La gripe – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «gripe». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 15 de enero!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

EMILIA CREGO

UN EXTRAÑO SUCESO

Un extraño suceso llenó las calles de inquietud en el Madrid de 1990. Adultos y niños corrían por las calles en busca de un lugar seguro. Un sonido agudo y persistente alarmó a todos los transeúntes. Un grupo de amigos visitando la ciudad, nos vimos envueltos en una sacudida de acontecimientos en la “Gran Vía” madrileña.

Las tiendas de moda, cafeterías y otros establecimientos públicos se vaciaron para después deambular sin rumbo. Las madres cogían a sus hijos en brazos y estas corrían dejando atrás una serie de gritos ensordecedores. Mujeres, hombres y niños, todos en busca de un lugar seguro.

_¿Qué motivo desató dicha alarma?

En aquellos días posteriores reinó la calma y el interés por saber lo ocurrido. Se dijo: Que una aeronave de pequeñas dimensiones barrió la ciudad para dejar en el aire suspendidas unas gotas muy finas. Estas llegaron a humedecer las prendas, el pelo de todos los viandantes, y en las calles se desató un estado de alarma que mantuvo a la población en shock.

Un hombre de mediana edad y no habiendo superado los cincuenta, se encontraba apoyado sobre un zócalo de madera revestida. Este tuvo un extraño comportamiento: Gritaba que lo habían envenenado; aquella lluvia le produjo una tos persistente, respiraba con dificultad y, cuando fue atendido por los sanitarios, quiso escapar de quien él mismo decía: Que habían llegado de otro planeta para invadir la Tierra y estos acabar con nuestra especie.

Se desató la ira en una mañana soleada visitando la ciudad. En los periódicos la noticia no tuvo mayor repercusión mediática, pero para la sociedad madrileña fue creado un personaje y unos acontecimientos que durante años desataron toda clase de murmullos.

DAVID MERLÁN

GRIPE

LA MAL LLAMADA

El mes de octubre de 1918 había llegado sin apenas estruendo. El otoño se había adueñado del pueblo con la rutina de siempre: hojas húmedas pegadas al suelo, chimeneas encendidas, y el frio y la humedad calando los huesos. En aquella España «neutral» apenas se hablaba de la guerra, y lo poco que se hacía, era de forma vaga y mal; los periódicos nacionales traían columnas enteras recortadas, frases vagas, victorias sin detalles. Decían que todo seguía bajo control. Sin embargo, en las casas la gente comenzó a toser.

Al principio fue leve. Fiebre corta. Dolor de cabeza. Cansancio. En el pueblo (dá igual cómo se llamara), el doctor Salgado repetía el diagnóstico sin convicción:

—Es gripe. Como otras veces. Reposo y caldo—, repetía en cada diagnóstico.

Pero no era como otras.

Pasadas un par de semanas, la antigua escuela ya se había convertido en un improvisado hospital donde las aulas olían a sudor frío y desinfectante barato. El goteo incesante de llegadas de hombres jóvenes, mujeres que no habían faltado un día al trabajo, y muchachos con las manos aún manchadas de tierra, era incesante. Algunos se ponían morados en pocas horas. Les faltaba el aire. No había camas suficientes ni personal, pero en los informes oficiales se seguía hablando de una indisposición pasajera.

Una tarde llegó la realidad en forma de periódico extranjero. Envuelto en papel marrón, y traído por el cartero desde la capital, aquel periódico francés, cayó en las manos del doctor que lo hojeó con avidez.

—Aquí lo dicen claro —murmuró—. Epidemia. Hospitales desbordados. Miles de muertos.

—¿Y por qué allí pueden escribirlo? —preguntó Andrés, su ayudate de campaña.

El doctor cerró el diario y lo dejó sobre la mesa mal doblado.

—Porque ellos están en guerra y nosotros no. A ellos les conviene callar. Hay que mantener alta la moral de las tropas. A nosotros, sin embargo,… ¡qué mas da que se sepa!.

Un par de días después apareció el nombre.

—La llaman gripe española (*) —comentó un vecino.

El doctor alzó la vista, irritado.

—¡Será española porque aquí se publica —dijo—. No porque haya nacido aquí. Como si las enfermedades pidieran permiso para cruzar fronteras!, ¡vamos!.

Al mismo tiempo que el doctor se desahogaba, María cosía junto a la ventana cuando Juan dejó caer el cacillo de latón lleno de agua y se llevaba la mano al pecho, despacio.

—¿Qué te pasa, Juan?—preguntó ella angustiada.

—No me entra bien el aire.

Esa noche la fiebre evolucióno deprisa, muy deprisa. Al amanecer, su piel tenía un tono oscuro, casi azulado. María pensó toda la noche en ir a buscar al médico, pero ya sabía que llegaría tarde, o lo que era peor aún. No llegaría a tiempo. Las noticias de cómo se las gastaba aquella enfermedad había corrido como un reguero de pólvora y sabía que nada se podría hacer. Así too, meditó en silencio, unto al fuego y se convenció de que se meriecia un ultimo intento.

El doctor apareció al anochecer. Venía de certificar otra muerte.

—Hola María—. Saludó escuetamente cuando ella le abrió la puerta.

—Hola doctor. Pase, por favor.

Al fondo, en el dormitorio principal se encontraba Juan. Al doctor Salgado se le habían acabado hacía varios pacientes, las palabras de consuelo a los familiares que veían irremediablemente fallecer a sus seres mas cercanos. Aun así, lo intentó una vez más.

—Dicen que hasta el rey ha caído enfermo —comentó, sin ganas—. Alfonso XIII. También lo han publicado.

—¿Se va a curar? —preguntó María.

El médico no respondió.

—¿Cómo está mi marido doctor, se recuperará?

—No te puedo decir. Juan es fuerte. Tengamos fe—.añadío mientras lo oscultaba.

Juan murió con las primeras luces del día. Sin ruido. Hacía un buen rato que María le sostenia la mano. Decidió soltársela cuando definitivamente la notó fría. Cuando el doctor regresó, ya no había nada que hacer.

—¿Cuántos van? —preguntó ella con los ojos rojos e hinchados de haber llorado.

—Demasiados para contarlos —dijo él.

Los entierros se hicieron rápido. Sin flores. Sin oracioones ni plegarias largas. Los curas enfermaban. Los enterradores también. Nadie escapaba. En la comarca se hablaba de decenas de muertos. En el país, de cientos de miles. Nadie lo sabía con certeza.

En noviembre, la gripe empezó a remitir. El famoso «pico» quedaba atrás. No hubo aviso ni explicación. Simplemente, algunos dejaron de morir. Los hospitales se empezaron a vaciar con pacientes recuperados. Eso si, despacio. Al final de aquel episodio, los informes hablaron de normalidad.

Años después, los libros hablarían de cifras; Doscientos mil. Cuatrocientos mil. Medio millón.

Nunca se pusieron de acuerdo.

Y el nombre quedó. La gripe española. Decian años después recordando aquellos luctuosos eventos.

María nunca la llamó así. Para ella no tenía patria. Tan solo había sido la enfermedad que se había llevado a su marido a la tumba.

En los periódicos quedó para siempre el nombre equivocado. Sin embargo, en las casas vacías, el silencio que quedó, se convirtió en verdadero.

FIN

©David Merlan Castro

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(*) Entre las primaveras de 1918 y 1919, una epidemia de gripe infectó a un tercio de la población mundial. Se calcula que el brote acabó con entre cuarenta y cien millones de vidas, más del doble las que se llevó la Gran Guerra. Dos años después de que se diese el primer caso, a inicios de 1920, el virus, tal y como había llegado, desapareció.

CARLOS TABOADA

BENTEVEO

Después del acto, cada uno se acopló a un lado de cama y a ella le tocó el derecho, frente al televisor que colgaba del techo por un tubo discreto y negro. Se ladeó de cara a la mesita de noche y cogió el mando, tentando brevemente los botones para encontrar el de encendido.

Antes de decir él lo que pensaba, recordó que dispondrían de la habitación hasta las doce horas del día siguiente, pero que siendo las ocho de la tarde, no tardarían en irse de allí para no regresar jamás. Pensó en otra cosa, pero la pantalla oscura se iluminó y de inmediato aparecieron los logos y sus colores de las distintas plataformas disponibles.

Pensó en la cuestión: en el hecho de estar buscando una vez al mes —esa fue su idea— escenarios diferentes para mantener viva la llama, después de cierta crisis de pasión. El problema no era el dinero, eligiendo un tres o cuatro estrellas de un polígono por ochenta o ciento y algo de euros para tres o cuatro horas como mucho; esa cantidad no importaba si con ello lo pasaban bien, estrenaban otro colchón, la ducha y hasta el posible mobiliario para posturitas. Lo que verdaderamente pensó es si valía la pena continuar con su idea. Es decir, si hacerlo fuera de casa no se había transformado ya en una nueva rutina, tratando de escapar del apego por los niños, a quienes recogerían en un rato de la casa de los abuelos.

Con el mando, ella seleccionó una canción de la aplicación, subió el volumen y comenzó a mover los hombros para entrar con los primeros acordes.

—¿Te he dicho que me encanta esta canción? —dijo, e inmediatamente comenzó a canturrear junto a la voz del cantante.

Él pensó en otra cosa, pero no quiso indagar en las anteriores, ya que comenzaba a fastidiarse y no quería estropear el momento. Tan solo quería llamar la atención de ella. Dijo:

—Ayer vi a un benteveo. Lo vi comiendo aceitunas entre las ramas del olivo. Lo vi perfectamente a tres metros, y no se asustó.

Esperó un segundo a que ella respondiera, pero el estribillo de la canción comenzaba y no se lo perdió. Al cabo de diez segundos dijo:

—¿Qué has dicho del olivo de casa? —tarareó ella.

—Que vi un benteveo en el olivo.

—¿Eso qué es?

—Un pájaro —dijo él, recreando en la pared blanca de enfrente su figura—. Describí sus colores y forma en Google. No son pájaros nativos ni aves que emigran a otros continentes. ¿Cómo habrán llegado? Ahora que lo recuerdo, vi al menos tres de ellos —dijo, y le dedicó a ella una mirada fugaz, tal vez para que le hiciera caso o para que dejara aquella ridícula canción de pop, de acuerdo a su opinión de hacía días.

—¿Qué cómo habrán llegado, me preguntas? —dijo ella, y encogió los hombros—. Alguien los habrá traído, como los virus.

—¿Qué? ¿Cómo? ¿De veras te crees eso? —se sorprendió, y acto seguido descruzó y estiró los brazos, abrió las palmas hacia arriba y observó el techo, buscando ahí el hilo de otra posible conversación.

Luego pensó, cuando ella buscó una nueva canción, en la vertiente de conversaciones que podrían iniciar, pero al numerarlas se mostró indeciso: que si iba a proponer dejar de ir a hoteles, que si los abuelos —maternos— les daban a los niños demasiados caprichos, como el comprarles chuches y dejarles el móvil o la televisión encendida toda la tarde; que si tal vez podrían probar con juguetitos sexuales, salir al teatro de vez en cuando o a conciertos o a o…

Terminó por levantarse agobiado, y mientras ella comenzó a tararear la segunda canción, él sólo dijo que se iba a duchar.

ARMANDO BARCELONA

¡MALDITA GRIPE!

―¡Coño, Gaspar, estornuda para otro lado, que nos estás poniendo perdidos de virus! ―protesta Baltasar a la vez que pone un tuero en la chimenea para seguir alimentando el fuego.

