Las cartas sobre la mesa – miniconcurso de relatos

Esta semana, en nuestro Grupo de Escritura Creativa de Facebook, proponíamos escribir relatos con el tema «cartas sobre la mesa». Estos son los textos recibidos. ¡Vota por tu favorito en comentarios antes del jueves 4 de noviembre!

* Por favor, solo votos reales. No hay premio, solo reconocimiento real.

** El voto se puede dividir en dos medios o cuatro cuartos. Si alguien vota a 3 relatos, se contabilizará 1/4 de punto a cada uno. Si vota a 5, el voto será nulo.

*** Los textos son originales (responsabilidad de cada autor) y no han pasado procesos de corrección.

SERGIO SANTIAGO MONREAL

Antes de poner las cartas sobre la mesa

nos llevaremos una sorpresa

pues la serpiente de reptar no cesa

y su veneno se mete en el eco de la cabeza.

Un pensamiento obtuso

hace que el día anochezca.

Una noche bella

con estrellas

para que el silencio

sea el rey de la incerteza.

¡Postraros ante su realeza!,

¡almas impías por naturaleza!,

no serán salvas

el día de la tormenta.

Fin.

PEDRO ANTONIO LÓPEZ CRUZ

Y PUNTO

¡Escúchame bien, porque solo te lo voy a decir una vez!

Sí, sí, tú, la que me mira con cara de pasmada.

Nunca pensé que llegaría este momento. Pero todo tiene su límite, y así como los ríos se desbordan, mi destino, tarde o temprano, supongo que sería el de acabar creciendo hasta volverme torrente sobre un cauce que ya se me ha quedado pequeño. El caso es que hoy, desde que me he levantado, algo venía rondando mi cabeza. Ahora sé que era el universo, avisándome a gritos, los mismos que te estoy dedicando con mi inmenso cariño, mi corazón y toda la bilis que mi cuerpo es capaz de segregar: “Hoy toca. Hoy lo sueltas todo. Hoy explotas.”, me decía el universo ese. Y mira por dónde, tenía razón.

No nos engañemos. Los dos sabíamos que esto iba a reventar como una presa. Se podía oler. Una mezcla entre rabia fermentada, paciencia caducada y ese tufillo a “como me calle una sola vez más, reviento”. Era cuestión de tiempo. No sé cuánto lo llevo ensayando. Semanas. Meses. Quizá toda mi vida de casado. Suficiente para que, si existiera un campeonato mundial de “tragar sapos”, me hubiera alzado con la medalla de oro, la de plata, la de bronce y la de consolación. Que en tragaderas tengo un máster, un doctorado y hasta quizá sea, sin saberlo, honoris causa. Porque lo que son causas, no faltan.

Siempre he sido el prudente, el que calla, el que respira hondo, el que se traga las respuestas para no hacer saltar la chispa que provoca la llamarada que lo incendia todo. Pero hoy… hoy ya no me queda garganta ni sitio donde seguir guardando esto que me pesa.

Mírate. ¿Tú te has visto? con esa expresión de “todo me sorprende” que parece que te acabas de despertar de una siesta. Pues escúchame bien, porque voy a decirte lo que llevo años guardando como ese mueble viejo que nadie se atreve a tirar.

A ver, criatura divina, animal del Señor, musa del Olimpo. Hoy he venido dispuesto a poner las cartas sobre la mesa, a cantarte las cuarenta, las cincuenta y las que haga falta. Por matemáticas que no sea.

Estoy cansado, ¿me oyes?

C-A-N-S-A-D-O.

Cansado de tus medias sonrisas que nunca significan nada. Cansado de tus ironías, de esa reventona socarronería y esa magistral manera de convertir cada conversación en un monólogo donde tú misma eres la estrella, el público y la crítica. Cansado de que te creas el centro de un universo alrededor del que, sinceramente, ya nada orbita. Solo basura en ese enorme espacio que ocupas. Bonito ejemplar de ganadería bovina estás hecha. Estoy harto de tus silencios. De tus promesas en forma de “sí, sí, mañana sin falta”. Harto de tener que adivinar tus intenciones, esas que nunca encuentro y que se suelen esconder mejor que los calcetines en una lavadora.

Ya se acabaron esos días en los que tu indiferencia lo invadía todo, asfixiándome. Semanas en las que tus promesas vacías sonaban como el eco en un pozo: huecas, repetidas y sin intención. Y yo, como un imbécil, callando. Porque “no vale la pena”. Porque “ya cambiará”. Porque “no quiero problemas”. Has sido una carga, una losa pesada, un ancla antigua y oxidada atada a mis tobillos mientras tú fingías que me ayudabas a flotar.

Así que escúchame, aunque sea la única vez que lo hagas en tu vida:

Todo eso ya se ha acabado.

Quédate con tus eternas justificaciones, con tus versiones edulcoradas de los hechos y con tus falsas sorpresas. La rabia sigue ahí, sí. Me quema, me devora y se desborda hasta salirme por las orejas. Sin embargo, por primera vez, las cosas me empiezan a hacer gracia.

Ahora me voy. No con elegancia, lo confieso —me acabo de enganchar con la alfombra y casi me caigo de boca—, pero sí convencido, que es lo que importa. No, no te rías, que el que va a reír el último voy a ser yo. Ahí te quedas. Búscate otro perro al que ladrar, un hueso nuevo que morder. Desde hoy vas a tener que apañártelas sin mi paciencia infinita. Es lo que hay… ¡y punto!

De repente, un sonoro portazo dio paso al silencio, a una abrupta ruptura en el ritmo de los acontecimientos, a la voz quebrada y al temblor de piernas.

—Cariño, ¿Dónde estás? ¿Pero… qué haces ahí frente al espejo? Haciendo el imbécil, seguro, como siempre. Dios santo, si estás rojo como un tomate de la huerta murciana, pareces un pimiento morrón. Espera te traigo el termómetro, que para mí que tienes fiebre. Espera, tienes hinchada la vena del cuello. Ay qué mal color de cara… madre mía, que este hombre va a estallar, que esto va a ser un ictus o alguna cosa cardiovascular de esas. Mejor llamo a urgencias, me estás empezando a preocupar.

Esas fueron las últimas palabras que pudo escuchar el pobre de Claudio antes de desplomarse. El que hasta hace escasos segundos era un gallo de corral, de pronto se había vuelto a transformar de nuevo en gallina, en una gallina sin huevos, de cresta caída, en un despojo humano grotescamente derramado sobre el suelo.

Mientras tanto Adolfina, a la sazón su mujer, esposa y yugo durante demasiados años, trataba inútilmente de reanimarlo. A base de contundentes pero inefectivos guantazos.

Pedro Antonio López Cruz

ALFONSO FERNÁNDEZ-PACHECO

Yo no me enfado nunca

―¡¡¡Luisi, ya estoy en casa!!!

―Qué pronto llegas, Pedro, ¿ha pasado algo?

―He discutido con mi jefe porque pretendía que fuera a aparcarle el coche, le he dicho que eso no entra dentro de mis funciones, una cosa ha llevado a la otra, le he llamado capullo y me ha echado.

―No pasa ná, ya te saldrá algo, pero tienes que aprender a controlarte, te enfadas por cualquier cosa y así te va.

―Qué fácil es hablar cuando se trabaja desde casa, sin tener que aguantar a un desgraciado que te humilla a cada momento. ¿Tú no te enfadarías si te pasara lo mismo que a mí, no pondrías las cartas sobre la mesa?

―Yo no me enfado jamás, ya lo sabes, Pedrito de mis entretelas.

―¿Y qué habrías hecho, aparcarle el coche tragándote tu orgullo?

―Claro, y a los dos o tres días, cuando me pidiera que le llevara un café, le pondría un veneno indetectable y ese tipo ya no me echa. Todo de muy buen rollo, querido. Y, en el entierro, me parto de risa, pero por dentro.

―No entiendo cómo puedes bromear ante una situación como esta, Luisi, me parece fatal.

―Yo no bromeo nunca, querido mío.

―Muy bien, como quieras, no estoy preparado para una discusión. Por cierto, ¿fuiste a la consulta del psicólogo que te recomendé? Creo que te hará mucho bien para centrarte.

―Sí, pero no voy a volver.

―¿Y eso?

―Porque ya no hay psicólogo.

―Pero…

―El pobrecito cayó por la ventana mientras intentaba propasarse conmigo. ¿Sabías que tenía el chiringuito en un noveno piso? Quedó como una tortilla francesa poco hecha, hacía tiempo que no me reía tanto.

―Deja de vacilarme, Luisi, que no está el horno para bollos. Además, si no te enfadas nunca, no tendría sentido que le tiraras por la ventana. Te he pillado.

―Yo no vacilo nunca y no he dicho que me enfadara, le empujé porque era tontísimo, sobraba en este mundo. Pero todo sin acritud, sin palabras mayores… ni menores, no le dio tiempo ni a despedirse.

―Venga ya, y ahora me dirás que mataste a todos los componentes de la tuna, esos que aparecieron muertos en el callejón que hay a la vuelta de la esquina.

―Pues, sí, fui yo. Desafinaban muchísimo, no eran dignos representantes del maravilloso arte de la música popular. En un descuido, impregné sus instrumentos con el mismo producto que te mencioné antes. Fue divertidísimo ver cómo caía uno tras otro. Memorable, hasta agujetas me entraron de tanto despiporre.

―Claaaaaro claro claro, mi mujercita es una asesina en serie y yo sin saberlo. Voy a mirar las ofertas de trabajo, que es bastante más constructivo que hablar contigo.

―Estupendo, pero no empieces a pegar voces cuando veas que los empleos son una porquería, que tengo una reunión online con el presidente de la empresa y necesito silencio para no desconcentrarme, cariño.

―A la orden, mi sargenta.

―Mira, ya está aquí, con puntualidad británica. ¡¡¡Buenos días, presi!!!

―Hola, Luisi, ¿todo bien? ¿Preparada para tomar decisiones vitales para la corporación?

―Yo siempre estoy preparada, ya lo sabe, don Ernesto José.

―Así me gus…

―¡¡¡Cagoentó, para repartir pizzas hay que tener moto, esto es increíble!!!

―¿Qué ha sido eso?

―Nada nada, mi marido, que se enfada por todo.

―Bien. ¿Por dónde íbamos, Luisi?

―Por las decisiones claves para algo.

―Ah, sí. Tenemos que planifi…

―¡¡¡Qué asco, técnico superior de asapollos en un local sin aire acondicionado, por el sueldo mínimo!!!

―¿Otra vez tu marido, Luisi? Me está poniendo de los nervios, haz algo, por Dios.

―Un momento, no tardo nada… Pedrito, guapetón, tómate esta tila, que te va a relajar una barbaridad.

―Gracias, Luisi, me hace falta, la verdad.

―Ya estoy de vuelta, don Ernesto José, mi marido no volverá a interrumpirnos.

―Eso espero. Vayamos al grano, que ya está bien de perder el tiem…

―¡¡¡Luisiiiiiiiiiiii, la tila está repugnan…!!! Aaaaarrrrgggghhhh.

¡¡¡Booooooing!!!

―Lo siento, Luisi, estás despedida, esto no hay quien lo aguante. Pásate mañana a por el finiquito.

―Lo entiendo, presi, sin problema, no me voy a enfadar por eso. Una cosa, ¿cuánto mide? Soy malísima calculando la estatura a ojo.

―¿Para qué quieres saberlo?

―Mis cosillas… «A ver, llamar a la funeraria, encargar dos cajas chulas, pagarlas con el seguro de vida de Pedrito, ir a los entierros muy seria y compungida, de luto riguroso y no morir en el intento de no descojonarme… Cuánto trabajo da no enfadarse, válgame…»

ANTONICUS EFE

La taberna golía (olía en finolis) a vino de pitarra avinagrado y a tabaco de liar clandestino. La mesa estaba pegajosa, como si alguien hubiese estado viendo a las “Mama Chicho” a deshora.

Allí se sentaron ellos con ganas de jugar a su juego preferido. Obviamente la baraja estaba marcada y faltaban cartas, pero eso a ellos les importaba poco: Inventaban sus propias reglas a la vez que iban mostrando una carta en la jugada. Ellos cuatro jugaban contra otros cuatro jugadores presentes en la taberna, sin que estos últimos lo supiesen, hasta que se mostraba la carta correspondiente.

El primero sacó un tres de espadas (jugaban con la baraja Waite) que significaba dolor y gritó: —“Recita un poema obsceno de Coronado Smith”—.

El perdedor entre estertores de rabia contenida murmuró:

—« Desde bien tempranito mostró gran interés por la anatomía, ella quería aprender»—.

El segundo sacó el Arcano 0 (El Loco) y ordenó al perdedor que hiciese el gusano arrastrándose por el suelo cantando “P’a chulo yo”, el perdedor entre nauseas y satisfacción a partes iguales, mientras aspiraba el olor de los pies sin lavar de los parroquianos, cantaba como podía.

El tercero sacó el siete de espadas y exclamó:

—¡Traicionarás al Reguetón y al Trapp y cantarás de viva voz subido en el mostrador “Yo para ser feliz quiero un camión” de Loquillo y Trogloditas—.

—¡No, por favor!, prefiero hacer un medley del tractor amarillo, Paquito Chocolatero y una de Marea elegida al azar que cantar eso—

—Esto no es Hawai de Loquillo y punto, y por no meter la pata. ¡Venga empieza!

Después de cantar, entre lágrimas y estertores casi espasmódicos de tumba cercana, la partida siguió.

El cuarto sacó, obviamente, la carta número XIII (aquí no la voy a nombrar para seguridad del lector) y murmuró:

—A ver que narices le propongo al sufridor de turno, el caso es que no me cae muy mal, pero…—

Después de reflexionar un poco y viendo que los otros tres se empezaban a impacientar dijo señalando al infortunado (o afortunado según se mire) de turno:

—Tú coge esta tinta de boli Bic cristal y hazte un tatuaje en tu piel, con las agujas de coser de Esperanza Aguirre, de la portada del segundo disco de Coronado Smith, el lugar lo eliges tú, pero debe ser visible—.

—Lo siento señor pero mi novia y yo solo escuchamos a C.Tangana, Rosalía y Marea, y no pienso tatuarme nada de ese cafre—.

—¿Es tu última palabra?—

—¡Sí!—

—»¡Dona ei, Domine, requiem aeternam, et lux perpetua luceat ei!»—dijo el cuarto jugador al tiempo que los cuatro abandonaban la estancia y las cartas sobre la mesa empezaban a arder, mostrando la llama la portada del siguiente disco de Coronado.

Del cuarto perdedor nunca más se supo, pero se rumorea que todas las primaveras se reencarna en Scarabaeus sacer.

EMILIA CREGO

UN CANTO ENTRE LO DESCONOCIDO

Los días se llenan de colores, tonos alegres en las mañanas. En aquel hogar en la sierra no había grandes lujos, que la colmara de ostentación y abundancia. Solo tenían lo necesario para vivir con sencillez, para llenarse de vida y serle fiel a quien nos regala un canto de esperanza. Este canto llega con las primeras luces de la mañana, despertando al alba, y nos llenamos de luces cálidas y serenas. Cuando el día se fue en silencio y los cantos vuelven a florecer entre las copas de los árboles. El paisaje dibujaba una belleza serena, esperando que la noche fuera mostrando el temido respeto.

