Todo incluido – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con con el tema «todo incluido». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 29 de enero!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMILIA CREGO

NUEVAS EMOCIONES

En días tristes, sonrisas dulces; debió de pensar Sofía. En el todo incluido de un hotel de cuatro estrellas fue a quitarse las penas un 20 de abril del 90. Un fin de semana de trabajo, de relax, romántico o de aventuras varias. Cuando la primavera empezaba a sonreírle a la vida, Sofía se había hundido en mares de lágrimas. Una vida llena de manos sobre sus espaldas y estas impregnadas en cremas con el aroma de la lavanda. Una rutina que la hizo depender de unas manos que la trataron con delicadeza y llenando las horas vacías. Se iba llenando de gloria en esos días sin sentido en una vida llena de caprichos y estos envueltos en una profunda tristeza.

Una pareja ejemplar debieron pensar los transeúntes del Retiro o en el “Museo del Prado”; allá donde iban su marido Luis Mario y la chica de la sonrisa dulce, eran dignos de admiración. Por el saber estar, por la elegancia de sus prendas y en línea con el deseo. En la intimidad, los años vividos se fueron en suspiros de añoranza; por el recuerdo de aquellos besos robados en las mañanas frías del mes de enero y de flores blancas expuestas en el hall de una estancia llena de luces al anochecer. Sus vidas estaban llenas de días de ensueño envueltos en sábanas de seda y caricias con el tintineo de las estrellas al brillar en noches cálidas y serenas.

Habían pasado veinte años y, tras ese periodo de tiempo lleno de acontecimientos, el destino quiso hacerles una mala pasada. Una mañana gris y fría invadió sus cuerpos; la distancia fue aún mayor con el desánimo y en busca de otras caricias. Volvieron a florecer las nubes y el azul del cielo se pintó de un arcoíris. El gris dio paso a un manto florido, pintado en un cuadro de “Sorolla”. Luces blancas bajo un sol espléndido, regalo de un día lleno de dulzura, paseando por la costa y con la brisa acariciando el rostro de Sofía.

Así debió de sentir sus días de ensueño y volver a vivir en su cuerpo nuevas emociones.

PEDRO PARRINA

TODO INCLUIDO: TRATO VIP, PENSIÓN COMPLETA, DAÑOS A TERCEROS, TODO RIESGO, EDUCACIÓN, SANIDAD…

A la pregunta de ¿Qué compañía de seguros me aconsejas?

Solamente puedo aconsejarte que, de entre todos los tipos de seguros: vida, accidentes, hogar, vehículos, defunción, etc…, hay uno en concreto, una compañía aseguradora, que no tiene cláusulas de exclusión, ni letra pequeña, que da cobertura ante cualquier adversidad climática o evento cataclísmico, sin condiciones generales ni particulares, sin vicios ocultos, completamente gratuita, no tiene límites legislativos, es un “Todo incluido” y no requiere de la firma de ningún contrato… La respuesta es: una filial dependiente de otra principal; la compañía de tus padres, denominada maternidad y/o paternidad.

Para todo lo demás revisa el apartado: Seguros de amistad y las condiciones generales del contrato de matrimonio.

18/01/2026

ANTONICUS EFE

¿Qué hay en la mente del demente qué dice tener una misión?

¿Está todo incluido en su locura o existe alguna contradicción?

Había un zanahorio gigante que se alimentaba de conejos, en el huerto se creía el más importante y se decía también pastor de borregos.

Zanahorio Tapia siempre había sido un poco excéntrico, a pesar de tener ya muchos riegos para el cuerpo, le seguían gustando las hortalizas jóvenes y el poder, sobre todo, el poder. Se había ido adueñando poco a poco del huerto y ahora nadie osaba toserle encima, pues por alguna extraña razón, los borregos del rebaño le seguían y se comían cualquier hierba, fruta u hortaliza que osara desafiarlo y ahora se había empeñado en adueñarse de cualquier huerto ecológico que se negase a regalarle sus jóvenes hortalizas.

Pero un buen día los conejos salieron del hechizo al que estaban sometidos y se comieron al zanahorio gigante completamente, piel y hojas incluidas y los demás zanahorios fake captaron el mensaje y se dedicaron a ser caldo para el cocido.

Colorín colorado, por desgracia creo que este cuento todavía no ha acabado ¿o sí?

CARLOS TABOADA

HABLANDO DE LIBROS

Felipe es un tipo extraordinario, y por eso me llama a las dos de la noche para decirme que acaba de leer un libro y que nos debemos ver el sábado. El timbrazo heavy ha despertado a mi mujer, y digo vagamente —una estúpida mentira que podría ocultar la ansiedad de alguien que piensa en mí— que es del trabajo, cuando jamás me llamarían de la oficina situada en el cuarto piso de un viejo edificio de Madrid, aun cuando el tinglado hubiese explosionado o un incendio chamuscado la docena de ordenadores. Salgo de la habitación y me siento en la tapa del váter con el culo al aire y le digo que espere, en un tono extraño y relevante: susurrando incluso con impaciencia amenazante. Pero por algún motivo encuentro endeble la tapa, y tal vez por una cuestión de higiene al reposar los carrillos al descubierto, me decido a alcanzar con la mano la toalla gris para doblarla un par de veces y sentirla acolchada. A continuación, agarro el móvil encendido en el suelo y solo digo: «¡¿Qué?!»

(Felipe me salvó —si se puede decir así— de una buena hará un par de años. Fue el día de su cumpleaños, y cenamos sin las parejas con la intención de recordar viejos tiempos. En aquella circunstancia, le recuerdo como al actor principal de la escena de una película, enfrentándose él solito a un par de mangantes que intentaron atracarnos. No habríamos pasado por esa calle desierta si yo no hubiera necesitado descargar por la boca la mezcla idiota de los siete u ocho cubatas que se regocijaban en mis venas, así que me sentí culpable por la situación. El caso es que mi amigo de la infancia se enfrentó a esos tipos con arma blanca, y yo, patético como un chaval con borrachera, no supe qué hacer, hasta que los derribó no sé cómo. Aturdido le pregunté qué había hecho, pero solo dijo que pusiera atención al irnos por si alguien más nos esperaba en la esquina.)

«Tío, acabo de terminar de leer un libro», me dice, cuando pego el aparato a la oreja. «Me he dado cuenta de una cosa», dice, y pienso en el libro que puede tener entre manos. «Solo me quedan dos cosas para el “todo incluido” de la vida. ¿Sabes a qué me refiero?», me pregunta. Hace un segundo pensaba en el libro y ahora quiere que discierne sobre la metáfora. «¿Conoces al escritor Nathan Hill?», me pregunta. Le voy a responder que no, y enseguida me asalta la imagen del libro de Dino Buzzati que compré hace días y que descansa pacientemente en la mesita de noche. «A ver, no es mi tipo de literatura, pero de alguna forma me enganchó», me dice, y eso es lo que espero de mi libro, “El desierto de los tártaros”. Mi amigo continúa: «Al protagonista le pasa de todo, y parece que hay que vivir la vida como cuando compras un todo incluido y ciñen la asquerosa pulsera a tu muñeca. ¿No te ha sucedido, tío?: Tienes que comer cuanto haya porque lo has pagado, bañarte en todas las piscinas, asistir a todos los espectáculos y beber sin parar. ¿Sabes a qué me refiero?», me pregunta. No sé por dónde empezar, la verdad, pero antes quisiera echarle la bronca por la hora y por despertar a mi mujer, aunque al segundo me desquito la idea porque semanas atrás su Yoli se largó con otro, y eso me contrae lo suficiente para que él continúe: «Pero ahora que lo pienso, hay una cosa que no podré incluir en el menú, ya sabes, y la otra no la probaré hasta que llegue el momento», asegura. De repente me siento mareado como aquel día, y lo que hago es reposar una mano en la huesuda rodilla para tentar con la yema de los dedos el tamaño de las piezas. «¿Estás ahí?», me pregunta, pero no me deja articular un monosílabo. «¿Sabes que me falta? Te va a sorprender: tener una experiencia homosexual y morir. Sí, estar con otro y palmarla. Eso es lo que me falta», sentencia con su tono. «Con esas dos completaría el todo incluido de la vida, ¿me entiendes? Bueno, tampoco he matado a nadie y en mi pulsera eso no se incluye, ¿lo entiendes? Pero por las dos anteriores no paso. Así que no lo completo. Y no me importa. Paso página. He cerrado el libro para siempre y lo abandonaré en la biblioteca. ¿Estás ahí? Por cierto, ¿qué libro me recomendarías? ¿Qué lees últimamente? Oye, ¿no te parece que la gente lee menos? Me refiero a los tíos… ¿No te parecerá que sea un anticuado por preguntarte sobre libros, verdad? La gente solo habla de las redes sociales y todas esas mierdas. ¿Crees que es normal que dos amigos hablen de libros? No sé tío…», duda, cuando la estela delgada de mi Yoli aparece por el umbral oscuro de la puerta.

Y sé que apenas tardará una milésima en decirme que cuelgue al chalado, ese amigo de la infancia, y una vez más diré que me necesita, aun siendo las dos y pico de la noche.

ARMANDO BARCELONA

No puede ser, Azucena.

―Azucena, cariño, abre la puerta, no lo estropees, mujer, que ha sido una semana muy bonita, lo hemos pasado en grande y ahora, por un capricho… Con la ilusión que nos hacía este viaje: sol, playa, mojitos. Mi vida, no seas terca.

»Aquí, conmigo, está el gerente del hotel, que es un señor muy amable, y dice que no nos lo podemos llevar, es casi como si fuera su hijo, pero haciendo una excepción, nos regala los albornoces, amor mío. ¿Ves que son buena gente? No podemos hacerles esto.

»Sí, ya sé que con esos ojitos tan tiernos y esa mirada dulce, parece que está pidiendo que lo adoptes, pero, si te fijas bien, todos son iguales, es su cara, no lo pueden evitar. ¡No seas así, mujer! Además, ha venido una joven que trae papeles y demuestra que es suyo. Anda, entra en razón y abre la puerta, sé juiciosa, cariño, que es nuestro último día en Punta Cana y tampoco es cosa de dar la nota. Con lo bien que nos han tratado en este resort.

»Yo te prometo que en cuanto lleguemos a Madrid te consigo otro igualito; a falta que no los hay, a patadas, pero no te obceques, corazón, lo que quieres es imposible: no lo podemos llevar a casa; que te haya recibido dando saltitos y meneando el rabo ilusiona mucho, lo comprendo, pero no quiere decir nada, es su forma de ser, lo hacen siempre. Aunque piensa que nuestro piso es pequeño y él grandote, ocupa lo suyo; tú me dirás dónde lo metemos.

»¡Basta, Azucena, se acabó la tontería, que vamos a perder el vuelo! Esta gente lleva razón: el masajista mulato no entra en el paquete «todo incluido». Abre la puerta y deja salir a Rodolfo. Tengamos la fiesta en paz.

DAVID MERLÁN

TODO INCLUIDO

Permítame, querido lector, que le pongo brevemente en antecedentes.

Dejábamos la semana pasada al bueno de Talo desconcertado frente un ser que lo único que hacía era preguntarle cosas extrañas de forma repetitiva y sin empatia ninguna. (Ver el reto: 200 PALABRAS)

Pues bien, todo comenzó, cuando….

_ _ _ _ _

CAPITULO 1 .EL GIRO (HILVAN. EL VIAJE DE TALO)

Talo y Lino nunca habían pensado en el concepto de “todo incluido”.

Para ellos, la vida era simple: un cajón, una cómoda, una pierna humana y un píe a veces maloliente acompañado de su inseparable hermano. Entraban juntos en el cesto de la ropa. Salían juntos de la lavadora. Volvían juntos al cajón. Un ciclo perfecto. Cerrado y razonablemente simple.

Hasta aquel sábado.

—Lavadora llena —anunció el hombre desde la cocina.

—¿Separaste por colores? —preguntó ella sin obtener respuesta.

«Bah. Malo será. Todo incluido, incluso el jersey nuevo» pensó él, cerrando la puerta del tambor con un golpe seco.

Dentro, ambos hermanos sintieron como caían dentro de aquella estructura circular metálica. Al igual que otras veces, se encontraban de nuevo en la oscuridad. El olor familiar a detergente; el leve roce entre ellos; todo estaba en orden en sus vidas, salvo por un detalle.

—No me gusta ese tono en su voz —murmuró Lino—. “Todo incluido” nunca significa nada bueno.

—Exageras —dijo Talo—. Peor fue aquella temporada del suavizante de coco, ¿Recuerdas?.

Entonces un ligero «clank» y todo comenzó a girar.

Agua. Espuma. Vueltas. Golpes suaves. Después más fuertes. Después demasiado fuertes.

Lino quiso buscar a Talo, estirarse hacia él, tocar su tejido hermano… pero algo los separó en la danza violenta del centrifugado. Ya había pasado mas veces, pero esta vez estaban separados. El humano se había olvidado de anudarlos para evitar que se separasen y eso, era inquietantemente nuevo.

—¡Talo!

—¡Lino!

Lino pudo oír a duras penas la voz de su hermano alejarse, distorsionada por la velocidad y por el estruendo.

Pasados unos minutos, la lavadora terminó su ciclo y con ello, llegó el silencio dentro de aquel oscuro y mojado lugar.

Lino yacía pegado a la pared curva del tambor, húmedo, mareado y solo.

—Talo ¿dónde estas?… —susurró—. Vamos, deja de jugar. Te oigo hablar con alguien…, lejos, pero te oigo.

Nada. No obtuvo respuesta.

Solo el tic… tic… tic del agua cayendo.

Se desenrolló lentamente y observó el interior. La pelusa gigante seguía allí, como una nube gris pegada al acero. Una moneda brillaba en el fondo. Una horquilla oxidada. Y ningún rastro de su hermano.

El pánico llegó despacio, como una gota fría, pero llegó inexorable.

—No puede haberse ido muy lejos—dijo nervioso—. Entramos juntos. Siempre entramos y salimos… juntos.

El tambor se abrió. Una luz brutal inundó todo el interior. Manos humanas rebuscaron, sacando prendas, sacudiéndolas, amontonándolas.

Lino fue lanzado a una cesta sin miramiento alguno.

Allí cayó sobre una suerte de camisas, camisetas, pantalones y ropa interior.

—¿Has visto un calcetín azul como yo? —preguntó a una camisa blanca.

—No presto atención a los accesorios —respondió la camisa con aires de superioridad del que se sabe estar fabricado de algodón egipcio.

—¿Y tú? —le preguntó a un calzoncillo a rayas.

—Yo solo sobrevivo, amigo —contestó encogiéndose—. Pregunta en el cajón.

Pero cuando llegó el momento de guardar la ropa, ocurrió lo inevitable.

