , hojas arrancadas.

Hacía muchos días que no escribía.

Presentía que no le quedaba mucho tiempo, y tampoco tenía nada nuevo que contar.

Había avisado a su vecina que no le llevara el pan, que iba a estar ausente durante unos días.

No quería preocuparla.

Faltaban tres días para el viernes. Su hijo iría a visitarla como cada semana.

Ella sabía que no la iba a encontrar.

Le tenía una carta preparada y un pequeño paquete pulcramente envuelto, para que conservara, si quería, las letras de aquella mujer sencilla que se fue sin hacer ruido.

Tendría en sus manos

lo que nadie leyó.

BLANCA CERRUTI

SÍ ERA SU LUGAR

Estaba sobre una de las mesas de lectura de la biblioteca del pueblo; Julián, lector asiduo, lo vio. Le llamó la atención porque ni era su lugar ni era un libro, más bien parecía un diario. Se sentó a la mesa y lo cogió. Solo un nombre en la tapa: «Damián».

Enseguida recordó a un vecino que se llamaba así, pero no acababa de ponerle cara. Abrió el diario por una página cualquiera y leyó:

Aquel día necesitaba un abrazo. O que alguien me preguntara cómo me encontraba. Estábamos juntos, tomando algo en el bar. ¿Por qué nadie lo leyó en mis ojos? Pues porque ninguno me miró de frente; nunca me miraban a la cara.

Algo se le removió a Julián por dentro y siguió leyendo. Damián hablaba de sus amigos con los que compartía salidas y partidas en el bar. De sus compañeros, de las cenas que organizaban con cualquier pretexto y a las que él asistía.

Escribía que no le caía mal a nadie, pero tampoco bien; él mismo se sentía como si no estuviera presente cuando estaba con ellos y por eso entendía que, cuando faltaba, nadie lo echara de menos.

Se notaba en sus palabras escritas que le dolía, pero no lo expresaba con rencor ni resentimiento, como si hubiera asumido que quizá fuera él el que no supiera hacerse notar.

Julián siguió con la lectura, ya sin saltarse una sola página en las que Damián seguía explayándose.

Escribía que a sus compañeros dejó de verlos a medida que se fueron jubilando. A sus amigos los seguía frecuentando y apreciando.

Según iba leyendo, Julián, iba recordando quién era Damián. Una persona tranquila, nunca levantaba la voz y jamás discutía una jugada; los demás, enseguida se acaloraban cuando iban perdiendo.

Se dio cuenta de que tampoco él había notado su ausencia cuando los amigos iban al bar y él no estaba entre ellos.

Julián leyó la última página. En ella, Damián hablada de su jubilación…

La decisión está tomada. En cuanto me jubile ingresaré en una residencia de mayores. En ellas todo está en su sitio, eso es bueno porque genera paz.

Me he relacionado con amigos y compañeros, sin embargo, he sido invisible entre ellos, pero ¿sólo porque yo no he sabido estar presente?

Eran las últimas palabras que Damián había escrito dejando en el aire una incómoda pregunta.

Julián cerró el diario y lo dejó sobre la mesa donde lo había encontrado, quizá sí era ese su lugar…

Blanca Cerruti

YOMALCKRY OSORIO

Casi nadie lee.

Todos caminan velozmente , desesperadamente , casi que agonizantes como zombies.

No se detienen ni tan sólo instante .

a apreciar las bellezas de las letras , que son puentes de unión y en perfecta arrmonia y belleza son bellos poemas del alma.

Versos de vida , nos permite suspirar y apreciar su sublime belleza.

Un verso puede expresar mucho sentimiento y pasión de quienes escriben .

Algunos optan por la vulgaridad de las letras de un estrafalario reggaeton.

Es maravillosa y extraordinaria experiencia de sentir un buen libro en las manos, y nos lleva a otros mundos inimaginables.

hogearlo, leerlo, y vivir cada fragmento como si fuese parte de tu propia vida.

Casi nadie lee, se sumergue en la vorágine de lo superficial, la vanidad y lo inverosimil , el mundo parece cuesta arriba.

Casi nadie lee se va extinguiendo el pensamiento poco a poco.

Letras sin rimas opaca los sentidos , los vuelve frio

Nadie lee los versos , lo estrafalario hace parte del lenguaje y se ha convertido en algo normal.

Leer a veces es un acto de rebeldia , desahogo , expresión ante el sistema que va carcomiendo desde las entrañas

Casi nadie lee cartas de «AMOR« todo se ha simplificado a un emoji se ha olvidado escribir «Te quiero« desde el corazón

Hay letras que se pierden en el interminable silencio y simplemente se queda .

MARTU MONFORTE

Quiero leer

leerte

En ese instante efímero

Que apenas abres los ojos

Y apenas

Te roza el aire del alba

Y divisas la luz del mundo

Que gira

Y va

Ajeno a vos, a mí,

Ajeno a sí mismo…

Mundo al revés…

Quiero leer

leerte

Cuando levantas tu manito

De barro y juego

Con la risa manchada de alegría

Y los cachetes manchados de infancia

Y me miras, me preguntas o me cuentas?

No lo sé y qué importa

Me miras y dices eso

Casi indescifrable que

Solo vos y yo sabemos

Pero aún no logro alcanzar

En esa huella de risa quiero leerte

aunque este mundo

Va…

Ajeno

Ciego

Mudo

Quiero leer

Leer el silencio

De la noche

La clave de las estrellas

Que sonrojadas

destellan lo que ya presentí

O no

Ese ramillete de luces

Diminutas que titilan para mí

Y pueden sorprenderme

Confío en ellas

Porque hablan el idioma del mundo

Que se niega

Y va y va ajeno

Cerrado

A su luz,

y a mí.

Quiero leer

Leer

En el cántaro, en la fuente, en el lago

En las ondas que dibujan en el agua

El verso que nace de mi

Y cae

Se escribe allí

Tibio

Menudo

Cristalino.

Leer allí

En el poema está escondido

el secreto, la palabra viva

Todo lo que antes

No leía

Lo escucho en versos

Brota de mí

Florecen como nenúfares hambrientos

desbordan, gritan, cantan…

Dicen al fin

Y despiertan al mundo…

Y a nosotros

Nos dan la gracia

De leer la maravilla

Escondida

Develada

Al fin

RAÚL LEIVA

Tua facta

Y un día pasó.

Todo eso que le confié, mis dudas, mis miedos, todas mis preguntas hasta las más triviales, todas mis fantasías, todos mis más oscuros deseos y mis peores conflictos fueron esparcidos para que todos se regodeen en mis miserias.

Ya no importaba la fidelidad que nos prodigamos el uno al otro, no hizo falta que nos prometamos nada para que seamos uno los dos, inseparables, indivisibles y, sobre todo, invencibles. Tuvimos el mundo a nuestros pies.

Ya solo me queda este triste instante donde me pregunto una y mil veces ¿por qué acepté sin leer?

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

Los analfabetos emocionales

Eloy solo confiaba en su ego; no pudo pensar en el lenguaje del alma hasta el día en que conoció a María. Tuvo que pasar mucho tiempo para lograr hablar ese idioma. Él se dio cuenta de que era un analfabeto de su propio corazón, deletreando penas en un lenguaje de plomo. María le enseñó que el alma no se lee con los ojos, sino con la piel.

Sentir y más sentir; entender y no dejar de leer lo que podía ver en su interior. «No tengas miedo, Eloy, es un viaje maravilloso. Al principio podrás sentirte confundido, pero luego experimentarás la libertad sin apegos materiales que te atan al ego», le decía ella.

María era la sabiduría y la paz en persona. Su pasado la había obligado a cambiar, a transmutar el azufre por el jade, volviéndola una mujer fuerte y profundamente estable. Ella quería convencer a Eloy, con el idioma del alma, de que la vida no era solo culpa, soledad, ira y discusiones. Quizás era necesaria una poda en todas las emociones para encontrar una enseñanza. «Ante los errores del pasado, busca el pino de la renovación», repetía María.

Sin embargo, una tarde, ambos discutieron fuertemente. Fue allí cuando ella se dio de bruces con su propio analfabetismo emocional. Tras la pelea, se encerró en el baño. Al mirarse al espejo, no pudo reconocer su rostro; no vio sus ojos, sino el reflejo de una máscara de cartón agrietada por el amarillo del azufre de la ira. El idioma del alma empezaba a enviarle mensajes. María comprendió que estaba intentando hablar de amor en un idioma de guerra, y en la guerra el alma no tiene palabras, solo cicatrices.

Salió del baño en silencio. Eloy la esperaba al otro lado de la puerta, con la mirada perdida y las manos vacías de argumentos. María no intentó explicar nada ni citar metáforas de superación; simplemente tomó su mano y la colocó sobre su propio pecho.

Allí, en el latido rítmico y compartido, Eloy entendió lo que nadie había leído en los libros: que para aprender a hablar el idioma del alma, primero hay que aceptar el silencio de las ruinas. Por primera vez, no hubo palabras de plomo ni máscaras de cartón; solo dos analfabetos aprendiendo a dibujar, juntos, la primera letra de su propia paz.

Alexandra Fernandez B.

MARIO NÚÑEZ

Lo que nadie leyó

El manuscrito apareció en un arbusto cerca de donde estaba estacionado uno de los vehículos que las grúas acaban de retirar.

Un atado de cerca de cincuenta hojas sueltas, escritas en diferentes momentos y con muchos apuntes.

Detalles de direcciones, horas, días, nombres, objetos. Una especie de ayudamemorias de al menos cuatro años. Algo al parecer sin mayor importancia, ajado, sucio y con roturas en el papel de algunas hojas.

Aquel fajo fue descartado por los aduaneros que prefirieron manuales, dispositivos de arranque y bloqueo, ruedas de auxilio y herramientas básicas.

