Si tú me dices ven – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «si tú me dices ven». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 12 de febrero!

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** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMILIA CREGO

LLEGANDO LA NOCHE

Al caer la tarde, las primeras gotas suelen refrescar el ambiente; las flores agradecían ese frescor cuando aun la tierra arde en deseos de apagar el calor estival. Los árboles se mecían queriendo atrapar toda la lluvia, para no dejar que se la lleve el viento. En los establos, los animales querían ver caer la lluvia; se agolpaban y una vieja puerta con cerrojo se abrió. Una valla de madera no les dejaba avanzar; se agolparon todos para llenarse de aire, de lluvia y del frescor de la tierra.

La noche se vistió de luces y los luceros dejaron ver el agua estancada sobre la hierba, en los surcos y cerca de un pequeño manantial. En este, los animales se llenaban de agua; bebían para calmar la sed y dejar al cuerpo llenarse en deseos de aliviarse con el frescor de un trago de agua dulce. El deseo hizo mella en los que allí, a las puertas de verse libres, no podían vivir ese momento tan esperado.

Las horas pasaban y caían desde un campanario, dejando sonar cada hora hasta mellar en su caída con un “din don” sonoro que dejaba tras la noche, una noche larga y con el aire fresco de la madrugada apenas rozando el rostro de estos animales. Los ojos se vestían tristes y apagados, dejando caer una lágrima; el cuerpo agazapado sobre la paja y deseando verse libres. La noche despertó al amanecer y en este llenándose cada uno de los allí presentes de esperanza.

Pasaron días y noches; los días quemaban la tierra y las noches llegaban con la dicha de verse envueltos en lluvia. Los pajarillos cantaban para adormecer al que aún no había sido atrapado por las nubes. “Si tú me dices ven, lo dejo todo”, en una suave melodía de silbidos y graznidos cantan una bandada de pájaros para amenizar la espera y cuando la primera luz alcanza el cielo antes de la salida del sol. Estos callaban sus voces para buscar el refugio bajo las ramas de los árboles.

En una de esas noches mojadas de gotas de agua, el silencio se hizo notar durante horas y, sin previo aviso, llegando la madrugada, una bandada de pájaros se agolpó en la puerta del establo. Eran más de cien; todos juntos y con un gran esfuerzo dejaron en libertad a los animales de aquella granja. Llenándose de alegría al ver a todos los animales corriendo bajo la lluvia, bañándose en un río con olas de plata y sobre la hierba fresca, dejaron sus huellas.

RAQUEL LÓPEZ

Si tú me dices ven

el mundo se detendrá un instante

de nuevo volverte a ver,

mis brazos te abrazarán constantes.

No importa la distancia

si la voz de tu alma me llama

pues no hay cuerdas que me aran,

ante el amor que me aclama.

Si tú me dices ven

acudiré a tu urgencia

con tímidos gestos te desearé,

sin importar la espera.

Soltaré amarres

sorteando el sendero

trazando un camino al aire,

que me haga llegar a tu cielo.

Si tú me dices ven

quemaré las heridas del tiempo

acudiendo a la luz de mi vida,

aunque tú amor sea mi último aliento.

DAVID MERLÁN

SI TU ME DICES VEN…

_ _ _ _

CAPITULO 3. LA PISTA (HILVAN. EL VIAJE DE TALO)

Talo despertó antes de que el cielo-sábana empezara tan siquiera a ondular.

Estaba inquieto. Algo lo había sacado del reposo. No fue el rumor lejano del que todos llamaban Centrífugo, ni los movimientos de los desparejados de su alrededor. Fue una sensación distinta. Algo más íntimo. Un tirón leve, casi imperceptible, que sintió en su talón.

Se incorporó despacio. Sin saber muy bien cómo explicarlo.

—¿Lino…? —susurró probando suerte. No tenía nada que perder.

Nada. Solo era el murmullo general de Hilván desperezándose.

Unos minutos más tarde, durante el (si se podía llamar así), desayuno —si a compartir gotas tibias de agua reciclada podía llamársele desayuno—, Talo apenas habló. Ekin lo observaba con el rabillo del elástico desde un par de metros de distancia. Lo suficientemente cerca para no perder detalles, pero al mismo tiempo, lo suficientemente lejos para que no se sintiera presionado.

—No has descansado —dijo el viejo gris—. Eso aquí se paga caro.

—He sentido algo —respondió Talo a lo que realmente deseaba—. No se. Como si alguien me llamara.

Ekin dejó de beber.

—Eso no se dice a la ligera, pequeño.

Licra, siempre atenta, se inclinó desde el banco y le hizo el tercer grado.

—¿Una voz? ¿Un recuerdo? ¿O una promesa? ¿Una sensación?

—No lo sé…no lo sé, la verdad—admitió Talo viéndose presionado nada más amanecer—. Pero venía de la frontera caliente. De eso estoy seguro.

El silencio cayó como una pelusa mojada.

—Escúchame bien, pequeño—dijo Ekin, bajando la voz y acercándosele—. Hilván está lleno de ecos. De calcetines que creen oír a su par cuando ya no queda nada. El Centrífugo se alimenta de eso. Es cruel y lo utiliza con frecuencia. Sabe que de ese modo, inflinge su dolor en cada uno de nosotros. Es como si fuese su único propósito.

—No era un eco —insistió Talo—. Era Lino.

Ekin lo miró largo rato. Luego suspiró.

—Ven. Debes de ver una cosa.

Caminaron hasta el límite oriental de la plaza, donde las telas se volvían más gruesas y el aire dejaba de oler a suavizante fresco y se transformaba en rancio y reseso. Allí, clavada en el suelo como una advertencia, estaba la línea roja: un cordón de fibras quemadas que nadie cruzaba sin pagar precio.

—Si tú me dices ven… —murmuró Ekin—, tienes que estar dispuesto a perder algo por el camino—finalizó la frase.

Talo lo miró.

—Eso mismo me decía Lino cuando éramos nuevos —respondió—. Él siempre iba primero. Yo, lo único que hacía, era seguirle.

Ekin asintió despacio. Con gesto agradable mientras le dedicaba una sonrisa.

—Entonces ya sabes lo que viene después del “ven”, ¿verdad, pequeño Talo?

Antes de que Talo pudiera añadir nada, una figura emergió de entre las sombras de una cremallera raída y caída a. Era un calcetín pequeño, infantil, con dibujos de ositos desvaídos.

—Yo lo vi —dijo, temblando.

—¡¿Viste a mi hermano?! ¿Dónde?

—No, no. En realidad no lo vi a él —dijo el pequeño.

—Pero… ¿Lo viste o no lo viste?—exigió Talo.

—No, no lo vi. Vi lo que dejó.

—¿Lo que dejó? ¿Qué dejó?, aclárate.

—El tirón.

—¿Tirón? ¿Qué es eso?

—Es cuando un par se separa de verdad. En ese momento el hilo grita.

Talo dio un paso adelante.

<<Tiene que ser eso lo que me despertó, lo que sentí>>

—¿ Y cuándo fue eso?—preguntó con ansiedad.

—En el último Gran Lavado.

Ekin cerró los ojos.

—Eso significa que aún hay margen —dijo—. Poco. Pero hay.

—Voy a ir —afirmó Talo sin dudar.

—¡No! —exclamaron varias voces a la vez.

Diadoro apareció desde el fondo con su cicatriz dorada brillando débilmente.

—Ir implica no es volver, pequeño —gruñó—. Y volver no es como te imaginas.

—No me importa —dijo Talo—. Si él me llamó… yo voy.

Diadoro lo observó con dureza. Luego sonrió, antes de contestarle:

—Así empiezan todas las cicatrices importantes, ja,ja,ja

Ekin apoyó su frente contra la de Talo.

—No le hagas caso. Pero eso sí, si cruzas la línea roja, dejarás de ser un desparejado ingenuo.

—Entonces dime cómo llegar.

—No —corrigió Ekin—. Esa no es la pregunta. La clave está en que me digas si estás dispuesto a no regresar.

Talo no respondió con palabras. Sino con hechos. Miró a casa uno de ellos, y acabó en Ekin. Y Cruzó la línea roja.

El aire le quemó. No lo notó en sus fibras, no, sino que lo notó más adebtro. Lo notó en su memoria.

Y desde algún lugar, profundo y metálico, una voz conocida pareció repetir:

—Ven, ven, ven…

Y Talo avanzó.

CARLOS TABOADA

ASUNTOS AMOROSOS

Se puede caminar sin rumbo, con las manos en los bolsillos, rozando monedas y un juego de llaves a los que aferrarse. A cada paso se puede tener la sensación de que algo te sigue, no un cuerpo, sino una decisión pendiente y consecuente. Es lo que pienso cuando vislumbro las aguas negras del río Manzanares.

Ahora, si ella se acercara desde el otro lado del puente, la reconocería por el olor como dos animales en la oscuridad.

Antes dijiste que podíamos huir. Yo asentí. Y aunque siempre he sabido asentir en el momento equivocado, por una vez he creído en el destino. Y eso me recuerda que hay gente que vive para no traicionarse, aunque eso implique perderlo todo. Y entendí, una vez más, que mi lealtad no era hacia ti, sino hacia la posibilidad. Hace tiempo aprendí a asentir, sí, porque creo que es una forma elegante de no escapar corriendo.

No te he dicho que por las noches repaso conversaciones, y a veces me sorprendo ensayando respuestas frente al espejo. Observo mi respiración lenta, y entonces me doy cuenta de que hasta el silencio también exige una postura correcta.

A menudo he tolerado la incertidumbre, porque hay deseos que no se cumplen y aun así se superan. Cuando veo a la gente cargar con objetos fácilmente manejables, como una barra de pan o una lata de bebida, creo que viven sin consignas absolutas, ni exaltación alguna ni planes. Extrañamente, podría envidiarlos.

Hace un rato, cuando clavé la mirada en ti para que supieras que te estaba inundando, te observé con la suficiente atención y adiviné tus pensamientos, no porque te conozca mejor que tú a mí, sino porque así reduzco un margen de error. El amor mejora la concentración.

Mañana, si tú me dices ven, iré, y eso me hace pensar que el mundo se ordena de forma mínima pero suficiente. Pero también te podrías marchar para siempre, y durante un tiempo razonable tendría frío. Sin dramatismos esperaría al giro de la rueda estacional, pero no con la intención de volver a emparejarme, sino de plantar semillas vegetales para seguir creando vida.

Eso, también es amor.

JUAN MANUEL CABALLERO

AUTOFAGIA

Una extraña aura de extrañeza había invadido al pueblo ocho años atrás, cuando en junta oficiosa se decidió dar por muerto al viejo Fulgencio aprovechando una de sus crisis, pues padecía de ataques de una catatonia difusa, de etiología indeterminada a pesar de que había ido en su momento al hospital comarcal que estaba en la ciudad para hacerse algunas pruebas, no como aquellos pueblerinos, que se limitaban a ser visitados por alguno de los dos adocenados médicos locales con tal de no moverse del terruño, cosa que solo hacían en ocasiones manifiestamente graves y razón por la cual eran tan proclives los lugareños a desarrollar cánceres que ya no tenían vuelta atrás. Aquel viejo insoportable siempre fue un incordio para todos, pero de su estancia en Barcelona vino ya rematado, sabiéndolo todo. A todo le encontraba defecto y a todos les enmendaba la plana. Hablaba con una extraña mezcla de acento catalán y el deje propio del pueblo, de Destripaburras, y ello a pesar de haber pasado solo dos años en la Ciudad Condal, viviendo con un hijo que tenía allí, hasta que, a lo que se vió, regresó a causa de una morriña no reconocida. Por el amor de Dios… si hasta vino chapurreando cosas en catalán y defendiendo la independencia de aquel trozo de la vieja Iberia. A Destripaburras iban a venir con esos asuntos de la independencia, a ellos, precisamente… como si no captasen desde el primer momento de lo impostado de la reivindicación esa.

Pero el extraño caso de la muerte del Fulgencio no fue más que el primer síntoma de lo que estaba por pasar, aunque fuese un síntoma más espiritual que otra cosa, o una inspiración o una idea, porque él no murió de la peste que habría de empezar a diezmar a la pequeña población inmediatamente después.

Acusaba Destripaburras, desde tiempo inmemorial, una pertinaz propensión al aislamiento. Sumido en aquel valle de escarpado acceso, dormitó durante siglos su particular duermevela histórica, desde la que se esmeró en permanecer ajeno al trasiego, la grandeza, la vileza, la bondad, la ignominia de los hombres que habitaban allende sus fronteras físicas. Y, aunque siempre, en todo tiempo, hubo hombres y mujeres que allí llegaron, y que lo hicieron por pura curiosidad (no de paso, porque aquel lugar no estaba de paso a ninguna parte), siempre igualmente fueron tratados con diplomática hostilidad para que no permanecieran más que el tiempo necesario para tomar resuello antes de regresar de donde fuera que viniesen, a ser posible ese mismo día. Con todo, claro, siempre hubo idas y venidas, fugas y filtraciones que rompían con la aparente necesidad de paz ancestral del lugar, como si el poblado hubiese sido el enclave elegido por alguna instancia preternatural para redimir al hombre de toda su querencia a la barahúnda. Comerciantes locales que iban a la ciudad; ínfimos intereses industriales externos que asomaban sus narices en la pequeña población, la mantenían lo suficientemente conectada al resto de la comarca como para sortear el estatus de tribalidad pura. Pero los aperturistas nunca pudieron históricamente con el sector duro del pueblo, abiertamente hermético, así que hubieron de elegir si marcharse del lugar o permanecer allí semiaislados de por vida. Algunos optaron, cuando pudieron, por una solución intermedia, y consiguieron pareja de fuera para llevársela a residir al pueblo.

Tampoco se plegó nunca la aldea, no del todo, a la irresistible tenaza histórica de la inmersión católica, prefiriendo mantener un cierto hilo de contacto en sus fundacionales creencias paganas de endriagos habitantes de los bosques ascendentes que flanqueaban el pueblo; monstruos que aprovechaban los espacios crepusculares para acechar a niños, a ancianos, a borrachos, pero que permanecían escondidos entre la fronda más apartada de las cimas tanto durante el día como en la oscuridad de la noche. No desaprovecharon los naturales estas creencias para asociar, siquiera de manera juguetona y aunque solo fuera a ojo de los niños, a los eventuales forasteros con aquellos seres predadores de débiles de la foresta, capaces, en interesada adaptación predadora, de adoptar forma nítidamente humana con tal de inmiscuirse a escudriñar dentro de la villa para ir eligiendo a su próxima víctima.