La humana abrió el cajón de los calcetines. Buscó. Rebúsco. Sacó pares. Los juntó. Dobló.

—Falta uno —dijo.

—Siempre falta uno —respondió el humano—. Da igual, guárdalo suelto. Ya aparecerá el otro.

Y así, Lino fue arrojado al fondo del cajón. Solo. Entre pares gemelos que dormían enrollados, confiados y…abrazados el uno dentro del otro.

Un calcetín negro, grueso y veterano, asomó la punta.

—Nuevo desparejado, ¿eh? Je,je,je.

Desparejado era lo peor que te podían llamar. Eras un parias, un apestado, incluso ahora que olía a jabón de Marsella.

—No soy desparejado —dijo Talo—. Mi hermano está aquí. En algún sitio.

—Todos decimos eso la primera noche —respondió el negro—. Luego aprendemos a aceptar la realidad, hasta que un día…

—¿Qué pasa ese día?

—Que los humanos pierden la esperanza de encontrar tu par y cansados de no poder usarte, te tiran a la basura. Es el fin, amigo.

Aquellas terroríficas palabras retumbaron durante horas en la mente de Lino, una vez se hubo cerrado el cajón, que el mundo humano se fuera a dormir, y que la casa se hubiera apado.

Y en la oscuridad Lino pensaba dónde se encontraba su hermano.

«Talo, ¿Dónde estas? Ven pronto hermano. Te necesito».

******

Y aquí es donde retomamos la historia de su hermano:

****

El cielo blanco ondeaba por encima de su cabeza y el aire olía a suavizante.

Talo reaccionó levemente saliendo de su bloqueo y escuchó de nuevo las preguntas de aquella alta figura trenzada de tensos hilos que, inquisitoriamente, le repetía mientras, con agujas brillantes por dedos, anotaba en un cuaderno las respuestas de nuestro amigo:

—Nombre.

—Talo…

—Color.

—Azul.

—Probabilidad de reencuentro.

—No lo se…, señor.

—Estado.

Talo tragó saliva.

—Desparejado.

La figura detuvo la pluma.

—Bienvenido a Hilván —dijo—. Reino de los que entraron en un todo incluido y salieron incompletos.

Talo miró a su alrededor. Decenas, cientos de calcetines y medias caminaban por calles de fieltro, subían escaleras de cremalleras, y hablaban en plazas tejidas a punto de cruz.

—¿Sabe dónde está mi hermano? —le preguntó lastimosamente—. Se llama Lino. Es como yo.

—Aquí llegan muchos, pequeño —respondió la figura—. Y no todos permanecen mucho tiempo.

—Querría encontrarlo, ¿sabe? Llevamos toda la vida juntos, pero el humano se olvidó de anudarnos cuando nos echó dentro para lavarnos.

—Lo supongo. Escuchame bien, pequeño Talo.

La figura se inclinó e hizo tintinear sus agujas.

—Aqui, en Hilván, cada hilo busca su pareja. Pero más allá de nuestras murallas late una frontera caliente. Un lugar donde algunos se pierden, si, pero otros, otros regresan. Si tu hermano cayó allí, necesitarás algo más que esperanza, pero podrás encontrarlo.

—¿Y qué necesito para lograrlo?

—Sobrevivir al primer día, pequeño. ¡Siguiente!

Un viento perfumado le acarició pero no se atrevió ni a preguntar el porqué mientras se apartaba de la cola.

Solo se limitó a apretar su pequeñas fibras teñidas de azul y pensar. No estaba en casa, pero el viaje para regresar a ella, había comenzado.

Continuará…

YOLANDA PINA REY

Lo que quiero para mi vida (Todo incluido)

​Hay una reflexión que suelo hacer a menudo sobre mi presente: ¿Qué quiero para mi vida en estos momentos?

​Una pregunta aparentemente sencilla que se complica un poquito cuando dudas, apenas durante una milésima de segundo. Es necesario serenarse y aclararse las ideas. En mi caso, las tengo muy claras.

​Una vida tranquila, en calma, estaría bien para empezar. Un poquito de sal y salsa sería un complemento ideal para hacerte reír. Si le añades a alguien que te acompañe en el camino, se dulcifica todo aún más.

​Y si le añades ilusión al vivir, y luchar por tus sueños y tus proyectos; que te inunden de abrazos, anhelos y caricias… esa sería la guinda que corona el pastel.

​Así que sí: yo para mi vida quiero un TODO INCLUIDO. Que sume, que enseñe y que ayude a crecer.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

DE LUJO

Era joven por entonces, lo admito, pero nunca hasta ese momento mis pupilas, dilatadas por el asombro, habían contemplado una grandiosidad semejante concentrada en tan pocos metros cuadrados. Allí estaba, desafiante: una mole de acero de más de cuarenta mil toneladas de peso flotando en el agua sin apenas despeinarse, con la indolencia de quien se sabe invencible. Doscientos setenta metros de eslora, veintiocho de ancho y cincuenta y tres de alto. Costaba sostener la mirada. Se preguntarán ustedes cómo conocía yo tales detalles. En mi descargo, les aclararé que soy ingeniero industrial, que tengo especial devoción por los asuntos marítimos y además adolezco de una marcada tendencia a la obsesión. Pero, más que nada, porque me había estudiado para la ocasión el folleto donde se desglosaban, con todo detalle, las especificaciones del barquichuelo en cuestión.

Me perdonaran ustedes que interrumpa momentáneamente mi narración, pero el vicio me pierde. Si me lo permiten, en lo que tardo en prender una cerilla y encender la pipa, les muestro el interior. Un momento… ¡Maldita cerradura, cachis en la mar! Entiéndanme, los nervios, que me suben y me bajan solo de pensar en el fascinante viaje que me espera. Ahora, ya abre. No era por los temblores, es que me había confundido de llave. Disculpen.

Aquí lo tienen: amplísimos pasillos, camarotes de lujo, acabados en las mejores maderas nobles, espectáculos musicales sin parangón y una tripulación dotada de la inquietante capacidad de leer el pensamiento; antes de que desees algo, ya lo tienes. Un concepto que, estoy seguro, en el futuro se denominará “todo incluido” o algo así; como si lo viera, con pulseritas de colores y un chasquido de dedos. Todo a pedir de boca y un único objetivo: conquistar a la diosa por la que bebía los vientos, demostrarle mi amor absoluto y arrancar de sus labios un emocionado y sincero “sí, quiero”.

Pero la realidad siempre tiene otros planes. Se conoce que aquella no era mi noche y entre los designios de Dios, del destino o de quien quiera que tenga esas competencias, estaba el cebarse conmigo sin la más mínima consideración. Ignoro si todo lo que allí aconteció tiene relación con que mi apellido sea Murphy, Leonard Murphy, pero el caso es que nada salió como estaba planeado y aquella noche, mis sueños y esperanzas acabaron naufragando al ritmo de un cuarteto de cuerda que se encargó de amenizarnos todo el hundimiento. Lujo hasta para eso. Desde entonces allí siguen, reposando en el fondo, haciendo compañía a los pececillos que habitan las profundidades del Atlántico.

La encantadora Rose y yo llevamos dos días a la deriva y no sé cuantos más nos quedan. El folleto no decía nada al respecto de estos inconvenientes. Lo cierto es que esto empieza a resultar insoportable. Y cuando digo “esto” me refiero a ella, la que me mira con ojos encendidos, la que fue mi amada, la misma que ya hace rato que ha abandonado la categoría de diosa para rebajarse más a la de bruja.

—Espabila, Leonard, tanto suspirar, tanto suspirar… que pareces tonto. ¿Quieres remar de una puñetera vez, que estás alelado? Así no llegamos a ningún sitio, ya te lo digo yo. Mira qué pelos, con ese viento de mil demonios que se ha levantado. Tres horas en la peluquería del barco tiradas a la basura. Suerte que pude rescatar el pintalabios y alguna que otra cremita. Algo me harán.

—Pero Rose, cariño ¿tú eres consciente de la suerte que hemos tenido? Ahora mismo podrías estar llorando encima de una tabla mientras yo te estaría implorando dejarme subir, presa de una hipotermia severa. Y, sin embargo, mira. Hemos conseguido un bote salvavidas biplaza, solo para ti y para mí. Que mi trabajo me costó, a base de arrojar a gente por la borda. Mira que eran insistentes. Jamás entenderá el ansia que le entra a la gente en esos momentos. No respetan nada, ni orden ni colas.

—Deja de decir sandeces y sigue dándole a los remos, pedazo de mastuerzo, que son las doce del mediodía y el Lorenzo me está achicharrando viva. Si por lo menos se hubiera inventado la crema factor cincuenta… ¡Quién me mandaría hacerle caso a mi padre y subir al Titanic ese!

—Entonces, cielo… de lo del anillo y el sí quiero, ni hablamos ¿no?

— ¡Pero si lo perdiste en el hundimiento, alma de cántaro! Tú mismo me lo dijiste. Que seguramente ahora lo lleve puesto algún calamar. Vaya viajecito me espera con el alfeñique este. ¿Me vas a hacer caso y remar, leche? Señor, qué condena me ha caído con el Leonard. Si al menos fuera DiCaprio… esto se haría más llevadero.

Pedro Antonio López Cruz

IVONNE CORONADO

Tener vacaciones en un todo incluído nos pareció a mí y a mi esposo una buena idea. Nos saldrían menos gastos con un presupuesto definido.

Juan Dolio nos llegó de sorpresa. Habíamos contratado vacaciones en Cuba, que a la hora actual se debatía con enfermedades contagiosas, cortes de electricidad frecuentes y la consabida escasez de un embargo injusto.

Al cambiar destinación creíamos nos llevaban a Punta Cana: nos llevaban solo a su aeropuerto. De ahí, nos recogió un microbus, que nos condujo al hotel de Coral Costa Caribe. Tomó mas de hora y media de cansancio extra. Habíamos tenido atrasos a la salida de Montreal, y a la hora de desembarcar, gozamos gratis un baño sauna indeseado, mientras se desocupaba la pista.

Llegamos al hotel a las 8:00 p.m.

Suerte tuvimos de cenar.

La playa nos sorprendió: limpia, con olas suaves, como una piscina gigante de agua salada.

De cuatro restaurantes a la carta, solo el buffé nos guiñó el ojo: verdura y fruta en abundancia. Carnes de todo tipo, aunque no las saboreamos mucho. Somos más de pescado, alguna vez pollo.

Varios bares sirven bebidas refrescantes, alcoholicas y mucho café. Muy rico el café dominicano.

Nosotros tomamos ron con limón, durante el día, unas dos veces, y vino, una copa, con la cena.

Nada de embriagarse de otra cosa que de sol por la mañana, cielo y palmeras por la tarde.

En mi época en El Salvador no recuerdo hubo «todo incluído». En laa orillas de las playas visitadas había pequeños negocios: ventas de comida, renta de champas, alguna que otra tienda de licores.

Mi hermana y yo, pequeñas, salíamos a recoger conchas y caracoles y a jugar en la arena sin juguetes plásticos.

Hoy tenemos «todo incluído» en el complejo hotelero Decameron.

En Guatemala, solo recuerdo haber ido al mar una vez. Fuimos con mi padre y su hermano mayor y otros familiares, al puerto de San José. Teníamos que ir en lancha por el estero. Recuerdo bien esa vez porque mi hermana de escasos tres años tenía miedo y creyó que al gritar: quiero hacer pipí- la llevarían a la tierra firme. Su miedo se volvió terror al ser sacada por la borda.

Yo temblaba pensando que nuestra embarcación de remos podría ser embestida por las lanchas de motor. No recuerdo el regreso.

Una amiga me dijo que ya existe esa forma de vacacionar, pero que no sabe como funciona. La comprendo. El mar para los capitalinos está muy lejos, prefieren ir al lago Amatitlán o Atitlán, ambos muy bellos.

Hoy caminando por la orilla de la playa de San Juan Dolio, hasta donde alcanza mi vista, solo veo complejos hoteleros. Hay ventas sin protección para el sol, artículos directamente en la arena y alguien sentado en un tronco de palmera comido por termitas, vigilando posibles clientes.

Otros vendedores caminan de arriba para abajo, cubiertos por su mercancía: vestidos, sombreros, pañuelos; otros cargan una enorme caja con bisutería, todos luciendo su cansancio y frustación, realizando pocas ventas, pasan al lado de nosotros, los turistas; descansando, con un vaso en la mano, la piel lo más desnuda posible.

Cuando se viaja cambia nuestra manera de ver lo que nos rodea.

No vuelvo mi cabeza para no ver la fealdad y la miseria; ni dejo de contemplar la belleza de la tierra y sus habitantes.

Pero al visitar el pueblo miré mucha pobreza, basura acumulada con descaro a la par del letrero: «No botar basura. Salvemos al planeta.»

Igual pasaba en la playa. Era de una tristeza infinita ver tanta botella sembrada en la arena, además de miles de objetos plásticos.

Al final, eso era: todo incluído.

Nota: si hay alguna falta, la corregiré más tarde

Gracias.

EFRAÍN DÍAZ

En el Barrio Dos Bocas quien no se había marchado acababa, tarde o temprano, por morir entre sus montañas. Unas montañas tercas, verdes y entrañables, que daban cobijo y sentencia por igual. Quien no escapaba, terminaba en el viejo cementerio civil, acostado en un sencillo ataúd de madera tan humilde como su historia, con una cruz de palo vigilando el descanso eterno.

Allí, el velorio duraba tres días, porque en Dos Bocas la muerte nunca ha tenido prisa y el jíbaro mucho menos. Se reunían los vecinos a tomar café colao en media o en greca, a comer galletas con queso y a repasar, con la solemnidad del caso, lo buenos que fueron los muertos, porque, en Dos Bocas, ningún difunto fue malo nunca. La muerte tiene esa extraña cortesía de borrar pecados y pulir virtudes como si fueran cucharas de alpaca.

Pero el velorio de Cirilo cambió las reglas del barrio, que tampoco habían sido muchas. Cuando Cirilo estiró la pata, lo hizo como decían los antiguos certificados de defunción: “de repente”, fórmula conveniente que en Dos Bocas valía tanto para un infarto como para un mal paso bajando la lomita del viento.

Rebuscando entre sus cosas, su hijo Chelo encontró un papel escrito con la caligrafía de quien peleó con el abecedario y perdió. Chelo, que nunca aprendió a leer, tuvo que bajar al pueblo, al despacho del Notario, que miró el papel al derecho y al revés como quien descifra un jeroglífico egipcio.

—Menudo testamento dejó tu padre —dictaminó finalmente, entre asombro y resignación el Notario.

Chelo memorizó el contenido. Tenía una memoria afilada, como navaja, porque cuando falta una destreza, otra se desarrolla. Y así comenzó su peregrinaje logístico para cumplir la última voluntad de Cirilo.