Una de las funcionarias mostró algo de atención ante aquel hato de papeles; consultó al jefe de la operación: “No nos interesa eso”.

Preguntó luego al agente policial que custodiaba la seguridad del operativo; el efectivo se encogió de hombros y señaló a la funcionaria judicial que esperaba en un vehículo oficial.

“La Fiscal actuante ya tiene la carpeta armada. Eso no aporta nada”.

La aduanera optó por librarse del problema, y dejó el manojo de papeles sobre un arbusto de la vereda.

Los camiones grúa ajustaron las lingas del malacate en cada chata, y ambos autos treparon a tirones para iniciar el viaje final a los depósitos fiscales.

La acción ejecutiva era una de tantas; constantemente las instalaciones y su propietaria son visitadas por autoridades policiales, de Fiscalía, de Bomberos, de inspectores de la seguridad social, de impuestos, municipales, ministeriales, y de personas damnificadas, que uno tras otro reclaman a la señora; uno tras otro confirman que se trata de alguien al borde de lo legal, de carácter muy inestable, agresiva, especialmente cuando está influida por el alcohol y probablemente por algunas otras sustancias, como dan fe y denuncian varias veces por mes los vecinos linderos, personal de la mujer cuestionada, clientes estafados o víctimas de robo.

Del operativo quedaron los gritos e insultos habituales de la mujer que tenía en su poder los automóviles extranjeros para comercializar acá, y las miradas de algunos vecinos que firmaron como testigos formales del operativo.

Quedó también, olvidado entre las ramas del arbusto, el manuscrito que llamó la atención del escritor novato, vecino de aquella señora.

Las hojas describen cálculos de deudas, montos de ventas de objetos que han sido retirados de distintos lugares desprotegidos, pertenencias de clientes y empleados, y de algún que otro vecino, además de verdaderos relatos de los horarios en que es más conveniente hurtar herramientas, alimentos y alcohol en grandes superficies: cambios de guardia de vigilantes, puntos ciegos para las cámaras, y hasta nombres y turnos de funcionarios de cada comercio de los que cuidarse.

Lo más llamativo del manuscrito, son direcciones donde hay vehículos, paradores de playa, depósitos, casas y terrenos baldíos que aparentemente no tienen habitantes ni vigilantes, donde xe pueden hallar muebles, electrodomésticos, aberturas para comerciar luego, y hasta predios a los que cercar y vender a precios inferiores por “problemas de papeles”.

El manuscrito aparentemente descartado, inspiró al novel escritor a comenzar a indagar para nutrir una obra que podría ser de interés literario, al menos para él.

Uniendo los papeles con información de aquí y allá, de ex funcionarios, ex clientes, vecinos, y experiencias propias fue completando un cuadro que mostraba una y otra vez el modus operandi de la empresaria dudosa, y sus víctimas que siempre eran parecidas: personas vulnerables, en inferioridad de condiciones, incautos que confían en la buena voluntad de “la empresaria”, y hasta la propia familia de la fraudulenta.

El patrón de funcionamiento siempre es el mismo y tiene dos vertientes: acciones aparentemente aisladas, de hurtos y apropiaciones ilegales, que afectan personas y competen a diferentes organismos del Estado, siempre acompañados de comportamientos muy conflictivos.

Cuando la mujer se ve descubierta, miente ser ajena al hecho, da largas a cada asunto, ofrece reparar sin cumplir jamás, y si se siente acorralada o imagina una vulnerabilidad en quien moleste a sus intereses, ataca, agrede verbal y físicamente, o contrata y envía a otras personas para la agresión y amedrentamiento.

Desarrolló el mismo comportamiento durante años en la capital del país, donde se apropió de bienes de familiares, conocidos y clientes, tras lo que tuvo que emigrar varios kilómetros al interior.

Se radicó luego en una zona de producción frutícola, estableció allí su base, desde donde ocupó fincas y predios, acopió herramientas y vehículos ajenos, mercadería agrícola de otros productores. Las denuncias y la presión de los afectados, por segunda vez, le hicieron ver que era tiempo de buscar otras opciones antes del derrumbe final.

Mientras se desempeñaba allí, se había relacionado en pareja con un militar naval, que también era proveedor, guardaespaldas, generador de mano de obra gratis para ambos, ocupando los efectivos navales de bajo rango a su cargo.

Cuando la fachada del mercadeo frutícola y las operaciones turbias ya no rindieron y la situación volvió amenazante para la mujer, emigró a una nueva zona.

Hacía un tiempo identificó una extensa cantidad de manzanas, con predios aparentemente vacíos y viviendas de uso en temporada, en la costa en un departamento vecino.

Lo que decidió el nuevo traslado, fue encontrar un escenario perfecto: un ciudadano italiano soltero y entrado en años y en necesidades de amor, con una propiedad amplia y un proyecto hotelero sin terminar.

Alrededor, casi ningún vecino y muchos predios baldíos.

A escondidas del marino, un amor fugaz terminó con un anciano extranjero golpeado, despojado y desaparecido de la zona. Había surgido un emprendimiento inmobiliario y hotelero que se atribuía liderazgo comercial y político en una amplia zona.

Todo parecía una oportunidad maravillosa para volver a comenzar grandes negocios desconectados del pasado.

Pero la inestabilidad emocional, el alcoholismo y los consumos emigraron allí también, así que los problemas con vecinos, clientes, empleados, acreedores y comerciantes de la zona gestaron el mismo escenario conocido.

Otra vez las denuncias y reclamos policiales, judiciales, decenas, más de una centena, casi dos.

Otra vez, cada organismo “cumple su función”, informa y actúa.

Otra vez, cada hecho se invisibiliza como incidente menor; riñas, problemas entre vecinos, pequeños hurtos, ocupaciones que nadie reclama, negocios turbios, artilugios legales y burocráticos.

Nuevamente, los hechos aislados permanecen aislados, porque nadie nunca unió todas las situaciones y circunstancias.

Por comodidad, por negligencia, por el microfeudalismo de cada organismo público, incluso por hartazgo, miedo o vergüenza de los afectados.

Como sea, decenas de expedientes duermen el sueño de los justos, tímidas resoluciones y silencios de diferentes orígenes, nunca resolvieron nada y pavimentan la cómoda ruta para la hábil e inestable delincuente.

Lo que nadie leyó, nadie más quiso leer es el manuscrito desprolijo, el atado de hojas con anotaciones delatoras, que, desde un automóvil incautado, pasó a un arbusto en la vía pública, y dos días después, comenzó a transformarse en esta historia, en la que el autor parece ser el escritor novato, pero la recopiladora es la propia protagonista de los ilícitos y su necesidad de registrar cada uno de sus planes y “logros”.

MARÍA JESÚS GARNICA

Pues eso paso.

Qué nadie leyó.

Nadie.

Soy invisible. Pero bueno lo voy a contar igual.

Llovió y llovió. La tierra se saturó, el río corrió, el pantano saturo.

En una tierra que no está acostumbrada.

Y todo colapso.El pantano lanzó agua al río, el río rompió por donde paso.

BEA ARTEENCUERO

LO QUE NADIE LEYO…

Donde van las palabras que no se pronuncian?

Hay un lugar donde guardar lo que no decimos?

lo que queda inerte en un rincón del cuerpo.

Allí, allí están esperando salir del encierro impuesto sin razón, como un acuerdo silencioso de las emociones.

Es escribir con tinta invisible en cada espacio de la piel, como una historia no contada.

Esta perenme al alcance de todos.

Mi cuerpo templo del alma es.

La vida son eslabones que vamos uniendo, cada uno es un testimonio sin contar.

Momentos inciertos, palabras ocultas, es descubrir cuantas vidas hay en cada lágrima.

Cada retazo de mí, es un capítulo Del libro de mi camino andado.

Solo no podrás leer las letras pequeñas…

Esas que están en lo profundo del alma.

CESAR TORO

Lo que nadie leyó.

La verdad, no sé por donde empezar.

Creo personalmente que, el hábito de la lectura «en físico», es algo que está en peligro de extinción, la mayoría elige escuchar audiolibros, buscar un resumen de la I.A. O prefieren no leer.

Los que todavía tenemos el privilegio de dedicar horas a la lectura, estamos conscientes que es un hábito maravilloso que nos permite viajar por el mundo, vivir otras vidas, retroceder o avanzar en el tiempo, reír o llorar de emoción.

Aunque a veces leo en el ordenador o en el móvil, prefiero siempre darme el lujo de leer un libro en físico, esto me permite llevar un ritmo de lectura, volver a revisar una página, cerrar si estoy cansado y dejar el texto reposar, entre otras ventajas que prefiero mantener.

En lo personal he leído infinidad de libros, que a través del tiempo me han servido para aumentar mi conocimiento en temas diversos como: historia, ciencia, estrategia entre otros, que me permitieron obtener sabiduría y destreza para sobrevivir en esta sociedad caótica que nos ha tocado transitar.

A pesar de que no recuerdo todo lo que leo, (como en la historia del niño, el Maestro y el colador); sin embargo, cada lectura deja una frase una enseñanza o un recuerdo que perdura en mi memoria para siempre.

Estoy consciente que me falta mucho camino por recorrer e infinidad de textos por leer; no obstante, continúo leyendo e investigando sobre diversos temas de interés, que me permitan crecer y ahondar en los mares de la sabiduría.

Un libro que leo siempre es la Sagrada biblia. En este compendio de libros. Aquí encontré cantidad de temas. Literatura, poesía, novelas, historias, consejos, etc. Que me han sido de gran utilidad; al menos para mí, la biblia es una un manual de vida y una fuente de sabiduría.

En una ocasión escuché a un poeta y cantautor Argentino, en una de sus entrevistas decir que: «hay tantas cosas hermosas para disfrutar en la vida; que sufrir, es una perdida de tiempo..