Como no podía ser de otra forma, la cosanguineidad acumulada hacía acto de presencia en forma de brotes de estupidez, de malformaciones incluso, de ciertas desfiguraciones más o menos comunes en algunos habitantes del pueblo, que, conocedor consuetudinario de las consecuencias de sus usos y costumbres, veía con buenos ojos las escasas incorporaciones de fuera que procuraban los lugareños que se ayuntaban con forasteros. Así, se las venían arreglando para atraer hasta el pueblo nuevas matrices. procreadoras, pero también nuevos sementales de poblaciones cercanas, que accedían a vivir allí a condición de gozar de mayor libertad de movimientos que sus pares. No resultaba extraño, tampoco, que hembras en edad de procrear saliesen por una temporada con la intención de encontrar pareja, aunque alguna hubo que abandonó el nido para siempre. Bienvenido fue, por arrojar justicia sobre los condicionantes sociales atávicos del pueblo, el niño negro como un tizón que le salió de la entraña a la Petri nueve meses después de su comentado paseo de todo un fin de semana por la capital de la provincia, nada menos, que contaba con sesenta mil habitantes, y de cuyos autos, luces y calles interminables; de esa sensación de estar en un crucero donde muchos viajeros estaban a punto de saltar al mar acuciados por la hostilidad sin fisuras de los que deberían ser los camareros, regresó la mujer medio tarambana.

Todo fuera, pues, por mantener cierto posibilismo genético en el pueblo, donde dos o tres apellidos abundaban de manera cada vez más monstruosa, donde, como una maldita ironía del destino, cada vez eran más los engendros fruto de la cosanguineidad que terminaban por escuchar la llamada de la naturaleza y pasaban a habitar los densos bosques del monte que constreñía a la población proporcionando, así, de paso, una inédita carga de credibilidad al mito de los monstruos de la espesura.

A pesar de todo, del reñido pulso entre el secular apartamiento y las hasta entonces fallidas intentonas de incorporación al mundo de los hombres parecía abocado a terminar, tal vez en esa misma generación, hacia el lado de la derrota, de la conquista definitiva del progreso, de su ideología, de su rumbo: modernidades de todo tipo se abrían paso ya en las rústicas casas, como garrapatas adheridas a las tomas de electricidad que succionaban la valiosa energía que, al parecer, el lugareño estaba dejando de valorar. Incluso, el nombre del pueblo parecía claudicar definitivamente hacia el genérico de Destripaburras, adjudicado en su remoto día por los de fuera a aquel remoto e irredento lugar por el uso que habían logrado testimoniar de las bestias de carga para subir por las empinadísimas laderas que lo flanquean. Otros hubo, sin embargo, ya en desuso hasta por los naturales: Libérlula lo identificó el más aplaudido de sus cronistas oficiosos (en el pueblo, casi todos los cargos eran oficiosos), don Miguel, llegado (a decir de algunos huyendo de sí mismo, según otros en su propia búsqueda) de algún lugar de la axfisiante nación que al poblacho circunda, en algún momento del tiempo que igualmente los de fuera se empecinan obsesivamente en compartimentar. Lo grave, con todo, resultaba el progresivo abandono del nombre vernáculo, a decir de los nativos, Poza; articulado por algunos con la delectación propia de quien se sabe relicto, automarginado y extraño al ojo foraneo; con el mero pragmatismo del acomodaticio, otros.

Ocho años más tarde, la Pisuerga seguía allí, aún en pie, a un paso de la octogenia dentro de su escala ontogénica. Aún de aquí para allá para buscar sus frutos, destripar sus entrañas, macerarlos, tratarlos para conseguir la más deliciosa de sus esencias; con ello, se sacaba un buen dinero, que al principio le servía para complementar su exigua pensión de viudedad del Pedro el vallisoletano, que la conoció un día porque ella pasaba por allí, pero que la dejó en la soledad de su eterno luto con apenas treinta y dos años, cuando a él lo partió un rayo en lo alto del monte. La Pisuerga llevaba varias temporadas centrada en la compota de peras, pero esta primavera la ocupaba la elaboración de confitura de higos chumbos. Hacía muchos años ya que no la preparaba, pero el creciente éxito de sus recetas la llevó a tener que introducir cambios, so pena de terminar empachando al cliente y perder su general beneplácito. Saludada por toda su grey había sido, asimismo, su ingrediente especial, su cantárida. El primer año temió algún tipo de repercusión, de conjetura, de «investigación interna» después de la muerte del marido de la Javiera, que fue quien se comió casi entero el frasco de compota que, a todas luces, contenía las partículas del insecto. Al parecer, se trató de una muerte lenta y extremadamente dolorosa, y sucia y apestosa de diarrea y grumos de heces sanguinolentas; y de una erección continua que a la Javiera le recordó a sus años mozos del principio del noviazgo. Pero para sorpresa de la Pisuerga, Marta García se presentó otra vez en su casa apenas enterrado el marido de la Javiera, para hacerle otro encargo de compota.

Marta García era la esposa del único procurador que había en Destripaburras, una mujer de buena posición, cultivada a su manera aprovechando la estela de su marido, hombre amante de la Historia y de las letras, con firmes contactos en el exterior pero, por alguna razón, acomodado y feliz en aquel poblacho ajeno al vértigo constructor del mundo, como si considerase que estar fuera de este resultase el mejor lugar para observarlo. Por eso temió la Pisuerga que aquella mujer pudiera buscarle las cosquillas con lo del envenenamiento del marido de la Javiera, que la asociación entre su compota y la pudrición interna de aquel hombre terminase por tomar cuerpo en la mente de la señora, que para más inri era la cabeza visible de la cofradía que se dedicaba a preparar la celebración anual del rito a las almas perdidas y carniceras del bosque. Por fortuna, nada de eso había ocurrido: más al contrario, su inexplicable arrebato envenenador no solo no parecía haber puesto en pie de guerra a la mujer sino que, para su sorpresa, aquella misma primavera los pedidos se sucedieron por parte de esta. Y no solo eso: vinieron expresamente acotados con una expresión: «a ver si consigues darle el punto exacto de la última vez». Confusa, la Pisuerga desechó enseguida, no obstante, que la petición albergase segundas, oscuras intenciones. Muy pronto regresó la mujer del procurador a renovar el encargo, pero esa vez su rostro se constreñía en una expresión crítica, casi severa. Como preocupada por la falta de entedimiento de la vieja, esta vez trató de ser más clara: «como hemos perdido el tiempo con la remesa anterior, ahora la próxima tendrá que ser más conseguida… tendrá que lograr darle su toque especial más que la primera vez. Ya sabe… más su toque verde».

Ahora, ocho años más tarde, ya no hacía falta que nadie le dijera nada. Sabía la dosis de cantárida que, razonablemente, debía imprimirle al producto. Aún pensaba a veces si lo que aquella mujer quiso decirle con lo del toque verde se refería, como todo parecía apuntar, a la inclusión en la receta del deletéreo insecto, o bien pudiera referirse al mero verdor natural del producto, de la pera. La lucubración, no obstante, no parecía resistir la evidencia de que, a pesar de la sucesiva incorporación del pequeño escarabajo, de manera creciente, en todas y cada una de las partidas entregadas desde que «la procuradora» le diese el aviso muchos años atrás, y el consiguiente y creciente encadenamiento de crudelísimas muertes en el pueblo (que los propios médicos locales atribuían sin empacho a una cepa vírica local y recurrente -cosa que a su vez era utilizada por el sector duro aislacionista para espantar a los posibles visitantes-), aquella solapada mujer la siguiese incitando a realizar su labor de idéntica manera y, aun más, a aumentar progresivamente la dosis en cada partida de suculento postre; de modo que ella continuaba arrojando pequeños bichos color esmeralda a razón de uno más en cada encargo, que ya eran hasta cinco esta primavera y, presumiblemente, al menos otros tantos en verano. Tal era ya la orgía insectívora, que llegaban a ser más de la mitad de los frascos los que llevaban el «obsequio» en esta ocasión.

Nunca fue la Pisuerga especialmente calenturienta de entendimiento, pero se imaginaba a la procuradora allá en su congregación, junto a sus acólitas, colocando los frascos sobre una amplia mesa para después revolverlos tal y como hace el jugador de cinquillo antes de repartir las cartas. Cada mujer, un movimiento, un frasco cambiado de su lugar de origen sobre la mesa, así con todas las mujeres de la congregación, como un pequeño ritual implementado en el cuerpo de toda su ritualística interna de grupo, orientada al ensayo para el día de las Almas Perdidas y Carniceras del bosque; solo que esta vez, el pequeño ritual introducido desde aquella segunda cantárida (la primera caería en el frasco de manera accidental ocho años atrás, mientras la Pisuerga vertía el producto en su interior y lo veía, y luego estrujaba el insecto con el cucharón de madera para que se viese lo menos posible, pero parece que la»procuradora» lo vio, y a pesar de ello, allí lo dejó. E hizo eso de estrujarlo la Pisuerga en una especie de retorcimiento de las entendederas que le entró, de arrebato como de locura pasajera; y la procuradora, no sabemos por qué lo haría) estaba destinado a su objeto principal y directo: el del consumo aleatorio del producto emponzoñado por parte de los adquirientes del mismo, que eran siempre e inequívocamente del grupo de los custodios de la pureza de la aldea, porque solo entre ellos se vendía.

Casi atorada por imprimir a su viejo cuerpo enjuto toda la velocidad de la que este era capaz, atravesó la Pisuerga el poblacho en dirección a la congregación. A su paso, casi como en un ensueño a causa del profundo esfuerzo, pudo ser testigo de una afabilidad inédita para ella: una suerte de gratitud callada que le salía al paso cuando cruzaba la calle central, en la esquina de los dos vientos… a su paso por la puerta de la farmacia casi se topa de bruces con el marido de Bernarda la Carbonera, que había perdido a su mujer la primavera pasada por culpa del «virus». El hombre, que pareció sumido en un halo de bonhomía al ver venir a la Pisuerga, a punto estuvo de pararla para saludarla, a pesar de que no recordaba ella haber cruzado una sola palabra con él en su vida, y eso era difícil en ese foso donde vivían. Con todo, entreverada con toda aquella pasarela de aceptación, también pudo sentir el pinchazo de alguna mirada truncada, enseguida camuflada, hostil siquiera fuese de manera testimonial, pero de un testimonio que a la propia mujer se le antojó enterrado, amputado, sin posibilidad de ejercer verdadera influencia bajo la sólida capa de aceptación popular de la que estaba siendo testigo.

Casi exhausta llegó a la casa antigua que el ayuntamiento les había cedido a las mujeres de la congregación, y, encima, con el corazón en vilo por lo que le tenía que decir a la procuradora. Cuando por fin pudo vérselas a solas con ella, tuvieron por fin, aproximadamente, esta conversación:

– ¿Por qué hacéis esto de la rifa del veneno, es que no os parece macabro?… Por si fuera poco, solo con los de aquí, con los viejos del lugar.

– Porque todos estuvimos de acuerdo con ello, con la rifa, en junta oficiosa. También mi marido, qué te crees tú, Pisuerga… El pueblo se apaga, se acaba. Los otros ya han llegado y acabarán por darnos la puntilla. Y preferimos irnos nosotros a nuestro modo. ¿Me dirás que no lo sabías, precisamente tú?

– ¿Precisamente yo?

– Pues claro, dejémonos de tonterías. Tú lo empezaste, con el primer escarabajo.

– Sí, pero fue un accidente, seguido del desliz mental de una vieja. Y, de todas formas, tú lo permitiste, lo sé.

– No exactamente. Verás, ya veníamos pensando en algo cuando tú tomaste la iniciativa. Luego, cuando lo del primer insecto, lo planteamos en junta oficiosa y estuvimos de acuerdo en el plan.

– ¿Plan?; ¿qué plan?

– El de que serías tú, Pisuerga, la que decidiría sobre nuestro final. Al principio debatimos sobre si el final se habría de producir de manera natural o, digamos, echándole una mano. Cuando nos decidimos por esto segundo, también lo hicimos por que serías tú, Pisuerga, la que decidiría cómo y a qué ritmo. Tiene su lógica: eres tanto de aquí como estos bosques (de hecho, si te quedaras quieta el tiempo necesario, la gente, los niños te tomarían como el tronco muerto de un árbol más, de uno cualquiera). Tus raíces están tan ancladas a esta tierra como la de los áboles milenarios de arriba del cortado, como demuestra que jamás has salido del pueblo. Eres su alma, Pisuerga, la misma alma del pueblo… ¿Se te ocurre alguien mejor para decidir sobre su destino?

La Pisuerga miró a la mujer con gesto recriminatorio, como afeándole que depositase toda la responsabilidad sobre ella. La procuradora le procuró una explicación.

– Por supuesto, yo debía de pincharte para que continuases con tu labor. Pero la decisión final, por descontado, era tuya. ¿O vas a decirme que no pudiste prescindir de meter esos bichos en los frascos?

– ¿De modo que esas tenemos, eh? ¡Pues se acabó!– Dijo la Pisuerga con el rostro enrojecido por un contenido acceso de rabia. Se sonrió entonces la procuradora, con cierto asomo de jactancia.

– No te alteres, Pisuerga. Ya solo quedamos cincuenta y siete. Y en la congregación sabemos perfectamente en qué cesto ponemos los huevos… ¿acaso crees que somos unos panolis?. Te conocemos, Pisuerga… sabemos que eres incapaz de entregar un trabajo mal hecho… o a medio hacer.

ARMANDO BARCELONA

Albatross

Apuró de un trago el culo de ginebra que le quedaba al vaso, poniéndolo de nuevo sobre el mostrador con un golpe seco, exigente, destinado a llamar la atención del viejo camarero, que acusó recibo con una mueca triste de hastío.

―Ya está bien por hoy, Goya ―dijo sin convencimiento, casi por obligación, mientras volvía a rellenárselo con desgana. Ella deslizó su dedo en una caricia circular por el borde del vaso.

La noche estaba floja; los raídos sofás de terciopelo rojo permanecían vacíos; las otras dejaban pasar el tiempo en silencio, con una rutina de funcionario, cada una encerrada en su espacio, como entes aislados, sin levantar la barrera. La Rusa trataba de negociar un servicio con un tipo rechoncho, medio calvo, con gafas de gruesos cristales, más interesado en manosear la mercancía que en cerrar el trato.