Primero, fue donde Wiso, el de la lechonera, para encargar un lechón a la vara, batatas asadas y morcilla. Luego caminó al bar de Lolo, quien recibió la encomienda de servir toda la cerveza que se bebiera. Pasó por casa de Ramito, maestro destilador del barrio, para encargar el pitorro. Y después habló con El Negro, que debía amenizar con música jíbara el velorio, porque así lo había estipulado Cirilo. Quería irse al ritmo de guitarras, cuatro, güiro y maracas. Lo único que no encargó fue el dulce sonido de los coquíes. Esos los ponía la naturaleza.

Finalmente llegó a la funeraria de Neco, que presumía de tener dos capillas por si a “la pelona” le daba por trabajar doble turno. Le pidió Chelo que, además de la caja de madera y las flores, montara un podio con micrófono y bocinas, porque Cirilo quería que en su velorio se dijera todo: lo bueno, lo malo y lo regular.

Cuando Chelo anunció que en la capilla se instalaría un lechón asado, el bar improvisado, los músicos y el podio, a Neco casi se le desmayó el alma.

—Madre mía, esto es un velorio todo incluido —murmuró, persignándose como si hubiera visto un fantasma adicional a los que habitaban en la funeraria.

—Así lo quiso mi apá —respondió Chelo, con la seriedad de un albacea de alcurnia.

Y así fue. Durante tres días, los jíbaros de Dos Bocas suspendieron sus faenas agrícola. Ni machete, ni siembra, ni recogido. Se dedicaron, en cambio, a despedir a Cirilo como merece un hombre decente: entre chistes, comida, espíritus destilados y música que cura el alma.

Después de aquello, los velorios en Dos Bocas nunca más fueron iguales.

Porque Cirilo, campesino humilde y visionario de lo inusual, inventó sin saberlo el primer velorio “todo incluido” de la historia del barrio Dos Bocas.

Y nadie quiso volver a los velorios de antes. Claro: ¿quién renuncia a un entierro donde hasta la muerte se siente a gusto?

ANGY DEL TORO

LA PULSERA

Aquel anillo de plástico alrededor de mi mano prometía descanso,

pero, al parecer, el incluido se interpretaba como la vida entera.

Él miró el programa del día como quien lee un menú con hambre atrasada.

Actividades desde el amanecer. El cuerpo en marcha.

La felicidad organizada por tramos y horarios.

Mis ojos, en cambio, se quedaron inmóviles.

Hablaban entre sí, mientras mi marido lo hacía a su manera, en voz alta.

—Podemos empezar por la playa —dijo—, luego el kayak, después unas copas y, más tarde, descansar en la habitación antes de la cena.

Después, pensé yo.

Siempre en sus planes.

El mar estaba allí, inmenso, disponible,

pero yo quería mirarlo sin entrar,

como se mira a alguien cuando aún no sabes si lo amas

o si apenas se le sobrevive.

Tomó una de mis muñecas. Suavemente.

Solo lo suficiente para recordarme que la llevaba puesta.

—Para eso estamos aquí, ¿verdad? —sonrió.

Supongo que sí.

También para cumplir incluso con el siempre anhelado reposo.

Me recosté en la hamaca mientras él pretendía untarme protector solar con ese entusiasmo que lo caracteriza, casi adolescente.

El olor a coco prometía algo que no estaba segura de querer cumplir.

Mi interés era otro: finalizar aquel libro que desde hacía dos semanas había empezado.

El sol insistía.

Mi cuerpo negociaba.

Descansa, me dije.

Recuerda que no tienes expectativa alguna que responder.

Ni siquiera las que vienen envueltas en deseo,

como si fueran un obsequio más del todo incluido.

—Estás muy pensativa —dijo más tarde, ya en la habitación.

Siempre lo he estado, pensé,

solo que antes no tenía pulsera.

La cama era grande, blanca, perfectamente dispuesta.

Las toallas entrelazadas parecían listas para la ocasión.

Todas, menos para la quietud absoluta que yo anhelaba.

Él las acariciaba como si el territorio estuviera en estado de alerta.

Yo miraba el libro,

que parecía sellar la frontera.

Con un gesto peculiar y engañoso se me arrimó.

Una intimidad ya pactada por cuerpos que se conocen.

Y allí, en ese punto exacto

donde el deseo suele imponerse,

me descubrí cansada.

Solo quería un instante de placidez.

—¿Te pasa algo? —preguntó, bajando la voz.

—Nada —respondí.

Y era verdad.

Ese nada era lo más honesto que tenía.

El silencio se deslizó entre nosotros con picardía.

Afuera, el mar seguía repitiéndose.

Adentro, el tiempo aflojaba el nudo.

Mi esposo entendió antes de que yo explicara.

O tal vez no entendió.

Quién sabe.

Miré la pulsera y sonreí.

El descanso, al fin, no estaba incluido.

Pero lo inventamos.

EVA AVIA

Incluye una nueva historia

Mis dedos, delicadamente, recorren su rostro hasta llegar a su carnosa boca a la que, entreabierta por la situación, quisiera saborear. Poco a poco los deslizo por su cuello, sin retirar ni un instante la mirada. Desabrocho el primer botón de la camisa, el nudo de la corbata se está resistiendo, sé, que es por la incomodidad del momento. Mis pensamientos echan a volar, le queda tan bien este traje. Mis ojos se deleitan ante su impasividad, su cuerpo tenía que haber sido mío antes. Poco a poco desabrocho los botones de la camisa, dejando al descubierto el deseo por el que él está en mis manos. Continuo el proceso de desnudez de su cuerpo, lento, suave, como él se merece, como a mí me gusta. Llego a su cinturón, el que retiro con avidez. Su erección se muestra con ímpetu, algo habitual. Su mirada, inquietante, me paraliza, pero mi trabajo es el que es.

Unos meses antes

—¡¿Quién te ha hecho esto?!

—Señor, por favor, tranquilícese. Es mejor que la deje descansar.

—Permítame estar unos minutos a solas con mi hermana.

—Esta bien, pero guarde silencio. En su estado cualquier pequeña emoción podría alterar su serenidad.

—Gracias.

“Acaricio su rostro, al que no reconozco bajo los golpes. ¡Ojalá fuera yo quien estuviera aquí y no tú! Y fueran estas dichosas vendas las que cubrieran mi cuerpo y no la delicadeza del tuyo. ¡Malditos sean! Deja que mi mano, culpable, te quite los restos en tu cabello de esos cabrones ¡¿Por qué?!”

—Te prometo, hermana, que encontraré a los desgraciados que te hicieron esto, y seré yo quien haga justicia.

—¡Y corten! Buena toma. Que pase la maquilladora.

Hay Dios, que escena. Me la he creído y todo. Y yo no quería aceptar este trabajo. Y ahora la escena final. Esta va a ser un poquito más intensa, con mucha sangre.

El algodón juega suavemente con su rostro. Golpecitos ligeros depositan el rojo pasión que su mandíbula necesita. Sus penetrantes ojos me observan con atención, él se deja hacer. Seco su fresa, anteriormente humedecida por la acción. Mordisqueo la mía, lucha interna por no perder la compostura. Trabajo arduo ante tal hombre. Y pensar que en unas horas tendré que tocar un cuerpo sin vida, cuando en estos momentos ardo por dentro. Así es mi trabajo, y me encanta.

—¡Mamá! —Corro hacia la habitación.

—¿Qué quiere el engendro de mi hija? —Que orgullosa estoy de ella.

—¡Tú también, mamá! Bueno, da igual. ¿Pero tú has leído el relato de esta semana? —Perpleja, le muestro la pantalla.

—¡Pues claro, estaba deseando saber que sucedía con la protagonista del micro de la semana anterior! —Despegando los ojos de mi ordenador.

—Noche ochentera, toda la noche entera. Hay una cola que tela. Ven con quien quieras…

—¿Y ahora que le ha dado a la abu? —Admiro la energía que tiene.

—¡Déjala, que está feliz! Creo que está preparando las próximas vacaciones. Y creo que será uno de esos todo incluido.

—Mamá —Me siento a su lado. Amo esta familia de tres.

—Dime, cariño —Acaricio su cabello.

—Ya sé lo que quiero ser de mayor.

—¡Vive cantando! ¡Ey! ¡Vive soñando! ¡Ey! —Entrando, Antonia, en la habitación 

“Como cantaría la gran Concha. Mamá, quiero ser artista. ¡Ayy! Mamá, la protagonista…”

Que nada, ni nadie te robe los sueños. Besos, la Incondicional.

LUCINDA QUART

MOONLIGHT SHADOW

En el corredor que une el módulo habitacional-vacacional con el bar-coctelería, la joven se detiene a la altura de una pareja que contempla el árido paisaje exterior agarrados de la mano. Los reconoce del viaje hasta allí en el transbordador y en estos últimos días, los ha visto a menudo en las excursiones programadas del resort y en el restaurante. El viaje al hotel lunar fue un regalo de sus hijos para sus bodas de oro. Cincuenta años, piensa la joven. Ellos conocieron de primera mano el proceso transformador de la luna; cómo era antes de la minería y el turismo; la distante magia que la hacía centro de romances, extravíos, leyendas. Ellos pueden distinguir el mito de la realidad, piensa. Nosotros no. Mi generación creció con esas estructuras mastodónticas extrayendo mineral; con las voces disidentes que alertaban de peligros sísmicos y gravitacionales; con la encarnizada lucha por el control de unos recursos que en su propaganda inicial prometían energía ilimitada y gratuita para todos. El milagro del Helio-3 quizá proveyera energía ilimitada, pero nunca fue gratuita. Salvo, quizá, para unos pocos.

Las amplias cristaleras imitan al visor de los trajes de los astronautas, convenientemente oscurecidos para proteger a los huéspedes de la radiación solar. Fuera, todo es gris, polvoriento, sucio. Se distinguen las siluetas de las grúas, los volquetes sobre raíles como heridas, el incesante ronroneo de las perforadoras que produce un rítmico retumbar en vísceras y tímpanos, una vibración lejana y constante como un prolongado gemido. Los tres módulos del hotel Moonlight Shadow son cúpulas blancas y redondas como iglús esquimales sobre una tierra que parece hecha de cenizas. Zumban los sistemas de refrigeración y la luz en todas partes es tan blanca como la de un quirófano. La joven recuerda con una punzada de amargura las palabras de un catedrático de Notre Damme, consultor en una de las empresas pioneras de la minería estelar: “Allí no hay vida. No tendremos que proteger el medio ambiente”. Pero incluso allí, la sobreexplotación podría llevar al colapso. De esa posibilidad, (fea además de remota), no se hablaba en los folletos turísticos. La joven sigue su camino sin estorbar a la pareja que permanece absorta admirando el exterior. Quizá su ensimismamiento no sea asombro o maravilla, sino tristeza. Quizá ellos saben lo que nos arrebataron en aras de un avaricia obscena disfrazada de progreso. Se lleva la mano al guardapelo que lleva colgado al cuello de una delgada cadena de oro. Parece un amuleto antiguo pero en realidad es un explosivo. La próxima excursión programada en el “todo incluido” del hotel es a uno de los yacimientos de extracción de regolito lunar. Todo cuanto tiene que hacer ella, es olvidar ese pequeño colgante cerca de cualquier máquina del yacimiento y desde la Tierra alguien haría el resto.

Un botón. Una explosión. Un reinicio necesario para que la Humanidad recuperase su humanidad. ¿Cómo podía existir una distancia tan grande entre esas dos letras si eran, en realidad, la misma letra?

La Humanidad había perdido su humanidad bajo la bota de la Civilización.

Y ella quería cambiar eso.

SERGIO TÉLLEZ

UN GRITO EN LA OSCURIDAD

Estoy suspendido en el vacío, rodeado de un calor húmedo que me envuelve. No hay luz, no hay sonido, solo un latido constante que me hace vibrar. Es un ritmo que me es ajeno, pero que me mantiene vivo.

Siento una presión, una fuerza que me empuja hacia adelante, hacia un destino que no entiendo. No sé qué es, pero sé que no estoy solo. Hay algo más, algo que me rodea, me sostiene, me limita.

El tiempo es un concepto ajeno, no tiene significado. Solo hay un presente eterno, un ahora que se estira y se encoge sin cesar. Pero yo siento que estoy cambiando, que estoy creciendo.

No entiendo por qué la oscuridad es mi único horizonte. Si mi mente es capaz de pensar, de sentir, de soñar… ¿por qué no puedo recordar? ¿Quién soy? ¿Qué soy?

Me siento diminuto, un punto infinitesimal en un mar de silencio. Pero hay algo dentro de mí que late con fuerza, que me dice que hay más. Que hay un propósito, un destino.

Es solo cuestión de tiempo. Lo siento. Lo sé. Algo está a punto de cambiar.

Antes del calor húmedo, antes de la quietud, hubo un destello. Un roce, un movimiento. Algo se está formando. No sé qué es, pero sé que es importante. Un susurro, un murmullo. Es el comienzo de algo. Estoy empezando a existir.

La oscuridad se estira y se encoge, un ritmo constante que me envuelve. Pero no estoy solo. Hay una presencia, un latido en sincronía con el mío. Y con él, un flujo de pensamientos, un río de emociones que me baña.

Imágenes, sensaciones, sentimientos… todo se mezcla y se confunde. Pero hay algo más, algo que se esconde detrás de la superficie. Un deseo, un anhelo… un rechazo.

Las palabras no dichas, los pensamientos no expresados, se cuelan en mi conciencia como un susurro. Un susurro que me dice que no soy deseado, que soy un error. Pero no puedo evitarlo. Estoy empezando a sentir, a entender. Y lo que siento no me gusta.

Un destello de claridad. Un momento de lucidez en la oscuridad. Siento que estoy al borde de algo, al borde de un abismo. Y de repente, lo entiendo. No con palabras, no con pensamientos, sino con una sensación visceral. Sé que no soy querido, que no soy deseado.

No es un pensamiento racional, no es algo que pueda explicar. Es simplemente una verdad que se ha asentado en mi ser. Una verdad que me hace sentir pequeño, insignificante.

La oscuridad se vuelve más intensa, más opresiva. Siento un movimiento, un cambio en el ritmo que me sostiene. Un flujo de energía, un impulso que me empuja hacia afuera.

¡No, no, no!… No quiero ir. No es el momento. Siento que aún no estoy listo, que aún no he cumplido mi propósito.

Pero la fuerza es demasiado grande, demasiado poderosa. Me siento arrastrado, llevado por una corriente que no puedo controlar.

Lucho, lucho con todas mis fuerzas. Me agarro a la vida, a la existencia.

Pero hay algo que no está bien. Siento que esto no es natural, que algo está siendo forzado. Un intruso, un invasor… algo que no debería estar aquí.

La presión aumenta, la fuerza se vuelve más intensa. Me siento aplastado, aplastado por un peso que no puedo soportar.