Los días que el sol quemó la tierra, las plantas y el agua templó la sed de quienes fueron nómadas. Los amaneceres llenos de sonidos despertando a las mañanas se llenaron de dulzura en el valle y en el agua que corrió con brazos poblados de arbustos. El caminante descubrió un manto verde con tonos dorados e inmaculado; se llenaba de alegría el niño pisando el agua fresca y cristalina para llegar a tomar asiento en una mesa de ricos manjares.

El sol caía con fuerza sobre las tejas que cubrían a los seres que lo habitaban. Dormitaban algunos en sus camastros; otros, con “las cartas sobre la mesa”, improvisaban juegos con: El rey de oro, la espada, el basto y una copa. Se llenaban de júbilo improvisando hazañas para seguir ganando la partida; con la espada y la fuerza del basto venció al opositor; con todo el oro recaudado, estaba bebiendo de una copa el vino que le ofrecieron.

¡El rey siempre gana!

Llegaban a despertar la noche con un café, dulces elaborados con productos de la tierra y una copita de Jerez bajo un manto celestial. La familia que vino para quedarse unos días en una porción del planeta, donde el tiempo se detuvo para llenarse de emociones y sentimientos entre el asiento de una mecedora y el balcón que ofrecía este escenario al mundo.

Se fueron una mañana fría con el viento acariciando el rostro y con la inquietud de volver a visitar aquella tierra.

BENEDICTO PALACIOS

LAS CARTAS SOBRE LA MESA

Los cuatro hijos de una familia recibieron de sus padres, ya mayores, el anuncio de que hicieran un reparto equitativo de la herencia. Con lo que acordaran, ellos estarían conformes y lo firmarían. Eligieron para reunirse la mesa del jardín en la que su madre había dibujado el mapa de España. Echaron a suertes y a Cristóbal le tocó el mar Cantábrico, a Lucio el Atlántico con Portugal, a Domingo el estrecho de Gibraltar y a Nicolás el Mediterráneo con las Islas Baleares y las Canarias en un recuadro. Como suponían que la reunión sería larga duración, cada uno preparó una fiambrera con viandas y un termo con café o te. El alcohol quedó prohibido.

Iniciaron la sesión a las ocho de la mañana de un día soleado de primavera y a la seis de la tarde habían avanzado la cuarta parte del reparto. Estiraron las piernas y volvieron a la mesa. La reunión no podía terminar sin un acuerdo.

Encendieron las luces que iluminaban el jardín y allí vieron el amanecer. Ninguno desea cargar con una casa de un pueblo frío de Castilla y todos ambicionaban un apartamento en una playa de Levante

Pasaron dos días y más una semana y como el acuerdo parecía imposible, llamaron a los padres para que mediaran. Levantó el teléfono la madre y les preguntó por la notaría donde querían firmar.

—No, madre, falta la conformidad.

—Pues no podéis abandonar la mesa.

No fueron bastante quince días ni veinte ni un mes. Siempre faltaban unos flecos. Cristóbal y Domingo eran los más cabezotas.

Sentían las piernas pesadas. Sus pies los iba tragando la tierra. Unas plantas carnívoras empezaron a crecer. Las más voraces arrancaron por el mar Cantábrico y siguieron por el estrecho de Gibraltar.

Los cuatro hermanos murieron atrapados por las plantas.

Fue el padre quien urdió el experimento. Tenía una hija anterior al matrimonio y quería nombrarla heredera universal.

B. Palacios

DAVID MERLÁN

NEGOCIOS EN «EL SOTANO»

​Marcos se sentó en el reservado más oscuro de “El Sótano”, un local que olía a cerveza rancia. Lo había hecho tras llegar tarde y chocar con un hombre que al igual que él, salía del local apresurado, con las mismas prisas aparentes que él, al llegar a su cita con la vendedora. La luz roja de la lámpara sobre la mesa, añadía un toque de cine negro clásico. Ella le esperaba, sin quitarse el abrigo color carbón y con una pañoleta beige anudada en la barbilla que le cubría toda la cabeza. En sus manos, y sin dejar de clavarle la mirada reprochándole su tardanza, un vaso de whisky con hielo ya derretido. Bajo aquella luz infernal, parecieran manchas de sangre.

—Llega tres minutos tarde. No sonrió, ni parpadeó.

—Lo sé. Discúlpeme—contestó él acabando de quitarse la gabardina y acomodándose en el sillón—La lluvia no ha parado y es difícil moverse por la ciudad en noches como las de hoy… ¿Señorita…?

—Vega, me llamó Vega y eso no es disculpa.—añadió con voz tan plana y fría como el mármol.

—Entendido. Y de nuevo discúlpeme. Es muy importante lo que tiene para mí.

—Pues no lo parece.

Marcos decidió no seguir malgastando el tiempo en disculpas que no iban a ser agradecidas y se centró en lo importante. En el motivo de asistir a aquel encuentro.

Estaba a punto de comprar una unidad militar de «Desplazador Métrico Cronal», también conocido como DMC, un dispositivo que, según los rumores, permitía revisar el espacio tiempo, provocando que se puedieran curvar y con ello poder reescribir los últimos cinco minutos de cualquier conversación. Era ilegal, por supuesto, y el riesgo si te atrapaban infraganti, era la pena capital.

Eran las 23:04 y un pulso le golpeaba en las sienes. El maletín bajo la mesa contenía tres millones de créditos, la mitad de lo que le quedaba en el mundo. El DMC lo valía. Él necesitaba esos cinco minutos de vuelta.

​Sin más preliminares, Vega le dió el último trago al whisky aguado y colocó un estuche de metal tamizado sobre el vidrio de la mesa. Era pequeño, sin costuras, tan solo un pequeño cierre y los bordes brillantes rompian la monotonía de sus formas.

​—Las cartas sobre la mesa, Marcos. Muéstrame lo tuyo o no hay trato.

​Marcos deslizó el maletín. El contacto visual entre ellos era una lucha de voluntades: la calma absoluta de Vega contra el nerviosismo contenido del comprador.

​—El objeto de la venta es el prototipo M-01 de un DMC. Es un artefacto de alta fiabilidad, no una réplica. Una vez lo active, el reloj se detiene—le advirtió ella.

​—Lo sé —dijo Marcos, empujando el maletín en su dirección—. Los créditos están verificados. Ahora, abre el estuche.

​Vega asintió levemente, tomó el estuche y pulsó un punto invisible en su superficie. Con un casi imperceptible clik apenas audible, el cierre saltó sólo y la tapa se levantó. Dentro, y ante la sorpresa de Marcos, no había un dispositivo tecnológico, sino un cilindro de cristal hermético. Y dentro del cristal, flotando en un líquido espeso y cobrizo, había algo orgánico: una pequeña astilla de hueso, una falange diminuta.

​Marcos parpadeó, confundido.

​—¿Qué c…., demonios es esto? ¿Dónde está el DMC?

​Vega sonrió por primera vez. Fue fugaz, pero devastadora. Ella ignoró su pregunta y se centró en la astilla.

​—Esto es tu falange distal derecha. La que perdiste cuando eras niño. La recuperé de los archivos de la Tyrell Corporación.

​Marcos sintió un vértigo. La falange. Había sido su único defecto físico. Nadie lo sabía.

​—No entiendo… ¿Esto es…, alguna clase de prueba?

​Vega inclinó su cabeza, mirando por encima del cilindro de cristal.

​—Marcos, tú no estás aquí para comprar el DMC. Estás aquí para verificar que el DMC funciona.

​Ella tomó su propia mano y la colocó sobre la mesa. Su guante negro se desintegró en nanopartículas, revelando una piel sintética perfecta.

​—Mi nombre es Agente Beta. Soy la oficial de Recuperación de Proyectos. El DMC no es un objeto que manipula el tiempo. Es un sistema de copia neuronal. Tú, Marcos, eres una copia. Un Facsímil ilegal de la mente de un científico que robó su propio archivo de conciencia hace seis meses de la Tyrell cuando fue despedido.

​Marcos notó como se le cortocircuitada el cerebro ahogándose en un mar de confusión y contradicciones.

​—¿Entonces…lo que me estás queriendo decir…. es que no… soy real?

​Vega tomó aire y con gesto amable le contestó.

—Asi es. Siento que te enteres así, pero así es. Tú eres la conciencia robada. El «DMC» es, en realidad, un sistema de autenticación de identidad que usa una muestra orgánica robada para forzar el encuentro con el original. El verdadero Marcos murió al intentar escapar con su conciencia comprimida. Y tu mente ilegal, tu «copia», ha estado viviendo en su apartamento, con su dinero. La astilla de hueso me trajo hasta ti, porque es la única pieza de tu original que no pudiste duplicar.

​Vega deslizó el maletín de dinero lejos de él.

​—Tú viniste a esta cita esperando descubrir la clave para reescribir tu pasado. Pues bien, aquí están las cartas. Y la verdad es esta eres la pieza prohibida que faltaba.

​Vega sacó de su abrigo un pequeño dispositivo. Parecía un simple mando a distancia.

​—El Protocolo de Borrado se activa cuando el Facsímil se expone a un catalizador biológico irrefutable. Tu falange. Es la única forma de garantizar que la conciencia original no se active por error—le reveló provocándole que su angustia se incrementada hasta límites insospechados.

​Marcos entró en pánico y tras fulminar a la agente Vega con la miradaa y viéndose perdido, agarró con rabia el maletín y salió corriendo de El Sótano.

Mientras esto sucedía, ella presionó el botón. Llegando a la puerta del local, por la mente de Marcos se le pasó la última verdad. Cómo un relámpago. En ese instante, un pensamiento le atravesó el alma. Había estado negociando su propia muerte. Y su vida, toda su vida, había sido una mentira sobre la mesa.

Todo a su alrededor, la gente, incluso la lluvia comenzaban a desvanecerse cuando abrió la puerta del local para salir justo cuando se cruzó y medio chocó, con otro hombre que al lgual que él, entraba con prisas.

«Pero… ese era…» le dio apenas tiempo a pensar y después…. desapareció.

FIN

EFRAÍN DÍAZ

En la séptima bóveda del cielo, ese solemne recinto donde el mármol nunca envejece, donde el silencio aspira a la eternidad y la acústica está diseñada para suspiros angélicos y reprimendas divinas, se reunió el Consejo Celestial con la gravedad propia de aquellas instituciones que hace siglos dejaron de servir para algo, pero persisten en fingir que sí, como ciertos parlamentos latinoamericanos o alguna que otra academia de letras.

San Pedro fue el primero en llegar. Puntual como reloj suizo y con la actitud de ministro que todo lo supervisa, todo lo controla, pero nada decide. Apoyado en su cayado, mitad autoridad apostólica, mitad bastón ortopédico, entró como quien se prepara para escuchar excusas y sospecha que ninguna será buena.

Lo siguió el arcángel Gabriel, con su aire de diplomático fatigado, como si hubiera pasado la noche entera negociando tratados de paz entre luteranos, teólogos de Tubinga e iluminados de redes sociales. Tras él entró Uriel, con la solemnidad meticulosa de un notario medieval: tomando notas con devoción casi sacramental, como si todo fuera a terminar en un voluminoso archivo titulado Acta Angelorum, Tomo 12.447. Y luego, Miguel: espada en mano, actitud marcial y ese brillo en los ojos propio de quienes no saben vivir sin la amenaza de una batalla, aunque lleven siglos sin una.

Lucifer apareció al final, naturalmente. El cabello perfectamente peinado con gel, la elegancia impecable de quien sabe que es el villano oficial del relato, pero ha leído suficiente Tucídides para saber que nadie recuerda a los héroes tibios. Caminaba con esa seguridad pausada propia de los que saben quienes son y reconocen que los demás lo saben.

Finalmente Dios, con su melena blanca ligeramente desordenada, barba digna de obispo prtodoxo ruso y ojeras que ni todos los pepinos de la creación podrían mitigar, tomó la cabecera. Carraspeó con gravedad litúrgica y dijo:

—Bien. Es hora de poner las cartas sobre la mesa. Los humanos se han vuelto ingobernables. Quiero saber quién ha estado manipulando el libre albedrío.

El Arcángel Miguel fue el primero en hablar, señalando a Lucifer con su espada como quien señala a un acusado en una vieja pintura renacentista:

—Yo no he sido. He estado muy ocupado combatiendo a este señor y sus legiones de demonios.

Lucifer sonrió perversamente, con una calma casi angelical.

—Agradece que te he mantenido ocupado, Miguelito. Ya lo dijo Pablo a los Tesalonicenses: “el que no trabaje, que no coma.” Tú comes; ergo, ya sabes a quién agradecer.

Uriel tomó la palabra con la gravedad de un ecologista preocupado:

—Yo he estado intentando preservar la creación. Los humanos han talado, perforado, quemado y destruido todo lo que han podido con la dedicación artesanal. Al paso que van, se quedarán sin oxígeno, sin agua… y sin vergüenza.

Gabriel suspiró con hartazgo demencial:

—Yo he intentado propagar tu mensaje por toda la Tierra, pero la cosa está complicada. Desde que Ratzinger salió corriendo, el Vaticano gira hacia una izquierda incipiente y un progresismo pastoral que no ayuda en la tarea.

San Pedro, con aire de contador agotado al cierre de un año fiscal, añadió:

—Yo he estado muy ocupado verificando quién entra y quién no. Al parecer, Azrael trabaja horas extras. Todos quieren entrar al cielo y la cola parece eterna.

Entonces todos miraron a Lucifer con sospecha. Él se acomodó el cuello de la camisa con gesto discreto, casi teatral y declaró con voz calmada y mirada serena, como quien dirige con temple y sin miedo:

—Yo no he manipulado el libre albedrío. Sigo la misma fórmula desde que fui expulsado de este santuario del aburrimiento infinito. Han sido los propios humanos quienes han leído, pensado y justificado sus desvaríos. Poco a poco han estirado las reglas hasta convertirlas en chicle moral. Yo sólo observé. Spectator fui. Nada más.

El silencio cayó sepulcral, como de cementerio.

Dios se rascó la barba, San Pedro se persignó preocupado, Miguel envainó la espada, y Uriel revisó sus notas como si buscara un reglamento que nunca existió.

—Quizás debamos reforzar las instrucciones —dijo Dios— con castigos más severos.

Lucifer sonrió, con la elegancia del que sabe que la última palabra no siempre necesita volumen:

—Es demasiado tarde. Ya han leído los manuales y han decidido ignorarlos.

Y así, como ocurre en las grandes corporaciones y en los gobiernos ineficaces donde nada se resuelve, la reunión terminó como comenzó: en nada. Sine conclusione, sicut semper.

EL IDIOTA

Poner las cartas sobre la mesa.