«Hoy mi playa se viste de amargura, porque tu barca tiene que partir». Es la voz de Julio Jaramillo, que habla de ausencias, desamor y duelo ―el bolero en su esencia más pura―, mientras rellena los huecos de una penumbra de atrezo que nunca ha sido cómplice.

Goya juguetea con el vaso antes de llevárselo a los labios. El trago, largo, se desliza por su garganta moroso, abrasador, como un magma purificante. Su barca partió hace mucho, demasiado, tanto que apenas es un borrón en el horizonte brumoso de la memoria.

Y ella quedó atrapada en esa playa triste a la que ya ni siquiera llegan las olas.

El tipo rechoncho y medio calvo mira a un lado y al otro, desconcertado. Sus ojillos miopes buscan entre las sombras una respuesta a la espantada de la Rusa que, cansada de exponer el género, se ha perdido en la media luz del antro, quizá buscando al gato de porcelana tanguero, que ni maúlla, ni toca, ni reclama amores torcidos. Pero este es territorio de bolero.

«Reloj, no marques las horas, porque voy a enloquecer». Ahora el mensajero de la nostalgia es Lucho Gatica. Pero en el Albatross―buen rótulo para lucir en el frontispicio de un burdel; un ave en exilio permanente, que no lucha contra el viento: negocia con él―, el tic tac del reloj solo marca el ritmo de la decadencia, como un metrónomo cruel que se ensaña con el enlucido de las paredes y deja surcos en la piel.

Cuando ya se apagaron los rescoldos de la esperanza, solo queda la muerte como refugio y Goya se la va bebiendo, gota a gota, en cada vaso de ginebra. Ya poco importa, solo ser intangible hasta sentirse olvido; acudir a la cita redentora con la nada.

«Si tú me dices ven, lo dejo todo», murmura con un quejido sordo, visceral, entre dientes; luego, apura el trago, sin sentirlo, y busca, una vez más, con un golpe seco sobre el mostrador, la complicidad cansada del viejo camarero.

Zaragoza, 3 de febrero de 2026

GUILLERMO ARQUILLOS

Quince tonos

«A las ocho». Demasiado simple, sin clave de confirmación. «Llamar al seis cuatro siete treinta y dos…». Ese número me suena, es extraño. En nuestro esquema de trabajo, lo barato sale caro. Y ya lo han usado antes.

He dejado mi apartamento, pagado con fondos reservados, y he bajado a la calle, a la nieve. Eran las ocho menos diez.

En nuestra organización, la exactitud es la clave. No podemos darle un giro a la sociedad si no somos matemáticos, precisos, minuciosos. Otros grupos han intentado hacer lo mismo, pero las bombas les han acabado estallando en las manos por falta de método. En la asamblea del año pasado se definieron los parámetros útiles: una estructura desarticulada basada en células durmientes, con autonomía para actuar y para matar. Con autonomía para morir. Nadie conoce a nadie, nadie manda flores a los entierros. Si suceden, son simples contratiempos. La lucha siempre continúa.

De contable a espía, menudo carrerón… Mi padre me decía que siempre estaba conspirando en mi grupo de amigos. ¡Cómo se reía! Yo fui quien echó a pelear a Lorena con su novio; yo fui quien le mandó el mensaje de amor a la profe nueva, la Despo. Cuatro expulsados. Sus protestas hicieron que me sintiera un triunfador.

Yo fui también quien puso las bolsas en el piso que al delegado del gobierno le servía de picadero. Tres amantes, trescientos gramos de cocaína; tres titulares, tres dimisiones.

Camino. Estoy solo en esta ciudad y ya no sé si merece la pena toda esta mierda.

Al otro lado del puente está la única cabina que queda en la zona. Es una reliquia porque ahora todo el mundo usa su móvil; a la puerta le han cambiado los tornillos, pero el cristal sigue sucio. Yo prefiero que los servicios extranjeros no se metan en mis asuntos como les acaba pasando a quienes usan smartphones. Manías mías.

Descuelgo, marco. Hace frío. Mucho. Un tono, otro, otro más.

Alguien se acerca, lo veo a través de los cristales. Estoy convencido de que solo me van a soltar un simple «ven»; para activarnos, no necesitamos más. Tampoco hace falta que nos digan a dónde debemos ir, es siempre el mismo hangar de las afueras. Sexto tono. Ese alguien que se acerca aprieta el paso: lleva una ridícula gabardina oscura y un sombrero de ala ancha. —¿Quién se viste así en pleno siglo XXI?—. Está aquí al lado…

Deben de haber sonado doce tonos. «La revolución pende de un hilo… telefónico»; bonito título para un artículo que nadie escribirá jamás. Me tiembla la espalda del maldito frío. Quince tonos. De repente, la llamada se corta.

Yo era bueno como contable. Mi mujer era maravillosa hasta que la mataron. Ella permanece siempre viva: habita en mi odio. Cada mañana amanece junto a mí en el piso refugio.

De pronto, el hombre ridículo se detiene y mira hacia mí. Tiene bigote, seguro que es postizo. No hay nadie más en la calle. Siento unas ganas terribles de huir. El hombre saca una pistola y me apunta.

Sonríe.

De pronto, lo comprendo todo.

LVIS GARES

No voy, pesada. Estoy harto de verdad de tus tonterías. Vamos que no voy, ni bajo pena de muerte.

Primero que si hasta que la muerte nos separe y mira que he hecho méritos para irme, tres infartos de miocardio, y cuando veía la luz, el médico de turno que le daba por salvarme, que manía de salvar a la gente , luego el ictus, ahí sí pensé que era mi turno pero nada que de milagro se ha salvado.Esa vela que puso tu madre ya se la había podido ahorrar, luego estuvo el tema del doble atropello, coche y autobús de la EMT y nada de nada, me levante con una magulladura en el coxis, eso sí, pero mejor que un chaval de veinticinco.

Intenté envenenarte con veneno de ratas, ya que no moría yo, a ver si la diñabas tú y resulta que eres peor que las ratas, una leve descomposición y lista, quité la toma de tierra de toda la casa, nada podía fallar, pues ni eso, se fundió la luz de toda la calle y nosotros viendo el Pasapalabra tan ricamente.

Luego los niños, hay que dejarlos crecer en una familia unida y esperar hasta que se jubi… perdón, hasta que se vayan de casa para poder divorciarnos pero cuando consigo todo eso, descubro que lo tienes todo a tu nombre y eso que no has dado un palo al agua en tu vida pero tú madre bien que te chinchaba…Todo a tu nombre y así no pueden embargarle los de Hacienda.

¿Pero por qué tenían que embargarme a mi los de Hacienda?

Más tonto y no nazco.

Pero ya está bien. Con ochenta años recien cumplidos y toda mi vida contigo ya sabes lo que te espera a partir de ahora.

No voy, he dicho que no voy…

-¡Manolo, ven!

– Voy, cariño.

EFRAÍN DÍAZ

Era la hora más oscura de la noche, las tres de la madrugada de un martes, cuando sonó el teléfono.

Entre dormido y despierto, Juan Carlos contestó. Escuchó una voz suave que le susurró una sola palabra: ven. Luego, nada. La llamada se desvaneció y él siguió durmiendo como si el mundo no hubiese intentado avisarle de nada.

Por la mañana se quedó pensativo. ¿Habrá sido un sueño?, se preguntó. Juró haber reconocido la voz de su madre, pero no estaba seguro. Intentó llamarla pero ella no contestó.

Debe estar dándole de comer a las gallinas y a los chivos, pensó. En todo caso, la veo el domingo, como de costumbre. Se preparó y se fue a trabajar. La vida, cuando quiere, también sabe ser cómoda.

El domingo subió al barrio Dos Bocas a ver a su madre. Tomó la única carretera que conduce hasta allí. Al pasar por la lechonera de Wiso, lo vio mirarlo de frente, con mala cara. Fue una mirada como en cámara lenta. Siguió de largo. En el colmado de Lolo ocurrió lo mismo: la mirada fija, dura, casi acusatoria y en cámara lenta.

Más arriba, la funeraria de Neco y el bar de Nesito repitieron el gesto. Indignación silenciosa.

Se salvó de la ferretería porque ya estaba cerrada, abandonada, su edificio ruinoso como un recuerdo que nadie quiere rescatar.

Ni siquiera las montañas verdes, aquellas por donde corrió de niño, parecían recibirlo con agrado. Algo en el aire estaba torcido, pero Juan Carlos no lograba adivinar qué.

Al llegar a la casa de su madre encontró la puerta abierta. Las gallinas y los chivos se alborotaron al verlo. Llamó varias veces. Nadie respondió.

Revisó el patio. Su madre no estaba. Tampoco la había visto de camino.

Entonces apareció Gumersindo. Se quitó la pava en señal de saludo y, con una naturalidad que solo concede el barrio, le dijo:

—Lo lamento, muchacho. Tu madre se nos fue el martes en la mañana. Quisimos llamar, pero ya sabes cómo es esto. Aquí nadie tiene teléfono.

Sin más palabras, Gumersindo lo condujo al cementerio local. Allí estaba Tomasa, enterrada en una caja de madera sencilla, sin pompa ni circunstancia, como siempre. Gumersindo se retiró y lo dejó solo, como manda la decencia.

Frente a la tumba comenzaron las preguntas.

¿Murió sola? ¿Quiso verme? Aquel ven, ¿había sido ella buscándolo antes de irse?

La culpa cayó de golpe, sin aspavientos ni aviso.

—Si tan solo me hubiese dicho “ven” con más anticipo… —murmuró—. Si tan solo hubiese entendido.

Pero hay cosas que no se piden. Hay cosas que se hacen. Y se hacen temprano, no cuando ya es tarde.

Porque la vida te da y te quita, te quita y te da como dice la canción.

Y Dos Bocas, como todos los barrios viejos, no repite sus avisos.

SERGIO TELLEZ

VEN CONMIGO

La aguja se metía dentro de la tela, llevando consigo la hebra de hilo blanco. La boda… La boda sería pronto. O eso decía él. Tres meses, había dicho. Tres meses y volvería con dinero y sueños.

La tela se llenaba de flores y hojas, crujía bajo sus dedos. La estiraba con cuidado, alisando las arrugas con la palma de su mano. El vestido de boda, con su encaje de seda y su velo de tul, crecía poco a poco. Sus recuerdos se cruzaban con la aguja que recorría el vestido.

Recordaba cuando él la llevó al río, donde el agua clara se deslizaba sobre las piedras. Él le había regalado una flor silvestre, y ella la prendió en su cabello con un alfiler de plata.

Recordaba ese mismo día, cuando él le pidió matrimonio con un nerviosismo palpable, arrodillado en la orilla del río, diciendo: «¿Quiere usted ser mi esposa?»

Recordaba cómo se entregó a él ese mismo día, bajo el sol que se ponía detrás de los árboles. Recordaba cuando él le dijo: «Tres meses y volveré». Recordaba su sonrisa, su voz, su mirada…

La aguja se movía con lentitud, tejiendo la tela con un ritmo casi humano. Entraba y salía de la tela, mientras recordaba a su padre sorprendido y a su madre sonriendo, cuando él pidió su mano. La casa estaba llena de silencio, solo se oía el murmullo de la conversación y el tintineo de los cubiertos en el plato. Su madre había preparado un almuerzo especial, con la vajilla de visita y el mantel bordado. Su padre había sacado la mejor botella de vino, y él había hablado con una voz que no parecía la suya, pidiendo su mano y su futuro.

La aguja se clavó en su dedo, y una gota de sangre brotó de la herida. Cayó sobre el vestido, manchando la seda blanca.

Se quedó mirando la mancha, con la boca seca. Oyó las palabras de su madre: «La sangre en el vestido de boda es como la sangre en el agua. Atrae a los tiburones».

No dijo nada. No se movió. Solo siguió mirando la mancha, como si esperara a que algo sucediera.

Tomó la aguja y la volvió a meter en la tela. La sacó por el otro lado, llevando consigo la hebra de hilo blanco. La tela se llenaba de mas flores y hojas.

Trabajaba con esmero, sin prisa, sin pausa. La aguja se movía con un ritmo lento y deliberado, tejiendo la tela con una precisión casi mecánica. No miraba la aguja, no miraba la tela. Miraba hacia adentro, hacia un lugar donde solo había recuerdos.

La casa se llenaba de preparativos. Su madre cosía sábanas y toallas, mientras su padre arreglaba la casa. Ella se encargaba del vestido, trabajando día y noche. La mancha roja permanecía allí, en el centro del vestido, como un recordatorio de la espera, de la promesa, de él.

No llegó él, pero sí llegó un telegrama, escueto y cruel: «No puedo ir. Dificultades. Espéreme. La amo».

Ella no lloró, no se derrumbó. Solo asintió, como si lo hubiera esperado.

«Esto significa que todavía hay esperanza», se dijo, y volvió a su trabajo con el vestido. Tendría tiempo para mejorarlo.

El reloj seguía moviéndose implacable. El vestido estaba listo, pero ella seguía trabajando en él. Detalles… El reloj seguía marcando el tiempo.

Siete meses después, llegó otro telegrama. «Dificultades, muchas dificultades. No me espere».

La habitación se quedó en silencio. No hubo lágrimas, no hubo gritos. Solo el sonido de la aguja, esperando.

Ella la miró, y la aguja pareció detenerse, suspendida en el aire, esperando su próximo movimiento.

No importó. Sus manos se movían con un ritmo propio, ajeno al tiempo que parecía haberse detenido. La tela se deslizaba bajo la aguja, tejiendo un patrón de hojas y flores que parecían cobrar vida en la penumbra de la habitación.

*

El vestido de novia colgaba en el armario, con una pequeña mancha de sangre en el pecho. El tic tac del reloj no paraba, marcando el tiempo que había pasado desde que ella se fue.

El niño miró a su abuela, con ojos grandes y curiosos. «¿Dónde está mamá?», preguntó.

La abuela lo miró, con una sonrisa triste. «En el cielo», dijo, con una voz suave. «Ella partió cuando tú llegaste».

*

PLANETA CRONOS 2, AÑO 2901

K 34, maestro de ceremonias, activó su archivo. En la pantalla se desplegaron los finalistas:

«Renacimiento», de la diseñadora Amelia, siglo XVIII, con un diseño barroco y detalles de seda y oro.

«Flor de Liz», de la casa de moda Versalles. Siglo XlX, con un diseño romántico y detalles de encaje y perlas.

«Ven conmigo», un vestido de boda del siglo XX, de autor anónimo, con un diseño único y una historia trágica.

«Aurora», de la diseñadora Zaraïa, siglo XXII, con tecnología de iluminación integrada.