Un grito, un rugido… No sé si es mío, no sé si es de ella. Solo sé que es un sonido de desesperación, de dolor.

Y entonces, todo se vuelve negro. Pero en la oscuridad, siento un destello de resistencia. Un latido, un pulso… algo que sigue latiendo.

Lucho, lucho con todas mis fuerzas. Me agarro a la vida, a la existencia. No quiero soltar, no quiero dejar ir.

La oscuridad se cierra sobre mí, me envuelve, me aplasta. Pero yo sigo luchando, sigo resistiendo.

Un destello de luz, un chispazo de vida. Mi corazón late de nuevo, más fuerte, más rápido.

No sé cuánto tiempo ha pasado. No sé si he estado aquí durante horas, días, semanas, meses. Solo sé que estoy vivo, que estoy luchando.

Y en ese momento, siento algo. Un impulso, un deseo, un compromiso. Salir. Quiero salir. Quiero vivir.

Mi corazón late con más fuerza, más rápido. Siento que estoy siendo empujado hacia adelante, hacia la luz.

No sé qué hay afuera, no sé qué me espera. Solo sé que quiero vivir, que quiero experimentar, que quiero sentir.

Y con ese pensamiento, mi corazón late con más fuerza, más rápido. Estoy listo. Estoy listo para salir.

Un movimiento, un impulso, un empuje. La presión aumenta, la fuerza se vuelve más intensa.

Un grito, un sonido, un llanto. La barrera se rompe, y salgo al mundo.

Un destello de luz, un chispazo de vida. Siento el frío, el aire, el sonido.

Un susurro, un murmullo, un latido en sincronía con el mío. Mateo, Mateo, Mateo…

Un toque, un contacto, un lazo que se forma. Un nuevo comienzo, un nuevo Mateo, con un corazón que late, que vive.

Sus ojos, un mar de lágrimas y dolor, se clavan en los míos. Un grito silencioso de «perdóname» que resuena en el aire, mezclado con un amor que no se puede contener.

Mi mirada, inocente y curiosa, se encuentra con la suya. Un destello de vida, de asombro.

Pero en el fondo, un fuego arde. Un resentimiento que late con fuerza.

Ella ve el dolor, la herida, y su mirada se llena de compasión. Un susurro de «lo siento» se escapa de sus labios, mientras su mano tiembla al tocarme.

Y en ese instante, todo se detiene. Nuestras miradas se fusionan, y el tiempo se congela. Su amor me envuelve, me abraza, me dice que todo estará bien. Siento que el paquete de la vida es «todo incluído»: amor , dolor, lucha y felicidad

Un latido, un pulso, un grito en mi alma: «Te perdono, mamá». Y entonces, afianzo su amor, que es más fuerte que cualquier dolor.

LILIANA GIANINNI

Tiempos dibujados en la arena y

Olas que se guardan en la memoria

Donde sólo tu corazón pertenece

O tal vez dónde mora el olvido.

Incluyes aquellos momentos que

No pudiste abandonar

Cuando más te dolía el alma y el

Universo gritó tu nombre para salvarte

Imaginate por un segundo que

Donde habitan los silencios te

Otorgan el permiso para VIVIR.

MARTU MONFORTE

Ave de paso

Llego al refugio sagrado, entrego mi ramillete de heridas: flores de pétalos transparentes, al borde de quebrarse, y hojas moribundas que resisten.

Me acerco con mi locura ciega,

voraz locura. Anhelo, necesito, quiero la cima del deseo ebullente

y volcánico. Me extiendo a tu lado, no soy un mar en calma. Busco nuestro amor deshojado, lo prendo en el aire que respiro, lo quiero todo incluido en la pasión.

Busco y sueño aquel cielo marino. Rozo el tercipelo morado de tu boca y me sumerjo en ella. Siento que he llegado.

Sin embargo…sucumbo un instante.

Huyo y me derramo en tu ladera. Tiemblo en tus brazos: no quiero arder: ya no. Ya no y me desconozco. Me sacude un frío metálico, un sabor amargo se instala en mi boca.

Amanece. Mi anhelo fugaz, mi deseo ardiente y mi amor fueron ave de paso…

Todo es ceniza al viento…

CONCHA CARIAS

Me llamo Mick O’Connell y tengo 35 años. Llevo dos años preso por tráfico de drogas y varios robos con fuerza. Antes de venir aquí perdí muchas cosas, y lo que más me pesa es no ver a mis hijos desde que ingresé en prisión.

Crecí en Susanville (California), un pueblo rodeado de campo y prácticamente sin nada más. Mis padres consumían crack, por lo que me crie sufriendo su adicción, que afortunadamente, y gracias a un programa de la iglesia del pueblo, se transformó en “adicción” a la Biblia.

Conocí a Laura cuando, con diecisiete años, yo ya tonteaba con las drogas blandas. Gracias a ella me alejé del círculo en el que me movía. Tuvimos cuatro preciosas hijas, y yo me ganaba la vida en un taller de mecánica propiedad de un familiar del predicador.

Un día, mientras trabajaba, recibí un mensaje de ella:
—Me voy, no soporto esta vida. Lo siento.
Tras doce años de matrimonio se marchó, sin importarle sus hijas, para fugarse con un amigo de la familia.

Tuve que volver a casa de mis padres, quienes me ayudaran con la crianza de mis niñas. Juro por Dios que, mientras luchaba con mis propios problemas, al final el dolor y la desesperación me llevaron de nuevo a las drogas y a tomar decisiones que destruyeron mi vida y mi relación con mi familia.

Aquí estoy, en la cárcel de Corcoran, dentro del programa Zona L que la administración del estado ha puesto en marcha. El centro penitenciario es conocido por ser una prisión con un sistema de servicios tipo “todo incluido”: buena, variada y abundante comida en plan bufé libre; llamadas gratis; cada preso tiene su tablet con wifi, y acceso a instalaciones como cancha de baloncesto, gimnasio y un gran patio. El concepto es que no falte nada, como cuando la gente paga un paquete “todo incluido” en vacaciones y no tiene que pensar en nada.

Las reglas de la Zona L son claras: no hay rejas, no te obligan a hacer las actividades, pero sí debes colaborar con esa pequeña comunidad de presos y mediar para evitar conflictos. Suena sencillo, pero las cosas se complican muy rápido.

—¿Quién te dijo que esto era buena idea? —me preguntó Toni al entrar por la puerta abierta.

—Mi abogado, antes de entrar —respondí—. Me dijo que era un lugar donde no me faltaría nada, como en esos hoteles de turismo… pagas y te dan todo, pero sigues viendo que hay gente que aguanta sin explotar.

Principios de la primavera. En el desayuno el bufé estaba activo. La gente cargaba sus bandejas y elegía la comida sin prisas. Después, unos teníamos terapia, otros hacían deporte, y algunos disfrutaban paseando por el patio bajo el sol. No había rejas, y el único compromiso era asistir a esas sesiones grupales. Ese día llegaron tres nuevos internos: un chaval de 19 años y dos transexuales muy seguros de sí mismos, quizás porque lo que traían no eran solo palabras.

Un par de días después, mientras comíamos, escuché cómo uno de ellos conversaba con otro preso:

—Esto te encantará, ya me buscarás para repetir —dijo, pasándole un pequeño envoltorio.

No quise saber nada; me jugaba seguir limpio y volver con mis hijas. Pero el rumor de las drogas corrió de celda en celda. Se notó la bajada de asistencias en las terapias grupales y en los horarios deportivos.

Las peleas empezaron de noche, para evitar las cámaras distribuidas por toda la zona: palizas sin previo aviso, empujones, voces elevadas. La comunidad empezó a decaer, a pesar de los consejos de los más antiguos, quienes habían vivido el régimen carcelario habitual. La facilidad de acceso y comodidades que había aquí se nos escapaba de las manos.

Una tarde, mientras hacía abdominales en la cancha, un par de internos me quisieron echar de allí y, de forma instintiva, recordé la manera de vivir de antes: pelear para sobrevivir.

Sin razón aparente, estalló la tensión acumulada, hasta que la situación se hizo insoltenible y en segundos, una veintena de guardias ocuparon el lugar, devolviéndonos a las celdas cerradas.

Aquello duró una noche. A primera hora de la mañana nos reunieron en el comedor, presidido por el director:

—Les hemos dado la oportunidad de este programa para que, cuando salgan de aquí, sepan lo que es vivir en comunidad —gritó—. Han abusado del sistema trayendo sustancias que no deben estar en un sitio como este.

Volvieron a deslizarse las puertas para formar e ir a comer. Una vez en el comedor, la fila de siempre, donde nos llenaban las bandejas con la habitual comida carcelera.

Mientras salíamos, uno de los guardias, a quien había caído en gracia, me soltó:

—Creí que esto iba a funcionar… pero parece que tenerlo todo no os basta.

No dije nada. Caminé hacia mi celda y sentí las rejas al cerrarse tras de mí. Pensé en mis hijas otra vez, en cómo haría para pagar las costosas llamadas telefónicas. Habíamos dejado escapar la idea de servicios cómodos: buena comida, libertad de deambular por la zona y esas llamadas gratis… Aun así, siempre fui consciente de que lo realmente importante no es tener todo incluido, sino tener lo que de verdad importa: volver a estar ahí fuera.

GERARDO BOLAÑOS

El nombre es lo de menos.

El sol de la tarde caía con una violencia dorada sobre el balcón de la suite, pero dentro, las sombras jugaban a esconder la identidad de dos desconocidos. No hubo presentaciones, ni nombres, ni pasados. Solo se habían cruzado en la orilla, bajo el estruendo del mar, y una mirada cargada de una electricidad animal había sido suficiente para dictar la sentencia: esa noche, el hotel no solo ofrecía banquetes y licores, sino también el cuerpo del otro como parte del inventario de placeres.

En este refugio de lujo, el concepto de «todo incluido» se había vuelto peligrosamente literal. La aventura era un servicio más de la estancia, un consumo ilimitado de sensaciones que no dejaría rastro en la factura final. Se buscaron en la penumbra con una voracidad que nacía del anonimato. Las manos, guiadas por un instinto primario, exploraban territorios nuevos: la curva de una espalda, la firmeza de unos hombros, el calor que emanaba de una piel que sabía a sal y a bronceador.

El encuentro fue un choque de texturas y suspiros ahogados. Se entrelazaron con la urgencia de quienes saben que no habrá un mañana, permitiendo que la lujuria fuera el único idioma compartido. Cada caricia era un misterio resuelto y, a la vez, una nueva pregunta. Eran dos fuerzas de la naturaleza colisionando en una habitación de techos altos, donde el deseo se servía sin medida, como el vino en las copas de cristal de la barra.

Al final, exhaustos y envueltos en la brisa marina que agitaba las cortinas, comprendieron que la mayor exquisitez del resort no estaba en el buffet, sino en esa entrega ciega. Se habían consumido mutuamente, aprovechando cada cláusula de aquel contrato efímero, antes de volver a ser dos extraños que se cruzarían en el lobby sin siquiera saludarse.

¿Te gustaría que narre el momento exacto en el que sus miradas se cruzaron por primera vez en la playa antes de subir a la habitación?

MARÍA MONTERO

El cartel prometía descanso, buffet libre y vistas al mar. Todo incluido.

Ella llegó con una maleta pequeña y demasiadas cosas dentro. Durante años había aprendido a sobrevivir sin parar, a rendir, a cumplir, a no molestar. Ahora le ofrecían pulsera, hamaca y sonrisa de bienvenida.

El primer día durmió doce horas seguidas. El segundo, comió sin mirar el reloj. El tercero, lloró sin motivo aparente frente al agua.

Nadie le explicó que en algunos paquetes también venía incluido el cansancio acumulado, las palabras no dichas, el cuerpo pidiendo tregua.

En la piscina, rodeada de risas ajenas, entendió algo sencillo: no había viajado para huir, sino para escucharse, para permitirse no ser útil, para existir sin justificarse.

Al final de la semana devolvió la pulsera en recepción. No se llevó souvenirs, pero regresó con algo que no figuraba en el folleto: la certeza de que descansar también es una forma de valentía.

MAITE BILBAO

EXPEDIENTE CLARA: SATURACIÓN

Detened el paso, caballeros y damas de la pluma. Bajad los humos. Traigo la crónica de un «Todo Incluido» donde faltan las ganas de seguir. Es el abrazo de las voces que gritan. Ved la arena sobre la mesa: busca por su propio peso el fondo del cristal.

En la caballería andante caben el Quijote artrítico y su escudero mentiroso. En este buffet de letras mezclo la ciencia con la mancha de aceite. Quien mucho incluye termina con el alma desbordada, como caldo mal servido. Todo lo que respira es buffet libre; incluso el silencio tras este punto.

Clara —alias de todos cuando el mundo desborda— ocupaba el cuadrante siete, vestida con un vacío perfecto. Sostenía el manual de naves espaciales, el mapa para huir de la Tierra. El roce de los segundos contra el vidrio marcaba el peso de la caída mientras Gloria, voz de humo y corbata ladeada, susurraba su física de barrio:

Don Charles tenía un globo,

Don Charles tenía un pistón.

Si subes la temperatura, ¡bum!

Estalla la presión.

Porque si el alma se inflama,

El cuerpo ya no basta.

Y Clara, que es muy de manchas,

De hincharse de todo, ya sabe.

—¡Eh, carnicero de versos! —clamó ella. Su llanto de mermelada cayó sobre el mármol—. ¿Vuestro corte dicta mi fin o mi linaje se pudre en esta balanza de respuestas inútiles?

Buscó refugio en el tacto. Él desabrochó el ruido del mundo con la calma de quien abre un libro viejo que le joderá la vida. Se quisieron con la piel; carne contra carne. En el hueco de las manos, el tiempo fue remanso. El cristal detuvo su labor sobre los cuerpos plenos.

Pero el mundo exige su cuota. Al otro lado de la ventana, una vecina sacude el mantel. Las migas de ayer alimentan a los gorriones. Un hombre camina con la pesadumbre del pan bajo el brazo. El olor a café recién hecho se mezcla con el humo de un cigarrillo que muere en el cenicero de cerámica. Es la vida sin filtros: el rincón del banco de madera donde la tarde clava su astilla. El sedimento de los días, arena que nadie remueve.

Ahí, entre el café y la astilla, la angustia crece como nube presa en bote de cristal. El realismo estalla: las cosas vuelan sin lógica. Alguien confiesa al viento que el asesino del sentido común fue el exceso de equipaje.

Bajo el Expediente CLARA-2026 se tramita una reclamación por exceso de belleza. Esa que ocupa todo el sitio y nos deja sin aire. La resolución es firme: se deniega la coherencia. El orden es la superstición de quienes temen a la página en blanco. A la balanza sube la memoria y pesa más el olvido que el banquete; solo el verso que cierra nuestra historia completa el alma.