El salón es enorme, lo mismo que la lujosa casona, instalada en «La Finca», uno de los complejos residenciales más exclusivos de Pozuelo de Alarcón, se diría que demasiado grande para solo tres solterones maduros.

―He debido de pillar la gripe ―responde compungido Gaspar, que se arrebuja en una manta pese al calor que reina en la habitación―; como os empeñáis en no llevar mascarilla.

Ahora, así, postrado y tiritando de fiebre, se le ve poca cosa, pero en realidad se conserva estupendamente pese a sus más de dos mil años; nadie le daría más de cincuenta, como mucho, y muy bien llevados: musculado de gimnasio, pelirrojo, con un corte de estilo militar que realza sus facciones angulosas, y ojos que, cuando no están empañados por las legañas como ahora, proyectan una mirada penetrante que en el pasado hizo perder el sentido a más de una odalisca. Los otros dos, Melchor y el citado Baltasar, tienen también el mismo cuidado aspecto.

Melchor es el más viejo de los tres, pero apenas se le nota en el entreverado de canas visible en su pelo y en la cuidada barba de tres días que luce. Baltasar, el más joven, es también el de cuerpo más tonificado; sus músculos parecen cincelados por un escultor griego y resaltan, poderosos, en el negro brillante de su piel.

Una mujer grande, con aspecto de matrona saludable, se acerca al sofá en el que está postrado Gaspar. Lleva una pequeña bandeja en las manos sobre la que reposa una humeante taza de porcelana. Es Emma, la señora Higgins, de soltera Emma Doyle; viuda, ama de llaves, cocinera y encargada de que todo funcione en aquella casa. No hay más servicio; como son magos, tienen sus trucos para tenerlo todo como los chorros del oro sin necesidad de mano de obra.

Hot toddy ―anuncia mientras deja la taza en una mesita auxiliar, al alcance del afligido monarca―: whisky, agua caliente, limón y miel; un remedio casero de mi vieja y querida tierra irlandesa. Lo aliviará.

Gaspar esboza una mueca de agradecimiento y se lleva la taza a los labios con cuidado, porque todo parece indicar que el brebaje está ardiendo.

―¿Qué haríamos sin usted, Emma? ―dice Baltasar a la vez que hace girar en la pletina el vinilo que acaba de elegir de entre los cientos, miles, de álbumes que almacena en su colección. El piano de Teddy Wilson comienza a desgranar las primeras notas de «As times goes by».

―¿Con qué delicatessen gastronómica nos deleitará hoy, querida? ―esta vez es Melchor quien trata de llamar la atención de la mujer; la mañana está muy avanzada y el estómago comienza a reclamar su espacio.

La señora Higgins tarda en responder, ocupada en ir recogiendo las capas de armiño, barbas postizas, coronas de oro, guantes, calzas de seda, botas de piel y toda la parafernalia de los uniformes de trabajo, que habían dejado tirados de cualquier manera por el salón, cuando llegaron a casa muy entrada ya la madrugada, agotados y con sueño.

―Hoy toca algo sencillo ―acompaña las palabras con un encogimiento de hombros, mientras inicia la retirada hacia el pasillo―: sopa de berros, patata y puerros, la watercress de toda la vida; pastel de riñones y de postre roscón, algo tradicional, acorde con el día.

Sin esperar ninguna muestra de repulsa o aprobación, enfila el camino al cuarto auxiliar; tiene que separar lo que puede ir a la lavadora de lo que necesita un trato más profesional. Los hombres guardan un mutismo recio, palpable, de respeto, esperando a que la señora Higgins se aleje lo suficiente de su zona de audio.

―Yo, la verdad, no tengo cuerpo para nada con esta gripe ―rompe el silencio Gaspar ―; un caldito, como mucho, y estoy apañado.

Melchor se para ante la vitrina de sus pipas, las mira un buen rato, valorando cuál es la más apropiada para el momento; duda, pasa sus dedos por una Dunhill preciosa, tipo calabash, de brezo, pero al final se decide por la Savinelli, más tradicional. La carga con una mezcla de Virgina y Latakian, un tabaco serio, ahumado, seco, no quiere chicle en la boca. «Este es el mejor preventivo contra la gripe», sonríe para sí mientras deja que el humo se enrede en una danza obscena con sus papilas gustativas.

―Creo que deberíamos contratar una cocinera de aquí ―opina en medio de una nube azul de humo que huele a chimenea de invierno y resina―; sería un alivio para la señora Higgins y, por qué no decirlo, un cambio en la rutina milenaria que nos absorbe, que es más aburrida que una ronda de agua del grifo. ¡Coño, después de la nochecita que hemos llevado… una fabada, un cocido por su sitio, algo más rotundo, no sé, alegría para el cuerpo!

Baltasar asiente con energía, Gaspar lo mismo, pero con escaso ímpetu, emboscado tras su mantita y con un montón de clínex usados esparcidos por el sofá.

―Aburrimiento, hastío, inacción ―se desbrava el negrito exasperado―, y todo por seguir aquella jodida estrella, creyendo que nos llevaba a un puticlub de carretera. Vaya si la pringamos bien. Dos mil y pico años comiéndonos los mocos y haciendo el gilipollas por no quedar como unos pervertidos. ¡Pero tío, si es de lo más normal, todo el mundo lo hace!

Gaspar estornuda, mientras se limpia las narices con un pañuelo y ante la imposibilidad momentánea de poder hablar, muestra su conformidad con el lenguaje corporal; Melchor retaca, con parsimonia, el tabaco de su pipa a la vez que deja escapar un suspiro de resignación.

»Follamos menos que un caracol en el cristal de una ventana ―sigue Baltasar―, la única mujer que entra en esta casa es la señora Higgins, Dios la bendiga, pero una cosa os digo… se acabó.

Los otros dos lo observan con interés; Melchor golpea su pipa contra el borde del cenicero, dando por terminada la fumada; Gaspar, que parece algo recuperado tras la ingesta del bebedizo que le preparó Emma, emerge de su refugio, expectante.

―¿Hay algo que debamos saber? ―pregunta Melchor mientras devuelve la Savinelli a su peana.

Baltasar sonríe y una línea de dientes insultantemente blancos pone en su cara un rictus depredador que encierra milenios de abstinencia y represión.

―Se llama Clara. Vive en Serrano, esquina Goya ―se le ilumina el rostro evocando el momento―. Ella iba camino de la cocina porque tenía sed. Yo había dejado los regalos de los niños bajo el árbol; andaba distraído por el pasillo, pensando en la siguiente entrega; chocamos, ella solo dijo «¡Ay!», yo atiné a exclamar ¡Ups!

Los otros dos, con los ojos como platos, requirieron casi al unísono: «¿Y…?»

―Pues nada, que su chico estará volando ahora mismo hacia Munich a una importante reunión de negocios y que esta tarde me llevo el Maserati. Por cierto, me ha dicho que tiene un par de amigas cuyos maridos son socios del suyo… En fin, ahí lo dejo.

Melchor se revolvió, inquieto, en el sillón.

―¡Señora Higgins, querida! ―gritó―. ¿Sería usted tan amable de prepararme el jacuzzi con sales? Menta, eucalipto, cedro… madera, mucha madera.

Chocó las palmas de las manos con Baltasar mientras intercambiaban un guiño de complicidad.

―¡Joder, maldita gripe! ―lloriqueó Gaspar, golpeando el sofá con los puños y encadenando estornudos.

«La noche siempre tiene algo de magia, morbo, misterio ―pensó Baltasar evocando imágenes que se apretujaban en miles de años de historia―, y si la luna está querendona, la de Reyes, puede dar mucho juego».

CARMEN BERJANO

Gripe A

Me explota el cerebro, pero solo son mocos. Me asfixio y no es la realidad. Duermo mucho pero no descanso y de noche sufro insomnio.

La garganta dice que existe cada vez que trago saliva.

No paro de estornudar y se me escapa el alma. Mis párpado caídos y mis ojeras son mi carta de presentación.

Aislamiento.

Aburrimiento.

El hambre ya no vive conmigo. Solo se alimenta de ti.

Y este descalabro fuera de tus brazos, por no querer compartirlo todo.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

SUCESOS INEXPLICABLES

Y en vista de que ninguno de los dos teníamos monedas sueltas, de que nadie nos aseguraba que la vieja cabina aún funcionase y de que ninguno de los dos era capaz de explicar cómo habíamos ido a parar hasta allí —en mitad de ninguna parte, con el tiempo suspendido y las distancias reducidas a mínimos—, decidimos hacer algo útil y aprovechar la poca luz que aún quedaba. A día de hoy, ninguno de los dos tenemos un porqué. Tal vez fue la sensación de estar atrapados. Tal vez el silencio que nos envolvía. Tal vez esa certeza absoluta de que, en ese momento, nadie nos iba a interrumpir.

El primer movimiento comenzó con los ojos. No fue una mirada tímida ni casual, sino lenta, profunda, cargada de una curiosidad indecente, con una atención casi voraz, como si en ese silencio apretado estuviéramos a punto de desatar algo largamente postergado. No hubo nervios, ni pudor. Solo una calma tensa, eléctrica, que nos atravesaba la piel de punta a punta. Imposible disimular la respiración, el temblor leve de los labios, el calor que empezaba a concentrarse en lugares estratégicamente determinados. Tampoco necesitamos esforzarnos: la cercanía hacía imposible fingir distancia, y el cristal empañado parecía aislarnos de lo vulgarmente cotidiano que transcurría fuera.

El inicio fue breve. Nuestros labios se buscaron sin preguntas, con la urgencia de quien reconoce un lugar al que siempre quiso volver. El exiguo espacio convertía cada gesto en algo inevitable: hombros rozándose, respiraciones mezcladas, el latido acelerado que se transmitía del uno a otro como una señal. Al cerrar los ojos, lo demás dejó de importar. El mundo exterior desapareció por completo, y todo se redujo a un festín de bocas, a una humedad compartida, al ritmo cada vez más desordenado de la respiración.

El segundo acto dio paso a las manos, tentáculos de lo sensible, que comenzaron a explorar con lentitud deliberada, como si el tiempo, por fin, nos perteneciera. Se deslizaron por brazos, espaldas y cinturas, deteniéndose lo justo para provocar, para hacer evidente lo que ambos queríamos sin necesidad de nombrarlo. Cada contacto era una confirmación, una promesa silenciosa despertando una respuesta inmediata: un suspiro, un estremecimiento, una presión involuntaria del cuerpo buscando más, cada vez más. La estrechez del lugar nos obligaba a permanecer pegados, a sentirnos por completo. No cabía espacio para la duda ni el pudor. La cabina, estrecha y frágil, se volvió cómplice; un pequeño universo donde no existían las explicaciones ni el mañana, solo el presente vibrando sin espacio entre nosotros.

En algún momento indeterminado, la luz del día se esfumó sin que nos diéramos cuenta. La penumbra nos envolvió con una intimidad aún más densa, y la bombilla de la cabina —ese último resquicio de vigilancia— la apagamos nosotros, casi con ceremonia. A partir de entonces, fueron nuestros cuerpos los que se encendieron, reconociéndose con un hambre antigua, inesperada y feroz.

No hubo prisa, pero sí una urgente necesidad. Una necesidad que no dolía, que no exigía, que simplemente reclamaba ser atendida. Allí, entre cristales fríos y respiraciones cálidas, entendimos que a veces perderse es la única forma de encontrarse. Que a veces basta un instante de oscuridad para que todo arda y se desate la fiebre.

Y así, básicamente, fue como creo que sucedieron los hechos.