«Nebulosa», de la casa de moda Nova Terra, siglo XXV, con un diseño fractal y materiales reciclados.

«Kairos», de la diseñadora Liana, siglo XXVI, con un sistema de ajuste automático.

K 34 hizo una pausa dramática antes de continuar.

«Y el ganador del Premio del Milenio al más perfecto vestido de boda es… ‘Ven conmigo’ «

La sala estalló en aplausos y luces de colores mientras el vestido de boda se iluminaba en la pantalla. La multitud de robots y humanos presentes en la ceremonia se levantaron para aplaudir el triunfo del vestido que había conquistado a todos con su belleza y perfección.

K 34, leyó en la pantalla holográfica: «Por la perfecta sincronía entre flores y hojas. Por el uso de un material venido en desuso, pero especialmente por la innovadora forma de poner una mancha de sangre y dar un concepto de eternidad a la espera. ‘Ven conmigo’ es el ganador del Premio del Milenio al más perfecto vestido de boda.»

L’IDIOT

No voy a pedir clemencia ni prórrogas. Ya no.

No quedan fuerzas para eso. Tampoco deseos.

Los hijos ya crecieron; hicieron su vida lejos de aquí, como debía ser. Eduvirgen no se quedará sola: le bastan sus recuerdos, que pesan más que cualquier presencia. Hay ausencias que acompañan mejor que nadie.

Cada mañana me siento en el portal, en el mismo sitio de siempre, con la espalda vencida y la mirada detenida en nada. Los que pasan creen que sigo esperando a mi hijo Alex, que todavía confío en una promesa vieja. No saben. Nadie sabe. Y tampoco importa.

Apareciste en la esquina de la casa de Lalo y avanzaste hacia mí con pasos lentos, seguros, como un guerrero que entra en una ciudad ya rendida. Sin cantos, sin flores, sin gratitud. Solo miedo. No eres bienvenida en ningún lugar; todos huyen de ti. Te conocen de nombre, pero no quieren mirarte de frente. Yo sí. Yo te reto.

Te espero para decirte que basta, que me rindo, que si me dices “ven”, no dudaré. Lo dejo todo.

Sin apartar la vista, me acomodé en el viejo taburete, reclinado contra la pared, justo debajo de la reja de hierro de la ventana abierta. El aire entra y se lleva el olor del pescado que Eduvirgen frie para el almuerzo.

Todo esta en su sitio, como siempre. El mundo segue intacto y seguirá sin mi. No se acabará. .

Solo se me acabará a mí.

No ofreceré resistencia. No inventaré razones ni excusas. Quiero irme contigo y quedarme abrazado a la oscuridad, sin tiempo, sin ruido, sin fingimientos. Solo tú y yo. Sin cargas. Sin sentimientos que duelan. Sin la obligación de seguir siendo, fingiendo vivir una vida que ya se ha acabado.

Eduvirgen ya vivió lo suyo. Ahora es ella quien me sostiene.

Xiomara es una mujer hecha y derecha, con hijos que la llaman.

Ernesto se fue prometiendo volver… y las promesas también se cansan.

Yo ya no espero a nadie.

A nadie más.

A ti, sí.

FRAN KMIL

Si tú me dices ven.

Lo había aprendido en el silencio exacto donde la intención se vuelve ley: La palabra es eterna y está a disposición de quien la sepa usar

Modificó la realidad; ella le pertenecía porque así lo quiso.

Así lo imprimió en el éter del universo, el mismo que luego se llamó vacío y ahora materia negra.

Así lo decretó, con la misma autoridad con que Dios dijo: “Hágase la luz”, y la luz se hizo.

“Tú me amas.”

Tres palabras simples ordenadas a la imagen de la Iraida de su mente.

Las frecuencias y las vibraciones se encargaron del resto. Hicieron lo suyo para obtener el resultado.

—Hace rato estaba esperando a que me lo pidieras —dijo ella después.

Después de la visualización.

Después de que él le declarara su amor.

Feliz de haber comprendido el mecanismo del mundo.

Pero el amor desaparece si es de uno nada más.

Para el amor se necesitan dos cuerpos, como en la fuerza gravitacional. Cuando uno se aleja, la atracción se debilita.

Cuando ambos dudan, colapsa.

Tuvieron un desacuerdo,

una desalineación.

Los campos dejaron de coincidir.

Las palabras ya no vibraban igual.

Se separaron.

Él intentó repetir el gesto como quien pronuncia de nuevo una palabra sagrada esperando el mismo milagro.

Cerró los ojos. Respiró. Afinó la intención.

“Ven.”

No como súplica, sino como decreto.

Pero el éter no respondió.

Las vibraciones regresaron deformadas, como un eco que ya no reconoce su origen.

El desacuerdo no había sido una simple herida emocional,

sino la ruptura del campo compartido.

Habían dejado de orbitar el mismo centro.

Y entonces apareció la revelación.

Recordó detalles que antes había ignorado:

la naturalidad con la que ella había aceptado su confesión,

la frase exacta —“Hace rato estaba esperando a que me lo pidieras”—,

la sensación incómoda de haber llegado tarde a una idea que creía propia.

La verdad cayó con la precisión de una ecuación inevitable:

ella lo había visualizado primero.

Había sembrado en él la imagen de sí misma siendo deseada, invocada, amada.

Lo había visualizado visualizándola a ella,

para que él creyera que la idea había sido suya.

No lo obligó.

No hizo falta.

Solo alineó las probabilidades.

Él no había sido el autor del decreto,

sino el medio.

Desesperado, construyó una última escena en su mente.

Se visualizó frente a ella, sin fórmulas ni decretos,

diciéndole:

“Si tú me dices ven, lo dejo todo.”

En la visualización, ella lo miró un instante,

sonrió con una risa leve, casi piadosa,

y luego le dio la espalda.

No dijo nada.

No hizo falta.

La imagen se deshizo como una partícula inestable.

Ni siquiera en el territorio de la imaginación

tenía ya autoridad.

Ahora, separado de ella, intentaba forzar una gravedad que no existía.

Porque el amor, como había escrito sin saber que era una advertencia

no solo necesita dos cuerpos,

necesita dos voluntades que acepten caer.

“Ven.”

Lo dijo una última vez.

El universo permaneció en silencio.

Y en ese vacío, no el antiguo, no el oscuro,

sino uno más preciso y cruel,

comprendió que había perdido algo más que a ella:

había perdido la ilusión de control.

Quizá, pensó con una sonrisa amarga,

eso también había sido parte de su diseño. O El diseño de otra persona, ajena a los dos.

PEDRO A LÓPEZ CRUZ

TRES A LA MESA

Cada noche, justo antes de que el reloj marque las nueve, Julián saca los platos del aparador. Los coloca con una precisión casi ceremonial: el suyo, el de Clara y siempre, inconscientemente, uno más. El tercero lo deja frente a la silla vacía, alineado con el borde de la mesa, como si alguien fuera a ocuparlo en cualquier momento. Luego se lava las manos y espera. Siempre espera, siguiendo una especie de ritual aprendido con el paso de los años.

Yo lo observo desde el umbral. No tengo prisa. La prisa es para ellos. A mí me basta con ver cómo la casa sigue respirando su pena, cómo las paredes guardan el eco de pasos que ya no existen y el aire huele a sopa caliente y a recuerdos. Julián no me ve. Nunca mira donde estoy. Solo mira el lugar que falta, el que yo tengo reservado.

—Clara, está todo listo. Ya podemos empezar a cenar —dice, como cada noche. Pronuncia el nombre de ella con cuidado, como si pudiera romperlo.

Pero una vez más, la sopa se enfría. Julián se sienta frente al vacío y le empieza a hablar. Le cuenta detalles minúsculos del día: el pan que está algo duro, la vecina que ha cambiado las cortinas, el gato que volvió tras dos días perdido. Son cosas pequeñas, pero pesan.

El plato permanece intacto. No tiene huellas ni vapor caliente. A veces Julián cree ver una sombra reflejada en el borde, como si alguien hubiera acercado la cara.

—¿Te acuerdas? —dice—. Los jueves siempre hacías lentejas.

Los jueves. Yo también me acuerdo. De cómo Clara cantaba mientras removía la olla, de cómo el vapor le empañaba las gafas. Me acuerdo porque la memoria es mi territorio.

Cuando Julián termina de hablar, recoge los platos. Lava dos. El tercero apenas lo enjuaga, como si temiera borrar una marca invisible. Lo seca con cuidado y lo devuelve al aparador, siempre en el mismo lugar. Luego, apaga la luz.

Es entonces cuando me acerco un poco más.

No soy ningún monstruo negro con guadaña. No me interesa asustar. El terror verdadero es discreto: vive en la repetición, en los días iguales. En ese gesto que se reproduce hasta desgastarse. En ese plato que él me pone, inconscientemente, todas las noches.

Esta madrugada, sin embargo, algo ha cambiado. Julián no duerme. Se queda sentado en la cocina, observando la silla frente a la suya.

—Si estás aquí, dame una señal —dice, apenas susurrando.

Las señales son peligrosas. A veces, por compasión, sí es que en mí existe algo parecido, permito que se produzca un crujido, un temblor, una corriente de aire. Pero hoy no. Esta noche el plato extra hace algo por sí solo. Se desplaza un centímetro. No mucho, lo suficiente.

Julián se levanta sobresaltado. Su respiración se acelera. Mira la silla, luego el plato. Sonríe, pero la sonrisa ya no es la de antes. Ahora está algo resquebrajada y se parece más a una herida abierta.

—Lo sabía —dice.

Yo entiendo, entonces, lo que ha hecho sin saberlo: al poner un plato más ha puesto un lugar en la mesa. Al poner un lugar, ha dejado una puerta entreabierta. No para Clara, sino para mí. Y es que, si tú me dices ven, yo acudo fiel a la cita. Presta e inevitable. Está en mi naturaleza.

No voy a llevármelo aún. La muerte no siempre cumple de inmediato. A veces se sienta a la mesa y observa. Espera a que el vivo se quede sin hambre, a que el plato extra vacío pese más que el lleno.

Clara se fue un martes. Los martes son malos para morir: nadie los recuerda con solemnidad. Ese día no hubo tormenta ni campanas, solo un hospital con olor a desinfectante y una ventana que daba a un parking. Yo estaba allí, pero no hice ruido. Solo me senté a los pies de la cama y esperé a que su respiración se cansara.

Mañana Julián volverá a poner tres platos. Pasado mañana también. Yo estaré allí, aprendiendo su rutina, midiendo su cansancio. Cuando por fin ponga dos, solo dos, sabré que es el momento. Hasta entonces, me quedo en el umbral, mirando cómo la espera se sirve caliente, cada noche, en un plato que nadie toca.

Cuando por fin llegue ese día, la casa quedará en silencio.

Desde fuera, parecerá abandono.
Desde dentro, será una cena que, por fin, reúne a todos sus comensales.

MANOLI DÍAZ TORRALBA

Si tú me dices ven, pienso “ahora mismo”.

Pero lo digo en voz alta después de mirar el reloj, apagar el fuego, buscar las gafas y comprobar si llevo las llaves.

Treinta años dan para eso y para mucho más.

Ella dice “ven” desde la cocina, con ese tono neutro que en realidad significa “esto es importante, pero no urgente… todavía”. Él responde “voy”, que en matrimonio de tres décadas quiere decir “he oído tu llamada y me pondré en marcha cuando termine lo que estoy haciendo, que tampoco sé muy bien qué es”.

Cuando por fin llega, ella ya ha resuelto sola lo que necesitaba. No importa. Él se queda allí, apoyado en la encimera, por si acaso.

Si tú me dices ven, él viene incluso cuando no entiende por qué.

A veces es para abrir un tarro que ella podría abrir sola, otras, para confirmar que sí, que ese ruido raro de la lavadora es normal, otras, simplemente para compartir silencio.

Treinta años atrás, “ven” significaba levantarse rápido y correr incluso con los zapatos mal puestos. Hoy significa mantita, estufita y “espera que termine la peli”. La pasión ha aprendido a llevar zapatillas.

Se dicen ven también desde el sofá.

—Ven, que esta serie te va a gustar.

—Si tú me dices ven… pero solo un capítulo.

Dos horas después, siguen ahí, comentando a los personajes como si fueran familia lejana.

Han aprendido que el amor no siempre es llegar juntos, sino llamarse incluso sabiendo que el otro tardará un poco; que el “ven” no es una orden, es una confianza. Es saber que, aunque tarde, aunque refunfuñe, aunque se le olvide por qué iba… acabará llegando.

Y así, entre llamadas pequeñas, cenas repetidas y risas conocidas, se acercan a los treinta años de matrimonio.

Si tú me dices ven, no corro como antes.

Pero siempre voy.

GRISELDA SIERRA

Verás: entre las nubes de invierno, gordas y persistentes, y el manto oscuro que arropa mi corazón, mi ánimo decae. Los días en la ciudad transcurren grises y desasosegados, y los relojes avanzan con desgano. Aún así, en ocasiones se enciende una mínima luz de esperanza, que no termina de asentarse. Las nieves de temporada pronto comenzarán el deshielo, y tu dijiste que vendrías a casa cuando los cerezos estallaran en flor ¿Vendrás?

YOMALCKRY OSORIO

Encuentros.

Si tú me dices ven ahi estaré .

porque te extraño tanto.

Surcaria el cielo caminaria entre las nubes para volverte a ver.

Le quisiera pedir permiso a Dios

para volvernos a ver.

Y darnos infinitos abrazos hasta que se nos cansen

los huesos y las manos.

tal vez eres como esa mariposa tan bella volando ..

Ya son 3 interminables años en que no te he visto , me parece tan largo todo este tiempo. se han convertido en una verdadera pesadilla , es como un gran tormenta ,

Sólo te puedo ver en mis sueños .

Me muero por ver su carita y su hermosa sonrisa que era pura magia.

es corto ese instante ,

Haria detener el tiempo.

las horas no existiesen , y los dias menos .

No te hubieras marchado.

aunque el destino ya lo tenia marcado, contra eso no podia luchar.

Mamá te extraño tanto !

Tan sólo deseo escuchar nuevamente de ti Hija « Dios te bendiga« ! con eso tan simple seria realmente feliz.

En las mañanas tomar nuestro delicioso café .

Reirnos, Recordar, Conversar , con eso eramos sumamente felices.

Si tú me dices ven iria corriendo sin pensarlo.

Si tú me dices ven te diria « Te Amo «

Brasil : 1-02- 2026.

MAITE BILBAO

EL CORO

Escucho voces. Es el sonido de la vida; el rumor de fondo de un exceso de presencias enredadas en mi pelo, entre los dedos, en la ropa.