Es la pena del náufrago en mar de vino: si el todo lo abarca todo, el yo es una errata en el menú. El espíritu tiene náuseas de absoluto, un hambre de mil demonios de algo sencillo, de espacio libre. Es una luz que, de tanto peso, aplasta.

La vecina vuelve a entrar. El gorrión se lleva la última miga. Cae el grano final del reloj. El vacío está tan lleno que ya no admite otro pensamiento.

Somos un libro sin márgenes: la tinta llega al borde del papel y no hay sitio donde apoyar los dedos para pasar de página.

19 de enero de 2026

LINOSKA BARANDA

Quisiera ver los árboles, con sus hojas coloridas del otoño, a través de las paredes (de cemento) de mi casa, como se vería la naturaleza circundante a través de paredes de cristal. Y ver a los pájaros volar de rama en rama o partir hacia el cielo azul, hasta perderlos de vista.

A veces hasta quisiera saber lo que pasa por la cabeza de la gente que cruzo en mi camino; no sé por qué…

Sueño con ver la luna cuando miro el techo, como se ve el cielo a través del tragaluz de las buhardillas en las películas: esas películas de poetas y bohemios hambrientos, que escriben novelas o poemas en pequeñas libretas, sentados en la esquina de un bar, donde se cruzan los artistas del momento.

Anhelo sentarme, algún día, en un coffee shop para escribir mis poemas o cualquier pensamiento que se atreva a aparecer.

¿Quién es la persona que está conmigo cada segundo? A veces no me reconozco, porque me veo haciendo cosas que nunca pude hacer, como si hubiera vivido otra vida antes. De lo contrario, ¿por qué soñaría con una existencia libre y bohemia, llena de arte y de expresiones intangibles, como ese goce sutil que es el arte por el arte?

Tengo ambiciones raras: ambiciones que no se pueden comprar en un buró de turismo, como cuando reservas un “todo incluido”. Mis ambiciones son la expresión de la libertad en mi cabeza; esa de la que soy dueña.

CARMEN BERJANO

Reencuentro

Como había ansiado ese fin de semana en la sierra.

Llevaba 27 años enamorada platónicamente de ese hombre. Desde aquel septiembre donde el destino nos unió en clases de judo. Siempre tan guapo y con esa conversación tan interesante.

Encontrarlo en el mercado fue mágico. Enseguida volvimos a conectar y nos cambiamos los teléfonos. Y cuando me di cuenta estábamos preparando esa escapada.

El lunes estaba trabajando muerta de sueño y molestias. Infección de orina y clamidia fue el diagnóstico.

Todo incluido.

ALFREDO LOZANO

LA INTERNA

El anuncio estaba pegado con celo en la puerta del supermercado. Se busca interna, todo incluido. Debajo, un número escrito con rotulador azul. Nada más, ni horario, ni sueldo, ni requisitos. Me quedé mirándolo como se mira un vestido caro en un escaparate.

Cuando llamé, la mujer habló rápido, como si temiese que colgara. Dijo casa grande, familia tranquila, habitación propia. No tendrás que preocuparte de nada, esa frase fue la que me convenció, estaba cansada de preocuparme.

La casa quedaba en una urbanización con nombre de pájaro. Rejas blancas, jardines regados con mangueras automáticas, perros que ladraban solo para cumplir su función. Primero me recibió el hombre. No me dio la mano, me miró los dientes, las uñas y la espalda.

—Sirve— dijo asintiendo.

La habitación era pequeña, pero limpia. Una cama estrecha pero cómoda y una ventana que no abría del todo. En la cómoda había un folleto plastificado con un “bienvenida” bien grande, debajo se enumeraban las normas como si fuesen beneficios. No salir sin avisar. No visitas. No usar el móvil durante el día. Disponibilidad permanente. Todo incluido.

Llegué con una maleta pequeña, dentro dos camisetas, un pantalón y ropa interior suficiente para una semana. Nada que hiciese ruido, nada que pidiese espacio. La señora de la casa la miró de arriba abajo y dijo perfecto, aquí no hace falta traer mucho. Todo está incluido.

El primer día fue sencillo. Limpiar, cocinar, aprender el ritmo de la casa. El señor salía temprano, volvía tarde. La señora daba órdenes con voz dulce, como quien acaricia un perro ajeno. Los niños no la miraban a los ojos. Comían y dejaban los platos sucios para ella, como si fuese un utensilio más de limpieza.

—Aquí no te va a faltar nada —le dijo la señora mientras le mostraba la despensa llena—. Hoy en día eso es un lujo.

Todo incluido, pensé apretando los dientes.

La segunda semana empecé a dormir menos. Si uno de los niños se despertaba, me llamaban. Si el señor no encontraba una camisa, me llamaban. Si la señora tenía migraña, me llamaban. Mi nombre empezó a perder letras en boca de los demás. Se volvió un sonido útil.

Una noche, mientras fregaba platos, el señor se quedó en la cocina más tiempo del necesario. No hizo nada concreto, solo ocupó el espacio. Su respiración detrás de ella, el vaso que dejó demasiado cerca de su codo, aquella pregunta inútil:

—¿Te acostumbraste ya?

Ella dijo que sí. Porque decir no, no estaba contemplado en el contrato. El contrato era verbal y por eso era infinito.

Comenzaron a entrar sin avisar, primero al baño, luego al cuarto. Aquí no hay secretos, decía la señora, somos una familia. La familia incluía mi cuerpo como incluye una escalera o algo que se usa.

La comida era abundante, pero adelgacé. Dormía en secuencias, soñando con puertas que no cerraban, con listas que se alargaban solas. A veces me despertaba con la sensación de que alguien había estado allí, contando mis respiraciones.

Un domingo pedí salir una hora antes para ir a ver a mi hermana. La señora sonrió como si la petición fuese un chiste.

—Pero si aquí lo tienes todo ¿Para qué quieres salir? —Esa noche entendí que todo no era una suma, sino un reemplazo. Que el paquete no añadía, quitaba, me habían dado una cama a cambio de mi mundo.

Incluido estaba también el silencio. Si me enfermaba, me daban una pastilla sin preguntar. Si me cansaba, me recordaban que no pagaba alquiler. Si preguntaba por el sueldo, me mareaban con: imagínate lo que gastarías afuera. El dinero se volvía una cosa abstracta, como Dios o el futuro.

El cuerpo empezó a dolerle en lugares nuevos. La espalda, las muñecas, la garganta de tanto callar. Cuando enfermé, la señora me dejó pastillas en la mesa.

—Tómatelas. Aquí cuidamos de los nuestros.

Nadie preguntó cómo me sentía, solo si podía seguir.

El señor volvió a quedarse una noche. Esta vez me habló de su país, de lo difícil que era conseguir trabajo, de lo agradecida que debía estar. No me tocó, pero dijo mi nombre como si lo probase. Noté que algo se movía por dentro, como un mueble pesado arrastrado por el suelo. Después de eso, empecé a dormir vestida.

Un día encontré mi reflejo en el cristal de la cocina. Me vi más pequeña, más opaca, como si la casa me estuviese devorando por partes. Pensé en la maleta, en la lista y en lo que no estaba escrito.

Me fui de madrugada, dejando la cama hecha. No me llevé nada de la casa, no quería deberles ni el polvo. Al cerrar la puerta, el pasillo parecía más largo. La casa respiró, como aliviada, o tal vez fui yo. En la calle, el aire no prometía nada, no estaba incluido. Pero era mío.

ART MI

MARILYN (para el tema de la semana).

– ¿Quién perdería más si paramos ahora? –me preguntó, divertida.

Consciente de sus provocaciones verbales, desconcertantes y peligrosas como las corporales, decidí guardar silencio.

– Te da miedo, mucho miedo – añadió mordiéndose el labio inferior y levantando las cejas.

Recogí las prendas de almacén que habíamos comprado horas antes mientras la escuchaba. La miré seriamente: deberíamos irnos, el permiso de salida acabará pronto.

– ¡Si te da miedo! – se burló nuevamente, y luego empezó a dar vueltas saltando sobre la cama, cubierta su piel apenas con la lencería cara, acompañada de esas gesticulaciones sugerentes, invitándome a regresar a su bebedero de humores cambiantes.

Se abalanzó y me aprisionó con las piernas, con su rebeldía de siempre: no debería darte miedo, yo estoy convencida…

– Ante el mundo, tú siempre saldrás impune –respondí.

– Entonces diremos que yo te seduje, yo te prometí la vuelta al mundo, el Pegaso de Hercules con las alas metálicas, las puestas de sol en Tropicana, reservación todo incluido, y el beso en el lado oscuro de la luna. En está habitación yo no seré Marilyn ni tú el loquero – dijo.

Se detuvo, esperó mi reacción mirándome fijamente y levantando la mano derecha disparó: te lo prometo.

CESAR TORO

Todo incluido.

He llegado sin avisar, me trajeron y aquí estoy, no sé cómo llegué la verdad no lo recuerdo, apenas me acuerdo cuando empecé la escuela, iba caminando una hora hasta el pueblo, en el receso nos brindaban una merienda, con avena y pan.

Luego llegó la adolescencia, el colegio y las responsabilidades me contra vertí en adulto.

A partir de entonces, seguí la ruta trazada con altos y bajos.

El viaje se convirtió en una experiencia maravillosa, rodeado de campos, montañas lagos, mares, mujeres hermosas, y suculentos manjares. Travesías en aviones y cruceros por inmensos océanos, todo estaba incluido; sin embargo, vinieron los tiempos malos y sé voltio la tortilla.

Problemas, crisis, enfermedades, y demás… Aun así el viaje continúa, no hay marcha atrás, debí seguir remando y surcando los mares de la vida; no obstante, a medida que pasaron los años me convertí en un experto marinero, especialista en atravesar tormentas; a enfrentarlas, con entereza y aplomo.

Hoy que me acerco a la orilla miro hacia el lejano horizonte y contemplo con nostalgia las huellas que ha dejado en mi cuerpo y en mi alma, esta hermosa travesía.

Esta tarde al sentarme frente al ordenador a escribir, tengo la maravillosa oportunidad de compartir con amigos y desconocidos estas letras, gracias a la magia de la tecnología.

<<unos 30 años atrás, no lo hubiera imaginado>>.

Por esto, no puedo dejar de agradecer al ser Supremo, el maravilloso regalo «la vida», pienso que: me he ganado «el gordo» y no lo sabía.

No me ha sido revelado hasta ahora que tenía esta “beca” y creo que así ha resultado mejor; de lo contrario, me hubiera perdido la aventura de descubrirla yo mismo y darme cuenta de que: En el error se aprende, la vida te enseña. el fracaso no es definitivo y que Dios no te suelta.

En el paquete está todo incluido, incluso la fosa y las lloronas…

YOMALCKRY OSORIO

El Duelo.

Juan no estaba preparado para esa partida tan inesperada , de quien amaba tan profundamente el ascenso inevitable hacia la eternidad habia iniciado su camino.

El dolor y la nostalgia se apoderaron inevitablemente de él , su mente dió un vuelco inimaginable , la melancolia y la nostálgia hicieron en breve su aparición , en su cuerpo sintió como si un gran muro se derrumbaba en su espalda era un peso casi isostenible .En su corazón se iniciaba un verdadero via crucis entre los recuerdos y la memoria aprender a vivir con esa ausencia , se siente debilitado, confundido , con la mirada casi pérdida dando vueltas sin cesar.

Viene un « Todo Incluido«` y no se trata de un hotel cinco estrellas , se trata de la paradogia entre la vida y la muerte que es la única certeza que hay en la vida . Se trata de una serie consecutiva de emociones que se desbordaron como un carrusel sin poderlo detener .

No sabe como reaccionar , nadie está y estará lo suficiente preparados o con un manual de instrucciones para eventos de esa magnitud , las lágrimas se desbordan a cantaros. Un dolor intenso recorre todo el cuerpo, como si de un brusco golpe le hubieran propinado, no hay unguento para eso, sólo el tiempo podrá sanar esa herida tan profunda , conforme pasaron los dias , su pesar crece inmensamente .

Su cuerpo seria cremado fué su última voluntad en vida , de esa forma queria su despedida sus cenizas esparcidas en el mar .

En el transcurso de 9 Dias empieza su tránsito de una vida a otra, dice la leyenda urbana que en esos dias se debe guardar un absoluto silencio , cualquier cosa los distrae del camino a recorrer.

Las flores inundaron el lugar, desfilaban en todo momento ya no habia nada que hacer , solo aceptar lo sucedido . Era dicifil para él , toda una vida a su lado y de repente ya no estará más , se desespera , camina de un lado a otro sin descansar , se le hace imposible comer .

Los susurros se escuchaban por todo el lugar , aquello que era un velorio se convirtió en tertulia recordando la vida de quien ya se habia marchado de este plano recordaban lo bueno y lo malo , una que otra risa tambien aparecia .

El Tradicional café y el pecaminoso chocolate no podian faltar en esa velada inusitada de Despedida, la mirada cansada de no dormir en toda la noche no importaba , pues sus ojos ya no la volverian a ver.

Para juan fué la despedida más triste de su vida, La última caricia fueron de sus manos desgastadas por la inclemencia de la vida y el tiempo.

BELBEL L

SUEÑO DISPARATADO

Andaba el año 3018.de nuestra era cristiana.

Y fue dieciocho años antes cuando yo nací…, un 24 de abril.

Lo que puedo decir de mi vida es más simple de lo que cabría esperar. No conocí a mi padre. Ni siquiera lo tuve. Nací por inseminación artificial. Mi madre era rubia, alta, atlética. Yo no era rubio. Era castaño con ojos verdes. Mi piel como la de todo el mundo era rojiza y muy delicada…

Lo que quedaba de «hombre»era una masa rojiza cubierta con coraza de un metal moldeable transparente que cubría todo el cuerpo. Los pies cubiertos con un calzado esponjoso de textura viscosa, provisto de cinco cremalleras que abrían y cerraban en función de la temperatura externa e interna…Las manos cubiertas con guantes verdes de un plástico también metalizado. Cuando tocaba lavarse, apretabas un boton y la vestimenta se desintegraba en menos de un minuto y te transportaban a un agujero de un metro y medio cuadrado con un chorro de agua marrón y gotas de un jabón que penetraba en la piel rojiza y reseca. Te secaba un aire mientras se salía del agujero-ducha.

La comida era un paquete de ingredientes mezclados, purés de vísceras de todos los colores, líquidos con gas vitaminados artificialmente y masas de harinas formando espirales cortadas y tostadas. Patés de todo tipo de algas marinas.

Las casas no tenían ni ventanas ni balcones. Las calles desaparecieron y los campos también. Solo había cemento y metal. Los coches desaparecieron dando paso a pequeñas naves voladoras pilotadas desde una estación central. Uno decía donde quería ir, subia a la nave y marcando un código te conducían a tu destino. Había miles y miles de códigos, pero te hacían foto facial y podían saber adonde ibas…

Las casas no medían más de 20 m² .