Pedro Antonio López Cruz

SERGIO TÉLLEZ

DECISIONES

TU

La abrazas. Sientes su cuerpo frágil y cansado, y la congoja te invade. Ella susurra algo en tu oído. Lo entiendes aunque no quieres. Captas el tono, un dolor envuelto en súplica. La miras a los ojos, y por un momento, el tiempo se detiene. Ves la tristeza en su mirada, pero también ves el amor que te tiene. Ella te sonríe débilmente, y tú le devuelves la sonrisa, intentando ocultar tus lágrimas. La habitación se vuelve más oscura, y el aire se pone pesado. Tú la abrazas un poco más fuerte, y ella vuelve a susurrar algo en tu oído, algo que solo tú puedes oír.

YO

Me acerco a la cama, intentando no hacer ruido. Mi mamá me sonríe débilmente, y yo le devuelvo la sonrisa, conteniendo las lágrimas. Mi papá la abraza, y yo me siento un poco incómoda, como si estuviera interrumpiendo algo. Me quedo parada ahí, sin saber qué hacer, mirando a mi mamá. Ella me mira, y yo veo algo, algo que me hace sentir un nudo en la garganta. Mi papá se da cuenta de que estoy allí, y me hace un gesto para que me acerque. Me acerco un poco más, y mi mamá extiende una mano hacia mí. La tomo, y siento su calor, su debilidad. Me aprieta la mano, y yo siento que se me llenan los ojos de lágrimas.

ELLOS

Ciego el dolor que me recorre el cuerpo, intentando encontrar la fuerza para decir algo, para hacer algo. Mi esposo me abraza, y siento su calor, su amor. Quiero decirle cosas pero las palabras no salen. Solo puedo susurrar, esperando que él entienda. Mi hija se acerca, y la miro a los ojos. Veo la confusión, la tristeza, la preocupación. Quiero decirle que todo estará bien, que la amo, pero no puedo. Solo puedo apretar su mano, esperando que sienta mi amor. La habitación se vuelve borrosa, y yo siento que me estoy yendo. Pero no quiero irme sin decirles lo que siento. No quiero irme sin que sepan cuánto los amo. La oscuridad se cierne sobre mí, y yo me aferro a la luz, a la vida, a mi familia.

TU

Recuerdos de momentos felices flotan en tu mente: el día que se casaron en la playa, el nacimiento de tu hija, las vacaciones en la montaña. Pero también hay recuerdos tristes: el día que les dijeron que estaba enferma; muy enferma, cuando tu creías que era una simple gripe, las noches de insomnio, las operaciones fallidas. Recuerdos de discusiones, de momentos de rabia y frustración. Pero siempre, siempre, el amor estuvo allí, subyacente a todo. Recuerdas la vez que se rieron tanto que se les saltaron las lágrimas, la vez que se abrazaron después de una pelea y se pidieron perdón. La vez que ella te sorprendió con un viaje a los bosques de Pandora, y tú te sentiste como el hombre más afortunado del mundo.

YO

Recuerdos de la infancia flotan en mi mente: mamá leyendo cuentos antes de dormir, papá llevándome al parque a jugar, las noches de pizza en familia. Pero también hay recuerdos tristes: la vez que mamá se enfermó y tuvimos a ir al hospital, las veces que papá se quedó conmigo mientras mamá estaba en el médico. Recuerdo la vez que se pelearon y se gritaron, y yo me escondí debajo de la cama llorando. Recuerdo la vez que papá se fue de la casa y no regresó hasta tarde, y mamá se quedó despierta esperándolo. Pero también recuerdo cuando se reconciliaron, se abrazaron y se besaron, y todo volvió a estar bien. Recuerdo la vez que me enseñó a cocinar y me hizo sentir como una chef profesional. Recuerdo sus besos en la frente antes de dormir, sus abrazos que me hacían sentir segura.

Mi papá me mira de manera triste y profunda, como si me estuviera pidiendo algo que no quiero dar. Me hace un gesto con la cabeza, un movimiento casi imperceptible, pero que yo entiendo al instante. «Vete», me dice su mirada. «Sal de aquí». Siento un nudo en la garganta, un vacío en el estómago. No quiero irme, no quiero dejar a mi mamá. Pero algo en la mirada de mi papá me dice que debo hacerlo. Me levanto de la silla, lentamente, como si estuviera en un sueño. Mi mamá me mira, sonríe débilmente, pero yo veo algo en sus ojos, algo que me hace sentir un escalofrío. Mi papá se acerca a mí, me pone una mano en el hombro, y me empuja suavemente hacia la puerta. Me resisto, no quiero irme, pero él me mira de nuevo, y yo sé que debo hacerlo. Salgo de la habitación, y la puerta se cierra detrás de mí con un clic suave. Me quedo allí, parada en el pasillo, escuchando el silencio. De repente, siento un dolor en el pecho, un dolor que me hace doblarme. No sé qué está pasando, pero siento que algo está a punto de suceder.

ELLOS

Ella mira a su esposo, y ve el dolor en sus ojos. Ve la lucha interna, la batalla que está librando consigo mismo. Siente su mano temblar, su respiración agitada. Pero ella no siente miedo, no siente tristeza. Siente paz, una paz profunda y serena. Sabe que está haciendo lo correcto, que es el momento de dejar ir. Lo mira a los ojos, y le sonríe. Una sonrisa débil, pero llena de amor y gratitud. Le aprieta la mano, y él le devuelve el apretón. Ella ve la desesperación en su mirada, la súplica silenciosa de que no lo haga. Pero ella sabe que es lo mejor. Lo hace por él, por su hija, por todos ellos. Para liberarlos del dolor, de la tristeza, de la angustia. Para darles un nuevo comienzo. Ella cierra los ojos, y se deja llevar por la calma. Siente la mano de él en la suya, y se siente segura. Sabe que estará con él, siempre. La habitación se vuelve silenciosa, y el tiempo se detiene. Solo quedan ellos dos, unidos en el amor y en la muerte.

TU

Miras a la mujer que amas, la mujer con la que compartiste tu vida, tus sueños, tus risas y tus lágrimas. Ves el dolor en sus ojos, el dolor que ha sido su compañero constante durante tanto tiempo. Ves la súplica silenciosa, la petición de querer terminar con su sufrimiento. Y tú sabes que es lo que debes hacer. Tomas una respiración profunda, y acercas tus manos a su cuello. Sientes su piel cálida, suave, y un escalofrío te recorre la espalda. La miras a los ojos, y ves el amor, la gratitud, la paz. Y entonces, con un movimiento suave, pero firme, cierras tus manos alrededor de su cuello. Sientes su cuerpo tensarse, un gemido ahogado, y luego, un suspiro. Un suspiro de alivio. La habitación se vuelve silenciosa, y el tiempo se detiene. Tú sigues allí, con tus manos en su cuello, sintiendo su cuerpo relajarse, su respiración cesar. La miras, y ves la paz en sus ojos, la paz que tanto buscó. Y tú, tú te desmoronas. Tus lágrimas caen sobre su rostro, y un grito de dolor sale de tu garganta. Un grito que es un lamento, un adiós, un te amo. Y en ese momento, todo se vuelve negro.

EFRAÍN DÍAZ

La gripe llegó a Puerto Rico como llegan siempre las desgracias: sin pedir permiso y censando la población. Cayó sobre la isla con método, barrio por barrio, oficina por oficina, escuela por escuela. En San Juan tosían los abogados; en Ponce estornudaban los poetas; en Mayagüez se acatarraron hasta los perros callejeros. Los hospitales se llenaron, las farmacias agotaron el acetaminofén y en la radio los locutores hablaban de la influenza con la solemnidad de quien anuncia el fin del mundo o, al menos, el fin del fin de semana.

Pero hubo un lugar donde la gripe no entró. En el barrio Dos Bocas de Trujillo Alto.

Ya les he dicho que el barrio Dos Bocas ha sido olvidado por Dios, por los políticos de turno y ahora, hasta por las calamidades. Por lo que Dos Bocas permaneció intacto, indemne, como si una línea invisible, trazada por un machete viejo pero filoso y santiguada con ron cañita, esa delicia etílica prohibida por el gobierno, pero elixir de los dioses, hubiera detenido el avance del virus. Allí nadie tosía. Nadie estornudaba. Nadie pedía té de jengibre ni sopa de pollo. En Dos Bocas la gente amanecía con la garganta limpia, el pecho despejado y el ánimo en su sitio, como si la enfermedad hubiese recibido instrucciones claras de no cruzar el puente que lo divide de la civilización.

Al principio, el silencio sanitario pasó desapercibido. Dos Bocas siempre ha sido así: un lugar donde las noticias llegan tarde y las desgracias, cuando llegan, se lo piensan dos veces. Pero cuando en el resto de la isla la fiebre ya era epidemia, los hospitales estaban llenos y las funerarias contaban muertos y dinero, en Dos Bocas seguían sembrando frutos menores, asando lechones a la vara, jugando dominó y bebiendo pitorro como si nada. Entonces alguien, inevitablemente, levantó la ceja. Fue entonces cuando comenzaron las preguntas. Y con ellas, las teorías.

Llegaron los sanitarios vestidos como astronautas de película barata, enfundados en trajes blancos que crujían al caminar, como si Dos Bocas fuese una estación lunar y no un barrio de Trujillo Alto. Los residentes los miraban con una mezcla de curiosidad y sorna, preguntándose en silencio por qué tanta escafandra si allí nadie estaba enfermo, nadie tosía y nadie había pedido auxilio.

Comenzaron por lo obvio: la comida. Anotaron, midieron y compararon. Concluyeron, no sin cierta decepción, que los vecinos comían lo mismo que el resto de la isla: arroz, habichuelas, carne frita, café recalentado y pan de agua. Nada exótico. Nada diferente.

Pasaron entonces a la sangre. Pincharon brazos curtidos por el sol y por el machete, buscando una mutación milagrosa, una rareza genética que explicara el prodigio. Pero no hallaron nada. El ADN era el mismo, vulgar y compartido, sin cromosomas extaños ni defensas sobrenaturales.

Analizaron el aire. Confirmaron que la brisa era la misma que recorría la isla entera, sin filtros ni bendiciones especiales. El pitorro, por si acaso, se examinó con especial rigor: destilado artesanal, ilegal como siempre, idéntico al de otros barrios menos afortunados. Tampoco era eso.

Tras una semana de pruebas, gráficas, susurros y miradas de frustración, los sanitarios se marcharon. Se fueron con más preguntas que respuestas, con libretas llenas de incertidumbre. El barrio Dos Bocas no les había revelado su secreto.

Mientras tanto, el resto del país seguía cayendo como fichas de dominó bajo el embate de la gripe. En cambio, en Dos Bocas la vida continuó sin alteración alguna. Se siguió sembrando, asando lechones, jugando dominó bajo los almendros y bebiendo pitorro al caer la tarde, como si la enfermedad fuese un rumor lejano, una exageración citadina.

Porque en Dos Bocas de Trujillo Alto no entra nada malo, pero, conviene decirlo, tampoco entra nada bueno.

Y así, entre esa bendita indiferencia y esa maldición discreta, el barrio siguió siendo lo que siempre ha sido: un lugar al margen, inmune no solo a la gripe, sino también al progreso, a la prisa y a casi todas las explicaciones.

BELBEL L

SU GRAN SECRETO

Un día cualquiera de la primavera del 52, Enrique salió de su casa de madrugada con un hatillo al hombro. Los árboles que cobijaban el patio y algún pájaro nocturno no resistieron su ida y gimieron de dolor y de sorpresa.

Enrique había nacido en esa casa de campo, cerca de Baena, pueblo ganadero y agricultor. Era el tercero de 9 hermanos, tres de los cuales fallecieron de fiebres y enfermedades infecciosas. La madre, Remedios, había dado a luz ayudada por una cuñada que entendía algo de partos.