Entre las cosas qué mencionó; el Eclesiastés de Salomon, y vaya que es verdad, a veces les pregunto a mis amigos o conocidos si han leído el Eclesiastés y la mayoria responden que no ni saben de que se trata.

He aqui algunas Frases del Eclesiastés:

«Esto no tiene sentido, nada a que aferrarse»

«Una generación se va y viene la otra; pero la tierra permanece siempre»

«Hay bajo el sol un momento para todo, y un tiempo para hacer cada cosa».

«Acuerdate de tu Creador en los dias de tu juventud, antes que lleguen los dias malos».

«Vuelve el polvo a la tierra adonde antes estaba, y el espiritu retorna a Dios, por que él es quien lo dio».

¿Y Usted, ha leído el Eclesiastés?

Entre los libros que no he logrado leer está. «La ciudad de Dios» de San Agustin de Hipona.

Dicen por ahí qué: <<Un lector vive mil vidas antes de morir>>.

Cesar Toro

Ecuador.

ALFREDO LOZANO

LO QUE NADIE LEYÓ

El archivo pesaba poco. Muy poco para lo que llevaba dentro.
Lo abrí en la oficina, entre dos llamadas y un café que ya estaba frío, y pensé luego. Siempre pienso luego. A eso lo llamamos experiencia.

Era un informe social más. Código largo, nombre mal escrito, fecha repetida dos veces. Violencia en casa, absentismo escolar, madre con turnos partidos, un chico que no dormía bien. Nada que no hubiéramos visto antes. Bajé rápido, marqué lo imprescindible, copié frases útiles para justificar la derivación. Scroll, guardar y firmar.

Alguien había escrito demasiado, se notaba en el tono. Frases largas, adjetivos que no tocaban, como si al redactarlo se le hubiera ido la mano, parece que hubiese olvidado de que aquello no era para sentir, sino para ordenar. Cerré el archivo porque sonó el teléfono. Cuando colgué, ya no lo miré más.

Me entero de tu muerte tres semanas después. No por el sistema, sino por una noticia breve, mal colocada entre deportes y sucesos. Un menor fallece tras caer desde un puente. No dicen tu nombre. Nunca lo dicen. Pero yo lo reconozco. No sé cómo, pero lo reconozco.

Esa noche no ceno. Me siento en el sofá con el portátil sobre las rodillas, como si fuera algo vivo que pudiera escaparse. Busco el expediente. Está donde siempre estuvo. Nadie lo ha tocado. Nadie lo ha abierto después de mí. Lo abro despacio, como si eso cambiara algo. Reconozco mis propias marcas. Las frases subrayadas. Las que me parecieron suficientes. Me molesta descubrir lo mucho que dejé fuera. Lo que no entraba en el resumen, lo que no servía para justificar nada.

Empiezo a leer como no se lee en horario de oficina. Sin reloj. Sin atajos. Leo que no dormías porque el ruido del piso de arriba se parecía demasiado a los golpes de tu casa. Leo que fingías estar enfermo para no ir a clase. Leo que alguien escribió “no es un chico conflictivo, es un chico cansado” y que esa frase me pareció inútil.

La ciudad aparece todo el tiempo: el bloque, el metro, la comisaría, la sala de espera. La ciudad como excusa. La ciudad como anestesia. Siempre hay otro caso, otro correo, otro nombre mal escrito.

En mitad del informe hay una anotación distinta, no está en negrita, no debería estar ahí. Casi parece una confesión. “Hoy no ha querido irse. Se ha quedado sentado más tiempo del necesario. Ha preguntado si esto lo leería alguien más.”

Recuerdo haber visto esa línea. Recuerdo haber pensado que no era relevante. Que no pedía nada concreto. Sigo bajando. Al final del documento hay una nota añadida a última hora. No la escribí yo. No está firmada. “Si nadie lee esto, no pasa nada. Estoy acostumbrado.”

Cierro el portátil. Lo vuelvo a abrir. La frase sigue ahí. No cambia. No se defiende. No acusa. Sólo constata. Empiezo a hablarte en voz baja, como si eso fuese una forma de presencia. Te explico cómo funcionan las cosas, aunque ya no sirve. Te digo que no siempre leerlo todo cambia el final. Te digo que no es tan simple. Me escucho justificándome y me doy asco. El sistema no falló. Funcionó exactamente como estaba diseñado. Yo también.

Al día siguiente voy a la oficina. Nadie menciona tu nombre. Nadie tiene tiempo. El expediente sigue cerrado para todos menos para mí. Lo dejo así. No porque duela, sino porque abrirlo ahora sería un gesto limpio, y no me lo he ganado.

Antes de apagar el ordenador, añado una nota al archivo. Una sola línea, correcta, neutra, impecable.

“Caso cerrado por fallecimiento.”

Eso sí lo leo entero. Por primera vez, no dejo nada para luego.

SILVIA R.G.

PAULA DESPUÉS DE PAULA

Paula muchas noches escribía,

junto a la ventana, a veces, otras sentada en su cama…

También lo hacía, algunas tardes, en alguna mesa de un bar, y solía escoger la que quedaba más desplazada del resto. Y algunas mañanas durante el trayecto en tren o en bus, cuando iba a estudiar o, algunos años más tarde, a trabajar. No escribía diariamente, sinó sólo cuando, entre sus momentos de soledad, el impulso de coger el bolígrafo y abrir el cuaderno aparecía súbitamente.

Escribía y escribía…

Lo fué haciendo durante muchos años y había llenado muchos cuadernos llenos de páginas llenas de palabras, que a veces se entretenía en ilustrar. No sabía porqué lo hacía, simplemente seguía su impulso.

En aquellas páginas se reflejaban sueños, de los que se vivencian mientras se duerme y de los que se imaginan o desean durante las vigilias o en horas sueltas del día.

Se imaginaba finales alternativos para situaciones tristes de la vida, a veces, de ella misma o de otras personas; otras expresaba

sus emociones,

su amorosidad, poéticamente, hacia personas cercanas, lugares, paisajes, el mar, animales, la luna o las estrellas…, otras inventaba cuentos; y entrando en sus cuadernos se permitía

dar rienda suelta a la niña que habitaba en su interior, imaginando «travesuras» o aventuras en mundos fantásticos, legendarios, o surrealistas…, y también muy cotidianos aunque añadiendo pinceladas de magia.

Pero básicamente reflejaba su mundo deseado donde la belleza, la amorosidad y la ternura fuesen la moneda de cambio.

De pequeña, muy a menudo no comprendía

el funcionamiento del mundo, muchas de las maneras de actuar o reaccionar de la gente. Ni de algunos otros niños y niñas ni de muchos de los adultos A veces deseaba que un «platillo volante»

(como le llamaba en su infancia) la viniese a recoger para devolverla a su verdadero planeta de pertenencia; el cuál le gustaba imaginar, a veces, cómo podría ser.

Pero esta sensación de no pertenencia a su entorno, la acompañó durante muchos años, aunque hiciese los posibles para adaptarse (o aprender a fingir que se adaptaba).

Así que la escritura fué durante largo tiempo su refugio, íntimo y secreto, que le permitía crear, juntando palabras, episodios de un mundo alternativo al suyo mientras, en el suyo, buscaba una posible ubicación entre espacios y personas que le. resultase creíble

Poco a poco fué dejando de «enamorarse» de todo «ser» con quien creyese haber conectado intensamente.

También se fué mostrando menos apasionada de la vida, menos intensa en aquellas emociones que, tras controlarlas, volcaba en sus cuadernos.

Y simultáneamente también fué dejando de escribir; los impulsos que le habían empujado a llenar tantas páginas, en su ahora los canalizaba de otras variopintas maneras .

Algunos cuadernos, los más antiguos, se quedaron, al «irse de casa» en el domicilio familiar. Los que se había llevado con ella estaban ocupando, pensó, demasiado espacio en la habitación que ella ocupaba en el piso compartido donde vivía; y además le comenzaban a «pesar».

Se dedicó, durante unos días, a irlos leyendo. Y todavía le pesaron más.

Lo que se reflejaba en sus escritos ya no era ella; ella había cambiado. No se sentía para nada ya identificada y no le encontró sentido a seguirlos guardando; algunos sí, pero muchos otros no. Miraba de tanto en tanto aquella colección de cuadernos, pensando qué hacer con ellos.

Un día cogió una bolsa grande de basura, arrancó todas las tapas y las colocó al fondo de la bolsa para que se sostuviera apoyada en el suelo. Y luego fué arrancando una página tras otra y con sus manos las fué rompiendo, una tras otra; primero por la mitad, luego otra mitad de cada y luego de cada una dos más…hasta conseguir hacerlas trizas y prácticamente llenar la bolsa.

A muchas de aquellas emociones y de sentimientos que transmitían todas aquellas palabras ya no les encontraba sentido, no coincidían con el sentir de su presente; en su ahora había encontrado su lugar, que era su cuerpo y su alma; se había dado cuenta de que había pasado años de su vida buscando reconocerse en otras miradas; y que finalmente se había reconocido en ella misma y, desde ese encuentro, miraba el mundo desde otra mirada.

Lanzó aquella bolsa llena de papel al contenedor de la basura. Ya sólo había en ella papelillos, algo más grandes que el confetti, blancos y con garabatos de tinta negra o azul.

Lo que quedó de unas palabras que nunca, excepto ella, nadie leyó.

<< ¿Qué otra cosa podía haber hecho? – pensó-.

¿Quemarlas en la fogata del hogar?, no tengo.

¿Lanzarlos al mar o al río? ¿para contaminarlo?

Quizás a partir de ahora, iibre de ese pesado «equipaje» vuelva a sentir el impulso de escribir. Quizás algún día resurja

en mi mente algún vago recuerdo de alguno de esos cuentos, o poemas…, y lo reescriba, pero transformado desde mi nueva mirada. O quizás no los recuerde nunca más. Qué más da >>.