—¿Dónde está mi pantalón? —grita el menor mientras la mayor pregunta por la cena. Asiento a todo. El teléfono vibra en la encimera. Una notificación parpadea; el pulso metálico del deber.

Ven.

Mi madre se sienta a la mesa. Me busca la mirada y me ofrece ese café templado y un ratito de charla que sabe a historia pendiente.

Ven.

Entonces llega él. Me besa y deja el pan caliente bajo la luz. Su aliento huele a día largo y a esa calma doméstica que me reclama. Él espera a su esposa; mi madre a la hija; los niños a la madre. Su amor es un ancla firme, dulce, necesaria.

Ven. Ven. Ven.

Hoy también le mentí a mi amiga. «Tengo médico», le dije sin sostenerle la mirada. La culpa me escoció un instante, pero el hambre de oscuridad podía más.

Me detengo ante el perchero. Bajo el abrigo de paño —mi camuflaje— asoma la prenda de cuero. La mancha de tinta en el puño es la piel salvadora. Miro a los míos desde el umbral. Sería fácil rendirse, quedarse a cenar y ser la pieza perfecta del rompecabezas.

—¿Sales ahora, cielo? —pregunta él.

Salgo.

El aire de la calle rompe la rutina. Corta el vapor del pan y el vaho humano. Ahora la helada me agita las articulaciones. Cruzo la acera. Avanzo, como un bulto hacia la sombra. Mis dedos, con rastro de harina y oficina, se entumecen. El cuero conserva un calor residual, animal. Giro la cara hacia la avenida. Nadie me reconoce bajo la tenue luz del sodio.

Pulso el botón amarillento. El zumbido me recorre el brazo como una descarga eléctrica que me despierta los nervios. Subo los escalones de granito; me recibe esa frialdad de piedra bajo el agua, un aire denso que no sabe de inviernos ni de estufas. La puerta del estudio está mal cerrada; con las prisas de ayer ni siquiera eché la llave. Entro. Mantengo la chaqueta puesta. Frente a la mesa coja, abro el cuaderno. El papel está mudo.

Entonces llega el vacío. Un crujido seco. Reproche en blanco. Es una voz soberana que manda más que el jefe y suena más que los niños.

Es el Ven definitivo. El que envuelve hasta la primera palabra. Sujeto el metal. El pulso tiembla. El frío se olvida para dejar paso a la escritura. El eco de la cena y los mensajes mueren fuera. La página exige.

—Calla —digo.

Escribo.

Silencio.

ANGY DEL TORO

OTRA MUJER

La estancia hospitalaria duró tres días. Solo curas y drenajes: unos tubitos delgados que se unieron a mi dolor.

—Deberás evitar levantar objetos pesados o hacer movimientos bruscos con los brazos durante un mes.

Afortunadamente, no será necesaria la quimio local. Ten fe: todo volverá a la normalidad.

Ahora observo mi reflejo. Y la veo a ella. A la otra.

Una mujer que cuelga su sostén con un solo propósito.

Si tú me dices ven, lo dejo todo, había dicho.

Siempre a tu lado estaré.

Llorar contigo ante cualquier dolor será mi salvación.

—Si tú me dices ven, lo dejo todo. Aguanta ahí —respondí.

Aunque perdida y sin rumbo me encuentre, jamás te llamaré.

Vendrá hoy —dice que por los niños—, pero ¡qué va!

Quiere ser el primero. O quizás saciar su curiosidad, no lo sé.

Pero yo, de pie ante quien mi esposo fue, avanzo erguida y serena.

Sin miedo. Sin culpa.

Soy otra.

He vuelto a nacer.

CESAR TORO

Si tú me dices ven.

La cité a las 7 pm en el café París, aunque tenía que inventar una mentira para salvar el pellejo, pero que más da… una cana al aire sin mayores consecuencias, solamente vamos a conversar y tomar un café.

Es viernes, el tráfico como siempre fatal, el metro saturado, entre empujones y pisotones me abro paso y llego a la plaza, espero un tiempo prudencial ella no aparece, a punto de irme la veo venir.

— Hola ya me iba —se me hizo tarde esto es de locos me dijo —bueno vamos.

El salón está repleto, nos asignan la mesa, ordenamos y empezamos a charlar; ella me cuenta, la escucho muy atento sin interrumpir.

Como el tiempo es el peor enemigo, se nos ha hecho tarde, es hora de regresar a la rutina cada quien por su lado.

El ego se asoma y le digo:

¿Qué es lo que más te gustó?.

Creí que me diría el cheesecake.

La compañía fue su respuesta.

Entonces pensé.

Si tú me dices ven, lo dejo todo.

Como “Los Panchos”.

SILVIA GALLARDO

Si tú me dices ven

se acercaba en su silla de ruedas al aparato que estaba en un pequeño mueble de madera y sobre una mesita , su colección discos de su trío favorito. se inclino a tomar uno. lo tomo como quien cuida acaricia algo muy preciado , lo limpio y lo colocó en el tocadiscos,

– quiero que escuches esta canción. me gusta mucho y quiero que la aprendas ,para que la cantemos juntos en alguna reunión.

él era así , de espíritu bohemico

le gustaba cantar y a mi , me hacía disfrutar de sus anécdotas que relacionaba con las canciones

creo que estaba enamorado de alguien que le había «movido el apete»l como dice undicho para él representaba una entrega amorosa total, cargada de pasión y melancolía

en verdad era una delicia compartir con él,momentos espontáneos porque parecía un manantial de palabras que fluían desde su alma romántica y melancólica y abría una puerta que dejaba ver lo maravillosa que es la vida. a pesar de los pesares

el disco empezó a girar, él se acomodó en su silla y afinó su voz para cantar al ritmo de esa música que era su fascinación

empezó a cantar con voz afinada y nelodiosa que hacía perfecta combinación con las voces que aleteaban en el ambiente:proveniente delos famosos cantantes

siempre parecía que escuchaba esa frase «si tu me dices ven» y resuena en mi memoria fui con él, lo busqué y dejé todo ,Pero demasiado tarde, ya no lo encontré ya no lo volví a ver y cuando escucho esa canción, allí está su silueta eterna y alrededor de ella dibujadas las notas musicales de su etérea voz Por eso creo que la gente no se va, el eco de su existencia retumba en cualquier recoveco del universo que nos devuelve su esencia y escuchar esa canción, es sentir su vibra amorosa e inmarchitable

«si tú me dices ven, lo dejo todo, si tú me dices ven, será todo para ti

mis momentos más ocultos.

también te los daré

mis secretos que son poco

serán tuyos también.

si tú me dices ven todo cambiará

si tú me dices ven, habrá felicidad

si tú me dices ven, si tú me dices ven

no de tengas el momento por las indesiciones

para unir alma con alma, corazón con corazón

reír contigo ante cualquier dolor

llorar contigo llorar contigo

será mi salvación

pero si tú me dices ve lo dejo todo

que no se te haga tarde

y te encuentres en la

calle

perdida y sin rumbo

en el lodo

si tú me dices ven, lo dejo todo

la última vez que la escuché con él, rodaron por sus mejillas dos gotas transparente s que fueron sus voces silenciosa de despedida

IVONNE CORONADO

Responderé a tu llamada

Autora: Ivonne Coronado Larde

Si tú me dices ven, iré a darme una vuelta para llenarme de imágenes:

Las flores del jardín, todas abiertas; la luz entrando a borbotones; mi sombra en el rincón, polvorienta.

Todo lo vivo tiene un límite secreto, que llega con el eco de tu voz.

Me voy desnuda si me lo pides, porque si tú me dices ven, mi alma responde como una niña buena.

Si tu me llamas, no lo dudo: es hora de partir y voy sumisa.

Hoy cerré la última página de un libro ajeno. Ayer terminé de escribir el que me pertenece, escrito en hojas de un calendario antiguo.

Si tú me insistes en llamarme, me voy contigo: mis cosas están en orden, mi corazón tranquilo, sin odios ni rencores mezquinos.

La puerta se cerrará sin ruido cuando atraviese el umbral del miedo a lo desconocido, pero con la excitación de una aventura extraña, que comenzará cuando me digas: “Ven, aquí te espero”.

Tú me dices ven— ya voy, te digo: al fin y al cabo, tú ordenas; yo obedezco.

Nota: No pude obtener una mejor imagen. Hecha por Copilot.

Estaré ausente tres semanas.

BEA ARTEENCUERO

SI TU ME DICES VEN…

Hoy regresas con

Manto de colores

Y tus manos

Llenas de estrellas

Recuerdas acaso

El adiós Que quedó

Suspendido en el aire.

Aún tengo las últimas flores

Que me regalaste

el día que te fuiste,

testigo mudo de tu partida.

La ofrenda que se convirtió en alas de mariposas esperando tu regreso.

Sabes que?

Las guarde en cada poro de mi piel, para recordarte

No fue dulce,

fueron espinas

clavadas en mi alma muchas veces.

Te llamé en silencio y me

pregunté porqué .

Mientras mi piel

buscaba tus caricias perdidas

y mis lágrimas regaban tus últimas flores

Me quedé mustia

y sin lágrimas,

Solo el esqueleto

quedo de ellas,

y allí están.

Tal vez para recordar que te ame.

Hoy me dices ven,

como si fuera ayer que te marchaste.

Pasaron muchas noches sin estrellas, ni la luz de la luna me alumbró,

porqué se paralizó

mi universo .

Hoy tus palabras

caminan con la brisa y se pierden en la nada.

No se si te amo.

Tal vez estás en mi último suspiro.

Tal vez si…

Tal vez no…

Bea…

BLANCA MARINA RATNER

Nunca volvería a dejar

a mi madrecita

que lloraba

Era la primera vez

que la veía

–“Abuelita, dame la mano, que

no nos vamos a ver por un tiempo”

El bozo rojo empapado

las arrugas

que no había visto nunca antes

Ella no quiso venir

esa tarde al puerto

los cientos de brazos alzados

que la silueta redondeada

de la tierra

cubrio’

El lujo de la nave

los dieciséis días de navegación

el show de los pasajeros

el viento al zarpar

el mal del mar…

Habrían sido

muy trágicos los primeros años

precisamente los

cuatro

Jamás volvería a zarpar

los peques sin su abuela

que volvió

a verlos durante la infancia

cuando todavía le decían

“abuelita” y

corrían a su encuentro

Volvió a llorar la segunda vez

que la veía

cuando me dijo

que ese lugar le recordaba

a los chicos

cuando

eran pequeños

cuando todavía era “abuelita”

Fue el I Chin que

me invitó a cruzar las grandes aguas

las del olvido, las del recuerdo

borroso, las de la nostalgia, que

debo haber interpretado mal

No me hubiera movido nunca

de mamá, de sus bollos y

las fresias compradas

en la estación de Chacarita

a la vuelta del trabajo

Oro y Santa Fe, la Burdalesa y

el almacenero del mercado

de Godoy Cruz

Alimentos junto a perlas de

sabiduría envueltas

en papel manteca

Los vecinos tan amables

los plátanos de Charcas…

Hoy fui a sacarle fotos

el balcón todavía tiene el enrejado

de evitar atracos y caídas

Godoy Cruz tan cambiada

desde aquel 7 de marzo

en que bajábamos los cajones

medida estándar

Seis eran

en la nave Eugenio Costa

marrones, llenos de cosas

Que pocas nos han servido

En Europa todo

se regala a los extranjeros

Nada, de todo lo que nos faltaba

y ahora

nos sobra

Nada podrá

reemplazar

lo que aquella vez

se dejó…

Nunca la volvería a dejar a mi madre argentina, aunque tú me dijeras ven que aquí es un paraíso…..

ART MI

– Es el que está junto a la mujer. Ese es el hombre que mató a tu padre.

– ¿El que está a su izquierda o a su derecha?

– El del parche. Fue uno de los soldados de Cienfuegos. Decía tu abuelo que perdió el ojo en una emboscada allá por Río Grande, por eso dijeron que se retiró. Es mentira. Sigue trabajando, según él en modo oculto. Si se le ve el poder a kilómetros.

– ¿Y qué haremos?

– Es cosa tuya. Si tú me dices ven, yo estoy. Si me dices que nos vamos, nos vamos. Pero si me dices que dispare, es porque estás seguro de que eso es lo que quieres. Yo disparo.

– ¿Tú que harías?

– Cada hombre decide qué batallas quiere librar, y cada cabeza es un mundo, así que… No puedo decirte.

– Imagina que eres yo…

– Sabes lo que yo haría, y también sabes que no saldríamos vivos. Son muchos. ¿Los dos de la mesa del fondo y el que está sentado justo en la entrada? También son su guardia personal.

Decide qué vamos a hacer, pero debe ser ya; restan cinco fichas al centro y solo quedan tres hombres jugando.

– Soy joven para morirme, esa es la cosa. Me da miedo.

– Al ratito, o mañana, dentro de diez años, te vas a morir; mejor que sea porque tú lo decides y no porque la muerte te imponga condiciones. No seas cobarde. Cuatro fichas.

– Siempre te voy a estar agradecido por acompañarme, aunque esto no pase a mayores.

– Me había guardado esto porque lo prometí, pero si acá se raja todo, es justo que lo sepas. La mujer que bebe con ellos. Esa es tu madre.

– El abuelo juraba que se la llevaron los revolucionarios, junto con el titulo de partera de la abuela.

– Tu abuelo era un cabrón, para bien y para mal. A tu padre le jugaron chueco, y ahí los tienes. Tres fichas.

– ¿Sabes cómo se llama?

– ¿Tu madre o el hombre?

– Los dos.

– Amelia. Y de él, ¿escuchaste alguna vez que tus tías hablaban de la puta de “El alacrán”?

– Sí.

– Pues es la misma que estás viendo. Y ese es “El alacrán”, nadie sabe su verdadero nombre. Quedan dos fichas.

– Hubiese sido bueno conocerla en otra circunstancia.

– Lo lamento, niño.

– Siempre estuvimos en mal lugar y a mala hora, ¿verdad?

– ¿Qué puedo decirte? Así es la vida. El soldado ya va a tomar la última ficha.

(Se escuchan balazos dentro de la cantina).

* Texto experimental

LILIANA GIANINNI

¿Puedo renunciar?

Si tu me dices ven

te gritaría que no quiero

provocaría tu voluntad con mí voz.