Se dedicaba sobre todo al campo y a los niños. El padre, Jacinto, era más experto en la crianza y cuidado de los animales.

Pero, volvamos a Enrique. ¿Por qué se iba de casa y de madrugada? Todos pensaréis que fue para no ser visto. Porque quería huir…Pues rotundamente, no. Salió de madrugada para llegar al pueblo y coger el primer tren que lo llevaría a Granada capital, a una pensión. De allí, cogería un autobús hasta la universidad Yolola. Iba a empezar la carrera de medicina. ¿Cómo? Pues bien sencillo. Enrique siempre fue un niño enfermizo. Débil y con muchos dolores de cabeza. De los siete hasta los doce o trece años, ayudaba a su padre en tareas del campo. Era inquieto intelectualmente. Quería conocer y saber cosas nuevas. Sus padres lo llevaron a la escuela del pueblo a los 6 años, junto a su hermano gemelo, Benito. Este último fue sin ganas. No tenía ni la inteligencia y ni mucho menos, la voluntad de su hermano. A los 11 años dejó definitivamente la escuela para ayudar a sus padres en el campo, como el resto de hermanos.

O sea, que el único que estudió fue èl.

Su padre estaba contento; no tanto así la madre que padecía por él. ¿Comerá bien? ¿Dormirá bien? -se decía. Y un largo etc., como.suelen pensar todas las madres cuando un hijo.o hija se les va fuera de casa por cualquier motivo.

Disponía de una beca para poder estudiar y vivir en la residencia universitaria, Santa estaba a unos 500 km de su pueblo…, sin contar los 7 km hasta su casa de campo.

A sus 17 años ya era un chico maduro y sabía lo que quería.

Tuvo que compartir habitación con Fernando; un chico de 18 años, con aspecto espabilado, ojos traviesos y revoltoso.

*

Lo que no sabéis es por qué quiso hacer la carrera de medicina. Es un capítulo curioso y secreto por su complejidad y autenticidad. No lo desvelaré por ahora.

*

Estudiaba con ahínco y satisfecho. Iba y venía de la biblioteca a la habitaciòn. Leía como un loco y manejaba los apuntes con una facilidad impresionante. Pronto iba a ser un alumno destacado. Su compañero Fernando, sin ser un estudiante brillante, iba aprobando curso tras curso, alguna vez ayudado por Enrique con mucha paciencia y generosidad. Se iban haciendo cada vez más amigos. Charlaban un poco de todo. De las clases, de medicina, de otros compañeros, de la vida, de sus vidas, etc.

*

En el fondo de uno de los cajones del armario de Enrique había un bulto envuelto en una tela de color granate. Una tela recia pero moldeable. Su vida entera estaba ahí.

¿Cómo? ¿De qué se trataba?

Lo había traído de su casa. Nadie antes lo había visto. Solo él. ¿Por qué lo ocultó?

Porque no le creerían, tal vez. O porque alguien se lo arrebararía….

*

Un día, poco antes de acabar su tercer curso, recibió un telegrama que decía así;

«Hijo/mamá muy enferma/Ven a casa».

Papá

* La noticia lo dejó perplejo, con una fuerte punzada en el estómago..Buscó horarios de bus y correspondencias. Se despidió de Fernando y puso rumbo a su pueblo. «¿Cómo sigue mamá? ¿Qué tiene? – preguntó a su padre. El médico, el señor Hidalgo, que vino hace tres días, nos dijo que era una gripe. Pero, tu madre no mejora y tiene episodios de fiebre y convulsiones muy fuertes. Enrique examinó a su madre que apenas lo reconoció. Estaba sudorosa, pese a los paños fríos que le ponian en la frente y las sienes. El médico solo le recetó aspirinas cada 8 horas. Pero no mejoraba. Empeoraba. Enrique, cogió la mano de su madre y le tomó el pulso. Muy débil.

«Padre, hay que llevarla al hospital»..Las ambulancias no llegaban a los pueblos. Cogió el carro con un caballo..la metió ahí y salieron los tres hacia el hospital «Jesús el nazareno» de Baena.

*

Su ingreso fue rápido. La tumbaron en una cama con tres mujeres más que según dijo una enfermera también tenían la misma dolencia. Un médico mayor la visitó y no dijo nada más que había que esperar. No podía hacer nada más por ella. El padre regresó a casa con los demás hijos. Enrique se quedó en una pensión. Pasaron dos días y Remedios no mejoraba. Enrique, muy angustiado no sabia qué hacer. Pensó y repasó lo estudiado en los casi tres cursos. ¿Y si no es una gripe? -se dijo. Y la examinó él mismo a hurtadillas de los médicos. Respiraba mal, muchs fiebre. Eso no era gripe. Era pulmonía con toda seguridad. Se lo comentó al Dr. quien lo miró extrañado, pero accedió a dar antibiótico y algo de oxígeno a Angustias

En dos días su madre mejoró y volvieron a casa. Se fue recuperando tomando el sol y respirando el aire puro.

Agradecidos, los padres, abrazaron a su hijo que partió raudo y veloz a la universidad. Llegó justo para los exámenes finales. Su compañero Fernándo le pasó los últimos apuntes y Enrique acabó brillantemente su tercer curso de medicina. Fernando suspendió una asignatura que aprobaría en setiembre.

*

Fue sin duda, el secreto que guardaba con tanto celo, lo que hizo salvar a su madre.

YOLANDA PINA REY

GRIPE: ¿Y si el problema no es solo un virus?

Como cada año, junto con el invierno, llega la tan temida GRIPE. A grandes rasgos, la definimos como una enfermedad infecciosa causada por un virus que ataca el sistema respiratorio, provocando fiebre, fatiga y dolor muscular. Su tratamiento suele ser reposo, hidratación y medicación.

​Pero… ¿y si le damos una vuelta de tuerca al tema? 

​Si observamos con atención, las carencias de nuestra sociedad nos hacen enfermar a menudo. Vivimos rodeados de personas enfadadas, estresadas y emocionalmente agotadas. Vamos tan deprisa que casi no tenemos tiempo de coger aire para respirar.

​Llegamos a casa buscando paz, pero las redes y las noticias nos inundan con guerras y odio. ¿Cómo no vamos a caer enfermos si parece que nos quieren quitar la esperanza y hacernos esclavos del rencor?

​La solución es sencilla y difícil a la vez: Poner límites sanos. 

​Siempre he creído que el AMOR es la solución.Nos enseñan a competir por ser el número uno, pero nadie nos enseña que el amor es la verdadera receta. Todos somos valiosos, todos tenemos voz y todos importamos. Ayudar a alguien a levantarse nos hace sentir mejor, porque la paz está en nosotros y el amor es la medicina para curar al mundo.

​La conclusión es clara: la imposibilidad se puede transformar en posibilidad. 

​Aprendamos a amarnos primero a nosotros mismos. Subamos nuestra vibración y, poco a poco, el mundo sanará el corazón. La victoria es el amor y la paz se alcanza con el perdón.

​Rompamos el patrón. Sanemos el corazón para que «la gripe» se muera de hambre y resurja la vida que hay en nosotros.

CESAR TORO

Hace tiempo experimenté las consecuencias de la pandemia. Gracias a Dios por milagro después de permanecer mucho tiempo hospitalizado logre sobrevivir para contarla. Cuando me recupere escribí este texto.

Reflexión sobre la pandemia

´´Conviértete y cree´´ te dicen en la Iglesia Católica, los protestantes te hablan del fin del mundo, otros del Armagedón y así sucesivamente, pero tú estás muy ocupado para prestar atención a todas esas advertencias, no te puedes perder un minuto en la vida, para ti lo importante es el trabajo, la diversión, la comida, los viajes, y muchas cosas más de este mundo material, la sociedad te ha hecho creer que lo mejor para Ti, que la felicidad está en conseguir el éxito y la realización personal no importa a qué costo.

Estamos ciegos y nuestro ego de seres humanos insensatos no nos deja ver más allá de nuestras narices. Hemos caído presos en las garras de la tecnología el consumismo, las drogas, las ansias de poder, la corrupción, no importa mi prójimo, la familia, los amigos, el vecino, eso es lo de menos, lo importante es que yo sea “El mejor”

Sin embargo Dios está mirando impaciente la actitud de nosotros y como en los tiempos de la torre de Babel, tal como narra el evangelio, está pensando en algo para que nos detengamos y tomemos conciencia, de que no estamos haciendo las cosas bien, que nos hemos apartado del verdadero camino, que estamos fuera de control.

La humanidad entera se ha pervertido, como en tiempos de Sodoma y Gomorra nadie escucha la voz de Dios, solo unos pocos, los demás escuchan la voz del mundo, cada quien hace su propia voluntad. Seguimos, bailando paseando disfrutando y “gozando la vida”.

Pero ¡Oh sorpresa! un día nos anuncian de un virus, una enfermedad que apareció en otro continente.

Y como incrédulos decimos: no, eso es por allá, acá no viene, estamos muy lejos; sin embargo, al pasar los días se nos anuncia que el virus ha llegado en avión desde ese continente. Todos nos desesperamos y entramos en pánico, abarrotamos los supermercados, farmacias en búsqueda de alimentos, medicinas y papel de baño…

Se cierran todos los comercios, las vías de comunicación, los viajeros quedan varados en todo el mundo. Prácticamente el mundo se detiene cual profecía apocalíptica.

El virus ha llegado para quedarse y nos agarró desprevenidos a pesar de las advertencias de los profetas y de la Biblia que es la palabra de Dios

<<Como crecía la multitud Jesús se puso a decirles. Esta es una generación malvada pide una señal milagrosa, pero no se le dará más señal que la de Jonás, así como Jonás fue una señal para los habitantes de Nínive, también lo será el hijo del hombre para esta generación>>.

Lucas 11 29

Lo demás, está a la vista: muerte, desolación, angustia, y desesperación.

JUAN C VALTIERRA

Gripa

Este cuento nacio en Tapalpa, primer pueblo mágico de Mexico, por estos rumbos creció Juan Rulfo…

La enfermedad de sus ojos

Por Juan C Valtierra

La vi por primera vez el 23 de febrero, un martes de ceniza. Estornudó tres veces frente a la botica del viejo Contreras y en cada estornudo sus ojos contaron una historia distinta. Yo llevaba dos semanas estudiando miradas. Desde que la gripa llegó al pueblo, la gente había dejado de hablar. Abrir la boca era soltar tos, flemas, gemidos.

Se llamaba Lucía. Le decían La Muda aunque hablaba, solo que tan poco que cuando lo hacía la gente se sobresaltaba. Aquel martes compró Mejoral con monedas tibias. Al salir me atravesó con la vista. Supe que acababa de contagiarme.

Yo archivaba papeles de muertos en la presidencia municipal. Cuando todos cayeron enfermos me quedé solo entre escritorios vacíos. El pueblo ardía en fiebre. En la cantina de don Esteban colgaba un letrero: “ABIERTO PERO ENFERMO – SÍRVASE USTED MISMO”. Las madres preparaban té de gordolobo mientras tosían sobre las ollas. Los niños amanecían con los ojos pegados.

Una tarde Lucía entró a la oficina envuelta en un rebozo azul empapado.

—¿Aquí se registran los enfermos?

—Aquí sólo los muertos.

Tosió en un pañuelo. Cuando apartó la mano del rostro, vi la mancha roja.

—¿Dónde vive?

—Los Remedios —dijo apenas, con la voz quebrada.

—La acompaño.