Y regresó a su casa, canturreando «por lo bajini» sintiéndose muy aligerada.

UKUKU ALEX

Hace diez años exactamente nos unió un reto literario. Un secreto guardado en cuadernos escolares. Fui afortunado, tal vez, aunque la palabra me parece aún obscena dadas las circunstancias y cómo terminó todo.

Me emparejaron con la santurrona del salón, la hija del pastor. ¿Qué iba a saber ella de buena literatura? Esperaba parábolas edulcoradas. Qué equivocado estaba. Aquella obra era más oscura que los pasillos de Silent Hill. Mi juego favorito. Adoro los puzles, la sensación de encajar piezas. Por eso no pude dejar de leer. Y por eso descubrí, entre metáforas sangrientas y monstruos con formas familiares, la verdad sobre su tío.

Fue la prosa de Miriam —precisa, visceral— la que me dio coraje para hablar. Mi testimonio, un torpe calco de sus símbolos, pero suficiente. El tío terminó encarcelado. El escándalo quemó el barrio hasta que su familia se mudó.

La encontré hace unas semanas, saliendo de mi oficina. Comía en un banco del parque, ahorrando cada moneda para mi título. Allí estaba, transformada en una mujer de belleza serena que apenas reconocí. Me saludó sin vacilar, y mi recipiente estuvo a punto de estrellarse contra el suelo.

—Miriam… Hola. A los años.

—Aún te pones colorado. Es tierno —dijo, con una sonrisa que no terminaba de sostenerse.

Me contó que trabajaba en un restaurante familiar cercano. Le dije, con la vergüenza colgando de la corbata, que no podía permitirme esos lujos. Insistió. Y yo, por esa manía de los que sufren al decir no, acepté.

El lugar, todo de blanco, olía a albahaca y pan recién hecho. Un hombre de sonrisa amplia y manos generosas nos recibió, rodeado de dos niños en delantales que jugaban entre las mesas. La comida fue un consuelo para el cuerpo y un agravio para mi presupuesto. Cuando busqué la billetera, con sudor frío en la nuca, el hombre posó una mano en mi hombro.

—La casa invita, hijo.

Su sonrisa me infundió una calma inmediata.

—Solo promete que nos tomaremos un buen pisco a escondidas, la próxima.

Miriam brillaba con una luz tranquila. Me agradeció, por enésima vez, por haber leído su libro. «No fue nada», mentí. Reímos de tonterías del pasado hasta que, en un desliz, mencioné la iglesia.

Su sonrisa se apagó. No como un interruptor, sino como una brasa que se cubre de ceniza.

—Ya no comulgo —dijo, voz baja pero firme—. Pero aún creo en Dios. Él siempre cuida de sus hijos.

Al despedirnos, su mano estuvo fría, a pesar del calor del día.

Aquella noche, el insomnio era algo más que estrés. Me serví un pisco, Supay el gran demonio de los Andes, y mis ojos buscaron el anaquel. Allí estaba, haciendo de base para unas botellas de colección: el libro de Miriam. Lo rescaté del polvo.

La prosa me atrapó de nuevo, pero ahora veía más. Antes solo me había fijado en los monstruos, hasta reconocer el rostro de su tío; nunca me detuve en las paredes que los rodeaban. Ahora veía los detalles arquitectónicos: la descripción del salón principal, la posición exacta del púlpito, el cuadro torcido junto a la puerta secreta. Tomé el portátil y busqué las viejas fotos de la investigación. Allí estaba. No era una escena inventada.

Era un plano forense.

La iglesia de su padre, milímetro a milímetro, era el escenario de la casa de terror de su novela.

Al día siguiente fui al restaurante. Debía hablar con ella. Si nunca había denunciado aquel detalle, habría una razón.

No había restaurante.

El local estaba tapiado con tablones podridos. Un graffiti lloraba en la pared. Pregunté a un par de jóvenes apoyados en un poste.

—¿Restaurante? Nah, compa. Ahí antes había una iglesia. Hace tiempo se incendió todo. Quedó la cueva nomás.

El suelo desapareció bajo mis pies.

Ahora, mientras tiemblo y preparo la denuncia que nadie quiere recibir, releo el libro por tercera vez.

Las pruebas gritan en cada página, como es que nadie lo leyó, son obvias como el puñal sobre un mantel blanco. Los monstruos no solo tenían más rostros. Habitaban entre bancas de madera, bajo vitrales que narraban martirios, tras un púlpito de roble macizo.

El primer policía al que se lo mostré hace diez años hojeó las páginas, frunció el ceño y dijo: «Imaginación de una adolescente traumada». El informe final ni siquiera lo citaba como evidencia.

Miriam me había dado un mapa completo. Yo solo seguí una de sus rutas. Me agradeció por la única verdad que logré desenterrar, mientras la más grande aún seguía oculta.

Llegué tarde.

La verdad siempre estuvo ahí…

Escrita en tinta barata sobre papel escolar. Esperando a que alguien, por fin, leyera de verdad en algún momento.

CONCHA CARIAS

Expediente 47/2018. Notas de una guardia civil retirada

Hay expedientes que no se jubilan con una.

Yo sí me jubilé. Cinco años ya. Cambié el uniforme por una pequeña terraza, una vida sin horarios, ni calendarios, donde reina la soledad. Eso creía. Hasta que un sábado hacía limpieza en el trastero, tirando con rabia los manuales del curso de información, de atestados, de policía judicial… hasta que apareció una caja verde:

Terrasa.
Zona Vieja.
Chica desaparecida.
Dieciocho años recién cumplidos.

Claudia.

No llevé oficialmente el caso, pero tuve acceso al sumario cuando colaboré en el cruce de datos entre cuerpos, lo suficiente para que se me quedara dentro.

El sello apenas se veía: Desaparición voluntaria. Mayor de edad. Sin indicios de criminalidad.

Tras treinta años de servicio aprendí que no todo está en la sentencia, y que a veces el trabajo real está en leer lo que nadie leyó, no el titular, la conclusión, los márgenes, o las omisiones.

Claudia cumplía dieciocho años un lunes, pero desapareció en la madrugada del sábado anterior.

Sus amigas la convencieron para ir de fiesta a Terrasa, eso dicen en las declaraciones, con la idea de ir a la Zona Vieja. Ella, según su madre, prefería algo más sencillo y tranquilo, pero parece que a esa edad a pocos nos llama lo prudente.

Llegaron a medianoche a Terrasa, eran una veintena de jóvenes y algunos aún menores, lo que motivó que no les dejaran entrar en las discotecas por el tema del alcohol, por lo que improvisaron un botellón en el parking de la discoteca Factory. Música, risas, móviles grabando.

Hasta que apareció el coche.

Tres veinteañeros de raza gitana, abren el maletero de un mercedes blanco, desde donde se escapa la gracia de la rumba flamenca. A Claudia le encantaba, y se acerca cubata en mano a bailar. Uno de los jóvenes del coche se aproxima a bailar con ella, e intenta flirtear, pero ella enseguida le marca distancia.

Inesperadamente, sirenas de la policía, redada por el botellón… estampida.

Alfred, menor fugado de un centro, echó a correr. Claudia va detrás y dos agentes les siguen.

Aquí empieza el vacío.

Alfred manifestó que ella gritó que no podía seguir su velocidad y él, con el temor de regresar aquella noche al internado, a grito pelado la indicó que se metiera bajo un coche.

El siguió corriendo, y no volvió a verla.

Treinta minutos después, el grupo se concentra en la estación de Terrassa Sud, pero falta Walter… falta Claudia.

Y aun así, sus amigos, suben al tren.

Ese detalle nunca se subrayó suficientemente.

Yo lo subrayo ahora.

Porque investigar, a veces, no es encontrar pruebas nuevas. Es leer lo que nadie leyó cuando todavía importaba. ¿Qué clase de amigas abandonan a esa cumpleañera sin asegurarse de que está a salvo? ¿Qué clase de miedo pesa más que eso?

A las ocho y media, se agrupan en la churrería de la estación de Sants, Barcelona y a las ocho y media aparece Walter con la ropa manchada de barro. Una de las perneras de sus vaqueros rasgada y con sangre visible.

Un perro que le atacó y después se escondió en una nave industrial, la policía no dejaba de perseguirlo.

He buscado esa nave en mapas actuales. He visto vídeos en YouTube de exploradores urbanos que exploran por curiosidad, ya que era una antigua tienda de muebles. Está lejos, mal iluminada, con terreno irregular.

Si Claudia cayó durante la huida… un mal golpe puede ser suficiente. Me he topado con muertes así, rápidas, secas, sin drama.

En el sumario consta, como uno de los amigos vio correr a un agente enorme y pelirrojo tras Claudia, y de los policías que participaron en la redada ninguno coincide con tal descripción.

La otra hipótesis es Alfred.

Si Claudia no pudo seguir corriendo y Alfred sí… ¿volvió? ¿La dejó? ¿La arrastró? ¿Se asustó?

Los perfiles de los jóvenes presentes en redes, son un estudio del silencio. Durante años, ni una sola mención a aquella noche. Ni una defensa pública. Ni una frase de “yo no fui”.

Eso, en jóvenes, es sumamente extraño.

Las amigas tampoco hablaron demasiado, muchos perfiles se bloquearon, otros dejaron de publicar. Y ante la policía, entrevistas que por el mutismo de los jóvenes acababan resultando breves cuando el caso aún interesaba. Después, nada.

He pasado semanas revisando páginas del Facebook antiguo.

Comentarios enterrados. Fotos etiquetadas. Historias destacadas en Instagram. El único video de aquella época donde se oye de fondo la rumba y las risas.

Y he entendido algo: la noche está casi ausente digitalmente.

Para una generación que graba todo, esa madrugada está sorprendentemente vacía. Hay un solo vídeo antes de la redada. Después, silencio. Se que eso no prueba nada, pero dice mucho.