Tu boca me atrapa en el escándalo de un beso

mí tiempo se detiene entre tus brazos

Resistiría y gritaría que me quedo

me atraes a tu negro de muerte

te doy la mano desgarrada de dolor

tu guadaña es mi amuleto sin suerte

ALFREDO LOZANO

LA FOSA

Si tú me dices ven, yo voy.
Eso es lo que siempre digo cuando necesito dormir. No para justificarme, sino para ordenar los pensamientos, como quien enumera los pasos de una receta que ya salió mal.

Era de noche y el pueblo dormía con esa forma de dormir, que tienen los pueblos pequeños, en la que nadie duerme del todo. Yo estaba en la cocina cuando oí los pasos en el patio. Los reconocí antes de abrir la puerta. Hay sonidos que uno aprende desde niño y ya no se quitan.

—Ven —dijo cuando me vio.

Me puse la chaqueta sin pensar. No pregunté adónde, tampoco por qué. A esas alturas ya sabíamos que las preguntas sobraban. Mi madre fingió dormir. O dormía de verdad, que viene a ser lo mismo. En este pueblo aprendimos a no ver para poder seguir mirándonos a la cara al día siguiente. Eso también lo aprendimos pronto.

Caminamos hacia las afueras del pueblo. La tierra estaba dura, cuarteada por el frío, y el aire olía a tomillo y oscuridad. No hablábamos. Él iba un paso por delante, yo seguía exactamente donde caían sus botas. Me concentré en eso, en no pisar fuera y en no pensar.

La fosa ya estaba empezada. No era profunda, Lo suficiente para que el cuerpo no se viera desde el camino. Me di cuenta de que había más gente alrededor, sombras quietas, hombres que no miraban directamente, como si todos estuviéramos allí por error. Nadie dijo nada.

Alguien me dio una pala. Cavé. No recuerdo cuánto tiempo. El cuerpo estaba envuelto en una manta vieja, de esas que pican incluso a través de la ropa. No quise mirarle la cara. Pensé que, si no la veía, quizá no tendría que recordarla después. Me dije muchas cosas pequeñas para no enfrentarme a la grande.

—Date prisa —dijo alguien.

Yo cavé más rápido. No porque me lo pidieran, sino porque quería terminar. Terminar siempre parece una forma de redención, aunque no lo sea.

Tapamos la fosa. La tierra cayó desigual y pisoteamos encima. Alguien escupió. Otro se santiguó sin ganas. Yo me quedé quieto, mirando cómo desaparecía el último pliegue de la manta.

Entonces volvió la frase. No dicha en alto, pero sí clara, si tú me dices ven. Y yo fui. Me di la vuelta, volví al pueblo, volví a mi cama. Al día siguiente me levanté y saludé a los vecinos. Nadie preguntó, nadie dijo nada. Así funciona.

Durante años creí que aquello se quedaría allí, bajo el campo, como se quedan las piedras grandes o las raíces viejas. Pero el pueblo no olvida. Solo entierra. Y la tierra, devuelve lo que se le da.

Ahora soy yo el viejo que se sienta al sol por las tardes. Los jóvenes pasan y no saben. O fingen no saber, que es otra forma de saber. A veces me preguntan por la guerra, por los años malos. Yo hablo del hambre, del frío, de lo que se puede contar sin que se noten los silencios.

Pero por las noches, cuando todo está en silencio, oigo pasos en el patio. No siempre. Solo algunas veces. Y entonces vuelve esa palabra, igual de baja, igual de inevitable, ven. No viene de fuera, eso es lo peor. Viene de dentro, del mismo sitio donde guardé aquella noche. A veces me levanto, otras no. Me siento en la cama y espero a que pase, como se espera una tormenta que ya no asusta, pero sigue mojándolo todo.

Sé que un día no podré resistirme, que obedeceré por última vez. No para cavar, ni para tapar nada. Solo para ir a ese lugar exacto del campo donde la tierra siempre parece un poco más hundida. Allí, dicen que la hierba crece más verde.

VICTOR EDUARDO HUARACHI BORDA

Recuerdo las frías noches y los abandonados días, la rutina interminable de seguir mi nariz por orden de mi estómago, un bocado por aquí, otro por alla, tomar algo con el hocico, sigiloso y salir corriendo, luego cortos momentos en qué el hambre me liberaba.

Recuerdo, dejarme llevar por el instinto salvaje, correr, a veces con otros solitarios desconocidos, por los descampados de esta ciudad cruel, laberintosa y doliente.

Recuerdo el miedo a la gente latente, los vehículos siempre cortando el paso; Los lugares prohibidos, territorios de humanos terribles o de perros agresivos.

La vida… Llena de inconsistencias de la calle, aquellas puertas abiertas que desprendían delicioso olor a comida, llenas de humanos; Tener que ver uno por uno de forma lastimera para obtener un bocado de compasión.

Un día fui atrapado, lazado del cuello y puesta en mis fauces una jaula, incapaz de luchar e imposible defenderme; Fui llevado contra mi voluntad, fui cautivó, medido y poco a poco domado.

Hasta ahora la comida no ha faltado aquí, el cuerpo ya no me pica, ya no gruño y ya no me retraigo en el fondo del canil; he salido, jugado y paseado; no lo sabía, hay humanos buenos.

He pasado buen tiempo aquí, y me dicen que soy un buen chico, ya soy un buen perro. Ha llegado el momento de tener un hogar, de elegir a mi humano, uno que nunca me dejará.

La sala está repleta, todos estos humanos esperan, solo esperan que nos acerquemos, el instinto me guiará a elegir al mío.

Si tú me dices ven, yo seré tu amigo y empezará la vida otra vez.

NILA J BOHORQUEZ

Aún estaba danzando en las honduras de mis sueños, cuando de pronto una serena voz interrumpió lentamente mi viaje onírico…¡Ven!…¡Vámonos!…y yo, mirando sus manos queriendo asirlas a las mías…

Desperté aturdida pensando en un hecho real, con máximos latidos en mi corazón, escuchándome gritar…

¡No!…¡No!…¡No es mi tiempo todavía!

Era el inconfundible timbre de mi querido esposo (quince días después de su partida a la eternidad).

En ese «interim» entré en calma, pero mi mente no dejó de revolotear en el espacio buscando respuestas, buscando sentido a la presencia espiritual en mi sueño o no, de mi amado Martin…¿Por qué había venido a buscarme?…¿Qué quería decirme con su tono suave y apremiante?…

Me senté anonadada en la cama con las pulsaciones ‘a millon’, mirando alrededor de la habitación vacía.

La oscuridad de la noche comenzaba a disiparse y la luz del amanecer se filtraba por el ventanal…me acerqué para abrirla y observé el horizonte teñido de maravilloso matices rosados y anaranjados, espectáculo hermoso que me hizo recordar más a mi amado cuando disfrutaba de las auroras, despertándome para admirar tanta belleza, unidos en un caluroso apapacho.

Súbitamente, sentí una sensación de paz que envolvió todo mi espíritu. Me di cuenta de que él no había venido a buscarme, sino para decirme que estaba bien, en un adorable lugar celestial y que yo debía continuar por estos caminos señalados por el destino. Sonreí, pero lágrimas (entre alegría y tristeza), salpicaban en mi rostro, pues sabía que siempre estará conmigo…en mi mente y en mis sueños.

Salí de la recámara y me apoyé en el sofá…pensativa…y acariciando con dulce mirada las fotografías colocadas en la mesita de mármol, observando con ternura su elegante figura, susurré suavemente…

¡Gracias por visitarme!…¡Te amo!

¡En esos instantes sentí que me respondía con su inolvidable y expresiva sonrisa y con un abrazo que solo se siente en la profundidad del alma!

RAÚL LEIVA

Lemniscata

Si tú me dices «ven», un porqué se me suicida.

Elijo los silencios, las miradas, las salidas.

Si me das una oportunidad, salto al vacío;

si pronuncias mi nombre en voz alta, desvarío;

si me escribes una frase, me desarmo, indiferente.

Ya no creo en las calmas indecentes,

ni las virtudes se me antojan un presagio.

Me acostumbré a ser parte del naufragio,

a sobrevivir y ser a pesar de los engaños.

Aprendí a crecer salando cicatrices hasta hacerme daño,

y es por eso que no abrigo la esperanza de que me elijas.

Y si por esas cosas me dices «ven», mi respuesta es una fija:

callaré tan fuerte, que nunca vas a saber cuánto te extraño.

BLANCA CERRUTI

RECOBRAR SUS RAICES

Recién cumplidos los treinta años, Loriana comienza a tener un sueño recurrente. En él aparece una casa que parece abandonada, de una sola planta. A su alrededor no hay nada ni siquiera se ve sobre qué está asentada. Se despierta ansiosa sin enteder el porqué, ya que no le trae ningún recuerdo.

Una mañana, al despertar, cansada de soñar una y otra vez con la casa, como si pudiera oírla y responderle dice en voz alta: «¿Por qué sigues apareciendo en mis sueños? ¿Tienes algo que decirme? Si tú me dices “ven”, te busco y voy, pero muéstrame una señal».

A la noche siguiente el sueño se repite, pero en la puerta de la casa aparece un letrero: «Expropiada». Loriana se despierta sudorosa…«¿La casa me ha escuchado y respondido o sigo soñando?», se pegunta. Enciende la pantallita de la mesilla y se sienta en la cama. No sigue soñando, está muy despierta.

Algo se remueve en su interior. Ese sueño significa algo. La casa le ha «respondido», van a expropiarla. Tendrá que buscarla antes de que sea demasiado tarde. Pero cómo, sin un solo dato que la ubique.

Loriana no deja de darle vueltas y al fin encuentra el modo. La buscará en Internet por imagen, pero no tiene una foto de la casa. Sin embargo, en el sueño, la ve con tanta claridad que podría dibujarla y darle un poco de color. Luego haría una foto y probaría.

Prueba y, aunque le parece increíble, Internet ubica la casa. Está en otra ciudad, a dos horas en coche. Loriana prepara el viaje.

Por fin se encuentra frente a la casa que aparece en sus sueños. Está en una barriada de casas viejas, todas expropiadas para construir una urbanización.

Se acerca a la puerta. No tiene llaves, pero no las va a necesitar, está tan desvencijada que con solo empujarla cederá. Así es, la empuja y cede.

Nada más pisar la entrada, la imagen de un patio cruza su mente. Lo busca. Lo encuentra y entra. En un rincón ve un triciclo. Nada más tocar el manillar, se ve sobre él pedaleando por el patio. Cuando lo suelta la imagen desaparece.

Se dirige a las habitaciones. En la que supone sería la suya, sobre la camita hay una muñeca. Al cogerla y abrazarla, se ve feliz jugando con ella en la sala.

Sin soltar la muñeca va en busca de la salita. Cuando entra, junto a la ventana que da al patio, hay una mecedora. Al acariciar el reposa brazos se le representa su madre sentada, con ella en brazos, tendría apenas dos años, leyéndole un cuento. El corazón se le desboca.

Se acerca a la ventana y ve, grabado en la madera del ventanillo, su nombre: Lori, al leerlo, le resuena en la mente la voz de su madre que la llamaba así. Nadie ha vuelto a hacerlo.

El aparador, está tan lleno de polvo, que parece gris. Abre uno de sus cajones. Dentro, hay unos cuantos dibujos y una caja de pinturas. Los saca y los extiende sobre una mesa. Algunos solo son garabatos de colores, en otros, ya aparece una casa con su caminito, un árbol, el sol, una nube…que se repiten, pero cada vez mejor y algo diferentes.

Abre otro cajón. Allí están los cuentos, y recuerda cuanto le gustaba que su madre se los leyera o se los contara.

Loriana está recuperando una parte de sí misma que, ni ella había sido consciente de que le faltara. No obstante, algo en su interior lo sabía y, de ahí, el soñar una y otra vez con la misma casa que, desde el sueño, la llamaba.

Afortunadamente ha escuchado su llamada y ha ido en su busca. Emocionada deja escapar unas lágrimas, ha encontrado sus raíces. Ya no es una joven que no sabía de dónde venía, pues su madre, siempre enferma, había muerto cuando ella era tan pequeña que ni tiempo tuvo de contarle nada. Su padre volvió a casarse, solo no era capaz de criarla, y ya nadie le habló de su primera infancia.

Nunca se preguntaba por ese antes de su vida, pero sí sentía como si la hubieran dejado en el mundo ya de mayor. Sin embargo, una necesidad subconsciente de recobrar ese espacio, fue lo que provocó que soñara recurrentemente con la casa.

Al atreverse a buscarla ha encontrado la parte de sí misma, que, sin saberlo, siempre había echado en falta.

Loriana hace fotos del patio, de su habitación, de la sala… Luego, coge el triciclo, la muñeca, los dibujos, los cuentos y hasta la mecedora. Recolocando los asientos traseros le ha cabido todo en el coche.

Por último, quita de la puerta el aviso de «expropiada» y hace una última foto: a la casa. Guarda el móvil, sube al coche y emprende el regreso.

Mientras conduce, piensa en su infancia recobrada, en sus raíces y , por primera vez, siente que sabe quién es.

SILVIA RAFI

A.TU LLAMADA…

Si tú, o tú.. .me dices ven, yo no voy a dejar nada por hacer de lo que tenga planeado, de lo que me apetezca. Sólo acudiría si en un caso casi de vida o muerte nadie más que yo pudiese acudir.

Te he regalado ya demasiado tiempo de mi vida, a cambio sólo de absorber más y más. Tantas veces te has presentado irrumpiendo en mi vida; y tantas encontraste la puerta abierta; con tu arrogante puesta en escena de absoluto protagonismo menospreciando, ninguneando, lo que para mí era importante.

Tanto y tanto me llegaste

a agobiar… Tras tantas veces de vivenciar esas actitudes tuyas, disimuladas con elogios (de sonido hueco) y declamaciones de cariño (también sonando a hueco), pude ver clarísimamente en qué consistía nuestra relación..

Y ya no más. Así que ni

se te ocurra decirme «ven’.

Y si eres tú, o tú…que me dices ven, aún no sintiéndonos cercanos, en busca de alguna ayuda, o quizás simplemente para charlar un rato…, lo haré cuando el tiempo que invierta para tí no reste del que deseo invertir para mí.. El tiempo es vida y mi vida es mía..

No voy a engañarte permitiendo que creas lo que no es. No voy a desempeñar ningún rol en tu vida; no voy a regalarte asíduamente tiempo del que disponga para vivir la mía, aunque sí te pueda tomar cariño.

Y quizás, si insistes…, para librarme de tí alegue excusas.