Intentó decir que no pero le faltó el aire. La tomé del brazo. Caminamos despacio por calles que olían a eucalipto y Vick Vaporub. No hablamos. Ella respiraba como si cada bocanada le costara. Yo contaba sus pasos para no pensar en la sangre del pañuelo que apretaba en su mano.

Su casa tenía paredes que lloraban salitre. La puerta crujió al abrirse.

—Vivo sola desde que murió mi tía. Ella me enseñó a mirar. Decía que las palabras son para cobardes.

Le preparé té de limón. Temblaba bajo las cobijas.

—¿Qué dicen sus ojos ahora? —le pregunté.

—Que me estoy muriendo. Y que usted también.

Empecé a visitarla cada tarde. Le llevaba naranjas, aspirinas, mentiras. Hablábamos poco. Aprendí a leerla: cuando parpadeaba lento significaba gracias, cuando entrecerraba el izquierdo era mentira, cuando cerraba ambos susurraba quédate.

Las enfermeras del hospital dicen que llevo tres meses aquí. Que deliro. Que hablo solo. Pero yo recuerdo cada detalle.

Una noche de abril le di cucharadas de jarabe. Ella dijo:

—Si me muero, no llores.

—No se va a morir.

—El doctor Ferreira dice que esta gripa vino de las minas abandonadas. Que es castigo.

Su pelo olía a sudor y a ese perfume barato del mercado. Dormía y deliraba, dormía y decía mi nombre. Al amanecer abrió los ojos:

—Soñé que nos casábamos muertos. El cura también. Nos casábamos de todas formas porque hasta los muertos necesitan compañía.

—Es el sueño más triste que he oído.

—Es el más bonito que he tenido.

En mayo sanó. La fiebre bajó, la tos aflojó. El doctor Ferreira movió la cabeza sin entender. Yo sentí miedo.

—Ahora que estoy bien ya no vendrás —dijo mientras preparaba café.

—¿Por qué?

—Nadie me ha querido bien. Mi papá se fue. Mi mamá murió diciéndome que fui un error. Mi tía nunca me abrazó. Aprendí a hablar con los ojos porque nadie quería escuchar mi voz.

Le tomé la mano.

—Yo quiero escuchar su voz.

Ella lloró. Lloramos en esa cocina que olía a café quemado.

Cuando ella sanó, enfermé yo. Fiebre que subía cuando estaba lejos. Falta de aire. El doctor Ferreira me revisó:

—Mal de amores. A veces mata, pero tan lento que alcanzas a vivir una vida entera.

Lucía me cuidaba ahora. Me preparaba té, me leía el periódico.

—La gripa no era el enemigo —dijo una noche—. Era la excusa para mirarnos, para recordar que estábamos vivos.

Nos casamos en julio. Iglesia pequeña que olía a humedad. El cura que casi muere nos casó. Don Esteban trajo mezcal aguado. Cuatro perros entraron buscando sombra.

Cuando el cura preguntó si aceptaba, me quedé mirándola.

—Joven, tiene que decir que sí.

—Sí. Pero mis ojos ya lo habían dicho.

Ella sonrió.

El doctor Ferreira viene cada mañana a esta habitación verde. Me toma el pulso con dedos fríos.

—Sigue delirando —le dice a la enfermera—. Habla de una mujer que no existe. De una boda que nunca hubo. De una calle de Los Remedios.

Pero yo la vi. A veces cuando cierro los ojos todavía está ahí, junto a la ventana. Le pregunto al doctor por esa calle. Me dice que nunca existió. Que el pueblo es pequeño y él conoce a todos. Que llevo tres meses aquí hablándole a las paredes.

Pero yo sé lo que viví. Lo que la fiebre me regaló. Una vida entera completa con amores y bodas y esa mujer que hablaba con la mirada.

Afuera el pueblo sigue. Las toses atraviesan las paredes del hospital. Cierro los ojos y ahí está ella, mirándome desde algún lugar que ya no es.

El doctor me da pastillas blancas. Las escondo bajo la lengua.

Prefiero seguir enfermo. Prefiero seguir viéndola, aunque sea mentira, aunque sea fiebre.

Porque si me curo, ¿qué me queda?

Un hospital verde. Una vida que nunca tuve con una mujer que quizá nunca existió.

Esta mañana el doctor trajo mi expediente. Lo abrió despacio como quien abre un ataúd.

—Ingresó el 23 de febrero —leyó—. Un martes. Gripa severa. Fiebre alta. Ha estado delirando desde entonces.

El 23 de febrero. Un martes de ceniza.

El mismo día que la vi por primera vez.

O el día que empecé a inventarla para no morirme solo.

YOMALCKRY OSORIO

Primeramente deseando a todos que hayan recibido un gran 2026 , que venga con mucha salud para cada uno de Ustedes , que sea un grandioso tiempo y sobre todo lleno de muchas y hermosas letras,

Ella corria placidamente bajo la lluvia en total calma y sin prisas, solo pensaba en divertirse. no tenia miedo a enfermar.

Era su momento más feliz e inolvidable , corria velozmente por toda la calle , no existia nada que la pudiera detener .

sus fuerzas para correr eran totalmente inagotable , no habia quien la pudiera alcanzar ,

Disfrutaba al máximo sus pies descalzos jugando con cada gota de lluvia , queria tenerlas entre sus manos pero era imposible.

La abuela la esperaba enojada en toda la entrada de la casa , en el medio , pero ella con esa picardia lograba esquivarla.

Obviamente que el resultado de aquella travesura era haberse contagiado de un gran resfriado, gripe ,

fiebre alta, dolor de garganta, dolor corporal, tos seca persistente, estornudos y escurrimiento nasal o nariz tapada, eran algunos de los sintomas que presentaba .Su abuela no dejaba de mirarla y decia -__ te lo dije__ eso era lo que te sucederia , pero no haces caso. Ahora mira lo que te pasó.

habia una solución mágica para ese malestar … Una deliciosa y caliente sopita de pollo , preparada con esas manos llenas de tanta dulzura imposible de olvidar , en cuestión de instante todo eso pasaba como por arte de magia ,

Con el transcurrir de los dias todos aquellos sintomas iban desapareciendo de forma progresiva , y todo volvia de nuevo a la normalidad. con su inquietud que la caracterizaba pensaba «òjalá volviera a llover « para repetir ese soplo tan grande de felicidad. parecian como cristales que chocaban contra el suelo y se desaparecian .

Esa vivencia tan maravillosa la recuerda cada vez que observa una gota caer,

Es como si la mente hace click y se remonta a esa vivencia tan grande que es imposible de olvidar.

Una emoción indescriptible se apodera inmediatamente de ella , es una fantastica imagen de la infancia que jamás olvidará Aunque enfermó todo valió la pena , con el tiempo se dió cuenta que nada volveria a ser igual, todo fue esa sola vez.

Llena su alma de esas grandes nostálgias para continuar avanzando. .

.

MARIANA DI PASCUA

«Lo que importa es la salud», ¡mentira!, fiebre me da verme así con treinta kilogramos más de los que debo tener y agitarme como en una maratón cuando subo un solo piso que me lleva a los cuartos.

Cuando me ve alguna doña metiche que te dice con expresión de «descubrí América» :»pero que gorda que estas, horrible como engordaste», «pensar lo que eras» con esa expresión tan malditamente uruguaya. Yo las miro y en silencio me digo por dentro :»vieja de mierd@,porque no le dice eso a su hija que parece una vaca (una peor)» y aprieto los dientes cambiando de tema o excusándome.

Y cuando me libero de la que me informó que estoy gorda como si yo no lo supiera, me voy mientras recordo hace unos tres o cinco años atrás. Me pongo triste, enojada conmigo, pasan en mi mente las fotos de antes de casarme, las de la luna de miel. Mientras pienso algo que me haga sentir mejor ataco, le echo otra culpa a mi marido como si el me pusiera en la boca el paquete de galletitas de chocolate nocturno o los diez caramelos de miel mientras miro Netflix.

Al final siempre tengo una excusa para comer fuera de hora cualquier porquería y confieso que en los momentos que no pienso en la comida son cuando escribo y cuando duermo.

Ya hace tres años que mi colesterol está pasado, que me duelen los pies y no puedo bailar con la intensidad de «fiebre de sábado por la noche». Ayyy si me viera Travolta, ja ja.

Yo gané cuatro concursos de baile y sin mentirle a mis lectores detalló orgullosa :uno fue a los quince con «lambada» y las otras cuatro veces fueron a los veintiseis, veintiocho y treinta y uno, ahí ya era madre y todo. La canción de nueve semanas y media es mi especialidad…, bueno :era.

Así que no me miento más, estoy deprimentemente gorda, me siento fea, no me entra mi hermosa ropa retro y sí, también eso de la salud porque quiero vivir muchos años. Corto el cuento dos minutos y me voy a poner agua en la heladera….., ya regresé y me relamo por la coca cola. Estoy triste escribiendo esto y volví a recordar a una nueva amiga de «escritura creativa de cuatro hojas», que me dijo «ahí comencé con mis largas caminatas porque quería vivir».Yo sé que Cosette tiene en mente dos o tres sueños y yo….. y yo también.

LETICIA R MENA

ODA AL MOCO

Oh moco, compañero fiel de resfriados y gripes.

Oh moco, esbirro de malvados virus.

Oh moco, hermano de toses y achuses.

Oh moco, coleguilla de estados febriles, gargantas irritadas, escalofríos y dolientes oídos.

Oh moco, mal querido moco,

que caes de narices frías y coloradas,

que te vistes de verde y espesor color para

acompañar a pobres personas bajas de defensas.

Mil veces sonado con mil klenex, moco.

Oh moco seco, que te niegas a abandonar las fosas nasales, haciéndote fuerte en la congestión.

Alérgico moco, que haces de las primaveras tu fiesta.

Asediado moco por dedos intrépidos que trepan y oradan los orificios «nariciles».

Moco que las madres se apresuran a limpiar a sus retoños, a la orden de «suena, suena»

Oh moco, mucolítico moco, porque te empeñas en invadir nuestras naricillas,

volviendo nuestras voces pastosas y lentas,

de cierto acento dedeante y zetaceante.

Oh moco, adorador de inviernos, ¿por qué te gusta tanto el frío?

Oh moco, te vencerá mi ejército de ibuprofeno y paracetamol,

junto con sus hippies aliados miel, limón, jengibre y zumito de naranja.

Atrincherad@ esperaré tu derrota, bajo mantas y detrás de una montaña de pañuelos de papel arrugados y llenos de tus caídos camaradas.

Oh moco, vete ya y llévate a tus amigos de resfriados contigo.

LUCINDA QUART

GRIPE

“Alerta. Alerta. Brecha de seguridad en esclusa de proa 37. Sector C-1 comprometido. Activando protocolo de emergencia”.

Una luz roja, intermitente y enloquecida, inundó el camarote del comandante Tobías. El mensaje se repetiría machaconamente durante dos horas y las luces de emergencia del sector Médula 25, seguirían destellando hasta que el equipo de la URI, (unidad de respuesta innata), hubieran ocupado sus puestos de combate.

Sin tiempo para una ducha rápida o un afeitado, Tobías se reunió con el resto de su tripulación en el muelle, cada uno ocupando diligentemente su lugar en el puente de mando de la “Linfocito Uno”.

—¿Qué tenemos hoy en el menú?—preguntó, arrastrando un poco las palabras porque tenía la lengua como papel de lija.

—Intrusión por proa, comandante— respondió Anaïs, la teniente de escaneo de antígenos.—Control ha ordenado una subida de temperatura de cinco décimas y un aumento de los niveles de mucosidad del seis por ciento.