La carpa olía a incienso y madera húmeda. Las velas formaban un semicírculo alrededor de un libro abierto, viejo y gastado. Las llamas temblaban como si una corriente de aire imperceptible las acariciara. La vidente, con sus ropas de colores llamativos, parecía más una payasa de circo que la mejor lectora de cartas como se anunciaba en el cartel a la entrada.

Acomodó su chal de flores amarillas y rojas sobre los hombros y me miró fijamente.

—Voy a poner las cartas sobre la mesa. Usted la cortará y sacará una del grupo que desee.

Cogí el montón de cartas que la tarotista había depositado sobre la mesa. Las barajé a pesar de no haber recibido la orientación, con la esperanza de influir en el futuro y cambiarlo, regresarlo al rumbo anterior, al del antes de conocer a Veronica.

La posó suavemente sobre el mantel, la dividí en dos grupos y eligí una carta al azar. “Que sea Dios quien elija” Pensé. Cerré los ojos para no ver

—¿Está seguro de que quiere saberlo todo?—preguntó la adivina con voz baja que parecía venir de otro tiempo.

Asentí apretando las manos sobre el regazo para que no delataran mi nerviosismo.

La pitonisa mezcló el mazo de tarot con un ritual casi litúrgico. Cada carta rozaba el mantel como si susurrara un secreto. Cuando terminó, colocó el mazo en el centro. Inspiró hondo y empezó la tirada.

La primera carta cayó con un golpe seco:

La Luna.

Frunció el ceño. Ilusiones, engaños, caminos ocultos.

La segunda:

El Colgado. Un sacrificio inevitable.

La tercera:

La Torre. Ruina. Ruptura. Un destino que se desmorona sin aviso.

Una sombra pareció deslizarse entre las velas.

La mujer tragó saliva.

Se humedeció los labios. Algo en esas cartas no era normal. No solo anunciaban desgracia… sino urgencia.

—Hay algo que debe saber —murmuró, juntando las cartas como quien intenta domar un animal salvaje—. Este final… no es un destino que “vendrá”, sino uno que ya comenzó.

El viento apagó una de las velas.

La mujer se sobresaltó.

—¿Qué significa?.

Pregunté.

La tarotista levantó la vista. Sus ojos reflejaban un temor extraño, casi personal.

—Que lo que buscas evitar… ya está aquí. Y ha entrado contigo.

En ese instante, un golpe resonó en la puerta. Seco. Determinado. Como un martilleo del destino.

Las cartas, esparcidas sobre la mesa, parecieron vibrar. La Torre brilló un segundo más fuerte antes de apagarse entre sombras.

Comprendí que no debí haber aceptado la perla negra que Verónica me ofreció en la habitación 104 de un motel de carretera.

ANGY DEL TORO

EL JUGLAR

Un cuenta-cuentos que parecía salido del medioevo acababa de llegar al pueblo.

Vestía de forma extraña y venía haciendo malabares; no estaba solo: siempre lo acompañaba un gato.

Durante la mañana, el joven cuentacuentos y su gato anunciaban la función del circo. En cada pueblo que visitaban, los niños le seguían, y los muchachos gustaban vestir como ellos. Sí, porque hasta el gato vestía igual que su dueño.

Ataviados con blusones y pantalones de variados colores, durante la función se sentaban en medio de un público entusiasmado que pedía más y más cuentos. Reyes, guerreros, castillos y princesas llenaban los espacios vacíos del espectáculo.

Según la voz popular, sus historias eran de miedo y misterio.

Una noche lluviosa amenazaba con interrumpir la alegría de los asistentes.

—Hoy es un gran día —decía el juglar—, mientras comenzaba una sorpresiva y abundante lluvia.

Había algo extraño en la mirada del circense. Sus ojos se veían tristes y, en ocasiones, dejaba que el gato escapara entre el público. Mientras todos esperaban que escampara, él continuaba con su oficio: hacía malabares, jugaba con su gato y tocaba algún que otro instrumento.

Pero, como un relámpago, un recuerdo lo atravesó.

Se preguntaba: ¿Lo conozco? ¿De dónde?

Brotaban lágrimas por las mejillas de un anciano. Habían pasado más de veinte años desde aquel día en que el hijo del viejo se unió a una caravana de circo ambulante. El abrazo no se hizo esperar. Lloraba también el juglar cuando dijo:

—Padre, perdóname. Regreso a tu lado. Mi gato y yo te necesitamos; estoy enfermo y cansado de trotar por caminos inciertos.

Juntos, los tres —el padre, el hijo y el gato— comenzaron a caminar rumbo al pueblo.

—Adelante, hijo, no te detengas —dijo el anciano—. Busquemos la sombra de la arboleda. Por favor, sentémonos. ¿Qué te parece la campiña? ¿Te gusta? Pues a tu madre también. Ella aún disfruta cuando, recostado sobre estos troncos, clamo por el sosiego.

¿Recuerdas estas tierras? No estaban tan pobladas de árboles frutales; ellos, de alguna manera, suplieron tu ausencia.

Espera, hijo, que aquí quien cuenta los cuentos soy yo. Ahora que has regresado, será mejor poner las cartas sobre la mesa.

Los hijos despliegan sus alas y crean nuevas familias. Ley de vida, eso no lo podemos cambiar.

Con el pasar del tiempo, tus hermanas siguieron tus pasos y, como seres únicos, tu madre y yo encontramos refugio en las siembras.

La floresta ha sido testigo mudo de la soledad que nos acompañó.

Hoy regresas al suelo que siempre fue tuyo. Te acomodas sobre los troncos de la mata de mango que tanto trepabas.

¿Recuerdas que en la escuela te pusieron como tarea germinar semillas de mango?

—Ya lo había olvidado, padre.

—Cuando marchaste, casi estaban listas para la siembra. Tu madre continuó tu encomienda. Aquí tienes el fruto de su trabajo.

Ella, desde su sitial de honor, sonríe ya transformada en materia orgánica.

Hoy, sus cenizas abonan los arbustos; la vieja nos protege y abriga con la caricia de las hojas que caen.

Ya puedo descansar en paz. Cuando un día mis huesos se conviertan en abono y fertilicen la arboleda, estaré junto a mi vieja, que impaciente, sé que me espera.

Hijo mío, tal vez, algún niño del pueblo cuente tu historia: la del juglar que volvió al hogar acompañado del ronroneo de su gato y guiado por la voz de la lluvia y el viento.

MAITE BILBAO

Fragancia Perdida

El metal de mi saca olía a la larga rendición de la rutina. Papel de periódico mojado, el frío habitual de Puenteviejo. Pero una blancura violenta lo rompía todo: un sobre pulcro.

No era el tufo áspero del deber. Era jazmín, o sándalo. El rastro tibio de una piel bajo el lino. Olí la carta buscando la fiebre en la caligrafía, y mi nariz confirmó el diagnóstico: aquel dulzor era el hedor familiar del abismo abierto.

Yo, Elsa, la cartera del pueblo, sentí el latigazo de la culpa. Había enterrado la única carta de amor que importaba, la de él. Abrí la misiva bajo la luz paciente del queroseno. La pluma no pedía; exigía huida inmediata a la capital, donde el trabajo en la fábrica aseguraba un futuro de clase media. «El tren sale mañana, adiós a la sensatez.» El jazmín se elevó y me golpeó con el recuerdo de Gabriel.

Era el mismo aroma de mis veinte años, mientras leía su carta: «Elsa, ven. El barco sale en dos días hacia América. La sensatez es la muerte en dosis lentas; la prisa es la única garantía de que existimos.» Yo tardé. Escuché la voz de mi madre, la voz de la espera. Reescribí mi respuesta, inyectándole una demora: «Dame un año. Si este amor resiste el tiempo…»

Gabriel se fue solo. Nunca regresó. Meses después, la noticia llegó en forma de esquela. Desde entonces, mi vida fue la evidencia de una verdad dolorosa: la prisa, a veces, era la única posibilidad de permanencia. La sensatez con que tejí mis días era mi penitencia.

Ahora, una joven, Marina, estaba a punto de replicar mi error. Mi única forma de convivir con el fantasma de Gabriel era torcer este nuevo destino. Asumí la tarea: convertirme en la cirujana del instante ajeno. La carta de respuesta fue una operación fría. Cada frase seca que forjaba la demora era la hemorragia de mi propia nostalgia injertada en la vida de otro. Reemplacé el vértigo por el pragmatismo, la única ancla que aseguraba la duración. Modificando su contenido, escribí:

«La vida exige una prueba de resistencia. Sigue amando con esta fuerza, pero espera. La huida ahora solo te dará un año de pasión y una vida de pobreza. Espera un año, trabaja, y que tu amor te ofrezca una casa, no una pensión. La prisa desmantela la estabilidad social.»

Mi tesoro estaba bajo la cama: una caja de explosiones sofocadas. Mi existencia se definió por el poder que ejercía sobre otros y por el vacío de lo que perdí. Cuando las parejas se encontraban —la paciencia forzada por mis misivas se rompía y la necesidad de verse prevalecía—, yo los observaba. Los veía casarse, ignorantes de que su camino había sido empedrado con una red de silencios y frases reescritas. Yo sabía que les había dado la casa, a cambio de un baile.

El ciclo se cerró en invierno. Sin dramatismos. La bicicleta roja se recostó en el cobertizo una mañana, y yo no me levanté.

Mis herederos encontraron la caja bajo el colchón. Cientos de cartas sin entregar. Pero junto a ellas, un legajo lacrado:

Última Voluntad: A quien corresponda: Este archivo es la vida que no se vivió. Devuélvanse estas cartas a sus dueños sin explicación. Temí que el vértigo era la única verdad. Que el tiempo perdido hable por mí.

El albacea cumplió lo estipulado. La caja de madera olía a polvo y tiempo, pero un rastro dulce se aferraba a ella: la fragancia persistente de jazmín, el rastro químico del crimen de Elsa. Al abrir el primer sobre, la fragancia se liberó en el aire, menos dulce ahora, más bien metálica, anunciando que el vértigo había vuelto a saldar su cuenta con la sensatez.

En el pueblo, Marina, de cabellos grises y ojos de aguas calmadas, recibió el sobre de su marido, de hacía cincuenta años. El jazmín, al olerlo, ya no fue un fantasma dulce, sino un fogonazo de gas. Abrió la carta. Era una exigencia de huir a la capital al día siguiente para tomar un puesto de capataz en la fábrica. Una oportunidad única que caducó en tres días. Marina sintió que medio siglo de sensatez le estaba desgarrando los huesos. Levantó la vista hacia Ramón, su esposo, que en su sillón leía su propia réplica: la misiva que le exigía la demora y el matrimonio en el pueblo. Se quedó inmóvil. La fibra del papel se tensó en sus manos hasta quebrarse.

Se miraron. El amor resistía, sí, pero era un amor anclado a un muelle al que solo la razón los había llevado, impulsados por el miedo al fracaso económico que Elsa les había injertado, impidiéndoles ver la mar.

—¡Nos ha robado la vida, Ramón! ¡Nos ha robado los sueños! —gritó Marina, la voz de la joven que había sido obligada a la calma.

Ramón no habló. Su rostro era una máscara de piedra. Soltó la carta rota, que cayó al suelo sin ruido. Caminó lentamente hacia la chimenea. Sus manos aferraron el atizador de hierro.

—¡Elsa! —rascó Ramón, un sonido seco como sílex—. Nos diste una casa… y nos negaste un destino.

Marina arrugó la carta original con violencia y la lanzó al hogar. Ramón levantó el atizador y, con una lentitud terrible, golpeó el espejo principal del salón.

CRASH.

El estallido. Miles de fragmentos llovieron sobre ellos. Se quedaron allí, entre el cristal roto y el olor a jazmín quemado, separados por un abismo que era su propia vida.

SERGIO TÉLLEZ

LUNA

–Vamos, Luna, es hora de comer– dijo Donato con voz suave. La puerta se abrió con un clic metálico, y ella se levantó de la cama, sintiendo el frío del suelo en sus pies descalzos. Se estiró, extendiendo sus brazos y arqueando su espalda. La habitación estaba llena de una luz gris y difusa, que no parecía provenir de ninguna fuente en particular.

Se acercó a él, que la esperaba con una expresión neutra. Se detuvo a un paso, inclinando la cabeza ligeramente hacia un lado, y aspiró profundamente, absorbiendo su presencia. Él extendió la mano, y Luna la rozó con la mejilla, moviendo apenas la cadera.

La habitación estaba llena de un ambiente expectante, y el único sonido era el suave crujido de la bolsa de comida que Donato sostenía en la otra mano.

–Buena perrita– dijo, con voz suave y acariciadora. –Hoy te he traído algo especial. ¿Quieres verlo?–

Luna miró a su amo con ojos atentos. Su rostro estaba inclinado hacia arriba. Donato sonrió, y metió la mano en la bolsa, sacando un trozo de carne. Se acercó un poco más, su nariz temblaba ligeramente, y él se rió, dándole el trozo de carne.

–Eres una buena chica, Luna. Sí, eres una buena perrita.

Había aprendido a obedecer. Se sentaba a sus pies, comía de su mano, y esperaba sus órdenes. No había nada más allá de eso. La sumisión se había convertido en un hábito, en una forma de vida. Con el tiempo, había surgido algo más. Algo que la hacía sentir… contenida.

Aquel día, el ritual de Donato cobró vida cuando se sentó en su silla, rodeado de los despojos de su existencia: un mazo de cartas desgastadas, un vaso de whisky barato y un cigarrillo sin filtro que se consumía lentamente en el cenicero. El aire estaba impregnado de un hedor familiar, un olor que se había vuelto tan omnipresente como el silencio que lo rodeaba.

Luna lo miró, mientras él barajaba las cartas con una habilidad mecánica. Su mirada se detuvo un instante, como si estuviera memorizando cada detalle, antes de desviarla hacia la carta que Donato sostenía en la mano.

–¿Sabes qué es esto, Luna? –preguntó, sosteniendo la carta en la mano–. Esto es un juego… un juego en el que hay que poner las cartas sobre la mesa, pero tú no necesitas jugar, ¿verdad? Tú ya sabes cuál es tu lugar.

Luna no respondió, no se movió, pero su mirada no se apartó de la de Donato. Algo se estaba despertando en ella, un murmullo apenas audible que comenzaba a crecer en su interior, como el primer temblor de un terremoto.

Un llanto débil se escuchó desde la habitación contigua. Donato se puso en pie y la llamó con un gesto. Ella se levantó y lo siguió. Él se aproximó a la cuna y tomó a la criatura en brazos. La acercó a Luna y ella se sentó. De inmediato, su cuerpo respondió a un instinto antiguo. El sonido cesó, y un ambiente satisfecho se apoderó de la habitación.

—Buena chica —dijo, con voz baja y suave.

Sintió un calor en el pecho, un sentimiento de haber cumplido con su deber. Donato tomó a la criatura y la devolvió a la cuna.

—Vuelve a tu lugar —dijo, señalando el suelo de la otra habitación.

Se levantó y regresó a su lugar, con la mirada fija en el suelo. La habitación se quedó en un ambiente tenso, solo se escuchaba su respiración.