Pero si te sientes hundir y necesitas con urgencia un abrazo, unas palabras que te consuelen, arropen… entonces, por favor, dime ven si soy yo quien más cerca esté de tí, ni aunque nunca antes nos hubiésemos visto

Y si tú, o tú…, aún sin apenas conocerme, percibes que yo también percibo cuánto y cómo podríamos llegar a entendernos, a compartir…

muchas cosas tal vez, o

tal vez pocas pero sinceras, quizás intensas…,

y entonces tú, o tú…me dices ven, buscaré recovecos en mi vida para llenarlos contigo; y también contigo….

Y si eres tú, o tú, o tú…, quien me dices ven, si sientes nostalgia de mi presencia, si deseas compartir alguna alegría o alguna tristeza, si quizás añoras momentos que juntos hayamos coincidido, si deseas fraternizar, así en vivo, algunas de nuestras selladas complicidades… Haré lo que esté en mis manos para que me resulte posible acudir donde tú estés, con el placer de sentir tu risa o la tristeza de sentir tus lágrimas, y percibir tu respiración, tu mirada reconociendo la mía, tus familiares gestos y expresiones… Tú sabes bien dónde estoy y dónde y cómo encontrarme.

Pero si eres Tú, o Tú…

quien me dices Ven…

Entonces, como en la letra de aquel entrañable bolero…:si TÚ me dices ven, yo lo dejo todo.

(Sílvia Rafi Gracia//03/02/2026)

ZA SAN

<< Si tú me dices «ven», quizás en otra vida ni me hubiera marchado. Aún recuerdo el olor a tierra mojada cuando mis ojos se mimetizaban con ella. Si tú me dices «ven», es sinónimo de que ya me he ido; y si hoy tienes que pedírmelo, es porque ambos sabemos que no nace de un «te quiero», sino de tu propia necesidad. Si hoy me dices «ven», posiblemente mi boca escenifique la mejor de las sonrisas; pero, aún así, ni mi cuerpo ni mis ganas se girarían. Y no porque sienta odio hacia tu reclamo, no!

Se trata, sencillamente, del amor que decidí guardarme para mí misma >>

LETICIA R MENA

MELODÍA PARA UN AMOR

Las familiares primeras notas de aquella canción empezaron a sonar desde el viejo tocadiscos rescatado del trastero. Allí le hacían compañía el polvo, álbumes de fotos en blanco y negro, y una caja llena de viejas cartas, unas con la letra redonda y desordenada del abuelo y otras con la caligrafía fina y picuda de la abuela. En ellas se narraba parte de su historia de amor.

No fue la suya una de esas historias de telenovela de tarde, llenas de villanos que impiden su felicidad y obstáculos que acaban superándose para un final lacrimógeno.

Fue un amor lento, pausado. Cocinado a fuego lento como los guisos de la abuela.

Él era fotógrafo, de barrio, y zapatero remendón, y albañil, y otras tantas cosas que pusieran un plato de comida en la mesa.

Ella era costurera. Con cuatro retales te hacía un vestido que tanto valía para una boda que para un entierro.

La canción llegó al estribillo justo al mismo tiempo en que el perfume con toques de limón de la abuela apareció casi por arte de magia.

La imagen de la abuela Julia se me apareció ante los ojos, tan claramente que, aun si fuera menos real, podría haber extendido los dedos y tocarla.

Tarareaba la canción, su canción, al tiempo que bailaba abrazaba a la camisa del abuelo Lorenzo. La misma camisa que yo sabía guardaba perfectamente colgada en el rincón del armario. Aún conservaba su olor, eso decía ella. Siempre pensé que de vez en cuando la abuela la rociaba con el perfume del abuelo. Para que así, de algún modo, él no terminara de irse de su lado.

Contaba las varias versiones de como él, a quién conocía de toda la vida, la había sacado a bailar, esa canción, justo esa canción. Unas veces ella decía que no. Otras era ella quién daba el primer paso.

Nunca pude confirmar cuál de todas las versiones de la historia era la real. El abuelo Lorenzo murió sin yo conocerlo, más que por las escenas de vida que madre, abuela y tíos contaban cuando la nostalgia les atacaba en una guardia baja. Supongo que como en todo, todas esas versiones tenían su parte de verdad.

Las últimas notas anuncian el fin de la canción.

El recuerdo de la abuela Julia empieza a querer desvanecerse de nuevo. Un último destello, el recuerdo de una conversación. Era sobre el amor. Un yo apenas aterrizado en la temprana edad adulta le preguntaba«Vale la pena».Ella sonreía, con los ojos brillantes, lejanos en otro tiempo y en otra compañía. Ella sonreía, y sin contestarme, empezaba a tararear de nuevo la canción.

Si tú me dices ven…

ARCADIO MALLO

SI TÚ ME DICES BEN

Olía a pintura fresca. Y a humanidad.

La sala estaba a reventar. Era el tema de conversación de todos los corrillos del pueblo. Hasta en el ayuntamiento, había sorprendido a Rosa, la secretaria, y a don Manuel, el alcalde, hablando de aquel local. Disimularon, con un cambio de tema exagerado al verle entrar. Se había notado mucho. Así se lo hizo saber al regidor mientras jugaban la partida en el bar del barrio. En confianza. Pues era uno de los pocos momentos en que podía tratarlo sin el don, como buenos amigos de infancia que eran.

La música sonaba muy alto. No faltaban los grandes éxitos del momento. Se escuchaba «Eres tú» de Mocedades cuando sus ojos chocaron con la mirada más hermosa que había visto jamás. Estaba seguro de que la encontraría allí, una noche más, riendo, como de costumbre, en el corrillo de amigas que se juntaban a un lado de la pista, esperando que alguien las sacase a bailar. Esa noche estaba decidido a ser quién la invitase, antes de que nadie se le adelantase.

Mientras la música seguía animando la noche, Jeanette parecía hablar por él con su canción «Porque te vas». Probó el JB con Coca-Cola que le acababan de servir y volvió a buscarla entre la multitud. Allí estaba, su mirada sostenida, que le hizo sonrojarse. Manuel le había insistido aquella tarde en que no dejase pasar la oportunidad de invitarla a bailar y hablar con ella. Él, poco optimista, se veía vencido por su timidez una noche más.

Cantaba Nino Bravo su «Te quiero, te quiero», cuando vio como sus esperanzas se disipaban. Ramiro, el policía local, se había acercado al grupo de chicas. Con su chupa de cuero y su pelo engominado. Todo el mundo conocía su faceta de don Juan. Decían que sería por eso de ser un hombre armado, pero donde ponía el ojo ponía la bala. Pocas eran las chicas que se resistían a sus encantos. Aunque aquella noche no le sonreía la fortuna. Aquellos ojos bonitos habían declinado la invitación.

Si Ramiro no lo había logrado, poco había que hacer. Sonaron entonces Los Panchos. Apuró el JB y se dirigió hacia Rosa, atrapado por su belleza desde la primera vez que la había visto. Ella lo siguió con la mirada hasta que lo tuvo justo enfrente. En un acto irreconocible en él, le tendió la mano canturreando «Si tú me dices ven, lo dejo todo». Ella miró al suelo, entre avergonzada y halagada. Fue en ese momento cuando se creyó derrotado. Sin embargo, le tendió la mano y se dejó llevar a la pista.

«Si tú me dices ven, lo dejo todo», terminó la canción. Las luces se apagaron. Aquel abrazo duró unos segundos hasta que se encendieron de nuevo. Para él fue una eternidad. «Si tú me dices ven…», le había susurrado Rosa al oído.

GERARDO BOLAÑOS

Si tú me dices ven… Lo dejo todo.

Si tú me dices ven, haré pedazos la calma de mis días ordenados. Mandaré al olvido el café de la mañana, el reloj, la luz tibia de mi lámpara y este silencio que hoy es mi única compañía. No me importa el valor de lo cotidiano, porque frente a tu nombre, todo lo que importa es nada.

Si tú me dices ven, dejaré mi piel sobre el asfalto para encontrarte, con el hambre de mil años contenida en el vientre. Quiero que mis manos dejen de imaginarte y se hundan en tu carne, que es mi única tierra prometida. Es una lujuria de sombras, un deseo que sabe a hierro, una sed que no se apaga con agua, sino con tu aliento chocando contra el mío en un suspiro desesperado.

Aún no me reclamas, aún no eres mía, pero mi cuerpo ya se sabe de memoria tu geografía inexistente. Es este amor que no se rinde, que arde en la espera, un volcán que solo necesita que pronuncies mi nombre para que yo desmonte mi vida, piedra por piedra, y corra hacia el abismo de tu boca, aunque sea para quemarme por fin en tu verdad.

MARÍA MONTERO

VOZ DE DESTINO

Si tú me dices ven, iré. No porque sea sencillo, sino porque hay palabras que no se razonan: se reconocen en el cuerpo. Hay un modo de decir ven que no suplica ni promete salvación; un modo que abre el pecho como se abre la mañana cuando aún no sabemos qué luz nos espera.

Si tú me dices ven, no será huida, será elección. Iré sabiendo que el amor no garantiza nada, que también se pierde lo que se elige y que la luz, a veces, alumbra justo donde más duele. Pero iré igual. Porque hay destinos que no se explican, se caminan. Y hay encuentros que no llegan para quedarse, sino para cambiar la forma en que respiramos el mundo.

Si tú me dices ven, aceptaré el riesgo de no volver intacta, de amar sin red, de confiar en el temblor. Iré con el corazón expuesto, con la fe torpe de quien sabe que vivir es ponerse en juego una vez más. Y si todo arde, arderá. Pero habré ido. Y habrá valido la pena solo por haber seguido esa voz exacta que, por un instante, sonó como destino.

CARMEN ÚBEDA FERRER

El corderillo negro

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En un pueblecito enmarcado en la perfección de la sierra de Gúdar, mucho antes de que quedase deshabitado, fue un pueblo sencillo que se dedicaba al cultivo de cereales y a la ganadería de ovejas y cabras.

Las leyendas y las supersticiones populares siempre han sido un patrimonio de estas pequeñas poblaciones. Un elemento primordial y surrealista que les añade un atractivo especial.

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En una de las masías diseminada por la sierra, vivía con sus padres, Acher un niño trabajador y alegre que había cumplido los ocho años de su corta edad.

Acher ayudaba a su padre en el cuidado del ganado de las ovejas ojinegras. Su madre se ocupaba de la diligencia de la casa. El gallinero y la vaca.

En una noche oscura, más oscura que la pez, la Tiznada tuvo la feliz ocurrencia de parir un corderito negro, tan negro como la noche sin luna en la que acababa de nacer; mas el blanco de sus ojos brillaba como brillan las estrellas.

Acher quedó enamorado de aquel animalico de oscuro bellón. Era la primera cría que había nacido en la sierra con aquel uniformado color.

-Padre, ¿me regala el corderillo? Yo lo cuidaré. Me querrá y acudirá a mí encuntico le vocee ¡Ven!

Le llamare por nombre Negrillo.

-¡Acher! ya sabes que no podemos encariñarnos con los animales. Hay que tratarlos bien, pero solo son trabajo y alimento. La oveja negra trae mala suerte. En la masía nos tendrán señalados como familia en desgracia hasta que nos deshagamos de él. Lo dejaré unos días que se amamante de la madre. ¡Después para carne!

El pastor era un hombre bueno, aunque frío en sus modos y sus decisiones.

-¡Padre, no lo mate! Ya no me dejó, usted tener ningún perro. El corderillo lo cuidaré y lo amagaré de las malas miradas. ¡Padre, por favor! Es tan majico.

-Es tuyo. A ver lo que haces con él. Ya sabes que da mala suerte.

—————————–

Negrillo siempre que le voceaba su amo acudía alegre y retozón para recibir sus caricias.

Acher y Negrillo fueron siempre grandes amigos. Crecieron juntos y, contra todo pronóstico, no atrajo la mala suerte a su dueño. Cuando llegó a su edad adulta se convirtió en el semental de las ojinegras, dando ello comienzo a un nuevo rebaño de ovejas más negras que la pez, que destilaban una leche espesa y abundosa más blanca que la nieve.

Su abundante lana era negra como una noche sin luna que brillaba como brillan las estrellas.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

Si tú me dices ven

El reloj marcaba las 15:03 de un día radiante de primavera. La mesa estaba puesta para que los cuatro miembros de la familia se dispusieran a almorzar. Jaime, el hijo mayor, pronto acudiría del instituto donde cursaba segundo de Educación Secundaria.

—Jaime, por favor, cariño, no tardes, te estábamos esperando para empezar a comer —dijo su madre mientras ultimaba la mesa.

La familia se sentó a la mesa. Jorge, el pequeño, degustaba con agrado el estofado que había preparado mamá. Su pasión por la comida lo aislaba de las miradas expectantes y del silencio incómodo que parecía reinar en la mesa.

—¿No vas a contarnos lo que te ha sucedido hoy en el instituto? —preguntó el padre de los chicos.

—Nada, poca cosa, como otro día cualquiera —respondió Jaime, girando la cabeza hacia su padre con un gesto desagradable, como si percibiera que algo empezaba a oler a podrido.

—Pues tu madre y yo hemos estado hoy por el instituto.

—Ah, ¿sí? ¿Y eso?

—Nos ha llamado tu tutor y hemos tenido una reunión con él y con la directora.

—Qué bien… Seguro que ya está todo aclarado.

Jaime siguió comiendo sin ganas, con la única intención de evitar aquella conversación sobre su vida en ese nuevo lugar. Había terminado la etapa de Primaria sin ningún problema y comenzado una nueva en otro centro educativo. Al principio todo marchaba bien, hasta que, por normas del centro, al empezar segundo, la clase cambió y los compañeros eran casi todos distintos.

Fue entonces cuando comenzaron las malas notas, la falta de interés por actividades que antes le apasionaban y las horas cada vez más largas encerrado en su habitación.

El chico no lo expresaba, pero se sentía como una pieza en un puzle nuevo que no encajaba de ninguna manera.

—Como te he dicho, hemos vuelto a tener una reunión —continuó el padre— y nos han informado de que, de nuevo, te has enfrentado a esos chicos y…

—¡¿Y qué?! ¡Ya me tienen harto! —gritó Jaime.

Su voz fue como un huracán que hizo volar por los aires la calma que había reinado hasta ese momento.

Los cuatro se quedaron en silencio. Nadie se atrevió a hablar hasta que, tras unos segundos incómodos, la madre de Jaime le acercó un folleto que tenía a mano.

—¿Y esto qué es, mamá?

—Es la solución que hemos encontrado tu padre y yo para ti. Sabemos que lo estás pasando mal con esos chicos y hemos decidido mudarnos y empezar de nuevo en otro lugar. Este será vuestro nuevo colegio.