—¿Última localización?

—En el seno esfenoidal, comandante.

Tobías asintió, ocupando su lugar frente a la consola de mando.

—Oficial de derrota, búscanos la ruta más rápida y envía las coordenadas al piloto. Control, aquí “Linfocito Uno”. ¿Me reciben?

La radio emitió un chasquido corto, seguido de la voz dulce y ligeramente metálica de Control.

—Aquí Control, le recibimos comandante.

Tobías sonrió. Solía fantasear con los atributos de aquella voz meliflua y sexi que gobernaba sus vidas desde algún lugar ignoto en el norte. La imaginaba blanca y refulgente como una doncella de hielo sentada ociosa en el centro de un reino solitario y frío, atendida por una miríada de neuronas complacientes, muy parecidas en su imaginación a las huríes del Profeta o las valquirias rubias del Walhalla.

—Solicito autorización para despegue en cinco, cuatro, tres…

Al llegar a uno, los propulsores de popa ahogaron la voz de Control y la “Linfocito Uno” se adentró en la oscuridad cavernosa y caliente de la arteria nutricia, rumbo norte.

Su misión era detectar y marcar al intruso con el escáner de antígenos que luego se reproducirían en Médula 25 para su dispersión por todos los sistemas. El escuadrón T, apostados en los sectores Pleura 1 y Pleura 3, lanzarían después un bombardeo masivo que neutralizaría la amenaza definitivamente. Y si todo iba según lo previsto, entonces las tripulaciones de la “Linfocito Uno” y del escuadrón T, se reunirían en la cantina para celebrarlo. Control solía enviarles una botella de tequila reposado o ron añejo para la ocasión, observando desde lejos a su fiel infantería con la ternura relativa de un general que sabe que ha ganado una batalla, no la guerra. Displicente y hermosa como acostumbran a serlo los dioses, la esperanza o la eternidad.

MAITE BILBAO

LA CEPA DEL CINCO

El virus avisa. Se filtra por la nariz con ese olor a lana mojada y castaña asada hasta anclar en el pecho. Mikel aprieta los puños. El aire vibra. Un tambor lejano marca el pulso de la ciudad: un animal gigante desperezándose. Alaia tira de su mano. Sus dedos descargan alta tensión. El latigazo lo hace temblar. Un destello azul corta la avenida y ciega el nervio óptico. Alaia grita. El sonido atraviesa los tímpanos de su padre como un proyectil. La multitud se tambalea, se busca, se toca. La espera se evapora en un vaho de oro. Un paje lanza esferas dulces. El aire silba. El azúcar estalla en la boca de Mikel: fruta vieja y gloria. Las rodillas ceden. Se agacha hasta quedar a la altura de los ojos de su niña. Ella, el foco del contagio: un incendio de pupilas donde el mundo real termina de arder. Solo queda el brillo. La fiebre.

Siete de enero. El despertador golpea como un mazo de hielo. Mikel camina hacia el metro embutido en su armadura gris. La ciudad ha amanecido desinfectada: las calles claudican ante la higiene y el asfalto recupera su mudez. Los rostros se levantan como muros de hormigón fraguado. La vacuna del orden se ha vuelto obligatoria. Busca las llaves en el bolsillo. Sus dedos rozan algo duro. Una esquina del celofán. Lo saca: un caramelo de limón con restos de purpurina pegados al envoltorio. Lo aprieta. El virus resiste en la sangre.

Sonríe. La infección persiste.

L’IDIOT

Mi amigo me dice por…perdí la cuenta…que se siente mal, que tiene frío, que la garganta y todas las articulaciones le duelen, que parece que le ha agarrado nuevamente la gripe y me dice con rabia de envidia.

—¿Chico, de que tú estás hecho?¡Coño! a ti no te entra nada. Yo era así hasta que llegó el maldito covid y me puse la vacuna.

—¿La vacuna?

Pregunté extrañado y burlón porque sabía de su predilección por las teorías de conspiración y su manía de repetir que le habían inoculado un microchip con el pretexto de inmunizarlo contra el virus. ¡Cada loco con su tema!

Por mi parte creo que si de verdad le implantaron un chip, fue el del misterio y la conspiración porque anteriormente no era así.

Gracias que no me gusta hacer leña del árbol caído y mucho menos argüir el socorrido y burlón “ yo te lo dije” porque no es verdad, yo nada le dije y el motivo de mi negativa fue simple matemática de bodeguero. Nunca creí en esa vacuna tan rápidamente encontrada. Asumí las consecuencias: no inyectarme contra el virus y oir con paciencia los insultos:

—¡Irresponsable!

—¡Criminal!

—¡Asesino!

Y hasta la amenaza de despido si no me sometía a la voluntad gobernante.

En un arranque de “déjenme tranquilo” grité con más fe y desesperación que Jesús en la cruz antes de entregar su espíritu al padre.

—¡No me hace falta! Dios me protege.

Remedio santo.

—Amén.

—Admiro tu fe.

—Ojalá yo estuviera tan convencido.

Se me había olvidado decir que uno de los que me insultaban era ese mismo amigo que ahora lamenta haberlo hecho.

Cada loco con su tema, yo, yo fui fiel a mi idiotez y a esa pequeñísima fe de que cuando me toque, aunque me quite.

ANDRÉS JAMES CÁCERES

Y aquí estoy cumpliendo cinco días de aislamiento por esta maldita gripe.

Sin nada que hacer me levante de la cama ya cansado de tanta quietud. La gripe era casi una epidemia en este frío agosto.

Abrí un poco la ventana del dormitorio para ver lo que sucedía en el exterior.

Me entretuve mirando a otras personas aisladas como yo.

Una señora lavando ropa, un hombre leyendo el diario, un niño jugando en el balcón, y una sombra en el sexto piso de enfrente captó mi atención.

Era una chica sin duda por las curvas qué se marcaban

en su sensual camisón.

Percibí qué ella me vio y se escondió tras las cortinas.

La escena se repitió por dos días, hasta que una tarde se apareció mostrando un cartón donde había escrito un numero de nueve cifras.

Disque rápidamente y contestó enseguida.

-Estoy también aislada me dijo, mientras se apoyaba con descaro ya fuera de las cortinas. – Mi esposo me encierra cuando se va al trabajo.

-No tengo gripe, pero si fiebre.

Fiebre uterina, me dijo, – es un mal terrible y el me cuida y encierra porque salir sería un inevitable desastre que no podría reprimir.

Hice silencio sin saber que decir ni hacer.

Me invito a ir. Su voz denotaba cierta desesperación.

Sin pensar en mi aislamiento en 10 minutos estaba ya tocando en su puerta.

Al abrir pude admirar su belleza de cerca y también algo extraño bajo su camisón :

un cinturón de castidad.

-El café está pronto, te invito a una taza y charlemos un rato.

FRAN KMIL

GRIPE.

Estrellita murió de gripe. Fue la muerte definitiva. Una víctima más de la pandemia, otro número en la cifra oficial. Antes, murió de tristeza; mucho antes de abandono.

Fiel a la promesa no se volvió a casar, esperó el regreso de Alfredo.

Fue en la playa de Juraguá una noche sin luna.

—Voy delante y luego te mando a buscar.

Prometió antes de introducirse en el mar o en la mar; aun no han descubierto el sexo.

—Son unas pocas millas, voy a llegar.

Y aunque la oscuridad no permitía ver, lo vio alejarse con el chaleco casero confeccionado con retazos de telas viejas y pedazos de poliespuma de las cajas vacias de las tiendas de los electrodemesticos y la balsa inflable recubierta con sogas trenzadas para amarrarla a las manos y así la fuerza de las olas no la arrebatara, no le hizo falta verlo con los ojos naturales porque fueron frutos de sus manos.

Junto con Alfredo se marchó el amor, la esperanza y los hijos que nunca nacieron porque se negó a tenerlos en un país sin futuro. No quiso condenarlos a prisión.

Del otro lado, en la otra orilla, le esperaba la felicidad. Cuando él llegara la mandaría a buscar.

Tocaba esperar.

Y esperó.

Con alegría.

Con desconfianza,

Con resignación.

Con soledad y tristeza.

Estrellita murió de gripe, pero mucho antes había muerto de amor.

GUILLERMO ARQUILLOS

COBALTO

Para el tema “gripe”

Era extraño que un viernes por la noche apenas hubiera gente en el metro. Habría que dar las gracias a los inventores de la gripe cobalto porque estaba limpiando las calles de gentuza.

Elías me llamó:

—Me muero… —dijo con voz agonizante.

—¿Cómo?

—A chorros, me muero a chorros.

Sonreí. Me gusta escuchar las pausas y los silencios en las conversaciones. Los degusto.

—Joder, Aira, ¡qué me estoy muriendo!

—Todos nos morimos un poco más cada día. No me extraña lo que me dices.

—Ven por aquí, nena. Tengo la puta gripe cobalto.

Tanta rapidez era imposible: la cobalto tumbaba a la persona en días, no en horas, y Elías siempre mentía. En el plató de televisión contaba historias insoportablemente falsas. En su casa aún era peor. A mí no me decía dos palabras seguidas que no fueran falsas, pero con la gripe cobalto nadie hacía chistes.

—¿Tienes fiebre?

—Tengo de todo…

Alguien me empujó por detrás al llegar a la estación Leonella. Creo que lo hizo aposta, para tocarme el culo. No le hice el menor caso, estaba cansada de enfrentarme a esas alimañas que algunos llaman hombres. La autoridad nunca hacía caso de las denuncias de las mujeres.

—¿Te has tomado algo? —pregunté a Elías.

—Una copa con mucho vermouth y una aceituna. Estaba buenísima.

No pude contener la carcajada.

—No, imbécil. Alguna medicina…

Elías mantuvo otra pausa.

—Déjate de rollos, necesito que me lleves a alguna parte, Aira. A una morgue, al hospital, al cementerio…

—¿No puedes hablar en serio? —le dije. Creo que torcí la boca—. A ver, los hospitales están colapsados con la maldita gripe. ¿Te encuentras realmente mal?

—Bueno, creo que necesito ayuda de un brujo, pero tengo que estar en el plató antes de las nueve. That’s the problem.

Nadie sabía con exactitud de qué laboratorio había salido la gripe cobalto. Estaban investigando, pero quienes la contraían tenían un sesenta por ciento de probabilidad de morir en menos de una semana. Afortunadamente, algunos parecíamos inmunes y podíamos seguir teniendo vida más o menos normal. Los transportes públicos eran uno de los ambientes donde se producían más contagios.

El gran Elías, el astro del talk show del canal doce, mi amante de los jueves, estaba enfermo. Eso decía el muy ladino, aunque, a saber, igual era que no había tenido bastante ración el día anterior y quería el postre. Un guaperas con su historial podía permitirse tomarme el pelo una y mil veces. O, por lo menos, intentarlo.

—Creo que me mientes —le solté sin anestesia.

—Me cuesta mantener el equilibrio, nena; no puedo ni bajar a montarme en un taxi.

Llegaba a la estación Once de Julio y para acompañar a Elías al plató me tenía que bajar allí.

Un tipo con diez pendientes y mil tatuajes se me encaró en cuanto puse el pie en el andén. El metro se marchó. No había nadie en la estación, solo él y yo. Y él llevaba guantes.

Me agarró con fuerza el brazo derecho. Me hacía daño.

—Pitita, detrás de esa caseta. Vamos —ordenó.

—Déjame en paz —le dije.