Donato se sentó en su silla, observándola con rostro inexpresivo. Se quedó quieta, esperando que él le acariciara el dorso, pero él solo se quedó allí, observándola.

—Eres una buena chica, Luna —dijo—. No olvides nunca que eres mía.

El quinto día del décimo mes de aquel año, entró a la habitación. Su rostro era una máscara de deseo y expectativa. Se acercó a ella, que se tensó en la cama, sintiendo el olor a sudor, alcohol y tabaco que emanaba de él. El tacto de su mano en su cabeza la hizo estremecer. La habitación estaba llena de un ambiente pesado, solo roto por el sonido de su respiración. Luna Cerró los ojos, esperando lo inevitable. Pero esta vez, algo fue diferente. Imágenes difusas comenzaron a surgir en su mente. Él golpeándola, insultándola, mostrándole las cartas, humillándola. Obligándola a comer de su mano, a sentarse a sus pies. Llamándola «mi perrita», «mi niña».

Se vió abrumada por los recuerdos. Sintió el sabor de la sangre en su boca, el dolor en su cuerpo. Un gruñido sordo salió de su garganta, y se lanzó hacia él como un animal rabioso.

La habitación se llenó de gritos y ladridos. Sus dientes desnudos, sus uñas arañando su piel. Lo desgarró, como un perro que defiende su territorio. Gritaba y se retorcía debajo de ella, pero Luna no se detenía. Estaba fuera de control, poseída por una furia animal.

La sangre salpicaba por todas partes, manchando las paredes y el suelo. Gruñía y ladraba. Su cuerpo moviéndose con una velocidad y una fuerza que no sabía que tenía. Donato Intentó defenderse, pero era demasiado tarde. Lo había reducido a un montón de carne y huesos.

Finalmente, él dejó de moverse. La habitación se quedó en un ambiente tenso, solo roto por el sonido de su respiración agitada. Se levantó, cubierta de sangre, y se acercó a la cuna. Tomó a su hijo en brazos y se dirigió hacia la puerta. La luz del sol la cegó. Se detuvo un momento, parpadeando. Luego, con su hijo en brazos, se echó a andar, hacia la oscuridad. Las cartas se habían repartido.

ROBERTO MASSI

En el pronto oscurecer de un dia invernal, Maxi irrumpió en un pequeño local del barrio San Cayetano. Vicente, el zapatero terminaba de colocar una media suela y taco. Maxi le apuntó con el revólver que habia fabricado con desechos de un desarmadero y exigió el dinero de la caja. No te pases de listo viejo- le dijo- porque te quemo.

EL viejo encorvó las cejas y lo invitó a calmarse. Llevate lo que te haga falta -le dijo- Dinero no hay, estamos a fín de mes. Sos el hijo del Toro ¿no? Un gran boxeador tu padre, me dio pena que termine en la cárcel. Justo cuando entraste pensaba en que necesito un cadete. ¿No querés trabajar connigo? Te ocupás de buscar y llevar los zapatos, te pago un proporcional de lo que cobro por arreglo, pensalo. Voy a la cocina a bsucarte un pedazo de torta y un vaso de leche, debés estar hambriento. Para cuando vuelva, si te llevaste las herramientas te voy a entender, creéme que vas a perder más que yo. Si te quedás, quien te dice que no salís ganando .

Don Vicente regresó con un café con leche humeante y un pedazo generoso de torta de naranja. Maxi esperaba sentado sobre una pila de cueros. Engulló todo mirándolo con ojos caídos, como un perro que quiere comer del plato, pero desconfía de la mano que se lo alcanza.

El verano lo encontró repartiendo paquetes, iba y venía en la bicicleta del viejo. Algunos lo reconocían y levantaban una mano para saludarlo, se había convertido en «el Maxi» el cadete de la zapatería.

Poco a poco la relación comercial pasó a ser más íntima, entablaban largas pláticas, Maxi le agarró el gustito a cocinar, compartían las comidas, las sobremesas se extendian. En poco tiempo el joven dejó de vivir en la calle, cuando regresaba de la escuela nocturna se quedaba a dormir en el taller,.

Cobraba del 1 al 5 religiosamente, con las copiosas propinas cubría sus gastos, el sueldo se lo dejaba a Don Vicente que le enseñó a ahorrar e invertir. Para su cumpleaños número 18, el aprendiz se compró una motito 50cc. usada, ya manejaba el oficio de arreglos y tinturas de zapatos. El negocio era un engranaje perfecto y la felicidad de los dos «socios» se volcaba a la clientela que dia a dia se incrementaba.

«¿Viste pibe? Cosecharás lo que siembres, aunque todos digan lo contrario, el amor es el equilibrio del mundo»-decía Don Vicente cada vez que tenía

oportunidad- Maxi le cerraba un ojo sin pronunciar palabra.

Con entusiasmo terminó la escuela secundaria, se inscribió en cursos de diseño, el antiguo taller se transformó en una modesta fábrica. El éxito apoyado en el cariño de los clientes era indetenible. Igual que el círculo de la vida, que un sabado de junio se llevó sin sufrir a Don Vicente tras un infarto.

El funeral fue en la Vecinal, el más concurrido del que se tenga memoria. Maxi lloró sin consuelo cuando cerraron el ataúd. Orra vez quedaba solo, esta vez con más herramientas para afrontar la vida, en otra situación económica, con más edad, pero solo.

Siguieron pasando los años. Inauguró un local de zapatos de diseño propio en la capital, la fábrica comenzaba a exportar algunos productos a un país vecino.

Se acercaba fin de año con sus típicas despedidas. Maxi egresaba a su casa a la media noche en su auto de lujo. Vivía en un barrio moderno de la periferia. Al bajar del coche un chico de 13 o 14 años le apuntó con un arma, le pidió la cartera y el reloj de marca -No hagas locuras viejo porque te quemo -le dijo- Maxi no se inmutó, esbozó una mueca parecida a una sonrisa, con las manos hundidas en su abrigo efectuó un disiparo. El adolescente cayó a sus pies retorciéndose con la garganta perforada.

Al empresario se le aflojaron las rodillas, retrocedió un paso, el ruido de la explosión reverberaba en sus oidos como si hubiese vaciado el tambor sin pausa. Se agachó para constatar quien era, el humo blanco se interponía, olía a cuero nuevo, a solvente, a laca.

Un vahído lo descolocó, al recomponerse, gateaba sobre pilas de zapatos viejos, no vesría de etiqueta, llevaba ropa raída, un revólver de juguete caliente colgaba de su índice derecho, un hambre voraz le mordisqueaba el estómago, delante de él, doblado sobre la máquina de coser, Don Vicente agonizaba, la camisa blanca ensangrentada, con el puño cerrado apuntando hacia él, le diijo: «No me dejaste cosechar mi siembra, pibe, qué lástima que no aprendiste nada,»

Sirenas policiales que llegaban bramaban enfurecidas, escuchó gritos, dejó caer el arma y alzó las manos.

CARMEN BERJANO

Y llegó el día. Y aquel café fue distinto a los anteriores. Por fin nos atrevimos a verbalizar los pánicos y anhelos. Y las sonrisas fueron más cómplices. Y el respeto, más respeto.

Y llegó el día, y con las cartas sobre la mesa, decidimos seguir jugando, aunque ya a otro juego.

YOLANDA PINA REY

Las Cartas sobre la Mesa.

«Hay situaciones en la vida que no piden permiso, solo exigen espacio. Circunstancias, personas o ruidos ajenos que se acercan con una intención muy clara: absorber, dirigir, y de a poco, dejarnos sin aire. Si has sentido esa presión en el pecho, ese agotamiento constante que te empuja a ceder, sabes que llega un momento ineludible. Un momento donde sientes en la médula: ‘No queda más remedio que plantarse.’

​Esa fuerza interna que te obliga a detener el juego y a decir ‘NO’ es lo que llamamos un límite saludable.

​Esta semana en nuestro grupo, la invitación es a ese acto de soberanía. A sacar esas Cartas sobre la Mesa y plantarlas en el tapete de la vida. No como un ataque, sino como un acto vital y obligado. Porque el límite no es un muro para separar, es la única membrana que te protege de quedarte sin tu propia esencia.

​Si miramos el tapete de nuestra vida, veremos el desorden. Cuántas promesas vacías y cuántos ‘deberías’ se han quedado sobre la mesa, esparcidas. Cuánto ruido externo entrando a tu vida sin pedir permiso.

​Ese caos, esa sensación de ser dirigido por las expectativas ajenas, es la prueba de que cedimos la baraja. Le entregamos la mano de nuestra vida a la gente que menos la entiende. Pero hay un dolor más profundo: la herida de ser silenciada.

​¿Cuántas veces hemos tenido que guardar una opinión, una verdad o un límite porque sabíamos que seríamos inmediatamente silenciados por la ignorancia del que oye, pero no te escucha? Es ahí, en ese instante de retracción, donde la sumisión se instala. Nos volvemos sumisos, no porque seamos débiles, sino porque nos han enseñado que la paz se consigue callando y cediendo ante el ruido. Ese ceder puede ser ante un jefe, un familiar o incluso un amigo, y siempre tiene el mismo costo: pagar el silencio con nuestra propia paz.

​Pero la verdadera paz no se cede, se declara.

​El plantón comienza con una simple pregunta: ¿Cuál es la carta de mi vida que me está quemando la mano y que DEBO poner sobre la mesa hoy mismo para validar mi propia voz? Esa es la carta de la verdad que, una vez revelada, silencie todo ese ruido y te permita, por fin, seguir tus propios pasos.

​Cuando sacas esas Cartas sobre la Mesa y declaras tus límites, no estás siendo un ‘egoísta’ ni un ‘agresor’. Estás eligiendo tu propia vida. Es un acto de sanación que te libera de la barrera invisible de la sumisión y te abre la puerta hacia tu destino, ese que eliges para seguir tu propio camino..

​Te das cuenta de que lo tienes claro, que has sanado y te has empoderado. Es el momento en que revelas tu as bajo la manga, te has plantado y sientes que por fin te has liberado.

CESAR TORO

“Las cartas sobre la mesa le toca hablar al billete, cada quien tiene su precio hace su papel le sacan que jugo paga y se va…”

Así reza la letra de una canción venezolana.

Laura una profesora jubilada, luego de quedar cesante, suele refugiarse en la tele y por la tarde lee algunas novelas de ficción. El sábado por la noche recibió la agradable sorpresa de su amiga Roberta una mujer libertina de mediana edad, quien la invita al casino para salir de rutina y divertirse un rato le dice.

La diosa fortuna la envuelve con sus cantos de sirena y Laura cae en el vicio convirtiéndose en una ludópata. Todas las tardes acude al casino donde se sienta frente a las máquinas o en la mesa de apuestas. Todos los juegos son válidos. Black Jack, el póker o la ruleta, de vez en cuando aparece en la pantalla la famosa frase: “la casa pierde y se ríe” sin embargo, Laura va perdiendo altas sumas de dinero y no ha logrado recuperarse. Cada noche llega al casino con la esperanza de recuperar lo perdido y apuesta más y más dinero, se ha gastado sus ahorros. El crupier la mira con recelo y le dice esta es la suya, ella presa del pánico por reponer su dinero acude al cajero del banco que está dentro del casino inserta su tarjeta pero el mensaje es claro “fondos insuficientes”. Laura se retira cabizbaja, lo ha perdido todo. Las cartas quedaron sobre la mesa.

La casa nunca pierde…

ALFREDO LOZANO

Cicatrices

Volví al caserón después de quince años, con la garganta atascada por el polvo del camino y la memoria hecha un mar de nudos. El aire, al igual que cuando me fui, era una mezcla de estiércol viejo y leña recién cortada. Como si aquel paisaje hubiese estado conteniendo la respiración desde la última vez que cerré la puerta del coche.

Mi hermano Julián, estaba sentado en el porche junto a una botella de whisky que tenía agarrada por el cuello. rodeado por unas manchas negras de humedad que descascarillaban la pintura, trago a trago. No me reconoció al momento, o lo fingió, que prácticamente es lo mismo.

—Mira quién vuelve arrastrándose —dijo al fin, limpiándose la boca con la manga de una camisa roída por el tiempo—. El hijo predilecto, pero sin un puto duro.

Ni lo saludé. No vine a eso. Vine a por lo mío. La mitad de las dos hectáreas de tierra seca y del viejo corral en ruinas, donde nuestro padre nos obligó a base de ostias a ser hombres. Aquellas grandes vacas ya no estaban. Ni los perros. Solo quedaban las moscas.

—Necesito hablar contigo —le dije.

Él soltó una carcajada destrozada, de ésas que nacen del alcohol más que de la gracia.

—Claro que necesitas, siempre pidiendo, ¿eh?

Entramos en casa. El suelo crujía bajo las botas. La cocina seguía igual, con la mesa coja, ese asqueroso olor a grasa rancia y las cortinas amarillentas por el humo del tabaco y decoradas con chorreones de grasa y mierda que se agarraban ante el abismo. Y allí, en medio de ese ambiente podrido, sentí cómo la rabia acumulada tantos años me subía por la garganta como una olla a presión cuando esta lista.

—No estoy aquí para pedirte nada —le dije—. Vengo a arreglar esto de una vez.

Saqué del bolsillo el sobre con los papeles de la propiedad. Lo dejé encima de la mesa. Provocó un silencio seco e incómodo, pero era el momento de poner las cartas sobre la mesa.

Él los miró, ladeando la cabeza como un perro viejo.

—Eso no vale nada. La tierra está muerta —murmuró, encendiendo un cigarrillo con la tranquilidad de quien tiene ventaja—. Igual que tú cuando te fuiste.

Sin decir nada, empujé el sobre hacia él. Julián apoyó la botella junto a los papeles y me miró con los ojos entornados, ese brillo húmedo siempre me acojonó.

—Aquí mando yo desde que te largaste. Y tú no vienes ahora a decirme lo que tengo que hacer.

—Esta tierra también es mía —respondí, los dedos me temblaban. No de miedo, sino de recuerdos antiguos—. No puedes quitármela.

—¿Que no puedo? —Él sonrió, mostrando un diente roto. Como siempre, eligió la violencia para cerrar la conversación—. Enséñame cómo vas a evitarlo.

Me lanzó la botella. La estampó contra mi hombro, como quien marca territorio. El golpe me trajo un recuerdo cálido, y algo dentro de mí despertó, algo que llevaba años dormido.

Le solté un puñetazo. Fue instinto, no decisión. Julián cayó contra la silla y ésta se volcó con él. El ruido resonó en toda la casa, como si los cimientos estuvieran acostumbrados a esas disputas.

—¿Ahora pegas? —masculló, levantándose torpemente.

Me agarró por la camisa y me estampó contra la pared. Sentí el aire escaparse de mis pulmones. Olía a sudor, a tabaco quemado, a derrota. El olor de mi infancia. Intenté apartarlo, pero sus manos eran como dos piedras.

—Eras débil —susurró en mi oído, y apretó más—. Siempre lo fuiste.