—¿Cómo? —interrumpió Jorge—. Yo no quiero dejar mi equipo de balonmano.

—Jorge, ¿recuerdas lo que le pasó a Raúl?

—Sí, lo de la lesión.

—Eso es. Cuando le sucedió, todos estuvimos con él y lo apoyamos. Hicimos todo lo posible para que se sintiera mejor, ¿verdad?

—Claro, mami. Era de nuestro equipo y lo estaba pasando mal.

La madre le acarició el cabello con ternura.

—Pues ahora es igual. Alguien de nuestro equipo lo está pasando mal y el resto vamos a hacer lo que sea necesario por él.

La madre miró a Jaime. Por primera vez en mucho tiempo, el chico notó cómo su cuerpo se destensaba, cómo ese nudo constante que lo oprimía.

—Entonces queda decidido —concluyó el padre—. A partir del mes que viene cambiaremos de aires. Dejamos la ciudad para ir al campo.

El tiempo pasó y la familia comenzó una nueva vida. Todo parecía ir bien… hasta que una tarde Jaime llegó a casa contento, pero con arañazos en los brazos.

Los padres, al verlo, volvieron a temer lo peor.

—Jaime, tus brazos… —dijo su padre, apretando los dientes mientras aguardaba una explicación.

—Esto… —respondió él, mostrando sin pudor sus antebrazos marcados—. Debéis confiar en mí. Todo está bien.

Al marcharse a su habitación parecía flotar en el aire.

Los padres se miraron con reservas, pero también eran conscientes de que su hijo había recuperado una energía que desde hacía tiempo añoraban.

Los días se sucedieron y, de vez en cuando, Jaime llegaba a casa con magulladuras físicas, pero la energía que desprendía no dejaba de aumentar.

Una tarde, tras salir del instituto, Jaime se adentró en el bosque. Allí, con el silencio como testigo mudo, tuvo un encuentro con un lobo.

Desde el primer día que se cruzaron, el muchacho y la bestia parecían decirse ven con la mirada.

Jaime sentía miedo, el mismo que lo paralizaba cuando tenía que enfrentarse a aquellos compañeros de clase que, día tras día, lo hacían sentirse más y más pequeño.

Pero estar frente a aquel lobo le provocaba un miedo distinto. Un miedo que le insuflaba aire en los pulmones y lo empujaba a avanzar.

Por su parte, el lobo no percibía al joven como una amenaza, sino como alguien con quien compartir el peso de la soledad que, desde que dejó atrás a la manada, cargaba sobre su lomo.

Y así fue como, en esa parte del bosque, aquel encuentro fortuito dotó al joven de una valentía que creía haber perdido y llevó al lobo, por su parte, a desafiar las leyes de la naturaleza que lo condenaban a errar solo por el bosque.

EVA AVIA

Nostalgia.

Camino por las calles ruidosas de mi ciudad natal, pero cada sonido me parece monótono, no porque falte nada, sino porque sobra silencio. Me detuve en el preescolar cuando escuché el timbre del receso, y vi a los niños sonreír divertidos, tan ajenos a los problemas del mundo. El corazón se me llena de recuerdos. Observo con nostalgia la nevería, donde alguna vez te llevé y compartimos un momento de alegría. Las emociones se arremolinan en mi pecho, porque cuidarte fue una forma de aprender a respirar despacio: velar tus sueños cuando la fiebre te hacía temblar, sostener la bicicleta hasta que un día soltaste mis dedos sin mirar atrás, y anhelar detener el tiempo cuando te medía años tras año en el marco de la puerta. Trago el nudo de mi garganta con la memoria del día en que tuve que fingir firmeza cuando me pediste una respuesta que yo aún no tenía. Me abrazo cuando el eco de tus pasos alejándose por el pasillo retumba en el recuerdo, con el olor del café enfriándose y con la certeza de que algo salió mal. Llego al río y lo veo como siempre: con una fuerza descomunal que lavaría cualquier pecado. Lo sé, siempre lo he sabido: sumergirme en él también me libraría de los míos. Si tú me dices: ¡ven!, mis pasos seguirán los tuyos, hijo mío, hasta que el río se haga mar.

YOLILLANA

Duelo en vida

No se viene a este mundo con manual de instrucciones, no se viene sabiendo cómo ser madre, o hijo, o abuelo, o nada.

¿Se puede dejar de ser madre?

Yo lo fui durante años sin que me llamaras. Tal vez me adelanté, supuse, me quedé, me marché, volví… cuando no tocaba.

Y ahora, cuando lo miro de frente, no sé si eso fue amor o miedo a que no me necesitaras.

No me duele irme.

Eso es lo más difícil de admitir.

Me da pena, mucha pena. Una pena honda, casi vergonzosa, como si haber llegado hasta aquí fuera la prueba de que algo hice mal, de que fallé en lo esencial.

Me inventé las instrucciones…

Yo insistiendo en estar, tú aprendiendo a vivir sin mí.

No hay duelo porque el duelo ocurrió antes, muchos años antes, mientras aún estabas, mientras yo aún luchaba.

Se lloran más las pérdidas que se estiran que las que se aceptan.

Me voy sin dramatismo, con esa tranquilidad amarga que queda cuando una deja de luchar y entiende, por fin, que también esto es una forma de amor, aunque no se parezca a la que imaginé.

Te dejo ser sin mí.

Hoy me sorprende la calma de no esperar tu llamada.

Pero si tú me dices ven

Tal vez…

BELBEL L

Mensaje de voz

«Pues, si estás esperando a que vaya si tú me dices ven, lo tienes claro, guapo.

¿Ya no recuerdas la faeníta que me hiciste en la disco? Pues, trágate tu chulería y pasa de mí. Cuando me dejaste tirada sin saber por qué, me dije a mi misma que ya podrías ponerte de rodllas frente a mi, suplicándome volver contigo que nunca jamás me verías el pelo.

Además, sabes que te digo que me hiciste un favor porque ya me cansaban tus bobadas de niño.pequeño y cuando te pavoneabas preguntándome lo que más me gustaba de ti, si el físico o tu inteligencia. No te respondía porque hubiera dicho: tu ironía, ¡so tonto! Ni eres guapo, ni mucho menos, inteligente.

Recuerda que tardaste siete años en acabar Económicas, sin contar los dos trabajos que te hice yo sin tener ni «flowers» de la materia. Me leí cuatro libros y algún artículo. Y ¡qué paradoja! Las mejores notas fueron los dos trabajos: notable. Y tú, aprobadillo justito.

Para acabar, recuerda bien lo que te dije un día:

Antes que tú en mi vida estaba Julia, tu «novia». Ese día en la disco, ella se fue contigo y aún no sé por qué me dejasteis ahí tirada. O sí, pero… «

Luisa

Ringgggg

Mensaje de voz.

‘Hola Luisa, cariño, te espero donde siempre, a las 20h».

Julia

AXY LINDA

Si tú me dices ven (confidencia real)

Después de 45 años de respirar libremente, de caminar sin sobresaltos, de leer lo que me gusta, conversar con quien deseo, usar la ropa que me place, de no recibir golpes ni humillaciones; ya sin violencia física, económica o psicológica, sin tener que soportar dolorosas violaciones sexuales y pudiendo decidir qué hacer con mis días.

Antecedentes:

A los pocos días de la boda, Jara me dejó tres listas.

Lista número 1 — Actividades:

6:15 a. m.: preparar el desayuno.

7:00 a. m.: desayunar.

8:00 a. m.: limpiar la casa.

10:00 a. m.: bañarme.

Leer páginas seleccionadas del libro El Capital de Karl Marx.

Etcétera.

Lista número 2 — Ropa prohibida:

Faldas o vestidos cortos.

Vestidos o blusas escotadas o halter.

Pantalones ajustados.

Etcétera.

Lista número 3 — Amistades prohibidas:

Todos los hombres que no pertenezcan a su familia o la mía.

Leticia, mi mejor amiga, por ser lesbiana.

Etcétera.

Tres listas que sufrí durante siete años, hasta que tuve el valor de decir: “Adiós, prisión”.

Recuerdo tus palabras: “Yo soy hombre y puedo tener todas las mujeres que quiera, y tú debes obedecerme y decir todo lo que haces, incluso lo que piensas”.

Hoy recibo atención, compañía, amor y respeto; hoy, hace cuatro años, estoy con quien puedo ser yo.

Así que, si tú me dices ven… ¿qué crees que haré?

TERESA SANCHEZ FREGOSO

Si tú me llamaras de nuevo, te seguiria hasta el confin del mundo, abrazaría las estrellas y la noche, y jamás habría más silencios, pues el latido de tu corazón arrebolaría mi alma.

Si me dijeras de nuevo ven, surcaria valles montes y lunas, hasta llegar al infinito de tu corazón.

Si tan sólo insinuaras que me amas, correría sin parar a tu regazo.

«Si tú me dices ven» se iluminaría mi vida en un instante, dejaría de ser extraña a mis silencios.

Y si llego a ti recuerda, que jamás volveré a irme de tu lado, y que jamás tendrás que repetir, «ven y quédate a mi lado».

CARMEN BERJANO

Si tu me dices ven…

Yo vuelvo

A tu abrazo

que reinicia

A tu conversación

que tanto me llena

A tus caricias

que curan roturas

A tus cuidados

que con los míos juegan

A tu sexo que con amor entregas

A tu presencia que me tiene dulcinada

De Madrid al cielo, dicen

Se equivocaron, eran tus brazos los que obraron el milagro

Era tu boca que entre palabra y besos cambió mi historia

Y es tu luz la que tanto brilla en mi memoria.

Carmen Berjano

JUAN C VALTIERRA

Si tu me dices ven

Ya tengo varios comentarios para los compañeros

Tiempo falta

Señal

Y mucho más

Para Maite , El idiota Y Fran

Pero aquí va algo a medio “jecho”

Ven

Por Juan C Valtierra

El martes llegué a las cuatro y media. Traía camisa limpia. El papel en la mano decía: “El martes. En la plaza. A las cinco.”

Tu letra. Tu olor a papel viejo.

Esperé hasta que se metió el sol. Hasta que entendí que no vendrías.

Volví el siguiente martes.

Y el otro.

Y todos.

“¿La conoce?”, le pregunté a la señora del mercado.

“Hubo una muchacha. Se fue hace años.”

“¿A dónde?”

“Al norte. O al sur. Quién sabe.”

Empecé a buscar.

Trabajaba miércoles a lunes. Los martes iba de plaza en plaza. San Refugio. Santa Ana. El Llano.

Siempre alguien decía:

“Creo que la vi.”

“Se fue.”

“Llegaste tarde.”

El calor me rajaba la piel. El polvo se me metía en los pulmones. Pero los martes seguían siendo tuyos.

Pasaron treinta años.

Me volví viejo persiguiendo sombras. El pelo se cayó. Las manos se agrietaron.

Un martes en Guadalajara un hombre me dijo:

“La vi. Dijo que volvía al pueblo.”

Regresé.

El pueblo ya no existía.

Sólo tierra. Calor. Silencio.

Me senté donde estuvo la banca.

Y lo vi: un papel blanco en el suelo.

Lo levanté. La letra temblaba igual que la mía.

“El martes. En la plaza. A las cinco. He buscado treinta años. Te esperé el martes pasado. Seguiré viniendo hasta que me muera.”

Tu nombre.

Fecha: el martes pasado.

Una semana tarde.

Me quedé ahí. Sentado en el polvo.

Entonces las voces:

“¿Ves algo, mamá?”

“Nada. Este pueblo lleva sesenta años muerto.”

“Juro que vi a alguien.”

“Son fantasmas. Todavía rondan.”

“¿Y la muchacha que citaba gente?”

Pausa.

“Nunca existió. Un cuento de viejos. Para no estar solos.”

“¿Y los que la buscaban?”

“Tampoco.”

No había nadie cuando abrí los ojos.

Miré el papel. La tinta se borraba.

Miré mis manos.

Tenían una mancha de tinta azul en el dedo índice.

Fresca.

Miré el papel otra vez.

La letra era mía.

Siempre fue mía.

Busqué en mi bolsillo el primer papel. El que encontré hace treinta años.

Lo saqué.

La misma letra.

La misma tinta azul.

La misma mano.

Me levanté. Las piernas no respondían bien.

Caminé hasta donde había una piedra. Grande. Hundida en la tierra.

La limpié con la mano.

No era piedra.

Era lápida.

Leí:

Mi nombre.

Fecha de muerte: hace treinta años.

Un martes.

A las cinco.

Me senté otra vez.

El calor apretaba.

Saqué un papel nuevo del bolsillo. No recordaba haberlo traído.

Saqué la pluma. Tampoco recordaba traerla.

Empecé a escribir:

“El martes. En la plaza. A las cinco.”

La letra me salió diferente. Como de mujer. Como tuya.

Terminé de escribir.

Dejé el papel en el suelo.

Me levanté.

Caminé.

No sé a dónde.

Al siguiente pueblo, tal vez.

A seguir buscando.

Porque los martes no se detienen.

Ni siquiera para los muertos.

Detrás de mí, en el polvo, quedó el papel.

Esperando.

A que alguien lo encuentre.

A que alguien venga.

El martes.

A las cinco.

Y el viento.

Sólo el viento.

Y el calor que no perdona.

Y la tinta azul secándose en mi dedo.

Como se ha secado siempre.

Cada martes.

Durante treinta años.

O sesenta.

O para siempre.

LINOSKA BARANDA

Si tú me dices: Ven.

Después de que te fuiste, me quedé sentada en el mismo lugar. No podía pensar en otra cosa que en las palabras hirientes que dijiste y en las que yo dije también. Me preguntaba una y otra vez qué otra cosa podría haber respondido. Nada venía a mi mente.

No es la primera vez que algo como eso sucede; se ha ido convirtiendo en algo común: discusiones, acusaciones y la búsqueda de un culpable al final. Te he amado mucho; tal vez por eso siempre he tratado de comprender o, al menos, de hacer el esfuerzo por entender. Se hace difícil salir de este círculo vicioso en el que estamos…

Esa noche, al irme a la cama, me sentí mejor a pesar de todo, pero el despertar fue el que me trajo la respuesta que había estado buscando en mi cabeza la noche anterior: mi vida no está acabada, solo es una nueva etapa que tengo delante. Voy a descubrirla y sé que, si me dices: “Ven”, no voy a ir. No esta vez.

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2 comentarios en «Si tú me dices ven – miniconcurso de relatos»

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