En el informe técnico del sumario aparecen conversaciones borradas entre las amigas esa misma madrugada. No se pudo recuperar el contenido. Solo consta la eliminación.

¿Por qué borrar si no hay nada que ocultar?

Años después encontré algo mínimo, casi ridículo. Una larga lista de amigos en un olvidado perfil de una de las mejores amigas de Claudia, todos de raza gitana.

Lamentablemente el calendario jugó a favor del archivo del sumario. A las cinco de la mañana del lunes, cuando su madre denunció la desaparición de su hija, Claudia ya era mayor de edad. Ese matiz legal redujo la urgencia inicial.

Desapareció siendo menor, fue denunciada siendo mayor.

Ese desfase de horas pesa más de lo que parece.

Mi suposición, no necesita una conspiración sofisticada… Durante la estampida, Claudia cae. Quizá tropieza al sentir a un agente detrás. Quizá alguien la agarra. Quizá Walter vuelve sobre sus pasos. Un golpe mal dado y silencio.

Y entonces alguien entiende que aquello ya no es una simple multa, hablamos de un cuerpo.

Lo que ocurre después puede ser improvisación, pánico compartido y que más de uno callara a pesar de saber qué pasó.

No encuentro pruebas para acusar a Alfred, tampoco para los jóvenes de raza gitana sin identificar, ni contra ningún agente, solo me quedan huecos donde se esconde la verdad.

El expediente 47/2018 está sellado, firmado, datado y archivado.

Pero yo ya no trabajo para cerrar casos. Trabajo, si es que a lo que hago se le puede llamar trabajar, para ver donde nadie miró, para leer en los márgenes, observar los silencios, las amistades resquebrajadas al pasar de los meses, con el convencimiento de que hay personas que saben exactamente lo que aquella noche ocurrió, y viven con ello.

Yo solo he hecho una cosa: desempolvar esa vieja carpeta verde, sentarme en la mesa de la cocina y, una vez más, intentar leer lo que nadie leyó.

INSPIRADA EN UN HECHO REAL

PEPA HERRERA

Lo que nadie leyó

Encontré el libro en una estantería de la biblioteca, polvoriento y envejecido por los años. Me llamó la atención la ausencia de título y de autor en la portada, quizá por eso lo abrí. Una frase escrita en la primera página decía: “Lo que nadie leyó”.

Pasé la página y la siguiente frase apareció de pronto, como si alguien acabara de escribirla: “No deberías estar aquí”.

Cerré el libro de golpe, convencida de que era una broma pesada, pero el libro me incitaba a abrirlo de nuevo. La frase había cambiado, ahora decía: “No finjas que no lo has leído”.

Sentí un nudo en el estómago, estaba empezando a preocuparme, aunque la curiosidad podía más que mi miedo.

Intenté convencerme de que solo era una mala pasada de mi mente, y volví a a pasar otra página donde leí: “Estás dudando de ti misma”.

Un escalofrío me recorrió. El libro me seguía hablando: “¿No quieres leer lo que nadie leyó?”

No, no quería leerlo. Ese libro me daba miedo. Me estaba retando… Lo cogí decidida y lo saqué de la biblioteca. Quería destruirlo, quemarlo. Encendí la chimenea y eché el libro a las llamas.

Cuando el fuego empezó a devorar las primeras hojas, el libro se abrió solo, mostrando una página que no había visto. Solo tenía una frase, escrita con la misma letra temblorosa del principio: “Nunca sabrás por qué nadie lo leyó…”

Al día siguiente, volví a la biblioteca. No pude evitar mirar en el estante… El libro estaba en su sitio…¿Cómo era posible? Lo volví a coger, lo abrí y vi su último mensaje: “MORIRÁS SI NO CONTINÚAS LEYENDO”

TRE CE

FRÁGIL

Cuando tenia 7 años nadie contemplaba mi uso de razón como importante, los adultos solo me veían como un niño al cual mantener entretenido y eso era sinónimo de felicidad ante sus ojos.

Mi familia buscaba que fuera feliz, sin embargo nunca se detenían a preguntar por mis emociones, si yo sonreía era lo único que necesitaban para estar bien dentro de su radar.

Un día, cuando iniciaba el invierno me dieron una noticia que se supone me debería hacer muy feliz, nos íbamos a mudar a una mejor ciudad y a una mejor casa,me pregunté dentro de mí:

_¿Mejor? … y en donde quedarían mis amigos del colegio, mis amigos de la cuadra,las personas que me conocían más allá de papá y mamá.

Después de las «buenas noticias» tuvimos que empezar a empacar, solo cosas importantes e irreemplazables pues nuestra nueva vida nos prometía muchas cosas materiales nuevas como los muebles y el auto pero nada suplantaria la vajilla de la abuela,claro.

Les pregunté a mis padres por que algunas cajas tenían pegadas etiquetas rojas y me contestaron que durante la mudanza se les da prioridad a las cajas con etiquetas rojas pues son tratadas con mucha delicadeza y cuidado, para mantenerme alejado de tan arduo trabajo mi madre le dijo a mi padre haciendo un ademan torpe:

-Dame esa cajita y dame etiquetas. ️

Y con un brazo estirado me alcanzo y dijo:

– Anda, ve a tu habitación y guarda tus cosas…

Apresurado por la idea me dirigi a los cajones de mi taburete y en ese momento no dejé de sonreír pues encontré fotos de mi colegio, festivales,disfraces y todos esos momentos en donde me sentía más feliz y no por la compañia de mis padres si no por que esas veces si se detenían a preguntarme por mi color favorito,mi super héroe favorito, mi disfraz favorito,mi prenda favorita…en ese momento sentía nuestra conexión y la conexión con los demás que me rodeaban, con mi círculo especial…

los que me preguntaban si me gustaba mi lunch, si sabía andar en bici, si se me había caído un diente.

Todo eso debía ir en esa cajita de cartón, todo era importante :

-¡Mi muñeco favorito!

Un hombre enmascarado que se lanzaba de un ring de plastico y que nadie podía vencer, un diente roto que traté de quitarme con el viejo truco del hilo,nuestra foto de la playa…

Cerré la cajita y le coloqué la etiqueta roja para bajar a acomodarla, terminamos de empacar y todos colocamos de un lado de la sala las cajas con etiqueta y del otro lado las que no la llevaban pues la mudanza estaba por llegar y nosotros por irnos después de ellos.

El camino fue demasiado largo pero me quedé durmiendo en casi todo el trayecto,fue un día en extremo pesado de guardar tantos recuerdos mil veces más grandes que esa caja.

Llegamos nosotros a la ciudad prometida y detrás de nosotros la mudanza,filas de cajas marchando hacia el interior…ya era el turno de las cajas con etiquetas rojas y no veía la mía,debía ser paciente hasta el final, sentado en la duela de la entrada escuche decir:

-Servidos, trajimos todo a salvo.

Pero mi grito cruzó toda la casa:

-¡Mamá! mi caja

Mi madre con cara desencajada dijo:

-Hijo … pensé que esa caja era parte de tu juego para entretenerte.

Ahi comprendí que aunque mis padres cambiaran nuestro entorno, ellos jamás cambiarían… con ojos tristes y la voz quebrada solo pude decir:

-Mamá, la etiqueta decía: FRAGIL

EVA AVIA

ARRUGAS

Contarte yo quiero,

lo que yo algún día fui.

Lo que tú no quieres escuchar,

por negarte a la verdad.

Escribirte yo quiero,

lo que con el tiempo aprendí.

Líneas que no quieres leer,

porque sabio tú te crees.

Señales de vida,

se muestran en mi piel.

Momentos vividos

que a nadie le interesa leer.

Poco queda,

de lo que algún día fui.

Muchos errores y aciertos,

hay tras de mí.

El tiempo lo cura todo,

menos el transcurrido en mí.

Líneas que no quieren leer,

porque ellas no son de interés.

Besos, la Incondicional.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

Lo que nadie se atrevió a leer.

La noche era diferente. Nuestros padres andaban ansiosos de un lado para otro de la casa sin saber muy bien qué hacer. Pronto nuestra madre nos mandó a mí y a mis dos hermanos a la cama. Los tres obedecimos.

Mi hermano pequeño se acercó a mi cama y me susurró: —Tengo miedo, ¿puedo dormir contigo?

Le abrí la sábana y la manta que me calentaban, y se acostó a mi lado. Afuera, los cristales de las ventanas parecían librar una feroz batalla ante las gotas infinitas de aquella tormenta que se había desatado días atrás.

Mi hermano quedó dormido al instante, pero yo no podía dormir; el ruido de afuera y el constante ajetreo en casa a mitad de la noche no me lo permitían.

Ya casi vencido por el sueño… mi padre entró en nuestra habitación, encendió la luz y, con una voz firme y serena, nos dijo: —Chicos, levantaos y haced caso en todo lo que vuestra madre y yo os digamos sin rechistar.

Al decir esas palabras aún recuerdo la mirada de mi padre. Y todavía puedo sentir ese olor a ropa húmeda dejada en la lavadora durante horas.

—Hijo, súbete a la azotea y espéranos allí. Tu madre y yo cogeremos a tus hermanos y subiremos. —Pero… llueve mucho, papá —le respondí asustado. —Ya. ¿Qué te acabo de decir en la habitación?

Sus palabras fueron tan firmes que no tuve más remedio que hacer lo que me decía.

Subí a la terraza y, al abrir la puerta, una tormenta feroz me recibió. Pronto mi cuerpo estaba calado como un trapo, pero parte de mi alma se quedó como un pozo seco. Más aún al ver que ninguno de los cuatro miembros de mi familia cruzó la puerta de la terraza aquella noche.

—Pero hombre, ¿qué hace aquí con este tiempo? Se aproxima un vendaval, ¿no ha visto las noticias?

Aquellas palabras de aquel muchacho me hicieron retornar al presente. Mi mente me había llevado a recordar lo que pasó hace ya setenta años.