Él me enseñó su mano derecha. Se ve que le gustaban los cuchillos enormes, por lo menos, el de acero oxidado que brilló en el silencio. Su ropa soltaba un olor espeso a porro y alcohol que se extendía por la estación como si fuera niebla. Sonreía con los dientes carcomidos de caries, unos amarillentos, otros marrones o negros.

El tipo me agarró con más fuerza:

—Pitita, ahí detrás te he dicho…

—Soy portadora.

Se le heló la mirada. Sentí que aflojaba su mano.

—¿Cómo has dicho, zorra?

—Digo que soy portadora, que me hicieron las pruebas y anteayer me dieron los resultados.

Se puso colorado. Me encanta degustar los silencios. Sin decir nada más, se dio media vuelta y se marchó.

Sonreí.

—¿Cómo has dicho, Aira? —me gritó Elías desde el teléfono. No habíamos cortado la llamada en todo el rato.

—Bueno — contesté—, algo le tenía que soltar al tipo ese para que me dejara, ¿no crees? Estoy en la estación de metro, ahora subo.

Sonreí de nuevo y busqué otra vez el SMS del laboratorio: “Positiva, portadora…” No había duda.

Me arreglé el pelo, me coloqué el bolso y fui hacia la salida: tenía que terminar lo que había empezado con Elías el día anterior.

ALFREDO LOZANO

Cuidado

El rumor empezó un martes, que es un día sin carácter. No fue una noticia ni una alerta oficial. Fue una frase dicha en voz baja en la panadería, dicen que hay una gripe rara. Nadie preguntó cuál, ni cómo, ni nada. Bastó la palabra rara para que el aire cambiase de densidad.

Al principio nadie estaba enfermo. O eso parecía. La gente seguía yendo a trabajar, los niños a la escuela, los viejos a sentarse en la plaza donde aún pega el sol de invierno. Pero algo cambió, apenas fue visible, un paso atrás en la fila, una mano que no se da, una tos ajena que ya no es un gesto sino una amenaza.

Yo escuché el rumor por tercera vez en el supermercado. La cajera llevaba guantes de látex. No había aviso, no había orden, solo guantes. Cuando le pregunté si eran obligatorios, me miró como si yo fuera un peligro público.

—Por precaución —dijo.

Esa palabra empezó a justificarlo todo. A la semana, la escuela envió una circular: se recomendaba no enviar a los niños con síntomas gripales. Nadie sabía cuáles eran esos síntomas. Fatiga, decían algunos, dolor de cabeza, malestar general, eran lo suficientemente vagos como para incluir a cualquiera. Lo suficientemente amplios como para excluir a quien hiciera falta.

El rumor creció sin necesidad de pruebas. No había hospital lleno, ni muertos, ni estadísticas. Había comentarios. A la hermana de mi cuñado le dio, un señor del barrio de abajo está aislado, o no es como la gripe normal. Las frases se repetían como un rezo. Nadie podía explicar la diferencia, pero todos asentían.

Empezaron los cierres pequeños. El gimnasio canceló las clases grupales, el centro cultural suspendió un taller hasta nuevo aviso, en el bar de la esquina quitaron las mesas compartidas. El dueño dijo que no quería problemas. Nunca supe a qué tipo de problemas se refería. Una mañana encontré una nota pegada en el ascensor. Vecinos, evitemos visitas innecesarias, no estaba firmada. Nunca lo están. La tinta negra sobre papel blanco tenía la autoridad de lo anónimo, nadie discutió la nota. Nadie la arrancó. Simplemente dejamos de visitarnos.

Fue entonces cuando apareció la lista, no era oficial. Era un cuaderno en la conserjería con nombres escritos a lápiz. Personas en observación, nadie explicó quién observaba, ni qué se buscaba. El portero, que llevaba años ahí sin opinar de nada, empezó a vigilar quién tosía, quién volvía tarde, quién no saludaba. El poder le había llegado sin pedirlo, como una fiebre leve. Yo vi mi nombre una tarde. No supe por qué, ya que no me dolía la garganta y no tenía fiebre. Tal vez había estornudado, tal vez alguien decidió que yo era prescindible. El rumor no necesita razones, solo direcciones.

Desde ese día, los saludos cambiaron de tono, algunos dejaron de mirarme, otros exageraban la cortesía, como si pidieran disculpas por adelantado. Nadie me preguntó si estaba enferma. Nadie quiere respuestas cuando el miedo ya decidió. En el barrio de abajo, el más pobre, cerraron el mercado completo. Foco de contagio, dijeron. No hubo inspección ni informe, bastó que alguien señalara con el dedo. El rumor encontró allí un cuerpo cómodo donde alojarse.

Con el tiempo, la gripe dejó de ser una enfermedad posible y se convirtió en una condición moral. Estar sano era sinónimo de obedecer, de quedarse en casa, de no hacer ruido. Los que seguían saliendo eran irresponsables, los que se aislaban, ejemplares. Nadie hablaba ya de síntomas. Se hablaba de conductas.

Un día anunciaron que el rumor había sido exagerado, que no había tal gripe rara y que todo había sido una confusión. Lo dijeron en la radio local, con una voz cansada, sin énfasis. Para entonces ya no importaba. Las puertas siguieron cerradas. Las visitas no volvieron. El cuaderno permaneció en conserjería, ahora con más nombres. El rumor no se contradice, se mantiene. Nunca supe si alguien enfermó de verdad. Pero vi cómo el miedo se propagó con precisión quirúrgica. Cómo aprendimos a desconfiar sin pruebas. Cómo aceptamos la vigilancia porque venía envuelta en la palabra cuidado.

La gripe pasó —si es que alguna vez estuvo—, pero el cuerpo del barrio quedó débil. Como después de una fiebre larga. Sin fuerzas, con la cabeza turbia, acostumbrado a obedecer cualquier escalofrío.

MARÍA JESÚS GARNICA

Sabés, te voy a contar una historia.

No sé si te la creerás, pero es mi historia.

Nací en una familia humilde, cuando contaba con diez años, mis padres de la gripe.

Tuvimos que irnos a casa de la abuela María.

Era una aldea apartada de la civilización.

A mí abuela apenas la conocíamos. Mis hermanos y yo que era la mayor le mostramos agradecimiento.

Éramos cinco hermanos, hicimos piña, siempre juntos.

La abuela era seca, nos dijo lo qué teníamos que hacer y lo qué no.

Lo que si era trabajar la huerta y cuidar los animales.

Lo que no era no adentrarse en el bosque, ni de noche ni de día.

Con el tiempo, mis hermanos empezaron a desaparecer.

Mi abuela no decía nada.

Yo protegía a Adela, mi hermana pequeña, siempre juntas.

Un día empezó a correr hacia el bosque, yo la cogí al límite.

Mi abuela grito.

Me miro, con lágrimas en los ojos.

_ Tú serás la próxima.

Pero no me importa.

Salve a mí hermana.

O no!

EMILIANO HEREDIA

EL MUERTO AL HOYO Y EL VIVO AL BOLLO

-Buenas tardes, traía a mi padre, lleva dos días con gripe, tiene fiebre por encima de los treinta y nueve, y nos ha dicho el médico de cabecera que, si empeoraba, lo lleváramos a urgencias.

-Tarjeta sanitaria por favor, y de ene i.

-Aquí tiene, ¿Cómo te encuentras papá?

-Pues como crees que debo de estar, hija, fastidiado, ¡cof!, ¡cof!

-Aquí tiene, le llamarán por la pantalla de urgencias y le dirán el número de la puerta por donde tiene que pasar para que vean a su padre.

-Gracias, vamos papá, que en seguida te ve el médico de urgencias.

-Hala, otro con gripe, Manoli, a lo mejor hasta gano la apuesta y todo, yo he dicho que hoy tendríamos unas cincuenta personas con gripe.

-Papá, venga, que ya nos toca.

-¡ay!, hija, qué mal me encuentro.

-¿Te has enterado de lo de Don Nicolás?,!que pena!.

-Hay chica, la verdad es que si, que asco da llegar a ciertas edades, toda la vida trabajando, para, al final, acabar echo una piltrafa.

-Lamento decirla, que su padre está en un estado bastante grave, la gripe ha derivado en neumonía, bastante severa, y las cuarenta y ocho horas serán críticas para el avance de su estado, pero no le prometo ninguna mejoría, a su edad, con ochenta y cinco años, es poco probable que se recupere

-Está….diciendo que a lo mejor mi padre se puede morir….con los avances que hay hoy en día, una neumonía se puede curar…¿no?

-Es difícil, ya le digo, tiene una edad muy avanzada, lo siento

-Ya, es lo de siempre, en cuanto llega una plaga de gripe, se saturan los servicios sanitarios, y tienen preferencia la gente joven y de mediana edad, y los viejos, que han estado trabajando toda su vida, para recibir una atención medica digna, que les jodan..

-De verdad que lo siento, ya le digo, las próximas cuarenta y ocho horas, marcarán la evolución de la neumonía.

-Mamá, mira lo que ha puesto la tía en el grupo de la familia

-¡Vaya por Dios!, espera, que voy a poner en sonido mi móvil, que como estaba en el centro de mayores, haciendo un poco de spining, no me he enterado

-Pues aquí tiene usted los diferentes modelos. Éste de aquí, acabado en ébano, son sobre dos mil quinientos, más el servicio de traslado, esquelas, saldría por unos cinco mil setenta y cinco con cincuenta.

-Ya te dije que tenías que haber vendido el piso y haber metido a tu padre en una residencia, total, se iba a morir de todas formas

-¡tita!, no hables así de tu hermano.

.Mire, éste de pino barnizado, con esta coronita, ¿Cuánto saldría?.

-En total, unos tres mil doscientos euros

-¡ay! Hija, ya de esta no salgo, no, no digas nada ¡cof!, ¡cof!, uno sabe cuando llega la hora. Pero no te preocupes, que no vas a quedar ¡cof!, ¡cof!, desvalida.

-Papá, papá.

-¿Cuánto por este ramos de flores?, ¿y algo más barato no tienen ¿, ¡ah, bien, este de claveles, está bien, veinte euros me ha dicho, ¿no?.

-Antonio, por Dios, que es tu primo…

-¡Bah!, si total, no se va a enterar…anda, vamos, vamos a buscar la sala.

-Hija, tú eres la única que ha estado ¡cof!m ¡cof! A mi lado, tus hermanos, desde que murió ¡cof!, ¡cof!, mamá, no han querido saber nada de mí

-Papá, no te fatigues más, tranquilízate, que esto es un poco de gripe.

-¡Ay! Hija, cuánto lo siento, ¿y que vais a hacer con el piso?, mi hijo está buscando un piso por la zona y bueno, ya que tu padre….en fin, ya sabes, te conozco desde que naciste, y bueno, si tienes pensado venderlo, piensa en mí primero

-¿desea la señorita que sirva el lunch?

-¡hombre Manolo, joder!, el tiempo que hacía que nos no veíamos, tenemos que vernos más a menudo, coño, no en estas circunstancias.

-Deberías de vender ya el piso, por los gastos, sabes, mi situación económica no es la más idónea actualmente, y tus primos, necesitarían el dinero. Mañana te acompaño a alguna inmobiliaria

-¡ay chica!, la verdad que disgusto lo del pobre Nicolás, sé de buena tinta, que el piso se lo ha dejado a una chica colombiana que….bueno, tú ya sabes….

-Hija..!cof!, ¡cof!, hay algo que quiero que sepas!cof!, ¡cof!, hace dos meses, cambié el testamento y te lo dejo todo a ti, porque has sido la ¡cof!, ¡cof! Única persona que ha estado a mi lado todo el tiempo!cof!, ¡Cof!, ¡Cof!, te quiero hija

-Lamento comunicarla que su padre ha fallecido. Lo siento.