Algo en mí se quebró. No un hueso. Algo por mis adentros. Era el miedo.

Le golpeé el estómago dos veces. Él grito, soltándome y caímos los dos al suelo. La lucha no tuvo técnica ni heroísmo. Fue torpe, animal, como si estuviéramos escarbando en la mierda de nuestra propia historia. Mis nudillos se abrieron al golpear su mandíbula. Su rodilla me hundió el costado. Era violencia vieja, de esas que nacen antes que las palabras.

Finalmente, lo inmovilicé contra el suelo, sujetándole los brazos. Él respiraba como un toro agotado.

—Se acabó, Julián —jadeé—. Ya no puedes seguir destrozándolo todo.

Él soltó una risa amarga, pero no intentó levantarse.

—Llévate lo que quieras —escupió—. La tierra, el corral… todo está muerto. Igual que el viejo. Igual que nosotros.

No supe qué responder. Me puse de pie con dificultad. Cogí los papeles de la mesa, cuando crucé la puerta, escuché a Julián abrir otra botella. No me pidió que me quedase, pero tampoco lo esperaba. el cielo se había cerrado en una masa oscura, como si el día también estuviese cabreado.

La herencia no era la tierra. Era la cicatriz, y cada uno se quedó con la suya.

FRAN KMIL

Las cartas sobre la mesa.

Tengo algunas costumbres que mi esposa califica como conductas de locos, de desequilibrados mentales. Una de ellas es pararme frente al espejo de la sala y conversar “conmigo mismo”.

A veces le reclamo al reflejo ciertos comportamientos, a veces, es él, el que está del otro lado del vidrio, quien ordena callar y me exige explicaciones.

Dirán que no ando bien de la cabeza, que los problemas han nublado mi raciocinio y no me dejan pensar con claridad.

Puede ser.“Las desgracias nunca llegan sola” me decía mi abuelita; “cuando uno está “salao” hasta los perros lo mean” repetía mi tío. Así ando yo, entre desgracias y desgracias, solo esperando que venga el perro y me mee, pues, circunstancias de la vida real me aprisionan e intentan aplastar, solo el instinto del viejo y experimentado guerrero me mantiene vivo y no me permite claudicar, aunque a veces flaquee y busque el camino más fácil.

Pongamos las cartas sobre la mesa, seamos sinceros. La inspiración huyó de mí como si fuera yo un leproso, como si temiera contagiarse con la mala suerte. Hace rato que los temas de la semana no han querido hablarme, me desprecian, se esconden y se rien de mi a mis espaldas. Alguien me sugirió usar la inteligencia artificial para el relato. Así lo hice: pude comprobar que la IA es inteligente. Me gustó lo escrito con las sugerencias que le di.

Lleno de esperanzas, deseoso de obtener un diploma, que alguien me tenga en cuenta y al menos se pregunte “ ¿y este quien es?” pretendí subirlo al grupo, pero el hombre del espejo salió del marco de la sala y se apareció en el del baño donde me cepillaba los dientes antes de dormir. Me acusó de ser un fraude , de mentiroso, de engañador.

Lástima, creo que el relato era de buena calidad y hubiese ganado el diploma, pero de hacerlo la conciencia no me dejaría tranquilo, dejaría de ser yo para convertirme en un hombre sin reflejo en los espejos porque seguro estoy me abandonarían con desprecio.

Es mejor morir con dignidad que vivir en ignominia.

La pobreza pasa, mas la deshonra no.

Esperaré sentado el regreso de las musas.

MARÍA PAU

Dogmas

Lo ritual es lo primero, dicen los viejos, mientras remolcan la mañana con pasos arrastrados hasta el café de doña Rosa. Llegan, de a uno, desfilando con sus caras hambreadas, sus patrias de bocas secas. Llegan para aparearse con su silla, su mesa, el lugar de siempre que defenderán como lo único suyo que queda por defender. Llegan para estar a salvo con la memoria. Empujan a un lado de la mesa las cartas que esperan el juego que no llegará, y se abren al mantel, a la taza y al humo, declamando por sobre el silencio la tiranía de los impuestos y las magras jubilaciones. Pasean sus retahílas de ayeres ante un público de ecos, espantan moscas y fantasmas hasta recomponer las facciones, y entonces aprietan la taza, que es una más de las tazas que pasaron por las manos de los que ya no aprietan. Beben de a sorbos, como estirando la vida, aunque cada vez todo esté más cerca del frío. Y después se pasan la servilleta por la boca, la estrujan y la hacen un bollito, para luego volver a tomarla, estirarla con sus manos mustias, y verla resurgir con otro aspecto bajo un triste toque de sepia.
Así hacen los viejos, al igual que hacen con los recuerdos.

BLANCA CERRUTI

SÍ ES LO QUE PARECE

La entidad bancaria con la que opera la empresa donde trabaja Margarita no está precisamente en el centro y ha tenido que coger un autobús. No es ella la encargada de realizar esos trámites, pero la compañera que lo lleva a cabo está enferma y la ha sustituido.

Al bajar en la parada más cercana al banco, se ha quedado impactada sin poder creer lo que estaba viendo.

Cuando llega a casa prepara la mesa para comer.

Se oye la puerta.

—¡Ya estoy aquí!

Es Andrés, su marido que se le acerca para darle un beso, pero ella le vuelve la cara mientras acaba de colocar el mantel.

—Ya te pongo yo los platos —dice amablemente Andrés.

—Los platos no me los pones a mí, los pones porque si no, sirvo la comida en el mantel. Pero en vez de los platos, mejor pones las cartas sobre la mesa.

—¿De qué estás hablando, Magi?

—¡Que no me llames Magi, que no soy una pastilla para dar gusto al caldo! Hablo de que te he visto con una mujer en la cafetería «Nos vemos», y te ven, no sé si caíste en la cuenta…

—Deja que te explique, no es lo que parece.

—Ya, estar con una mujer en una cafetería, no parece estar con una mujer en una cafetería. ¿Pues qué parece? ¿Estar con un maniquí rezando el rosario?

—Es una compañera…

—Sí, del instituto, y por eso estabais tan juntos y te la «comías» con los ojos y le arreglabas el pelo y le cogías las manos. ¡Pero si hasta la has besado más de una vez! ¡Que os he estado observando un buen rato!

—Pero Mag..Margarita, yo…

—Tú, nada. Ahora mismo te vas de mi casa. ¡Ya!

Andrés conoce bien a su mujer y sabe que, una vez descubierta su infidelidad, jamás se lo perdonará.

—Me voy. Ya volveré a por mis cosas.

—Tus cosas son tu ropa, tu calzado, tu ordenador y tus libros, porque, afortunadamente, mis padres pusieron el piso a mi nombre y me advirtieron de que nos casáramos en régimen de separación de bienes. Ven cuando no esté yo. Y no intentes una reconciliación, porque recordarás que, ya de novios, te decía que una infidelidad nunca te la iba a perdonar.

Cuando Margarita oye el portazo, se derrumba sobre la mesa y un torrente de lágrimas le surca la cara, pero no son de pena, sino de rabia y decepción.

Esa noche le cuesta conciliar el sueño. Lo que se prolonga durante días; sin embargo, no es porque eche en falta a su marido. Verlo con su amante ha abierto una grieta entre ambos que no desea reparar.

Es porque se siente vaciada como algunos pueblos de España, pero no anulada. Su trabajo es rutinario y no la llena, así que, fuera de él, buscará dedicarse a algo que dé un nuevo sentido a su vida.

Una vez que Margarita ha tomado esa decisión, la calma vuelve a su ser y, a sus noches, un sueño reparador.

ANTONIO PRADES

Familia

Mateo caminaba por el pasillo al mismo ritmo que la ciudad amanecía tras las persianas. A sus doce años ya había aprendido a moverse sin perturbar el sueño de sus hermanas. La casa parecía sostenerse por cuatro hilos invisibles que dibujaban un desorden funcional. Miró la cocina, improvisó el desayuno. Dos dedos de líquido blanco para cada uno de los tres vasos. Aceite en la sartén caliente. Unas tostadas que esperaba no le quedarán demasiado negras. Con un poco de azúcar bastaría.

El silencio se rompió con los pasos de Lucía, dos años menor, que apareció aún medio dormida. Mateo le sonrió, era su forma de mantener la casa unida. Apartó los crayones de cera, el cuaderno y puso la mesa. Lucia eligió la ropa de Alba entre la doblada en la silla y regresó con la pequeña en brazos apoyada en su hombro. La sentó y la dejó comer mientras colocaba un dibujo en los imanes de la nevera. Con voces exageradas hizo reír a Alba con la boca llena de pan crujiente. Empezó a vestirla despacio. Una pierna. La otra. Ahora la cabeza.

Sonó el teléfono fijo. Los hermanos se miraron con el corazón inmovil. En silencio. Mateo observó el aparato como si fuera un animal al que fuese mejor no provocar. La normalidad quedó suspendida. El timbre era un recordatorio incómodo de lo ausente, lo negado, lo fingido, de lo que podía acabar con su juego de imitación de adultos.

Cada mañana salían, mochilas al hombro. Mateo repetía el mantra: Mamá trabaja de noche, papá está con la abuela. Era su guion, su fachada, su escudo contra las preguntas incómodas, lo que los mantenía juntos. Lucía asentía con convicción como si realmente lo creyera. Alba lo confirmaba con la inocencia desarmante de sus cinco años, orgullosa de ayudar sin saber muy bien en qué.

Una tarde llamaron a la puerta. En el felpudo un sobre con el sello del colegio estampado en medio. Mateo tragó saliva al recogerlo. El papel blanco pesaba más que cualquier mochila. Lo abrió con manos temblorosas y leyó las palabras que no quería entender. Era una citación para una tutoría obligatoria con la madre.

—¿Y ahora qué? ¿Qué hacemos?—susurró Lucía, aunque conocía la respuesta.
—Nada. No pasa nada. Yo me ocupo.

Pero no tenía idea de cómo lo iba a solucionar.

Dobló la carta en cuatro y la sostuvo en la mano. Si alguien descubría la verdad, los separarían. Escondió el sobre en la caja de zapatos que había debajo de la mesa del salón, entre dibujos de Alba y recibos viejos. La caja, casi llena, de papeles que ninguno entendía.

No hablaban del día en que se quedaron solos. Bastaba con que uno de ellos lo recordara para que los otros lo sintieran en la piel. El silencio era su protección. La discusión, el portazo, el “ahora vuelvo” que nunca volvió. La madre llorando en el pasillo. Las palabras sueltas incomprensibles. El padre con el abrigo a medias. Y luego, la ausencia, sin explicaciones ni llamadas. Al principio dolor, después rutina. Mateo ocupó un lugar que no le correspondía, consolaba a Lucia, que lloraba en silencio, y ella cuidaba de Alba como de una muñeca. Él les prometió que podían solos. Ese juramento se convirtió en pacto: No nos van a separar.

El recuerdo era breve, pero suficiente para explicar el presente. Un hogar sostenido por niños que se niegan a rendirse. El mundo adulto siempre volvía, disfrazado de pequeños sustos.

El timbre sonó y los tres se sobresaltaron. El vecino de arriba, curioso y amable ¿Todo bien, niños? Ellos interpretaron con precisión teatral explicaciones con una sonrisa. Cerraron la puerta rápido.

Tres días después llegó otra carta. Esta tenía un sello demasiado formal. Servicios Sociales pedía datos de contacto de los padres. Mateo lo abrió con un nudo en la garganta. No podía dejar que nadie la viera. Lucía le preguntó qué decía. Publicidad. Luego la guardó en la caja, ya llena de cartas.

—Todo irá bien —dijo en voz baja.

Esa noche, mientras Alba dormía abrazada a su peluche, Lucía se acercó a su hermano.

—Mateo… quizá deberíamos decir la verdad.

Él negó.

—Nos separarían. No lo permitiré. Somos nosotros tres… o nada.

Ella asintió, cansada de sostener un mundo que pesaba demasiado. El miedo crecía, y con él la certeza de que el final estaba cada vez más cerca.

Una mañana gris, antes de ir al colegio, sonó el timbre. Una mujer de mediana edad, con un chaleco identificador y un cuaderno en la mano. Con un rostro amable pero que viene con instrucciones.

—Hola, soy Patricia. Necesito hablar con vuestra madre. ¿Está en casa?

Las palabras quedaron atrapadas en el aire. Mateo notó que Lucía le apretaba la mano. Alba jugueteaba distraída con la cremallera de su mochila.

—Está… trabajando.

—¿A estas horas?

Lucía reaccionó rápido. Sacó el móvil viejo de su madre. Fingió teclear, fingió esperar tono, fingió hablar en susurros con alguien. Alba miraba sin comprender, divertida por el teatro heroico de su hermana. Patricia dio un paso hacia el interior de la casa.

—¿Puedo pasar un momento?

Los niños intercambiaron una mirada. No tenían escapatoria. La mujer cruzó el umbral y entró en el salón. Vio los juguetes de Alba amontonados en una esquina, los platos apilados por fregar, toda la ropa encima de las sillas. Y en la mesa, puestos a toda prisa, dos platos vacíos colocados para simular que alguien más vivía allí.

—¿Dónde están vuestros padres? —repitió más firme.

Alba, sin malicia y aún sin saber mentir, miró a la adulta con la transparencia y dijo:

—Mami hace mucho que no está. Pero mi hermano hace un arroz muy rico.

El suelo pareció abrirse bajo las piernas temblorosas de Mateo. No por la frase, sino por lo que implicaba. No había guion que los salvara. Era el momento de poner las cartas sobre la mesa. Miró a la mujer, después a sus hermanas, y respiró hondo.

—Ha sido cosa mía. Soy el único responsable. Quería que estuviéramos juntos pero nosotros… nosotros solos no podemos más.

Lucía se aferró a su hermano. Alba se quedó inmóvil, confundida. Mateo intentó mantenerse firme, pero la garganta le traicionaba. Patricia cerró los ojos un instante, como si entendiera de golpe todas las piezas. El final no fue tan terrible como había imaginado durante semanas, sino un alivio extraño. La trabajadora social se sentó en una silla, a su altura. Los miró con una mezcla de dolor y respeto. Les dijo despacio

—A partir de hoy, solo tenéis que seguir siendo hermanos.

Como si tuvieran derecho a ser niños de nuevo, Mateo lloró por fin. Lucía también, y Alba los abrazó a los dos.

Los tres se quedaron allí, en el salón, todavía temblando, pero juntos. Siempre juntos. Ese era el pacto. Mateo comprendió que pedir ayuda no era traición, era protección. Y ahora, gracias a revelar sus intenciones de manera sincera, lo podrían cumplir.

FRAN KMIL

Las cartas sobre la mesa.

A modo de explicación:

Después de publicar mis lamentos, las musas se rieron de mí y me acusaron de ser poca cosa, de no valerme por mí mismo y me condenaron a escribir. Esto fue lo que salió

Las cartas sobre la mesa.