—¿Está bien? ¿Me puede escuchar? —decía el muchacho.

Era un joven agradable, de no más de unos treinta y cinco años, que llevaba un casco de obra y sostenía en la mano unos papeles que parecían ser planos.

—Sí, para mí todo está bien —le respondí, mientras mis ojos no podían apartarse de las obras de lo que serían cinco lujosas casas. —Soy Alfredo, el responsable de obra —el chico me tendió su mano. —Y yo soy Juan —le dije con un apretón de manos. —Mis compañeros dicen que lo llevan viendo todos los días en este mismo lugar desde el comienzo de las obras, sin faltar ni un solo día. Y de esto han pasado ya diez meses. —Sí, así es… —¿Por qué lo hace? ¿Se dedicó usted a la construcción?

Tras un segundo de pausa, y con la mirada puesta de nuevo en aquel lugar donde los obreros trabajaban, le respondí:

—Vengo a diario para ver si alguien, de una vez, se interesa por aquello que nadie se atrevió a leer. —¿Por aquello que nadie se atrevió a leer? —preguntó extrañado el chico.

En ese momento metí la mano en el bolsillo de mi chaqueta y saqué un recorte de prensa añil, ya casi desvanecido por el paso del tiempo.

El joven lo cogió con cuidado y comenzó a leer la noticia de aquel periódico de hacía ya setenta años.

Mientras el joven leía atentamente, noté cómo la carga de mis hombros se relajaba.

El joven terminó de leer, bajó sus manos y me miró.

—Usted fue el único superviviente de aquella familia, según esto… de aquellas terribles inundaciones. —Así es —le respondí mientras extendía la mano para recoger el recorte de prensa—. Y usted ya sabe, aunque parece que a nadie le importe, que este documento sirva de escritura de la naturaleza. Que, como le pasó a mi familia, cualquier día pueda venir para reclamar lo que es suyo.

El tiempo transcurrió. Un día, el joven responsable de aquella obra desayunaba cuando su mujer le comentó:

—¿Has visto lo que ha sucedido en aquel lugar donde trabajaste? Pobres familias… la tormenta Konrad les ha arrebatado todo.

Alfredo no respondió.

Solo pensó en el anciano… y en aquella frase:

la naturaleza siempre vuelve a por lo que es suyo.

IVONNE CORONADO

Responderé a tu llamada

Autora: Ivonne Coronado Larde

Si tú me dices ven, iré a darme una vuelta para llenarme de imágenes:

Las flores del jardín, todas abiertas; la luz entrando a borbotones; mi sombra en el rincón, polvorienta.

Todo lo vivo tiene un límite secreto, que llega con el eco de tu voz.

Me voy desnuda si me lo pides, porque si tú me dices ven, mi alma responde como una niña buena.

Si tu me llamas, no lo dudo: es hora de partir y voy sumisa.

Hoy cerré la última página de un libro ajeno. Ayer terminé de escribir el que me pertenece, escrito en hojas de un calendario antiguo.

Si tú me insistes en llamarme, me voy contigo: mis cosas están en orden, mi corazón tranquilo, sin odios ni rencores mezquinos.

La puerta se cerrará sin ruido cuando atraviese el umbral del miedo a lo desconocido, pero con la excitación de una aventura extraña, que comenzará cuando me digas: “Ven, aquí te espero”.

Tú me dices ven— ya voy, te digo: al fin y al cabo, tú ordenas; yo obedezco.

Nota: No pude obtener una mejor imagen. Hecha por Copilot.

Estaré ausente tres semanas.

NILA J BOHORQUEZ

«Las cartas nunca leídas».

El viejo cartero del pueblo cansado de guardar aquellas cartas que de ningún modo pudo entregar a su destinatario, decidió echarlas al fuego de la chimenea…

Los sobres amarillentos y maltratados por el tiempo, comenzaron a arder junto con los recuerdos y las emociones que contenían. Don Bonifacio, empleado veterano del correo los miró con una mezcla de tristeza y resignación como si supiera que estaba destruyendo algo valioso. Y no se equivocó…eran misivas apasionadas llenas de amor, escritas con la punta del corazón, pertenecientes a una hermosa joven que las dirigía a su amado ‘Valentino’, quien en silencio zarpó del puerto «El olvido» con promesas de regresar, pero realmente fue un viaje sin retorno.

Pasaron los años y la eterna enamorada esperó en vano correspondencias que nunca llegaron… siempre dudando si sus hojas perfumadas con letras de amor y esperanza, fueron leídas o no llegaron a su destino.

Cartas perdidas en los senderos entre el pasado y el presente, desvaneciéndose en el espacio y en cuyo papel se plasmaban sentimientos de amor, sueños y proyectos que hoy solo revolotean en su débil memoria. Letras que al recordarlas se deshacen en lágrimas, confundiéndolas con la lluvia que baña su rostro al caminar por la pradera en una húmeda tarde.

Los manuscritos extraviados han sido para ella un gran misterio, con la incertidumbre si su ‘Valentino’ las leyó, amó, sintió, así como fueron escritos con su fina pluma impregnados de la tinta inspiración.

Renata ha vivido siempre con esa interrogante y con el alma suspendida en el tiempo, esperando respuestas que jamás llegarán.

PILAR MONTES CABRERA

En visto

Ella le enviaba mensajes de texto cada mañana a la misma hora a Juan. Solía acompañarlo con un sticker, sin embargo, no recibía respuesta. Al principio decidió ignorarlo, pero habían pasado dos semanas y el mensaje no había sido visto. Habló con su círculo compartido, en búsqueda de noticias, pero no encontró nada. Comenzó a alarmarse así que decidió esperarlo en el paradero, dónde lo había visto varias veces tomar el bus para ir a su trabajo. Impaciente y con esperanza, permaneció allí, sin encontrarlo. Aún así, seguía enviando mensajes cada día, pero estos eran más largos. La muchacha expresaba preocupación y su disposición por ayudarlo si algo algo malo le estuviera pasando. Sin embargo, no recibió respuesta. Fue allí que un día, dejó de escribir. Se había hartado de su ignorancia y comenzó a maldecirlo. Creía que su sentimiento podría manifestarse en una respuesta. Y lo hizo, un número desconocido le escribió a su número personal. Este le decía: “No vuelvas a escribirle a mi hermano, maldita loca”

BELBEL L

¿POR QUÉ NO?

Allí parecía haber desaparecido el amor. La rigidez de las comisuras de sus labios presagiaban una mezcla indefinida entre tristeza, soledad, tal vez resignación, pero nada de amor.

* María, finalmente se decidió a emprender ese viaje con la tia Pilar.

*Jaime, el guía del viaje recogía el atractivo de la juventud y las ganas tremendas de vivir.

Dos miradas mezcladas entre la multitud se cruzaron un 13 de julio de 1965 en una bellísima ciudad, romántica y acogedora. El era el guia turístico de un viaje programado. Ella, una turista más, acompañada de una tía suya. No podían contener el júbilo de mirarse y de acercarse cada vez más, hasta que en un museo, él se acercó a ella para pedirle una cita a solas. A lo que ella respondió que no le era fácil dada la situación con su acompañante.

-Pero, lo intentaré -le dijo con evidentes nervios y excitación. Aprovechando el rato de descanso, comentó a su tía que iba a consultar algo a la recepciòn del hotel sobre la proxima excursión y se encontró con él donde habían acordado. Un bonito café frente a un emblemático monumento de la ciudad.

Los dos parecian conocerse de toda la vida, aunque les separaban bastantes años de edad.

*

Repitieron los encuentros y ambos se sentían pletóricos..Empezaban un idilio en la ciudad del amor y de la luz…

Pero pronto tendrían que separase. El viaje acababa y con él, su relación. ¿Acababa ahí? Imposible de aceptar ese horrible destino.

*

-Te llamaré a menudo -dijo Jaime. Y cuando pueda iré a verte. Les separaban más de 800 km de distancia. Eso pesaba mucho, y también…, lo otro.

*

Pasó y pasó el tiempo. Se llamaron en dos, tres, cinco ocasiones en casa de la tía, pero no volvieron a verse.

*

Casi dos años después.

El habia hecho lo imposible para volverla a ver. ¡En vano! La tierra se la había tragado….

Finalmente, dio con la tía Pilar. Con ella no….

Su tia le comentó muy seria y serena;

-«María, mi sobrina, vive a 40 km de aquí. Solo viene de vez en cuando. La veo muy poco desde aquel viaje.»

***

Tal vez lo que nadie leyó, seguramente, fue la diferencia de edad. ¡O, sí…!

María tenía dos hijos y había enviudado un par de años antes del viaje. Su tía le propuso ese viaje para aliviar su dolor.

Ahora, otro dolor la perseguía. Amaba a un hombre 15 años más joven que ella. Nadie lo entendería. Y no pudo soportar su ausencia…, su realidad. Su desgracia.

*

Se encerró en su casa y solo salió un día y con pasos temblorosos, llenos de duda, miedo y frustración, fue acercándose hacia una cabina de teléfono, quieta, firme y expectante.

YOLILLANA

La carta olvidada

El día del funeral de su madre sólo pensaba en el temido momento en el que se quedaría sola en casa.

Estaba cansada del bullicio de la gente, los abrazos lastimeros, el olor nauseabundo a flores que inundaba la sala y los pésames no sentidos. Gente que no recordaba conocer y la trataban como si fueran íntimos.

Hacía casi veinte años que dejó de tener contacto con su madre, desde el funeral de su padre. Siempre tuvieron una relación tensa y distante. Una madre posesiva y controladora que la abrumaba; de pequeña manipulaba sus relaciones y ya de adolescente …ya de adolescente vigilaba cada uno de sus pasos con la excusa de protegerla. Fue entonces cuando apareció Ricardo, y con él la primera desobediencia, la primera noche fuera de casa a escondidas… la primera grieta en la autoridad materna.