La televisión ocupaba la mitad del salón. El resto era cocina y habitación. Las camas flotaban cuando dormías y desaparecían en la pared cuando te levantabas. Los armarios ya no existían. Solo habia dos corazas, la del calor y la del frío. En la época de frío se llegaba a -20 ° C de media en toda la tierra. Y +65• C de media en la época de calor. El recalentamiento de la tierra había hecho estrago con el paso de los tiempos. Los polos se deshelaron y se fue dando el efecto sierra. He ahí del porqué los bosques desaparecieron. Los paseos se hacían en una franja horaria y por unos puentes, bóvedas con un túnel final. El sol se veía muy poco a causa de la enorme altura de los edificios y las naves transitando por un cielo azul plomizo.

El horario del paseo era de 6 h a 11 h , de mañana. Y de 18 h a 20 h , y vigilados por cámaras y por policías.

Solo se podía procrear cada 5 años.

Las relaciones sexuales estaban programadas por edades y afinidades, sin distinción de sexo. No se podía escoger pareja. Te tocaba una al azar…, pero como con los antiquísimos cromos, estas se intercambiaban y santas pascuas.

*

Mi infancia se desarrolló en un «internado» dirigido por I.A., donde robots y macroordenadores te enseñaban de todo. Ellos sabían por tu genética qué aptitudes y capacidades tenías más desarrolladas. Entonces hacían hincapié en ello. Si tus neuronas funcionaban mejor con el lenguaje, introducían datos y consignas para mejorar esa aptitud. Y así con todo…

Comíamos en comedores automatizados. Apretábamos un botón y pedíamos el plato del día. En un minuto, salían los platos que servían robots a las mesas, con todo incluido: plato principal, bebida bicarbonada y postre (algas edulcuradas).

Dormíamos en habitaciones mínusculas. Camas en alto y armarios empotrados en la pared. Erámos entre 4 y 6 por habitación. Chicos y chicas indistintamente…

Solo veía a mi madre los fines de semana, y muy poco rato, pues ella era programadora para sistemas informáticos, analizando sobre todo códigos avanzados de IA.Nos hablábamos desde nuestros teléfonos y con solo pronunciar el nombre se abría la pantalla.

La edad media de la muerte era de 120 años, los hombres y 140, las mujeres.

**

[Este sueño se me repitió varias veces, después de permanecer tres días en coma por una operación de vida o muerte.]

JUAN C VALTIERRA

El último correo

Por Juan C Valtierra

Don Esteban venía todos los días desde hacía veinte años. Se sentaba en la tres y abría su correo. Miraba la pantalla vacía hasta que yo le decía que se había acabado su tiempo.

—Mañana llega —decía siempre.

Le cobraba veinte pesos. El café se lo daba.

Una mañana lo encontré con la cabeza sobre el teclado. Las manos frías. La pantalla encendida.

Me acerqué a cerrar la sesión.

Vi un mensaje.

Lo leí completo antes de entender lo que estaba viendo. Después lo leí otra vez. Las palabras decían cosas imposibles.

Cerré todo. Me quedé sentada en la silla de al lado hasta que me calmé.

Llamé a la hija de don Esteban.

Vino al mediodía con su esposo. Lloraba antes de llegar. Cuando se llevaron el cuerpo, ella me abrazó.

—Gracias por avisarme rápido.

—Sí.

—¿Estaba… esperando todavía?

—Sí.

Asintió. Se fue.

Cerré el cyber. Me quedé limpiando las computadoras hasta la noche. Cuando terminé, me senté en la tres.

Abrí la cuenta de don Esteban otra vez.

La bandeja estaba vacía.

Nunca había habido ningún mensaje.

Apagué todo y me fui a mi casa.

Esa noche no pude dormir. Seguía viendo las palabras en la pantalla. Las palabras que Ana había escrito veinte años atrás. O que yo había visto. O que don Esteban había necesitado que existieran.

No sé.

A la mañana siguiente abrí el cyber a la hora de siempre.

Un muchacho pidió la tres.

Le dije que estaba descompuesta.

Se sentó en la cuatro.

La tres sigue vacía. A veces la miro y veo a don Esteban ahí, moviendo el ratón. Esperando.

O a veces no veo nada.

Afuera hace calor y el polvo cubre todo.

Ana lleva veinte años muerta.

Don Esteban también.

Yo sigo sirviendo café.

Y a veces, cuando cierro, reviso la bandeja de don Esteban.

Por si acaso.

ANTONIO JOSÉ ROMERO GÓMEZ

Caza humana

Con la nuca contra el roble y la espalda apoyada en él, mi vista se nublaba. Las piernas, estiradas en el suelo, se cubrían de hojas caducas. Respiraba, o al menos lo intentaba. Necesitaba aire. Mis pulmones pedían fuelle. Con el pulso tembloroso, sequé el sudor de mis cejas con las palmas de las manos. Sangre en la frente.

Había descendido del árbol despellejándome las yemas. Cada movimiento era un riesgo. Caer desde allí habría supuesto mi sentencia de muerte. La huida me dejó exhausto. El cansancio del sprint se mezclaba con el miedo. Pastores belgas detrás de mí. Perdí el ritmo de sus ladridos, pero los perdigones silbaban cerca.

Los había perdido… por un tiempo. No se escuchaban los gritos del dueño. Ni los ladridos. El bosque lituano, denso y oscuro, se convirtió en mi aliado. Trepé por aquel basto tronco hasta alcanzar suficiente altura. Perdieron mi rastro.

Mi ropa, rasgada. Mis manos, ensangrentadas. Durante la escalada, el dolor no importaba. Solo la vida.

Recordé a Mindy y su amiga. Las chicas inglesas que conocí en la fiesta del bar la noche anterior. Me resulto verlas de pasada en una de las jaulas antes de ser soltados en aquel remoto lugar aquella gélida mañana. ¿Como estarían…?

Tenía que pasar la noche allí. La oscuridad era aterradora en esa situación . Con cada paso podía encontrar cazadores. Gente con más dinero que escrúpulos. Quise resistirme al sueño, pero el cuerpo fatigado me traicionó.

Desperté sobresaltado. El corazón congelado. Voces en mi mente. ¿Pesadillas? No, eran reales. Voces lejanas, en un idioma que no entendía. A unos trescientos metros, calculé. ¡Mierda! Tenía que huir. Quise apagar el fuego. No podía, el humo espeso habría delatado mi posicióny perdería tiempo. Lo dejé. Empecé a trotar, herido y sin rumbo. Evitando pisadas ruidosas. Retorciendo el pescuezo, oteando mi retaguardia e intentando no ser encontrado.

De repente, por un segundo me sobrevino el recuerdo de la noche anterior… la jeta de aquel simpático chaval. Siempre invitándome a copas. Luego, la propuesta: un “todo incluido”. Omitiendo por supuesto, que yo sería uno de los platos…

CARMEN ÚBEDA

Todo en la poesía

———————

En la poesía todo cabe

todo entra.

Todo va incluido.

Amores y desamores.

La lluvia

el viento

y el frío.

La sencilla amapola.

La canción de una nana

y el llanto de un niño.

La huida

y el retorno.

La riqueza.

La pobreza.

La esperanza.

La tristeza.

El sol la luna

y las estrellas.

La exultante primavera.

El otoño

y su morriña.

El verde pinar

cuajado de piñas.

Todo lo que está cerca.

Todo lo que está lejos.

Todo lo que vivimos.

Todo lo que vemos

y oímos.

La vida cotidiana

múdala en poesía.

Las peras,

las cebollas,

los ajos

y las manzanas.

Todo va incluido en la poesía.

Deja que fluya

tu vida

con la belleza,

la cadencia,

la armonía

y el duende

que te ofrece

la poesía.

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

Caprichos de restaurante

Se siente el calor en el ambiente y también el olor a pescado frito, a carne asada y pollo rebozado. Carolina trabaja duro en su restaurante. Largas horas de pie pensando en cómo adornar un plato bien presentado para unos comensales exigentes pero agradecidos. La mayoría lo son. Sin embargo, nunca faltan aquellos que protestan por cualquier detalle ajeno al menú, que reclaman por un detalle que no esté incluido en el menú.

Carolina se siente orgullosa de su establecimiento. Le basta con tener que atender a unos cuarenta hambrientos clientes, que a diario tocan la puerta de su restaurante, pidiendo comida exquisita y sobre todo que aparezcan sorpresas incluidas en el menú de los viernes. Si los viernes, es el día más intenso: Carolina diseñó unos pasteles muy especiales, coloridos y fascinantes al paladar para que sean degustados con honores.

Aquella tarde el restaurante estaba a rebosar. Habían llegado de un solo golpe cincuenta y ocho clientes proveniente de un tour de Málaga, reclamaban ser atendidos con rapidez y buen sabor, pues estaba todo incluido en la visita a la ciudad .

El personal no se daba abasto con los platos. Carolina se puso su sombrero de chef y delantal para afanosamente ayudar a su personal a cumplir con las exigencias del grupo.

Pese a los esfuerzos hubo algunos platos que no llegaron a la mesa a la temperatura adecuada. Por ello, Pedro, Alvaro y Juan reclamaron tal circunstancia.

Carolina con su seguridad y respeto de siempre, les dio la cara y les ofreció una ensalada de cortesía, que no estaba incluida en el menú. Estos tres chicos, tenían ganas de fastidiar y no les importaba si estaban incluidas las ensaladas .

Siguieron reclamando al punto que alzaron la voz hasta incomodar al resto de los presentes.

Carolina se las vio difícil aquella tarde. Con prestancia y elegancia y algo de estrategia logró calmarlos.

Carolina se acercó a la mesa, no con más explicaciones, sino con un silencio cargado de autoridad. Hizo una señal a su ayudante, quien apareció de inmediato con tres de sus famosos pasteles especiales de los viernes: pequeñas joyas de azúcar y color que brillaban bajo las luces del local.

—Caballeros —dijo Carolina con voz pausada, pero firme, captando la atención de todo el salón—, en esta cocina el fuego a veces es caprichoso, pero la hospitalidad es una constante. Estos pasteles no se compran con dinero, se ganan con el respeto al trabajo de quienes llevan horas de pie para servirlos. Degústenlos como un regalo de la casa, o permítanme que los envuelva para que los disfruten fuera, dejando que el resto de los comensales recupere la paz que han venido a buscar.

El contraste entre la belleza de los postres y la firmeza de sus palabras fue el golpe maestro. Pedro, Álvaro y Juan, desarmados por una cortesía que no dejaba espacio a la réplica, bajaron la mirada y, por primera vez en la tarde, guardaron silencio. Al probar el primer bocado de aquel bizcocho fascinante, el gesto de sus rostros cambió por completo; la queja se disolvió en el paladar.

Al terminar la jornada, mientras el grupo de Málaga subía al autobús entre risas y elogios, Carolina se quitó el sombrero de chef. El calor seguía allí, y el olor a pescado frito también, pero ella sonrió para sí misma. Sabía que aquella tarde no solo había servido comida; había dado una lección de dignidad sobre el mantel.

Alexandra Fernandez B.

NILA J BOHORQUEZ

En esta tarde silenciosa me sumerjo en la soledad de los pasillos de mi casa solariega, deteniéndome imaginariamente en un espacio único, exclusivo, oteando alrededor de los muros las diferentes pinturas al óleo pertenecientes a la familia…pero hay un enfoque muy especial que llama la atención, donde se destaca un carriel…mi querido «carriel», en el cual todo está incluído, desde mi existencia y caminos recorridos, confeccionado con «hilos de hierro colado», difícil de romper.

Todo está guardado en la talega que representa mis memorias y

esencia. Cada arruga o huellas marcadas en su cuero son vivencias exploradas en el andar; de las risas y lágrimas; de los instantes disfrutados con pasión.

En sus profundidades están escondidos los secretos de mi corazón; las lecciones aprendidas entre sinsabores, incomprensiones y promesas incumplidas.

Y sigo perdida en mis pensamientos.

Observo detenidamente a mi consentido bolso y me acerco para acariciarlo, sacudiendo el polvo acumulado por el vaivén de los arenosos vientos.

Todo está marcado minuciosamente en cada compartimiento de su hechura y nada puede reemplazar el valor que representa para mí, porque ese «hilo de hierro colado» que cose todo su alrededor, se entrelazan mis días y mis noches; mis sueños y realidades.

¡Oh, mi hermoso carriel!…

¡Eres el refugio de mi espíritu,

el testigo mudo de mi historia!

¡Todo está dentro de ti, como escudo de la fortaleza y resistencia de mi existir!

FURUKAWA CREATIVES

Expectativas.

¡El momento, por fin, había llegado! Llevaba meses, incluso años, soñando con el día en que la adaptación cinematográfica de «Locas Historias Raras» llegara a la gran pantalla. Me devoré el libro, cada palabra, cada susurro, cada sombra de fugacidad; pero ahora, la película. Y no me conformaría con cualquier sala de cine. Investigué a fondo, buscando la experiencia «todo incluido» que esta joya literaria merece: la sala más grande, con la mejor definición, el sonido envolvente y, por supuesto, un servicio de snacks a la altura.

La mañana del estreno me levanté con emoción. Elegí mi mejor vestido y me arreglé casi como si fuera a conocer a la mismísima Abril. Llegué al cine con la antelación de un general, eligiendo el asiento perfecto en la fila central y a una distancia ideal de la pantalla. Pedí mis palomitas grandes, con mantequilla extra y un refresco gigante. La promesa de una inmersión total tenía a mi corazón latiendo frenéticamente.

Las luces se apagaron.

La pantalla se iluminó.

Y entonces, el desastre.

El sonido me transportó a la calle donde vivo, a la hora en que pasa el camión de la basura: crujidos, silencios inexplicables y, de pronto, un ensordecedor zumbido que me hizo saltar del asiento. Por un instante pensé que estaba en formato 3D, porque la imagen se veía borrosa, con saltos y parpadeos que me impedían concentrarme. Parecía que la película se resistía a ser proyectada.

¡Y qué decir de las palomitas! Parecían haber sido hechas unos días antes: rancias, insípidas, con una amargura que no se limitó a quedarse en mi boca, sino que se extendió hasta el alma. Cada mordisco era una tortura, un recordatorio de que mi ansiada experiencia se estaba convirtiendo en una pesadilla.

Pero lo que realmente destrozó la magia fueron los que estaban sentados detrás de mí. Un grupo de adolescentes que no paraban de hablar, reír a carcajadas y comentar la película a gritos. Con la paciencia que me quedaba, intenté hacerles señas de silencio, pero fue inútil. Eran como una plaga de langostas que tragaba la tranquilidad que yo tanto anhelaba.