Fin

Emiliano Heredia Jurado

AXY LINDA

—Vete de aquí a llenar de gérmenes a otro lado.

—¡No es gripe, es alergia!

—No me importa qué sea; también eso debe ser contagioso.

—¡Por favor! Lo que tengo no se contagia. Pero sí me alejaré de ti, no vaya a ser que la ignorancia y la tontera si se pegue.

—Qué delicado, no se te puede decir nada.

Linsay, con sus siete años de tristeza, los veía discutir como algo cotidiano. Su padre volteó a verla y dijo:

—¿Ves a tu madre? No tiene cerebro; por eso no debes obedecerla.

—¿¡Qué!? No, Linsay, a quien no debes obedecer es al inconsciente de tu padre, que no se preocupa por nuestra salud. No le importa que te enfermes.

La niña escucha sus “recomendaciones”, hastiada de ser el blanco de las quejas; comienza a toser y a estornudar. Somatizando su ansiedad, se desmaya.

Luisú y Almina se miran, alarmados, ella furiosa dice:

—¿Ya ves? ¡Le contagiaste la gripe!

La violencia diaria que la niña respiraba le ocasionó un extraño coma. Inició, entre sueños, una vida imaginaria donde es feliz con dos padres que se aman, se respetan y le hacen las caricias que siempre anheló.

FURUKAWA CREATIVES

Máscara antigás.

Octubre, mi mes favorito. No, no por las calabazas ni por los disfraces, aunque secretamente me gustan; sino porque ¡llega la temporada de gripe! Para mí, apasionada de su trabajo y un poco obsesionada con la salud pública, es como la Navidad. ¡Pura adrenalina!

Hoy, mi consultorio parecía un campo de batalla. Un 80% de mis pacientes, ¡80! Con mocos, tos, fiebre: el combo completo. Y yo, cual guerrera, con mi fiel cubrebocas, librando la buena batalla contra los virus. No me malinterpreten, adoro mi trabajo, pero tampoco quiero pasar las próximas semanas tosiendo y estornudando. Ya saben, el clásico «médico enfermo que cura a los demás».

Después de una maratónica jornada, con el cerebro frito y las manos lavadas hasta la deshidratación, por fin salí del hospital. Tan pronto vi la luz del sol, me sentí como un vampiro que sale de su ataúd después de meses de encierro.

Llegué a la puerta de mi casa, suspiré profundamente y, con un gesto triunfal, me quité el cubrebocas.

¡Libertad!

¡Aire fresco!

¡Olor a pasto recién cortado!

Sí, es que tengo un vecino que se obsesiona con el jardín en esta época.

Cerré los ojos, sintiendo la brisa acariciar mi rostro, exponiéndome un poco más al sol para absorber vitamina D, pensando en la deliciosa pizza que me esperaba en el congelador, cuando…

¡Ah-chú!

Justo frente a mí. Un estornudo monumental, de esos que te sacuden hasta la médula y que, por supuesto, salpican una inapreciable nube de virus.

Abrí los ojos de inmediato y vi a mi vecino, el del jardín obsesivo, pasando por la calle. Me quedé congelada, incrédula y frustrada. Mi cerebro gritó: «¡NOOOO!», mientras la alegría de la libertad se desvaneció en un instante.

Suspiré resignada, después de todo, la batalla contra los virus se libra en las puertas de tu propia casa. Me puse el cubrebocas y pensé: el próximo año, compraré una máscara antigás.

Y por favor, cúbranse la boca al estornudar.

ANGY DEL TORO

POR UN ESTORNUDO

—Cierra la ventana, Juliana, que te vas a resfriar.

—Madre, estoy esperando a Julián, que debe estar al llegar.

—Lo sé. Y repito: ¡cierra la puñetera ventana!

—Mamá, no te alteres, que ya está aquí.

—Con la cantidad de virus que debe traer encima ese patán, mejor dile que, antes de saludar, pase al baño, se lave la boca, las manos y no sé qué más.

—No exageres. Mi Julián es un hombre limpio y, además, es solo mi novio, no mi esposo.

—Oye bien, criaturita mía, que los he visto. Todo empieza con el toca-toca y detrás viene el consabido beso… y para colmo, en la boca.

—No se te va una, ¡ño!

—Lo que estamos pasando no es catarro, ni gripe siquiera. Es influenza, y de ahí a la pandemia solo falta un estornudo.

—¡Alabao, madre! Qué cantaleta la suya… De saberlo, hubiera cerrado la dichosa ventana.

Julián entró estornudando. Se frotó la nariz con disimulo y miró alrededor buscando a Juliana… para sorpresa de todos, la madre se interpuso entre ambos.

– ¡Vaya mala suerte la mía! ni salude usted —dijo ella, levantando la mano cual señal de «Pare».

Julián dejó su mano en el aire. No la bajó de inmediato. La miró, luego la bajó muy despacio.

—Buenas tardes —dijo, obediente, pero con media sonrisa.

Juliana salió de detrás de la madre.

—Mamá, ya basta. Pareces un inspector de sanidad.

—No bromees con esas cosas —replicó ella—. ¿Julián, has estornudado?

—Un poquito —admitió. Pero de frío. Y ya sabe usted que el frío no contagia.

La madre chasqueó la lengua.

—Eso dicen todos antes de caer enfermos como pollos de granja.

Julián suspiró. Se quitó la bufanda, volvió a ponérsela, se la ajustó mejor. Con ese gesto —aunque mínimo, casi infantil— mostró su inconformidad.

—Si quiere —dijo—, puedo sentarme sin respirar.

—No sea sarcástico —contestó la madre—. Vaya al baño. Lávase las manos. Y la boca también.

—¿La boca? —preguntó él, miró a Juliana—. ¿Y los pensamientos?

—No des ideas —respondió la madre.

Mientras Julián se iba al baño, Juliana cruzada de brazos y con los ojos humedecidos dijo:

—Mamá, así lo vas a aburrir.

—El aburrimiento no mata, pero la gripe sí.

—Sí mata… tienes razón. Pero el amor se cansa —replicó Juliana—. Un día de estos se va a buscar otra novia. Una que lo abrace, lo deje estornudar y lo cubra con su cuerpo en lugar de obligarlo a desinfectarse.

Desde el baño se oyó la voz de Julián:

—¡Yo no me busco otra novia!

Pero lo del cuerpo me ha gustado. Suena bastante bien.

Juliana rió. La madre negó con la cabeza.

—Inconscientes. Todos.

Cuando Julián volvió, con las manos aún húmedas y la bufanda perfectamente colocada, se sentó en la punta del sofá, rígido, como si estuviera en visita oficial.

La ventana seguía abierta.

Y la gripe, pensó Juliana, no siempre entra por la ventana: pero sí que a veces sirve como excusa para acurrucarse.

NILA J BOHÓRQUEZ

Lucciany es una destacada diseñadora de modas, quien desempeñaba sus funciones como tal en un famoso taller de alta costura de la ciudad capital.

Todos los días compartíamos el acostumbrado cappuccino en la cafetería de la esquina.

Me pareció muy extraño que no apareciera durante tres días a nuestra cotidiana tertulia matutina y decidí visitarla a su casa, con la sorpresa de verla enrollada en la cama con cuarenta grados de fiebre.

Lucciana, imitando un lenguaje de señas, me comentó cómo se sentía y me pidió enviara al correo electrónico de la empresa, la carta que había transcrito en la laptop, y que no pudo terminar su objetivo por la debilidad en sus manos. Leí el contenido de la misiva perfectamente redactada y le dí clic …

Este es el texto de la carta en referencia:

Señores

Junta Directiva

Consorcio Casa de Modas

«Sueños de Seda»

Su Despacho

Estimados señores:

Con mucho pesar les informo sobre una situación imprevista que afecta mi capacidad para cumplir con los compromisos como responsable del espectáculo internacional de modas 2026, a realizarse mañana a las 10 de la noche en los lujosos salones de «Notlih Hotel». Desafortunadamente mi actual estado de salud (gripe severa), me obliga a guardar reposo absoluto por indicación médica, lo cual me impide asistir al gran «show» programado.

Quiero asegurarles que he tomado las medidas necesarias para garantizar que dicho evento se desarrolle sin contratiempos y que se mantengan los estándares de calidad y profesionalismo como siempre se ha caracterizado «Sueños de seda».

Mi equipo de trabajo está preparado para asumir las responsabilidades,

con el fin de que todo sea un gran éxito.

Lamento profundamente cualquier inconveniente que mi ausencia pueda ocasionar y agradezco vuestra comprensión en este momento difícil para mí.

Atentamente,

Lucciany Kaylë

*************************************

Después de tres semanas del evento, Lucciany y yo nos reencontramos en la misma ‘trattoria’ y con mucha tristeza me manifestó que había sido removida del cargo que desempeñó por más de una década, a pesar de que el festival fue un total triunfo.

Lucciany no aceptó la decisión de la Junta Directiva de «Sueños de seda» y renunció para comenzar a desarrollar sus propios proyectos en el campo del diseño de ropa femenina con su nueva firma comercial …»Entre finos hilos».

Nhylath

GERARDO BOLAÑOS

Diario de una Muerte (Casi) Segura

​Día 1: La Negación

​Todo empezó con un picor en la garganta. «Es el aire acondicionado», me dije, mientras mi cuerpo intentaba expulsar mis pulmones a través de una tos seca. Decidí ignorarlo. Me tomé un café cargado y juré que el dolor de cabeza era solo estrés. El estrés no suele hacer que te ardan los globos oculares, pero la negación es un lugar muy cómodo para vivir hasta que te sube la fiebre.

​Día 2: El Armagedón de los Pañuelos

​Amanecí sintiéndome como si un camión de dieciocho ruedas hubiera retrocedido sobre mí y luego hubiera vuelto a pasar para asegurarse de que el trabajo estaba hecho. La gripe no es un virus, es un okupa con maldad.

​Mi habitación se transformó en una zona de desastre biológico:

​El suelo: Una alfombra blanca de pañuelos usados que parece un campo nevado de desesperación.

​Mi nariz: Ha pasado de ser un órgano respiratorio a un grifo averiado que, además, brilla con un rojo neón que humillaría a Rodolfo el Reno.

​Mi dignidad: Perdida en algún lugar entre el tercer «vaporub» en el pecho y el hecho de que estoy usando calcetines con sandalias porque tengo demasiado frío para que me importe la estética.

​Día 3: El Delirio Místico

​La fiebre alcanzó los 39°C. En este punto, estoy convencido de que puedo hablar con las plantas y que el comercial de detergente de la televisión me está enviando mensajes cifrados sobre el futuro de la humanidad.

​Mi dieta consiste exclusivamente en líquidos de colores radioactivos y una sopa que sabe a cartón mojado porque, por supuesto, he perdido el sentido del gusto. Podría comerme una vela de cera y un filete de primera calidad, y mi cerebro me diría: «Sabe a nada, pero sigue tragando».

​Día 4: La Resurrección (O algo así)

​Hoy no he muerto. Es una lástima, porque ya me había hecho a la idea de que mi legado sería una colección de series de Netflix vistas a medias y una suscripción al gimnasio que nunca usé.

​He logrado caminar hasta la cocina sin que las rodillas me tiemblen como gelatina. Me miré al espejo y vi a un náufrago que ha pasado diez años en una isla desierta, pero con ojeras de mapache. La gripe se está retirando, no sin antes dejarme la voz de un fumador de ochenta años y una deuda millonaria con la industria papelera.

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6 comentarios en «La gripe – miniconcurso de relatos»

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