A su madre nunca le gustó Ricardo. Decía que no era de fiar, que su sonrisa escondía ambición, que prometía más de lo que podía cumplir. Ella en cambio solo veía la forma en que la miraba, como si el mundo fuese un lugar menos hostil cuando estaban juntos.

Se escribían cartas y en cada sobre ella encontraba una libertad que no tenía en casa.

Y entonces llegó la discusión por algo tonto, una puerta cerrada de golpe y una maleta hecha con prisa.

Con el tiempo dejó de esperarlo.

Ella se mudó a otra ciudad convencida de que el silencio era mutuo, de que el amor había sido más intenso que duradero.

Ahora, veinte años después, regresaba a la casa materna para cerrar paso a otro episodio de su vida.

La muerte de una madre duele incluso después del cariño.

Cuando el último visitante se marchó y la noche cayó, recorrió las habitaciones como una extraña, pasando los dedos por los muebles, las cortinas; observó el reloj que un día dejó de funcionar pero seguía presidiendo el salón.

No sabía qué iba a hacer con todas esas cosas: la ropa de su madre la podría donar, el ajuar, algunos muebles, pero tantas cosas personales. Ella no quería nada.

Comenzó a abrir cajones y observar: sobres vacíos, facturas de luz antiguas, cajas de medicamentos.

En el fondo del armario del pasillo encontró una caja de cartón atada con un cordel. Dentro había papeles viejos, documentos y sobres sin abrir.

Uno llamó su atención.

No llevaba sello reciente. Estaba amarillento, con una dirección escrita con tinta azul: su nombre, esa casa.

La fecha la golpeó de inmediato: ¡Tres meses después de su partida!.

El pulso le tembló… esa letra…

La carta comenzaba sin reproches, como si temiera espantarla incluso desde el papel.

Decía que había vuelto. Que la buscó durante semanas. Que fue a su casa y su madre le dijo que ella no quería saber nada más de él, que había pedido que no la molestara. Decía que no la creyó del todo pero que tampoco supo cómo desafiar esa certeza pronunciada con tanta firmeza.

Te escribo porque necesito que sepas que lo intenté.
Si no respondes, entenderé que es tarde.

Ella dejó caer la carta sobre la mesa.

Su madre la había mirado a los ojos sin mencionar aquella visita, sin decirle que Ricardo la buscó, que la esperó. Había guardado la carta como se guardan las cosas peligrosas: lejos, en silencio, convencida de que sabía que era lo mejor.

Se sentó lentamente. No sintió rabia, sino una tristeza densa, casi antigua, como si siempre hubiese estado allí y recién ahora tuviera nombre.

Pensó en todas las decisiones que tomó creyendo que había sido olvidada. En el matrimonio sin amor, en la ciudad que no eligió, en la vida correcta que construyó para no sentirse culpable por nada.

Todo sostenido por una ausencia que no era real.

Doblando la carta con cuidado entendió que algunas verdades no llegan tarde: llegan cuando ya no pueden cambiar nada pero explicarlo todo.

Esa noche no lloró por su madre.

Lloró por la joven que fue, por la vida que no tuvo, y por una carta que esperó veinte años a ser leída.

Y por primera vez, en medio del silencio de esa casa que nunca fue su hogar, se permitió pensar que quizá el mayor acto de amor de su madre, habría sido dejarla elegir incluso si se equivocaba.

Yolanda Molins

LETICIA R MENA

NEGRA Y MALDITA

La lluvia no conseguía limpiar de mis manos aquella tinta que parecía sangre, y lo era en cierto modo. La sangre de todas aquellas palabras que había intentado matar en vano. La misma sangre que era también la mía, la que, a través de esa máquina de escribir maldita, dejé impregnada en el papel.

Entre la chaqueta empapada y mi cuerpo consumido por la maldad, resguardaba el manojo de páginas que formaban aquel manuscrito.

Al arrancar la última de esas páginas de la máquina de escribir, sentí como del mismo modo se arrancaba de mi ser el último pedazo que aún quedaba de mi alma.

Ni las sombras me acompañan, en esta fúnebre noche, en la que vago, al principio sin rumbo. Ahora ya sé mi destino.

Como si la lluvia que el viento azotaba contra mi rostro hubiera iluminado en un instante de loca lucidez cuáles debían ser mis pasos y hacia donde dirigirlos.

Sabía ya que nadie leería, jamás, aquel manuscrito.

No debía dejar que eso ocurriera.

Todos los demonios que allí habían nacido, o tal vez salidos de mí, debían quedarse allí atrapados entre la tinta y el papel.

Por nada del mundo podía permitir que eso sucediera.

Me había costado mi alma, y aún más, me costaría mi condena eterna. Lo sabía bien y estaba dispuesto a pagar el precio.

Un pobre desgraciado más o menos no suma en el total de la cuenta del mundo, y el diablo agradecería bien un alma más en su patio de juegos del purgatorio.

Ahora solo espero. Pronto la dama negra vendrá a buscarme, y dócilmente me iré con ella.

Puede que quiera saber donde están las palabras malditas. No, no se lo diré, nunca.

Nunca nadie sabrá. Nunca nadie leerá.

Ahora solo espero.

Parecen resonar pasos en la escalera. Ya acuden a buscarme.

Nadie leerá.

Llaman a la puerta.

JUAN C VALTIERRA

Precaucion

Por Juan C Valtierra

Mi abuela decía que el letrero siempre estuvo. Que cuando ella era niña ya estaba, rojo sobre blanco, con esas letras que el sol fue comiendo despacio durante cuarenta años sin terminar de comérselas del todo, como si hasta el sol se hubiera cansado de intentarlo.

El letrero decía:

**PELIGRO — ESCALERA SIN BARANDAL — PRECAUCION AL SUBIR O BAJAR**

Sin tilde en precaución. Así, desde siempre. Como si quien lo hizo también tuviera prisa, también pensó que alguien más se encargaría de lo importante.

Doña Remedios fue la primera que yo recuerdo. Bajaba con su costal de maíz un martes de agosto y el pie izquierdo encontró el aire donde debía haber escalón. La recogieron. Se oyó algo cuando cayó, no el grito sino lo que vino después, ese silencio repentino en que el mundo deja de moverse un segundo antes de que alguien reaccione. Ella dijo que había sido el calor. Tenía setenta y dos años y una cadera que nunca volvió a ser la misma, aunque ella nunca lo admitió porque admitirlo hubiera sido admitir que el cuerpo ya no le obedecía, y esa era una derrota que no estaba dispuesta a sufrir.

Nadie mencionó el letrero.

Doña Remedios murió dos años después, de un invierno y de sus pulmones que siempre fueron delicados. En el velorio alguien recordó la caída, se le vio en los ojos, y no dijo nada. Eso también es una forma de enterrar a alguien.

Después cayó el cartero. Después Aurelia Buentello, la maestra que vino de la capital con un paraguas amarillo y la convicción de que las cosas podían mejorar si uno se esforzaba. El paraguas quedó abierto al pie de la escalera. Nadie lo cerró ese día ni el siguiente. Cuando alguien lo recogió por fin, las varillas ya estaban dobladas y el amarillo había perdido algo, no sé qué, pero algo.

Aurelia tardó tres meses en volver a caminar bien. Siguió dando clases. Siguió creyendo que las cosas podían mejorar. Eso me parece lo más triste de todo.

El letrero los miraba a todos. Rojo sobre blanco. Paciente.

Entonces llegó Isaías Cueto.

Isaías era el único hombre del pueblo que leía todo. Los contratos de letra pequeña. Los prospectos de los medicamentos. Las advertencias de los aparatos eléctricos. Tenía esa fe rara, casi religiosa, de que las palabras escritas estaban ahí por algo, de que alguien se había tomado el trabajo de escribirlas y ese trabajo merecía respeto.

Se detuvo frente al letrero un miércoles por la mañana. Lo leyó despacio, con los labios quietos pero moviéndose por dentro. Se puso los lentes para leer la segunda línea que estaba algo borrosa. La leyó también. Retrocedió un paso. La leyó completa otra vez. Notó que faltaba la tilde. Pensó que alguien debería corregirlo.

Luego subió pegado a la pared, midiendo cada peldaño con el pie antes de cargar el peso, como le había enseñado su padre para cruzar los ríos crecidos.

En el séptimo escalón, el que estaba podrido desde antes de que naciera cualquiera de nosotros, Isaías encontró el mismo aire que Doña Remedios, que el cartero, que Aurelia con su paraguas.

Se oyó lo mismo que siempre. No el grito. Lo otro.

Cayó.

Quizás peor que todos porque él sí sabía. O quizás igual, que es todavía más triste.

Lo recogieron en silencio. Uno de sus lentes había rodado hasta el borde del último escalón y se quedó ahí, parado de milagro, como esperando que alguien lo reclamara. Su hijo lo recogió sin decir nada. Lo guardó en la bolsa del pecho, junto al corazón, sin saber muy bien por qué lo guardaba ahí y no en otro lado.

Isaías sanó. Mientras sanaba, cuatro personas más cayeron en esa escalera. Él lo supo porque en el pueblo las caídas se cuentan, no con lástima sino con esa naturalidad con que se cuentan el clima y las cosechas.

Cuando pudo caminar, Isaías volvió a pasar por ahí.

Leyó el letrero otra vez.

Pensó otra vez que alguien debería ponerle la tilde.

Subió despacio, pegado a la pared, midiendo cada peldaño.

Y yo que lo vi desde la ventana no dije nada, me quedé quieto detrás del vidrio, porque hay cosas que uno no sabe cómo detener y porque, si soy honesto, tampoco yo había leído el letrero la primera vez.

Ni la segunda.

Ni la mañana en que fui yo el que cayó, un jueves sin importancia, con el cielo muy azul y las manos vacías y todo el tiempo del mundo para haber tenido cuidado.