Me levanté, exhausto, frustrado y con el corazón encogido. Caminé hacia la salida, olvidando a propósito las palomitas en el asiento. Ni siquiera pude evaluar si la adaptación era fiel al libro. La imagen y el sonido me lo impedían, y el ruido de los que estaban detrás, ahogaba cualquier intento de sumergirme en la historia.

Afuera, la luz del sol me cegó, haciéndome sentir como si me hubieran arrojado de un sueño roto. La experiencia «todo incluido» se había transformado en un fiasco monumental. Me quedé con la sensación agridulce de que, a veces, las expectativas pueden ser más peligrosas que la decepción. Y que, quizás, la búsqueda del valor en lo efímero de «Locas Historias Raras» únicamente reside en las páginas del libro.

(Basado en hechos reales.)

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

Silencio impuesto.

—Isabel, cariño, desde que volvimos del viaje eres otra. No hay quien te quite tus diez minutos de meditación.
—Sí, me ayudan a aliviar la carga del día a día —le respondió ella.
—Pues te viene genial. Qué bien que escogiéramos esa actividad dentro del todo incluido del hotel.

En ese momento, Juan cogió su mochila y las llaves de la entradita.

—Cariño, vuelvo para cenar. Tengo partido de pádel.

Isabel terminó de meditar. Cuando comprobó que Juan ya estaba lejos —lo vio montado en su coche tras la ventana—, una vez más rompió a llorar.

Las vacaciones en México no habían sido tan idílicas. Allí ocurrió algo que cambió la vida de Juan e Isabel para siempre. Pero él aún no lo sabía.

Los días se sucedían para la pareja. Cuando Juan sacaba el tema del viaje delante de amigos y familiares, Isabel tenía que hacer contorsionismo con sus sentimientos y aparentar que no había sucedido nada en realidad.

Un viernes por la tarde, sentados en el sofá viendo una película juntos, Juan recibió una notificación en su reloj. La ojeó por encima y pronto echó mano de su teléfono para entablar conversación.

—Cariño, vuelvo en un segundo. Ahora me cuentas qué ha pasado en la peli —dijo mientras se iba a la cocina.

Pasados cinco minutos volvió al sofá, miró a Isabel y le dijo:

—Si te apetece, te invito a cenar. He conocido a un chaval súper agradable que lleva ya unos meses viviendo en España con su familia y es muy majo. Me comenta que, como están solos aquí, le gustaría entablar nuevas amistades.

—Dices que no son de por aquí… ¿de dónde son?
—Pues vienen de México y te vas a reír, el mundo es un pañuelo. Nos hemos conocido en el gym y, hablando, me comentó que había estado en el mismo hotel al que fuimos con el todo incluido…

En ese mismo instante, Isabel sintió en su mente una descarga eléctrica que le paralizó todo el cuerpo.

—Cariño, ¿estás bien?
—Sí, sí… venga, de acuerdo. Salgamos esta noche —consiguió responder tras unos segundos, aún paralizada.

La tarde se sucedió hasta que llegó el momento de acudir a la velada.

A la hora prevista quedaron en un popular restaurante del barrio. Ellos llegaron primero y se acomodaron en la mesa que habían reservado. Diez minutos después, sobraron las presentaciones.

Se abrió la puerta del establecimiento y accedió una familia con dos hijos menores, de unos diez años. Para todo el mundo de aquel lugar, todo era terroríficamente ordinario, excepto para Isabel.

Juan llamó la atención de la familia alzando la mano para indicarles que esa era su mesa.

—Mira, Isabel, este es el muchacho que te comenté y su familia.

Para ella ya sobraban las presentaciones. Como aquel día, hacía ya más de un año, durante aquellas vacaciones, Isabel volvió a ver tras la mirada de aquel hombre a un ser dispuesto a todo. En ese momento su cuerpo se aflojó y se tornó vulnerable, como aquel animal que, en manos de su depredador, espera el final.

Desde ese día Isabel supo que aquella advertencia en los aseos del restaurante del hotel había sido más que firme.

Cada vez que cerraba los ojos para meditar, regresaba a aquel instante en México, al silencio impuesto y a la certeza de que nunca podría contarlo.
No sin poner a Juan en peligro.

BEA ARTEENCUERO

CARCAJADA..

Ríe la madre

Al besar al hijo

También el padre

En un abrazo fraterno

Una sonrisa Dibuja

El niño, cuando es feliz

Ríe la novia al dar el sí

En el altar.

Ríe el amigo

En el encuentro

Con el otro

Ríe el amantes al acariciar

El cuerpo de su amada

Ríe el payaso

Detrás de una lágrima

Escondida

Ríe el político

Detrás de la mentira.

Esconde su dolor el mendigo

Y dibuja una sonrisa

Al pedir limosna

Para saciar su hambre

Ríe el perro cuando

Recibe una caricia.

Hay pueblos que ríen

Mientras hay guerras

Por doquier

Ríe el alma

Aunque llore el corazón

Paradoja de la vida.

El mundo…

Es una gran carcajada!!!

Bea…

MARIANA DI PASCUA

Sexo, taxi y poesía.

Oferta y demanda a la carte existía en tinder, un terreno donde nos clasificaban como ganado. En las noches de fin de mes con Caro no teníamos un cobre para ir al boliche ni siquiera el sábado de damas gratis. No era negocio eso de competir por un alfa Hipyllo con otras siete minas del Bluzz Bar.

Aclaremos que el hippy podía ser alérgico al jabón y ahogarte en una chimenea de canabis el Hippyllo era un hippy falso con estudios, limpio y tenían para invitar los tragos. Pero el último sábado del mes no teníamos ni para el ómnibus, así que nos entreteníamos clasificando en tinder por belleza, altura, profesión y charla entretenida. Yo evitaba los poetas porque la livido me la bajan. También evitabamos compromisos como noviazgos o pedidos de matrimonios que a mi me sucedían a veces luego de treinta minutos de hacerme la interesante con mi voz sexy y un poco de maltrato diciendo cosas que no sé cómo aguantaban :»sos feo de cara, digo no de mi estilo». Ya si médian menos de 1,80 eran invisibles para mi y sé que suena muy cruel pero ahí elegiamos con la misma frialdad que lo hacían los hombres.

Esos momentos podían hacernos morir de risa salvo apareciera un caballero con todo incluido.

Yo daba like a uno que a Caro le parecía terrible. Mi hijo de ocho años se metía y opinaba.

Mamá ese era lindo, pero no para mi. Caro y el encontraban lindos a los rubios con cara de príncipe que mostraban un auto suculento que según Caro era de tal marca. Yo le decía que si había mas auto que hombre podía haber más riesgos en una noche de pasión.

Ella y mis otras amigas odiaban mi gusto de peludos con tatuajes, con o sin auto. Un día veo a mi príncipe castaño en esa jungla, al darle me gusta automáticamente hacemos Mach. No recuerdo quien saludó primero pero enseguida hablamos y me pasó su celular. Yo desconfiaba de sus fotos demaciado lindas. Posaba como modelo con un rostro dulce y pinta de músico metalero, su pelo largo oldulaba bajo sus hombros y sabía hablar muy con clase.

Dos semanas hablamos cada minuto libre e incluso desde mi trabajo. A él le gustaba la poesía comentó cuando comenté que yo escribía. Me pidió algunas luego me inspire con el vínculo e hice una poesía por día que el pasaba y colocaba en una carpeta. Por fin un hombre que no se asustaba por mi inspiración que era sutilmente inspirada en él.

Por dos semanas el cuido a una tía enferma por lo que tuvo tiempo de armar desde una locura mayor a la mía una vida juntos sin habernos visto.

Llegó el día esperado por fin nos conoceríamos. El vino a mi casa de tarde, golpeó las manos desde la acera yo abrí volando la puerta, antes de estar cerca como para un abrazo me dijo :sos más linda que en las fotos. Yo me acerqué y el me dio un beso en la mejilla al que no respondí con recato, me posé en sus labios y un beso experto nos unio y sin palabras incluimos un largo abrazo que no se apuraba en terminar .

Pese a esa química instantánea charlamos bastante y nos mimamos hasta que las caricias buscaron más piel. Voló su camisa y mi vestido largo y vaporoso cayó sobre ella, vi su tatuaje, el mismísimo Jhon Lennon sobre el lado izquierdo del pecho, no podía pedir más. Nuestra pasión se nos confundió con amor esa tarde. Nos mirábamos el rostro con devoción y no tuvimos sexo. Hicimos el amor. Ayyy, no era sano ese vínculo que nos deslumbro y nos dejamos llevar por dos semanas de charlas y 14 poesías.

El había armado planes de mudarnos juntos en unos meses cuando terminara de construir, yo decía todo qué si, había creído que al final tinder era perfecto.

A las cuatro de la madrugada se fue.

Desde el ómnibus a los 10 minutos me llamó, yo todavía sentía su perfume impregnado en las sábanas y miraba su tierna expresión desde un límpido recuerdo.

Mirá me dijo tengo algo que decirte porque no me sale mentirte mi verdad más tiempo, sos alguien especial que se entrega y das algo intangible que me hace sentir ganas de vivir sanamente y sintiéndome normal. Yo soñé una vida con vos pero es difícil.

_soy escort dijo. Yo no conocía la palabra y le pregunté si me hablaba de una marca de auto pero lamentablemente no. Escort es un taxi boy pero bip me explicó. Yo no caía pero inmediatamente le dije que yo nunca pagaría a un hombre por sexo a lo que aclaró que no me lo decía por eso.

Hablo de 5 hijas, plata dulce a la que se acostumbro y bla, bla.

Luego creí poder intentar ser pareja igual pero luego dijo que estando conmigo no podría tener la fuerza para trabajar. Nos separamos y pienso que seguramente yo no habría aguantado mucho.

El paquete de la página vino con demaciados extras, solo quedó mi poesía en su carpeta y escuchar cada tanto un tema que me dedicó ‘»Más que palabras», aunque las buenas palabras fueron destruidas por la realidad que él había elegido por dinero. Lo vi llorar por un asco que sentía por si mismo si estaba junto a mi, yo no tenía por qué consolar cuando el inventó una fantasía que también me daño’. Luego de él cerré el tinder y al tiempo me case con alguien con pecados que tuvieran solución o encontraran alivio con una venganza de las sutiles en mi formato de vinculo»normal».

Un día me invitó a tomar un café pero yo no arriesgaría ni mi alma ni mi matrimonio por una cara vonita que jugó 2 semanas a un mentiroso príncipe de cuentos que ni en las historias de reyes te podrán hacer feliz.

PILAR MONTES CABRERA

Mamá:

Sé que no quieres hablarlo, pero te pido que sigas leyendo esta carta. No quiero pelear contigo, pero lo haces más difícil cada vez que alzas la voz. Por favor, no puedes hacerme esto aun cuando su partida deja una dura verdad. Al principio, quise olvidar lo que me dijo ese chico, pero cuando hablé con él esta tarde, entendí un poco más a mi hermana.

– Era una conversación entre ambos – me dijo con firmeza- no quise traicionarla…

Cuando Bruno me contó sobre los pensamientos suicidas de Angie, sentí rabia. Por un instante, tuve el impulso de gritarle. Lo hubieras visto, su mirada estaba perdida, ni siquiera era capaz de mirarme. Pero, entendí que no tenía el derecho. Me quedé callada cuando me dijo sobre esos días con ella, bajo este mismo árbol, en dónde ambos charlaban. Sus ojos enrojecían con cada palabra que iba pronunciando. No le debía ser fácil tener esa duda sobre “¿Qué hubiera sido si…?”, de seguro eso es la razón por la que su rostro estaba más decaído.

– Ella se sentía muy sola e incomprendida- expresó a duras penas – yo le dije que lo hablará, pero ella se rehusaba. No creía en los demás porque ella aseguraba que, después de todo, los problemas seguían siendo de uno mismo.

Sentí vergüenza al saber que ella tenía esa misma idea que yo. Eso te incluye también. Tal vez eso fue la razón de su silencio constante. Me decía que pensaba, pero sabía que estaba preocupada. Le hacía la pregunta y ella respondía. Intentaba aconsejarle, pero ella se ponía a la defensiva. Ahí terminaba la charla.

– Lo siento- expresó decaído- me confió algo tan delicado que no supe estar a su lado. Era su amigo, pero…

No podía hacer más que verlo. Eso fue todo para entender que no fuimos capaces de darle la atención que necesitaba. Tú tampoco me lo diste, pero supe aceptarlo y, creí que ella también lo haría. Pero, terminé convirtiéndome en lo que más detestaba. No fuimos capaces de darle lo vital: la empatía y el consuelo diario. El hecho de que uno viva con esa soledad, no implica que todos lo hagan. Esa idea fue la que acabo con ella porque pensó que ella ya no tenía solución. Nunca quise que pensará eso, pero creo que mi silencio fue la respuesta que ella tomó.

Mamá, es necesario que lo aceptes porque entenderlo nos ayudará a honrar su memoria, sobre todo, dejarla ir en paz. Ella solo quería terminar con este dolor y lo consiguió. No estoy de acuerdo en su método, pero solo me queda aceptarlo. Y tú también deberías hacerlo. Si quieres llorar, hazlo. Pero, déjame estar allí. Por favor, llámame.

Atte:

Tu hija.

MARIO NÚÑEZ

La atracción fue instantánea.

Ella llegó, él lo había hecho antes, pero nada más mirarse sintieron que la vida les tenía reservado un nuevo amor, aunque ya lo habían descartado.

Él es viudo, también ella.

Ella lleva transitadas algo más de siete décadas de avatares, alegrías y tristezas, devoción, frustraciones, muchos dolores cada mañana, especialmente cuando se levanta y sobre todo cuando el clima está húmedo.

Él también, aunque el peso de los años ha encorvado un poco más su espalda, que punza en las lumbares si está mucho rato parado.

Ambos tienen un surtido de píldoras de colores y algunas gotas, más alguna que otra inyección de la que él prefiere no estar pendiente. Ella siente que después de ser madre dos veces, el aguijón de una jeringa es un chiste.

Demoraron mucho en hablarse, más allá del saludo galante, pero sin propasarse que él le dedicaba cada mañana y al retirarse a dormir.

Los saludos de ella sólo correspondían con una sonrisa, un leve sonrojo si estaban cerca, y una mirada furtiva, que buscaba y esquivaba los ojos de su príncipe emérito, lejos ya ambos de las glorias pasadas y el poder de decidir.

El viene de un matrimonio eterno, que abordó en la adolescencia y del que desembarcó en la tumba de la única mujer que conoció y amó profundamente.

Dos hijas mujeres, mellizas, inquietas, inteligentes, buscavidas; una de ellas, la más dominante, abandonó el hogar buscando su rumbo antes de terminar su adolescencia. La otra demoró y se fue cuando tuvo su propio emprendimiento y para inaugurar su matrimonio.