Enojada, sin saber a ciencia ciertas con qué ni con quién, cerró con violencia el paraguas que alguien había dejado sobre una de las sillas; luego, arrepentida de su comportamiento casi infantil de haber descargado la rabia sobre un objeto inanimado que ninguna relación tenía con sus sentimientos, lo recostó a la pared lateral derecha de la puerta de entrada con la misma suavidad de la brisa otoñal que presagia un invierno frío, más helado que la gelidez que le pesaba en el alma, como si temiera despertar a alguien agresivo con el ruido, con miedo romper el silencio.

Sobre la mesa: copas a medio tomar, restos de carne, queso y jamón, una que otra aceituna, flores marchitas por el tiempo y el uso, rastros y evidencias de aceite, grasas y vinos desparramados sobre el sucio mantel.

Se quitó el chal y lo arrojó sobre la mesa con desprecio, sin importarle si se ensuciaba. Al fin y al cabo su vida estaba más marchita que las rosas blancas que ayer fueron símbolos de pureza, más manchada y grasosa que el mantel y no podía limpiarla con bleach ni lysol como haría con los desechos de la fiesta de celebración.

Era su trabajo limpiar el salón de fiesta, se encargaba de borrar las huellas de la felicidad para que la historia comenzara de nuevo con diferentes protagonistas pero repitiendo la misma escena: dos tontos enamorados que piensan que van a ser felices uniendo sus vidas.

Así le pasó a ella.

Otra vez el arrepentimiento.

Ya no estaba segura de sus actos. En un momento creía haber tomado la mejor decisión y al rato vacilaba, más tarde los remordimientos.

Un minuto se le había hecho eterno, mucho tiempo de aburrimiento.

En un minuto cambia la vida.

En un minuto se acaba la vida.

En menos de un minuto el matrimonio se desmoronó por su culpa, o por su rabia o por el cansancio de llevar el peso de la casa sobre los hombros o por todas las razones a la vez.

Anselmo se fue abajo con la muerte del niño, como si cargara con la culpa de las víctimas de la epidemia, asumiendo todo el sufrimiento humano.

Se fue alejando del contacto, se refugió más en el alcohol, perdió el trabajo y junto con él, el habla, se convirtió en mudo por elección.No pronunciaba palabra, se encerró en el mutismo.

Esa mañana había explotado.

—¡También era mi hijo!

Le gritó arrancando violentamente los botones de la bata de casa que rodaron por el piso.

—¿Se te olvidó mi cuerpo? Eres un bueno para nada. Pongamos las cartas sobre la mesa: o me haces el amor ahora mismo o esto se acabó.

Y se abalanzó sobre él que tendido bocarriba en la cama, la apartó con un leve movimiento. se incorporó y salió de la habitación para regresar unas horas después totalmente borracho.

Bien que se lo advirtió su madre, que no se casara con él, pero todas las madres dicen lo mismo y algún día ella se lo dirá a su hija.

Las crisis, la felicidad y el desorden, son parte de la vida, cosas pasajeras que se olvidan rápido. Solo hacen falta manos expertas en reacomodar la escenografía para que a la voz de acción el film siga rodando aunque el final sea trágico y predecible.

Rogó que al volver a casa, Anselmo la esté esperando, no importa si es sobrio o borracho, mudo o elocuente, pero esperando.

Un segundo basta para cambiar de rumbo, en un instante se emprende el camino a la felicidad, sin preocupación, ocupado solo en el vivir.

CARINA JUDITH

Las cartas sobre la mesa

Un avestruz

¡Un avestruz, Ricardo! Mirá, vos sos como un avestruz, y no lo digo por cagón —que también lo sos—, sino por una peculiaridad del bicho que casi nadie conoce.

La gente piensa que el avestruz mete la cabeza en un pozo cuando se asusta, y por eso lo asocian a los cobardes. Pero eso es pura mentira: el bicho no hace ningún agujero y mucho menos mete la cabeza en uno. Lo que hace es agacharse y encorvarse para desplegar todas sus plumas y así camuflarse con el pastizal. Es un simulador…

Como vos, Ricardo, que te mimetizás en todos lados, repartiendo plumas para quien quiera ver.

Te la das de padre modelo, pero tus hijos no te cuentan lo que les pasa, porque les tienen terror a tus gritos. Y de yapa, les enseñaste que gritando se consigue la razón y la última palabra.

Te llenás la boca y armás «montoncitos» hablando de respeto, ¡pero es algo que vos desconocés por completo! Y para muestra, basta ver tu algoritmo.

Subís fotos en las redes donde solo estás vos y te simulas una vida de soltero que no tenes, que hace ratazo que no tenes.

Te autopercibis deportista,pero solo pisas ese pasto para escaparte de una vida que no te gusta y sos tan cobarde de no dejar que los que te rodean elijan otra, ya que q vos ellos no te importan.

Te pintás de gran marido, pero volvés con flores cada vez que te vas de putas, sin imaginarte que entre mujeres nos contamos todo, Ricardo.

Te la das de moralista, señalando con el dedo a todo el mundo cuando vos estás más sucio que las ojotas con las que cortás el pasto.

Te crees un buen tipo pero sos migajero Ricardo, te crees grandioso pero solo les tiras migajas a los que te quieren como si fueran palomas.

Te creés empático, pero no sos capaz de sostener la mirada frente al desastre que vos mismo armaste.

Pero hoy te van a poner todas las cartas sobre la mesa, Ricardo. Y yo, yo me voy a sentar en primera fila para ver cómo te quedás sin ni una sola pluma.

LINOSKA BARANDA

Poner las cartas sobre la mesa.

El pasado no me atormenta, pero está ahí. ¡Es como si tuviera vida propia e influyera en todas mis decisiones y hasta en lo que no decido yo! Tengo cajas donde atesoro diferentes recuerdos. Hay recuerdos en forma de postales, de fotos, en forma de notas pequeñas hechas en papeles arrancados de libretas escolares. También tengo objetos aparentemente insignificantes cuya importancia solo yo puedo ver; por ejemplo, una bellota: la primera que vi al llegar a Andalucía. Para mí fue como descubrir el “nuevo mundo”. ¡Tierra a la vista!

Y ¿qué pensarías de mí si te dijera que tengo guardados tickets del metro, cupones de lotería que nunca compré y hasta el primer recibo que me entregaron en un mercado de Madrid? Pero, entre las cosas que más valoro, están las carticas antiguas, las que recibí siendo adolescente, cuando no sabía nada de la realidad del mundo y todo estaba lleno de consignas con promesas de futuro; el futuro que nunca llegó…

Anoche abrí la caja secreta donde guardo esos recuerdos y puse todas las cartas sobre la mesa. Eran las dos de la mañana cuando me fui a la cama, pero al amanecer aún estaba yo, en mi cabeza, con mis 14 años, trabajando la tierra junto a mis amigas en aquella escuela en el campo. Pasábamos mucho frío en los camiones que nos llevaban a sembrar tabaco al amanecer y después, en aquellas tierras anegadas, llenas de fango (aquello me hacía pensar en una ciénaga), nuestros pies se hundían y se nos congelaban los huesos.

¿Cómo es posible sentir, después de 46 años, el dolor físico que me provocaban aquellos inviernos? Sí, porque las movilizaciones obligatorias para trabajar en el campo durante 45 días, por seis años consecutivos, desde los 12 años de edad, siempre eran en diciembre y enero, los meses más fríos de Cuba en aquellos tiempos.

MARÍA JOSÉ AMOR PÉREZ

LA CARTA QUE FALTÓ EN LA MESA (para el tema de la semana)

Era una familia con cuatro hijos muy seguidos. A principios de diciembre, la madre tenía la costumbre de reunir a sus hijos para recordarles que no olvidasen escribir la carta a los Reyes Magos y que, conforme las fueran acabando de redactar, las dejasen encima de la mesita del recibidor y así ella les podría el sobre y el sello y las iría echando al correo; recodándoles además, lo necesario que era hacerlo pronto pues luego, “hay tal cantidad de cartas de un sitio para otro, que igual llegan retrasadas”. Y, efectivamente, así lo hacían todos ellos.

Pero un año, Araceli, de ya siete años, respondió:

-Pues si tanto peligro hay de que alguna se traspapele ¿por qué no las entregamos directamente? En los almacenes “El Placer de Comprar”, muchas niñas de mi clase van y se las dan en la mano. Y ellos les dan caramelos.

A la madre casi le dio un soponcio pensando en que, de esa manera, no sabría lo que pedían y ¿qué comprar entonces? Además, no quería ni pensar en ir a los susodichos almacenes a principios de enero y tener que hacer la kilométrica cola por la tarde, cuando los días son cortos y las seis de la tarde es noche ya.

Con la excusa de que escribiéndolas pronto serían las primeras en llegar y asegurando que tenía que llamar con urgencia a no sé quién, se escabulló liberándose así y por el momento, de más preguntas.

Pero a Araceli no le acabó de convencer esa explicación.

Al día siguiente, corrió hacia la primera niña de su clase que iba a los almacenes “El Placer de Comprar” a dar la carta a los Reyes diciéndole:

-Gema, me tienes que hacer un favor enorme.

-Cuál- respondió su compañera.

-Pedirles a tus papás si puedo ir contigo a entregar la carta a los Reyes.

A la tarde, de vuelta ya a casa, se les explicó a sus hermanos la aventura proponiéndoles sumarse a ella, pero vio con gran decepción que no le hicieron demasiado caso, alegando que a la tal Gema la conocían solo de vista.

Pasó la Navidad tras las correspondientes comidas familiares, las idas al cine con los primos y los grandes atracones de turrones, polvorones, peladillas y demás dulces navideños.

Pasó el Fin de Año con las uvas tomadas en casa y llegó el 3 de enero, día en que los Reyes iban a recoger las cartas dadas directamente por los niños.

Araceli desde el día antes estaba nerviosa de emoción. Casi no pudo dormir aquella noche.

Ese día, desde bien pronto, se aseguró bien de que la carta estuviera dentro del sobre, revisó que estuvieran bien escritos los nombres de Melchor, Gaspar y Baltasar pues este último nombre, primero lo había escrito con V y por suerte, su hermano mayor, 12 años ya, se lo corrigió, igual que la redacción de la carta.

A las 4 de la tarde los padres de Gema a recogerla llevándola con ellos y su amiga a su lugar de ensueño. Llegó el momento cumbre de su vida: Ponerse a la cola para entregar la carta a uno de los Reyes determinado “¡que eran tres y no podía dársela a los tres juntos”, le dijo Gema.

-¿A quién entonces?-preguntó antes de que su amiga contestase, otra cría de la cola dijo:

-Al rey negro, es el que más dinero tiene y el que da más caramelos. No lo dudéis.

Y allí esperaron y esperaron más y más.

De repente, se oyó una marcha. Por una regia escalera, (los almacenes se habían instalado en lo que un día había sido un casi palacete) cubierta por una alfombra que a su vez, en un lugar bien visible mostraba el anuncio del proveedor de esa y muchas más alfombras, del que, por supuesto los niños no se percataron, bajaban los tres míticos personajes con sus túnicas, mantos, zapatillas doradas y coronas, yéndose a sentar en los tronos dispuestos para ello.

Un paje, ataviado también como correspondía a su papel, saludó al público indicando cómo acercarse a sus majestades y cómo darles la carta.

Cuando le tocó el turno a Araceli, además de entregar a Baltasar la misiva, le dijo:

-Mire majestad, yo me he portado bien y si vengo a entregarle la carta a usted en persona, es por si no les llegan las que mi mamá echa al correo y además, porque quería conocerlos. ¿Cómo es Oriente? ¿Podré de mayor ir allí ¿Podré preguntar por usted para que me enseñe el Palacio y de paso ver esos aviones super no sé qué, que cargan llenos de nuestros juguetes? ¿Podré venir alguna vez a repartir regalos a los niños?

Y, tras otra retahíla de preguntas, vino el paje para advertirle ha había más niños esperando.

Ella, con gran pena, le dio un beso al Rey mientras le decía:

– Gracias por escucharme.

Y, tras el beso corrió hacia donde la esperaban Gema y sus padres.

El caso es que “Baltasar” un chaval estudiante de Arquitectura, quedó bastante impresionado pues aunque llevaba tiempo interpretando el papel, nunca le había sucedido tal cosa.

Aquella noche, ya en casa, lo comentó con sus padres que, así de pasada, comentaron que “vete a saber si los padres de la niña saben lo que decía la carta”.

Aunque de entrada no le dio importancia al comentario, ya en cama se puso a pensar. Y tras mucho pensar, al día siguiente abrió el sobre y la leyó. Vio que el sobre llevaba remite y a base de preguntar, logró dar con la madre que lo recibió en su despacho.

-Mire señora, yo ayer hice de Rey Baltasar y su hija Araceli, me entregó esta carta- dijo entregándosela a ella- se la doy, por si a estas alturas no sabe lo que la niña pedía.

La madre, dándole las gracias le respondió que, aunque al principio sufrió por no haberla leído, luego, el hijo mayor se lo dijo ya que él se la había recogido.

Se despidieron con la frase “para lo que queráis…” y ahí acabó todo.

El tiempo pasó. “Baltasar” se convirtió en arquitecto y pasó a ser miembro de la Escuela de Arquitectura.

Araceli se hizo mayor y fue cargada de ilusiones a esa misma escuela.

Ya cursaba ercer curso, cuando un día apareció un nuevo profesor. Todavía joven, se hablaba de que “era un crack”.

Entró en clase, con aspecto poco “formal” en la época que todavía se estilaban los formalismos. Y, a fin de conocerlos, como dijo de manera natural, pasó lista. Al llegar al nombre “Araceli Comas” se sorprendió: aquel nombre le sonaba. No le dio más vueltas hasta la noche: una vez en la cama, como hacía tantos años, volvió a pensar y rumiar. Y, de repente, un flash le vino a la memoria, recordando aquella niña que, haciendo él de rey Baltasar, le había dado una carta.

BELBEL L.

AS DE CORAZONES

Se asomó por la barandilla, los ojos y mandíbula desencajados e inmediatamente se precipitó al vacío, su cuerpo contra el pavimento desde el balcón de la habitación 457, suite, situada en el cuarto piso del hotel Fairmont M.

Esta vez, sí lo hizo. Un reguero de sangre fluía calle abajo dejando un surco de horror, de sorpresa, de tristeza, entre una veintena de personas que presenciaron la caída. Ese cuerpo lleno angustia, de desesperación, había llegado al límite fatal de su vida. Lo había perdido todo, cosas materiales, asi como a las personas que habían pertenecido a su vida personsal. Familia, amigos y sobre todo a su eterno gran amor, a quien nunca había perdononado su traición. Fue eso el desencadenante de esa huida hacia una vida vacía que busca ser llenada por algo postizo, falaz, imaginario, tóxico. Sobre todo tóxico: el juego. Nunca antes había pisado una sala de juego. Y mucho menos, uno público.

Un buen día decidió ir con un amigo para que le instruyera sobre las diferentes modalidades lúdicas. Desde el billar, pasando por los dados y acabando por el pocker de mesa.