Se oyó ese silencio. Ya saben cuál.

El letrero sigue ahí.

La tilde sigue sin estar.

Las letras ya casi no se leen y pronto no va a quedar nada escrito y vamos a seguir cayendo igual, que es lo mismo que siempre, solo que sin la vergüenza de no haber leído.

Doña Remedios, a veces pienso, tuvo suerte de morirse de otra cosa.

AXY LINDA

Todos pasaban de prisa.

Cada persona caminaba encerrada en su propio ruido interior:

“Qué hacer para pasar el examen”.

“Cómo pedir el aumento de sueldo”.

“Qué cocinar hoy para que nadie se queje”.

“Cómo decirle que quiero el divorcio”.

Las frases se repetían como ecos interminables. Rostros tensos, ojos bajos y pasos mecánicos. Nadie levantaba la mirada. Nadie escuchaba a nadie. Y nadie notaba un cartel cerca de la vieja casa abandonada.

Ninguno lo leyó.

Pasaron los años. Nuevos rostros, nuevas preocupaciones, transitando la misma calle. Hasta que una niña, practicando su lectura, se detuvo y leyó en voz alta:

“Quien lea esto no regresará a su vida habitual”.

Todos lo leyeron al escuchar a la pequeña.

Esa noche, con la calle vacía, algo cambió.

Sin gritos. Sin ruido. Solo un ligero estremecimiento en el aire, como si la vida contuviera el aliento.

Al día siguiente, las mismas personas regresaron por la misma acera… pero ya no eran iguales. Caminaban más despacio. Miraban los árboles. Se observaban y se saludaban. Suspiraban ante el canto de un pájaro. Descubrían que el mundo siempre había estado allí, esperando ser mirado.

Algo en ellos había despertado.

Y el cartel, ahora en blanco, permanecía pegado en la puerta de la casa abandonada, como si sonriera en silencio.

Axy Linda San-Fre

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

María escribía con gran pasión, sentía que se desgarraba la piel con cada palabra, las cuales salian desde el fondo de su corazón, se sentía viva a través de esas líneas las cuales vertía en cada escrito.

Cada dia hablaba de sus heridas, de su amor callado, de lo que pasa dentro y fuera de su alma, muchas letras llenas de esperanza, otras llenas de amor, de perdón de sueños, deseos, un grito ahogado de ser escuchada, de dar una voz de auxilio, de ser rescatada de su soledad, de sus miedos, de su desamor.

Publicaba lo que escribía principalmente en un grupo de escritura donde había grandes y talentosos literatos, pero su deseo no era competir realmente con ellos, deseaba, necesitaba ser reconocida, pero no había nunca una respuesta, un me gusta, nada, sólo silencios.

Hasta que un día finalmente ve que alguien opina sobre lo que puso en el grupo.

Para su sorpresa fueron palabras que la destrozaron, diciendo, que no tenía ni calidad para estar ahí, ¿que cómo se atrevía a poner sus horrendos escritos?, que mejor se dedicara a otra cosa.

Se sintió perdida, no sabía que pensar, quería ser reconocida, pero no de esa forma.

¿Cómo alguien que seguramente no había leído gran parte de lo que había enviado, se atrevía a decir esto?

Sus sueños de ser reconocida, se veian perdidos, quién viera este comentario, no querría seguramente leer nada de ella, la mujer que la había destrozado, era una gran escritora, muy reconocida, la cual publicaba constantemente

Ya nada más quedaba por hacer.

Había sido su último escrito, el más sincero, el más real y mejor de todos, ese que «nadie leyó», salvo quizá quien nunca debió hacerlo.

Ya no escribió más, se dió por vencida, se sepultó en vida, como si aquél cuaderno en el que escribía fuera su ataúd.

Nadie notó su ausencia, sus textos se fueron al vacio.

Esos cuadernos quedarían ahí, se llenarían de polvo, y sólo quizá el olvido y el silencio entenderían.

GERARDO BOLAÑOS

El sobre lacre nunca se rompió. Se quedó allí, atrapado entre las páginas de un libro de anatomía que nadie volvió a abrir, guardando un secreto que el tiempo terminó por pudrir. Eran palabras que debieron decirse cuando el aire aún no pesaba, cuando el «nosotros» no era una esperanza… Un sueño.

La psicóloga dice que el duelo es un proceso lineal, pero miente. El dolor de lo que no fue es un círculo vicioso. Me pidió que escribiera lo que sentía, que soltara el lastre, pero ¿cómo se suelta un fantasma que no tiene manos para soltarte a ti? Recordar aquel último café en Querétaro duele con una nitidez obscena: el vapor de la taza ocultando que tus ojos ya se estaban despidiendo. No hay remedio para el silencio acumulado durante años; las disculpas, como las medicinas caducas, ya no surten efecto.

Cierro el libro y el sobre cae al suelo. Sigue intacto, cargado con la potencia de una bomba que jamás estalló. Podría abrirlo ahora, leer la confesión que pudo cambiarlo todo, pero el destino tiene un humor negro y refinado. Justo cuando mis dedos rozan el papel, el teléfono vibra. Es un número que borré hace diez años, pero que mi memoria reconoce al primer pulso.

GRISELDA SIERRA

Lo que nadie leyó

A mi abuelo le gustaban los hombres. No era uno de ellos, claro. Le gustaba ver la evolución que habían tenido desde que los lobos los sacaran de las entrañas de la tierra. De tarde en tarde hacía sus correrías en territorios de la raza humana y, al amanecer, volvía a casa con la mirada penetrante, misteriosa y feroz. Se sentaba junto al fuego y nos contaba las historias más increíbles que nosotros hubiéramos escuchado; algunas alegres y divertidas, otras nobles y edificantes, mas la mayoría, estremecedoras, inquietantes y oscuras.

Mi abuelo decía que los hombres viven en constante guerra; que la guerra trascendió las fronteras habituales y se convirtió en una guerra doméstica; que las batallas más feroces se dan entre élites, clanes y, peor aún, entre familias. Él temía a las consecuencias y, al terminar de narrar esas historias, caía en el mutismo. Sus ojos relucían como enigmáticas llamaradas sin que yo pudiera dimensionar la profundidad de sus pensamientos.

Pero un día la situación cambió. Algo sucedió que los hombres no leyeron.

Al punto vi los ojos de mi abuelo como un fuego apagado.

No me atreví a preguntarle el motivo de su abatimiento. Me senté a su lado y esperé a que se disipara la tormenta. Al cabo de muchas horas mi abuelo habló; su voz sonó triste y desapacible.

—No haré más incursiones en aquellos territorios.

Parecía hablar consigo mismo y lo miré sin comprender.

—Hace unos días —agregó— las serpientes se salieron de la cesta.

Enmudecí por el azoro y no quise saber más.

Pasaron muchas lunas, tantas que ya no me acuerdo; luego, a principios de este año las palabras de mi abuelo resonaron en mis oídos.

Un aullido largo y destemplado salió de mi garganta. A ese bramido se añadieron enseguida los de toda la manada. Y entonces comprendí: los lobos saben, ellos saben que la historia de los hombres no volverá a ser la misma, y muchos volverán a vivir en las profundidades de la tierra.

SILVIA GALLARDO

Buenos día s querido grupo,les mando un fuerte abrazo con el deseo de que genganun excelente y bendecido día les comparto queme iré de vacaciones, y me gustaría que me deseen cosas bonitas ya que no podremos despedirnos en persona. les traeré un regalo es una sorpresa, iré a un lugar muy hermoso dondese respira paz y tranquilidad–

este fue el mensaje en un grupo familiar de Whatsapp que encerraba eñales de advertencia,un texto que solo quedó en visto, no tuvo la fuerza para conmover , ni para tener una respuesta que implicara un sentimiento de reciprosidad las palabras quedaron huérfanas, amorfas sin voz, sin sentido,¿se las llevo el viento? ?el olvido! ¿la indiferencia! Era un grito de auxilio una súplica en cada renglón que nadie leyó.

era claramenteunmensaje copiado deuna carta escrita con tinta roja,que después fue hallada bajo la almohada de Una jovencita que transitaba por su cotidianidad, con actitud triste y melancólica, allí anunciaba una despedida escrita en un mensaje dewhatsap, días después ya no sonaba en los teléfonos de esa familia, la notificación de mensajes de Ariadna, ya no habria másmensajes, gracias al caso omiso a ese mensaje y todo fue irreversible no dejemos en visto mensajes que pueden traer oculta la tristeza, la depresión y la decisión irreparable e irreversible de quitarse la vida . eso fue lo que nadie leyó, lo que nadie identificó que era una luz roja de alerta, esperando un rayito de luz hablar, abrazar y visitar pueden ser una tabla de salvación para quienes están en situacio de desesperanza e incapacidad para manejar su realidad y sus emociones.las tormentas pasan,ayudar a la fuerza interior ayudar a cconvencer que nadie está solo que siempre habrá ángeles dispuestos a abrir sus alas y abrigar con amor y ternura a las almas necesitadas de ellos. para continuar el maravilloso sendero de una vida de calidad y grandes y maravillosas cosas por hacer para alcanzar equilibrio en la existencia,siendo tolerantes a l sufrimiento, al enojo,, es decir a emociones protagónicas y antagónicas para dar estabilidad y contrapeso a situaciones adversas. todos podemos ser la tabla salvadora de alguien, solo aprendamos a leer más allá de las letrasmas allá de los mensajes,»amarse a si mismo,es el comienzo de una aventuraque dura toda la vida» Oscar Wilde

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5 comentarios en «Lo que nadie leyó – miniconcurso de relatos»

  1. Hola scqbo de leer todos los relatos. Por lo general son todos muy buenos. Es difícil seleccionar uno… Pero como hay que elegir me quedo con el Fernando Lopez Aguilera.

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