Él y su amada esposa compartieron los buenos y malos tiempos, trabajando a sueldo a veces – la mayoría de las veces – insuficiente. Ambos, bichos de ciudad y de departamentos. Varios, hasta que pudieron adquirir el suyo financiado con fondos públicos en casi cuarenta años de cuotas horadando el bolsillo y la cartera.

Cuando finalmente fueron dueños de su hogar, con sus papeles y economía saneada, las hijas estabilizadas, dos nietos que no paran de crecer, compraron una minivan, dispuestos a devorarse el mundo, viajar, conocer otras gentes y lugares. Pero se truncaron sus planes cuando una enfermedad terca terminó ganando la pulseada y cobró la vida de su esposa.

Ella, viene de una vida difícil. Madre soltera, mucho esfuerzo para sacar adelante a su hija. Décadas de esquivar al amor y a los hombres que parecían decididos a tomar por asalto su bastión de luchadora, profesional independiente, hasta que uno, bonachón y con los ojos café más brillantes que conoció, derritió sus defensas y le propuso una vida juntos. Entró a su vida, allí permanecieron juntos, engendraron otros dos hijos, y él falló. Le había prometido “para toda la vida”, pero se fue antes. Y allí quedó ella, con una hija y un hijo independientes ya, uno más a punto de despegar del nido rumbo a sus estudios primero, y a su vida después.

“Buen día señorita” – dijo él, galante y atento como siempre, al sentarse por primera vez en la mesa con ella para desayunar. “ya lo debe saber, pero mi nombre es Armando y me presento con todo respeto. ¿Podemos desayunar juntos?”.

Ella fingió poco interés en su compañía, aunque un calor que no recordaba desde su lejana menopausia le humedeció las palmas de las manos. “Como guste”, respondió. “Mi nombre es María Julia”.

Desayunaron con muchos silencios, aunque algunas frases de la avanzada de Armando, iban proponiendo, sugiriendo, preguntando, pero sin proponer nada más que conocerse. Lentamente.

“Tenemos todo el tiempo del mundo” – aclaró ella -. “Todo, todo, no”, relativizó él. “He vivido mucho, asumo que usted también, y a esta altura, nos permitimos sentir y decir cosas que antes eran impensables. Sincericidio, le llama una de mis hijas” dijo él en medio de una carcajada cuidadosa para no alterar el orden del lugar.

“Es verdad”, dijo María Julia. Y así, una frase, una tostada, un recuerdo, mermelada, algún suceso viejo compartido, café con leche, historias de los hijos y nietos, servilleta.

Un “muchas gracias por la compañía”, un “usted merece”, cerraron el primer encuentro e inauguraron la burbuja solo suya que desde ahora comenzaría a abarcar también almuerzo, merienda, cena…

Largas charlas sobre el pasado de ambas vidas, que, sin saber bien cómo; diálogos que se fueron transformando en presente.

“Disculpe Armando”, dijo ella en un momento. “Me estoy confundiendo”, expresó con vergüenza dudando sobre si seguir permitiendo la avanzada de las huestes afectivas de él. “No es su culpa, por supuesto”, aclaró ante el nerviosismo silencioso de Armando.

“Había perdido la costumbre de remover recuerdos de toda mi vida. Creo que nunca lo había hecho en realidad. Creí que al llegar acá solo se trataría de vivir con todo incluido. Sin esfuerzos, sin poder decidir demasiado, con mi vida resuelta. Pero ahora las cosas van tomando un rumbo distinto para mí”.

El príncipe vetusto sintió crujir los cerrojos y bisagras de un portón que parecía cerrado para siempre, y las altas y sólidas maderas comenzaron a ceder, entreabrirse y mostrar primero una rendija por la que asomó una esperanza, luego, el destello de una etapa diferente. Resplandor algo opaco, eso sí, como cuando trata de ver televisión sin sus lentes. Pero chispazo al fin.

La puerta de María Julia no volvió a cerrarse, pero sin franquear el paso abiertamente aún.

Armando comenzó a soñar primero, y a expresar francamente luego, con una vida juntos, con algo más o mucho más que la convivencia en el all inclusive, en el que coincidieron sin conocerse.

El empezó por hablar de sentimientos, de esos cálidos, experientes, selectivos, cuidadosos, de almas mutuamente acompañantes.

Estos asuntos del amor se iban desplegando entre muchos almuerzos y conversaciones casi en secreto, para no interrumpir las transmisiones de televisión que los demás residentes seguían con tanta atención como podían.

El lugar no favorece los encuentros a solas, ni los contactos físicos. Mucho menos pensar en intimidad.

Él mencionó el tema, ella salió del trance como pudo. Ambos saben – el mundo se los aclara siempre – que los ancianos no sienten deseo sexual. No deben sentirlo.

Y mucho menos ahí, ni en conocimiento de funcionarios, que son los ojos y oídos remotos de sus hijos.

“María Julia”, dijo de pronto Armando. “¿Usted aún siente … ganas …, digo, ganas de …”

“¿Hacer el amor?”, preguntó ella soltando un salvavidas al galán añoso que se estaba ahogando en una frase demasiado profunda para el largo de sus piernas.

“Si. Usted sabe que los hombres tenemos necesidades”, se animó él. “No se si las mujeres … bueno, si usted…” nuevamente comenzó a dar señales de incompetencia para seguir.

“Hace muchos años que no pienso en eso; hace mucho que no siento nada”, continuó ella la conversación salvando de nuevo al conquistador empantanado. “Los hombres sienten deseo, las mujeres también. Quizá de modo diferente. Nosotras muchas veces postergamos ser mujeres para ser madres. Hoy sé que al menos en mi vida, no debí dejar de lado la mujer que fui, para ser solo madre. Pero bueno… Hoy no sabría cómo hacer”.

“Yo tampoco, aunque quisiera por lo menos soñar con eso. Pero no sé si los años me lo permitirían. La próstata y la medicación para la presión nos complican mucho a los varones.”

“Las mujeres tampoco la tenemos fácil, vea Armando”. Y abriendo una dimensión que jamás había expuesto ni con sus hijas o amigas, agregó: “parece que nos vamos secando. Nos volvemos más frágiles, la intimidad duele sin ayuda, y da mucha vergüenza hablarlo para buscar ayuda, así que lo dejamos así…”

“Todo esto es muy raro. Digo, hablar de esto acá, medio en secreto, sin que nadie más escuche. Bueno, nadie más parece escuchar. Los funcionarios están en sus cosas, los vecinos casi no escuchan y algunos no entienden, aunque escuchen” sonríe sarcástico Armando.

“No seas así Armando”, dijo ella, inaugurando un tuteo inesperado hasta ese momento.

Acá todos somos parecidos, tenemos largas historias, y profundas consecuencias parece, a veces. Nosotros no somos dos atletas que caímos aquí por una confusión”, le reconvino con una dulce sonrisa y una tibia mano suya sobre la de él para anestesiar el rezongo.

Sin embargo, parte de su frase desnudó otro aspecto de las circunstancias que los han reunido: no llegaron aquí por su propia decisión.

Bueno, ella sí, para combatir su soledad y el cansancio de una vida muy esforzada.

El no. Cuando sus hijas acordaron su nueva residencia, él había resistido el cambio, convencido de que podría seguir viviendo solo para siempre, y no necesitaba ayuda ni que lo depositaran en ningún lugar.

Pero allí estaban. Con el tiempo se adaptaron cada uno con sus recursos. Cuando vienen las dudas, los recuerdos, los enojos y hasta los afectos, los profesionales, funcionarios, los vecinos, Netflix y los informativos, las cosas ricas de las comidas, las visitas cada vez más escasas de hijos y los saludos que trasmiten de sus nietos a los que ven en fotos o a veces escuchan el día de los abuelos, son parte del mundo que va regalando día tras día, a los habitantes de este vecindario cercano y distante a la vez.

María Julia y Armando tienen la suerte de construir como pueden, aunque más en secreto que sus lejanísimos amores adolescentes, una cercanía prohibida o al menos limitada, pero que ya les es imprescindible.

AXY LINDA

—Así es, Zayra, con todo incluido. ¿Lo tomas o lo dejas?

—¿Acaso se puede elegir?

—Mmm… ja, ja, ja. Es mero formulismo; no eres tú quien tendrá la opción de decidirlo.

—Pues… bromear con cosas tan serias no es correcto. Quien tendrá que asumir las consecuencias seré yo. Y si no está en mí escoger, ¿para qué explicarme todo lo que implica el plan del viaje?

—Como te dije antes, yo solo cumplo con mi trabajo. Y tienes razón: llevo tiempo deseando renunciar. Mi función aquí, hasta donde sé, no sirve de nada. Es desagradable esforzarse en algo que parece inútil.

—Qué tontería. Ya lo habrías dejado, a menos que aún guardes alguna esperanza…

—¡Eso es! La esperanza. Esa es la que me ha mantenido aquí, cumpliendo lo que se me encomendó. Creo que llegará un día en que sí haya elección… y entonces yo seré importante.

En ese instante, el promotor se desvanece.

Desde lejos, una voz irrumpe:

—Ya nació. Es una niña.

El viaje acaba de comenzar. Todo está incluido.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Puse un restaurante al cual ldenominé «todo incluido» en las afueras de la ciudad, mi familia me había animado a hacerlo.

Habiendo terminado la carrera de chef creyeron que era lo mejor que podía hacer y no depender de otros.

Todo empezó bien estaba teniendo éxito, pero no todo es miel sobre hojuelas, a veces el infortunio se acerca a nosotros como una sombra en sigilo y nos arrastra a una bruma interminable.

Llegó al restaurante un dia de tantos, un hombre vestido muy elegante, con sombrero, era muy apuesto yo diría que de mediana edad, me acerqué para darle la bienvenida, preguntándole si era mesa sólo para una persona, a lo cual asintió.

Realmente me había impresionado, sentí algo totalmente inesperado, cosquillas en el estómago, corazón y mente, me encantó en fin pensé que ya pasaría.

A la semana siguiente nuevamente apareció, pidiendo la misma mesa, mi corazón se alegró al verlo, era mucho mayor que yo, pero eso no me importaba.

Al irse se despidió dándome las gracias por la fina atención y una deliciosa comida, y me pidió que si algún día aceptaría salir con él, imaginen cuál fué mi sorpresa, le dije que sí y quedamos de vernos en unos días, para ir a cenar, me sentía intrigada y nerviosa, nunca había salido con un hombre tan mayor.

En fin, llego a nuestro encuentro, fué una muy agradable velada, me invita a su departamento no sé si aceptar o no? pero me sentía tan atraída a él que no me negué.

Era un departamento muy agradable, me invita una copa, luego otra y sucedió lo que quizá en el fondo deseaba y esperaba, un beso, otro, uno más, caricias y finalmente terminamos en su recámara.

Fué una noche mágica, sentía que volaba entre nubes, no sabía cómo reaccionar ante lo que había sucedido.

Nos despedimos con un beso interminable, diciendo que me buscaría en tres días, le dije que estaba bien, pasaron los tres días y no llegó, me sentí triste y decepcionada pensé que si iba a regresar.

Pasaron tres semanas de este encuentro, y me invita mi mejor amiga Adriana a conocer a su familia, van a hacer una fiesta de bienvenida porque regresa su padre después de una larga ausencia en el extranjero.

Llegó, me recibe mi amiga, y me presenta al padre, cual es mi sorpresa que aquél hombre del cual casi me enamoro era su padre, ¿se imaginan lo que sentí? traté de conservar la calma, pero mi corazón latía con fuerza, ¡como este hombre que según había ya regresado del extranjero estuvo yendo al restaurante y me sedujo?

Mi cabeza daba vueltas, me gustaba tanto y al parecer fuí solo un rato de pasión para él.

Me despido, a pesar de todo fingimos bien, el no conocernos.

Había pasado un poco más de un mes y me sentía rara, tenía náuseas, me sentía más cansada, será lo que me temo, una mala o buena jugada del destino, no le podía decir a nadie sobre esto y menos quien es el padre.

Por la mañana, me hago la prueba de embarazo y sale positiva, me quedo muda, tengo que enfrentar esta situación provocada por mi diría irresponsabilidad, por una noche de pasión, esto no es un juego, es traer al mundo un ser que nada tiene que ver con nuestros errores.

Pensaré que debo hacer.

El martes de pronto aparece Adrián el padre de mi amiga, me sorprende que haya regresado, me pregunta ¿ que como estoy? No sé si decirle o no lo del embarazo y cono va a reaccionar, le pido que si podemos vernos más tarde a lo cual asiente.

Nos encontramos en el apartamento que creí era de él,no era de un amigo, entro, me da un beso en la mejilla, y me dice que me extraña, que no puede dejar de pensar en mi, ya no sé que decir, de mi boca salen rápido dos palabras, estoy embarazada, pone cara de sorpresa, me contesta que será un buen motivo para divorciarse y estar con nosotros, le contesto que sería una locura, no puede dejar a su esposa e hijos por una noche de locura.

Que fácil parece todo pero no lo es, le digo que voy a abortar, él no quiere, pero le injiero que es mi cuerpo y que yo debo decidir que hacer.

Me despido y me pide que lo piense bien, no citamos en tres días, y aún no me atrevo al cien el que debo abortar, creo que sería una cobardía, huir de una situación que yo provoqué.

Para algunos sin conciencia les será fácil decidir, más no para mi.

Nos reunimos nuevamente, me recibe con un gran abrazo, y me da un beso, en ese instante se oye una voz, diciendo pero que es esto, era mi amiga con su novio los cuales iban entrando al mismo lugar, me quedo sin palabras, Adrián le dice que no piense mal, que me encontró en el lugar y solo saludaba, le espeta el porqué me da un beso en la boca, pienso que se cierne una tormenta, la hija muy indignada, se va, el padre trata de detenerla pero no lo logra.

Esto se ha convertido en un caos, Adrián no quería que las cosas se dieran así.

Me voy, trata de detenerme, no le hago cas.

Estoy muy deprimida, quisiera hablar con mi madre y pedirle un consejo, mas no lo haré.

Algo que debiera ser bueno, se ha convertido en un tormento para mi. Estoy tan cansada, parece que estoy luchando contra mi misma.

Tengo que irme de aquí, dejar mi vida, romper mis sueños, alejarme de mus amigos. Dejaré el restaurante en manos de un amigo, me despediré diciendo que voy a probar suerte en otro lugar.

Nadie sabrá el porqué, tendré a mi bebé, y esperaré que todo salga bien, y no cometer más errores.

Ya pensaré que les diré más adelante a mis padres.

Trataré de volver a soñar y comenzar de nuevo mi vida, y no actuar ya nunca en forma tan inconsciente.

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2 comentarios en «Todo incluido – miniconcurso de relatos»

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