Venía de una familia adinerada. Se licenció en Económicas y empezó a trabajar en una multinacional de renomhre y proyección ampliamente internacional. Su inteligencia y astuta visión financiera le llevó en pocos años a ocupar un puesto destacado. Su ambición profesional le premió con un cargo directivo y le hicieron accionista principal de la multinacional Empezó a ganar mucho dinero que fue invirtiendo en inmuebles, acciones bursátiles, y como consecuencia, se dio la mejor vida posible.. A sus 45 años, tenía 3 hijos y hacía 2 se había separado y divorciado, fruto de una relación complicada. Fue ahí cuando empezó a caer en un profundo pozo.

Pero, volvamos al juego… Visitaba salones pequeños. Jugaba al bingo, a las máquinas tragaperras, y a la ruleta, en un principio. Ahí apostaba, gananaba, perdía. Salia. Entraba de nuevo. Buscaba nuevos amigos de compañía. Se interesó en otros juegos: baccarat, blackjack, y pocker, entre otros. Empezó a apostar duro; contra la banca, contra personas. Ya era esa necesidad imperiosa de sentirse libre ¿Libre? Más bien dependiente, profundamente dependiente. Perdió miles y miles de euros, millones. Vendió tres de las cinco casas que aún no estaban hipotecadas. Su mente estaba en ese casino. Ya eran menos los amigos acompañantes. Le daba igual, una fuerza endemoníaca le areastraba poco a poco al mismo infierno. Y jugaba, jugaba sin control. Perdió el contacto de sus hijos, aún adolescentes. Todo le importaba bien poco. Llegó a perder el trabajo. Nadie quiso prestarle más nada. Había consumido la generosidad a fondo perdido de muchos amigos y familiares. Intentaban abrirle los ojos para que dejara de jugar. En balde. Oídos sordos..

. Las puertas del Casino de Montecarlo se abrieron y cerraron por última vez esa noche. Jugó apostando todo al blackjak, contra la banca (el casino). Dos cartas solamente podían jugarse y la suma de ambas tenía que ser de 21 puntos, o inferior, nunca superior. ¡Máxima tensión! Primero, una y una. Luego, las dos otras. «Rey de corazones» de su parte. La banca «J de trébol». Segunda tanda: «10 de picas» «sumo 20″,¡ emoción, ¡nervios! Tres pilas de fichas en frente temblaban de suspense. Mirada seria del crupier. Montones de ojos observando la jugada. ¡»he ganado»! – se dijo para sí. Imposible de superar esta combinacion. Máxima expectación, tensión. Apertura del juego. ¡¡No!!

Los dedos del crupier, levantaron con suavidad el «As de corazones»: 21, el máximo, suma de 10 de la J, más el As, 11. El murmulllo de la sala apagó el grito de muerte. Ahí se dejó la vida, la memoria, el alma entera. Sus fichas desaparecieron de su vista, que solo fijó un punto negro, envuelto en una nebulosa, que se transformó en náusea. Perdió el mundo de vista, la muerte le sedujo.

*

Julia Martín Ayen, mi hermana pequeña yacía inerte en un frío tanatorio de Montecarlo, a los 48 años de edad, un 27 de noviembre de 2018.

Hacía ya mucho tiempo que yo ya había agotado mis lagrimas.

ALEXANDRA FERNÁNDEZ

Habían pasado más de seis meses sin que Anastasia pudiera saber algo de Tomás. Desde aquella tarde lluviosa, en que, con todo el dolor de su corazón, pero con la mente tan clara como un cristal y la decisión ya tomada, le puso las cartas sobre la mesa a Tomás, su novio de siempre, su gran amor.

Aquellas cartas revelaban la desilusión helada de Anastasia, pues ella lo había descubierto con Florinda, la compañera del salón de clases en la universidad en California.

Florinda se hacía pasar por la amiga entrañable, pero su verdadero objetivo eran los ojos azules y el cabello crespo de Tomás, rasgos que la habían seducido fatalmente. Ella había sido el agujero negro que absorbió la luz de una promesa.

Anastasia, con tan solo dieciocho años, ya era una mujer decidida con metas tan claras como los faros en la noche: estudiaría abogacía para defender a los inocentes de sus inciertos destinos. Ese carácter recio, tallado en roca, fue el que la ayudó a poner fin a la farsa. Ella consideraba que lo mejor era una comunicación abierta y sincera en toda relación; por ello, pensó hacer lo mismo con Florinda, pues la consideraba la arquitecta principal de la comedia y la verdadera culpable del engaño.

Así fue. Aquella mañana, después de clases, la esperó en el patio de la universidad.

— Espera, Florinda, ¿dónde vas? — Esta vez no te escapas, es momento de que me escuches. Lo sé todo, sé de tu relación con mi ex novio Tomás.

— Quiero que sepas que me importa poco lo que hagan. Pronto me graduaré y seré una mujer muy exitosa.

Florinda, sorprendida e intimidada, no pronunció palabra; sus labios estaban sellados por el yeso de la vergüenza con su amiga. El valor de la amistad se había truncado; los principios de honestidad y confianza volaron al viento como ceniza.

Anastasia la miró, no con odio, sino con la fría indiferencia que se reserva a un mueble viejo. Se dio cuenta de que Florinda era solo el espejo roto que había revelado el verdadero reflejo de Tomás: un hombre débil, incapaz de la verdad.

Por un instante, sintió la tentación de lanzar reproches, pero su mente clara le dictó otra cosa. En lugar de gastar su energía en un puente quemado y en personas cuyo destino ya estaba escrito por su propia falta de carácter, decidió mirar hacia adelante.

— No te pido explicaciones, Florinda. — Solo vine a recoger el poco respeto que me quedaba por ustedes y a decirles adiós, concluyó Anastasia.

Dio media vuelta y se alejó del patio. Dejó atrás el pasado como quien suelta un ancla oxidada. Supo entonces que su futuro, ese destino que se preparaba para defender con leyes, comenzaría con la primera ley inquebrantable que había aprendido: solo se avanza cuando se entiende que no todos los barcos merecen ser rescatados.

Así el sol volvió a brillar en el camino de Anastasia .

EVA AVIA

Cartas de una mujer

Querido lector, primero darle las gracias por los valiosos minutos que me ofrece de su tiempo.

Cuando recibí su misiva, confieso, que hacía mucho que había sido olvidada. Sus letras me han brindado un poquito de luz, ante tanta oscuridad.

Las noches, aquí, son largas, y digo noches, porque la pequeña claraboya que tiene este encierro, no permite entrar los rayos de sol que algún día disfruté, antes de que los motivos por los que me encuentro aquí fueran tan reales, como que ha esta anciana le queda muy poco tiempo de vida.

En ellas, me solicita que no omita nada, que le muestre el porqué, que ironía, nadie quiso escucharlas, solo me declararon culpable y me tiraron aquí.

Pero antes de contarle el porqué, tengo que relatarle el cómo. El cómo fue mi niñez, cómo fue mi adultez, y así, es posible que, al ser escuchada, pueda marchar en paz.

Perdóneme, pero tengo que dejarle, estas viejas manos, apenas pueden sostener el bolígrafo. Entenderá que no dispongo de una amplia mesa donde redactar cartas sobre ella.

Agradecerle de corazón que quiera escribir sobre mi historia, es posible que, al ser publicada, llegue a aquellos a los que tanto amé y cerraron sus ojos para no ver la realidad.

Atentamente, María.

———————

Hoy ha entrado una nueva reclusa. A pesar de los años transcurridos, recuerdo con total claridad mi llegada. La última en llegar se somete a toda clase de vejaciones, a los caprichos de la más dura.

Pero no le voy a aburrir con información que imagino ya debe de conocer, por su oficio, voy a comenzar con el inicio de todo.

“—¡Déjela! ¡Deténgase! ¡La hace daño! —Lo golpeo, se detiene para golpearme. Se marcha, dando tumbos—. ¿Madre está bien? —Cubro su pequeñito cuerpo, para que mis hermanos no la vean en ese estado.”

Mi infancia fue como la de muchos infantes de nuestra época, insonorizada por el miedo a que las consecuencias fueran peor, con el futuro escrito desde que naces, esperar a ser una mujer casadera, con la esperanza de que tu dueño te rescate de ese padre abusador.

Mi esposo era el sueño de toda joven casadera, de todo padre que vende a su hija.

“—¡Mujer, ni la raya del pantalón sabes hacer! —Golpeándome, hasta que su sangre se funde con la mía.

—Por favor, me duele —Me aferro a mi barriga.

—¡Componte, mujer, que esta noche viene mi familia!”

Esa noche, desee morir como

primogénito. Esa noche, ejerció de nuevo su poder. Di gracias a Dios por otorgarme tres hijos, esos meses de gestación, no recibí ningún golpe más. Su gen continuaría. Perdóneme, por los borrones del papel, es duro recordar.

La poca luz que entra por la claraboya no me deja continuar.

Gracias, por dedicarme su tiempo.

Atentamente, María.

————–

Siento como el aire en mi pecho se agota al igual que los rayos de sol. La tabla que me coloco sobre las piernas, a modo de mesa, hoy está especialmente pesada, será por las palabras que tiene que sostener.

Me hubiera gustado recibir la visita de aquel que quiere algo que no sea mi cuerpo. La presa nueva es la que atiende las visitas que ninguna de nosotras quiere continuar acogiendo. Yo ya no les sirvo ni para eso, ya no podré comer un pedacito de chocolate que me tiren cuando se suban los pantalones.

Desde que recibí su misiva, las noches se han convertido en días, en los cuales he despertado con la ilusión de escuchar su voz, de mirar un rostro que no me juzga, esa persona que me otorgue el perdón.

He perdido la cuenta de las noches y los días, de las cartas que he colocado sobre la mesa, esas que nunca envié, porque soy una mujer olvidada, como muchas a las que se les ha quitado la libertad.

—Vengo a visitar a la presa María Pérez

—Firme aquí. ¿A que viene a ver a esa mujer?

—Porque se lo debo, es mi abuela.

TERESA SÁNCHEZ FREGOSO

Era un atardecer, el sol se estaba ocultando sin querer ya nada más del día.

Alberto regresaba en esos momentos a su casa antigua en la cual vivía con sus abuelos.

Muy cerca de él vivian unas gemelas, Andrea y Nora, eran los mejores amigos, siempre estaban juntos, tejiendo sueños creciendo cada día entre flores y recuerdos.

Un buen día, Andrea empieza a escribirle cartas a Alberto, se había dado cuenta según ella que estaba enamorada de su gran amigo, casi hermano, pero, lo más extraño es que Nora también hace lo mismo, cosas de la vida era realmente algo totalmente inesperado y poco creíble quizá que las dos hermanas hicieran lo mismo, ninguna de las dos sabían lo que hacían una y otra. Alberto se sorprende al empezar a recibir estas cartas, pues nunca había pensado en forma romántica en ellas.

Deseaba que solo fuera una broma urgida por esas gemelas amigas de toda la vida.

Ya le habían escrito varias cartas confesando su amor, e ideando una vida juntos

Tenía que parar esto, lo antes posible. Se arma de valor y les llama tanto a Andrea como a Nora, aprovechando que sus abuelos no se encontraban, y las invita a su casa. Las dos van muy contentas sin saber lo que les esperaba.

Llegan con Alberto, les dice que pasen, ya había puesto las cartas sobre la mesa, las dos notan esto, pero no dicen nada.

Las invita a sentarse, y les pide que vean las cartas que hay sobre la mesa, les pregunta que si es una broma que idearon las dos, ellas se sorprenden ante esta pregunta.

Andrea ve a Nora con grandes ojos de sorpresa, reprochando su atrevimiento, que ella realmente amaba a Alberto y que no tenía derecho a hacer lo mismo que ella.

Nora le contesta que no sabía que ella también le escribía cartas, y que quién debería decidir sobre esto solo era Alberto.

Él les pide que se calmen, que no acepta esta situación, no entendía como se habían atrevido a pensar que les iba a aceptar esto, si siempre se habían visto como hermanos.

Andrea se molesta mucho, le contesta que es muy poco cortés, voltea a ver a Nora con gran ira le dice que ella hecho a perder todo. En fin, Alberto les pide que reflexionen y que olviden esto y sigan siendo amigos como antes.

Andrea se pone furiosa, dice que no va a aceptar que la rechazen de esa manera, Nora trata de calmarla y Andrea la avienta cae a un lado de una mesa pegándose en el filo de la misma, y empieza a sangrar, Alberto no da crédito a lo que está pasando, intenta calmar a Andrea, pero está muy exaltada, toma un candelabro de la mesa y cuando Alberto se acerca para tratar de sostenerla lo golpea con gran fuerza, una y otra vez, hasta que deja de respirar.

Ella sale de la casa, como si nada malo hubiera ocurrido, había transformado su supuesto amor en odio, sintiendo que hizo lo correcto, que nunca permitiría qué nadie se burlara de ella y la rechazara.

Un gran lado oscuro la invadió ese día, no sólo acabó con dos vidas, sino también con la suya. Jamás volvería a ser la misma.

CARLOS GRAS MARTÍNEZ

Pon todas las cartas sobre la mesa me dijo.

Pero como poder describir todo lo sucedido?

Como poder hacerle ver que yo era la víctima en este mal entendido y poder así eludir el trágico destino que se cernía sobre mi persona, solo había pasado un rato desde que todo sucedió, y aún podían observarse en mi los rastros de aquella horrenda actuación de la cual me vi obligado a ser el protagonista.

Como debía poner mis cartas sobre la mesa?

Debería guardarme un As en la manga, aunque no sé si sería suficiente para evitar mi destino y alejar la soga de mi cuello cuando el veredicto del juez acabe conmigo.

AXY LINDA

Poner las cartas sobre la mesa

—Ya basta de engaños; estaremos mucho tiempo aquí… puede que toda la vida.

—No digas eso Alexander —balbuceó Fermín—. Nuestras familias deben estar buscándonos.

—Qué ingenuo eres. Nadie sabe dónde estamos. Ni nosotros. Navegamos ebrios y drogados, sin rumbo; robaste las llaves del barco y dejamos los celulares para que no nos rastrearan. Jamás nos encontrarán.

Se hizo un silencio denso. Reunidos en torno a la fogata que lograron hacer en la isla, Alexander prosiguió:

—Ya no tiene sentido culparnos. Si vamos a sobrevivir, debemos conocernos de verdad. En la fiesta de Sory, confieso que yo escondí la yerba; mi hermana las encontró y, furiosa, las tiró al baño.

Ahí están mis cartas sobre la mesa. ¿Quién sigue?

Uno a uno confesaron pequeñas faltas… hasta que solo quedó Herney. Todas las miradas se clavaron en él.

—Vamos, Herney —presionó Jero—. ¿Cuál es tu pecado?

Herney tragó saliva.

—Yo… hace un año enfermé. Dolores insoportables, marcas en la piel. Desesperado, en mis delirios, creo que invoqué a un demonio, y prometió curarme a cambio de… ustedes. Pensé que era efecto de la fiebre… hasta que algo me impulsó a sabotear el barco.

Le temblaron los labios.

—Nunca dijo que yo también sería la ofrenda. Traición por traición.

Y entonces, detrás de él, una exhalación… un aliento frío apagó la fogata.

FERNANDO LÓPEZ AGUILERA

La decisión del rey.

El rey del Sexto Reino llevaba tres noches sin dormir cuando tomó la decisión que cambiaría el rumbo de sus súbditos para siempre.

—¿Me ha ordenado llamar, majestad?

Lo pronunció su consejero más fiel al abrir las puertas del salón del trono. Nada más entrar, lo vio sentado de forma extraña; su mirada era como ese oro que, de ir de mano en mano, ha perdido su esplendor.

—Así es, mi leal y viejo amigo —dijo el soberano con una voz gastada por el paso del tiempo—. Ha llegado el momento de recapacitar sobre algo importante y quiero escuchar tus valiosas palabras una vez más.

—Pues dígame, ¿qué planes se trae entre manos en esta ocasión?

—Mi tiempo se acaba. Y ya va siendo hora de poner las cartas sobre la mesa y decidir cuál de mis tres hijos ocupará mi lugar.

Hasta el aire de la sala pareció detenerse, como quien contiene la respiración al saber que tras esa decisión no habría marcha atrás. El mandatario tenía tres hijos aspirantes a sucederlo en el trono.

—Recé mucho, señor, para que este momento no llegara. Pero, una vez se ha presentado, debe tomar la decisión que marque el destino de sus súbditos.

Esas palabras fueron como el gélido viento del alba en el rostro del monarca. Frías, sí, pero suficientes para despertarlo del letargo que le provocaba su estado de salud. Recobró la postura en el trono, como quien asume al fin la responsabilidad.

El rey pensó en cada uno de sus tres hijos antes de comunicar su decisión al consejero.

—Mi hijo pequeño es fuerte y ducho en las armas. Podría ser un rey respetado por los habitantes del reino y temido por las naciones.

De esta manera, el rey colocó la primera carta sobre la mesa.

—El mediano siempre ha sido el más inteligente. Sería un buen estratega. Daría prosperidad y riqueza al reino. Además, desde bien pequeño se ha interesado por las decisiones oficiales y el devenir del reino.

Tras pronunciar estas palabras, el rey guardó silencio. Lo sostuvo un largo rato, hasta que el consejero lo rompió con una pregunta:

—Con el debido respeto, y por la amistad que nos une, señor… En esta partida aún le queda otra carta, ¿no?

—Así es. También pienso en mi hijo mayor. No es tan fuerte como el pequeño ni tan astuto como el mediano, pero tiene algo en él que me hace verlo como mi sucesor… aunque no sé qué es —respondió el soberano, sembrado en dudas.

En ese momento el rey se levantó y comenzó a deambular por la sala, como quien busca respuestas. Se acercó a una ventana y fijó la mirada en el horizonte.

—Mire aquellos dos árboles. Uno, fuerte y poderoso, parece el más temido del bosque. Pero pronto llegará su turno y será pasado por el hacha para ser madera. Sin embargo, fíjese en aquel que no llama la atención: su tronco es más fino y parece débil… pero sigue erguido desde que yo recuerdo. Ha superado, una tras otra, todas las tormentas a las que ha sido sometido.

El soberano necesitaba tomar el aire, y junto a su consejero salieron a pasear por el reino. Tras recorrer las calles —que parecían abrirse a su paso rindiéndoles pleitesía— llegaron a la plaza. Junto a una fuente, un trovador, libro en mano, relataba una leyenda mientras un chico cargado de manuscritos le hacía de sombra, sin llamar la atención.

Los dos se sentaron en un banco para escuchar al hombre. El consejero se inclinó hacia el rey y le susurró:

—Fíjese en el chico.

—¿De quién me hablas? —respondió sorprendido el monarca.

—El que está justo detrás del trovador. Nunca llamará la atención de nadie. Seguramente no está capacitado para orar ante el público, pero tras ese saco de manuscritos guarda algo importante.

—¿De qué se trata? —preguntó el soberano, que ya había fijado la mirada en el chico.

—Mire lo que sostiene en sus manos. Es un cuaderno, y desde que estamos aquí no ha dejado de tomar notas. Puede que no tenga las capacidades de su mentor, pero tiene algo inquebrantable: ganas de aprender.

En ese momento el rey sintió cómo un pensamiento le recorría la piel, fluido como el agua de la fuente que brotaba junto al trovador.
Un rayo de sol se abrió paso entre las nubes e iluminó con claridad la plaza.

Los dos callaron y permanecieron escuchando hasta que la leyenda terminó. Al concluir, la gente que estaba presente rompió a aplaudir. Entre el alboroto, el rey se acercó a su amigo y consejero y le dijo:

—Comienza a preparar todo lo necesario. En diez días, la gente del reino tendrá un nuevo monarca.

MARÍA JESÚS GARNICA PARDO

Tema de la semana.

Queridos compis, quiero un premio, si. Pongo las cartas sobre la mesa.

Soy sincera, no quiero adornar más mis historias.

Quiero qué Cris me ponga el jueves como ganadora.

Ya se qué no escribo mucho últimamente, pero un premio por el aguanté.

Ay!! Ya escucho o leo mejor dicho.»Compañera si no lees las historias de los demás, no comentas»

Es verdad.

No se que me pasa pero el tiempo me falta.

No se me quedó algo raro. Compañeros saludos y espero volver.

SILVIA R.G.

UN DESAYUNO CON SECUELAS

Era Marta. Ya vuelvo a estar por tí. Estaba ilusionada porque en la emisora de radio donde colabora van a iniciar un programa que se va a llamar «poner las cartas sobre la mesa» y va a dirigirlo ella. Y tenía ganas de explicármelo. Irá de llamadas telefónicas para explicar situaciones en que se hiciera necesario …pues éso «poner las cartas sobre la mesa», tanto de temas personales como sociales o…y tanto da que ya hubiesen ocurrido en el pasado como que sean actuales, no importa si ya se hizo un día o si se opina que se debería hacer para…lo que sea. Éso me ha dicho. Y justo me acabo de acordar, fíjate tú después de tantos años de tenerlo bien olvidado, de la tensa conversación que mantuve un día con Míriam. Tú no la conoces; ni la conocerás…

Me senté en la mesa con mi desayuno y en poco apareció ella, también con su desayuno. Y todavía recuerdo sus palabras. Nos dijimos buenos días y cada una se puso a lo suyo, a desayunar. Y… ¿no va y me salta con un…?

… «Y bueno…¿qué tal si ponemos las cartas sobre la mesa?»

Y así comenzó aquella conversación que, tras tantos años, aún puedo recordar con claridad.

Yo que le respondo: «Tú dirás ¿ de qué tipo de cartas se trata? yo no sé de qué me quieres hablar» [ le contesté algo inquieta, aunque tratase de no aparentarlo; desde ya hacía un tiempo, a veces su presencia me provocaba una intranquilidad muy similar al miedo; me inquietaba qué podía esconderse tras según qué actitudes suyas de prepotente soberbia disfrazadas de inocentes bromas burlonas ]

Y entonces ella : «Mira, Gloria, hablando claramente, ¿tú piensas estar mucho tiempo más viviendo aquí?

[Y acompañaba sus palabras con labios sonrientes inclinados hacia un lado, así ¿ves? y una mirada que no sabía definir, pero que no me gustaba nada lo que me transmitía].

Y yo: «¿Qué quieres decir con que si voy a quedarme mucho tiempo?. De momento, me centro en sentirme a gusto en este piso y disfrutar de poder compartirlo con Maurici. ¿Por qué?»

Ella: «Mira. Yo conozco a Maurici hace más tiempo que tú. Y …cuando se os pasen las ganas a los dos de miraros con esas miraditas de corderos degollados…»

[Y su sonrisa era todavía más retorcida y su mirada entre retadora y sarcástica. ¿ Tú crees? Miraditas de cordero degollado, dijo la muy…¿¡ pero de qué iba !?]

Y yo le dije : «¿ Qué me estás intentando decir?? «

Y ella va y suelta que… «Quiero decir que no tardará mucho en ocurrir y que entonces… si vosotros decidís separaros , o tú o Maurici tendreis que buscaros otro piso» [Hizo un silencio breve para escudriñar la expresión de mi rostro, aunque yo intenté mostrarme impasible, y siguió hablando…] «porque yo no tengo porqué irme, si el problema es vuestro».

[Y siguió con aquella sonrisita de marras tan suya marcando superioridad sobre mí, como disfrazando su placer por herir con una actitud paternalista, aunque simulando, no sin sorna, una apariencia maternal; y aquella mirada detestable que ya conocía de otras tantas veces y que era como si mirase a la vez de frente y de soslayo]

«Lo lógico será que seas

tú quien busques otro apartamento el día que lo dejeis estar como pareja»

[Así tal cuál lo dejó ir, y todavía «se animó» más ante mi actitud de impasibilidad mientras la escuchaba, aunque por dentro me estuviesen rugiendo chispas de fuego]

«Maurici y yo no vamos a romper nuestra relación de amistad. Las amistades duran, en cambio las parejas…»

[ Yo no daba crédito a lo que decía, y no podía ya más con mi simulación de impasibilidad, ni con lo que me transmitía su presencia imperturbable

…uuf . Me preguntaba cómo podía llegar a ser tan y tan caradura.

Ya hacía tiempo que Maurici y yo veíamos en ella actitudes que nos desagradaban muchísimo, que creaban «muy mal rollo»; y habíamos comentado muchas veces sobre las ganas que teníamos de que se fuese ya de una vez; y nos preguntábamos si realmente se molestaba en buscar algún apartamento donde irse a vivir o si quizás nosotros deberíamos intervenir bien pronto en darle prisa. Y

así que acabó de hablar le respondí, intentando mantener la calma]

…Mira, Maurici y yo no tenemos ninguna intención de separarnos.

Si se llega a dar algún día, porque todo es posible, sí, claro, no digo que no pueda suceder [le dije] sería entonces que ya veríamos…

Seríamos él y yo quienes decidiésemos quién se iría de aquí y quién se quedaría o si nos iríamos los dos cada uno a vivir

al piso que pudiese encontrar. Quizás si se da el caso que nos acabemos separando ya ni siquiera estemos viviendo aquí, sinó en otro lugar. Vés a saber…

[ Y Míriam seguía sonriendo muy abiertamente, con el mismo tono de sarcasmo y una mirada todavía más desafiante.

Me puso de los nervios

y aunque hice esfuerzos para seguir manteniendo toda la calma posible, acabé dejando ir lo que sentía, mis cartas, en forma casi de discurso, aunque todavía esforzándome en dirigirme a ella con serenidad y desde el respeto; porque ¿sabes? no quería yo ser como ella, y no quería alterarme en exceso, si el tono iba subiendo más y más…por mi propio bien].

» Mira [le dije] pues si quieres que pongamos las cartas sobre la mesa, de acuerdo. Ahora mismo lo hago.Túu viniste a vivir a este piso porque yoo se lo propuse a Maurici. A él ni se le había pasado por la cabeza.

Cuando hacías apariciones de tanto en tanto para verle (estando muchos de esos ratos yo con él) y porque, decías, te sentías muy bien en este pueblo y con nuestros amigos y conocidos, comentabas a menudo que estabas muy harta de trabajar en aquel hotel, que ya llebabas un año y te sentías explotada; y que tampoco te gustaba aquel lugar para vivir, pero que no encontrabas de momento otro trabajo.

Yo, por el simple hecho de que fueses una amiga suya te valoraba también como amiga mía. Y cuando un día dijiste que te habías enterado de que aquí en el bar del auditorio buscaban a alguien… Yoo le dije a Maurici que podría estar bien que te alojases en nuestra casa, como invitada, hasta que encontrases algún apartamento en donde vivir, si de esta manera podías aceptar ese trabajo y dejar el del hotel de una vez por todas.

Pero desde el principio te dejamos claro que se trataba de una «invitación», es decir para un tiempo corto mientras no encontrases otro lugar.

[ Nosotros, ¿sabes?, acabábamos de mudarnos porque el piso anterior en el que vivíamos era compartido entre varias personas y deseábamos vivir los dos solos, en intimidad. Y ella, Míriam, lo sabía; se lo habíamos explicado. Y… bueno, después de aquella explicación, aún la redondeé con otra frase]

» Así que si alguien se tiene que ir de este piso [le dije] no soy yo, sinó tú. Y por cierto ¿ vas buscando?»

[ Y me volvió a mirar, con la misma «risita» y la misma doble, o triple, mirada, porque miraba tanto de una a otra dirección como de frente, casi al mismo tiempo, como si todo lo que quisiese transmitir fuese una sarcástica burla. Y luego se levantó y se fué, con su plato ya vacío, pasillo abajo hacia la cocina. Luego yo salí a la calle para airearme. Maurici en aquel momento no estaba en casa.

Y me callé que estábamos hartos, muy hartos, de que no respetase nada nuestra intimidad, de que siempre quisiese estar en todas nuestras conversaciones, interrumpiéndolas cuando aparecía en cualquier momento así «de sopetón», de que pusiese la música que a ella le apeteciese a todo volumen, sin contar con nosotros, de que incluso entrase en nuestra habitación cuando nosotros estábamos dentro sin ni siquiera picar a la puerta, de que curiosease o tocase cosas únicamente nuestras cuando le viniese en gana y que, si de ello hacía algún comentario, era siempre con una sorna disfrazada de broma, de que trajese gente a casa, que nosotros ni conocíamos, sin siquiera avisarnos, que incluso un día cedió el piso a una amiga suya con un doberman que, cuando abrimos la puerta se lanzó corriendo hacia nosotros ladrando con cara de muy pocos amigos.

No. No le mencioné nada de todo esto porque ella era perfectamente consciente de cuánto nos molestaba. No merecía la pena.

Las cosas fueron de mal en peor y no se iba de ninguna manera. Un día nos enteramos de que una conocida nuestra se trasladaba a una casa de alquiler muy espaciosa y

le interesaba compartirla con alguien porque era fácil delimitar en ella dos espacios diferenciados y así, cada cual en su espacio, pagar el alquiler a medias; se lo propusimos y prácticamente le hicimos nosotros el traslado de mobiliario con tal de que se fuese ya de una vez; ya que ella no mostraba ninguna intención de buscar nada de nada].

Ayy…mi chiquitín, no entiendes nada de lo que te digo, Ravioli, ya lo sé.

Y abres y cierras tus ojuelos, parpadeas, porque como te hablo cerquita y suavecito crees que te estoy diciendo cosas lindas.

Ahora, de aquí un rato, cuando llegue Maurici, iremos los tres a dar un largo paseo. Sí, sí, paseo, has oído bien, esa palabra sí que la entiendes, ya veo que has levantado tu oreja. Y ese recuerdo…puaaf.

ya queda ahora mismo olvidado. Son cosas que pasan cuando se es muy joven y se va «con el lirio en la mano», que dicen. Qué complicados somos los humanos, ¡ eh, Ravioli !, pero, ¿sabes?,

de todo se aprende.

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